20 Julio 2019

los cráteres de la luna

Publicado en biblioteca virtual, escribiendo por escribir por franciscru a las 17:19 h.

Volvemos de nuevo la vista al cielo. Esta vez para contemplar a nuestro querido satélite, señor de las mareas, magnético inductor de vida y muerte: la Luna. Posiblemente ningún objeto celeste haya inspirado tanto a científicos y artistas como éste, al que la familiaridad de trato ha llevado al extremo de anular la mayúscula que denota lo propio de su nombre. Como buena conocedora de nuestra psicología, a la luna le basta con un guiño mensual para sustraer la atención de todo el orbe, desde donde los lunáticos de toda condición han proyectado a lo largo de la historia los sueños que no les cabían en cajones y gabinetes, razón verdadera de tanto desmesurado cráter. El primer hombre que se dejó caer en persona por aquellos lares acaba de fallecer. La figura de Neil Armstrong es equiparable a la de esos otros viajeros de otro tiempo que ampliaron las fronteras de lo conocido, circunvalaron el globo o llegaron a los confines más inhóspitos. Anticipando las inveteradas costumbres del moderno turista playero, Armstrong se hizo unas fotos y recolectó algunos recuerdos de la odisea, unos pocos pedruscos y un puñado de arena inerte, con la esperanza de que pronto regresaría a su Tierra (nunca mejor dicho). Desde el pasado veinticinco de agosto la persona se ha tornado en personaje, y como le corresponde, espera turno en la antesala de la fama, lo que supone que en los siglos venideros las rotundas consonantes de su apellido resonarán junto a las de otros incautos exploradores, tan celosos de su misión que ignoraron el más que probable fracaso de la empresa. Algo así ocurre con los protagonistas de De la Tierra a la Luna de Julio Verne, que os presentamos aquí en esta edición de 1868, impresa tres años después de que el primer capítulo apareciera en el Journal des débats politiques et littéraires. Mientras que a Verne se le tilda de visionario, hay quien afirma que la conquista de Armstrong en mil novecientos sesenta y nueve fue una fenomenal impostura. A los que vivimos de las fábulas que alimentan la imaginación, tanto nos da que la especie humana haya llegado o no a sentar sus reales en las dunas de Marte o sobre los hielos de Ganímedes, siempre que nos permitan seguir gozando a gusto en la ingrávida superficie de nuestros sueños.

De la Tierra a la Luna

23 Abril 2019

María, Alonso, Julieta y un tal Romeo

Cuando María entró por la puerta, los chicos de la ESO ya se habían desayunado con Cervantes y un corrusco de Shakespeare a cuenta del Día del Libro. Las profesoras de Lengua prepararon el terreno para que a última hora de la mañana el espíritu de los dos escritores se colara en las clases como ese viento cálido que empuja los rodamundos.  Los más se sorprendieron de la energía de nuestra invitada, una tremolina pelirroja multiplicada aquí y allá en decenas de gestos, balanceos y sorbitos de agua para recuperar el aliento. El escenario se transforma. El aula ya no es un aula. o al menos no lo parece cuando Romeo dice aquello de que el amor busca al amor como el estudiante huye de sus libros, y el amor abandona al amor como el niño que deja sus juegos para regresar al estudio… Julieta se estremece:  ¡Oh Romeo, Romeo! Si yo pudiera hablar a gritos… La palabra escrita recobra la vida, se abre paso a saltos por encima vocablos arcaicos,  de sentimientos eternos que la pasión juvenil enciende en el corazón de los oyentes, conmovidos quizá por el triste final que aguarda a los protagonistas, aunque también sorprendidos por la fuerza del texto inmortal. Cuando le llega el turno a Don Alonso Quijano, las aspas son brazos terminados en cucharones de madera, y la cordura de Sancho no nos parece sino una innecesaria rúbrica a la locura de su señor, vuelto lanza en el ristre contra el molino, que lo sacude y lo maja al punto de hacernos creer a todos que realmente se trataba de un gigante de casi diez varas de alto, un ser ominoso que posiblemente la sensatez nos haya hurtado por vernos reír de los desvaríos ajenos. Al toque del último timbre de la jornada las ilusiones se desvanecen, y el punto final cae y rueda por el pasillo, seguido por la desbocada chavalería, ávida de libertad. Se llevan con ellos algunos versos, el recuerdo apresurado de los clásicos y las narizotas rojas que les regaló María Alonso, indumenta perfecta para vestir de sueños lo que resta del día. Así que, sin más demora, pongámonos a leer…

1 Enero 2019

el año de la Tabla

Publicado en General, escribiendo por escribir, vale más que las pesetas por franciscru a las 0:01 h.

Aunque no es justo atribuirle todo el mérito, este año se conmemora el centésimo quincuagésimo aniversario de una proeza intelectual extraordinaria: la primera Tabla Periódica de los Elementos químicos propuesta por el científico ruso Дми́трий Ива́нович Мendeléiev. Este siberiano universal estuvo a punto de ganar el premio Nobel, una distinción sin duda proporcional a su innegable aportación científica. La intervención de un influyente y resentido colega truncó la propuesta para siempre, porque D. Dimitri fallecería unos meses después. La Tabla Periódica allanó el camino para el desarrollo de los mayores avances en la teoría y la práctica de la química. Pero LTP es algo más: se trata de un icono universalmente reconocible que encierra referentes culturales, mitológicos, literarios, geográficos, místicos, religiosos, técnicos, históricos… y que, sin embargo, está en continua evolución pues aunque parezca un capítulo cerrado, especialistas y filósofos continúan debatiendo las virtudes relativas de las diferentes formas de presentar la tabla periódica misma​, e incluso la colocación de algunos elementos. Recientemente los últimos fichajes extremadamente inestables y endemoniadamente difíciles de sintetizar han servido para completar el séptimo periodo. La rigurosa descripción de los 118 elementos ha sido uno de los logros colectivos más meritorios de la mente y el ingenio colectivo de la especie. A lo largo de este Año Internacional de la Tabla Periódica de los Elementos Químicos vamos a destacar algunas aportaciones literarias y divulgativas relacionadas con LTP porque, como diría el bueno de Terencio (no confundir con el defensa central del Betis), nada de lo humano nos es ajeno, y no hay más humano que esta elegante creación que clasifica todos los ingredientes del universo interpretando la armoniosa sinfonía de las leyes naturales.

 Si por uno cataclismo resultaran destruidos todos los conocimientos científicos y sólo una frase pudiera pasar a las generaciones siguientes, ¿qué sentencia contendría el máximo de información en el mínimo de palabras? Yo creo que es la hipótesis atómica (o el hecho atómico, o como quieran llamarlo), según la cual todas las cosas están hechas de átomos –pequeñas partículas que se encuentran en perpetuo movimiento y se atraen entre sí cuando se sitúan a corta distancia, pero que se repelen si se intentan introducir una en la otra–. Sólo con que se utilice un poco de imaginación y de reflexión, en esta única frase, como verán, está contenida una enorme cantidad de información sobre el mundo.

(De una charla de Richard Feynman recogida en el libro de John Gribbin Introducción a la ciencia).

16 Octubre 2018

le gout de lire

Publicado en Naturalmente leyendo, escribiendo por escribir por franciscru a las 20:10 h.

¿Que tiene en común el placer de leer con ese otro deleite tan reconocible como es el de comer bien o, como le dicen ahora, la emoción gastronómica? Entre ambos hay conexiones evidentes: la buena mesa atrae a gourmets y comilones, cada uno con expectativas e intereses bien diferentes; mientras unos se acercan con curiosidad y paladean los platos, los otros se llenan la andorga y apuran la última miguita sin miramientos; cuando los primeros están a punto de conectar ese último tramo neuronal que les llevará a discriminar sabores, los segundos completan la faena mojando con los dedos, hundiendo con indecible complacencia trocitos de pan en el último, suculento rastro que deja la salsa deliciosa. La lectura no debe ser tediosa y sí fuente de placer inagotable. La oferta es tan amplia que pocos han de ser los que no descubran lo que se amolda a sus hechuras.  Si algo podemos hacer desde aquí, desde la escuela, es cultivar ese gusto, orientarlo hacia preferencias que amplíen horizontes y tracen nuevas derrotas, singladuras insospechadas para el joven espíritu juvenil, inagotable procesador de intuiciones donde amor, vida y aventura se confunden en una suerte de sinfonía de los sentimientos que a los que hemos perdido memoria de esos años, en ocasiones nos suena a monserga exasperante. «Yo he sido profesor de literatura (…) y siempre les aconsejé a mis estudiantes: si un libro los aburre, déjenlo, no lo lean porque es famoso, no lean un libro porque es moderno, no lean un libro porque es antiguo. Si un libro es tedioso para ustedes, déjenlo… ese libro no ha sido escrito para ustedes. La lectura debe ser una forma de la felicidad». Así se expresaba Don Jorge Luis (Borges) en unas conversaciones informales que recogemos en esta misma entrada. Es la recomendación de un insigne lector, con el que nos topamos casi por casualidad paseando por un pueblecito de la Normadía, sobre la misma línea del meridiano de GreenwichL’Aleph et autres contes se hospedaba en una casita de madera, similar a esas que se cuelgan de los árboles para atraer a pajaritos-okupas que han renunciado a sus instintos y prefieren de la engañosa hospitalidad de sus caseros humanos. En el interior no encontramos plumas ni trinos, pero sí una generosa provisión de libros. En tipografía gruesa que no pasa desapercibida una leyenda reza así: Cultivons le goût de lire. Nos llevamos L´Aleph y depositamos los cuentos de Guy de Maupassant que por casualidad (o no tanta) llevábamos en el bolso. Cuando empezamos a hojear, un alboroto de fondo nos advierte de un puesto de gofres… ¡Qué caramba!, el placer de leer puede esperar…