Concurso “¿TE ATREVES?”, 2ª edición

28 01 2008

Dado el éxito que tuvo nuestro primer concurso on-line, os proponemos un nuevo texto sin final. Esta vez el colaborador ha sido Juan R. Mateo. Como en la edición anterior, deberéis inventar un nuevo final para el relato, con una extensión máxima de 20 líneas.

Podéis participar hasta el día 29 de febrero.

 

 

 

UN GUSANO EN EL ANZUELO

I.

- Mi querido muchacho, fue Helen quien insistió en que te invitásemos.

Henry no supo si tomarlo como una advertencia o una insinuación. Ambos supuestos convenían al gesto desdeñoso de su tía. En cualquier caso, avisaban que nada había cambiado respecto a él; seguía siendo un pariente tolerado, al que se veía una vez al año, cuando la Sra. Marian se complacía en reunir a toda la familia para celebrar su cumpleaños, al inicio del invierno. Pero ahora estaban en pleno verano, y nada justificaba aquella inesperada invitación para pasar un fin de semana en la mansión Longsfield, donde los Fitzgerald y los Mc Callum reinaban desde doce generaciones atrás.

El texto había sido redactado con la concisión de una orden, como si la remitente diese por supuesto que nada importante pudiese impedir que Henry aceptase. Y no lo había hecho, pues nada más trascendente podría haber para él que la posibilidad de volver a ver a su prima. Su mujer ideal había sido modelada con los rasgos y el carácter de Helen, desde los distantes días de la infancia, cuando su presencia en Longsfield era algo habitual y bienvenida. La niña de modales delicados, incapaz de hacer o decir algo inapropiado, se había transmutado en una joven de cabellos rubios, figura evanescente y cierta hipocondría en la mirada. Henry no era capaz de recordar si su prima le había apreciado alguna vez. Las rancias imágenes apenas si mostraban otra cosa que el rostro de Helen, ensimismado y distante, como si contemplase la vida a través de un velo de belleza y sabiduría. Siempre se había sentido tardo y rudo a su lado. Los dos años escasos que les separaban se convertían en un abismo que nunca supo cómo saltar. Al contrario que su madre, Helen jamás exigía; le bastaba con expresar un deseo para que todos sintiesen una irrefrenable propensión a satisfacerlo. En su caso, incluso experimentaba el deseo de agradecérselo, como si nada pudiese pagar el privilegio de su compañía. El día en que la ayudó a cruzar el riachuelo de Mesner y ella se dejó llevar en volandas diciéndole que era su escudero, había quedado en su memoria como uno de los hitos de su biografía. Nunca supo cómo habrían podido suceder las cosas si aquella maldita tarde, apenas tres años después, él no hubiese sido poseído por aquella arrebatadora sensación de que todo era posible.

- Está en el jardín; puedes ir a saludarla.

Henry estiró los faldones de su chaqueta mientras descendía la escalinata posterior con el corazón saltando en su pecho. Hacía dos años que no la veía, pues el invierno anterior ella se encontraba interna en un colegio y su madre no le había permitido viajar. Se sentía elegante con aquellas ropas de color verde, perfectamente planchadas. Su cuerpo había ensanchado y la barba incipiente que tanto tiempo se había resistido a salir, cubría ahora sus mejillas de un modo aceptable. Ella debería notar el cambio, para bien o para mal. Ya no era un muchacho, y encajó las mandíbulas con fuerza en un intento de acreditar el nuevo hombre que llevaba dentro.

Todas sus precauciones se desvanecieron al contemplar la blanca figura entre los rosales, y ya solo pudo concentrarse en dominar su emoción. No había crecido, pero su cuerpo parecía más sólido y brillante como recién salida de un cuento. La turbación de Henry no fue tan grande como para no advertir el protocolario beso con que ella le acogió. Apenas una sonrisa se dibujó en sus labios, sin que fuese subrayada por sus ojos claros.

- Bienvenido.

No, Henry; ni, primo Henry.

Después, un mutismo distraído, como aguardando a que él se retirase o al menos asumiese la responsabilidad de una conversación convencional. Henry resistió la fácil tentación de aludir a las flores que ella llevaba en la mano o al tiempo transcurrido. Buscó sus ojos, esperando hallar en ellos algo que justificase la afirmación de su tía. Inútilmente; su reserva no era la de los sentimientos que pugnan por salir y temen mostrarse, sino la de una gentil indiferencia.

Una repentina frustración le dio fuerzas para mantener la tensión del silencio, como si quisiera mostrarle que ya no era un muchacho al que se puede ignorar, sino un hombre cuya presencia puede ser al menos tan turbadora como lo era la de ella para él.

- Espero que te quedes al menos hasta mañana – dijo con serena afabilidad en la que no sobresalía ni un pequeño matiz de afecto -. Esta noche tendremos invitados – añadió como si quisiera borrar cualquier posible interpretación de interés o curiosidad por su parte.

Henry subió a su habitación desconcertado y molesto. Helen había logrado con su indolencia, por no pensar en algo peor, convertirle de nuevo en el muchacho que había sido. O en un pariente con el que apenas se cuenta, ni para bien ni para mal. Siempre había conservado la esperanza de que la actitud de Helen se debiese a la influencia de su madre, y que por tanto cambiaría cuando ambos creciesen. Pero el cambio había sido para peor. Al menos de niño no necesitaba justificar su presencia al lado de su prima, por más que ella no ocultase que ese era el único vínculo que casualmente les unía.

Sin embargo, en medio de las cambiantes emociones que amenazaban con hundirle y en las que trataba de mantenerse a flote gracias precisamente al movimiento de sus flujos, había un hecho terco y esperanzador: la invitación de su tía. ¿Qué esperaba de él y de ella? ¿Acaso sabía algo que la propia Helen ocultaba o incluso ignoraba?

II.

La noche le reservaba otra sorpresa que tampoco supo cómo interpretar. Entre los parientes y conocidos que poco a poco fueron llegando durante la tarde, se encontraba un hombre desconocido de gesto adusto y modales refinados, que le fue presentado como el Señor Dunsay. Receló inmediatamente. Nunca había oído hablar de él, y éste se comportaba como si la casa, incluidos sus habitantes, le fuese totalmente familiar. En especial, Helen, a quien saludó con una jactanciosa confianza, cogiendo su antebrazo mientras se inclinaba a besar su mejilla, que parecía desmentir su aparente buena educación.

Su lugar asignado en la gran mesa contribuyó a confundirle aún más. Justo al lado de su prima y muy próximo a tía Marian. El Sr. Dunsay, al otro lado de la mesa, frente a ambos. Desde el inicio, éste logró captar la atención de todos los comensales, poco más de una docena, con su voz recia y su franca mirada.

- No es que piense abandonar mis negocios de Londres; la base de mi fortuna se encuentra en ellos. Pero deseo instalarme en el condado de forma permanente, viajando lo indispensable para el buen control de todo. Por eso he reformado la mansión de Lakefield, y contratado los servicios de los señores Horton y Thompson; para que asesoren mis inversiones agrícolas.

Las pausas que el Sr. Dunsay hacía para beber o para impresionar más aún a sus oyentes, eran respetadas con silenciosa devoción, indicando que aguardaban más revelaciones y el alto grado de atención que le concedían. Él parecía tremendamente satisfecho con el interés que despertaba y no parecía temer en ningún momento que éste se debiese más a la cortesía que a otra cosa. Henry tuvo enseguida la humillante intuición de que el Sr. Dunsay era tremendamente rico.

Y no sólo eso. La mirada del rico caballero pasaba de unos comensales a otros, pero siempre hacía una parada más larga y significativa en el rostro de Helen. Como si sus palabras se dirigiesen a todos, pero se dedicasen especialmente a ella.

Henry ni siquiera trató de disputarle el puesto de privilegio en la admiración general. Se concentró en arrancar alguna palabra afable a su prima o al menos una mirada de reconocimiento y simpatía. Con escaso éxito. Ella atendía o fingía atender exclusivamente al príncipe de la noche, y su mayor concesión consistía a aprobar con la cabeza ante cualquier observación de Henry, quien dudaba que ni siquiera la entendiese. Por eso, para disimular su decepción y el desairado papel que le tocaba, procuró iniciar algún tipo de conversación con la tía Henriette, prima de su madre, que siempre había bromeado con él por la similitud de sus nombres y que tenía la suficiente edad para ofrecer sus pintorescas opiniones a todo el mundo sin preguntar si le interesaban o no.

- El Sr. Doosay es muy rico y refulgente, mi querido muchacho. Y ha puesto su resplandeciente mirada en Helen. Personalmente, he conocido hombres más engreídos, pero no demasiados. Me recuerda al pobre Thomas, que pretendió casarse conmigo aduciendo que era el mejor partido del condado. Aún me río cuando le veo cruzar con la mirada baja. Ya no quedan caballeros como los de antes, hombres que sabían que la nobleza se lleva en el corazón y no en el bolsillo.

Aunque a Henry le costaba imaginar a un caballero prendado de aquel cuerpo arrasado por noventa años de indómita existencia, le animó la noche escuchar sus contundentes confidencias. La había conocido siempre viuda, pero hablando de su William con la apacible alegría de una joven entusiasta. Sintió una extraña y sana envidia. Si él pudiese lograr el amor de una mujer como ella, pero con la apariencia y gracia de Helen… Un amor al margen de toda conveniencia y opinión, creador de un mundo propio, inexpugnable al asalto de los años.

- Deberías llevar mañana a tu primo a cabalgar y mostrarle cómo han crecido los árboles de Ghost River, tras el último trasplante. No va a reconocer el lugar. Y seguro que disfrutará con el paseo.

A Henry, absorto en sus ensoñaciones, le costó comprender que aquellas palabras estaban dirigidas a Helen y le implicaban a él. Su prima bajó la cabeza como asintiendo, pero no respondió. El Sr. Dunsay interrumpió sus declaraciones, miró intensamente a la Sra. Fitzgerald y luego a Helen, quien en ningún momento le sostuvo la mirada. Después puso todo su interés en el plato que apenas había probado.

La tía Marian, con el aire satisfecho de quien ha logrado encauzar una situación adversa, se dirigió en tono festivo al resto de comensales.

- ¿Es que nadie va a contarme las novedades de Londres?

Durante el resto de la velada, en el salón contiguo, Helen no se separó del lado de su madre. Sólo durante un momento, mientras todos atendían a la pequeña Julie mostrando su peculiar modo de agredir a un piano, Henry observó cómo el Sr. Dunsay lograba apartar a Helen junto a la ventana y le dirigía vehementes y sofocadas preguntas con el rostro sombrío. Esta parecía encogerse y disculparse, más con el gesto que con las palabras. Pensó en entrometerse, pero aparte de ser una falta de educación, se sentía el vencedor moral de la noche. Fuesen cuales fuesen los auténticos sentimientos de Helen, su madre parecía preferir que ésta le acompañase a él y no al Sr. Dunsay.

Cuando todos se retiraron – unos a sus casas y otros a sus habitaciones – salió a pasear al jardín. Cercana la medianoche, sólo se oía un lejano rumor en las cocinas. El resto de la casa, a excepción de dos luces en la parte alta, permanecía en penumbra y silencio. Le iba a costar dormir esa noche. No quiso detenerse en el insólito cambio de actitud de su tía; sólo podía pensar en la cita de la mañana y en la tácita aquiescencia de Helen.

Iba a encender su tercer cigarrillo cuando una sombra irrumpió en sus claras fantasías. El Sr. Dunsay se plantó ante él con las piernas abiertas y el rostro sudoroso y febril, como si hubiese estado bebiendo toda la velada.

- ¿Qué pretende? ¿Acaso no sabe lo que Helen piensa de ud. y de lo que hizo? ¿Qué posibilidades cree tener?

El estupor de Henry se tiñó rápidamente de una inoportuna vergüenza. ¿Cómo podía él saber…? ¿ Y cómo se arrogaba el derecho a recordar algo totalmente olvidado y que ya no tenía la más mínima importancia?

Se zafó con brusquedad del brazo que le aferraba y emprendió una rápida retirada.

- No comprendo su actitud, señor.

El otro le dejó ir, súbitamente calmado o consciente de la desairada posición en que su arrebato le dejaba. Henry subió a su habitación sin creerse humillado. Al contrario, que la arrogancia de Dunsay se sintiese amenazada, pese a todas sus ventajas, le daba una nueva consideración de sí mismo. Le veía como un rival; luego era un rival a su altura. Era más de lo que habría podido soñar apenas unas horas antes.

III.

Cuatro horas de sueño inquieto habían bastado para dejar a Henry totalmente dispuesto. Las primeras claridades le encontraron ya levantado y dispuesto a un concienzudo aseo. Lamentó que su aligerada maleta no contuviese ropa más adecuada. Desayunó en las cocinas, junto a los criados, disfrutando con buen humor de las banales bromas y los comentarios cotidianos acerca de la labor.

A las ocho se dirigió a las caballerizas, y media hora más tarde, se encontraba en posición de revista mirando con ansiedad los primeros movimientos en la casa. El sol subió hasta el borde de las colinas y siguió elevándose en el cielo frío, mientras Henry continuaba aguardando.

A las nueve y media, montó en el caballo y dio un pequeño paseo por el perímetro de la finca para evitar que se enfriase. Al regresar, el ajetreo de gente entrando y saliendo por la puerta principal alivió en parte la inquietud que comenzaba a asaltarle. Dejó la cabalgadura junto a las cocinas y se dirigió al interior. Antes de llegar, ya percibió cierta inusitada animación. Las caras sonrientes de los criados iban despertando su curiosidad al cruzar el hall y los salones. Todos los habitantes de la casa se encontraban en la terraza posterior, orientada al este, conversando animadamente. Henry se plantó también sonriente en medio de la reunión, con sus botas de montar y una pregunta en los ojos ingenuamente abiertos.

Alguien tomó su brazo con familiaridad y le clavó aquellas palabras que decidían su vida.

 


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Un comentario a “Concurso “¿TE ATREVES?”, 2ª edición”

6 02 2008
Chantal Müller (14:07:34) :

- Mi querido muchacho, - era la señora Marian, impecablemente vestida, como siempre, - te estábamos esperando.
Los Fitzgerald, los Mc Callum y el resto de invitados permanecían sentados en los cómodos canapés de mimbre blanco, tapizados de loneta floreada. Todos desayunaban té con leche y rosquillas recién horneadas por los cocineros de la casa.
Su mirada topó con la de Helen, pálida y nerviosa, nada indiferente a las palabras de su madre, totalmente implicada en el protagonismo de aquella reunión matutina.
Henry palideció sumergido en aquellas pupilas azules -a juego con el soberbio vestido de seda salvaje y raso brillante - que tanto temor le suscitaban.
De repente, un riachuelo en su memoria, la hierba fresca, el perfume de las lilas y el azahar, los sentidos embriagados de tanta primavera, tanto calor, tanto fuego, tanto ímpetu en su alma adolescente…
En el piso de arriba, la pequeña Julie golpeaba el piano ensordecedoramente…
- Queridos invitados - esta vez con voz solemne - tenemos el gusto de anunciarles el próximo enlace matrimonial de nuestra hija Helen con el apuesto caballero, el Sr. Dunsay.
Un latigazo sacudió su cuerpo, sus oídos. Las piernas perdieron fuerza; las siluetas cercanas se confundieron con la niebla …

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