RINCÓN CREADOR

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24 Comentarios a “RINCÓN CREADOR”

19 11 2007
frikris (23:51:44) :

El frío atrofia mis miembros conforme la noche se cierne sobre nosotros. Algunos duermen, yo miro. El viejo farol de la calle parpadea en un pulso acelerado de emociones al borde de la fragilidad. La soledad apaga poco a poco su fuego mientras los anónimos caminantes de última hora miran sin ver, quizás el propósito de su nocturno paseo sea el mismo, consumirse en el silencio riguroso del amanecer: mientras unos despiertan otros se despiden. Fracciones de luz se vislumbran en la lejanía, llega el momento, las nubes rosadas anuncian el final de la noche y ahora, pobres espejismos del pasado acuden a mi despedida, malditos recuerdos, bendita ignorancia…Acompañándome hasta el final, bueno no hasta el final. Demasiado tarde, el farol se apagó silenciosamente mientras que yo sigo aquí un día más, esperando a un nuevo amanecer.

29 11 2007
Gaspar Tendi (23:43:22) :

Teobaldo enamorado

Escena primera.

(Jardín. Teobaldo escribe sentado en un banco. Absorto, no se apercibe de la llegada de Valentín)
Valentín: No esperaba encontraros aquí.
Teobaldo (murmurando sin levantar la cabeza): yo tampoco, maldita sea.
Valentín: Al oír los juramentos, supuse que debía ser algún criado.
Teobaldo ( para sí mismo): Siervo soy, sin duda. Y del peor amo que encontrarse pueda. Uno que se alegra con el sufrimiento de su servidor.
Valentín: ¿Os tortura la musa? ¿Estáis escribiendo poesía?
Teobaldo: Me torturan el niño y sus dardos. La musa sólo se muestra esquiva.
Valentín: ¿Por eso juráis de tal modo? Había oído que la poesía puede ser un ama severa para quienes la aman, mas no creí que un hombre pudiese soportar tal trato sin rebelarse.
Teobaldo: Un esclavo ya no puede considerarse hombre.
Valentín: ¿Queréis que os ayude?
Teobaldo: Un moribundo no precisa ayuda.
Valentín: Leedme lo que tengáis ya escrito. Dejad, yo mismo lo haré. (Le arrebata el papel)
Al conoceros pude contemplar, caminando sobre sus pies,
las perfecciones a que un hombre puede aspirar;
al conoceros mejor, encontré la fuente
de la que todas ellas proceden.
¿A quién están dirigidas estas palabras?
Teobaldo: A un hombre. Maldito y afortunado.
Valentín: Me desconcertáis. Siempre supuse que gustabais de las mujeres.
Teobaldo: Las adoro. Sólo amo y odio a una sola.
Valentín: Renuncio a comprenderos.
Teobaldo: Preguntad a vuestra prima.
Valentín: ¿Rosalinda?
Teobaldo: El nombre la delata. Hiere a quien trata de cogerla.
Valentín: Habláis como un poeta; aunque no escribáis como tal.
Teobaldo: Manco y mudo, preferiría ser.
Valentín: Por ahora sois un enigma para mí. No sé si también para vos mismo. ¿Podríais contarme en amable prosa tal galimatías?
Teobaldo: Todo es claro como el agua y oscuro como el veneno. Amo a vuestra prima y ésta me ha encargado que le escriba una carta en verso para enviársela al hombre que venera.
Valentín: Sólo una mujer es capaz de tan cruel conducta. Pues conociendo a Rosalinda, no puedo creer que no haya advertido vuestra inclinación.
Teobaldo: Hacia el abismo, por eso me empuja.
Valentín: ¿Por qué no os negasteis a tal encargo?
Teobaldo: Porque desde que la conozco ya nada puedo negar ni afirmar, sino mirarla, oírla, admirarla… y sufrirla.
Valentín: No sé si desearos suerte, ya que conspiráis contra vuestro propio bienestar.
Teobaldo: Un esclavo sólo pone su pensamiento en satisfacer los deseos más inmediatos del amo.

Escena segunda.

(El mismo jardín. Teobaldo está sentado en el mismo banco sujetando su cabeza entre las manos)
Valentín: ¿Aún aquí? Veo que ya no juráis. ¿Habéis progresado en vuestro asunto?
Teobaldo: En dirección al infierno. Y si ya no juro es porque el estupor ata mi lengua.
Valentín: ¡Qué difícil es comprender la jerga de un enamorado! Atada o desatada, sigue su propio curso.
Teobaldo: Refreno la mía para que nadie advierta el loco al que sirve.
Valentín: Más que loco, parecéis desgraciado. ¿Podríais ponerme al corriente con las sencillas palabras con que os dirigiríais a un niño.
Teobaldo: Rosalinda se niega a coger la carta.
Valentín: ¿La que tanto esfuerzo os ha costado?
Teobaldo: Esa es la cuestión. Al entregársela quise agrandar mi mérito, ya que no el de la carta, aludiendo a la dificultad del encargo. Sólo por hallar un poco de agradecimiento en sus ojos. Pues bien, esto la enojó. Lo interpretó como un reproche. No era mi intención – me dijo – causaros un disgusto con tal comisión. Y, podéis creerme, no volveré a hacerlo. Es más, os devuelvo la carta. ¿No pensáis leerla?, pregunté. No, respondió, leedla vos; yo no podría complacerme en vuestro sufrimiento. Pero ya la conozco, repliqué. Pues leedla otra vez, se impacientó, imaginad que os la han dirigido a vos.
Valentín: Decidme, querido Teobaldo. ¿A cuantas mujeres habéis conocido?
Teobaldo: Ya sabéis que siempre he vivido en la granja de mi padre.
Valentín: Comprendo. Sólo habéis tratado con vuestras hermanas y con alguna de las jóvenes criadas.
Teobaldo: Y con mi tía Henriette. Y la abuela Marie.
Valentín: Ya veo. Sois un hombre de mundo.
Teobaldo: ¿Os complace burlaros de mí en estos momentos?
Valentín: En absoluto, aunque podría. Ya que un hombre afortunado admite con el mejor humor cosas que otro no haría.
Teobaldo: ¿Afortunado yo?
Valentín: Vos, ya que habéis recibido una carta de amor de la mujer que amáis.
Teobaldo: ¿Esta carta?
Valentín: Esa, precisamente. Vos sois el destinatario. Mi prima os ha dado la suprema prueba de amor que una mujer puede dar. Os deja que vos mismo pongáis en su boca las palabras que anheláis oír. Se ha rendido ante vos tan completamente que está dispuesta a suscribir todos los elogios a que podríais aspirar o esperar de una mujer.
Teobaldo: Diablos, si eso es así, me arrepiento de haber sido tan parco y comedido al hablar de mí mismo sin saberlo.
Valentín: No importa. Ella no lo ha leído.
Teobaldo: Dios mío, si todo esto es cierto, os amo, Valentín.
Valentín: En ese caso, podéis entregarme a mí la carta.
Teobaldo: Os amo porque de pronto amo a todos y a todo. Amo a vuestra prima, a vos, a este banco y a ese perro que dormita bajo ese arbusto. Al que también amo, por supuesto.
Valentín: ¿Os referís a Grab? Mejor que no lo sepa. Tiene un concepto del amor muy diferente al vuestro.
Teobaldo: ¿Los perros no aman?
Valentín: Sólo a quien les da de comer y les trata con cortesía. Respecto a lo demás, tienen un excelente olfato para saber cuándo deben insistir y cuando no.
Teobaldo: Yo cuento con el vuestro. ¿Creéis que puedo correr a abrazar a vuestra prima?
Valentín: Ni yo soy tan perro ni vos debéis ser tan impetuoso. Ya que ella os ha propuesto un juego, mostrad que sois un buen jugador.
Teobaldo: ¿Y a qué juego debo jugar? ¿Las cartas?
Valentín: De eso se trata, en efecto.
Teobaldo: ¿Disponéis de un mazo?
Valentín: No, por suerte para vos. Os daría con él.
Teobaldo: ¿Me daríais una lección? Os lo agradezco; apenas si conozco las reglas del whist.
Valentín: Os creo. Sois un pozo de sabiduría. Tan hondo que nadie puede atisbar nada en él.
Teobaldo: ¿Os burláis?
Valentín: ¿No habéis oído nunca que todo jugador debe jugar con las cartas que le han tocado? Pues eso debéis hacer. Id a buscar a Rosalinda y pedidle justo lo que ella os ha pedido a vos.
Teobaldo: ¿Que me escriba una carta para la mujer que amo? Lo considerará una burla.
Valentín: Lo considerará un guiño cómplice.
Teobaldo: Y después, cuando me la entregue ¿debo negarme a cogerla tal como ella ha hecho con la mía?
Valentín: No tendréis ocasión. Cuando le hagáis tal solicitud, se echará a reír, os mirará con afecto y posiblemente os dé un casto beso en la mejilla.
Teobaldo: Me fío de vuestro olfato y parto a la carrera. ¿Sabéis dónde andará en este momento?
Valentín: Hace dos horas la dejé preparando sus galas y aderezos en la habitación. Supongo que allí seguirá.
Teobaldo: ¿Es que va a salir a algún sitio?
Valentín: Las mujeres, querido Teobaldo, se visten siempre como si fuesen a salir, pues para ellas todo lugar es un campo de batalla. Son como esos campeones que esperan con la armadura puesta, porque saben que en cualquier momento puede llegar quien les desafíe.
Teobaldo: ¿Creéis que debo llevarle flores?
Valentín: Eso, cuando estéis casado, para haceros perdonar. Ahora limitaros a llevarle vuestra persona. (Teobaldo parte a la carrera) Ya ves, Grab, ahí va otro hombre ansioso por dejar de serlo.

2 12 2007
Chantal Müller (18:55:13) :

PLENITUD
1.
Besarte el alma y esconderme luego
Reducirme a cualquier punto de luz sobre tus sienes.
Besarte el alma y morir
Apoyada en mil violetas invisibles
2.
La Tarde, Amor, qué difícil definirla,
Para qué enviarle lirios, o tristeza, o un poco de azúcar
Si todo se detiene.
Huyeron nuestros pájaros de Junio
A algún lugar llamado Labio.
Me deslizo por el tiempo,
Aniquilo este concierto de silencios.
Pronto será Noche,
Será el espejo de alas grises.
Compraré ochocientos lapiceros
Para transmitirte que una lágrima recorre el Mundo,
Que mi lágrima llueve en tu tejado de líquenes dorados…
3.
Cómo decírtelo:
Todo quieto,
Todos esperando.
Y es la Tarde, Amor,
La luz se muere
Y desaparece lentamente.
NO ME ACOSTUMBRO A ESTA SOMBRA
DE MIS DEDOS SOLOS
PRESINTIENDO NIEBLAS.
4.
Te miro de perfil: tienes sombra de jinete.
Esos brazos que me tiendes me resultan conocidos.
Corro a tu escuela de violines, te digo “ven”,
Aprisa, “ven”, rompiendo surcos, “ven”
Y habítame la sonrisa de los diarios
QUE NO SE ACOSTUMBRE LA PIEL A
A OTRA PORCELANA
5.
Ángeles delgados como estrellas en tus ojos
No me dejes con la sombra de mi sombra
Con la sombra de un licor extravagante
Acompáñame al café de densa niebla
Donde habitan alas gaseosas,
Dulces como uvas,
Como tu despertar de niño.
6.
Dulce amor, dulce calvario,
Por qué un tren verde me alejaba,
Por qué el Norte, la áspera palabra,
Una plaza sin encuentros…
¿QUÉ LUNA IBA PERDIENDO,
DESTIÑENDO SU DULZURA BLANCA?

9 12 2007
Miss Camiseta Mojada (23:11:59) :

Sus clases se hacían interminables. Mi mente solía divagar, imaginaba situaciones, historias; buscaba su vida. La vida de aquella enigmática profesora capaz de hacerme levitar sintiéndome anclado a la silla.

Deduje que se trataba de una mujer, una señora, una dama admirable e inconfundible. Con un gran sentido del humor. Con un gran sentido personal. Con un gran sentido profesional. Con un gran sentido estético. Con una gran vida. Llegué a creer que su forma de comportarse no era más que un acto de represión, de huida de un tiempo pasado que, probablemente, había sido mejor. Glamour por anillo y pañales, me imaginaba. Ése había sido el cambio: su rostro la delataba. Sus continuas variaciones de humor reflejaban un mundo interior lleno de altibajos. Aunque, era cierto que todo estaba deliberadamente seleccionado: la “gratificación” que suponía enseñar era recompensada con unas merecidísimas vacaciones desprestigiadas en las que adecuaba su existencia a la situación de mudas y compromiso. Pero, en las que, creía yo, tenía a ratos por compañía y confesor a un hermoso y medio lleno vaso de Jack Daniel’s que, al lado de una hamaca blanca, formaba un paréntesis capaz de hacerla retornar a aquella época de fêtes y amour. ¿Quién fuera a decir que en el período estival aquella mujer bebiese whiskey en lugar de atender a sus hijos? Mi imaginación parecía haber cruzado la delgada línea roja. El exceso tenía justificación. Y es que la idea de que se tratara una mojigata reina de alguna noche universitaria (noche de estudio universitario) a la que las casualidades la habían llevado por caminos raros también rondó por momentos mi cabeza. Por supuesto, la descarté. Hubiera sido desilusionante, ¡creía verme reflejada en ella!

Al fin, la clase terminó y mis elucubraciones se perdieron en el mismo olvido que las palabras discursadas en aquellos interminables cincuenta y cinco minutos; sin tiempo para confirmar si ella realmente era, al igual que yo, Miss Camiseta Mojada o si se trataba de Lady Drama continuamente atormentada por el tiempo y el lugar.

10 12 2007
Gaspar Tendi (14:08:48) :

Caballo de Troya

I.

El recluso 14249 aseguraba que iba a matar al alcaide. Lo sabía toda la prisión.
El recluso Johnnie Grecco y el alcaide James B. Connolly eran viejos conocidos. Grecco, bandido de medio pelo, perito en timos, había llevado una carrera en la que triunfos y fracasos se sucedían con ritmo estacional. Estoy a la par, solía afirmar en sus momentos buenos. Lo que no contaba es que a sus cuarenta y cinco esperaba que el marcador se inclinase definitivamente a su favor. Porque Grecco tenía un secreto. Tras tanto tiempo rodando sin importar a nadie - y sin que nadie que no fuese él mismo le importase -, había encontrado a alguien. O ese alguien, pensaba, le había encontrado a él. Un ser de otro mundo, en carne de mujer, que respondía al nombre de Mary Sue.
Mary Sue parecía una chica corriente, con su metro sesenta y cinco y su cuerpo delgado. La primera vez que la vio, en la boda de un primo que vivía en una perdida ciudad del Medio este, Grecco sólo miró sus hombros redondos y su pelo corto. Después advirtió la risa espontánea y la atención que prestaba a sus interlocutores. La registró como una tímida soltera de un pequeño pueblo, y la persona con quien menos podría tener algo en común en aquel grupo de gente con los que tan poco tenía en común. Su primo insistió para que asistiese al baile en la parte trasera de un almacén de piensos.
En algún momento de esa noche se acercó a un grupo que cantaba y encontró la espalda de aquella mujer. Tomó su cintura con familiaridad y se unió al coro de voces. Sin saber por qué, Grecco besó suavemente su pelo y un olor antiguo le hizo desfallecer. Ella giró, le miró a los ojos y se dejó abrazar con una sonrisa acogedora. Bailaron mientras todos se iban retirando, en medio de la noche cálida, ajenos a las miradas y los comentarios. Grecco hizo una pregunta impropia de él.
-¿Sabes lo que haces? No me conoces.
- Tampoco tú a mí – respondió ella acariciando su mejilla.
Esa noche, sentados en el coche, los dos conocieron lo que se puede conocer en una noche de un extraño y Grecco habló de lo que nunca había hablado con nadie. Contemplando a aquella mujer, con las piernas recogidas, que escuchaba con serenidad sus palabras y mostraba un elegante pudor en su desnudez que nunca había visto, supo que algo increíble estaba ocurriendo.
Cuando un leve resplandor anunció el amanecer, ella pronunció la frase que Grecco llevó desde entonces tatuada en el alma.
-Puedes contar conmigo para todo.
No pidió nada; ni promesas ni propósitos. No expresó temores ni añoranzas. Sólo se exponía desnuda, con la firme plenitud de un árbol o un paisaje. Tampoco falsamente misteriosa. Sus palabras eran sencillas como si saliesen de una vida incontaminada. Su ofrecimiento no era el de alguien que da fácilmente lo que no tiene o no piensa cumplir. Grecco supo que aquella ayuda se reservaba para todo lo que de bueno y fuerte él pudiese emprender. No la complicidad para enfrentarse al mundo, sino el apoyo para levantar una vida nueva.
No volvió a ser el mismo. Se marchó sin despedirse, sabiendo que la distancia ya no significaba nada, y decidido a cambiar sus prioridades.
Durante varios meses continuaron viéndose a menudo. Ella seguía sin exigir nada, sin preguntar por sus planes. Escuchando lo que él quería decirle y animándole con aquella sonrisa, como si le hubiera conocido desde niño, con la mirada limpia y las fuerzas intactas.
Apenas un año más tarde, el viejo mundo se abatió sobre Grecco como el derrumbe de una montaña. Un antiguo cómplice le implicó falsamente en un robo y le devolvieron al Penal del Estado. Mientras aún estaba intentado encajar el golpe, recibió una carta de su primo: Mary Sue había muerto en un accidente de tráfico mientras se dirigía a verle en la prisión.
Grecco quedó paralizado sin poder entender lo sucedido. Incapaz de encajar las piezas, dio en pensar que la muerte de Sue había sido causada por su ingreso en prisión. Mary Sue formaba parte de su vida y no podía ignorar que había existido. Sin ella quedó en una tierra de nadie, detenido como un Moises ante la tierra prometida.
Se sumió en una suerte de estupor del que no salía ni para comer. Tuvieron que enviarle a la enfermería, donde le administraron alimentación intravenosa.
El alcaide Connolly tenía una cuenta pendiente con Grecco. Diez años atrás, éste había participado en una fuga, abortada a medias, que aquél consideraba una mancha en su historial. Cuando le vio ingresar de nuevo en prisión, se lo recordó:
- Me debes algo, Johnnie Grecco. Y yo siempre cobro mis deudas.
Al enterarse de lo sucedido, y en contra de sus costumbres, hizo una visita a la enfermería. Ni siquiera miró a los dos reclusos que pagaban allí una enfermedad terminal. Se acercó al aletargado Grecco y tras un largo silencio dijo aquella frase.
-¿Y todo esto porque se le ha muerto la puta?
Johnnie Grecco no se movió; ni siquiera abrió los ojos. A la mañana siguiente, arrancó las vías que ataban sus arterias a la prisión, se levantó y dijo.
-Voy a matar al alcaide.
El doctor no contó a nadie lo que había oído. No hizo falta. Al entrar de nuevo en su celda, Grecco repitió el anuncio a su compañero de condena. Y volvió a proclamarlo al recibir el rancho y al contestar en el control nocturno. Esa noche durmió en la celda de castigo. El oficial de guardia le dijo que tenía un mes para pensar en sus palabras.
Pero no fue en ellas en lo que pensó Grecco esas horas sin tiempo a las que los demás llamaron mes y que para él eran todo el futuro de su vida, sino en Mary Sue y en las frases que ella le había dicho. Y habló en voz alta.
- Te debo el respeto, Sue. Eres mi chica porque así lo quisiste. Nadie puede hacerte daño ni insultar tu memoria impunemente. Y quien lo haga debe saber que pagará por ello y los demás deben saberlo también.
Un día, un fuerte resplandor entró por el hueco de la estrecha puerta y unas figuras grises se colocaron ante él.
- Voy a matar al alcaide – dijo con los ojos cerrados.
Una súbita oscuridad se abatió su cabeza y desde el suelo oyó la puerta cerrarse violentamente. No habían transcurrido muchas horas cuando unas manos rudas le levantaron, le arrastraron por los pasillos y le devolvieron a su celda. El alcaide lo dispuso así.
A los pocos días, el confidente de la galería tuvo algo importante que comunicar a los guardianes.
-Grecco está fabricando una pistola de madera.
La noticia corrió por el penal como una pelota sin dueño. Se esperaba que los guardias apareciesen enseguida para llevarle a la celda de castigo. No lo hicieron; Connolly no lo permitió. Todos consideraron que había enloquecido por el dolor, mas el alcaide presumía de conocer a los hombres, y sabía que la locura de Grecco no era un trastorno corriente. Siempre le pareció un hombre de secreta energía, falto tal vez de empresas en las que encauzarla. Ahora, al parecer, había hallado una. Quería su vida.
Al alcaide no le fue difícil conjeturar qué planes podrían rondar la mente del preso y qué posibilidades se le ofrecían. Sería una acción suicida. Fue entonces cuando ideó la artimaña que le permitiría cobrar su deuda y poner a salvo su prestigio, desafiado por aquel hombre que parecía no tener nada que perder.
Grecco siguió fabricando su ya célebre pistola. Todos daban por supuesta la enajenación del paciente artesano y en ella encontraban la explicación para la tolerancia del alcaide. A veces le preguntaban para qué hacía aquello, sólo por oírle repetir la frase que se había convertido en una especie de contraseña murmurada entre sonrisas: voy a matar al alcaide.
Connolly aguardó a su presa complaciéndose en imaginar la secuencia de acontecimientos. Grecco tomaría como rehén a un guardián y exigiría ser llevado a presencia del alcaide. Después, con algún estilete casero, intentaría su crimen. Dio órdenes precisas para que cuando eso ocurriese fuese obedecido. Él esperaría sentado en la mesa de su despacho con la pistola cargada. Ya hallaría el medio de justificar que fuese tomado en serio lo que todos consideraban la broma de un perturbado. Un preso con lo que parece una pistola es siempre algo que debe ser tomado en serio, se decía.
Las semanas pasaban y todo el mundo se impacientaba. Todos menos Grecco, ensimismado en sí mismo y su tarea.
Una mañana, cuando la pistola de madera ya casi se había convertido en un viejo chiste olvidado, ocurrió. Mientras aguardaba en la fila del comedor, Grecco salió de su lugar, sacó una pistola ennegrecida por el betún y apuntó al sargento Hicks a la cabeza. Ni siquiera tuvo que decir nada. Los dos caminaron en medio del silencio general hacia el pasillo del despacho del alcaide. A su paso, todas las puertas se abrían, con el respeto con que se descubre alguien ante el paso de un difunto. El difunto sería Grecco, sin duda, pensaron todos, pero tal vez tuviese tiempo de herir al alcaide.
Connolly, avisado de antemano, permaneció en su sillón apoyado con fuerza contra el respaldo. En los largos minutos que precedieron la entrada de los dos hombres, ordenó automáticamente los papeles de su mesa y tentó el nudo de su corbata para comprobar que estaba centrado. La excitación le hizo sudar y apretó la pistola apoyada en su pierna derecha.
La puerta se abrió despacio mostrando el demudado rostro del sargento Hicks. Grecco le apartó a un lado, cerró la puerta y miró a Connolly directamente a los ojos.
-Alcaide, vengo a matarle.
En un segundo, Connolly comprendió que algo raro sucedía. La voz del hombre era suave y apacible. Sus palabras parecían el mensaje de alguien que comunica tras un esfuerzo algo que otro lleva mucho tiempo esperando. No se acercaba, su cuerpo no estaba en tensión, permanecía allí a cuatro metros de distancia, con aquel trozo de madera negro, tosco y enorme en la mano caída al costado. El alcaide puso su diestra armada sobre la mesa, miró la simulada pistola, levantó la vista lentamente hacia el rostro de Grecco y supo de pronto que había sido engañado y que ya era demasiado tarde. La mano del preso había ido subiendo también mansamente, acompañando la mirada de pánico y una leve sonrisa subrayó el nítido crujido de la madera quebrándose un segundo antes del seco estampido que abrió un perfecto agujero en la frente del hombre sentado a la mesa.

II.
Grecco fue sentenciado a cadena perpetua, porque en el Estado no existía la pena máxima. Nadie supo explicar de dónde había obtenido la pistola que había ajustado en aquel perfecto estuche de madera, como una mano dentro de un guante. Quienes le conocieron años más tarde en el Penal de Streaton, hablan de un hombre apacible, amante de la lectura de los clásicos, que sonreía con modestia cuando alguien le recordaba la pistola de madera.

10 12 2007
Julio Coltrane (20:14:26) :

LABOR DE OLVIDO
Su boca, menos de un tercio de esperanza,
fractura de añiles, fría, tetánica.
Todo esperaba de su muerte
salvo la sombra.
Bajo el fuego fatuo
nada se mueve, respira, silba:
Es la paz de los cadáveres ancianos.
La longeva pulcritud de las tumbas
es mérito
de la digna labor que el olvido
practica.

23 12 2007
Gaspar Tendi (18:55:50) :

El hombre pesimista

1. El problema

Arthur S. había sido un niño ansioso y lleno de temores. Al llegar a la juventud, su exacerbada sensibilidad le hizo reparar en la miserable existencia que soportan la mayoría de los hombres. Dotado de un fuerte temperamento reflexivo, creyó que tal situación no era debida a causas históricas coyunturales, sino a la propia condición humana. Muy pronto llegó a la avasalladora convicción de que el mundo era un lugar de sufrimiento y que la creencia en un dios ultramundano, sólo una ilusión. Más tarde, sería el primer filósofo occidental en declararse abiertamente ateo.
El suicidio de su padre, cuando Arthur apenas contaba diecisiete años, y la incompatibilidad de caracteres que le alejó de su madre, no hicieron sino agudizar esas primeras intuiciones.
Movido por la necesidad de salir de tal estado de incertidumbre y desdicha, buscó respuestas en la filosofía.
Fue un filósofo, Inmanuel K., quien le dio la clave en que basaría su personal interpretación de la vida y el mundo. K. había argumentado, con gran perspicacia, que nuestra mente está preprogramada para ver el mundo de cierta manera. El mundo, por tanto, no tiene por qué ser como nosotros lo observamos. Lo que podemos experimentar depende no sólo de lo que existe en el mundo exterior, sino de nuestras facultades, de lo que éstas puedan percibir y de lo que hagan con lo que percibimos. No somos un espejo que refleja pasivamente lo que hay, sino una especie de pintor que al intentar expresar lo que tiene ante sí, lo deforma. Así pues, lo que llamamos mundo es la consecuencia de nuestra propia actividad de conocer. A este mundo que percibimos lo llamó mundo fenoménico, y supuso que tras él, oculto, existe otro mundo subyacente al que llamo noúmeno o cosa en sí. El primero, el mundo fenoménico, el mundo que percibimos, era el resultado de sumar esa misteriosa cosa en sí a la peculiar forma de operar de nuestra inteligencia. Como si viésemos la cosa en sí por medio de unas lentes de las que no podíamos despojarnos. Esas lentes consistían, principalmente, en el espacio, el tiempo y la causalidad. Los hombres, inconsciente e inevitablemente, creábamos un mundo situado en el espacio y el tiempo, lleno de múltiples objetos, cuyo comportamiento explicábamos mediante la relación de causalidad.
Arturo aceptó esa distinción entre fenómeno y noúmeno, pero se preguntó si no habría algún modo de averiguar algo sobre éste último. O, cuando menos, la relación que existe entre el mundo tal como es en sí mismo y el mundo tal como se nos presenta. Pues ya que en el mundo que percibimos, y en el que vivimos, somos infelices, tal vez podría encontrar algún tipo de explicación o remedio en ese otro mundo, la cosa en sí, del que nada sabemos.
Desde luego, Arthur aceptaba la premisa de que no se podía conocer directamente, pero especuló que tal vez analizando el mundo de los fenómenos, indirectamente podríamos encontrar alguna indicación de cómo sería el mundo subyacente.
Por lo pronto, concluyó que el Noúmeno es único, pues si trasciende las relaciones espaciales, temporales y causales, no hay modo de distinguir en él una cosa de otra.
Esto no quería decir que la realidad subyacente o Noúmeno fuese la causa externa del mundo que percibimos, ya que la categoría de causalidad se aplica sólo dentro del mundo de los fenómenos. La realidad subyacente sería por tanto lo interior del mundo.
Arthur encontró un fallo en el argumento de K., según el cual todo nuestro conocimiento de los objetos físicos nos llega a través de los sentidos. Porque Arthur se dio cuenta de que para cada uno de nosotros hay un objeto físico que no se puede explicar así: nuestro cuerpo. Es cierto que conocemos nuestro cuerpo a través de los cinco sentidos, pero también lo captamos directamente desde el interior.
Hay, pues, dos cosas netamente diferentes: los objetos y los sujetos, las cosas y los hombres.
En esta percepción de nuestra conciencia, de nuestra intimidad, creyó encontrar la clave para acceder a la realidad subyacente.
¿Y qué es lo que hallamos al analizar nuestro interior? Que nuestra vida mental es un continuo desear, una interminable necesidad de lograr, de dominar, de poseer, de seguir vivos y de reproducirnos. Eso es lo que revelaba nuestra conducta.
Pero esto era algo que no sólo se observaba en los hombres. También en los animales, en las plantas y hasta en los objetos inanimados. Todo en el mundo está en permanente cambio, movimiento y acción.
El mundo sería, pues, una especie de energía en continua transformación. Eso fue lo que Arthur creyó encontrar en nosotros y en todo: energía.
Sin embargo, prefirió llamarlo Voluntad.
Con esto no pretendía afirmar que el mundo subyacente fuese energía o voluntad, sino que se manifiesta en el mundo de los fenómenos de esa forma. No que existiese una especie de mente cósmica, oculta, caracterizada por la Voluntad. Pero sí que el mundo en sí mismo debe ser parecido a lo que en nosotros conocemos como voluntad.
El propio Arthur se dio cuenta que “voluntad” era un término algo equívoco, porque para él tanta voluntad hay en la caída de una piedra como en las acciones de un hombre. Escogió este término porque la voluntad de acción es lo que mejor captamos de forma inmediata en nuestro interior (deseos) y en nuestra conducta (acciones)
Por lo demás, cualquier otro término hubiese sido igual de inadecuado, porque el noúmeno no puede ser como ninguna otra cosa de la experiencia fenoménica. Es un error suponer que Arthur identificaba el substrato del mundo con la voluntad humana.

2. La explicación.

Así es como llegó a la conclusión de que el mundo subyacente es algo parecido a la voluntad humana, que ese mundo no está situado en el espacio ni en el tiempo, que es único, y que no está regido por relaciones causales.
El siguiente paso fue afirmar que el mundo subyacente era algo repugnante e incluso moralmente perverso. ¿Por qué? Porque así es el mundo fenoménico en el que vivimos, con su inventario de dolor, explotación, injusticia, crueldad, represión, enfermedad, esclavitud… Un lugar horroroso, una pesadilla. Y si nuestro mundo es parecido, de algún modo, a ese mundo subyacente, éste debe serlo también.
En este punto se le podría objetar que no todos los hombres son tan desgraciados o, por lo menos, no todo el tiempo; que en el mundo hay lugar para el placer, el disfrute y cierta felicidad.
Arthur rechazó esta posibilidad de modo tajante. Para ello, se basó en cómo opera la voluntad humana, en las motivaciones de nuestros actos.
Nuestra voluntad nos mueve a lograr las cosas que deseamos (comida, sexo, compañía…) y ese deseo nos produce insatisfacción, dolor; pero en cuanto alcanzamos lo que ansiamos, nos sentimos aburridos (otra vez dolor), y deseamos nuevas cosas cuya consecución nos lleva otra vez a la frustración, si no las conseguimos, o nuevamente al hastío si lo logramos.
Bien, si nuestra voluntad individual es una manifestación de la Voluntad subyacente, ¿qué quiere esa Voluntad? ¿Por qué actúa?
Nada, no quiere nada, no tiene ninguna meta. Sólo es incesante energía, actividad, cambio. ¿Por qué sabemos esto? Porque nuestra voluntad nunca está satisfecha con lo conseguido, siempre desea cosas nuevas que inevitablemente pierden interés al conseguirlas. No tiene por tanto ninguna meta, ninguna finalidad. Además, es irracional, no está regida por la causalidad. Luego no hace las cosas por causa alguna
Así es como Arthur llegó a explicarse las causas de nuestro sufrimiento y desdicha. Somos esencialmente la manifestación de una especie de energía o fuerza ciega, impersonal e irracional (a la que un poco imprecisamente podemos llamar Voluntad) que no nos deja reposar en nada ni buscar nada definitivo. Nos agitamos, nos esforzamos, sufrimos, morimos… para nada.
Aquel pesimismo que Arthur había experimentado en su adolescencia y juventud, tenía pues un fundamento. Era algo constitutivo de nuestra condición.
Así, pudo repetir aquellas palabras que un hombre llamado el Buda había proclamado veintitrés siglos antes: la Vida es sufrimiento.

3. El precario remedio.

Pero Arthur, pese a su desesperanza existencial, no quería morir ni suicidarse. Disfrutaba de muchas cosas de las que todos gozamos: amaba los viajes, la filosofía, el estudio, los perros, algunas mujeres… También por supuesto, odiaba otras: los judíos, los profesores filósofos, los alemanes y a algunas mujeres. Por esto, se creyó obligado a buscar alguna suerte de remedio, de paliativo para nuestra horrible existencia, que oscila entre el dolor y el hastío, y que es un sufrimiento sin finalidad ni sentido.
La resumió en una fórmula: huir del mundo. Pero no mediante el suicidio. Porque el suicida, decía, no renuncia a la vida, sino a la vida que le ha tocado vivir, buscando otra mejor.
Lo que propondrá será la creación y contemplación estética, y la vida ética. Y si esto no basta, finalmente, se puede buscar la huida perfecta: la anulación de la voluntad de vivir.
¿Por qué la creación artística y la contemplación estética de las obras de arte son un paliativo para el sufrimiento?
En primer lugar, porque la contemplación estética, el arte, la creación y la apreciación del arte, aplacan el deseo, el egoísmo la tristeza y la hostilidad. ¿Cómo puede hacer eso? Porque la experiencia estética es desinteresada. Luego nos saca temporalmente del tiempo y de la acción.
Arthur diferenciaba, como había hecho Inmanuel K., la actitud estética ante las cosas y la actitud de tratar de apropiárselas y utilizarlas en provecho propio. Nuestra actitud normal ante las cosas es considerarlas desde el punto de vista de su posible empleo. Pero desde el punto de vista estético, ya no. Por tanto, en nuestras respuestas estéticas nos vemos libres de la voluntad.
Por otro lado, pensaba que la función clave del arte es cognitiva, no expresiva. Su verdadero objetivo no es expresar emoción, sino dar información sobre la naturaleza universal de las cosas, de las ideas generales (que tal vez nos conmuevan profunda y emocionalmente).
Ahora bien, nadie puede vivir las veinticuatro horas del día dedicado a la creación o la contemplación estética. Estamos sujetos a múltiples necesidades ineludibles. Por esto, Arthur propondrá un segundo remedio, como paliativo para el sufrimiento: la actitud moral o ética. Dado que hay una realidad última única (la Voluntad), y dado que cada uno de nosotros se identifica con esa realidad última (la voluntad individual), en cierto sentido todos somos uno. Ésta es su base para defender la compasión, la solidaridad y el amor caritativo como diferente del amor erótico. La unidad de nuestro ser es el fundamento de la moral y la compasión es el motor del comportamiento moral verdaderamente desinteresado.
No obstante, él mismo se percató de lo paradójico que resulta la existencia del amor mutuo, si cada uno de nosotros es la encarnación de una realidad que se autodevora, que se deshace en conflictos.
Además, si, como afirmaba, el Noúmeno es perverso, difícilmente nuestra unidad en él y con él puede ser la base de la moral.
Al llegar a este punto, a Arthur ya sólo le quedaba por dar el paso definitivo de su filosofía. Si el mundo es un lugar espantoso y el Noúmeno que se manifiesta bajo la forma de este mundo de fenómenos no puede ser más que algo terrible, la única solución radical será apartarnos del mundo, rechazarlo, negar nuestra voluntad y negar así también la Voluntad.
De ahí que Arthur viese con aprobación el ascetismo y la flagelación que se practica y defiende en ciertas religiones. Los consideraba fases en el camino hacia el rechazo definitivo de la Voluntad, de la extinción del deseo, de la voluntad de existencia o de vida.
Sin embargo, hay una gran diferencia entre la actitud de Arthur y la de un cristiano, un judío o un musulmán. Estos no considerarían el rechazo de la realidad última (que para ellos es Dios) como algo deseable. Y lo mismo con respecto al mundo, pues al haber sido creado por ese Dios, no todo lo que hay en él puede ser malo y perverso.
Más semejanzas se encuentran con ciertas corrientes del budismo y con algunas de sus tesis, como la compasión, el carácter transitorio y cambiante de todos los fenómenos, o la búsqueda de la anulación de los deseos.
No sabemos si Arthur fue consciente de lo paradójico de su propuesta: el rechazo radical de la Voluntad sería obviamente un rechazo de la Voluntad por la Voluntad misma (encarnada en el ser humano? Si se concibe la realidad última como una incitación a la existencia, a la autoafirmación, ¿cómo va a ser capaz de un autorrechazo tan radical?
Uno de sus más apasionados seguidores, Friedrich N., se mostró totalmente de acuerdo con la subordinación del intelecto a la voluntad, pero no dejó de reprocharle duramente haberse apartado de la vida, por haber decidido decir no al mundo y a la vida humana.
Seguramente, Arthur Schopenhauer le habría respondido: es mi carácter; pesimista.

28 12 2007
Gaspar Tendi (11:56:02) :

El milagro de la Verónica

- ¿Qué ocurre?
Dos años llevaba el obispo recomendando mesura a su secretario, pues amén de apropiado para un clérigo de su calidad, era el único modo de atenuar los chasquidos de aquel maldito entablado, tan noble como podrido. Lo de no llamar podía pasar, ya que se le veía conmocionado.
- ¡La Verónica!
El corazón del obispo dio un traspié en su habitual marcha ceremonial.
- ¿Anarquistas?
El secretario negó con la cabeza, frunciendo la boca hasta casi hacerla desaparecer. El Paso de la Verónica, obra maestra del mejor artista de la provincia y, probablemente, del país, era el mayor orgullo de la diócesis desde que la pasada Pascua fuese expuesta a la contemplación devota de los fieles.
- ¿Qué entonces? En nombre de Dios.
- La puta – susurró el secretario bajando los ojos.
- Ah, eso.
El rumor se había extendido en cuanto la imagen fue presentada. Algunos fieles comentaron temerariamente que el rostro representaba a una ramera de la ciudad. Y los más desvergonzados habían añadido que incluso el cuerpo. Cuando tuvo ocasión, preguntó al autor acerca de su inspiración.
- Las mujeres hermosas se parecen. Y la Verónica sería hermosa, ¿no cree?
Al obispo no le gustó la respuesta, pero la toleró viniendo de quien venía, el más celebre imaginista de la época. Que fuese además un pecador no mermaba un ápice su talento para representar de un modo conmovedor la belleza del dolor y el sufrimiento, tal como había hecho en aquella talla de la que él mismo afirmaba sentirse muy satisfecho. Por no hablar de sus buenas relaciones con cierta camarilla de la corte.
Pero de eso ya había transcurrido casi un año, y el rumor se había ido atenuando hasta desaparecer, por las noticias que tenía.
- Ya nadie da importancia a eso – zanjó con un gesto áspero que desmentía el sentido de las palabras.
- No lo comprende, Ilustrísima.
Ilustrísima estuvo a punto de hacer notar, irritado, que si no comprendía sería porque alguien no se explicaba bien. Pero se contuvo. Necesitaba cargarse de paciencia y de razones para desembarazarse de aquel buen cristiano que había heredado con el cargo. Se limitó a mirarlo fijamente.
- Cuénteme, Benítez – suspiró – Y al grano. Haga un esfuerzo.
- Que va a las procesiones.
- ¿Ella?
Benitez asintió, aliviado por no tener que pronunciar otra vez el oficio de la concurrente a los oficios de la Pascua.
- ¿Y?
Esta vez fue el secretario quien suspiró.
- Su viva imagen, Monseñor.
- ¿La ha visto?
Benitez enrojeció.
- En los oficios – aclaró el obispo.
- Ah, sí, el vivo retrato de la santa Verónica.
- Maldita sea – dejó escapar el prelado iniciando la señal de la cruz.
El secretario se estremeció. Su ilustrísima no maldecía a menudo ni en vano. Alguien iba a pagar por aquello y oró mentalmente para no ser él.
- ¿Quiere que llame al artista?
- A ese déjale que responda en el infierno por sus actos. Retírate; debo meditar.
Las meditaciones del señor obispo pasaban por obtener rápida información de fuentes más fiables y prolijas que las de Benítez. Pocas horas después ya le anunciaban la presencia de su obispo auxiliar, del ecónomo y de otros subalternos de su estado mayor.
El lapso de espera le había dado tiempo a recapacitar y despidió a todos, salvo al ecónomo, tras una breve conversación de circunstancias en la que no hizo mención al asunto.
Él era el supremo responsable. No precisaba ayuda; sólo información. Salvo, por supuesto, la del Espíritu Santo
Sebastián Vargas, ecónomo competente y aún joven, contaba con las bendiciones del obispo. Aunque en secreto; públicas no parecía necesitarlas y tampoco conveniente dárselas. Tenía toda la diócesis en la cabeza, en forma de cifras y nombres. No obstante, le consideraba totalmente leal, porque parecía más sensible al prestigio que al dinero. Callaba más de lo que decía, y esto indicaba, a ojos de su superior, que sabía cuándo se debe comprometer a otros y cuándo no. Pero si se le preguntaba directamente no se andaba por las ramas.
- Es grave. La mujer empieza a ser conocida como La Verónica. Su fama ha llegado hasta todos los crápulas de la ciudad, e incluso los jóvenes de posición apuestan por acostarse con la Santa, como la llaman.
- Un escándalo – concluyó el obispo.
- Comienza a serlo – matizó el ecónomo.
Su eminencia se palpó el crucifijo pectoral y miró a su interlocutor. Éste no precisó otra indicación.
- Lo apropiado sería alejarla de la ciudad, al menos durante la Pascua.
- ¿En qué ha pensado?
El ecónomo no fingió haber sido tomado de improviso.
- Las Esclavas de María. El convento está en las afueras y las autoridades cooperarían totalmente. Se ha hecho otras veces – añadió para reforzar su proposición y eludir protagonismo.
- Que sea tratada con respeto. Y si es preciso, que reciba algún tipo de compensación.
El ecónomo se puso en pie y aguardó con respetuoso recogimiento. Nunca tomaba notas de lo que se le decía, cosa que el obispo observó complacido desde el primer día. Le ofreció la mano y aprovechó la genuflexión para tocar su hombro en un gesto de cómplice aprobación.

II.

Cinco días más tarde, mientras su ilustrísima hacía un alto en sus obligaciones, tras recibir a diferentes personajes, y aprovechaba la presencia de su indiscreto sobrino para repasar distraídamente algunos papeles, las tablas del piso rechinaron y la pesada puerta se abrió de golpe como si un viento furioso la hubiese empujado.
- ¡Está en la ciudad!
El obispo elevó los ojos al techo y respiró profundamente. Miró a su secretario, cuyo rostro se encendía y se apagaba al ritmo de su agitada respiración, y aguardó.
- ¡La puta! La puta ha aparecido otra vez.
El sobrino del obispo se postró de hinojos y lanzó un alarido ratonil.
- ¡Milagro ¡Es un milagro!
En esta ocasión su ilustrísima no se encomendó a nadie, o si lo hizo debió ser a todos los diablos, porque su mano salió disparada hacia un pesado crucifijo. Por suerte, el ángel de la guarda de los crucifijos logró detener el crispado movimiento, aunque no evitar que agarrase el sello de lacrar y lo arrojase con santa puntería a la cabeza del sobrino.
La nueva convocatoria del ecónomo fue más urgente y la reunión más corta.
- Me encargaré personalmente. En menos de una hora estaré en el convento.
Esa misma tarde, los resultados de la averiguación confundían el ánimo del obispo.
- ¿Cómo que sigue allí?
- Yo mismo la he visto. Y la Madre abadesa ha firmado un documento donde se responsabiliza de que en ningún momento ha abandonado la citada persona el convento.
- ¿Hemos sido objeto de una burla?
Vargas se mantuvo en un elocuente silencio, roto por la violenta agitación de una campanilla.
El secretario entró esta vez con suma cautela, conocedor de lo que tal convulsión significaba.
- Benítez, ¿quién le dijo que la prostituta andaba de nuevo por la ciudad?
El secretario, rígido y algo ofendido por el inusual tono de reprensión, aguardó unos segundos antes de contestar con la mirada perdida en el ventanal.
- El Obispo auxiliar de la diócesis y el Canónigo de la catedral, ilustrísima – recitó con énfasis.
Su ilustrísima permaneció pensativo mirando el sello de lacrar y se dirigió al ecónomo.
- Antes de terminar el día quiero que vuelva aquí y me explique lo que ocurre.
Al quedar solo, extrajo un cigarro de una cajita de cuero repujado y se repantigó en el sillón. El humo no olía a azufre sino a un excelente aroma cubano, pero no se fiaba. Algo raro ocurría, se dijo en el momento en que su sobrino entraba de nuevo en el despacho, y no pudo por menos de sonreír ante la involuntaria coincidencia. El sobrino interpretó mal la sonrisa y se atrevió a iniciar una frase, aunque no a concluirla, viendo el fruncimiento de cejas de su pariente.
- Entonces ¿se trata de un…?

III.

Si no eso, debía ser algo parecido, porque el ecónomo no se presentó ni mandó aviso durante el resto del día. El obispo no se preocupó; conocía el escrúpulo con que su subordinado realizaba todas las gestiones y su tardanza sólo podía significar que ésta la estaba cumpliendo a fondo.
Se enfrascó en la lectura de un largo informe que llevaba varios días sobre la mesa, y que, por desgracia, trataba de un supuesto milagro. En un paraje apartado, un pastor sordo comenzó a oír las campanas de una lejana iglesia. Asombrado y presa de una repentina intuición, había conducido a sus compañeros de oficio a una fuente y escarbado con las manos en el suelo. Al poco surgió una pequeña estatua de la virgen con un niño en los brazos. La talla había desaparecido al día siguiente, en extrañas circunstancias, pero numerosos fieles comenzaron a frecuentar el lugar y a llevarse capazos de barro a sus casas, con el que los artesanos del pueblo modelaron las toscas vasijas que siempre habían estado fabricando para uso estrictamente local. La fama de tales alfares, que trabajaban con tierra santa y milagrosa, había ido creciendo en pocas semanas, y disparado la demanda y por tanto la producción, en perjuicio de los otros alfareros de la zona. Estos solicitaban del señor obispo que proclamase que el prodigio no era tal – el sordo seguía tan sordo como antes – y que el barro, por tanto, carecía de cualquier propiedad milagrosa a todos los efectos.
El obispo, tras concluir la lectura, se preguntó si aquél sería un tema religioso o económico y, ante la duda, decidió aguardar la opinión de la persona más competente en tales asuntos.
Éste, el ecónomo, apareció al final de la mañana del día siguiente. Tal como suponía su ilustrísima, el informe que aportó era detallado y concluyente.
- Se ha burlado de nosotros. Me refiero a la prostituta, de mal nombre María, si me permite la licencia. Por lo que he podido entender, convenció a las autoridades para que le permitiesen ir por su propio pie hasta el convento, con la excusa de depositar ciertos bienes en casa de unos parientes que habitan en una aldea cercana. Pues bien, todo indica que la persona que se presentó a la Madre abadesa no era la tal María, sino una hermana gemela, de nombre Azucena, doncella, por otra parte, de muy noble carácter, ya que no de condición, y que se encuentra en el convento muy a su gusto, hasta el punto de expresar a las madres su deseo de permanecer allí. Lo cual es comprensible considerando que hasta el momento no ha conocido otra vida que la del pueblo, ni otro esparcimiento que las duras labores del campo.
- El diablo se ríe de nosotros. ¿Qué ha pensado? ¿Recluirlas a las dos?
- Sería una opción. Mas nada ocurre motivo, y tal vez el Señor nos está poniendo a prueba con esta endemoniada situación.
- ¿Para que ejercitemos nuestra paciencia?- ironizó el prelado.
- Más bien, nuestra inteligencia.
- Le escucho.
El ecónomo tomó aire y miró hacia el sobrino acurrucado en una esquina, con su cabeza y su dignidad algo doloridas.
- Su sobrino lo dijo ayer. Un milagro. Necesitamos un milagro.

IV.

El Señor obispo se despojó de su solideo morado y vistió el viejo gabán que alguien había olvidado en un armario. Llovía sobre la ciudad oscurecida. Una lluvia extraña, fina y persistente, que acentuaba el penetrante olor del azahar.
La cofradía no se hallaba lejos del palacio, y recorrió lentamente las escasas calles que los separaban. Necesita pensar y, sin saber por qué, visitar el Paso. La reticencia del guarda fue fulminantemente disipada por la visión del anillo pastoral.
- Disculpe que no le haya reconocido.
Se quedó a solas, al pie del enorme catafalco en el que un Simón Cireneo esbozaba el eterno gesto de sostener el pie de la cruz. Enfrente del Señor abatido estaba ella, la Verónica, una mujer, un nombre, una historia que ni siquiera venía recogida en los evangelios canónicos, sino en los apócrifos. ¿Era verdadera esa fábula? La tradición y la devoción así lo habían determinado. ¿Importaba que hubiese sucedido realmente? La realidad de la religión era la fe. Ese fue el milagro y continuaba siéndolo. Su gesto era hermoso y bueno, ¿lo afrentaba que fuese o no verdadero? La verdad os hará libres. Pero ¿necesita ser libre un cristiano? ¿No se ha atado a su fe como un náufrago a su madero? ¿Acaso no era la bondad el criterio con el juzgar el testimonio de Jesús? Nadie había discutido nunca que fuese bueno. ¿No era esa su verdad y finalmente la de todos?
El obispo se sentó. Sus preguntas fluían como una oración. Tal vez la más sincera que jamás había hecho. ¿Aseguraba la bondad de Jesús la de quienes le amaban? En los tiempos apostólicos bastaba con dejarlo todo y seguirle. Ahora, paradójicamente, seguirle significaba – o lo significaba al menos para él – hacerse cargo de todo, tomar sobre sí el peso del mundo con su justicia y su injusticia. Fijó su mirada en el rostro del lienzo que la mujer sostenía. No era el de un dios sufriente. Era un hombre a quien dañan quienes ignoran la piedad. Había sufrido siendo hombre. ¿Era aquél el mensaje oculto a fuerza de obvio?
Algunos sostenían que la verdad de la fe se hacía precisamente contra los hechos, pero éstos no significan nada por sí mismos, sino al ser interpretados desde las necesidades humanas. La verdad de las cosas apelaba a la verdad de las personas, y en esto residía el problema. Pues los hombres creen o creen creer por un acto de voluntad. No era extraño que ante el vértigo de la apuesta muchos optasen por imaginar un decurso natural de los hechos, objetivo e inapelable.
Pero un cristiano, no. Él apostaba, aunque no en el vacío. Para eso servía la tradición, tan denostada por muchos, con su cristalizada racionalidad, asegurando que el ansia de trascendencia no declinase hacia el delirio.

V.

Una semana más tarde, el Invicto, un vapor con carga y pasaje, se alejó del muelle sur rumbo a las Indias Occidentales. A bordo, una mujer ataviada con paños de colorida calidad y acompañada por una criada adolescente, urgentemente contratada, apretaba contra su pecho la bolsa de mano que escondía una pequeña fortuna entre sus forros.
Poco tiempo después, un rumor recorrió los campos y las herrerías, los pueblos y los molinos, hasta llegar a los arrabales de la ciudad. Un rumor, que acabaría por ser leyenda, sobre una joven perdida que recobró la fe al contemplar su viva imagen en el rostro de la Verónica. Leyenda - que más tarde cristalizó en historia -, que contaba cómo aquella mujer se retiró a un convento para vivir con santo recogimiento el asombro de haber protagonizado un milagro: el milagro de la Verónica.

30 01 2008
Gaspar Tendi (09:53:48) :

ENEMIGOS

Hace más de medio siglo - yo no lo vi, pero mi abuelo me lo tiene contado - vivía en el pueblo de El Tejedal, allá en la parroquia de Montes, un hombre como una roca que atendía por el nombre de Alfredón. Grande, fuerte y con un genio peor que el de sus mulos, cuando bajaba a las ferias, encaramado en su alto caballo, los perros de los contornos escondían el rabo deponiendo transitoriamente su obligación y naturaleza. Él fue el último en llevar corizas - y nadie le llamaba por ello ponguetu - y el primero en hacer lo que cualquier hombre pudiese intentar. Ninguna fiesta lo parecía hasta que él llegaba, bebía y cantaba; ni lo seguía pareciendo después de que se embriagaba, retaba y contendía. Él fue quien en la romería de San Antonio, mientras afrontaba a los mozos de Pesquerín, hizo que Antón de Luisa, el hombre más prudente de todo el valle - y que años más tarde moriría en Cuba - perdiese su contención y, subido a unas cajas de sidra, abriese los brazos clamando exasperado:
- ¡Parece mentira que estemos en el siglo veinte!
Mi madre - que entonces era una niña y lo oyó - contó que muchos supieron aquel día que su vida estaba inmersa en algo más grande que aquellos valles y montañas; algo que no podían comprender y que algún día los arrastraría a todos como un torrente.
Alfredón sólo respetaba tres cosas: la labor diaria, la palabra dada y las mujeres. Aunque a éstas más bien las temía; si es que tal emoción podía arraigar en aquella cabeza de largos cabellos rojos, sacudida por un vozarrón como el viento de octubre. Tal vez por esto, a la hora de buscar arrimo, Alfredón se acercó a una viuda de buen parecer y mejor carácter, joven aún pero con la suficiente picardía como para llevar del ramal a aquella bestia indomable.
Quince años, invierno a invierno, llevaba Alfredón entrando a dormir de noche en casa de la viuda, sin que consejos o reprensiones lograsen moverlo una pizca de su costumbre, cuando un día, cercana ya la nochebuena, ella le confesó que estaba encinta. Alfredón no preguntó por qué había tardado tantos años ni dudó que todo fuese limpio y cabal. Cumplidor al fin, dio su consentimiento, se apalabró la boda, hiciéronse las amonestaciones, se avisó a los parientes y se invitó a los vecinos, mientras la parroquia entera comentaba el portento del sucedido.
Llegó el día. Engalanáronse los novios, aportaron los invitados y se reunió la gente junto a la iglesia.
Nevaba. Caían trapos lentos y todo el valle estaba blanco. Bajo los soportales de madera, arrebujados contra las puertas cerradas, contemplaban en hipnótico silencio la línea negra que sus pisadas habían escrito sobre el incierto camino. El cura no llegó.
Alfredón miró los cabellos de la viuda, rubios, mojados y lacios bajo el pañuelo de color, se subió a las piedras que sostenían la campana y tomó la decisión:
- El gastu ta fechu; el convite, preparau; la xente, reunía. Con cura o sin cura, hay boda.
Y la hubo. O al menos se comió, se bebió, se bailó con el violín y la gaita, y se cantó hasta bien entrada la madrugada. A partir de entonces los novios se consideraron casados y se pusieron a vivir juntos.
Pasó el invierno - uno de los más fríos que después se recordaron -, llegó el deshielo y apareció el cura.
- Alfredón, hay que celebrar la ceremonia religiosa. Mientras tanto no estás casado.
Alfredón negose; la viuda no estaba encinta. La falta que la engañó, y por la que ella mintió de buena fe, era la menopausia. De nada valieron ruegos, consejos y hasta amenazas. Como el propio Alfredón decía:
- Yo prestéme por lo que diba a venir. Si non vien, yo tampoco voy. Y non ye que no me preste; pero les coses como son.
Mi abuelo Gaspar también era del Tejedal, y cuando se casó marchó a vivir a Villarcazo. No se llevaba muy bien con el cura - un gallego que vino antes de Don Félix - quien solía parar en su casa a tomar café de recuelo, pero si veía o presentía que Gasparón - así le decía- se aproximaba, cogía el portante y esnalaba.
El cura tenía la mala costumbre de meter su caballo a pastar en una de las fincas de Gaspar, y cuando éste se quejaba, aquél respondía displicente y burlón:
- Mi caballo come hierbas de Dios; no, pesetas.
Gaspar iba cargándose de cólera y de razón, y un día en que encontró al clérigo y al caballo saliendo de la finca, cogió una civiella y dio en golpear las espaldas del primero. Éste no le denunció, pero jamás volvió a tomar el café en su casa ni a meter el caballo en su predio.
El hecho le valió a Gaspar una trova que se cantaba en todas las fiestas:
“El cura de Pandavenes
sonaba en casa muy gafu
porque’i anduvo col llombu
Gaspar el de Villarcazu”.
Mi abuelo era pequeño, pero lo que Alfredón tenía de grande lo tenía Gaspar de airado y astuto. Siendo rapazos, aquél le había golpeado por no se cuál razón, si es que la hubo. Años más tarde, estando los dos jugando a las cartas en casa del Tío José, le dijo Gaspar:
- ¿Alcuérdiste del día en que me zurrasti? Non creo que hoy pudieses facelo.
- Yo creo que sí - respondió Alfredón sin dejar de mirar las cartas.
- ¿Y por qué no lo intentes, babayu?.
Alfredón hizo un amago de golpear a la vez que se alzaba de la mesa. Esto último le salvó la vida. Porque Gaspar sacó un pistolón del cinto y le descerrajó un tiro en plena cara. La bala entró por un lado del cuello y salió limpiamente por detrás. Entre el trueno, la herida y el susto, Alfredón abrió los brazos y se abatió con el ruido de un árbol desgajado, llevando tras de sí sillas, mesa y parroquianos. Gaspar tornó el cañón al cinto, contempló el desmonte, y desde lo alto de su metro y medio de victoria sentenció desganado:
- Paecíame a mí que non podía repetilo.
Al día siguiente subió la guardia civil y encontraron a Gaspar segando en la ería.
- ¿Sabe ud. dónde vive Gaspar Mateo?.
- Ciertamente - dijo poniendo la guadaña a un lado y arrimando la mecha del chisquero para encender la parva del cigarro - N’aquella casa d’allá enrriba. Si quieren hablar con él, vilu ahora mismo tirar pa la Llosa.
Siguieron los guardias y Gaspar, que entonces llevaba vacas en comuña de los Argüelles - un familia muy influyente de Infiesto - se fue para allá a buscar protección. Y la encontró. Alfredón sólo había resultado herido y el asunto, mal que bien, se arregló sin la intervención del juez. Nunca se supo lo que habría ocurrido después, cuando Alfredón se hubiese recuperado, porque a los pocos meses estalló la guerra civil y una querella torrencial los arrastró a todos.
Mi abuelo fue reclutado por la República para cavar trincheras en el alto de Las Cruces de Oviedo. Cuando el frente cayó, huyó al monte con Ramón el de Los Llanos y se entregó meses después.
Sus amistades consiguieron que fuese puesto en libertad, aunque no sin pagar una ristra de multas por ciertas frases dichas años atrás, que le valieron reputación de republicano y una ficha en los archivos de Falange.
Más tarde, los del monte quisieron matarle por resistirse a un intento de robo. Dejaron avisos por los pueblos vecinos de que estaba sentenciado y su familia le forzó a exiliarse temporalmente en Sevares. No aguantó mucho. Un año después compró una escopeta, regresó al valle y construyó una casa a orillas del Tendi. Cuando le conocí, jamás quería hablar del pasado. Era un hombre prudente y callado que sólo se dedicaba a sus cosas.
Alfredón marchó a la guerra en su alto caballo y pasaron los años, y mucho tiempo después la viuda le vio regresar una tarde a lo lejos y a pie. Reconoció su figura, su vieja manta de lana, su rojo pelo revuelto y el modo en que sus brazos colgaban. Sólo eso. Antes de que se hablasen, ella vio en la distancia su mirada cruzar errática por el aire.
- Esti non ye’l mismu home que se foi fai tres años.
Alfredón aún vivió otros diez. No volvió a trabajar. Pasaba los inviernos en el manicomio de Cangas, y el resto del año sentado en su casa, bajo el corredor enramado, mudo y solitario, con una sonrisa indefensa. Yo le conocí. Cuando subíamos a mesar las parras del Tejedal, o a llevar el ganado de comuña hasta las campas de Ogavia , Gaspar se detenía para liarle un cigarro de cuarterón que él cogía con gesto evasivo. Luego, un día, contaron que había muerto en el loquero.
Durante muchos años mi abuelo no quiso volver a hablar de él. Pero la última vez que fui a visitarlo, en el asilo de Pola de Siero, le pregunté si sabía algo de la gente del pueblo y respondió con los ojos cerrados.
- Hace más de medio siglo, allá en El Tejedal, había un hombre, grande y fuerte como una roca, llamado Alfredón.

24 03 2008
Gaspar Tendi (19:29:42) :

Cuentas pendientes

No era aquello lo que había pensado. Mi idea era marcharme a París. ¿A qué? A nada. Sólo quería irme. Y París tiene la ventaja de ser un sitio por el que nadie te pregunta qué motivos tienes para ir allá. Lo mismo podría haberme ido al sur o a Las Hurdes. Pero explicar qué iba a hacer en esos sitios era más difícil.
Los últimos meses de servicio militar son muy proclives a este tipo de planes. Quitando a los que quieren trabajar, volver con la novia o labrarse un futuro, el resto, o sea, cuatro o cinco, sólo pensábamos en poner tierra por medio.
Tenía novia, pero no trabajo. Y el futuro me inquietaba tanto como la vida, es decir, de un modo general. Demasiado general para el gusto de mi padre, sargento de la Guardia Civil retirado.
También tenía planes más concretos aunque igual de peregrinos: comprar una moto de segunda mano e irme a dar vueltas por cualquier sitio.
Mi novia era demasiado reciente y aún no opinaba, pero mi padre sí, y conocedor, bien que vagamente y por terceras personas, de la clase de cosas que rondaban mi cabeza, estuvo al quite. La víspera de mi licencia se presentó en el cuartel. Era la primera vez que venía a verme y supe enseguida que no para nada bueno.
- Te he conseguido empleo en una fábrica del Polígono de Macalsa. Si lo rechazas no vuelvas por casa. Búscate la vida.
En eso estaba; en buscármela. O algo parecido, porque con sesenta mil pesetas ahorradas, más que vida parecía un lío.
No encontré con quien estimar la propuesta. Mi novia, mostrando su patita blanca, aunque sin pelos, y entornando los ojos, dijo que decidiese yo. Obviamente, no fui yo quien decidió
El domingo por la mañana me fui del cuartel con la blanca, y a las siete de la tarde mi padre me llevó hasta El Ovetense, donde se había citado con un viejo amigo.
Le conocía. Se llamaba Luis y había trabajado como profesor en la Academia Prima. Ahora, al parecer, se dedicaba a otras cosas, aunque nunca supe a cuáles exactamente. Un tipo sardónico, pagado de sí mismo y antiguo apaleador alumnos – como era costumbre en la época –. Parecía pretender que le estuviera agradecido por la oportunidad que me ofrecía.
Yo opinaba que me estaba haciendo una putada, y pese a ocultar mis pensamientos, la expresión de mi cara debía tener algo acorde con ellos.
Y algo debió olerse; en cuanto mi padre marchó, comenzó a tratarme como a un sospechoso.
- En los trabajos hay que ser serio.
Sin duda. Nada más serio que trabajar. Se te quitan las ganas de bromas.
Al día siguiente quemé mis naves. Le di a mi novia el dinero que tenía ahorrado para que lo guardase – es triste no confiar en uno mismo – y Luis me llevó en su coche hasta Industrias Korsa, en el Polígono de Macalsa.
El sitio me gustó. Una enorme llanura con dos calles muy anchas e interminables, sobre las que se alineaban docenas de empresas de todas clases, y hasta alguna pequeña fábrica como la nuestra.
Industrias Korsa transformaba agar agar, un alga popularmente conocida como ocle, en una especie de harina seca, dispuesta para ser utilizada en farmacia, cosmética y alimentación. Tenía dos espacios bien diferenciados. Un edificio pequeño en el frente, con los despachos y el laboratorio, y un par de naves grandes detrás, en las que se ubicaban los depósitos, los hornos y la maquinaria necesaria para el tratamiento y secado de las algas.
La plantilla no era numerosa; veintitrés obreros, un encargado de almacén y una auxiliar administrativa. Y el jefe, por supuesto, que ese día no estaba. Supongo que habría algún otro cargo intermedio, pero no permanecí el tiempo suficiente para conocerlo.
Como tampoco llegué a saber nunca qué pintaba Luis en aquel negocio. Aparentemente, nada; amigo del jefe. Pero metía la nariz demasiado para ser sólo eso, como tuve ocasión de averiguar a mi costa.
Al lado de la oficina, un cuarto amplio con dos mesas enfrentadas a cierta distancia, había un laboratorio con diferentes aparatos que no vi jamás utilizar a nadie, ni supe que nadie se ocupase de ellos o entendiese siquiera su funcionamiento. Al fondo se encontraba la oficina del jefe. Un despacho amplio pero con pocos adornos personales.
- Serás el contable. La chica es auxiliar administrativa.
Contable es una hermosa palabra. Suena a dinero y responsabilidad. O por lo menos suena mejor que auxiliar. No es que me lo creyese del todo. Yo era ingenuo pero no tonto, o viceversa, y eso de que alguien te brinde trabajo de contable sin preguntar si has visto alguna vez en tu vida un libro de cuentas, me extrañaba. Aunque no dije nada. Ya había aprendido en el ejército que a los jefes no les gustan las preguntas.
Fue Luis quien, tras presentarme a la chica y al encargado, se ocupó de indicarme mis obligaciones. Básicamente, sólo tenía que anotar facturas y albaranes en diferentes libros. Recibía a las personas que traían algún paquete, asentaba la entrada y preparaba los albaranes para que más tarde el jefe los firmase. Debía ser muy escrupuloso. Lo demás eran tareas mecánicas, o sea, con máquina de escribir, típicas de cualquier oficina.
Nada del otro mundo. De hecho, el primer y casi único problema que se me planteó fue cómo llegar al trabajo. Los autobuses no entraban al interior del polígono. Te dejaban en la carretera general, a más de un kilómetro de distancia.
Los primeros días fue el encargado quien me traía y llevaba en coche. A mí y a la chica. Por cierto, se llamaba Victoria y era una rubia treintañera, con buen tipo y mal carácter.
Enseguida supe que no iba a poder hacer nada sin su ayuda. Jamás había entrado en una oficina. Albarán me sonaba a ave marina, y el debe y haber a libro con pastas muy duras. Esos eran todos mis conocimientos al respecto. Adopté pues el papel de aprendiz y le di tácitamente el nombramiento de jefa de sección.
Me trataba bien, aunque con suspicacia. Como no conocía los ambientes laborales de esa clase, supuse que debía ser normal. Respondía a mis consultas con amabilidad, pero en cuanto pasaban diez minutos sin que yo preguntase nada, inquiría acerca de lo que estaba haciendo.
Por aquel entonces yo no era un tipo dicharachero. Hablaba poco y escuchaba menos. Una vez obtenida la información precisa me sumergía en mis propios pensamientos. Tampoco soportaba bien la retórica al uso, que al parecer mantiene abiertos los canales de comunicación. Soy de esa clase de personas a quienes irrita que le digan las cosas dos veces. Con una tengo suficiente. Y si no basta, es que no me apetece hacer lo que me piden. Lo demás son ganas de dar la tabarra.
- ¿Qué estas haciendo ahora?
- Asentar facturas.
- Luego tienes que hacer inventario. Pero no hoy.
Todo iba bien, aparentemente. Ella me contaba alguna que otra cosa acerca de su marido y de su hija, y yo respondía telegráfica pero puntualmente a todo lo que la inquietaba.
- ¿Tienes novia? ¿En qué has trabajado antes? ¿De qué conoces a Luis?
Mi primera desazón la provocó el jefe. Apareció al tercer día. Un joven poco mayor que yo, pulido y rojo a causa del sol y la nieve – estábamos en febrero -, y desprendiendo un fuerte olor a crema de nivea.
También seco, circunspecto, afectado y distante. Su padre acababa de morir y él, según me contaron, apenas si llevaba tres meses haciéndose cargo de la empresa.
- ¿Se pone ud. al tanto?
- Creo que sí.
No le gustó el creo, me parece. Me midió al soslayo. No solía
mirar de frente; fijaba la vista en los papeles o en la nada de la pared de enfrente. El primer día le puse las facturas a un lado de la mesa y aguardé a que las firmase. Permaneció inmóvil y silencioso durante largos y embarazosos segundos, e hizo un gesto extraño con la mano. Por una especie de intuición milagrosa, comprendí que quería que se los pusiese justamente delante y que fuese recogiendo los que iba rubricando. Fingía mirarlos brevemente y firmaba tras hacer alguna pregunta inútil y oficiosa.
- ¿Ha comprobado el paquete?
Esa era una de las cosas en que Luis más me había insistido.
- No te fíes de nadie y no des nada por hecho.
La expresión del jefe cuando llegaba a media mañana era de fastidio. Por lo visto no le gustaba nada firmar y cobrar.
También yo estaba fastidiado. Si me hubiera gustado poner cara de simpatía a un gilipollas, habría quedado en el ejército. Me lo propusieron. En el año y medio que permanecí en filas había ascendido a sargento y, poco antes de la licencia, el coronel me convocó con la excusa de despedirse.
- ¿No le gustaría continuar en el ejército?
¿Cómo decírselo? Respetuosamente, por supuesto.
- Con dieciocho meses de mili tengo suficiente, mi Coronel.
Me expulsó en el acto. Le comprendí; me entendió perfectamente. Y no me había llamado para charlar.
La segunda desazón me la dio el encargado. Luis me dijo una mañana – solía aparecer por allí de cuando en cuando – que cogiese la furgoneta de la empresa y fuese al Banco de Bilbao, en la Plaza Porlier, a realizar un pago.
- Las llaves se las pides al encargado.
Pero el encargado comenzó a poner objeciones. Eso me impacientó. Podía admitir que no me dejase la furgoneta. Lo que no entendía es que diese tantas vueltas para decir sí o no.
- La furgoneta no está para esas cosas. La última vez que la cogió alguien, estropeó la caja de cambios.
- Pues no debí ser yo, porque estaba en la mili.
No le gustó y siguió con su bla bla.
- Bueno, pues voy en autobús.
- No es eso. Pero…
Aún no conocía la psicología de los jefes. Procuran siempre que te sientas culpable por trabajar. Como si estuvieran haciéndote un favor consintiéndolo.
La tercera inquietud me la provocó Luis. Un día apareció a la hora de comer y me llevó en su coche hasta casa. En realidad me dejó a la entrada de Oviedo, porque según él yo vivía lejos de donde debía y ya se sabe que los coches se cansan.
- ¿Qué llevas ahí?
Era obvio. Así que aguardé a ver qué era lo que le inquietaba en un objeto tan peligroso.
- ¿Para qué quieres un libro?
Pensé en qué se podía hacer con un libro y me mordí la lengua.
- Para tener algo que leer si me quedo a comer por aquí.
No lo creyó y no le gustó. Ya se sabe que la gente que lee libros sufre ataques de descontrol y es capaz de ponerse a hojearlos en cualquier sitio y delante de menores.
- Al trabajo no se traen libros.
Le hice caso. Aunque no gozase de mis simpatías, Luis no tenía la culpa de que a mí no me gustase aquel trabajo. Tras tantos meses de mili, consideraba que tenía derecho a un descanso y a pensar con calma qué hacer con mi vida. Pero mi padre opinaba que justamente eso era la mili: un tiempo de tregua; y que ya era hora de que me pusiese a trabajar de verdad.
Quien te da de comer tiene razón. Me encontraba en un callejón sin salida y andaba bastante cabreado. Estaba atrapado y no podía culpar a nadie salvo a mí mismo por ello.
Quién lo habría pensado. Fue Victoria, con su mala uva, quien vino a sacarme del atolladero. Una tarde, Luis se acercó a recogerme a la salida, y con cierto aire de misterio me dijo que al día siguiente hiciese una lista de todos los empleados de la fábrica. No sabía para qué la quería ni me importaba. Casi le agradecí la petición. Ahora, aunque fuese una nimiedad, me debía un favor. Supongo que me sentía algo culpable por concebir tanta animosidad hacia alguien que, al fin y a la postre, me había hecho el favor objetivo de proporcionarme un empleo.
No pasó inadvertida mi tarea a los atentos ojos de Victoria. Sin necesidad de acercarse a mi mesa, supo que andaba en algo que ella no controlaba.
- ¿Por qué haces eso?
- Me lo pidió Luis.
- ¿Para qué?
- No lo sé.
No se lo pensó ni un instante.
- No lo hagas.
- ¿Por qué?
- Porque no.
Lo bueno de la gente que habla claro es que no precisa muchas palabras para hacerse entender. Ni siquiera necesité responderle. Y seguí haciendo la lista.
- Como la hagas te la rompo.
Cada cual continuó con lo suyo y al cabo de un rato se levantó, vino hasta mi mesa, se inclinó y echó un vistazo. Agarró con fuerza el papel y tiró. Los engranajes del rodillo gimieron doloridos.
- Te dije que lo rompería.
Y lo hizo. Allí mismo lo rompió lentamente en pedazos pequeñitos. Después se fue hasta su sitio, se sentó, levantó la barbilla y me contempló.
Yo también la miraba, pero veía más allá. Veía un horizonte abierto gracias a ella. Se me ocurrió enseguida, como si hubiese estado esperando eso desde el momento en que vi que no le gustaba la lista.
Supongo que notó algo raro en mi cara. Algo que no coincidía con lo que esperaba.
- ¿Estás enfadado?
- No exactamente.
- Te lo había dicho.
Qué manía. Algunos parecen suponer que cuando una guerra se declara formalmente el agredido no puede quejarse. Aunque, pensándolo bien, no dejaba de tener razón. Algunas cosas son cuestión de fuerza. Lo que tal vez ignoraba es que la guerra sólo había comenzado y que yo ya tenía un mate para su jaque.
Me pasé el resto de la mañana silbando, para irritación de Victoria que no sabía cómo interpretarlo.
- Tú eres un poco raro.
- A ratos, como todo el mundo.
Esa mañana, el jefe no apareció. Cuando llegué por la tarde, vi que andaba por los talleres y fui hasta allí.
- He venido a decirle que me marcho. Dejo el empleo.
- ¿Cómo dice?
- No estoy a gusto.
Le expliqué el asunto fríamente y fríamente me respondió.
- Ese no es un motivo. Haga otra y no deje que se la rompa.
Tenía razón, pero no iba a permitir que me quitaran el único hueso que poseía.
- No me gusta trabajar en un sitio en el que se hacen esas cosas.
Esta iba directa y lo acusó.
- Si no sabe defenderse…
- Yo vengo a trabajar, no a pelearme con nadie.
Supongo que el yo le dio mala espina y se mostró displicente.
- Ya hablaremos a final de mes.
Debíamos estar a diez u once. Así que me puse terco.
- Estaré una semana más para que busque a otro.
Se engalló.
- Un trabajo no se puede dejar así como así. Hay unos plazos.
Saqué mis plumas.
- Ah, entonces me iré mañana.
Me miró directamente a los ojos, por primera vez desde que estaba allí, y lo que vio no debió gustarle. Se fue sin decir nada más ni despedirse.
A la media hora todo el mundo parecía saber la noticia. El encargado entró y susurró algo al oído de Victoria.
- ¿Por qué has hecho eso? – me dijo en cuanto nos quedamos solos.
- Por lo mismo por lo que tú rompiste la lista.
No volví a ver a ninguno de los que estaban en la fábrica. Ni a Luis. Alguien se encargó de decirme que estaba muy resentido.
Tuve que irme de casa; mi padre no se tragaba lo de mi dignidad ofendida. No le constaba que tuviese eso. Volví a los cinco meses, una vez que encontré algo con lo que encubrir mi ociosidad: instalador de extintores.
La verdad es que me consideraba algo culpable por haber dejado a Victoria en mal lugar. Es cierto que ella se lo había buscado, pero conforme pasaba el tiempo, me sentía menos orgulloso de mi astucia y más sensible a sus repercusiones.
Un día, comiendo en familia, me interesé por la fábrica, como un modo de dar a entender que consideraba el asunto zanjado.
- La chica se fue del trabajo o la han echado. Y el encargado ya no está de encargado.
Me sorprendió. Y empecé a pensar que en aquella historia el más inocente había sido yo. Recordé que, pese a ser perito mercantil, Luis me había dado clases de latín y, aunque yo no, él seguramente algo había aprendido haciéndolo.

9 04 2008
Gaspar Tendi (22:25:25) :

Gaspar Tendi
CUENTAS AL MARGEN

Le encontré en la plaza del Ayuntamiento con el aire de quien no sabe qué dirección tomar. Aunque no estaba parado, sino girando alrededor de un punto invisible como si al cambiar su trayectoria, la inercia le hiciese patinar sobre el brillante enlosado. Su saludo fue impreciso: levantó un brazo sin volverse del todo, temiendo tal vez que yo continuase mi camino dejándole en posición desairada. Tampoco completó el movimiento. Lo dejó a media altura hasta que vio que le ofrecía resueltamente la mano.
Su aspecto era el de siempre: el mismo jersey rojo con los gastados pantalones de tergal, el mismo hueco en la parte frontal de la dentadura, la extremada delgadez y su habitual aire esquinado. Enseguida preguntó si le convidaba a un café. Me asocia con alguien de quien no resulta difícil obtener una invitación. También, como de costumbre, recordó que me debía dinero.
- Coño, te debo diez mil pesetas - dijo en un susurro, como si me hiciera una confidencia - Tengo que dártelas algún día.
Son bastante más de diez, pero teniendo en cuenta que no aceptaría su devolución - salvo que notase que eso le hacía algún bien a su orgullo, lo que no parece ser el caso, ya que no a su bolsillo - no tomo a mal que mi deuda vaya adelgazándose en su frágil memoria.
Tal vez sea ese el modo en que su estima se mantiene. Sabe que soy un complaciente acreedor y así lo hace constar cada vez que nos vemos; aprovechando además la ocasión para ir amortizando virtualmente el montante. Y como yo consiento en su particular contabilidad, supongo que él mismo terminará por dudar y por acabar creyendo que las cuentas son tal y como las presenta. A veces, incluso se permite ciertos adornos que en otro cualquiera sonarían a sarcasmo.
- Diez mil más la parte correspondiente a los intereses, que según está la inflación hace un total de…
Le dejó hablar mientras calculo mentalmente que, teniendo en cuenta sus técnicas de descuento, la próxima vez que me encuentre con él habrá liquidado su deuda sin desembolso alguno.

- Es que todavía no he cobrado. Ya sabes que la pensión de beneficencia llega un poco tarde; no se cobra hasta primeros de mes. No pude acogerme a una pensión de la seguridad social porque aunque trabajé siete años, jamás coticé. Cuando andaba con aquella furgoneta repartiendo repostería. Así que me dan las veinticinco mil de beneficencia más las diez mil que le he logrado sacar a la seguridad por esos siete años. ¿Te importa que pida algún pincho? Así ya no necesito cenar, porque hoy he merendado en casa de mi madre. Vive en La Monxina, cerca de donde me encontraste aquel día, ¿te acuerdas? A mi hermano le tocaron dos millones en la lotería, pero sólo me da dos mil pesetas al mes. ¿Qué te parece? Y a mi madre sólo le entregó doscientas mil. Lo demás se lo guardó él. A lo mejor le conoces. Es uno al que le falta una pierna. Suele andar pidiendo junto al Marchica o a la puerta de la Iglesia que está enfrente. Se la llevó un coche. Estaba borracho. Iba andando, pero estaba borracho. Yo ceno en Casa Benino, en Vallobin. ¿No lo conoces? ¿Cuánto crees que me cobran por una sopa y un arroz con gambas, más el postre y el vino? Quinientas. Y si es un huevo con patatas y todo lo demás, trescientas. Barato, ¿verdad? Suelo desayunar aquí. Ya me conocen. Ese, el encargado, se llama Julio. Muy buen chaval. Me dejan leer los periódicos. Tienen La Nueva España, La Voz y Diario 16. ¿Te lo pido? No, claro; ya supongo que tú los compras. También voy a la Cocina Económica. Es más barato, pero la comida alimenta menos. Sigo en la misma pensión. Llevo dos años. Desde que marché de aquella de la parte vieja. Está ahí detrás, en la plaza del Paraguas. Pago quinientas al día, con lavado de ropa. Aunque tengo que dormir en una habitación con otros dos. Mira, ahí va Manolín el gitano. Está loco. Ese se lesiona para pedir. ¿No me encuentras mejor? Ya no estoy tan delgado. ¿Te acuerdas de cuando estaba tan mal? No paraba de adelgazar y se me caían los dientes. Todo el día temblaba. Los médicos no sabían qué tenía. Llegué a pensar que era sida. Luego resultó que debía ser cosa de los nervios. Me pasa algo. Aunque a veces estoy bien durante meses. Tomo tres pastillas diarias. Quisieron ponerme corrientes, pero no me dejé. Ahora he bajado un poco la dosis. Mira, fíjate qué guapa está aquella de la esquina. Un día tienes que venir a comer a Casa Benino. Ya verás qué bien se come. Y barato. ¿Puedo pedir otro pincho? Así ya no ceno. Menos mal que te encontré. Fíjate, me quedaban setenta pesetas. Sólo pensaba tomar un café. Es que hoy fui a la lavandería. Benino me fía cuando no tengo dinero. ¿Sabes que a Gitano Jimenez le han metido catorce años por tráfico de drogas? Mira que dar droga a los jóvenes. Yo no puedo tomar nada de eso porque me vuelve loco. Ahí viene la policía… Claro que les tengo miedo. Son igual que los delincuentes. No, a mi nunca me ha pasado nada. Por las tardes paro en la parte alta. En San Remo y otros sitios. Sigo vendiendo jabones y pañuelos de papel por las casas. Los compro en Simago a sesenta y los vendo a ochenta o a cien. Algunas personas me dan cien, aunque pida ochenta. Si no, no podría llegar a fin de mes. Cada vez está más difícil; ya nadie quiere abrirte la puerta. Tengo carné de conducir, pero no puedo comprar una furgoneta porque entonces me quitarían la pensión. Claro que tampoco tengo dinero para comprarla. Esa es la verdad. ¿Has visto lo guapas que están las mujeres? Mi patrona no me deja ducharme más que una vez por semana. Porque se gasta mucho gas, dice. Pero puedo ver la tele cuanto quiera. Conozco a una chica… Y tiene una hermana. Tienes que venir un día conmigo. Es una lástima que hoy no anden por aquí. Porque traigo mi mejor ropa. La hermana está muy bien. Tiene veintiséis años. Tú le vas a gustar, porque eres un tío con suerte. ¿No me encuentras mejor que antes?
Bastante mejor. Sobre todo recordando el día en que le vi llorando, a las ocho de la mañana, por la carretera de un barrio de las afueras, con su bolsita de jabones y su boca sin dientes. Y entonces me alegro de encontrarle como hoy: tranquilo, sablista, pensando en comida y haciéndome notar en cada esquina que ya es verano y que las mujeres pasan leves, distantes y hermosas, atravesando un tiempo que jamás ha existido, pero del que siempre guardaremos grata memoria.
- ¿Puedes prestarme mil pesetas?
Le doy dos, a pesar de sus débiles protestas, le deseo buena suerte y le despido en una esquina. Y mientras me alejo aún tengo tiempo de oír su voz reconstruyendo una feliz contabilidad.
- ¡Ahora te debo cinco mil!
Porque, al fin y al cabo, aunque le conozco desde hace más de veinte años - desde que compartimos pensión cuando los dos acabábamos de llegar a la ciudad buscando el rostro de la suerte y del futuro - de repente me doy cuenta que yo también he ido olvidando algo con los años: su nombre.

16 04 2008
gaspar tendi (08:47:23) :

Licor de pisaúreo

Sólo nos pidieron cuatro perronas y yo y todos los demás teníamos mucha curiosidad porque las casas de piedra están ahí desde siempre y uno sabe para qué sirven son cosas de la gente mayor que conocen lo que es todo aunque no lo digan y cuando hablan cuentan que si alguien dijo a otro no se sabe bien qué cosa y éste se enfadó o que tienen que ir a algún sitio a por algo y después resulta que son papeles que sólo ponen números sobre el agua de los grifos y la luz de las bombillas y cosas por el estilo.
pero aquello lo habían hecho Paco el Trolas y Toni Ponzoña que son mayores que nosotros y por algo sería porque ellos siempre andan metidos en cosas interesantes aunque nunca nos dejan enterarnos de lo que es y nos dicen que nos demos un clareo y nos echan a pedradas
la cabaña era de cartones gruesos con chapas de hojalata clavadas a unos postes y con ramas de saúco por encima estaba muy bien hecha y era más grande que las que nosotros solemos hacer además habían puesto una tela negra tapando la entrada y cuando salían o entraban se veían más cortinas amarillas y unos frascos de cristal llenos de líquidos de colores todo muy extraño que no podíamos ver más porque Toni que tiene muy mala leche siempre se había colocado delante de la puerta con una tocha de plátano aunque se veía que no era como otras veces y no quería que nos fuésemos lo que ya era bastante raro por eso cuando nos dijeron que teníamos que pagar cuatro perronas para ver la función de magia salimos todos disparados cada uno a su casa
y yo dije que eran para comprar banzones de barro que le debía a Juan el Clisos porque que si digo la verdad tenía que explicar qué clase de función era esa y quién la hacía y en dónde y así porque cuando te preguntan para qué quieres el dinero tú vas y cuentas la cosa con todos los detalles pensando que cuanto más lo expliques más claro quedará que lo necesitas y luego resulta que es al revés porque tienen más para discutir y pierdes el tiempo no sacas nada y te marchas enfadado porque al contar el asunto te emocionas más con él
y es que les cabrea que a uno le gusten ciertas cosas porque te hacen preguntas que se ve que no son preguntas ni nada como para qué quieres tú eso menuda tontería tirar el dinero así y te dan ganas de gritar mierda pero no puedes porque la cagas más y no sacas nada como no sean pescozones o zapatillazos de modo que tienes que aguantar y pasar por un idiota al que le gustan bobadas como si uno fuese tonto y no supiese que cuando algo te gusta es que la cosa está muy bien
de manera que insistí durante quince minutos en la deuda de los banzones y lo hice bien porque mi madre dijo que estaba harta de oírme que no soportaba más y que esperaba que aprendiese que cuando no se tiene dinero no hay que jugar y que hay que saber parar cuando se va perdiendo y siguió así porque dice que va a educarme aunque para ello tenga que estar hablando hasta el día del juicio pero que no necesitará tanto porque antes me romperá en el culo el palo de la escoba de modo que cuando empezó con el sermón yo ya sabía que me iba a dar las perronas porque cuando te dan algo siempre quieren que aprendas algo que ellos tienen entre cejas aprovechando que debes quedarte escuchando para cobrar al final aunque a mí me parece y no piensen mal porque mi madre es muy lista para todo que no entiende muy bien lo que es ir perdiendo a los banzones o a la taba y saber que puedes superarlo y ganar una rana de piedra o una bola de cristal
así que la cosa marchó bien y salí corriendo sin parar que cuando llegué tenía flato y todos estaban dentro sentados sobre unos cartones al fondo de la cabaña y por un momento tuve miedo de que no me dejasen entrar a pesar de llevar las cuatro perronas pero entré y me senté también en el suelo allí donde me dijeron y todos estábamos muy contentos no sé por qué y la hermana de Toni y otra amiga suya que siempre lleva las faldas muy sucias se reían como locas y de repente apareció un amigo de Paco envuelto en una sábana cantando la música del nodo y luego entró Toni con un turbante en la cabeza y una tela violeta enrollada al cuerpo mientras se oía un ruido de tambores muy fuerte como si golpeasen latas y bidones sin parar y cuando estaba anunciando el espectáculo que eso sería porque hablaba de una manera que no se entendía apareció Paco y se volvieron a oír los tambores y venía igual con turbante pero con una capa de cuadros rojos y azules que parecía un mantel de hule que seguro que era eso así que nos pusimos a reír y luego a aplaudir y estábamos muy contentos y con un poco de vergüenza porque nunca habíamos aplaudido a nadie nosotros solos y Paco se puso delante de Toni y no le dejaba hablar y dijo que lo que iba a hacer era un experimento único que varios fakires se habían vuelto locos intentando realizarlo y tenían las piernas desnudas debajo de las telas que eran cortas por eso mirábamos si llevaban calzoncillos o si se les veía algo pero estaban muy bien tapados y Paco que no parecía él con aquel turbante y la cara pintada de blanco que sería harina o eso parecía hablaba con una voz cavernosa con palabras raras y se le escapaba la risa y nosotros nos reíamos también y Toni que estaba detrás trataba de levantarle el trapo con un palo como si quisiera que se viese algo y Paco hacía como que no daba cuenta y con esto nos reíamos aún más
luego fue cuando dijo que iba a hacer magia negra y a transformar agua en licor de oro el pisaúreo un licor que usaban los magos y fakires de la India y que lo haría con unos pases y conjuros para lo que necesitaba un ayudante y cogió a Mari la Ripia que siempre está pálida y se ríe mucho y pega unos chillidos espantosos en cuanto la tocas y le mandó cerrar los ojos comenzó a pasarle la mano por el cuerpo pero sin tocarla para arrancarle la energía oculta decía pero al final le tocó una teta que no la tenía porque no abultaba pero era donde tenía que estar si la tuviera y aquello nos puso a todos muy contentos y ella daba los chillidos que ya dije que daba siempre mezclados con los aplausos y con los tambores de lata entonces Paco echó agua en un vaso que se veía que era agua porque estaba muy clara lo puso en el suelo y abriendo la capa de hule lo tapó dándonos la espalda mientras Toni y los otros cantaban una letanía como de iglesia y cuando levantó el vaso el agua se había convertido no sé cómo en licor amarillo se puso a explicar las virtudes curativas del elixir y se lo ofreció a Jamín que estaba en primera fila porque siempre se pone delante en todos los jaleos y ya le han caído muchas y él bebió un sorbo pero enseguida lo escupió y fue entonces cuando la hermana de Toni y sus amigas que no paraban de reír comenzaron a gritar que había bebido meada mientras Paco decía que no que era licor de pisaúreo y se armó mucho follón porque todos queríamos salir y caímos contra una de las paredes de cartón que se rompió y ya todo el mundo chillaba y reía y reñía menos Jamín que estaba muy pálido y decía que quería vomitar y unos cuantos se lo llevaron cogido por los brazos a su casa que estaba muy cerca y algunos decían que se le iba a mezclar con la sangre y yo fui detrás para ver qué pasaba le dijeron a la madre que había bebido meada ella le pegó allí mismo y entonces sí que empezó a vomitar de verdad mientras chillaba que estaba muy enfermo
total que la madre fue y nosotros detrás y agarró a Paco que estaba recogiendo los frascos le enganchó por los pelos pero él se escapó de un tirón pero ella cogió uno de los palos del tambor y le dio dos veces antes que Paco se tirase de cabeza contra una de las paredes de cartón y saliese por el agujero
y luego se armó mucho follón porque no sé cómo aparecieron las madres de casi todos menos mal que yo vivía lejos de allí y la madre de Jamín dijo a otra que era una andaluza y se engancharon por el pelo pero salieron los hombres del bar Galicia las separaron y la tomaron a puntapiés con nosotros llamándonos sinvergüenzas y nos echaron a todos de allí y cuando fui y se lo conté a mi madre me riñó y me echó a buscar las cuatro perronas si no más me valdría no volver a casa y esta vez sí que mi padre se enteraría así que fui a buscar a Dani el Bolas que siempre está en la sala de billares jugando al futbolín y que me debe cosas de otras veces y se las pedí pero antes tuve que contárselo todo menos mal que cuando llegué a lo de la pelea me dio las perronas y salió disparado para allá con los que estaban allí escuchando que iban todos a ver si seguía el follón
y entonces fui y se las di a mi madre y le dije que yo nunca hubiese bebido el licor porque tengo ya siete años y me daba cuenta que estaba meando el vaso pero ella dijo que no me creía porque me conoce que yo era más tonto que un huevo sin cáscara y que no me iba a dejar marchar de delante de casa que menudo inocente y alma cándida era yo pero luego se reía porque le dan cosas así me acarició la cabeza y me devolvió las cuatro perronas para que me comprase algo así que me fui otra vez hasta el Triángulo a ver qué pasaba pero sin fiarme de nadie porque tengo ya siete años de modo que cuando vi que andaba por allí la banda del Negro que es un gitano pequeño pero con mucha fuerza y que cuando agarran a alguien que es enemigo le bajan los pantalones y le hacen la cura con ortigas escondí las cuatro perronas en el calcetín y me fui hacia el parque pegándole patadas a una lata haciéndome el distraído
y no sé por qué estaba muy contento porque habían pasado muchas cosas y porque de pronto me di cuenta de lo que quería decir pisaúreo y me senté en un banco feliz porque en esta vida si uno se fija en las palabras entonces nadie puede ya engañarte.

16 04 2008
NeFtis (18:35:11) :

I need YOu…
Supongo que era demasiado pedir….

Supongo que imaginé que todo seria tan perfecto…

Que no tendría ni que cuestionármelo siquiera.

A veces uno echa de menos cosas que no conoce, pero que sabe que existen, pues están grabadas a fuego en tu alma.

Hay días en los que te despiertas y nada es lo mismo.

Lo peor de todo es que el mundo no se parara a esperarte mientras arreglas tu pasado.

¿Prefieres lluvia en las calles a mojarte por dentro?

Una palabra cambia el día…un gesto cambia el significado…una mirada destroza ilusiones…pero una palabra no dicha…Mata…

¿Quieres correr ese riesgo?

16 04 2008
NeFtis (18:37:55) :

Bien, aquí llego yo, pondré cosas que tengo escritas….

Me hundo en una pesadilla de la que temo no despertar.
Sé que no es el momento mas adecuado para morir…
¿A quién vas a llenar de mentiras si no estoy yo?
No caeré mas en tus juegos perversos, aprendí que el sol quema si te expones demasiado, y me alejo de ti para no quemarme mas, prefiero la palidez fría de la luna, su suave resplandor que me ilumina el espíritu.
Acepté que no hay nadie como yo, tras fracaso y mas fracaso me aislé del mundo,.
No toleraré que vengas a recomponer mis esquemas, no quiero darte lastima.
No me importa lo que pienses.
Tu juego de mentiras esta basado en hechos reales.
Y ya mi mente no necesita alimentarse de tus desechos.
¿Crees que mi alma necesita de tu alma?
Dios, me reconcome oír que piensas que soy tan fría….
no tengo una tibieza propia de la humanidad…no te digo lindezas como otras te dicen. Tal vez fue por eso por lo que no creíste encontrar en mi tu ideal.
Yo no necesito de halagos, no necesito de cumplidos, si no son sinceros.
A veces creo…que no hay nada mas, que nadie responderá a mi llamada.
Y que nadie comprenderá mi desdicha.
Cuando pienso en ti y lo que dejé por ti.
Lloro lágrima de sangre mi amor!
Es una desdicha….una cruel tragedia, me has ganado en tu juego, pero aun no perdí la batalla y esta por ver nuestra guerra.
No soy tan débil como piensas.
Ni tan humana como parezco.
¿Te sorprendería descubrir en mi una diosa tallada en el mármol?

16 04 2008
NeFtis (18:38:55) :

lo ultimo:

Le vi, caía la noche silenciosamente.
Le vi.
Su silueta se recortaba en la noche fría.
Me miró, tenia los ojos negros,me sorprendió. Quise parpadear y mirar de nuevo su figura, y al abrir los ojos ya no estaba. La incertidumbre se cernió sobre mí, no podía ser, el anhelo de mi vida esfumado, el deseo incontrolable que me dominaba se tiró al suelo.
Giré para buscarlo desde todos los ángulos posibles.
No había nada, ni un rastro, ni el mas leve olor.
Me acerqué a una farola que iluminaba brevemente un espacio de calle.
Y lo sentí.
Detrás de mí, esa presencia de quien no quiere ser encontrado.
Me giré.
Cara a cara con la muerte, tan hermoso.
Como solo un ángel caído puede ser.
La palidez fría le daba un cierto aire triste, me estaba mirando, escrutando mi ser con su mirada, temí por mi vida.
El se rió.
Parpadee con miedo a que volviera a desaparecer, pero el no se movió de allí, parecía una estatua de mármol colocada a mi lado.
Temblaba sin control, el rodeo con sus manos mi cintura y se acercó a mi cara, a mi cuello, vi un destello letal en su boca y note un leve pinchazo en el cuello.
Suspiré.
Aquello que andaba buscando me exigía un tributo de sangre.
Y paró.
Sentí un suave cosquilleo cuando su sangre entro en contacto con la mía, curando mi herida.
Me desmayé…

30 04 2008
Chantal Müller (19:41:08) :

EL VIENTO Y TÚ SOIS LO MISMO

El viento y tú sois lo mismo: bocanada de frescor.
Se cuela,
Te cuelas,
Os coláis por los rincones más ignotos,
Por los pertrechos caminos que conducen a atardeceres
Donde nadie espera,
Donde todo parece en calma, pero no.

El viento y tú bebéis la luna,
Volvéis al cauce silencioso,
Os empapáis de la risa que cunde en las mañanas,
De la que emerge, sigilosa, del fondo de las venas.

El viento y tú sois lo mismo: cobertor de abrazos,
Arco-iris de diarios, de tormentas, de esperanzas…

El viento y tú, corazón de espiga,
Trigo limpio, pan, arcilla que alimenta,
Moldea,
Entristece,
Enmudece, estrella, dulcifica,
Crucifica, entrega, asfixia a besos…

El viento y tú,
El viento y tú sois lo mismo.

MIGAS DE PAN

Estábamos allí,
Sin velas,
Sin conciencia del aire, ni del tiempo.

Estábamos allí,
Asomados al vértice de la noche,
Alrededor de los astros,
-sobra decirlo-, alrededor de los imanes de los labios.

Giraba el mundo,
Giraba otro mundo ajeno al nuestro, fuera.

Oscureció,
Anocheció sin miedo,
Amaneció al tercer día…

Nada alrededor,
Ni velas, ni aire, ni tiempo,
Sólo la luz de la mañana
Y unas MIGAS DE PAN bajo la mesa.

REGÁLATE TIEMPO

Regálame las siete de la tarde:
Quiero, para mí, su luz amarillenta y desvaída,
Su luz de candil y libro antiguo.

A su amparo es amable la lectura:
Neruda, por ejemplo,
Ramón García Mateos, Julio Obeso,
Margarita Duras, Cortázar, José Luis Sanpedro…

Dame las siete de la tarde
Para contestar tu carta, tu llamada (sin agobio),
Las siete, para ver llegar la noche
Como si fuera un día que amaneciera en sepia,
Como si fuera a encontrarte en una playa de estrellas.

Déjame escaparme del cansancio,
De la música que no amo, de esos ruidos que matan la memoria…

Las siete, para esculpir en el aire la ternura,
Las siete, para oír la voz que me acompaña,
Mi voz, mi voz y yo,
Bajo la luz rizada de las siete de la tarde.

15 05 2008
hilary (00:54:46) :

ps estan muy buenos por que te ayudan a comprender cosas!!!!:)

18 05 2008
Gaspar Tendi (15:23:25) :

El caso de la madre naturaleza

Habíamos llegado con cierta excitación a la reunión que el Sr. George Bentley organizaba todos los meses en su residencia. La noticia de lo ocurrido en la turbera de Messer estaba en boca de todos, y la presencia de la señorita Marpley y del comisario Johns – invitados habituales – prometía una velada interesante.
El Sr. Bently era un reputado biólogo marino, a quien su gusto por la vida natural y apacible había relegado, en opinión de cuantos admiraban su dedicación y conocimiento, a una ocupación inferior a sus méritos. Él solía admitir estos y otros elogios con afable sonrisa.
- ¿Y qué pintaría un biólogo marino en Oxford, lejos del mar?
Esa noche el foco de nuestra atención se centraba en el comisario Johns - recién llegado de la vecina población de Saint Mary, justo al lado de turbera donde se había encontrado al niño -, quien se disculpó ante el anfitrión por sus zapatos embarrados.
Que aparezca el cadáver de un niño ya es suficiente motivo de inquietud en cualquier circunstancia, pero que además se diga que ese cuerpo, en perfecto estado de conservación y sin heridas aparentes, podría llevar semienterrado en la turba cerca de un año era algo más que sorprendente.
- Según el forense, las turberas son un lugar óptimo para evitar la corrupción de un cadáver. Como saben, en ellas se forma turba, y más tarde lignito, a partir de restos vegetales. Pues bien, casi todo el oxígeno se combina con parte del carbono formando anhídrido carbónico, que se desprende a la vez que el metano, creado a su vez por el hidrógeno y el carbono. Estos gases, asfixiantes aunque no tóxicos, hacen de las turberas un lugar peligroso, sobre todo a ras de tierra, al escasear el oxígeno y abundar los citados gases. Lo sorprendente es que la falta de oxígeno tiene la consecuencia añadida de provocar la ausencia de bacterias, necesarias para la descomposición de los cuerpos. Esto explica el fenómeno de la conservación.
- Pero no el de la presencia del niño – dijo Olga Bishop, la vecina más cercana del Sr. Bently, quien entró justo a tiempo de oír las frases finales del comisario. Habitualmente, la señora Bishop no necesitaba demasiados datos para dar su opinión, aunque nadie la solicitase. Y cuando no la tenía, incitaba a su querida amiga, la renuente señorita Marpley, a darla en su lugar.
- Ciertamente – admitió Johns -. Pero es muy pronto para poder afirmar algo con fundamento. No hay constancia de la desaparición de ningún niño por estos contornos desde hace muchos años. Por otro lado, el cadáver no presenta ningún signo de violencia.
- Tal vez – dijo Olga – el Sr. Bently pueda avanzar alguna hipótesis. Al fin y al cabo es un estudioso de la naturaleza. Y supongo que algo tendrá que decir sobre las turberas. ¿Nos está escuchando, George?
- Disculpen mi distracción – dijo el Sr. Bently con voz soñolienta entre el humo de su inevitable pipa -. No quiero parecer insensible, pero es poco lo que yo podría aportar al caso. Hay algo que requiere toda mi atención desde hace unos meses. Un pequeño misterio que no soy capaz de resolver.
- ¿Lo compara a la muerte de un niño?
- De algún modo, sí. Se trata de la aparición en las playas de Escocia de ciertos animales marinos muertos, sin que presenten ninguna señal de enfermedad o de heridas superficiales. La similitud es mucho más llamativa si tenemos en cuenta de se trata de crías de delfines mulares y de marsopas de tamaño medio.
La señora Bishop concedió que el asunto parecía también bastante interesante y animó al Sr. Bently a continuar.
- Comenzó hace un año, aproximadamente. Recibí cartas desde Escocia, de mi colega el Dr. Fourier, dándome todo tipo de explicaciones sobre el caso. Los animales fueron apareciendo varados en las playas, en diferentes días. Todos, aparentemente, habían muerto gozando de excelente salud.
- Les harían la autopsia.
- Los análisis mostraron que no padecían ninguna enfermedad y que se encontraban perfectamente sanos en el momento de la muerte.
- ¿Era la primera vez que ocurría esto?
- No, la noticia de cetáceos varados en las playas es algo relativamente frecuente en las costas. En todos lo lugares se cuentan anécdotas de algo así. Pero nunca en tal número y con tal periodicidad.
- Tal vez nadie se había interesado por ellos hasta ahora – apuntó el comisario Johns.
- Es posible. Hay otro lugar en el que se observó algo parecido. Fue hace dos años en las costas de Virginia, al otro lado del océano.
- ¿Qué tienen en común ambos sitios?
- Fue lo primero en que pensamos. En esas costas de Escocia hay plataformas petrolíferas; y en Virginia está la mayor base de la armada americana.
- ¿No es más fácil pensar en que han podido quedar atrapados en redes o sufrir embestidas por parte de lanchas rápidas o cualquier tipo de embarcación? – dijo la señora Bishop.
- Quedó descartado. En cualquiera de esos casos la piel presentaría rasguños o abrasiones.
- ¿Y ataques de depredadores, como orcas o tiburones?
- También se observarían heridas, e incluso grandes mordeduras.
- Aún quedan las enfermedades.
- Por supuesto. Pero no se observó ningún tipo de infección.
- ¿No hay modo de saber entonces la causa de la muerte?
- La causa, sí. Todos presentaban hemorragias localizadas bajo la gruesa capa de grasa. Y casi siempre en la parte media del cuerpo. Algo les había golpeado, de un modo brutal, pero sin deteriorar la parte externa. Las zonas dañadas tenían forma redondeada, como si hubiesen sido golpeados con un bate, pero de un tamaño más grande del habitual.
- ¿Qué tiene que ver esto con las plataformas petrolíferas?
- A casi todos les había estallado el hígado o los pulmones. Es decir, las cavidades.
- ¿Y cómo puede ocurrir esto?
- Mediante ondas acústicas. En las plataformas se realizan explosiones para localizar cavidades bajo el fondo del mar en el que se puedan hallar petróleo o gas.
- Sin embargo, también rechazaron esa posibilidad.
- Tuvimos que hacerlo. Si la causa fuesen las ondas de choque, estallarían todas las vísceras y no sólo unas pocas localizadas en el centro del cuerpo.
- ¡Qué intrigante! – dijo la Sra. Olga.
La señorita Marpley había abandonado su labor de punto y estaba contemplando las fotografías colgadas tras un escritorio junto al ventanal de vidrios emplomados.
Durante varios minutos quedamos ensimismados, repasando los datos que el Sr. Bentley nos acababa de ofrecer e intentando encontrar una nueva hipótesis. La Señorita Marpley había vuelto a sentarse y aparentemente se hallaba concentrada en su perpetua labor.
- ¿Qué opinas tu, querida? – dijo la Sra. Bisoph - ¿Puedes resolver el caso?
- Oh – contestó aquella sin levantar la vista -, temo que no. Pero sin duda es algo a lo que las autoridades dedicarán el mayor esfuerzo. Y no dudo que con éxito. La muerte de un niño es algo terrible. Me recuerda a James Purdock, vecino de la granja de Southorn, un individuo que una noche asesinó al niño que había tenido con la criada de…
- Querida – interrumpió la Sra. Bisoph -. Estábamos hablando de los delfines.
- Oh – replicó mansamente la señorita Marpley -. Eso no es ningún misterio.
- ¡Cómo! ¿Ya lo has resulto?
- Creo que sí. O al menos tengo una hipótesis bastante plausible.
- ¡Dios mío! ¿Por qué te callabas? Dínoslo ya. No soporto esta incertidumbre.
- Han sido los delfines.
- ¿Los asesinos?
- Sí. Son los propios delfines quienes matan a sus crías.
- ¿Cómo lo has sabido?
- Por la confluencia de diferentes factores. Aunque la prueba definitiva está aquí, en el salón.
Todos dimos un respingo. Conocíamos a la Sra. Marpley y estábamos acostumbrados a sus sorprendentes conclusiones, pero aquello era algo insólito.
- ¿No irá a decirnos que el Sr. Bently es cómplice del crimen?
- En absoluto. Me refiero a esas fotografías que cuelgan junto a la ventana.
Todos dirigimos automáticamente la mirada hacia el grupo de fotografías enmarcadas que representaban a manadas de delfines retozando sobre las olas.
- Pero si están jugando.
- Eso parece. En realidad están cometiendo un crimen. Los indicios que me llevaron a los delfines fueron dos: la forma redondeada de las lesiones internas y el hecho de que las marsopas muertas sean precisamente de un tamaño similar al de las crías de los delfines. Bueno, esto y el recuerdo del Sr. Purdock. O sea que en realidad fueron tres cosas.
- Comprendo – dijo el comisario -. La forma y el tamaño de los golpes coincide con el morro de los delfines adultos; y lo de las marsopas se explicaría como una especie de entrenamiento o de agresividad provocada por la similitud de la apariencia. Pero ¿qué es lo que revelan las fotografías?
- Es lo más maravilloso. Esas instantáneas están tomadas justo en el momento del crimen. Creo que es el único caso en el que alguien contempla un asesinato sin percatarse de lo que realmente está ocurriendo.
El comisario Johns descolgó una de las fotografías y la puso sobre la pequeña mesa. Todos nos inclinamos hacia delante.
- Vean cómo el cuerpo de las crías se retuerce en el aire y luego cae de lado sobre la superficie. La posición delata que no saltan por su propio impulso, sino que ha sido un golpe lo que las ha forzado a emerger así, paralelamente. He recordado que hace un año el Sr. Bently comentó que los delfines pueden estar jugando de este modo con sus crías durante diez o quince minutos, y observado que ellas parecen cansarse y fingir movimientos de huída. Sólo que no es un juego ni un fingimiento, sino un deliberado intento de matarlas.
- Debí caer en la cuenta – dijo el Sr. Bently -. No es un caso aislado en la naturaleza. También lo hacen los leones y muchísimas especies de insectos. Pero nunca pude suponer que unos animales tan amistosos e inteligentes como los delfines fuesen capaces de…
- Sí – dijo suavemente la señorita Marpley -, como los humanos.

20 08 2008
Eva (ex-alumna) (16:28:11) :

Lo prometido es deuda:

“(No) Sonreías al despertar…”

Las sabanas rasgadas y los sueños sobrevolando la estancia. Y sentir desp