Fin de curso

26 06 2017

Ya ha llegado el verano y con él también llega el tan deseado final de curso. Enhorabuena a todos los que habéis aprobado. Los demás, ya sabéis, a estudiar durante el verano para aprobar en septiembre.

Nos despedimos hasta el curso próximo con un poema de nuestra compañera Esmeralda Sánchez, publicado en su libro Andén número siete (que puedes encontrar en nuestra biblioteca):

Me asomo
a la ventana
de verano,
estrenado paisaje
en mi horizonte;
llueve azul y ocre
en la paleta,
llueven besos,
trigo y roble;

abro la ventana,
aquí siempre
es agosto y luz.

¡FELICES VACACIONES!



Día del Libro

23 04 2017

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Ovidio, 2000 años después

21 03 2017

Este año se cumplen 2000 años de la muerte del gran poeta latino Publio Ovidio Nasón (43 a.C. - 17 d.C.)

Hoy queremos rendirle homenaje a través de uno de los mitos que nos ha transmitido en su obra Metamorfosis y que ha tenido gran influencia en el arte y en la literatura posterior: el mito de Apolo y Dafne.

Escultura de Bernini

Apolo y Dafne

El primer amor de Febo: Dafne la Peneia, el cual no
el azar ignorante se lo dio, sino la salvaje ira de Cupido.
El Delio a él hacía poco, por su vencida sierpe soberbio,
le había visto doblando los cuernos al tensarle el nervio,
y: «¿Qué tienes tú que ver, travieso niño, con las fuertes armas?»,
había dicho; «ellas son cargamentos decorosos para los hombros nuestros,
que darlas certeras a una fiera, dar heridas podemos al enemigo,
que, al que ahora poco con su calamitoso vientre tantas yugadas hundía,
hemos derribado, de innumerables saetas henchido, a Pitón.
Tú con tu antorcha no sé qué amores conténtate
con irritar, y las alabanzas no reclames nuestras».
El hijo a él de Venus: «Atraviese el tuyo todo, Febo,
a ti mi arco», dice, «y en cuanto los seres ceden
todos al dios, en tanto menor es tu gloria a la nuestra».
Dijo, y rasgando el aire a golpes de sus alas,
diligente, en el sombreado recinto del Parnaso se posó,
y de su saetífera aljaba aprestó dos dardos
de opuestas obras: ahuyenta éste, causa aquél el amor.
El que lo causa de oro es y en su cúspide fulge aguda.
El que lo ahuyenta obtuso es y tiene bajo la caña plomo.
Éste el dios en la ninfa Peneide clavó, mas con aquél
hirió de Apolo, pasados a través sus huesos, las médulas.
En seguida el uno ama, huye la otra del nombre de un amante,
de las guaridas de las espesuras, y de los despojos de las cautivas
fieras gozando, y émula de la innupta Febe.
Con una cinta sujetaba, sueltos sin ley, sus cabellos.
Muchos la pretendieron; ella, evitando a los pretendientes,
sin soportar ni conocer varón, bosques inaccesibles lustra
y de qué sea el Himeneo, qué el amor, qué el matrimonio, no cura.
A menudo su padre le dijo: «Un yerno, hija, me debes».
A menudo su padre le dijo: «Me debes, niña, unos nietos».
Ella, que como un crimen odiaba las antorchas conyugales,
su bello rostro teñía de un verecundo rubor
y de su padre en el cuello prendiéndose con tiernos brazos:
«Concédeme, genitor queridísimo» le dijo, «de una perpetua
virginidad disfrutar: lo concedió su padre antes a Diana».
Él, ciertamente, obedece; pero a ti el decor este, lo que deseas
que sea, prohíbe, y con tu voto tu hermosura pugna.
Febo ama, y al verla desea las nupcias de Dafne,
y lo que desea espera, y sus propios oráculos a él le engañan;
y como las leves pajas sahúman, despojadas de sus aristas,
como con las antorchas los cercados arden, las que acaso un caminante
o demasiado les acercó o ya a la luz abandonó,
así el dios en llamas se vuelve, así en su pecho todo
él se abrasa y estéril, en esperando, nutre un amor.
Contempla no ornados de su cuello pender los cabellos
y «¿Qué si se los arreglara?», dice. Ve de fuego rielantes,
a estrellas parecidos sus ojos, ve sus labios, que no
es con haber visto bastante. Alaba sus dedos y manos
y brazos, y desnudos en más de media parte sus hombros:
lo que oculto está, mejor lo supone. Huye más veloz que el aura
ella, leve, y no a estas palabras del que la revoca se detiene:
«¡Ninfa, te lo ruego, del Peneo, espera! No te sigue un enemigo;
¡ninfa, espera! Así la cordera del lobo, así la cierva del león,
así del águila con ala temblorosa huyen las palomas,
de los enemigos cada uno suyos; el amor es para mí la causa de seguirte.
Triste de mí, no de bruces te caigas o indignas de ser heridas
tus piernas señalen las zarzas, y sea yo para ti causa de dolor.
Ásperos, por los que te apresuras, los lugares son: más despacio te lo ruego
corre y tu fuga modera, que más despacio te persiga yo.
A quién complaces pregunta, aun así; no un paisano del monte,
no yo soy un pastor, no aquí ganados y rebaños,
hórrido, vigilo. No sabes, temeraria, no sabes
de quién huyes y por eso huyes. A mí la délfica tierra,
y Claros, y Ténedos, y los palacios de Pátara me sirven;
Júpiter es mi padre. Por mí lo que será, y ha sido,
y es se manifiesta; por mí concuerdan las canciones con los nervios.
Certera, realmente, la nuestra es; que la nuestra, con todo, una saeta
más certera hay, la que en mi vacío pecho estas heridas hizo.
Hallazgo la medicina mío es, y auxiliador por el orbe
se me llama, y el poder de las hierbas sometido está a nos:
ay de mí, que por ningunas hierbas el amor es sanable,
y no sirven a su dueño las artes que sirven a todos».
Del que más iba a hablar con tímida carrera la Peneia
huye, y con él mismo sus palabras inconclusas deja atrás,
entonces también pareciendo hermosa; desnudaban su cuerpo los vientos,
y las brisas a su encuentro hacían vibrar sus ropas, contrarias a ellas,
y leve el aura atrás daba, empujándolos, sus cabellos,
y acrecióse su hermosura con la huida. Pero entonces no soporta más
perder sus ternuras el joven dios y, como aconsejaba
el propio amor, a tendido paso sigue sus plantas.
Como el perro en un vacío campo cuando una liebre, el galgo,
ve, y éste su presa con los pies busca, aquélla su salvación:
el uno, como que está al cogerla, ya, ya tenerla
espera, y con su extendido morro roza sus plantas;
la otra en la ignorancia está de si ha sido apresada, y de los propios
mordiscos se arranca y la boca que le toca atrás deja:
así el dios y la virgen; es él por la esperanza raudo, ella por el temor.
Aun así el que persigue, por las alas ayudado del amor,
más veloz es, y el descanso niega, y la espalda de la fugitiva
acecha, y sobre su pelo, esparcido por su cuello, alienta.
Sus fuerzas ya consumidas palideció ella y, vencida
por la fatiga de la rápida huida, contemplando las peneidas ondas:
«Préstame, padre», dice, «ayuda; si las corrientes numen tenéis,
por la que demasiado he complacido, mutándola pierde mi figura».
Apenas la plegaria acabó un entumecimiento pesado ocupa su organismo,
se ciñe de una tenue corteza su blando tórax,
en fronda sus pelos, en ramas sus brazos crecen,
el pie, hace poco tan veloz, con morosas raíces se prende,
su cara copa posee: permanece su nitor solo en ella.
A ésta también Febo la ama, y puesta en su madero su diestra
siente todavía trepidar bajo la nueva corteza su pecho,
y estrechando con sus brazos esas ramas, como a miembros,
besos da al leño; rehúye, aun así, sus besos el leño.
Al cual el dios: «Mas puesto que esposa mía no puedes ser,
el árbol serás, ciertamente», dijo, «mío. Siempre te tendrán
a ti mi pelo, a ti mis cítaras, a ti, laurel, nuestras aljabas.
Tú a los generales lacios asistirás cuando su alegre voz
el triunfo cante, y divisen los Capitolios las largas pompas.
En las jambas augustas tú misma, fidelísisma guardiana,
ante sus puertas te apostarás, y la encina central guardarás,
y como mi cabeza es juvenil por sus intonsos cabellos,
tú también perpetuos siempre lleva de la fronda los honores».
Había acabado Peán: con sus recién hechas ramas la láurea
asiente y, como una cabeza, pareció agitar su copa.

Aquí podéis ver el mito en un soneto de Garcilaso de la Vega:

A Dafne ya los brazos le crecían
y en luengos ramos vueltos se mostraban;
en verdes hojas vi que se tornaban
los cabellos que el oro escurecían;

de áspera corteza se cubrían
los tiernos miembros que aun bullendo estaban;
los blancos pies en tierra hincaban
y en torcidas raíces se volvían.

Aquel que fue la causa de tal daño,
a fuerza de llorar, crecer hacía
este árbol, que con lágrimas regaba.

¡Oh miserable estado, oh mal tamaño,
que con llorarla crezca cada día
la causa y la razón por que lloraba!

Y esta es la versión de Quevedo:

Tras vos un Alquimista va corriendo,
Dafne, que llaman Sol ¿y vos, tan cruda?
Vos os volvéis murciégalo sin duda,
Pues vais del Sol y de la luz huyendo.

Él os quiere gozar a lo que entiendo
Si os coge en esta selva tosca y ruda,
Su aljaba suena, está su bolsa muda,
El perro, pues no ladra, está muriendo.

Buhonero de signos y Planetas,
Viene haciendo ademanes y figuras
Cargado de bochornos y Cometas

Esto la dije, y en cortezas duras
De Laurel se ingirió contra sus tretas,
Y en escabeche el Sol se quedó a oscuras.

En este enlace podéis consultar sus obras en la Biblioteca Virtual Miguel de Cervantes.



Leonard Cohen

12 11 2016

Ayer nos dejó el gran cantante y poeta canadiense Leonard Cohen.
Queremos rendirle un pequeño homenaje y para ello nos serviremos de su canción Alexandra Leaving.
Se trata de un tema inspirado en un poema del griego Konstantinos Kavafis titulado “El dios abandona a Antonio”, el mismo poema del cual Terenci Moix tomó prestado un verso para el título de su conocida novela “No digas que fue un sueño” (que puedes encontrar en nuestra biblioteca).
El poema se basa en una anécdota de Plutarco y narra el momento en que Marco Antonio, amante de Cleopatra, se desmaya al ver que va a perder Alejandría ante la flota de Octavio Augusto y siente que el dios Baco le abandona. Cohen transforma la ciudad de Alejandría en una mujer (Alejandra), pero ambas obras tratan del abandono y del desamor.
Aquí tenéis la letra del poema de Kavafis y de la canción de Cohen:

EL DIOS ABANDONA A ANTONIO, K. KAVAFIS
Cuando, de pronto, se deje oír a medianoche
el paso de una invisible comitiva,
con músicas sublimes y con voces,
tu suerte que cede, tus obras
malogradas, los planes de tu vida
que acabaron todos en quimeras, será inútil llorarlos.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
despídete de ella, de la Alejandría que se marcha.
Sobre todo, no te engañes, no digas que fue
un sueño, ni que se confundieron tus oídos;
no te rebajes a tan vanas esperanzas.
Como el que está listo ya hace tiempo, como el valiente,
como te corresponde por haber merecido tal ciudad,
quédate firme frente a la ventana
y escucha con emoción
—no con las súplicas y las quejas de los cobardes—
el rumor, cual un último deleite,
los sublimes instrumentos de la secreta comitiva,
y despídete de ella, de la Alejandría que pierdes.

DEJANDO A ALEJANDRA, LEONARD COHEN

De pronto la noche se vuelve más fría.
El dios del amor se prepara para partir.
Alexandra se encarama sobre sus hombros,
se deslizan entre los centinelas del corazón.

Confirmados por las simplicidades del placer,
Ganan la luz, sin forma se entrelazan;
Y radiantes más allá de tus más anchas medidas
Caen entre las voces y el vino.

No es una trampa en que todos tus sentidos te engañan,
un sueño irregular que la mañana agotará,
Dile adiós a Alexandra que se va,
Después, dile adiós a Alexandra perdida.

Aunque duerme sobre tu satén;
aunque te despierta con un beso.
No digas que el momento fue imaginado;
No te rebajes a estrategias como esa.

Como alguien siempre preparado para que esto suceda
Ve firmemente a la ventana. Disfrútalo.
Música exquisita. Alexandra riendo.
Tus firmes compromisos tangibles otra vez.

Y tú que tuviste el honor de su noche,
y que por ese honor viste el tuyo propio restaurado.
Dile adiós a Alexandra que se va;
Alexandra que se va con su señor.

Aunque duerme sobre tu satén;
aunque te despierta con un beso.
No digas que el momento fue imaginado;
no te rebajes a estrategias como esa.

Como alguien siempre preparado para que esto suceda
En total control de cada plan que arruinaste.
No elijas una explicación de cobardes
que se esconden detrás de la causa y el efecto.

Y tú que fuiste confundido por un mensaje
cuyo código estaba roto, crucifijo sin cruz.
Dile adiós a Alexandra que se va
Después, dile adiós a Alexandra perdida.

Dile adiós a Alexandra que se va.
Después dile adiós a Alexandra perdida.



¡Bienvenidos al nuevo curso!

15 09 2016

Comenzamos hoy un nuevo curso en el IES de Noreña, un curso lleno de ilusión y de libros. Para comenzar, os proponemos la lectura de un escritor que, si viviese, habría cumplido los 100 años esta misma semana, ya que nació el 13 de septiembre de 1916: ROALD DAHL.

Podéis leer algunos de sus libros en la biblioteca del edificio de c/ La Iglesia y también en el de Los Riegos. Incluso tenemos algunos en inglés, su lengua original.

Biblioteca del edificio La Iglesia:

          

           

Biblioteca del edificio Los Riegos:

(En inglés)



Me gustan las vacas… ¡las vacaciones!

30 06 2016

 Me gustan los perros,
me gustan los gatos,
y más que otra cosa
me gusta el helado.

Me gustan las flores,
me gustan los patos,
me gustan las vacas,
me gusta el verano.

-¿Has dicho las vacas
que ordeña Genaro?
¿Las vacas que mugen
allá en el establo?

-No he dicho las vacas
con cuernos y rabo.
¡He dicho LAS VACAS
QUE DAN EN VERANO!

 José Aureliano Guía Manzaneque. Dragón el tragón y otros poemas.

 

¡ FELICES VACACIONES A TODOS !