19 Septiembre 2019

El Prado: retrato de un museo bicentenario

Publicado en Recomendaciones, vale más que las pesetas por franciscru a las 18:54 h.

Las tórridas jornadas del Madrid estival invitan imperativamente a tomar la sombra en parques y alamedas o a refugiarse de la canícula en uno de esos establecimientos del centro donde agua pulverizada se dispersa con ventiladores gigantes. El visitante más inquieto cuenta además con una alternativa mucho más refrescante que todo eso: visitar el Prado. Las salas del museo, especialmente climatizadas para el bienestar de las pinturas, ofrecen un espacio ideal para el recreo de los sentidos, embotados por el calor y los ruidos de la urbe. Y hay razones para sentirse como en casa: la inacabable sucesión de obras maestras son patrimonio de todos los españoles, y debemos sentirnos orgullosos de albergar en este edificio anexo a nuestra salita de estar una de las mejores colecciones de pintura, escultura y artes decorativas del universo mundo, reunida a lo largo de siglos y fruto de compras, donaciones y adquisiciones, y no del tradicional expolio que alimenta el inventario de ciertas pinacotecas europeas. En 2019 el Museo Nacional del Prado celebra su segundo centenario. A lo largo de estos años, las reales colecciones de arte se han convertido en un referente artístico, cultural y posteriormente turístico. Aunque el Prado no precisaba de mayores aderezos, con el tiempo vinieron a sumarse las ofertas del Museo Thyssen y el Reina Sofía, todo ello concentrado en un espacio urbano reducido que permite a propios y extraños solazarse hasta la extenuación para después tomar en la cercana estación de Atocha un tren que nos llevará con viento fresco. En el año de la efeméride se han editado o reeditado muchos volúmenes sobre la institución. Algunos harto conocidos, como la colección de relatos de Un novelista en el Museo del Prado, último de los libros de Don Manuel Mújica Lainez (1911-1984) o Los colores de la guerra, de Juan Carlos Arce (1958), una historia sobre la evacuación a Ginebra de cientos de obras de arte durante La Guerra Civil (1936-1939). La peripecia vivida por el patrimonio histórico-artístico durante los convulsos meses finales de la contienda se describe en El milagro del Prado, del escritor José Calvo Poyato (1951), un relato detallado y bien documentado de la tremenda chapuza que supuso la expatriación por etapas de los fondos del museo, y lo cerca que estuvieron de perderse para siempre en el caos favorecido por cuantos se autodesignaron sus salvadores. Arturo Pérez-Reverte (1951), un autor siempre interesante, invita a los lectores de El pintor de batallas a pasear por las salas del museo. En La infanta baila, el escritor y guionista Manuel Hidalgo (1953) cultiva una trama en la que las figuras de los cuadros, algunas de regio porte y otras no tanto, abandonan los escenarios en los que se han hecho célebres escapándose del museo, idea ésta que inspira igualmente las curiosas estampas vaciadas de José Manuel Ballester (1960). Concluiremos con dos obras más: la primera de ellas casi no necesita promoción. Se trata de El maestro del Prado, en la que Javier Sierra (1971) enfatiza la experiencia vivida durante sus primeras visitas, recién llegado a la capital del Reino; la segunda sugerencia está en la órbita de la literatura juvenil y se titula El misterio Velázquez, de Eliacer Cansino (1954).

 

13 Mayo 2019

el extraño caso del señor Samsa

Publicado en Recomendaciones por franciscru a las 9:01 h.

Con ayuda del libro-cómic Kafka (Ed. La Cúpula), de Robert Crumb y David Zane , nos embarcamos en la lectura de “La Metamorfosis”. ¡Qué levante la mano aquel que no haya soñado en alguna ocasión que se transforma de madrugada en un insecto de patitas largas y apéndices varios…! Kafka, el escritor atormentado, reconstruyó el calvario de un personaje que pasa este mal trago: Gregor Samsa. Sin embargo, Kafka se negó a que el ilustrador materializara de forma alguna la apariencia del protagonista, dejando las puertas abiertas a la fantasía de cada cual.   La lectura del relato le deja a uno mal cuerpo (¡ni qué decir tiene!): a la ya de por sí delirante situación, se unen las tensiones familiares, los desafectos y la falta de recursos de la familia Samsa. Esta novela corta, publicada en 1916, ha inspirado posteriores obras literarias, plásticas y cinematográficas, y ocupa un lugar preeminente en el museo de nuestro inconsciente colectivo como una de las peores pesadillas imaginables, capaz incluso de conmover los relés del soñador más experimentado. Dejaremos huella aquí de nuestra pequeña incursión en el universo kafkiano. De momento, sirva el libro y un par de ejemplos de la inagotable creatividad de los internautas para ilustrar esta inquietante entrada….

 La metamorfosis de Kafka

27 Marzo 2019

testimonio hasta el final

Publicado en Recomendaciones, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 0:01 h.

Si el pintor de las cuevas de Altamira hubiera puesto en marcha el reloj de la historia, nos separarían apenas diez minutos de una de las mayores atrocidades de las que se tenga noticia, cometida por media humanidad con el beneplácito de la otra media. El Holocausto, proyecto de exterminio premeditado, organizado y perpetrado contra los judíos europeos, es una demostración de que la infamia se alberga en una estancia oscura de nuestra civilizada conciencia occidental, y que el padecimiento de los demás nos suele ocupar más bien poco mientras observamos en la distancia espacio-temporal desde nuestra confortable barrera de observadores neutrales (la neutralidad es la falta absoluta de criterio y sentimiento; define al pez, al árbol o a la tachuela, pero no a un ser racional pensante). Como tenemos la costumbre de morirnos, la memoria colectiva es limitada y dura lo que dura la generación de quienes vivieron para contarlo. Pasado ese momento, es posible hacernos creer cualquier cosa. Brigadas de expertos en memoria histórica de lo que sea nos desvelarán quienes fueron los malos y a quienes debemos tener por héroes o por villanos. Pero afortunadamente la manipulación ideológica y política tiene un antídoto: la palabra. Mucho se ha dejado escrito del turbulento período que conmocionó a la vieja Europa durante la década maldita del 36 al 46 del pasado siglo. Los que tuvimos la suerte de nacer mucho después no hemos conocido agitación tal y esto, que es un alivio, también constituye un prolongado motivo para creernos que no puede volver a repetirse. Mientras escribía sus diarios, Víctor Klemperer (1881-1960) pensaba en esas futuras generaciones de hombres y mujeres que perderían la dimensión de la enorme infamia que le tocó vivir. El señor Klemperer era un profesor judío de religión protestante. Apartado de su cátedra universitaria y despojado de todos los derechos civiles, sobrevivió al exterminio por una sangrienta carambola del destino: el bombardeo asesino que arrasó la ciudad de Dresde, y que frustró su inminente traslado a un campo de concentración. Privado de las bibliotecas (los nazis sabían perfectamente que los libros eran incompatibles con el proyecto totalitario) a Don Víctor no le quedó más remedio que pararse a estudiar el crudo discurso de los que le habían robado la patria, el trabajo y la libertad (que no la dignidad). El pormenorizado análisis filológico del lenguaje como arma política se materializó en La lengua del Tercer Reich. Curiosamente, lo que  iba a ser su contribución más importante, unos voluminosos cuadernos agrupados bajo el título Quiero dar testimonio hasta el final. Diarios 1933-1945,  fueron publicados por primera vez en Alemania ¡en 1995!, y la primera traducción al español data de 2003.  Durante años, el autor se consagró a la tarea de anotar con regularidad las experiencias de la pareja Klemperer (no sería justo olvidar a su esposa Eva, que era de condición “aria” y que, pese a todo, compartió su destino como si ambos fueran uno solo) reducidas a una suma de torturas y vejaciones que el poder totalitario proyectaba sobre ellos. Los diarios permanecieron inéditos durante décadas, hasta que los redescubrió Walter Nowosjki, un antiguo alumno. Hadwig, la segunda esposa de Klemperer, tenía cuarenta y cinco años menos que él. Fue ella quien asumió la dura tarea de transcribir el importante legado, garabateado en una letra apenas legible en todo tipo de papeles. Los dos volúmenes en los que se presenta esta obra son imponentes. Pero la lectura nos devuelve al opresivo ambiente de la Alemania nazi con una destreza narrativa que no se ahorra un ápice de humor, ironía y dramatismo, reflejando las incuestionables dotes literarias del eminente romanista. Al final de la guerra, Victor Klemperer decidió quedarse en la República Democrática. La vida en el nuevo régimen inspiró una nueva entrega de los diarios, esta vez centrados en el partido comunista alemán, en el que observa muchas similitudes con el comportamiento nazi, destacando que “bolchevismo, sionismo y nazismo son formas de la misma enfermedad”.

El gran director de orquesta Otto Klemperer fue de los primeros que regresaron del exilio tras la guerra. Era primo segundo de Víctor Klemperer.

29 Diciembre 2018

Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica

Publicado en Recomendaciones, ciudades de libro, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 15:25 h.

 

Caminar por Milán sin apremio y con tiempo bonancible es una actividad muy gratificante, al alcance de todos los bolsillos (¡ojo! ¡únicamente el paseo, sin extras!). Si uno está, por ejemplo, tomando un bocadillo a los pies del monumento a Leonardo, junto alla Scalla, y dejándose guiar por la fuerza del destino sigue el rumor del Va pensiero que le llega de la vecina calle Giuseppe Verdi (”¡Ve, pensamiento, con alas doradas, pósate en las praderas y en las cimas donde exhala su suave fragancia el dulce aire de la tierra natal!“), dará sin GPS ni nada con la calle Dell´Orso. Transitándola en sentido este-oeste topará con la oficina de correos. Atravesando Broletto por donde pueda, llegará a Vía Cusani. Y no hay nada más fácil una vez allí que orientar los pasos hasta la Plaza del Castillo. En el cabalístico número trece se encuentra el célebre apartamento-biblioteca de Don Umberto Eco. El profesor italiano era un acaparador de libros, coleccionista empedernido que atesoraba en este edificio singular más de treinta mil ejemplares, ochocientos metros lineales de tomos, tomillos y tomazos distribuidos por orden alfabético en estanterías que lo cubrían todo, de arriba a abajo. Vista desde afuera, la propiedad, sita en uno de los lugares más emblemáticos de la ciudad, resulta imponente. A pocos metros de la sinagoga, uno se imagina a D. Umberto en este templo de idolatría pagana yendo y viniendo por pasillos flanqueados de libros que en la mayoría de los casos no fueron siquiera abiertos desde que salieron de la imprenta. Eco no los había leído todos, claro. En primer lugar porque eso es imposible, pero también porque hubiera sido una fútil pérdida de tiempo y energía. Saber más no es proporcional a la cantidad de lo que se lee, sino a la calidad. Y el viejo erudito era maestro en separar el grano de la paja. Como bibliófilo había invertido los caudales que le reportaban sus derechos de autor en la adquisición de libros raros, códices e incunables. Guardaba la que él denominaba Bibliotheca Semiologica Curiosa, Lunatica, Magica et Pneumatica en una estancia climatizada, a prueba de cacos y polillas.  Quién sabe cuántos catarros pilló ese hombre contemplando sus mil doscientas joyas, pasando las páginas y descifrando las anotaciones que doctos lectores pretéritos dejaron de su puño y letra. Eco deseaba que su biblioteca, la nueva y la vieja, se mantuviera íntegra. Recientemente el Estado Italiano ha mediado para cumplir su voluntad, lo que garantiza casi al ciento por ciento que lo que reunió D. Umberto con tanto ahínco terminará fraccionado, dividido, troceado, desmenuzado, loncheado y hasta atomizado. Quizá dentro de unos años podamos contemplar su ejemplar de Hypnerotomachia Poliphili en la biblioteca de Alessandría (su ciudad natal) o en la librería de lance de Sotheby´s. Lo cierto es que pese a que los materiales de los que están hechos los libros de piel, papel o papiro son perecederos, el empeño que el ser humano ha puesto en preservar el conocimiento es uno de los motores del progreso científico y técnico. Esperemos que también del intelectual. Y es que todavía hay muchos libros buenos por descubrir, incluso en la biblioteca del 13 de la Piazza Castello. Feliz año.