30 Septiembre 2019

la belleza asesinada

Publicado en Recomendaciones, atrapa al personaje, vale más que las pesetas por franciscru a las 18:21 h.

En primer plano, una dama recostada en el lecho se nos muestra desnuda, de espaldas al observador. Yergue la cabeza apoyándola sobre la mano derecha. Aparentemente su atención se concentra en el reflejo que le devuelve un espejo. Cerrando la composición por la izquierda, un cupido alado sostiene ante ella el marco de caoba. La voluptuosa figura atraviesa el lienzo de un extremo a otro, ocupando el espacio de lo que parece ser una estancia reducida. La cortina carmesí contribuye a crear una zona de color que incrementa la intimidad de la escena. La carnalidad de esta Venus nos invita a contemplarla, en primer lugar como mujer; más tarde como diosa, sin más atributos que los propios de una sensualidad de la que es imposible sustraerse. No está claro cómo el primer desnudo del arte español terminó en la National Gallery de Londres. Sabemos sin embargo que Diego Velázquez pintó este cuadro por encargo, que lo hizo hacia 1648 en Italia y que tuvo varios dueños, entre ellos Godoy, el favorito de Carlos IV.

El 10 de marzo de 1914 la Srta. Richardson (“Slasher Mary”) le asestó a traición ocho cuchilladas. Suficiente para matar a la mujer… Pero no a la diosa, que a través del espejo observaba impasible los ademanes homicidas de su asesina.

Venus ante el espejo: Velazquez y el desnudo, de Andreas Prater.
La mujer de Roma, de José Luis Martín Nogales.
Las manos de Velázquez, de Lourdes Ortiz.

19 Septiembre 2019

El Prado: retrato de un museo bicentenario

Publicado en Recomendaciones, vale más que las pesetas por franciscru a las 18:54 h.

Las tórridas jornadas del Madrid estival invitan imperativamente a tomar la sombra en parques y alamedas o a refugiarse de la canícula en uno de esos establecimientos del centro donde agua pulverizada se dispersa con ventiladores gigantes. El visitante más inquieto cuenta además con una alternativa mucho más refrescante que todo eso: visitar el Prado. Las salas del museo, especialmente climatizadas para el bienestar de las pinturas, ofrecen un espacio ideal para el recreo de los sentidos, embotados por el calor y los ruidos de la urbe. Y hay razones para sentirse como en casa: la inacabable sucesión de obras maestras son patrimonio de todos los españoles, y debemos sentirnos orgullosos de albergar en este edificio anexo a nuestra salita de estar una de las mejores colecciones de pintura, escultura y artes decorativas del universo mundo, reunida a lo largo de siglos y fruto de compras, donaciones y adquisiciones, y no del tradicional expolio que alimenta el inventario de ciertas pinacotecas europeas. En 2019 el Museo Nacional del Prado celebra su segundo centenario. A lo largo de estos años, las reales colecciones de arte se han convertido en un referente artístico, cultural y posteriormente turístico. Aunque el Prado no precisaba de mayores aderezos, con el tiempo vinieron a sumarse las ofertas del Museo Thyssen y el Reina Sofía, todo ello concentrado en un espacio urbano reducido que permite a propios y extraños solazarse hasta la extenuación para después tomar en la cercana estación de Atocha un tren que nos llevará con viento fresco. En el año de la efeméride se han editado o reeditado muchos volúmenes sobre la institución. Algunos harto conocidos, como la colección de relatos de Un novelista en el Museo del Prado, último de los libros de Don Manuel Mújica Lainez (1911-1984) o Los colores de la guerra, de Juan Carlos Arce (1958), una historia sobre la evacuación a Ginebra de cientos de obras de arte durante La Guerra Civil (1936-1939). La peripecia vivida por el patrimonio histórico-artístico durante los convulsos meses finales de la contienda se describe en El milagro del Prado, del escritor José Calvo Poyato (1951), un relato detallado y bien documentado de la tremenda chapuza que supuso la expatriación por etapas de los fondos del museo, y lo cerca que estuvieron de perderse para siempre en el caos favorecido por cuantos se autodesignaron sus salvadores. Arturo Pérez-Reverte (1951), un autor siempre interesante, invita a los lectores de El pintor de batallas a pasear por las salas del museo. En La infanta baila, el escritor y guionista Manuel Hidalgo (1953) cultiva una trama en la que las figuras de los cuadros, algunas de regio porte y otras no tanto, abandonan los escenarios en los que se han hecho célebres escapándose del museo, idea ésta que inspira igualmente las curiosas estampas vaciadas de José Manuel Ballester (1960). Concluiremos con dos obras más: la primera de ellas casi no necesita promoción. Se trata de El maestro del Prado, en la que Javier Sierra (1971) enfatiza la experiencia vivida durante sus primeras visitas, recién llegado a la capital del Reino; la segunda sugerencia está en la órbita de la literatura juvenil y se titula El misterio Velázquez, de Eliacer Cansino (1954).

 

1 Agosto 2019

liber chronicarum

Publicado en biblioteca virtual, vale más que las pesetas por franciscru a las 21:39 h.

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Intuyo que para un ciudadano maduro, que ha vivido la revolución tecnológica de las últimas tres décadas, no resultará difícil imaginar el grado de excitación que a mediados del siglo XV provocó la invención y posterior desarrollo de la imprenta. Los más jóvenes quizá precisen de algún otro detalle complementario: la edición rápida, económica y fidedigna de los libros elevó las posibilidades de alfabetización y permitió el acceso global a la ciencia, la teología, la filosofía y la literatura. Resulta pues perfectamente justificable que durante los primeros años se imprimieran fundamentalmente textos que recogían la práctica totalidad del conocimiento de la época, empezando por la Biblia. El Libro de las crónicas contiene además un sinfín de xilografías de muy bella factura, coloreadas a mano en las versiones más lujosas, práctica habitual de cualquier edición impresa que tuviera la intención de parecerse lo más posible a las copias “manuales”. Nos podríamos solazar durante horas en cada uno de los pequeños detalles que nos presenta el principal iluminador, Michael Wolgemut, maestro del gran Durero: planos, mapas, escenas, ciudades, genealogías… En este libro se confunden la antigüedad clásica con la historia sagrada, la cosmología o los acontecimientos medievales o contemporáneos. En la selección que presentamos aparecen las curiosas estampas de blemiasesciápodos, hombres lobo, faunos o mujeres barbudas, todos ellos parte del bestiario medieval que imaginaba así a los pobladores de remotas tierras inexploradas, una persistente visión medieval que contribuyó a menospreciar y sojuzgar a las civilizaciones que se fueron tropezando los europeos en sus primeras incursiones coloniales.

13 Junio 2019

la undécima misión

Publicado en buscando un billete, el escritor, vale más que las pesetas por franciscru a las 21:06 h.

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Los franceses renunciaron a su moneda bicentenaria con la llegada del euro. Supongo que más de uno todavía se andará lamentando. El último billete de 50 francos (algo así como mil trescientas pesetas de aquellas) emitido por el Banco de Francia presentaba la efigie de un conspicuo aviador, autor de éxito cuya obra más conocida ha sido vendida y traducida (desconocemos si leída en la misma medida) hasta la exageración. El mérito literario de Antoine de Saint-Exupéry ha estado atravesado siempre por esa otra faceta suya, tan sobresaliente como la primera, de aventurero intrépido. Lo cierto es que más allá de su onmnipresente “Principito”, conocido, comentado, interpretado, versionado e imitado una y otra vez durante más de siete décadas, Exupéry supo hacer de su propia vida una novela, algo al alcance de muy pocos. No vamos a hablar del susodicho principito (el verdadero título es “El pequeño Príncipe”) porque sería caer una vez más en el tópico que desluce y hasta disimula el calibre de su otra obra; que quede claro que Saint-Exupéry escribió más de un libro. Y más de dos. Saint-Ex no fue un escritor de literatura infantil. La incómoda relación que mantuvo con las esferas de poder utilizaron esa dimensión estereotipada para reducir la importancia de su legado literario, profundo, serio, poético. Exigente en extremo consigo mismo, algunas de sus revisiones fueron amargamente protestadas por su traductor al inglés, que llegado el momento se negó a suprimir pasajes de “Tierra de los hombres” alegando que ni siquiera el autor tenía derecho a eliminar fragmentos tan bellos. Después de vivirlo todo en la primera treintena de su existencia, el exilio a ras de suelo le sentó muy mal. Alimentaba la imaginación de sus hijos arrojando aviones de papel desde lo alto de los rascacielos neoyorquinos. Cuando merced a una intervención del mando aliado, maltrecho y dolorido como estaba, se le permitió regresar a Europa e incorporarse con 43 años a un sección de reconocimiento aéreo, Saint-Exupéry sin saberlo (¿o tal vez sí lo sabía?) trazaba la rúbrica final, extinguiéndose como un pajarillo, en pleno vuelo, a los mandos de un P-38 F-5B, frente a la costa francesa de Marsella. No cabe en el billete de cincuenta francos (ni en el de quinientos euros) el uno-noventa de humanidad de este escritor que ahora, leído desde las alturas de un nuevo siglo, resulta todavía más preclaro y elocuente.

Tal le ocurrió a Mermoz al atravesar por primera vez el Atlántico Sur en hidroavión. Al caer la tarde se encontró en la región del Pot-au-Noir. Frente a él vio amontonarse de minuto en minuto las colas de los tornados, como si se construyera una muralla, y, en seguida, la noche instalándose sobre aquellos preparativos disimulándolos. Y cuando, una hora después, se escurrió por debajo de las nubes, desembocó en un reino fantástico.

Trombas marinas se alzaban allí acumuladas y, en apariencia, inmóviles, como los pilares negros de un templo, que soportaban, hinchados en sus extremos, la bóveda oscura y baja de la tempestad. Pero, a través de los desgarrones de la bóveda, descendían haces de luz y la luna llena brillaba, entre las columnas, sobre las losas frías del mar. Mermoz prosiguió su ruta a través de aquellas ruinas deshabitadas, corriendo oblícuamente de un canal de luz a otro, contorneando aquellas columnas gigantescas donde, sin duda, rugía la ascensión del mar, avanzando durante cuatro horas a lo largo de aquellas coladas de luna, hacia la salida del templo. Y el espectáculo era tan abrumador que recién después que hubo franqueado el Pot-au-Noir, Mermoz se dio cuenta de que no había sentido miedo ni por un instante.

Terre des hommes (1939)

El Principito en cómic