La mujer que buscaba

28 10 2011

    «A Fouada le fascinaba la química. Pero no era una fascinación común y corriente como la que sentía por la geografía, la geometría o el álgebra, sino algo extraordinario. Cuando estaba en clase de química, su cerebro estaba alerta y, como si se tratara de un imán, atraía todo lo que le rodeaba: la voz de la profesora, sus palabras, sus miradas; las partículas de las sustancias en polvo volaban por el aire, los fragmentos metálicos se esparcían sorbe la mesa, las partículas de vapor y de gas flotaban en el aire. Cada partícula, cada temblor, cada vibración, cada movimiento y cada cosa… su cerebro lo recogía todo, del mismo modo que los imanes atraen y retienen las partículas de metal.

    Con todo esto, era inevitable que su cerebro se volcara hacia la química y que todo lo que la rodeaba adoptara formas y características químicas. No era de extrañar que un día le pareciera que el profesor de historia estaba hecho de cobre rojo, el de dibujo de tiza, y la directora de manganeso, que de la boca del profesor de árabe brotara sulfuro de hidrógeno, y que la voz del profesor de higiene le sonara a hojalata.

     Todos los profesores, tanto hombres como mujeres, adquirían características metálicas, con una excepción: la profesora de química. Su voz, sus ojos, su cabello, hombros, brazos y piernas, todo lo suyo era complemente humano, vivo, se movía y latía como las arterias del corazón. Era una persona viva, de carne y hueso, que no tenía nada que ver con los minerales.»

     El fragmento que acabas de leer pertenece al libro La mujer que buscaba,  escrito por Nawal al-Saa’dawi, activista, escritora y psiquiatra nacida en Egipto dentro de una familia de la alta sociedad  que le permitió, rompiendo  las normas sociales de la época, estudiar medicina en la Universidad de El Cairo. Tras graduarse en psiquiatría  comienza su labor narrativa, una tarea que su marido no acepta y que la lleva a solicitar el divorcio.

     Nawal al-Saa’dawi  ha tenido que luchar  dentro de su paiso contra las normas religiosas y sociales que discriminan a la mujer musulmana, prohiben a las mujeres acceder a estudios universitarios o permiten la ablación del clítoris. En 1982 fundó la Asociación para la solidaridad con la mujer árabe,   la primera organización legal egipcia cuyo objetivo era la participación activa de las mujeres en la sociedad. Ello le valió que los fundamentalistas  la amenzaran de muerte, por lo que tuvo que exiliarse a Estados Unidos. En 1996 regresó Egipto y desde allí sigue defendiendo y trabajando por la integración de la mujer en la sociedad árabe.


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