La tradición literaria oriental es antiquísima, e infinita su variedad y riqueza, aunque por aquello de estar íntimamente ligada a un espiritualismo que no entendemos, nos suele resultar un tanto inaccesible. Sin embargo no podemos negar, por ejemplo, la enorme influencia que sobre las literaturas occidentales han ejercido los cuentos recopilados en Las mil y una noches: la prueba es que, en los albores del siglo XXI, se siguen publicando y actualizando ediciones. Según Vargas Llosa “no existe en la historia de la literatura una parábola más sencilla y luminosa que la de Sherezada y Sahrigar para explicar la razón de ser de la ficción en la vida de los seres humanos y la manera como ella ha contribuido a distanciarlos de esos oscuros orígenes de su historia en los que se confundían con los cuadrúpedos y las fieras” (Las mil noches y una noche. Alfaguara. 2009). La importancia de este clásico entre los clásicos merecerá tratamiento aparte en el futuro. Para abrir boca vamos a escribir una pequeña introducción a los jatakas, ilustrando la entrada con una preciosa edición americana de Tales of India de Ellen C. Babbitt, publicada en 1912 (en inglés). Los jatakas son historias de las andanzas de Buda en vidas anteriores, encarnado principalmente en seres humanos, pero también en todo tipo de animales. Las fábulas que integran esta colección son de muy diferente extensión y sirven al propósito de aleccionar al lector sobre las virtudes y la sabiduría. Es un error muy extendido pensar que todos los jatakas son cuentos infantiles con moraleja final: algunos resultan un poco macabros y hasta violentos. No vamos a dar pormenores de su génesis y evolución, porque para eso está internet. Pero sí vamos a recomendar su lectura, que puede resultar entretenida, amena y constructiva para personas de entre nueve y noventa y nueve años (si tenemos algún visitante de cien años o más le rogamos que nos disculpe, pero si éste es el rango universalmente aceptado para presentar un puzzle de mil piezas, con mayor motivo ha de serlo para inducir a la leer un libro de más de mil palabras).
Exceptuando a los lectores más jovencitos, todos somos hijos del pasado siglo XX; al contrario de lo que se tiende a pensar por estas latitudes, este período fue el más convulso de la historia de la humanidad. Lo que hoy aceptamos con naturalidad, los rasgos distintivos de nuestra cultura política, económica y social hunden sus raíces en el inestable fondo telúrico que provocó también las grandes catástrofes bélicas de la pasada centuria. Somos herederos de una época marcada por la iniquidad, la brutalidad y el exterminio, cuyos últimos flecos (por el momento) acariciaron hace apenas diez años la tez clara y sonrosada de ese ente imposible al que llamamos Europa. Las eternas cantinelas del nacionalismo, el colonialismo, el expansionismo, el imperialismo y todos los “ismos” que se nos pudieran venir a la cabeza sumaron sus voces para que la historia rebullera; a la cabeza de las consiguientes orgías de destrucción figuraron personajes (varones en exclusiva) que supieron embridar la violencia dispersa, y la proyectaron con la furia de las ideologías; sin duda os sonarán los nombres de Mao Tse Tung, Pol Pot, Franco, Leopoldo II de Bélgica, Hirohito, Hitler o Stalin (el más sanguinario de todos, que ya es decir). Añadiríamos con gusto algunos otros, pero por estar rehabilitados o pertenecer al bando de los buenos, no se pueden citar aquí porque resultaría “políticamente incorrecto”. Como puede suponerse, la reconstrucción de la historia de los últimos cien años, pese a ser reciente, se topa con la interpretación apasionada y tendenciosa de autores e investigadores, necesariamente discrepante porque casi siempre lo más cómodo es adherirse a la opinión que pregona la corriente política dominante. Por eso os animamos desde aquí a que os paséis por la biblioteca y os forjéis vuestra propia visión sobre los conflictos del siglo XX. Os encontraréis libros de historia, pero también interesantes biografías gráficas como la que firma el laureado mangakaShigeru Mizuki de Hitler, o las incontables novelas ambientadas en la guerra y en la posguerra como la muy conocida Cuando Hitler robó el conejo rosa de Judith Kerr o Año de Lobos de Willy Fährmann. Y ya sabes: evita en lo posible los libros de texto, que son para otras cosas…
La vida de Ernesto Hemingway abunda en lo excesivo, lo crudo, lo novelesco, lo inaudito, lo grotesco, lo imposible… El escritor de Illinois alimentó como nadie su propia leyenda, nutriendo, modificando e inventando con laboriosas mentiras el espectro de su luz decadente. Fue alcohólico desde antes de que se diera por enterado. Dueño de un corpachón fiero y robusto, ensalzó como nadie las virtudes de la amistad, pero utilizó a la mujeres, se enemistó con la mayoría de sus camaradas y buscó afinidades imposibles con personajes dudosos que engordaron su ego y alentaron su amargo resentimiento contra el mundo. Hemingway es, en sí mismo, un universo aparte, el blanco de tantas miradas apasionadas que resulta imposible ofrecer un perfil objetivo de su vida y obra. Lo cierto es que cuando se le concedió el premio Nobel (un año después de que lo recibiera Winston Churchill) su carrera declinaba, se deslizaba fatalmente por una cascada de vino y ginebra que habría de aplastarle en la batiente violenta y espumosa. Sin embargo acababa de escribir El viejo y el mar, posiblemente su obra más popular y una de las más intemporales, de las que permanecen por más tiempo en la imaginación de los lectores jóvenes. En esta fábula moderna, un viejo pescador en el ocaso de su vida tiene la oportunidad de acometer una gran empresa que le devolverá la gloria de tiempos pasados; pero para ello ha de arrebatarle algo al mar, porfiando con los seres que lo habitan, con el destino y hasta consigo mismo…
Es un gran pez y tengo que convencerlo —pensó—. No debo permitirle jamás que se dé cuenta de su fuerza ni de lo que podría hacer si rompiera a correr. Si yo fuera él echaría ahora toda la fuerza y seguiría hasta que algo se rompiera. Pero, a Dios gracias, los peces no son tan inteligentes como los que los matamos, aunque son más nobles y más hábiles. (De la traducción de Lino Novás Calvo).
En la corte francesa del siglo XVII brillaba con pompa y boato. Eran los tiempos gloriosos de Moliere, Racine, Montesquieu, Descartes… Tampoco le iba mal a Charles Perrault, un alto funcionario al servicio del Rey que siempre estuvo al margen de controversias políticas. Escribió algunos tratados eruditos y un montón de odas al monarca del pelucón, que con todo el amaneramiento con el que uno se lo quiera imaginar, era a la sazón el más poderoso de Europa; si Luis XIV se leía o no las efusivas loas de Perrault es algo que no podemos asegurar, pero está contrastado que los esfuerzos retóricos le reportaron al escritor ciertos beneficios materiales. Digamos que Perrault era una especie de pelota ilustrado. Añadimos lo de “ilustrado” porque el epíteto le confiere cierta dignidad, frente a ese otro género de pelotilleros convencionales a los que todos estamos acostumbrados. En 1697 publica una pequeña recopilación de cuentos bajo el título de Histoires ou contes du temps passé, avec des moralités; se trata de ocho relatos que pronto alcanzarán notoriedad como Los cuentos de mamá Gansa. En realidad, son historias de origen popular bien conocidas que Perrault transcribe y modifica, eliminando la casquería y las alusiones sexuales, contenidos recurrentes en la tradición oral de toda Europa. Como ocurre en la actualidad, en aquel tiempo estaba muy de moda moralizar, así que cada cuentecillo sirve a una moraleja final, aunque con menos pretensiones que las que añadió La Fontaine a sus fábulas o, un poco más tarde, el español Félix María Samaniego a las suyas. Traemos aquí una bonita edición de principios del siglo XX con los cuentos originales. Desde mediados del siglo XIX, las historias han sufrido alicatados y remodelaciones que convirtieron estos relatos de salón para aristócratas ociosos en cuentos de hadas para niños somnolientos. Primero fueron los Hermanos Grimm, verdaderos maestros pasteleros en el arte de edulcorar finales amargos, pero unos aficionados si les comparamos con el gran magnate de la sacarina: Walt Disney. A esta factoría debemos la última secuela de un cuento de Perrault: el ya conocido Le Maitre Chat. En el original de Perrault, el lobo se zampa impunemente a Caperucita, la Cenicienta perdona a sus hermanas y la Bella Durmiente… Bueno… la Bella Durmiente despierta de esa especie de sueño psicotrópico y placentero sin el concurso del beso sanador del Príncipe, que al final resulta ser un poco calzonazos…
Introducir la navidad con A Christmas Carol de Dickens es un topicazo en el que sucumbimos con gusto. Los buenos cuentos de navidad, tanto si llevan moraleja como si no, están cargados de una emotividad que avivan lo bueno que llevamos dentro. Circunscritos en el ámbito de unas fiestas doradas aunque no sea más que por el paréntesis escolar, los relatos navideños en los que aparecen niños famélicos, domadores de renos o viejecitas muertas de frío han hecho mucho daño al género; es posible despertar la sensibilidad a flor de piel sin utilizar suterfugios facilones, ni explotar clichés dickesianos reconstruidos con pésimo instinto literario. No dejaremos pasar la ocasión de homenajear al genial escritor británico, del que está a punto de cumplirse el doble centenario de su nacimiento. Pero con la coartada que nos proporcionan las fechas, adelantamos un poco esta celebración invitando a cuantos nos visiten a leer los relatos de Dickens, Andersen (El muñeco de nieve es nuestro preferido) o cualquier otro, acompañados del fondo musical apropiado y con la disposición propia de cualquier lector en cualquier época del año: la de pasárselo bien.
En la Atenas del siglo V a. C., los teóricos que forjaron el pensamiento político occidental abordaron con precoz escepticismo tanto las ventajas como las enfermedades crónicas de la democracia. Todo el que hoy alabe o critique las fallas del sistema debe considerarse heredero de estos pensadores tan lúcidos que ya se plantearon el destino incierto de una sociedad gobernada por demagogos, aduladores, corruptos y torpes. Una corriente crítica que encabezaba Platón llamaba la atención sobre que “toda la democracia no había sido más que demagogia (…); y los demagogos, unos embaucadores del pueblo que, en vez de atender a la mejora de éste, habían cuidado sólo de su propio aventajamiento halagando y engañando a la multitud” (Manuel Fernández Galiano, La Génesis de La República). Platón no se cansaba de advertir la necesidad de un especial conocimiento para ejercer el poder: ”le parecía locura que se designasen los magistrados por sorteo, siendo así que nadie querría seguir tal procedimiento para la elección de un piloto, un carpintero, un flautista u otro operario semejante cuyas faltas son menos perjudiciales que las de aquellos que gobiernan el Estado (Jenof. Mem.I 2, 9)” (Ibíd.). El célebre autor de Los Diálogos también captaba lo grotesco que resulta censurar a un médico negligente que no guarda la salud de sus pacientes y, sin embargo, venerar los que tienen la osadía de dirigir los destinos de un pueblo con la torpeza propia de los que no son ni estadistas ni ciudadanos cultos. No estaría mal que todos los que presumen de reinventar el mundo con ocurrencias de bombero echasen un vistazo hacia atrás y se reconciliaran con los que les precedieron en la preocupación por construir una sociedad justa, participativa y democrática, sea lo que fuere lo que esto signifique.
No hay fuerza humana capaz de contener la irrefrenable furia de la naturaleza. Cuando la Tierra se despereza, la civilización occidental se tambalea. Y es que cuanto más hundimos nuestros cimientos en el vientre de este mundo cruel, más próximos estamos a esa entraña incandescente sobre la que navegamos a todo trapo. Volcanes y terremotos son protagonistas de varios clásicos del cine y la literatura. Y no es por casualidad: las pasiones humanas se cocinan de maravilla al calorcito de la lava ardiente. Pompeya era una ciudad rica y pujante. Sus prósperos ciudadanos vivían en villas opulentas y solo tendían los brazos al cielo para reclamar el correo de las palomas mensajeras. Pero de repente se acabó la diversión: rugió el Vesubio y mandó a parar. Cuerpos y almas quedaron detenidos, petrificados y sepultados bajo toneladas de ceniza hasta que los restos de la urbe fantasma fueron redescubiertos a mediados del siglo XVIII. El Barón Lytton le puso letra a este drama en plena efervescencia arqueológica, y si bien su prosa es un pelín pesada, adivinamos en cada frase la intención de emocionar al lector con una buena dosis de romanticismo:
Lenta y dulcemente transcurrió la noche que precedió a los crueles juegos del circo y vio brillar la aurora del último día de Pompeya. El aire parecía tranquilo, pero singularmente pesado; una bruma transparente extendíase por los valles y barrancos de los vastos campos de la Campania.
De todas formas siempre nos quedarán otras ficciones más atrevidas o el cómic de las Joyas Literarias Juveniles que os enlazamos desde aquí mismo. Afortunadamente en la isla del Hierro la cosa no pasa (espero) de la creación acelerada de un palmo más de territorio patrio, que los científicos esperan ver emerger en breve y al que quizá, quién sabe, dentro de mil años le corresponda un nuevo diputado en Cortes.
Una cosa lleva a la otra: dicen que uno de los encargos bibliográficos de los que Dalí siempre se sintió más satisfecho fue la serie con la que ilustró la Divina Comedia de Dante. Y es que este poema tiene ingredientes épicos, románticos y oníricos que han atraído a artistas plásticos de todos los tiempos, desde Boticelli a Gustavo Doré, pasando por el propio Dalí, Ingres, Rodín o nuestro admirado José Ramón Sánchez, sin olvidar a otros como Miguel Barceló, que sin alcanzar el rango de pintor, hace lo que puede, el hombre. La Divina Comedia (que Dante tituló simplemente Commedia) gozaba de gran popularidad durante los siglos XIV y XV; algunas fuentes afirman que en vida del autor ya circulaban más de seiscientas copias de la obra. Aun cuando Dante fue un tanto olvidado durante el Renacimiento, el considerado “maestro de poetas” fue rehabilitado por los artistas e intelectuales del siglo XIX, prestigio que llega hasta nuestros días. A Dante se le estudia como padre del idioma italiano y su producción lírica es objeto de reverente devoción por parte de los amantes de la literatura culta. Vamos, que tampoco es cuestión de liarse la manta a la cabeza y sumergirse así, sin más, en una de las múltiples y dispares traducciones de la Divina Comedia… El que esto suscribe confiesa que no ha leído otra cosa que fragmentos de esta obra magna, lo que no le ha impedido disfrutar de las maravillosas ilustraciones que suelen incluir algunas de las numerosísimas ediciones de este clásico. Por encima de todas, seleccionamos una en concreto, rescatada de los fondos de la Biblioteca Nacional de España: se trata de una copia del siglo XV, manuscrita e iluminada sobre pergamino. Y es que, como ya se sabe, la invención de la imprenta no eliminó de manera inmediata la confección e iluminación de manuscritos; desde mediados del XV los libros comenzaron a imprimirse, pero el resultado final aspiraba a parecerse a una copia hecha a mano. Los libros como objeto preciado y precioso, siguieron transcribiéndose artesanalmente durante un tiempo. Y el calificativo de “precioso” le va como anillo al dedo a esta joya, en la que se ilustran con profusión cada una de las tres cantigas que conforman el poema. Todo un deleite para la vista que apreciarán en mayor medida los iniciados en la apasionante vida de su autor.
La relación de Dalí con los escritores y la literatura de su tiempo fue muy intensa. A los quince años hacía pequeñas incursiones en la poesía, publicando algunas composiciones en revistas locales. De aquella época se conservan poemas como “Cuando los ruidos se duermen“: “Y es entonces cuando al pálido/fulgor de una estrella,/junto al portal de una casa/antigua, se oye conversar/en voz baja. Y luego los ruidos/se duermen y el fresco/oreo de la noche meciendo/las acacias del jardín/hace caer sobre los/enamorados una lluvia/de flores blancas”. De su época de estudiante en la Real Academia de San Fernando se recuerda la relación que mantuvo con el poeta García Lorca, así como de la amistad que ambos cultivaron desde que coincidieran en Madrid a principios de los años veinte del pasado siglo. En la “Oda a Salvador Dalí“, que el poeta escribiera en 1925, el amigo del alma queda así retratado:
Al coger tu paleta, con un tiro en un ala,
pides la luz que anima la copa del olivo.
Ancha luz de Minerva, constructora de andamios,
donde no cabe el sueño ni su flora inexacta.
Como ideólogo del movimiento surrealista, Dalí formó parte de la vanguardia en la que militaban Eluard, Breton o Max Ernst entre otros, hasta que en 1939 fue expulsado del grupo, hervidero de tensiones políticas, bajo la acusación de “pesetero”. Por aquel entonces, la popularidad de Dalí no hacía más que subir y subir hasta el punto de ser reclamado por Hollywood para escribir un guión para los Hermanos Marx, los cómicos del absurdo más populares del momento; con el título de Jirafas en ensalada de lomos de caballo, este proyecto nunca se llegó a consumar. Durante los convulsos años treinta y cuarenta del siglo XX, los conflictos entre totalitarismos y democracias llevan al mundo a una confrontación total. Dalí decide entonces poner tierra por medio: se exilia primero en Francia y después en los Estados Unidos, donde ya era una celebridad. En la Nota sobre Salvador Dalí, Georges Orwell escribe: “Cuando se acerca la Guerra Europea sólo tiene una preocupación (Dalí): cómo hallar un lugar con buena cocina y desde el cual pueda huir rápidamente si el peligro se aproxima demasiado. Se decide por Burdeos y a su tiempo vuela a España durante la Bátalla de Francia. Permanece en España el tiempo suficiente para recoger algunos relatos de atrocidades cometidas por los rojos, y después cruza a Norteamérica. La historia concluye en una aureola de respetabilidad. Dalí, a los treinta y ocho años de edad, se ha convertido en marido devoto, está curado de sus extravíos, o al menos de algunos, y se halla totalmente reconciliado con la Iglesia católica. También, según se infiere, está ganando bastante dinero”. Muchos piensan que este juicio orweliano es un tanto injusto si comparamos el caso de Dalí con el de otros artistas supuestamente comprometidos como Picasso que, y esto es bien conocido, convivió tranquilamente con los nazis durante la ocupación de territorio francés. Dalí también fue ilustrador de libros, algo muy de su gusto, con preferencia por las viejas joyas de la literatura universal como “Alicia en el País de las Maravillas“ de Carroll, el Quijote o el teatro de Shakespeare. Trabajó también con su paisano Josep Pla, por el que sentía cierta simpatía, mutua al parecer a pesar de las diferencias entre el uno y el otro. Las incursiones delirantes se materializaron incluso en una colaboración para un cortometraje animado del celebérrimo Walt Disney, Destino, estrenado después de múltiples avatares en el año 2003. Concluimos con un fragmento de “Diario de un genio“, escrito entre 1953 y 1964. Y es que más allá de la leyenda que el pintor forjó de sí mismo, no está claro que Salvador Dalí fuera un genio en toda la extensión de la palabra, aunque para ser justos habría que añadir que se le parecía bastante.
Yo empecé haciendo cosas extravagantes y me lo acabé creyendo. Quizá tenía genio; pero no lo sabía;… Que soy un genio, es decir una mezcla de estructuras muy complicadas con cierto don angélico, lo vi claro en la estación de Perpignan. Allí también vi la tercera dimensión, por su superposición de lentes parabólicas, como en un ojo de mosca. El descubrimiento de esta tercera dimensión para la pintura es más importante que mis obras de arte.
¿En qué estábamos? ¡Ah, sí! De libros y literatura ¿verdad? Pues allá vamos: Si hay alguien que dude sobre la posibilidad de viajar a otras dimensiones (nunca mejor dicho) le recomendamos que se lea Los viajes de Gulliver, el fantástico relato de aventuras recogido por el intrépido (a su pesar) viajero Lemuel Gulliver, alter ego del irlandés Jonathan Swift, que como curiosidad os diremos que es el creador del nombre Vanessa. Por todos son conocidas sus andanzas en el reino de los pequeñitos (Liliput) y de los grandotes (Brobdingnag), y menos las visitas a los reinos de Laputa y a nuestro favorito, el país de los Houyhnhnms, una especie de caballos parlantes a quienes Gulliver asombra con su gracia e inteligencia. A los aficionados al séptimo arte no les costará encontrar semejanzas entre esta aventura y el remedo de “El Planeta de los Simios” de Pierre Boulle, que dio lugar a la famosa versión cinematográfica dirigida por Franklin J. Schaffner. Hoy día, las celebérrimas aventuras escritas por Swift hace casi tres siglos siguen inspirando numerosas creaciones, entre las cuáles está la pésima película de Rob Letterman.
“La palabra houyhnhnm, en su lengua, significa caballo, y por su etimología, la perfección de la Naturaleza. Dije a mi amo que me encontraba en gran apuro para expresarme; pero adelantaría lo más de prisa que pudiese, y esperaba poder decirle maravillas en breve plazo. Se dignó encargar a su propia yegua, sus potros, sus crías y los criados de la casa que aprovecharan todas las ocasiones de enseñarme, y todos los días se imponía él igual trabajo durante dos o tres horas. Varios caballos y yeguas de calidad del vecindario venían con frecuencia a nuestra casa, atraídos por la fama de un yahoo maravilloso que hablaba como un houyhnhnm y parecía descubrir en sus palabras y actos ciertos destellos de razón. Se encantaban de hablar conmigo; me hacían preguntas, a las que yo daba las respuestas que me era posible. Con circunstancias tan favorables, hice tales progresos, que a los cinco meses de mi llegada entendía todo lo que decían y me expresaba bastante bien.”
Cualquier escritor de literatura juvenil hubiera vendido su alma por atribuirse la autoría de “Oliver Twist”, y nos consta que hay algunos que han intentado aproximarse (sin éxito) a la epopeya de este personaje universal. Pero es que las andanzas de Oliverio y el entramado vital que se teje alrededor de los protagonistas de la novela es tan perfecto que muy pocos que no fueran Charles Dickens conseguirían una obra maestra de calibre semejante. La descripción que Dickens hace de la Inglaterra de su tiempo, principios de la época victoriana, es un fresco estremecedor que refuerza aún más la virtuosa determinación del niño desamparado, firme ante la desdicha, que se repone a los reveses del destino gracias a la generosidad que alimentan las almas buenas. Os traemos aquí una versión comiquera perteneciente a la serie Joyas Literarias Juveniles, que tanto hizo por la literatura clásica. También os animamos a ver una de las muchas (y buenas) versiones cinematográficas de esta historia, quizá la más emotiva, dirigida por David Lean en 1948.
Durante una buena temporada os hemos acercado algunas joyas bibliográficas, manuscritos e incunables de esos que hacen afición a los libros. Ahora os proponemos jugar al “iluminador” invitándoos a que este verano hagáis vuestros pinitos en este arte. Para ello contamos con las impagables paletas que nos ofrecen los programas informáticos, y los finos y precisos pinceles de los ordenadores. De esta forma reviviremos los tiempos en los que los viejos libros que atesoraban la palabra escrita eran la síntesis perfecta del saber y la creatividad humana, un tesoro único que pasaba de mano en mano y constituía un codiciado objeto de deseo. Para ello os podéis servir de este texto, un incunable francés del año 1482, muy bonito y profusamente ilustrado.
Es uno de los libros más bellos que jamás se hayan impreso. No fue el primero, pero sí el que sirvió para difundir el nuevo invento de la imprenta por el considerable número de copias que salieron al mercado. A su valor histórico se le unen el detalle y exquisito acabado: fue iluminado y delicadamente rubricado por sus autores. La razón es que los impresores, incluido Gutenberg, imitaron la obra de los pacientes calígrafos medievales, que hasta entonces habían copiado los libros a mano, posiblemente con la intención de vender los volúmenes a mayor precio. Por eso los incunables -todos libros impresos hasta el año 1500- son prácticamente iguales a los confeccionados con punzón, cálamo y piedra pómez. Traemos a la biblioteca virtual de Biblioluces nuestro propio tomo, conformado por páginas sueltas pertenecientes a los dos ejemplares (uno en papel y otro en pergamino) conservados en la British Library. No podremos oír el crujido de los folios entre nuestros dedos, pero sin más esfuerzo que el de manejar el ratón con pericia, podremos admirar la extraordinaria traza de un libro irrepetible.
“Un grupo de gente mayor que tenía una revista de cuentos llamada AL OTRO LADO DEL ESPEJO pensó un día que si ellos, los mayores, eran capaces de escribir los cuentos que todos hemos leído, cómo no lo iban a ser los pequeños, cuando en realidad los cuentos son cosa de niños ¿O no?”
Partiendo de esta la propuesta, la revista AOLDE editó un número especial con relatos de chicos y chicas de entre nueve y catorce años. En internet son abundantes las iniciativas desinteresadas y sin ánimo de lucro que difunden, promocionan y alientan la producción artística en general y la literaria en particular. Colaborar con tus escritos es sencillo, y resulta de lo más gratificante para todos aquellos que tienen inquietudes creativas de cualquier tipo. AL OTRO LADO DEL ESPEJO es una iniciativa de la asociación cultural “La vida rima“, que cuenta con una interesante divisa: “Alcanzar la felicidad a través de arte”.
Todos los que están familiarizados con la mitología conocen a Hércules (o Heracles), héroe griego, fortachón y campechano, fruto de una infidelidad de Zeus con una tal Alcmena, lo que le valió al retoño la eterna inquina de Hera, la esposa agraviada. Las hazañas de Hércules se conocen y comentan del uno al otro confín, y son tantas y tan variadas que resulta imposible organizar cronológicamente su fantástica biografía. Se sabe, eso sí, que son muchos los que envidiaron ―y envidian― su vigor y ánimo aventurero, y otros tantos los que se admiran de sus muchas hazañas, entre las que destacan los Trabajos, doce encargos muy particulares y caprichosos que pasaban por despellejar un león, capturar un toro salvaje o exterminar una bandada de pájaros de bronce, entre otros. Hay que remontarse hasta el siglo VII a. C. para encontrar el origen de este ciclo de episodios que ha inspirado abundantes recreaciones posteriores. El libro que os regalamos hoy es un manuscrito italiano del s. XV. que fue ilustrado siguiendo los patrones iconográficos de la época, en la que se nos ofrece una imagen del héroe que contrasta con aquel otro que os presentamos al pie de este artículo, altivo, robusto, musculoso al extremo y pertrechado de su inseparable porra. Dos de las muchas imágenes de este personaje de mil caras que, aún hoy, goza de muy buena salud literaria.