Ayer fue el Día del Libro

24 04 2011

 

 

 

El arriba firmante, leedor convicto y confeso de libros , folletos, periódicos, panfletos, libelos, memoriales, carnés, inéditos, éditos, borradores, tesis, enciclopedias, códices… hasta de papelillos de ponderar medicamentos: frisando ya los cincuenta que don Quijote tenía, declara a la vista de que ayer fue y se celebró el Día del Libro:

Que leer no da la felicidad (como tampoco la fabada, el dinero, el pasear, los guateques ni las casas rurales), pero que ayuda.

Que se distingue la soledad mental de los pobrecitos míos (Pau Donés, cantante; Guti, futbolista) cuando proclaman que detestan leer. No detesto cantar, no detesto jugar al fútbol: pobre de mí, si así fuera.

Que no viene mal saber quiénes fueron Tácito, Napoleón, Casanova, el Marqués de Sade, Houdini, Woody Allen o Virginia Wolf por si viene cualquiera y hay que opinar sobre ella con cuenta y razón: una guerra, los payasos de la tele, Hotel Glam, Crónicas Marcianas, los documentales de La 2…

Que lo primero que hace un régimen fascista es quemar libros y quemar intelectuales, no sea que la gente dé en pensar y en tener ideas en vez de ocurrencias: un joven pedo total es un borrego, un joven (o maduro, o un viejo) leído es una incomodidad para el poderoso, hay que eliminarlo. Quémese el hígado, quémese el cerebro: de ahí la consigna nazi.

Que las campañas de promoción de la lectura que los políticos sacan de tanto en vez a pasear son filfa y sólo valen para engordar la bolsa de diseñadores, promotores, enchufados, parientes y etcéteras: no se les haga el menor caso.

Que la mayor parte de los premios literarios están dados o encargados de antemano, que se busca un perfil de autor y se le sugiere que se presente al premio de turno: no se fíen de ellos por norma.

Que muchos, muchos, críticos literarios están a sueldo de instituciones, fundaciones y otras mafias.

Que no hay imagen más bonita que una mujer leyendo un libro en un parque en primavera.

Que no hay una imagen más bonita que un hombre leyendo un libro en un parque en primavera.

Que los libreros son encantadores (los libreros, no las comerciales que te venden Una semana muy negra  y mañana están de lencería): se les puede preguntar, exigir, comentar…

Que una librería no muerde.

Que tampoco muerde una biblioteca pública.

Que hay en Asturias una red de bibliotecas fantásticas, todo gratis: vas, lees, te orientan, haces amigos (hasta ligas)…

Que nunca está solo si tienes contigo a don Quijote, al capitán Alatriste, a aquellos versos de Neruda, a Tolkien, a una novela policiaca…

¿Qué no tienes tiempo para leer? Entonces, tampoco lo tendrás para comer, tomarte un café, hacer el amor, bailar… ¿O de qué alimentas tu cerebro, eso que queda dentro de la cabeza y que tanto influye en tu corazón?

Que si no te gusta un libro, no pasa nada, vete a otro.

Que si tampoco te gusta el otro, vete al siguiente: ¿O acaso te gusta todo la primera vez: no recuerdas lo pelmazo que te parecía el que hoy es tu amante?

Que el leer no da enfermedades ni malos rollos: es lo más interactivo que existe. Discute con la señora Bovary, alégrate con Dantés, chatea en tu cabeza con Carvalho, viaja con Cernuda o con Kavafis o con Kafka.

Que va a mejorar tu lenguaje.

Que vas a decir mejor eso que no sabes cómo decir.

Que potencia la calidad de la piel, porque sonríes mejor, te aumenta el brillo de los ojos, aprendes a rebajar con ironía lo que tanto te atormenta.

Que es una gozada, te lo juro.

     Extraído del libro Lopezdebega y Garrote Bill o las Tribulaciones de un profesor de Lengua en Secundaria, de Francisco García Pérez.


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