27 Enero 2019

testimonio hasta el final

Publicado en Recomendaciones, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 0:01 h.

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición “aria” y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que “bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad”.

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

29 Diciembre 2018

Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

Publicado en Recomendaciones, ciudades de libro, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 15:25 h.

 

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi (”¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!“), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la imprenta. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.

9 Diciembre 2018

el libro de San Bartolomeo

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, biblioteca virtual, el escritor por franciscru a las 18:11 h.

El Quaker City era un buque a vapor alquilado por la armada de la Unión durante en la guerra civil americana. Retirado del servicio activo, se reconvirtió en barco comercial y de recreo. En 1867 los periódicos se hacían eco de un maravilloso crucero de placer a bordo del Quaker City que partiría de Nueva York con destino a Europa y Tierra Santa. Entre el selecto pasaje figuraba un tal S. Clemens, de California, inquieto escritor que no desaprovechará la oportunidad para redactar una serie de cartas que tiempo más tarde se editarán como libro de viajes: The Innocents Abroad. No contaba Clemens con que esta obra sería la más vendida de entre todos sus libros, por encima incluso de los futuros Tom Sawyer y su secuela, Las aventuras de Huckleberry Finn. A estas alturas no creemos necesario desvelar la identidad de Míster Clemens, así que ni siquiera mentaremos el seudónimo por el que se le conoce universalmente: Mark Twain. La mirada del autor de la Guía para viajeros inocentes es genuinamente americana: humor fino, agudeza verbal, arrogancia y hasta una cierta comprensible ignorancia provinciana que se combinan para componer un relato muy al gusto de los lectores de la época. Hace poco tuvimos la oportunidad de recrear los paseos de Twain por Milán y su visita al Duomo: “Estábamos enfermos de impaciencia; ¡nos moríamos por ver la famosa catedral!”. También para nosotros el deseo de penetrar los muros del fastuoso edificio era mayor que la entereza necesaria para superar las tres líneas de seguridad con cacheo incluido que nos separaban de esta blanquísima escalera hacia el cielo, a esas horas encendida al sol de la mañana como una mole incandescente. Después de salvar cuántos obstáculos se opusieron al peregrino, retomamos el itinerario por de la nave septentrional que nos llevó a los pies del San Bartolomeo scorticato, patrón de los peleteros, statua de Marco d´Agrate. Quien desconozca la historia del apóstol no encontrará sentido a la figura desollada, con mirada perdida, que exhibe pose triunfante sobre aquellos que intentaron quebrar sus convicciones por el tormento. Y quién sí sepa del suplicio del santo notará enseguida que la estola que cubre hombros y partes pudendas es la piel que le arrebataron los armenios, volviéndosela del revés como un calcetín. Sobre el pedestal, la desnuda carnosidad que impresionó a Twain sobrecoge al visitante moderno, que captura con su cámara el detalle macabro de fibras, venas y nervios, expuestos a la indiscreta curiosidad del observador con una impudicia que nos recuerda el De humani corporis fabrica de Andreas Vesalio. En este caso, llama la atención el atributo de Bartolomeo: un pesado libro abierto apoyado en la parte anterior del muslo en lugar del cuchillo de desollar verracos que tradicionalmente le identifica ante los fieles. Después de hora y media larga de contemplación, el devoto paseo por las naves del duomo se transforma en apresurado y frívolo tránsito a través de Galería Vittorio Emanuele II hacia el monumento a Leonardo, frente al teatro alla Scala. Pero antes de abandonar la catedral, y sin que seamos conscientes de ello, la última mirada se prenda del desnudo personaje, quizá el más desnudo de cuántos hubo en la historia del arte, y en el vínculo de nuestra fascinada repulsión con la vívida impresión que hace más de ciento cincuenta años inspiró estas palabras del célebre autor de El príncipe y el mendigo

La figura era la de un hombre sin piel; con cada vena, arteria, músculo, cada fibra, tendón y tejido del cuerpo humano, representado hasta el más mínimo detalle. Se hacía natural porque, por alguna razón, parecía que le dolía. Lo normal sería que un hombre desollado diese esa impresión, a no ser que estuviese entretenido con algún otro asunto. Era horrenda y, sin embargo, ejercía una especie de fascinación. Siento mucho haberla visto, porque ahora ya siempre la veré. A veces soñaré con ella. Soñaré que descansa sus brazos acordonados sobra la cabecera de la cama

11 Noviembre 2018

Un día de hace cien años…

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 11:00 h.

 En último proyectil de la Primera Gran Guerra (sin desmerecer a las demás) se disparó un segundo antes de las once de la mañana, un once de noviembre (mes once) de 1918. Hoy hace un siglo. Estamos en condiciones de asegurar al ciento por ciento que no queda nadie vivo que pueda dar testimonio del hecho. Guardamos registros sonoros, imágenes, películas y libros. Para las nuevas generaciones de escolares, la memoria de las guerras mundiales se reduce a ridícula palabrería histórica en sendos capítulos del libro de texto. Como la Reconquista. O las Guerras Púnicas (¿Alguien se preguntó alguna vez por qué se llamaban así? Pues el que tenga curiosidad, que lo busque). La ignorancia sirve para dar nuevos significados a los conflictos bélicos del pasado, “liberadores”, “revolucionarios”, “justos”… Es tan fácil manipular la historia que causa sonrojo la escasa talla intelectual de los que cada día lo hacen con descarada soltura. Pero para eso hay abundante literatura, documentación más que suficiente para contrarrestar las andanadas de balines tuiteros que “incendian” las redes (desafortunadamente en sentido figurado). Como tenemos la manía de no decirle a la gente lo que tiene que creer o pensar, invitamos a que cada cual se forme su propio juicio (que es distinto a opinar: un chimpacé medianamente entrenado es capaz de expresar una opinión, pero emitir un juicio razonado es exclusivo de las funciones cognitivas superiores de la inteligencia humana). Para ello recomendamos algunas obras interesantes de fácil acceso y muy reveladoras: El Miedo, de Grabriel Chevalier (con el aliciente de que el autor fue calificado en su país de antipatriota por este libro), Sonámbulos, de Christopher Clark (Es difícil explicar el desarrollo de una guerra sin analizar los malentendidos, las bobadas y los gestos involuntarios que hicieron que se desatara una crisis sin vuelta atrás en cuestión de semanas), Tres soldados, de John Dos Passos (No hay que olvidar que los campos de batalla europeos se empaparon de la sangre vertida por miles de jóvenes reclutas venidos del otro lado del atlántico), El desertor, de Lajos Zilahy (autor húngaro que está muy bien conocer. Y leer), Visión estelar de un momento de guerra, de Don Ramón María del Valle Inclán (de cuando nuestro enorme autor hizo de periodista y cruzó las líneas enemigas a bordo de un avión espía. La lengua española por las nubes y más allá), La caída de los gigantes, de Ken Follet, Viaje al fin de la noche, de Louis-Ferdinand Céline o La Primera Guerra Mundial contada para escépticos, del prolífico Juan Eslava Galán.

Y ya sabes: si no quieres ser como ellos, lee…