23 Agosto 2018

césar vallejo

Publicado en buscando un billete, el escritor, musica y literatura por franciscru a las 0:12 h.

billete_vallejo

El inti fue una moneda peruana en caída libre entre dos soles. Urgido por las devaluaciones, el gobierno peruano imprimió en el billete de 10.000 la figura (siempre la misma: serio y meditabundo, sujetándose pesadamente el mentón) del poeta César Vallejo. El billete en cuestión se redujo casi a la nada. Pero la palabra de Vallejo conserva el atractivo, atrapa al lector y se mantiene erguida pese a los embates del tiempo. Dicen que en su Santiago de Chuco natal, la gente se expresaba en un castellano rancio y gentil, del que se alimentó el autor de Trilce para, a decir de los expertos, innovar y transformar el lenguaje poético para las generaciones venideras. Más allá del juicio técnico, Vallejo amanece hoy en este blog porque su lectura es muy agradable e invita, casi de inmediato, al recitado. En su país natal, el cuento Paco Yunque es de obligada lectura en los colegios, y su talla literaria se mide con la de los otros dos autores peruanos de obligada pleitesía: Garcilaso y Vargas Llosa. Quien quiera detalles biográficos se encontrará con su pertinaz afición amorosa por las niñas de quince años, su militancia indigenista y su compromiso estético y político; quien lo quiera ver como un inspirador revolucionario, lo podrá oír en boca de el Che Guevara. Y quien lo prefiera para ahuyentar la sombra de las ausencias, que se acerque a una de sus obras y lea sin más.

Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París —y no me corro—
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos…

6 Marzo 2018

infidelidades

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 17:29 h.

Los romances o poemillas populares que recitaban los juglares de pueblo en pueblo buscaban atraerse la atención del público, tendente a mostrarse más agradecido cuanto más le gustara aquello que le ponían en los oídos. Los ciegos, caminantes sin rumbo, difundían historias morbosas y violentas, adornadas con detalles y sucesos que excitaban la imaginación del respetable. A menudo exhibían cartelones con viñetas para ilustrar los momentos estelares. Al concluir, solían vender ejemplares del texto (los llamados pliegos de cordel), lo que permitía la relectura y favorecía la memorización y difusión oral, a veces no con todo el rigor necesario, lo que a la larga desencadenaba un aluvión de versiones diferentes.

La infidelidad entre esposos era uno de los temas preferidos. En una época en la que la mujer era poco más que un apéndice del hombre, resultaba sumamente provocador que fueran ellas las que llevaran la iniciativa, se mostraran rebeldes, casquivanas o conspiradoras. Y así, de esa forma, se aprovecharan de los previsibles deseos de los varones, que rendían su voluntad a los encantos de la dama. Los dos romances que os traemos a Biblioluces son buena muestra de cuanto hemos dicho. Ni el uno ni el otro nos revelan la suerte final de las protagonistas, aunque es probable que el autor omitiera dicha información a sabiendas de que los oyentes de ambos sexos se harían una atinada composición de lugar.

 

25 Febrero 2018

música y literatura: el amigo otelo

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 1:01 h.

La historia de el moro de Venecia es sobradamente conocida: implacable con el turco, galante y seductor con las damas, Otelo es un general negro (o quizá deberíamos decir afro-veneciano…) que sirve a la pequeña ciudad-estado con sanguinaria diligencia. Pero tras esta fachada de bravucón se esconde un petimetre, un personaje débil e inseguro que sufre ataques epilépticos y no ve más allá de la punta de su alfanje. La terrible intriga que urde contra él su alférez Yago da prueba de su poco juicio; el castigo al que somete a la bella Desdémona, la dama noble y pura que sirve al amor con amor, revela su bestialidad indómita. Os diremos que esta buena mujer terminará pagando los platos rotos en todo este enredo shakesperiano. Pero como no nos da la gana desvelar el final de la historia, al amable lector se le proponen varias alternativas: buscar una síntesis en la red (en su mayoría inextricables), leer la obra de teatro en la biblioteca o reservarse unos boletos para el próximo pase.  Pero si lo que le interesa es conocer a dos bellas Desdémonas que cantan como los ángeles, eso ya es otro cantar (nunca mejor dicho). Las obras de William Shakespeare han inspirado muchas composiciones maravillosas. Y Otelo no es una excepción. Es más: el argumento ha servido al libreto no de una, sino de dos óperas, una de Verdi y otra de Rossini. Breve muestra de ambas son estos fragmentos interpretados por Renee Fleming (¡qué deslumbrante Desdémona!) y Joyce Didonato. Si eres de los que no te gusta la ópera, pincha aquí.

¿Es éste el noble moro a quien nuestro Senado proclama por voto unánime capaz de cuanto sea posible? ¿Es ésta la naturaleza en quien no hacen mella las pasiones? ¿Cuya sólida virtud no podían rozar ni herir la bala del accidente ni el dardo de la ocasión?

28 Octubre 2017

felices idiotas

Publicado en musica y literatura por franciscru a las 0:47 h.

Si estás desorientado, confuso, turbado, perplejo… escucha a Georges Brassens. Las letras de Brassens destilan inconformismo corrosivo, mala leche cósmica. Si te sientes abochornado, desconcertado, si no entiendes lo que pasa a tu alrededor, si te resulta imposible hacerte entender en tu propio idioma, si te satura tanta palabra vacía, escucha a Brassens. Los monigotes musicales de este francés casual adornan las ilustres chepas de los padres de la patria, de los profetas amnésicos, de los fiscales estériles. Si no sabes hacia dónde mirar, si el horizonte se escora peligrosamente hacia el desastre, si temes que el mundo deje de girar en horas de oficina, si te provocas el vómito con dos dedos de frente, escucha a Georges Brassens.  Si el profesor no sabe distinguir el eclipse de un parche en el ojo, si los tontos que conoces sientan cátedra, si el notable alto está por encima de tus posibilidades, entonces escucha a Brassens. Escucha cuando le canta a los idiotas felices que compadecen al desgraciado que no tuvo la fortuna de nacer en su bastión, en su provinciano terruño, los imbéciles agradecidos de no se sabe qué gloriosa herencia, dispuestos a saltar de su agujero y poner en fuga al inmigrante, al intruso al que miran con desprecio desde su pedestal, al que señalan con el dedo inquisidor con el que también advierten y amenazan. Lo dicho: si estás así, lee a Brassens