11 Junio 2017

un toque medieval

Publicado en escribiendo por escribir, juegos y chanzas por franciscru a las 19:32 h.

Ya hemos terminado nuestro panel dedicado a los iluminadores. Seguimos escrupulosamente las pautas que los maestros medievales: elección del motivo, traslado al pergamino (en nuestro caso una tabla de contrachapado reciclada), tratamiento de los dorados (nos conformamos con posos de café diluidos en agua) y coloreado con pigmentos transparentes utilizando el fondo claro de la tabla para los efectos de luz, matizando las sombras con tonos más claros o más oscuros. El negro que realza los contornos y los pliegues de la ropa no es de marfil carbonizado ni de nuez de agallas: rotulador y pintura al agua, barata, accesible y limpia que había sobrado de otro proyecto. Con casi ningún gasto y unas horitas de trabajo pulcro y ordenado hemos reproducido a lo grande esta viñeta del Bestiario de Rochester a la que hemos dado la relevancia que merece.

12 Marzo 2017

algo de provecho

Publicado en Recomendaciones, juegos y chanzas, marcapáginas por franciscru a las 12:28 h.

Mi familia quiere que estudie algo de provecho… ¡Cuántas veces habremos oído esta frase! El discurso de los jóvenes estudiantes se repite promoción tras promoción. Sin embargo, el significado de esta enigmática sentencia ha ido cambiando con los tiempos. A mediados del siglo pasado, el provecho suponía ganarse las lentejas, y la aspiración de cualquier padre era la de que su hijo obtuviera unos ingresos regulares de la forma más cómoda posible, sacando el máximo rendimiento al magro aprendizaje inicial. En el caso de las hijas, bastaba con que la buena presencia se correspondiera con la cabeza ordenada y discreta de una futura esposa y madre. En las décadas finales del siglo XX se produjo un cambio interesante: el hombre y la mujer de provecho se preparaban para alcanzar las metas que se les habían negado a sus predecesores, conquistando las plazas que hasta ese momento había acaparado una pequeña élite con influencias y acceso a la educación. Fue la época de la democratización de la enseñanza, y las universidades se vieron asaltadas por miles de estudiantes de clase media que a través de la educación superior querían ver cumplidos sus sueños de promoción social y reconocimiento profesional. A estas alturas del siglo XXI, expectativas y frustraciones de toda una generación caen como una losa sobre nuestros jóvenes estudiantes, abatidos por el sistema productivo y contagiados por una visión reduccionista del progreso: la cultura ya no es un fin es en sí misma. La escuela de ciudadanos críticos y responsables da paso a una factoría de futuros expertos en lo que sea, que buscan desesperadamente traducir innumerables títulos y másteres inasibles en empleos bien remunerados, frecuentemente asociados a la técnica y la economía. En este escenario, nuestros estudiantes con más talento están asediados. Mi madre dice que estudie telecomunicaciones y que, después, si quiero, escriba un “best-seller”. Esto nos confesaba L. en la biblioteca, una muchacha resuelta y sencilla con un maravilloso don para las letras, y que a estas alturas estará cumpliendo a las mil maravillas las expectativas de otros, entre dispositivos electrónicos y circuitos conmutados. Sin embargo, el talento se resiste a capitular. Y de eso dan fe un nutrido grupo de autoras que aportan ingenio y perseverancia y lo ponen al servicio de una obra original, con estilo propio pese a su juventud (si es que la juventud ha de pesarle a alguien). Y para dar prueba de ello, nos hemos puesto en contacto con Bea Tormo, una ilustradora logroñesa que bajo su otro apócope posible (Triz), ha firmado trabajos que puedes encontrarte, incluso, entre las páginas de tu libro de texto…

29 Mayo 2016

exquisitas lecturas

Publicado en Naturalmente leyendo, escribiendo por escribir, juegos y chanzas por franciscru a las 12:30 h.

¿Quién no es capaz de acordarse del espumoso capuchino que se tomó en la Plaza de San Marcos con el agua hasta los tobillos? ¿O del delicioso y carísimo trocito de Sachertorte servido con una pizca de nata en la confitería Demel, a un paso del Palacio Imperial (y ecologista) de Hofburg, en Viena? Los recuerdos se fijan mejor cuando van acompañados de sensaciones agradables, de balsámicos efluvios que la pituitaria torna luego en vívidos colores cuando el paladar se suma a la fiesta. Por eso se nos ha ocurrido combinar dos placeres, el de la lectura y el que se desprende de la golosa disposición de alumnos y profesores. Por un día, los usuarios de la biblioteca han tenido la oportunidad de saciar su apetito en todas las dimensiones posibles: literaria, social y biológica. Picoteando de aquí y de allá, las tortas y bizcochos desaparecieron hasta la guinda, los chocolates dejaron su oscura huella entre pulgares e índices de todo quisqui, y los panecillos que envolvían quesos y embutidos se esfumaron dejando tras de sí una descarriada legión de miguitas que hemos descubierto entre las páginas de libros y comics de lo más variado: Tristezas de Bay City, de Chandler; El secreto de la modelo extraviada, de Eduardo Mendoza, Linda 67, de Fernando del Paso, El invierno del dibujante, de Paco Roca o La física de los Superhéroes, de James Kakalios. Un exceso de calorías justificado por el amor a los libros y el buen sabor de boca que deja un poco de literatura en buena compañía.

10 Marzo 2015

lentejas con literatura

Publicado en Naturalmente leyendo, escribiendo por escribir, juegos y chanzas por franciscru a las 1:44 h.

lentejas_

Pequeña e insignificante de a una; pero un buen puñado viste de fiesta la buena mesa del probe, y más si el cocinero tiene para tocino y morcilla. Si no comulgas con este parecer tampoco te señalamos con el dedo: quizá nadie te supo tentar con su delicada textura, o te las viste las más de la veces con potes reventones sin aroma ni substancia, enlagunados y lavados o, por contra, mohínos y espesos, tan sobrados de fuego como faltos de cariño. Tenemos noticias de la Lens culinaris desde hace milenios. Era de lo poco que los faraones compartían con los esforzados constructores de sus mausoleos, quizá porque ambos precisaban del vigor de la tierra fértil: los unos para ver levantarse ante ellos el símbolo de su inmortalidad; los otros para sobrevivir un día más a las vanas aspiraciones de sus idolatrados reyes. Conocemos de primera línea que las lentejas frecuentaban los fogones del ingenioso hidalgo Alonso Quijano al menos una vez por semana, y que Napoleón las veneraba hasta el punto de obligar al Papa Pío VII a bendecir las que habrían de servirse en el banquete de su coronación. Pero las lentejas también placen a las musas e inspiran relatos como éstos, que concurren al certamen literario propiciado por la denominación Lenteja de Tierra de Campos, una iniciativa para abrir boca. Que aproveche.

Justicia

Todos sabían de sobra que la debilidad conducía al desastre. Por eso, los tripulantes alababan la determinación del capitán Russell, que a fines de otoño había advertido personalmente, desde los grumetes al primer oficial, que mientras estuvieran atrapados en el hielo la comida sería estrictamente racionada, por lo que las sustracciones se considerarían sabotaje y sancionadas según la Ley del mar. Así que cuando Finnegan descubrió una lenteja bajo el jergón de O´Rourke, la sentencia de muerte se daba por descontada. O´Rourke sostenía que había sido objeto de una conspiración. Finnegan sabía que su palabra se pondría en entredicho, pero no obstante consideró que su deber era dar parte. Sir Russell valoró el testimonio de los dos hombres antes de añadir la evidente insignificancia de la supuesta sustracción. Por su parte, O´Rourke se libraría de la horca si admitía la culpa; pero eso confirmaría el testimonio de Finnegan. Éste podría retractarse pero nadie le creería, porque si su intención hubiera sido comprometer a O´Rourke le hubiera atribuido un hurto de más enjundia. El capitán no durmió el día de la ejecución. Tampoco el que le sucedió. De repente, algo le impulsó a levantarse y remover su jergón. Contempló atónito la lenteja antes de desmoronarse.

Carlos Mª de Bianco

Marketing

Sostenido en precario sobre una escalera de mano, el alcalde arrojó el último puñado de pepitas en la tolva de acero inoxidable. Las doradas menudencias de oro se mezclaron con toneladas de lentejas en trance de ser envasadas. Como se predijo, la estrategia publicitaria disparó las ventas de esta legumbre. Hubo casos de dientes mellados, pero en general la iniciativa se recibió con entusiasmo: las abuelas retomaron la costumbre de inspeccionar pacientemente cada ejemplar, y las autoridades sanitarias se vieron obligadas a crear la etiqueta “comer oro no es perjudicial para la salud”. Pero pronto aparecieron los ventajistas que llevaban detectores de metales, provocando tumultos en los supermercados. Entonces a alguien se le ocurrió adherir a los paquetes un discreto filamento de acero que alterara cualquier intento de escrutinio espurio. De nuevo las ventas aumentaron. Pero la bonanza fue momentánea, porque cuando la frustración de los clientes alcanzó el límite estallaron disturbios en las principales ciudades. El malestar se trasladó a la Bolsa, donde el valor del oro se tambaleó hasta desplomarse. La gente se apresuró a vender sus joyas al peso, cambiándolas por la divisa americana o bien por saquitos de lentejas de estraperlo.

Cristina Ortal Rioboo