23 Abril 2018

Escrivivir

Publicado en atrapa al personaje, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 14:02 h.

Ahora que le conocemos podemos decir que Gonzalo transmite serenidad. Ojillos hundidos, melancólicos, que se abren al balcón de una barba blanca blanca como la nieve. Quizá sea por eso por lo que su discurso es fresco. Nos atrapa como el abrazo de un nuevo amigo. Moure modela el aire con las manos. Nos invita a crear, a contar las historias, a reconocernos en lo que escribimos como aquel que se mira en el agua clara de un manantial. Las palabras nos han hecho humanos. Los libros nos proyectan hacia el futuro. El escritor de profesión es una especie de científico que experimenta con los sentimientos, incorporando a su obra la esencia misma del los tiempos que le toca vivir. Moure nos desvela a Shakespeare como el inventor del amor romántico, autor de los versos encendidos que recrean la pasión de Romeo y Julieta, paradigma de los amantes enfrentados a los designios de un destino incierto. Nuestro escritor es de los que escribe para vivir. O vive para escribir. Para escrivivir, como él dice. Por eso sus finales son abiertos. Cuando desarrolla a sus personajes les otorga el bien más preciado, el de la libertad, para moverse a sus anchas dentro del argumento. Como un lector más, el autor desconoce lo que ocurrirá al pasar de página. ¿No es este un paralelismo con la vida misma? Quizá sea ese el gran atributo de sus historias, aunque no el único. Gonzalo Moure se ha visto arrastrado por la literatura y por cierto compromiso estético y personal a vivir de la misma forma en la que escribe: viajero curioso y sensible, promotor de iniciativas humanitarias y solidarias como el proyecto Bubisher, Moure ensaya con las emociones, con los sentimientos que invitan a conectar culturas y rebasar fronteras. Los libros de Gonzalo describen la dimensión poética de la vida, tan importante como la otra, la material, que suele ser el origen de casi todos los desvelos occidentales. No lejos de aquí, los saharauis se desean cada día una feliz mañana de garbanzos y jazmines (¡Sabah el ful u iasimín!). En el desierto inclemente, la dicha del hombre pasa por calmar la sed y el hambre, pero también por gozar de la vida misma y de la belleza sublime de una pequeña flor que se resiste a sucumbir bajo el sol abrasador. Una metáfora de lo que para todos nosotros supone  la lectura y la escritura: bálsamo y medicina contra la ignorancia, el egoísmo y la crueldad. Nosotros, que escuchamos a Gonzalo Moure con mucha atención, animamos a leerle y a sentirle a través de las múltiples historias que nos ofrecen sus libros, donde se cruzan la felicidad con la desdicha dentro de argumentos sencillos que ni el propio autor es capaz de controlar. Como la vida misma.

13 Abril 2018

la foto salió movida

Publicado en el escritor, escribiendo por escribir por franciscru a las 12:02 h.

El 1962, año en que apareció  ”Historia de Cronopios y Famas”, fallecía la buena de Marilyn al tiempo que Peter Parker, contaminado por un bichito radiactivo, se convertía en el increíble Hombre-Araña. Y no era el único. Por aquel entonces el mundo todo se preparaba para soportar las fiebres de tanto ensayo nuclear, obsesivo recurso del matonismo bélico internacional. También inventaron un cristal que dejaba pasar las moscas. La mosca venía empujaba un poco con la cabeza y pop, ya estaba del otro lado. Alegría enormísima de la mosca. Todo lo arruinó un sabio húngaro al descubrir que la mosca podía entrar pero no salir, o viceversa, a causa de no se sabe qué macana en la flexibilidad de las fibras de este cristal, que era muy fibroso. En seguida inventaron el cazamoscas con un terrón de azúcar dentro, y muchas moscas morían desesperadas. Así acabó toda posible confraternidad con estos animales dignos de mejor suerte. Hace cincuenta años, mientras la humanidad se preparaba para experimentar la gran apoteosis nuclear, los obispos almidonaban su ropa interior y preparaban los oscuros talares para celebrar el Concilio Vaticano II, conocedores de que, desde lo más alto, la divinidad cedía protagonismo a las sondas Mariner y Спутник, en caída libre hacia la distante Venus, pobrecilla. Sirvan estos recuerdos para ilustrar algo de lo que ya no guardo memoria porque figura a la cabecera del artículo y no soy yo de los que se solazan leyéndose a sí mismos, sabiendo que hay tantos textos meritorios que van a la caza de lectores profundos y reconcentrados que nunca olvidan lo que les pasa por la cabeza, como aquellas famas que recomendaban embalsamar los recuerdos de la siguiente manera: luego de fijado el recuerdo con pelos y señales, lo envuelven de pies a cabeza en una sábana negra y lo colocan parado contra la pared de la sala, con un cartelito que dice: “Excursión a Quilmes”, o: “Frank Sinatra”. Los cronopios, en cambio, esos seres desordenados y tibios, dejan los recuerdos sueltos por la casa, entre alegres gritos, y ellos andan por el medio y cuando pasa corriendo uno, lo acarician con suavidad y le dicen: “No vayas a lastimarte”, y también: “Cuidado con los escalones”. Es por eso que las casas de los famas son ordenadas y silenciosas, mientras que en las de los cronopios hay gran bulla y puertas que golpean. Los vecinos se quejan siempre de los cronopios, y los famas mueven la cabeza comprensivamente y van a ver si las etiquetas están todas en su sitio.

28 Marzo 2018

hernández

Publicado en buscando un billete, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 19:30 h.

El poeta falleció a los treinta y uno hace ahora setenta y seis. Al bueno de Miguel le dedican un sello y han propuesto su nombre para bautizar un asteroide (los planetas buenos ya estaban cogidos). No vamos a contar nada que no esté recogido con profusión en la red. Apuntaremos únicamente que en su cortísima existencia vivió en carne propia las contradicciones y los dramas de nuestra historia reciente (la de España), y su obra es un canto al amor y a la belleza, la expresión de un sentimiento puro que expresa desgarradoramente el dolor de un alma libre y sencilla, prematuramente herida por el rayo. O por lo menos esto nos sugiere a nosotros, que para estas cosas somos muy sensibles… Aunque nos hiere aún más que lo confundan y lo retuerzan la pandilla de mastuerzos que pretenden vindicarlo y que nunca lo han leído. En fin. No vamos a recomendar que leáis una antología completa, pero quizá un poemilla o dos… escuchar una cancioncita, al menos… (los diminutivos son el único recurso del que disponemos para tratar de convencer al lector ilustrado). Esto que sigue es el único registro sonoro (creo) de Miguel Hernández, recitando la canción del esposo soldado, grabada en París, en plena Guerra Civil (No. Esa no. La del 36…).

18 Noviembre 2017

primero de noviembre

Publicado en atrapa al personaje, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 22:54 h.

Hay cementerios por los que uno camina como si de repente fuera a coincidir con un viejo amigo, con un antiguo compañero del cole o con el pariente lejano al que hace décadas que no ve. Montparnasse es uno de estos camposantos donde el paseo te depara encuentros insospechados. Si uno va con tiempo, es mejor abandonar la guía en el hotel y dejarse conducir por el flujo magnético que recorre el interminable laberinto de tumbas; si el destino está de tu parte, te toparás como por casualidad con la última morada de Ionesco, Baudelaire, Beckett, Duras o César Vallejo, eso sin olvidar al insufrible Sartre o al ausente Carlos Fuentes. A nosotros lo que realmente nos llevó hasta Montparnasse el primero de noviembre fue el rastro nostálgico de otro insigne de las letras hispanoamericanas. Desde la tumba de Julio Cortázar, orientada al norte, solo se ve una interminable sucesión de túmulos, y resulta difícil, allí donde está, rendirle tributo sin tropezarse con los mármoles vecinos que como balsas a la deriva, se reparten el escaso suelo disponible. La blanca superficie luce descuidada, marcada por la huella de flores marchitas que se dejaron su frescura abrazadas a la fría coraza de piedra. Las notitas de admiradores, improvisadas en los reversos de los paquetes de tabaco o en billetes de metro, se disponen alrededor del cartelito que llama en francés y en español a contener el exceso de los visitantes, los mismos que armados con peligrosos rotuladores indelebles son siempre tan proclives a la profanación. El nombre del escritor aparece flanqueado por el de dos enigmáticas damas, que comparten con él el protagonismo de esta estación fúnebre. A Don Julio le horrorizaba la idea de la incineración, y por eso entre Aurora, su primera esposa, y él mismo se cruzaron promesas de no permitir que las llamas les redujeran a polvo y cenizas. La vida terminó distanciando a los amantes, aunque parece ser que el cariño y el aprecio mutuo nunca se extinguieron. El Cortázar de la última etapa estuvo vinculado a la escritora de origen norteamericano Carol Dunlop, que falleció tempranamente en París. Ella fue la primera moradora de la tumba. Dos años después Cortázar ocupó la plaza que le correspondía junto a ella, colmando todo el espacio disponible. En apariencia, sus disposiciones se cumplieron. Pero ¿qué pasó con Aurora? En su caso ya no era posible conciliar las dos aspiraciones y finalmente cuando falleció en 2014, resultó obligado decantarse por reducir su cuerpo a cenizas para hacer posible su otro gran anhelo: yacer definitivamente junto al que fue el amor de su vida. Y es así como treinta y tres años después de su desaparición, Don Julio, presente en el aire que respiramos, nos regala una historia que los anónimos peregrinos que lo visitamos en este primero de noviembre acariciamos como terciopelo, a los pies de la tumba que empieza a destacarse como mole blanca y liviana en el cortante crepúsculo parisino.