2 Diciembre 2019

el exlibris en España

Publicado en escribiendo por escribir, juegos y chanzas, marcapáginas por franciscru a las 9:43 h.

Todos hemos visto alguna vez bellos motivos, generalmente de carácter heráldico, estampados con pan de oro en las portadas de antiguos volúmenes. Este tipo de dorada filigrana recibió el nombre de supralibros, y es el precedente de los exlibris que estamos glosando en estas últimas entradas. El primer exlibris español que se conserva se usó para la biblioteca particular de un tal Francisco Tarafa. Se trata de una xilografía en óvalo del año 1553 que contiene la inscripción Bibliotheca Francisci Tarapha, Canonici Barchi. Tenemos una prueba de que los exlibris no eran, ni mucho menos, ejemplo de frivolidad pasajera o simple capricho de aquellos que se declaraban amantes del libro: el mismísimo Goya, insigne artista, diseñó elementos de estas características. Uno de ellos le fue entregado en 1798 a su amigo Melchor Gaspar de Jovellanos; se trata de un aguafuerte del que se conocen únicamente dos impresiones. Una de ellas se conserva en la Biblioteca Nacional de Madrid con la inscripción Del Sº (secretario) Jovellanos.  Pero la época de la verdadera popularización del exlibrismo patrio coincidió con la corriente modernista, que aprovechó las posibilidades que ofrecía la estampa para llevar el arte a los libros de los adinerados burgueses de fines del siglo XIX. Pablo Font, lejanamente emparentado con Francisco Maciá, se trajo la moda de la exposición universal de Paris de 1889 (la de la Tour Eiffel), y al volver de su viaje encargó los primeros diseños de lo que sería el resurgimiento del exlibris en España. Los ejemplares que se conservan son muy bonitos y tienen el inconfundible marchamo de la estética modernista. Actualmente las técnicas de reprografía y los sellos de caucho le han tomado la delantera al diseño de exlibris a la manera tradicional (calcografía, litografía, xilografía), que sobrevive gracias a los coleccionistas y a los concursos y bienales. Pero la afición continúa. En la actualidad existen casi medio centenar de organismos repartidos por todo el mundo dedicados a difundir el exlibrismo, promocionando la colección de ejemplares, el arte del grabado y de los artistas que los producen. Benoît Junod, conocido coleccionista, expresa su afición de esta manera:

Los ex libris son una forma de colección que reúne una cantidad de aspectos interesantes. Como existen desde el siglo XV en forma impresa, y que casi todos los artistas de las épocas sucesivas han realizado exlibris, son fascinantes como testigos del arte de todas las épocas, como ejemplos de la evolución de los estilos y de las técnicas, como marcas de posesión de libros de bibliófilos y bibliotecas (y así de la historia de la cultura), y más prosaicamente como pequeñas imágenes que reflejan una relación entre artista y coleccionista, y lo que el primero crea al gusto del segundo.

9 Noviembre 2019

el muro

Publicado en ciudades de libro, escribiendo por escribir por franciscru a las 18:33 h.

El 12 de agosto de 1961 Detlef K., residente en Berlín-Este, acudió a la American Memorial Library, biblioteca localizada en el sector occidental, y tomó en préstamo tres libros. Durante la noche, las autoridades de la zona soviética desplegaron los primeros metros de alambrada que separarían a los alemanes durante veintiocho años. En ese momento Detlef desconocía la trascendencia futura de tales maniobras, pero intuía que no podría devolver los libros a tiempo. El 9 de noviembre de 1989 cayó el muro. A la mañana siguiente, el probo ciudadano se puso el abrigo gris con coderas en las mangas y se caló su gorra de algodón angoleño. Con los tres libros bajo el brazo, acudió a la biblioteca para reintegrar el préstamo, convencido de que podría persuadir a los gerentes de la institución de que el retraso se había debido a imponderables de la historia. Los que no estuvimos allí, al menos físicamente, recordamos con particular emoción la apertura del muro. Había caído el símbolo de una ofensa injusta y arbitraria, que una generación entera había vivido como “natural” consecuencia del enfrentamiento entre dos bloques: el capitalista por un lado y el comunista por el otro. “Provistos con picos o con tan solo las manos, cientos de ciudadanos golpearían con rabia contenida durante años los ciento sesenta kilómetros de doble pared y de oprobio hasta desmenuzar la mayor parte de lo que fue el símbolo por excelencia de la Guerra Fría y convertirlo de esa forma en miles de inofensivos souvenirs”. (Ricardo Martín de la Guardia, La caída del muro de Berlín, 2019). Son innumerables las obras literarias, tesis, ensayos, obras de teatro, películas, series de televisión e incluso comics que directa o indirectamente están inspirados en este episodio reciente de la humanidad. También son incontables las revisiones históricas y las monografias sobre el tema. A día de hoy, numerosos testigos pueden relatar en primera persona lo sucedido durante aquel lejano 1989. Todavía bajo la influencia de una importante carga emocional, persiste cierta dificultad para el análisis objetivo de los hechos, pero lo cierto es que con la perspectiva que nos dan estos treinta años hay que reconocer que en la medida en que el muro representó la división tajante entre mundos ideológica y políticamente diferentes, su demolición alumbró esperanzas que no fraguaron del todo… Finalmente Detlef K. fue exonerado de pagar la sanción correspondiente, pero la bibliotecaria le retiró el carné de usuario por un periodo equivalente a los días de retraso.

5 Noviembre 2019

de entre los libros de

Publicado en escribiendo por escribir por franciscru a las 1:41 h.

Hubo un tiempo en que los libros eran un bien preciado. Quien podía acceder a la palabra escrita tenía la oportunidad de aprender a leer. Y la lectura era la llave del conocimiento. Los ricos y poderosos presumían no ya de lecturas doctas o piadosas, sino de los valiosos volúmenes que habían logrado atesorar, de ordinario comprando o canjeando, sin descartar regalos, robos o rapiñas. Cuesta creer que el progreso sedimentara sobre tales cimientos, pero así fue. De esta forma los libros se convirtieron también en objetivos. Cada cual componía una lista de títulos proscritos, so pena de requisa y consigna… Eso en el mejor de los casos. Era habitual que los implacables censores burlasen el ímpetu sancionador y se reservaran un ejemplar de entre todos los que entregaban a las llamas purificadoras. Nadie mejor que los fieles servidores de Señor para disfrutar de la fruta prohibida. Textos extraviados por éstas u otras contingencias se buscaron infructuosamente durante siglos. Algunos eruditos se hubieran ofrecido gustosos al tormento de hierros candentes a cambio de poseerlos siquiera unos instantes a la luz de un candil. Cuando la imprenta multiplicó las tiradas, los libros circularon con prodigalidad, pero la reverencia hacia ellos no hizo sino aumentar, acrecentando con ello la curiosidad y el ánimo de saber de los que hasta entonces no habían podido soñar con una biblioteca propia. Se ha descrito bien la natural disposición del hombre a salvaguardar lo que considera suyo, y los libros no fueron una excepción. Los nobles blasones con alarde de yelmos y tenantes aludían a la propiedad y disipaban las malas tentaciones. Institutos, gremios y congregaciones de toda condición se sumaron a la moda, señalando con estampas bien visibles los ejemplares de sus fondos. Era lo que se dio en llamar exlibris, locución latina que figuraba a modo de leyenda en estas marcas de propiedad, y cuyo significado es “de entre los libros de”. El exlibris se extiende durante el siglo XVI por Francia, Inglaterra, Holanda e Italia, debido en parte a las aportaciones que realizaron artistas como Durero, Cranach y Holbein, que realizaron pequeñas obras de arte para hacendados y bibliófilos de la época. La estampa finamente grabada experimenta un auge a principios del siglo XX entre aquellos que desean expresar de manera exquisita su amor por los libros. El sello se personaliza sustituyendo los motivos heráldicos por otros que lo convierten en una marca única, íntimamente identificada con el propietario. En el Diccionario de la Lengua de la Real Academia Española (2001) leemos la siguiente definición: Exlibris: “etiqueta o sello grabado que se estampa en el reverso de la tapa de los libros, en la cual consta el nombre del dueño o el de la biblioteca a que pertenece el libro”.

20 Julio 2019

los cráteres de la luna

Publicado en biblioteca virtual, escribiendo por escribir por franciscru a las 17:19 h.

Volvemos de nuevo la vista al cielo. Esta vez para contemplar a nuestro querido satélite, señor de las mareas, magnético inductor de vida y muerte: la Luna. Posiblemente ningún objeto celeste haya inspirado tanto a científicos y artistas como éste, al que la familiaridad de trato ha llevado al extremo de anular la mayúscula que denota lo propio de su nombre. Como buena conocedora de nuestra psicología, a la luna le basta con un guiño mensual para sustraer la atención de todo el orbe, desde donde los lunáticos de toda condición han proyectado a lo largo de la historia los sueños que no les cabían en cajones y gabinetes, razón verdadera de tanto desmesurado cráter. El primer hombre que se dejó caer en persona por aquellos lares acaba de fallecer. La figura de Neil Armstrong es equiparable a la de esos otros viajeros de otro tiempo que ampliaron las fronteras de lo conocido, circunvalaron el globo o llegaron a los confines más inhóspitos. Anticipando las inveteradas costumbres del moderno turista playero, Armstrong se hizo unas fotos y recolectó algunos recuerdos de la odisea, unos pocos pedruscos y un puñado de arena inerte, con la esperanza de que pronto regresaría a su Tierra (nunca mejor dicho). Desde el pasado veinticinco de agosto la persona se ha tornado en personaje, y como le corresponde, espera turno en la antesala de la fama, lo que supone que en los siglos venideros las rotundas consonantes de su apellido resonarán junto a las de otros incautos exploradores, tan celosos de su misión que ignoraron el más que probable fracaso de la empresa. Algo así ocurre con los protagonistas de De la Tierra a la Luna de Julio Verne, que os presentamos aquí en esta edición de 1868, impresa tres años después de que el primer capítulo apareciera en el Journal des débats politiques et littéraires. Mientras que a Verne se le tilda de visionario, hay quien afirma que la conquista de Armstrong en mil novecientos sesenta y nueve fue una fenomenal impostura. A los que vivimos de las fábulas que alimentan la imaginación, tanto nos da que la especie humana haya llegado o no a sentar sus reales en las dunas de Marte o sobre los hielos de Ganímedes, siempre que nos permitan seguir gozando a gusto en la ingrávida superficie de nuestros sueños.

De la Tierra a la Luna