26 Enero 2020

maravillas de la ciencia

Hasta bien entrado el siglo XIX, el científico era una figura excepcional, establecida en los márgenes del trabajo productivo, un gentilhombre curioso que merced a su estatus o a su fortuna personal, podía dedicar tiempo y esfuerzo intelectual a experimentos y lucubraciones. Todo eso cambio cuando en nombre del progreso, el oficio de científico se vio amparado socialmente y reconocido por instituciones con líneas de investigación que agrupaban a los sabios y organizaban su trabajo. Resultado de esta colaboración entre teóricos e ingenieros fueron los avances tecnológicos sobresalientes que inauguraron lo que llamamos la era industrial. La máquina a vapor, las técnicas siderúrgicas, los pesos y medidas, la electricidad, el telégrafo… extraordinarias aplicaciones de principios físicos y quìmicos que revolucionaron los viejos sistemas económicos y propiciaron el éxodo de millones de personas del campo a la ciudad. La burguesía que tanto se había beneficiado de la rápida transformación, acudía en masa a las exposiciones universales, donde quedaba abducida por las novedades ruidosas que expulsaban densos nubarrones de humo negro y prometían un progreso sin límite. Aparece la literatura científica, con un énfasis en la ciencia y la industria como elementos que habrían de guiar al hombre hacia un porvenir de felicidad y armonía en una sociedad más adecuada al ser humano del mañana1. Se sientan las bases de “la guerra contra naturaleza” que liberará al nuevo ciudadano de la explotación. El primero de los baluartes será la ciencia; más tarde se sumarán la industria y las grandes obras de ingeniería. Numerosas obras de corte popular (dirigido a un público no especialista, aunque formado intelectualmente) saturan el mercado. En Francia, Verne y Hetzel encuentran un verdadero filón literario imaginando las bondades del progreso con argumentos ágiles que también promueven valores del socialismo romántico como la solidaridad, la fraternidad o la justicia. Otros autores no tan mimados por la masas pero igualmente prolíficos se consagran a lo que hoy llamamos divulgación científica. Louis Figuier es posiblemente el más reconocido de todos. Escribió muchísimos libros. También dirigió La Science Illustrée, prestigioso semanario en el que colaboraron reconocidos periodistas y escritores, incluyendo al propio Verne, que semanalmente publicaba por entregas sus folletones menos conocidos. La obra que ha dado pie a este pequeño preámbulo fue descubierta entre un montón de libros expurgados. Se llama Merveilles de la science, ou description populaire des inventions modernes, un volumen de los cuatro que bajo ese mismo título el señor Figuier publicó entre los años 1867 y 1870. El ejemplar contiene una serie de capítulos con títulos como El telégrafo aéreo, Galvanoplastia o Aerostatos. Dentro de cada apartado, el autor presenta una visión evolutiva de cada invención. El libro tiene 741 páginas y su encuadernación holandesa con tapa dura es recia y robusta. Está profusamente ilustrado con preciosos grabados, imágenes que a menudo constituyen las primeras reconstrucciones visuales de ingenios tecnológicos importantes. Sabemos además que muchos de estos grabados son obra de H. Riusseau y E. Thomas, pero aparecen regularmente en libros modernos sobre la historia de la ciencia y la tecnología generalmente sin atribución. Recuperamos para nuestros lectores esta interesante muestra de la literatura científica del XIX en su idioma original, de referencia obligada para los curiosos de la ciencia y de la historia que se estén preguntando por el origen remoto de lo que doña Greta Thunberg denomina un planeta en llamas.

1Sunyer Martín, Pedro. Cuadernos Críticos de Geografía Humana, nº 76, julio de 1988

15 Octubre 2019

una historia natural

Publicado en Naturalmente leyendo, fondos de la biblioteca por franciscru a las 10:48 h.

Ya hemos escrito aquí la opinión que nos merece ese subproducto editorial tan rentable como inútil al que denominamos libro de texto, ideal para atizar el hogar en invierno (el combustible más caro del mundo). Pero para ser justos, reconozcamos que alguna vez su existencia estuvo justificada. En la segunda mitad del siglo XIX los textos escolares se antojaban necesarios para sembrar el germen del conocimiento en las nuevas generaciones. Escritos con esmero por profesores solventes, la virtud de estos autores no era precisamente la de atender las peculiaridades intelectuales de los jóvenes lectores, pero sí la de sintetizar los rudimentos de una disciplina sin ahorrarse un ápice de rigor y honestidad académica. En nuestro fondo contamos con El manual de historia natural de Manuel María José de Galdo, una guía para la segunda enseñanza (equivalente a la educación secundaria de ahora, salvando las distancias), por primera vez escrita pensando en alumnos españoles. Hasta ese momento se disponía de textos extranjeros, traducidos generalmente del francés. La primera edición es de 1848. Está dedicada a Su Majestad la Reina Isabel II y cuenta con los avales del gobierno de la época. De hecho, las reediciones ampliadas fueron libro obligatorio durante cuarenta y nueve años. D. Manuel presentó la primera versión con veintitrés añitos, aunque el texto fue revisado en numerosas ocasiones hasta prácticamente la fecha de su fallecimiento. En las sucesivas apariciones del manual, Galdo incorpora grabados y referencias al entorno natural español, especialmente en las lecciones de geología y mineralogía, temas en los que la información general se completa con datos locales como, por ejemplo, la situación de los principales afloramientos de minerales del país. La evolución personal e intelectual del autor y, por ende, la de la comunidad académica y científica de la nación, quedan bien patentes en los cambios y mejoras introducidas en cada una de las nuevas versiones: El señor Galdo, que llegó a ser durante un breve periodo de tiempo alcalde de Madrid,  pasa de las dedicatorias a la reina al cuestionamiento monárquico (1867), y de posiciones académicas conservadoras (”El cultivo de las ciencias, lejos de ser hostil a la religión, es por el contrario uno de los más fundamentales y verdaderos apoyos“) a decididas apuestas por la nueva ciencia y las visiones más revolucionarias, como la teoría de la evolución, recogida finalmente en la edición de 1888 (casi treinta años después de que se publicara El origen de las especies de Charles Darwin). El estudio de este libro implicaba una fuerte dosis de memoria, sobre todo en lo tocante a las clasificaciones minerales, de animales y de plantas. En el apartado pecuniario, la venta de la obra reportó al autor bastantes beneficios, aunque muy, pero que muy alejados de los márgenes que dejan los actuales libros de texto.

25 Septiembre 2015

caravaggio vs.velázquez

Publicado en Recomendaciones, fondos de la biblioteca por franciscru a las 1:20 h.

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Volvemos a los tebeos. En nuestra modesta colección figuran algunos títulos que expresan a las mil maravillas el vínculo entre la pintura y el noveno arte, bien sea por una indisimulada admiración, bien por la infinita inspiración que ofrecen creadores universales como Picasso, Dalí, Chagall, Goya, Michelangelo… Hoy nos ocupamos de dos obras excepcionales que todo buen aficionado ha de leer y disfrutar: Caravaggio. El pincel y la espada, y Las Meninas. El primero de ellos es obra del gran Milo Manara: se trata de un retrato biográfico de Michelangelo Merisi ambientado en la Roma de finales del siglo XVI. El Caravaggio más camorrista y pendenciero entrena sus pinceles en talleres de baja estofa, confundido entre malandrines, canallas, pordioseros y señoras estupendas de vida disipada. En el cómic, la amistad con una de estas mujeres fatales propiciará el duelo en el que el gran pintor siega la vida de su oponente, aunque el verdadero origen del sangriento lance que le obligaría a huir de la ciudad parece haber sido un inocente juego de pelota. Los escenarios grandilocuentes de Manara nos trasladan mágicamente a este universo turbio, a la vez que despiertan la curiosidad de todo buen aficionado al arte. Las Meninas de Santiago García y Javier Olivares es otra cosa. Reflexivo, inteligente y novedosamente estructurado, recorre la vida del Diego Velázquez, aposentador de Palacio, buscando la esencia última del arte más sublime, finalmente materializado en la obra cumbre de la pintura española: Las Meninas. El dibujo tosco y crudo, los trazos gruesos y muy calculados regalan la vista y complacen al lector hasta el punto de obligarle a exprimir todo el jugo de la ilustración antes de pasar página. Un retrato de mérito sustentado en un guión por escenas que revela una sólida documentación.

15 Abril 2013

El segundo jinete

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir, fondos de la biblioteca por franciscru a las 1:03 h.

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Sabemos que la memoria colectiva es esa frágil conexión bioquímica que nos une con la historia reciente. Cuando se rompe o se agota, los hechos pretéritos pasan a formularse como relatos acabados que bailan de puntillas sobre un duro pavimento de datos y fechas. Hemos disfrutado de un largo período en ausencia de guerra (que no de paz). Por desgracia, está a punto de desaparecer la generación que experimentó en territorio patrio el último duelo fratricida. Recientemente hubimos de lamentar el fallecimiento de D. José Luis Sampedro. Con él se extinguió la llama de una mente clara y lúcida, pero también el testimonio narrado en primera persona de un drama de proporciones apocalípticas; porque la guerra, desde todos los puntos de vista, es sobre todo eso: el Apocalipsis. Nada, ni siquiera la peste se le parece. La guerra es un azote al que algunos se empeñaron en ponerle reglas, como si eso fuera suficiente para difuminar el perfil aniquilador de todo guerrero eficiente. Y puesto que se trata de la realidad cotidiana padecida ahora mismo por millones de seres humanos, conviene tener en cuenta algunos axiomas que pocas veces pasan como tales, y que a decir de ciertas sensibles pituitarias, expelen un tufillo de incorrección política, a saber: En la guerra no hay el bando de los buenos ni el de los malos; tan solo hay “amigos” y “enemigos”… pero ¡ojo! El statu quo puede cambiar en cualquier momento. Dos: el odio es el verdadero armamento de destrucción masiva. Contra él no hay pacto ni tregua posible. Basta con inseminar; lo demás vendrá por añadidura. Y tres: la crónica de los sucedido siempre la escriben los vencedores; la propaganda es el prólogo de un relato que se repetirá una y mil veces hasta que se imponga como verdad absoluta. La literatura ha contribuido a consagrar estos dogmas, pero también ha denunciado los excesos y condenado los atropellos que se cometen cuando el argumento que vale es el de la fuerza bruta. Los relatos sobre la guerra no tienen por qué estar ambientados en un campo de batalla. Desde el punto de vista narrativo, posee tanta fuerza el diario de una niña confinada en la buhardilla de su casa como la atormentada vida interior de un soldado horriblemente mutilado. Por eso nos vamos a tomar la pequeña libertad de consagrar al género todas las entradas que nos restan hasta el próximo Día del Libro, dedicado este año a las “historias de guerra”. Y para que nuestros jóvenes lectores vayan entrando en harina, el primero que identifique a la autora que aparece en la cabecera de la bitácora obtendrá una recompensa nada desdeñable: dos bonitos libros expurgados, ilustrados y garabateados por nuestros dibujantes. Pero antes de recibir la justa gratificación, el ganador deberá decirnos qué le sugiere la foto de más abajo, una imagen que, por sí misma, ya encierra el germen de una historia…

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