¿Te atreves?
27 11 2007Nuestro compañero Sergio, del Departamento de Automoción, ha escrito un relato. Pero… como somos unas malvadas, hemos suprimido el final. ¿Quién se atreve a escribirlo? Podéis enviarlo como comentario a este artículo, y el propio autor eligirá el que más le gusta. Por supuesto, el ganador tendrá un merecido premio.
El final que escribió el autor lo publicaremos una vez finalice este concurso. Os avisamos de que tiene solamente tres líneas, así que os pedimos que vuestro final alternativo no se extienda mucho, por ejemplo, unas cinco líneas.
Podéis participar hasta el día 10 de enero. ¡Venga, animaos!

Podéis ver el resultado del concurso en esta página.
TIERRA DE CAMPOS
Había decidido que el viaje a Madrid fuese esta vez en tren. Cruzar la meseta. Disfrutar del paisaje castellano con total tranquilidad a través de los cristales del vagón. Un proyecto siempre pospuesto.
Cuando el tren se puso en marcha en Gijón, yo era el único ocupante del compartimento para seis personas número 23.
Todo parecía dispuesto para el sosiego y el disfrute del viaje. Pero duró poco. La ansiedad, esa mi vieja ansiedad por lo que vendría se sentó a mi lado.
Oviedo, Mieres, Pola de Lena. Ya solo esperaba que en cualquier estación se me llenase el compartimento de voces, preguntas, bocadillos pringosos, música…
Ese temor ya me impedía cualquier intento de concentrarme.
En el momento de frenar para recoger viajeros, observaba toda aquella tropa dispuesta al asalto y trataba de descubrir a mis inmediatos compañeros de ruta.
Subimos Pajares, y tras ponernos en marcha en León, me relajé. Raro sería que a partir de aquí la suerte se torciera. Me animé. En veinte minutos entraríamos en Tierra de Campos, y ese sí que sería mi paisaje: llanuras inmensas sobre las que destacaba la torre de algún pueblo dormido en esa tarde de agosto.
Después de Sahagún hicimos una parada en Gragal de Campos. ¡Qué extraño parar en ese pueblecito! Arranca el tren y oigo por el pasillo:
- ¡Luisito, Luisito, aquí, aquí! ¡El 23!
Me desfondé.
Un matrimonio y Luisito. Poco equipaje. Bolsas de supermercado con bocadillos, latas de refresco y chorizo.
- Anda, siéntate aquí y no molestes al señor.
El padre, con playeros de cierre Velcro y un pantalón de chándal azul marino con rayas laterales rojas, dos tallas menos; calcetines marrones; camiseta de algodón blanco de tirantes con Alguien que me quiere mucho me ha traído este recuerdo de Marbella. Y debajo, mucho pelo, mucho. Y sudor. Del peor. Sudor viejo. Esclava de plata en la que, en un momento de descuido, pude leer: ATAULFO. Su cara: bigote espeso. Cejijunto. Y calvo. Del tipo “ancho cortafuegos” con unas matas sobre las orejas.
Apenas hablaba. Menos mal. La que no callaba era su mujer.
Tuve lástima por él, por juzgarlo prematuramente. Quizás hubiese algo delicado y misterioso en esa persona.
Enseguida descubrí su tic. Con el labio inferior se chupaba los pelos del bigote.
Sólo deseaba que no estornudase, que no se tuviese que sonar, que no se pusiese a comer allí sus bocadillos.
Lo miré de reojo y, de nuevo el labio mesaba los pelos, degustando las últimas partículas de la sopa del mediodía. Quizá haya algo en él suave, culto, quizá -pensé-.
- ¡Venga Luisito, vamos al baño, que ya te veo las ganas! tronó la mujer.
Nos quedamos solos.
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