9 Diciembre 2018

el libro de San Bartolomeo

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, biblioteca virtual, el escritor por franciscru a las 18:11 h.

El Quaker City era un buque a vapor alquilado por la armada de la Unión durante en la guerra civil americana. Retirado del servicio activo, se reconvirtió en barco comercial y de recreo. En 1867 los periódicos se hacían eco de un maravilloso crucero de placer a bordo del Quaker City que partiría de Nueva York con destino a Europa y Tierra Santa. Entre el selecto pasaje figuraba un tal S. Clemens, de California, inquieto escritor que no desaprovechará la oportunidad para redactar una serie de cartas que tiempo más tarde se editarán como libro de viajes: The Innocents Abroad. No contaba Clemens con que esta obra sería la más vendida de entre todos sus libros, por encima incluso de los futuros Tom Sawyer y su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn. A estas alturas no creemos necesario desvelar la identidad de Míster Clemens, así que ni siquiera mentaremos el seudónimo por el que se le conoce universalmente: Mark Twain. La mirada del autor de la Guía para viajeros inocentes es genuinamente americana: humor fino, agudeza verbal, arrogancia y hasta una cierta comprensible ignorancia provinciana que se combinan para componer un relato muy al gusto de los lectores de la época. Hace poco tuvimos la oportunidad de recrear los paseos de Twain por Milán y su visita al Duomo: “Estábamos enfermos de impaciencia; ¡nos moríamos por ver la famosa catedral!”. También para nosotros el deseo de penetrar los muros del fastuoso edificio era mayor que la entereza necesaria para superar las tres líneas de seguridad con cacheo incluido que nos separaban de esta blanquísima escalera hacia el cielo, a esas horas encendida al sol de la mañana como una mole incandescente. Después de salvar cuántos obstáculos se opusieron al peregrino, retomamos el itinerario por de la nave septentrional que nos llevó a los pies del San Bartolomeo scorticato, patrón de los peleteros, statua de Marco d´Agrate. Quien desconozca la historia del apóstol no encontrará sentido a la figura desollada, con mirada perdida, que exhibe pose triunfante sobre aquellos que intentaron quebrar sus convicciones por el tormento. Y quién sí sepa del suplicio del santo notará enseguida que la estola que cubre hombros y partes pudendas es la piel que le arrebataron los armenios, volviéndosela del revés como un calcetín. Sobre el pedestal, la desnuda carnosidad que impresionó a Twain sobrecoge al visitante moderno, que captura con su cámara el detalle macabro de fibras, venas y nervios, expuestos a la indiscreta curiosidad del observador con una impudicia que nos recuerda el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. En este caso, llama la atención el atributo de Bartolomeo: un pesado libro abierto apoyado en la parte anterior del muslo en lugar del cuchillo de desollar verracos que tradicionalmente le identifica ante los fieles. Después de hora y media larga de contemplación, el devoto paseo por las naves del duomo se transforma en apresurado y frívolo tránsito a través de Galería Vittorio Emanuele II hacia el monumento a Leonardo, frente al teatro alla Scala. Pero antes de abandonar la catedral, y sin que seamos conscientes de ello, la última mirada se prenda del desnudo personaje, quizá el más desnudo de cuántos hubo en la historia del arte, y en el vínculo de nuestra fascinada repulsión con la vívida impresión que hace más de ciento cincuenta años inspiró estas palabras del célebre autor de El príncipe y el mendigo

La figura era la de un hombre sin piel; con cada vena, arteria, músculo, cada fibra, tendón y tejido del cuerpo humano, representado hasta el más mínimo detalle. Se hacía natural porque, por alguna razón, parecía que le dolía. Lo normal sería que un hombre desollado diese esa impresión, a no ser que estuviese entretenido con algún otro asunto. Era horrenda y, sin embargo, ejercía una especie de fascinación. Siento mucho haberla visto, porque ahora ya siempre la veré. A veces soñaré con ella. Soñaré que descansa sus brazos acordonados sobra la cabecera de la cama

29 Diciembre 2017

libros a la calle

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual, ciudades de libro por franciscru a las 18:07 h.

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Si alguien de natural curioso cree que el teléfono celular le mantiene conectado, resulta que está equivocado. La pantallita es una ventana que se abre en un abismo de confusión. Nadie que no tenga dotes extraordinarias (vamos a poner que la mayoría) es capaz de procesar el aluvión de información sin sucumbir a una suerte de enajenación que nubla la mente y nos hace creer que la opinión de cualquier idiota descerebrado tiene algún valor. Los ocasionales viajeros de metro que todavía gustamos de inspeccionar el entorno con la atención viva y sagaz del niño pequeño, siempre hallamos recompensa en la mirada de una chica/chico guapa, el gesto lateral de un carterista o el bostezo contagioso que se va propagando por todo el vagón. Pero esta vez también descubrimos retazos de literatura adheridos a las paredes. La iniciativa se llama Libros a la calle, y se trata de una campaña de la Asociación de Editores de Madrid que en este año a puntico de terminar celebra la vigésima edición. El propósito de los veinte intentos ha sido siempre el mismo: fomentar la lectura en los transportes públicos de la Comunidad de Madrid mediante fragmentos literarios escogidos y magníficamente ilustrados, que captan la atención del viajero y le brindan la oportunidad de solazarse entre estaciones con la poesía de Doña Gloria Fuertes y Blas de Otero, o bien disfrutar con calma de las prosas de Manuel Leguineche, Juan Carlos Onetti o Elena Poniatowska, por poner un ejemplo. Desde aquí ofrecemos una selección de las últimas dos campañas para que la próxima vez que viajes en el metropolitano de la capital guardes el teléfono y pongas cuatro de tus cinco sentidos en los textos expuestos a tu alrededor… Ah… El quinto sentido manténlo en guardia, por aquello de los descuideros…

18 Febrero 2017

hokusai y su 漫画

Publicado en biblioteca virtual, el tebeo por franciscru a las 2:06 h.

El gran artista japonés Hokusai es de sobra conocido. Sus grabados enriquecen los fondos de los museos más prestigiosos, pero también lucen a las mil maravillas en la abollada pared de nuestra biblioteca. Y ahí está su mérito. El arte oriental, y concretamente estas estampas coloreadas, influyeron notablemente en los impresionistas europeos, que a fines del XIX le daban un buen meneo a los principios sacrosantos de la pintura académica y ponían los cimientos del arte moderno. Hablando de cimientos, dicen que Chillida también se inspiró en Hokusai para construir esas moles de hormigón tan grandes y tan feas que hacía él, pero de eso no tenemos pruebas. Manga significa “apuntes”, “dibujos caprichosos”, y eso es precisamente lo que representa esta colección de cuadernos en negro, gris y rosa, que comenzaron a distribuirse allá por 1814 (en España estábamos en plena guerra de independencia contra los franceses de alonsanfandelapatrí que inspiraba a Goya los aguafuertes sobre Los desastres de la guerra). Los contenidos son simples: esbozos de personas realizando una gran variedad de actividades, animales, aves, insectos, dioses, fantasmas, arquitectura, paisajes y vistas detalladas de hojas y flores. La serie tuvo tanto éxito que se publicó durante sesenta y cuatro años. Los editores se aprovecharon el tirón popular de Hokusai incluso después de muerto, sacando al mercado unas “obras inéditas” y “lo mejor de lo mejor de Hokusai”… Y es que hace doscientos años ya estaba todo inventado. ¿Qué es lo que le valió el favor incondicional de su público? Algunos han sugerido que los manga de Hokusai se ofrecían como un manual didáctico, en tiempos en que los aspirantes a dominar el arte del dibujo carecían de material gráfico para usar de modelo. Siendo justos, hay que advertir que el mérito de estos trabajos no era exclusivo de Hokusai, que contó con la colaboración de los grabadores que cincelaban finamente la madera de sakura, y los impresores que trabajaban el color con tinta china y oropimente. El que presentamos en esta entrada es el Volumen 3, pero si alguien se quiere regalar la vista con toda la serie, no tiene más que pinchar aquí mismo y disfrutar de las exquisitas miniaturas orientales que revolucionaron el arte universal.

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31 Diciembre 2016

ni se crea ni se destruye

Publicado en biblioteca virtual, vale más que las pesetas por franciscru a las 14:15 h.

lavoisier_biblioluces

Marie y Antoine Lavoisier fueron dos autores de éxito. Ambos trabajaron en colaboración estrecha, aunque la mayoría de los reconocimientos se los llevó Antoine, que es el que pasó a la historia. La contribución de ambos a la ciencia es más que notable, y puede decirse que nada volvió a ser lo mismo desde que la insigne cabeza del químico rodó por el patíbulo. Pero vayamos por partes (dicho esto sin sombra de sarcasmo). El libro que traemos aquí, Traité élémentaire de chimie, fue publicado en 1789, el mismo año de la toma de la Bastilla. Francia estaba en plena convulsión social y política, y la nuevas ideas que cambiarían el orden del antiguo régimen ya estaban afilando la cuchilla de Mme. Guillotin. Sin embargo, las inquietudes de nuestro autor iban por otros derroteros: “Cuando empezamos a estudiar una ciencia estamos respecto a ella en un estado muy semejante a aquel en el que se hallan los niños; por lo que el camino que debemos seguir es precisamente el mismo que el que sigue la naturaleza en la formación de las ideas. Y sí como en el niño la idea es el efecto de una sensación, y ésta produce la idea, así al comenzar a estudiar las ciencias físicas nuestras ideas deben ser consecuencias inmediatas de un experimento o de una observación“. Este planteamiento, que hoy nos parece elemental, modificó radicalmente los conceptos de progreso y conocimiento y puso las bases para que el nuevo método se impusiera a la atolondrada especulación que hasta ese momento había dominado el campo de la ciencia. Lavoisier tenía formación humanística. Muy culto y hábil con las palabras, se había licenciado en leyes. Sin embargo lo suyo era la ciencia, aunque la curiosidad de este hombre no conocía límite. Académico, empresario, agrónomo, investigador, funcionario, político… dicen que todo lo hizo y que lo hizo bien, poniendo una mente preclara al servicio de la organización y la racionalidad, siempre en consonancia con las altas miras que movían esta febril actividad que podríamos ilustrar con su modesta declaración de intenciones: producir una revolución en la física y la química. Hay que reconocer que todos los méritos que se le pueden atribuir a Lavoisier no son únicamente suyos. Se trataba, como ya dijimos, de un lector curioso e ilustrado que supo sacar partido de experimentos ajenos, a los que no solía reconocer el mérito que les correspondía. Como ya apuntamos, Lavoisier tuvo en su esposa, quince años más joven que él, una eficaz compañera, colaboradora esencial en sus prácticas experimentales de la que no sabemos con exactitud hasta que punto contribuyó al éxito del personaje. Lavoisier participó activamente en la Revolución francesa, fue diputado y perteneció en la Comuna de París. Pero eran tiempos convulsos: rencillas y viejas disputas pasaron factura. La República lo condena a la pena capital y es ejecutado. Se cuenta una historia, posiblemente apócrifa, de que su última apuesta experimental consistió en parpadear una vez decapitado para establecer cuánto resistía una cabeza separada del cuerpo. Rehabilitado públicamente poco después, Lavoisier sigue siendo una referencia obligada para investigadores y filósofos de la ciencia. Leer sus escritos originales (maravillosamente escritos) nos acerca al pensamiento y el espíritu de un extraordinario periodo de la historia.

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Traducción al español