4 Julio 2020

jinete pálido

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 18:44 h.

El episodio vivido de los últimos meses ha ilustrado una evidencia a la que la mayoría de nosotros habíamos permanecido ajenos hasta el momento: la extrema vulnerabilidad de la especie y el terrible impacto social de la enfermedad traducido en pobreza, conculcación de derechos, manipulación, negligencia y muerte. Pero de ahí a convertirnos en “expertos” media un trecho considerable. Bien es cierto que la mayoria de esos expertos en cualquier cosa de los que se hacen notar en los medios, lo son sin avales ni formación, y posiblemente no sepan ni la mitad de la mitad de nada en particular, pues generalmente los que aceptan tan alegremente ese calificativo son los individuos más decididamente remisos al aprendizaje. En el caso de una pandemia, los epidemiólogos de verdad interpretan las claves del problema en función de estudios médicos y matemáticos que se contrastan a la luz de situaciones pretéritas, y son capaces de diseñar  modelos muy aproximados que anticipan los efectos más perniciosos para la población. De hecho, las desoídas advertencias de las organizaciones internacionales describían con bastante exactitud las consecuencias de un brote como el que vivimos. Ignorarlas trajo como consecuencia la desastrosa catástrofe que todavía no ha sido evaluada en su justa medida.
Aquellos que buscan respuestas en el presente han de volver la vista al pasado. La terrible pandemia de gripe española del primer cuarto del siglo XX ya no cuenta con testigos directos. Sin embargo, los abundantes registros ofrecen un filón inagotable para historiadores, médicos, sociólogos, matemáticos… también para cualquiera con ánimo suficiente como para establecer paralelismos entre lo que sucedió a partir de 1918 y lo padecido durante los últimos meses. Hay total unanimidad en señalar que España no fue sino uno más de los países asolados por la enfermedad y no el origen de la misma. No obstante, el nombre con el que se popularizó el brote es el que se ha impuesto, y a estas alturas no tiene sentido revisar lo que no tiene revisión. De este parecer es Laura Spinney, autora de El jinete pálido, un estupendo libro de divulgación sobre la gripe española aparecido en el 2018 con ocasión del centenario de una pandemia que se cobró entre 50 y 100 millones de víctimas.
El relato de Spinney es dinámico, serio y fundamentado. Documenta la pandemia en todas sus vertientes, aunque quizá la más atractiva es la que resulta de conectar los efectos de la Spanish flu con sucesos posteriores, determinantes en la evolución de acontecimientos como la crisis de los años veinte, la segunda guerra mundial o la emancipación colonial. Esos coletazos siguen ejerciendo de alguna forma un poderoso influjo en el devenir de la historia: nos sorprende conocer, por ejemplo, que el origen de la fortuna de Donald Trumb se debe a la suculenta indemnización recibida por la muerte de su abuelo a causa de la gripe española.
Ahora que ya nos suenan familiares expresiones como distanciamiento social, cuarentena, debordamiento de la sanidad pública, heroicos sanitarios, detener la propagación, conseguir que la población cumpla, noticias falsas, desafección al poder, censura de prensa… llegamos a la conclusión de que incluso las sociedades más opulentas y avanzadas sucumben a los cantos de sirena de la falsa inmunidad, ignorando las demostraciones y advertencias de la implacable naturaleza a lo largo de su más que dilatada interacción con el género humano.
El jinete pálido de Laura Spinney se lee casi de un tirón y es una referencia de autoridad muy convincente en tertulias de sobremesa, al amor de un cafelito caliente y a no menos de dos metros del comensal más próximo.

«No cabe duda de que los medios tendrán un papel crucial que desempeñar en cualquier futura pandemia y también en esto 1918 nos enseña una valiosa lección: censurar y minimizar el peligro no funciona; difundir información veraz de manera objetiva y en el momento adecuado, sí. Sin embargo, la información y el compromiso no son lo mismo. Incluso cuando las personas tienen la información que necesitan para contener la enfermedad, no siempre actúan en consecuencia».

19 Abril 2020

escribir un diario

Publicado en Recomendaciones, biblioteca virtual por franciscru a las 21:57 h.

 A medida que la alfabetización alcanzó los distintos estratos de la sociedad occidental, los diarios y la correspondencia de los soldados, involuntarios protagonistas de la historia, fueron llenando los huecos que dejaban la propaganda y las versiones oficiales. Conscientes del impacto de sus testimonios, los censores del ejército trabajaban a pie de trinchera recortando los párrafos más crudos, las atroces descripciones de la carnicería, la natural desafección patriótica que se decantaba en el fulgor de los episodios más terribles. No se podía permitir que se quebrara la moral de retaguardia, la de las madres y esposas que aguardaban el retorno de sus héroes en loor de la victoria. Curiosamente, durante las grandes campañas bélicas del siglo pasado, los servicios de reparto postal funcionaron admirablemente, con puntualidad y un mínimo porcentaje de extravíos. También el soldado encontraba consuelo en la correspondencia que le acercaba a los suyos, que le ponía al corriente de la rutina doméstica, el primer diente del chico, el ternerillo malogrado… Imágenes, olores y sabores del añorado hogar al que quizá nunca regresaría. Es difícil imaginar la angustia de quien se siente desamparado, a merced de un obús extraviado, una bala rasante o un oficial desquiciado. Leer y escribir fue una vía de escape para el soldado durante los períodos de inactividad, que transcurrían lentamente en la tensa calma que precedía a la tormenta. Se han publicado abundantes compilaciones de diarios y cartas escritas en el frente. Son el resultado de investigaciones en archivos públicos y privados, fondos documentales y correspondencia particular. Buen número de estos libros fueron editados con motivo de efémerides y conmemoraciones. Otros han servido a la investigación historiográfica. Pero todos han alimentado la conciencia crítica de la opinión pública, que en sociedades con tradición democrática constituye el motor de corrientes a favor o en contra de determinadas cuestiones de interés capital.
Durante la Gran Guerra europea se distribuyeron millones de libros entre la tropa de uno y otro bando. Era una forma de aprender y mantener la mente ocupada. La labor benéfica de las bibliotecas de campaña no ha sido suficientemente alabada, pero es indudable que contribuyeron al esparcimiento y el equilibrio mental enmedio de la saturación casi insoportable de la conflagración. Siguiendo el ejemplo citado, a través de nuestra biblioteca de préstamo virtual te ofrecemos la posibilidad de leer lo que sea de tu gusto a lo largo de estas semanas de confinamiento. Si te ha interesado el tema de las cartas y diarios de guerra, contamos con el testimonio del peculiar escritor Ernst Jünger en Tempestades de acero; o Sarajevo, un estupendo libro de crónicas de la muy reciente guerra de Bosnia, escrito por el periodista Alfonso Armada. Pero si te apetece ocupar un asiento de primera en el devenir cotidiano de un conflicto, recomendamos la curiosa bitácora de William Henry Bonser Lamin. Hace unos años, su nieto tuvo la idea de publicar on line las cartas que su abuelo Henry había enviado desde el frente, respetando el orden y sincronizando cada entrada con el día correspondiente. Durante varios meses, lectores de todo el mundo pudieron seguir con el alma en vilo las evoluciones de Henry entre 1917 y 1918, temiendo que cada carta fuera la postrera. Ahora tienes la oportunidad de conocer de cerca al soldado Lamín y descubrir cuál fue su destino final.
Te proponemos igualmente que durante estos días escribas un diario de cuanto sucede alrededor. Estás viviendo un situación excepcional que sin duda recordarás el resto de tu vida. Es seguro que con el paso del tiempo se te olviden muchos de los detalles que están condicionando la experiencia de la cuarentena, y en el futuro te apetezca rememorar episodios que en su momento no te parecieron tan triviales o insignificantes. El diario te ayudará a pensar y a colocar en perspectiva todo lo que sucedió durante el año del coronavirus

Un relámpago brilló de repente en las alargadas raíces de aquella haya y un golpe contra mi muslo izquierdo me tiró al suelo. Creí que había sido alcanzado por un terrón de tierra; pronto el calor de la sangre que fluía en abundancia me hizo ver que estaba herido. Más tarde se pudo comprobar que un afiladísimo fragmento de metralla me había producido una herida en la carne, después de que mi portamonedas hubiera amortiguado su virulencia. Su aguzado filo, parecido al de una hojilla de afeitar, había traspasado no menos de nueve capas de rudo cuero antes de dañar el músculo. Tiré la mochila y corrí hacia la trinchera de donde habíamos venido. Desde todas la partes del bosque bombardeado afluían concéntricamente hacia aquel mismo sitio los heridos. Moribundos y heridos graves obstruían el paso; caminar por allí era algo horrible. Una figura humana que estaba desnuda hasta medio cuerpo y que tenía desgarrada la espalda se apoyaba en el talud de la trinchera. Otro hombre lanzaba de continuo unos gritos estridentes, estremecedores; de su nuca colgaba un jirón de carne de forma triangular. El Gran Dolor ejercía allí su imperio; por vez primera pude mirar, como por una rendija demoníaca, en las profundidades de su dominio. Y las granadas seguían llegando.

Ernst Jünger. Tempestades de acero (1920).

22 Marzo 2020

tiempo de leer

Publicado en Recomendaciones, el escritor, escribiendo por escribir por franciscru a las 14:01 h.

Ahora más que nunca hemos de tomar conciencia de que somos eslabones de una cadena. Tenemos la misión individual y casi sagrada de no flaquear, de no comprometer la solidez del conjunto, de resistirnos como ciudadanos libres e informados al miedo, el desánimo, el egoismo y la estupidez. El virus tiene todos los ases y hemos de esperar una buena mano para empezar a recuperarnos. Ayuda a tu familia, protégela y prepárate para una larga cuarentena en salud, que en la enfermedad no cabe más precaución que la de preservar del contagio a los demás. No será ésta la última ocasión en vuestra vida en la que os encontréis ante circunstancias excepcionales, así que este es un momento tan bueno como cualquier otro para aprender. Os proponemos que leáis. Leer es un excelente antídoto para sobreponerse a la crisis. Y para saber interpretar lo que ocurre a tu alrededor. Así no cometerás los mismos errores…

Los jóvenes que huyen al campo durante la peste que asoló la Comune de Florencia a fines del siglo XIV pasan el rato contándose historias al estilo de Las mil y una noches. Le corresponde a cada joven entretener por turno a los demás con sus relatos. Las jornadas se suceden. No todas las tardes pueden dedicarse al esparcimiento, pero sí una decena de ellas. De ahí el título del libro: El Decamerón, que en griego significa diez días (δεκα, diez y ημερα, día). Los diferentes relatos ―un total de ciento un cuentos, algunos de ellos un tanto licenciosos aunque nada que no pueda superar sin estrecheces un joven lector moderno― narran historias sentimentales, trágicas o moralizantes que en realidad le debemos al ingenio de Giovanni Bocaccioautor que adelanta el Renacimiento y en cuya obra confluyen las literaturas oriental y grecolatina así como el importante acervo de la tradición florentina y napolitana. Como ya dijimos, el escenario en el que se desarrolla el argumento de El Decameron es apocalíptico: el norte de Italia ha recibido el devastador abrazo de la peste negra, importada de Crimea por barcos que recalaron igualmente en buena parte de los grandes puertos europeos, magnificando los efectos de la epidemia en un mundo no tan globalizado como el actual, pero inquieto y comercialmente muy activo en la franja mediterránea. Murieron muchas personas, entre otros motivos porque no conocían los mecanismos del contagio ni los factores que lo propiciaban, por lo que no pudieron detener el avance de la bestia. Los que tenían posibilidades de subsistir fuera de sus hogares sin trabajar huían al campo para evitar el zarpazo de la peste… Tal era el caso de nuestras siete damitas y tres mozalbetes, (Pampínea, Fiameta, Filomena, Emilia, Laureta, Neifile, Elisa, Pánfilo, Filostrato y Dioneo). Pero cabe preguntarse si “escapar” de los miasmas pestíferos fue realmente una buena idea… Nuestros sufridos antepasados desconocían que el portador del bacilo que causa la peste es una pulga, que prolifera sobre sus huéspedes naturales: las ratas. Cuando éstas mueren a causa de la infección, las pulgas buscan un acomodo alternativo. La peste no se contagia directamente entre seres humanos, o lo hace en circunstancias muy especiales, por lo que la proximidad no determina la propagación aunque sí las deficientes condiciones higiénicas y de saneamiento. De hecho, el índice de mortalidad de la peste negra fue mucho mayor en zonas rurales con menor densidad de población, pero con un mayor censo de roedores. Los jóvenes y atolondrados protagonistas de El Decamerón protagonizaron sin saberlo una huída incierta hacia la muerte, que se agazapaba pacientemente entre “las verdes frondas de agradable mirar”.

«Yo juzgaría óptimamente que, tal como estamos, y así como muchos han hecho antes que nosotras y hacen, saliésemos de esta tierra, y huyendo como de la muerte los deshonestos ejemplos ajenos, honestamente fuésemos a estar en nuestras villas campestres (en que todas abundamos) y allí aquella fiesta, aquella alegría y aquel placer que pudiésemos sin traspasar en ningún punto el límite de lo razonable, lo tomásemos. Allí se oye cantar los pajarillos, se ve verdear los collados y las llanuras, y a los campos llenos de mieses ondear no de otro modo que el mar y muchas clases de árboles, y el cielo más abiertamente; el cual, por muy enojado que esté, no por ello nos niega sus bellezas eternas, que mucho más bellas son de admirar que los muros vacíos de nuestra ciudad. Y es allí, a más de esto, el aire asaz más fresco, y de las cosas que son necesarias a la vida en estos tiempos hay allí más abundancia, y es menor el número de las enojosas: porque allí, aunque también mueran los labradores como aquí los ciudadanos, el disgusto es tanto menor cuanto más raras son las casas y los habitantes que en la ciudad».

10 Marzo 2020

yet I alive!

Publicado en Recomendaciones, escribiendo por escribir por franciscru a las 13:17 h.

El año en que sucedieron los hechos, el autor del Robinson Crusoe era un niño… el conocimiento o más bien el recuerdo que Daniel (De)Foe (1660-1731) pudiera tener de lo acontecido en el sur de Inglaterra entre abril de 1665 y septiembre de 1666 no resistiría el severo examen de la historia. Sin embargo, el escritor relata en primera persona la coyuntura de aquellos meses trágicos, durante los cuáles Londres perdió un quinto de su población. La causa: una epidemia de peste bubónica proveniente de Holanda que arribó a los repletos y bulliciosos muelles del puerto inglés. A Journal of the plague year. Written by a citizen who continued all the while in London fue publicado en 1722 bajo las iniciales H.F., lo que invita a sospechar que presumiblemente la obra estuviera basada en los diarios escritos por Henry Foe, tio del autor. Sea como fuere, Defoe completa lo que desconoce con lo que ha oído o, sencillamente, con lo que se inventa, recurso que no le es en absoluto ajeno al periodismo del que se hace hoy en día. Este testimonio novelado resulta muy revelador; describe ya no solo la evolución de la epidemia sino todas las claves de una infección masiva, que se propagó de forma incontrolada entre la población de barrios y parroquias sin respetar rango ni condición social. Sin embargo H.F., sometido como cualquiera al dictado de fuerzas que trascienden el empeño reparador de los hombres, pasea despreocupadamente, confiado en que no le señale el designio divino como a tantos otros. El autor toma nota de cuanto sucede como si los miasmas que flotan en el ambiente no fueran con él. Es, en cierta forma, un reportero acreditado en zona de guerra, yendo y viniendo de acá para allá sin más motor que la “curiosidad” y el “aburrimiento”. En la crónica dispersa y formalmente poco rigurosa podemos identificar claves que nos resultan familiares: la corrupción, el egoismo, la ignorancia o el desenfreno de una población aterida por el pánico y el hedor de la muerte que lo impregna todo (excepto, claro está, los calzones de H.F.). No es fácil imaginarse en una situación tal, aunque resulta mucho más próxima si abordamos el relato de Defoe desde la perspectiva que nos ofrece la crisis del coronavirus. Confinamientos, miedo, paralización económica, caos sanitario, recursos limitados, deserción, necesidad, superchería, negligencia, falta de escrúpulos… pero también solidaridad y entrega; la condición humana enfrentada al duro trance de la lucha por la supervivencia, una suerte de coreografía desesperada para evitar la danza de la muerte o, como es nuestro caso, el estigma doloroso de la enfermedad. En momentos como estos, en los que la invulnerabilidad es tan solo un concepto teórico, H.F. nos invita a calzar sus botas y recorrer los arrabales del subconsciente encarando los fantasmas que moran el interior, espectros que aguardan el momento propicio para manifestarse, sea por interés, miedo o desconfianza. Diario del año de la peste debería ser lectura aconsejable para aquellos que no saben nada, y obligatoria para aquellos que no saben nada de nada pero que sin embargo han de gestionar crisis sanitarias globales con templanza, determinación, inteligencia, conocimiento y valentía. Praesis ut prosis ne ut imperes.

He de detenerme aquí. Podría achacárseme el ser severo, y quizás injusto, si abordo el desagradable trabajo de atacar la ingratitud, sea cual fuere su causa, y la reaparición de toda clase de perversidades entre nosotros, de las que tantas he visto con mis propios ojos. Por ello, concluiré la narración de los sucesos de aquel año calamitoso con un verso mío, tosco pero sincero, que compuse al final de mi diario, el mismo año en que éste fue escrito:

A dreadful plague in London was
In the year sixty-five,
Which swept an hundred thousand souls
Away; yet I alive!