RINCÓN CREADOR

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Esta sección ha crecido tanto que resulta casi imposible buscar un texto concreto y su lectura se hace difícil.  Para solucionar ese problema, hemos creado un nuevo blog. Se llama también “Rincón creador” y podéis seguir publicando en él todos vuestros escritos. Tiene la ventaja de contar con un índice de textos y de autores.

Estamos esperando vuestra visita:

http://blog.educastur.es/rinconcreador/

Los textos publicados hasta el momento como comentarios aparecen todos en el nuevo blog y en los índices correspondientes. De todas formas, los dejaremos también aquí durante un tiempo.

 

77 Comentarios a “RINCÓN CREADOR”

19 11 2007
frikris (23:51:44) :

El frío atrofia mis miembros conforme la noche se cierne sobre nosotros. Algunos duermen, yo miro. El viejo farol de la calle parpadea en un pulso acelerado de emociones al borde de la fragilidad. La soledad apaga poco a poco su fuego mientras los anónimos caminantes de última hora miran sin ver, quizás el propósito de su nocturno paseo sea el mismo, consumirse en el silencio riguroso del amanecer: mientras unos despiertan otros se despiden. Fracciones de luz se vislumbran en la lejanía, llega el momento, las nubes rosadas anuncian el final de la noche y ahora, pobres espejismos del pasado acuden a mi despedida, malditos recuerdos, bendita ignorancia…Acompañándome hasta el final, bueno no hasta el final. Demasiado tarde, el farol se apagó silenciosamente mientras que yo sigo aquí un día más, esperando a un nuevo amanecer.

29 11 2007
Gaspar Tendi (23:43:22) :

Teobaldo enamorado

Escena primera.

(Jardín. Teobaldo escribe sentado en un banco. Absorto, no se apercibe de la llegada de Valentín)
Valentín: No esperaba encontraros aquí.
Teobaldo (murmurando sin levantar la cabeza): yo tampoco, maldita sea.
Valentín: Al oír los juramentos, supuse que debía ser algún criado.
Teobaldo ( para sí mismo): Siervo soy, sin duda. Y del peor amo que encontrarse pueda. Uno que se alegra con el sufrimiento de su servidor.
Valentín: ¿Os tortura la musa? ¿Estáis escribiendo poesía?
Teobaldo: Me torturan el niño y sus dardos. La musa sólo se muestra esquiva.
Valentín: ¿Por eso juráis de tal modo? Había oído que la poesía puede ser un ama severa para quienes la aman, mas no creí que un hombre pudiese soportar tal trato sin rebelarse.
Teobaldo: Un esclavo ya no puede considerarse hombre.
Valentín: ¿Queréis que os ayude?
Teobaldo: Un moribundo no precisa ayuda.
Valentín: Leedme lo que tengáis ya escrito. Dejad, yo mismo lo haré. (Le arrebata el papel)
Al conoceros pude contemplar, caminando sobre sus pies,
las perfecciones a que un hombre puede aspirar;
al conoceros mejor, encontré la fuente
de la que todas ellas proceden.
¿A quién están dirigidas estas palabras?
Teobaldo: A un hombre. Maldito y afortunado.
Valentín: Me desconcertáis. Siempre supuse que gustabais de las mujeres.
Teobaldo: Las adoro. Sólo amo y odio a una sola.
Valentín: Renuncio a comprenderos.
Teobaldo: Preguntad a vuestra prima.
Valentín: ¿Rosalinda?
Teobaldo: El nombre la delata. Hiere a quien trata de cogerla.
Valentín: Habláis como un poeta; aunque no escribáis como tal.
Teobaldo: Manco y mudo, preferiría ser.
Valentín: Por ahora sois un enigma para mí. No sé si también para vos mismo. ¿Podríais contarme en amable prosa tal galimatías?
Teobaldo: Todo es claro como el agua y oscuro como el veneno. Amo a vuestra prima y ésta me ha encargado que le escriba una carta en verso para enviársela al hombre que venera.
Valentín: Sólo una mujer es capaz de tan cruel conducta. Pues conociendo a Rosalinda, no puedo creer que no haya advertido vuestra inclinación.
Teobaldo: Hacia el abismo, por eso me empuja.
Valentín: ¿Por qué no os negasteis a tal encargo?
Teobaldo: Porque desde que la conozco ya nada puedo negar ni afirmar, sino mirarla, oírla, admirarla… y sufrirla.
Valentín: No sé si desearos suerte, ya que conspiráis contra vuestro propio bienestar.
Teobaldo: Un esclavo sólo pone su pensamiento en satisfacer los deseos más inmediatos del amo.

Escena segunda.

(El mismo jardín. Teobaldo está sentado en el mismo banco sujetando su cabeza entre las manos)
Valentín: ¿Aún aquí? Veo que ya no juráis. ¿Habéis progresado en vuestro asunto?
Teobaldo: En dirección al infierno. Y si ya no juro es porque el estupor ata mi lengua.
Valentín: ¡Qué difícil es comprender la jerga de un enamorado! Atada o desatada, sigue su propio curso.
Teobaldo: Refreno la mía para que nadie advierta el loco al que sirve.
Valentín: Más que loco, parecéis desgraciado. ¿Podríais ponerme al corriente con las sencillas palabras con que os dirigiríais a un niño.
Teobaldo: Rosalinda se niega a coger la carta.
Valentín: ¿La que tanto esfuerzo os ha costado?
Teobaldo: Esa es la cuestión. Al entregársela quise agrandar mi mérito, ya que no el de la carta, aludiendo a la dificultad del encargo. Sólo por hallar un poco de agradecimiento en sus ojos. Pues bien, esto la enojó. Lo interpretó como un reproche. No era mi intención – me dijo – causaros un disgusto con tal comisión. Y, podéis creerme, no volveré a hacerlo. Es más, os devuelvo la carta. ¿No pensáis leerla?, pregunté. No, respondió, leedla vos; yo no podría complacerme en vuestro sufrimiento. Pero ya la conozco, repliqué. Pues leedla otra vez, se impacientó, imaginad que os la han dirigido a vos.
Valentín: Decidme, querido Teobaldo. ¿A cuantas mujeres habéis conocido?
Teobaldo: Ya sabéis que siempre he vivido en la granja de mi padre.
Valentín: Comprendo. Sólo habéis tratado con vuestras hermanas y con alguna de las jóvenes criadas.
Teobaldo: Y con mi tía Henriette. Y la abuela Marie.
Valentín: Ya veo. Sois un hombre de mundo.
Teobaldo: ¿Os complace burlaros de mí en estos momentos?
Valentín: En absoluto, aunque podría. Ya que un hombre afortunado admite con el mejor humor cosas que otro no haría.
Teobaldo: ¿Afortunado yo?
Valentín: Vos, ya que habéis recibido una carta de amor de la mujer que amáis.
Teobaldo: ¿Esta carta?
Valentín: Esa, precisamente. Vos sois el destinatario. Mi prima os ha dado la suprema prueba de amor que una mujer puede dar. Os deja que vos mismo pongáis en su boca las palabras que anheláis oír. Se ha rendido ante vos tan completamente que está dispuesta a suscribir todos los elogios a que podríais aspirar o esperar de una mujer.
Teobaldo: Diablos, si eso es así, me arrepiento de haber sido tan parco y comedido al hablar de mí mismo sin saberlo.
Valentín: No importa. Ella no lo ha leído.
Teobaldo: Dios mío, si todo esto es cierto, os amo, Valentín.
Valentín: En ese caso, podéis entregarme a mí la carta.
Teobaldo: Os amo porque de pronto amo a todos y a todo. Amo a vuestra prima, a vos, a este banco y a ese perro que dormita bajo ese arbusto. Al que también amo, por supuesto.
Valentín: ¿Os referís a Grab? Mejor que no lo sepa. Tiene un concepto del amor muy diferente al vuestro.
Teobaldo: ¿Los perros no aman?
Valentín: Sólo a quien les da de comer y les trata con cortesía. Respecto a lo demás, tienen un excelente olfato para saber cuándo deben insistir y cuando no.
Teobaldo: Yo cuento con el vuestro. ¿Creéis que puedo correr a abrazar a vuestra prima?
Valentín: Ni yo soy tan perro ni vos debéis ser tan impetuoso. Ya que ella os ha propuesto un juego, mostrad que sois un buen jugador.
Teobaldo: ¿Y a qué juego debo jugar? ¿Las cartas?
Valentín: De eso se trata, en efecto.
Teobaldo: ¿Disponéis de un mazo?
Valentín: No, por suerte para vos. Os daría con él.
Teobaldo: ¿Me daríais una lección? Os lo agradezco; apenas si conozco las reglas del whist.
Valentín: Os creo. Sois un pozo de sabiduría. Tan hondo que nadie puede atisbar nada en él.
Teobaldo: ¿Os burláis?
Valentín: ¿No habéis oído nunca que todo jugador debe jugar con las cartas que le han tocado? Pues eso debéis hacer. Id a buscar a Rosalinda y pedidle justo lo que ella os ha pedido a vos.
Teobaldo: ¿Que me escriba una carta para la mujer que amo? Lo considerará una burla.
Valentín: Lo considerará un guiño cómplice.
Teobaldo: Y después, cuando me la entregue ¿debo negarme a cogerla tal como ella ha hecho con la mía?
Valentín: No tendréis ocasión. Cuando le hagáis tal solicitud, se echará a reír, os mirará con afecto y posiblemente os dé un casto beso en la mejilla.
Teobaldo: Me fío de vuestro olfato y parto a la carrera. ¿Sabéis dónde andará en este momento?
Valentín: Hace dos horas la dejé preparando sus galas y aderezos en la habitación. Supongo que allí seguirá.
Teobaldo: ¿Es que va a salir a algún sitio?
Valentín: Las mujeres, querido Teobaldo, se visten siempre como si fuesen a salir, pues para ellas todo lugar es un campo de batalla. Son como esos campeones que esperan con la armadura puesta, porque saben que en cualquier momento puede llegar quien les desafíe.
Teobaldo: ¿Creéis que debo llevarle flores?
Valentín: Eso, cuando estéis casado, para haceros perdonar. Ahora limitaros a llevarle vuestra persona. (Teobaldo parte a la carrera) Ya ves, Grab, ahí va otro hombre ansioso por dejar de serlo.

2 12 2007
Chantal Müller (18:55:13) :

PLENITUD
1.
Besarte el alma y esconderme luego
Reducirme a cualquier punto de luz sobre tus sienes.
Besarte el alma y morir
Apoyada en mil violetas invisibles
2.
La Tarde, Amor, qué difícil definirla,
Para qué enviarle lirios, o tristeza, o un poco de azúcar
Si todo se detiene.
Huyeron nuestros pájaros de Junio
A algún lugar llamado Labio.
Me deslizo por el tiempo,
Aniquilo este concierto de silencios.
Pronto será Noche,
Será el espejo de alas grises.
Compraré ochocientos lapiceros
Para transmitirte que una lágrima recorre el Mundo,
Que mi lágrima llueve en tu tejado de líquenes dorados…
3.
Cómo decírtelo:
Todo quieto,
Todos esperando.
Y es la Tarde, Amor,
La luz se muere
Y desaparece lentamente.
NO ME ACOSTUMBRO A ESTA SOMBRA
DE MIS DEDOS SOLOS
PRESINTIENDO NIEBLAS.
4.
Te miro de perfil: tienes sombra de jinete.
Esos brazos que me tiendes me resultan conocidos.
Corro a tu escuela de violines, te digo “ven”,
Aprisa, “ven”, rompiendo surcos, “ven”
Y habítame la sonrisa de los diarios
QUE NO SE ACOSTUMBRE LA PIEL A
A OTRA PORCELANA
5.
Ángeles delgados como estrellas en tus ojos
No me dejes con la sombra de mi sombra
Con la sombra de un licor extravagante
Acompáñame al café de densa niebla
Donde habitan alas gaseosas,
Dulces como uvas,
Como tu despertar de niño.
6.
Dulce amor, dulce calvario,
Por qué un tren verde me alejaba,
Por qué el Norte, la áspera palabra,
Una plaza sin encuentros…
¿QUÉ LUNA IBA PERDIENDO,
DESTIÑENDO SU DULZURA BLANCA?

9 12 2007
Miss Camiseta Mojada (23:11:59) :

Sus clases se hacían interminables. Mi mente solía divagar, imaginaba situaciones, historias; buscaba su vida. La vida de aquella enigmática profesora capaz de hacerme levitar sintiéndome anclado a la silla.

Deduje que se trataba de una mujer, una señora, una dama admirable e inconfundible. Con un gran sentido del humor. Con un gran sentido personal. Con un gran sentido profesional. Con un gran sentido estético. Con una gran vida. Llegué a creer que su forma de comportarse no era más que un acto de represión, de huida de un tiempo pasado que, probablemente, había sido mejor. Glamour por anillo y pañales, me imaginaba. Ése había sido el cambio: su rostro la delataba. Sus continuas variaciones de humor reflejaban un mundo interior lleno de altibajos. Aunque, era cierto que todo estaba deliberadamente seleccionado: la “gratificación” que suponía enseñar era recompensada con unas merecidísimas vacaciones desprestigiadas en las que adecuaba su existencia a la situación de mudas y compromiso. Pero, en las que, creía yo, tenía a ratos por compañía y confesor a un hermoso y medio lleno vaso de Jack Daniel’s que, al lado de una hamaca blanca, formaba un paréntesis capaz de hacerla retornar a aquella época de fêtes y amour. ¿Quién fuera a decir que en el período estival aquella mujer bebiese whiskey en lugar de atender a sus hijos? Mi imaginación parecía haber cruzado la delgada línea roja. El exceso tenía justificación. Y es que la idea de que se tratara una mojigata reina de alguna noche universitaria (noche de estudio universitario) a la que las casualidades la habían llevado por caminos raros también rondó por momentos mi cabeza. Por supuesto, la descarté. Hubiera sido desilusionante, ¡creía verme reflejada en ella!

Al fin, la clase terminó y mis elucubraciones se perdieron en el mismo olvido que las palabras discursadas en aquellos interminables cincuenta y cinco minutos; sin tiempo para confirmar si ella realmente era, al igual que yo, Miss Camiseta Mojada o si se trataba de Lady Drama continuamente atormentada por el tiempo y el lugar.

10 12 2007
Gaspar Tendi (14:08:48) :

Caballo de Troya

I.

El recluso 14249 aseguraba que iba a matar al alcaide. Lo sabía toda la prisión.
El recluso Johnnie Grecco y el alcaide James B. Connolly eran viejos conocidos. Grecco, bandido de medio pelo, perito en timos, había llevado una carrera en la que triunfos y fracasos se sucedían con ritmo estacional. Estoy a la par, solía afirmar en sus momentos buenos. Lo que no contaba es que a sus cuarenta y cinco esperaba que el marcador se inclinase definitivamente a su favor. Porque Grecco tenía un secreto. Tras tanto tiempo rodando sin importar a nadie - y sin que nadie que no fuese él mismo le importase -, había encontrado a alguien. O ese alguien, pensaba, le había encontrado a él. Un ser de otro mundo, en carne de mujer, que respondía al nombre de Mary Sue.
Mary Sue parecía una chica corriente, con su metro sesenta y cinco y su cuerpo delgado. La primera vez que la vio, en la boda de un primo que vivía en una perdida ciudad del Medio este, Grecco sólo miró sus hombros redondos y su pelo corto. Después advirtió la risa espontánea y la atención que prestaba a sus interlocutores. La registró como una tímida soltera de un pequeño pueblo, y la persona con quien menos podría tener algo en común en aquel grupo de gente con los que tan poco tenía en común. Su primo insistió para que asistiese al baile en la parte trasera de un almacén de piensos.
En algún momento de esa noche se acercó a un grupo que cantaba y encontró la espalda de aquella mujer. Tomó su cintura con familiaridad y se unió al coro de voces. Sin saber por qué, Grecco besó suavemente su pelo y un olor antiguo le hizo desfallecer. Ella giró, le miró a los ojos y se dejó abrazar con una sonrisa acogedora. Bailaron mientras todos se iban retirando, en medio de la noche cálida, ajenos a las miradas y los comentarios. Grecco hizo una pregunta impropia de él.
-¿Sabes lo que haces? No me conoces.
- Tampoco tú a mí – respondió ella acariciando su mejilla.
Esa noche, sentados en el coche, los dos conocieron lo que se puede conocer en una noche de un extraño y Grecco habló de lo que nunca había hablado con nadie. Contemplando a aquella mujer, con las piernas recogidas, que escuchaba con serenidad sus palabras y mostraba un elegante pudor en su desnudez que nunca había visto, supo que algo increíble estaba ocurriendo.
Cuando un leve resplandor anunció el amanecer, ella pronunció la frase que Grecco llevó desde entonces tatuada en el alma.
-Puedes contar conmigo para todo.
No pidió nada; ni promesas ni propósitos. No expresó temores ni añoranzas. Sólo se exponía desnuda, con la firme plenitud de un árbol o un paisaje. Tampoco falsamente misteriosa. Sus palabras eran sencillas como si saliesen de una vida incontaminada. Su ofrecimiento no era el de alguien que da fácilmente lo que no tiene o no piensa cumplir. Grecco supo que aquella ayuda se reservaba para todo lo que de bueno y fuerte él pudiese emprender. No la complicidad para enfrentarse al mundo, sino el apoyo para levantar una vida nueva.
No volvió a ser el mismo. Se marchó sin despedirse, sabiendo que la distancia ya no significaba nada, y decidido a cambiar sus prioridades.
Durante varios meses continuaron viéndose a menudo. Ella seguía sin exigir nada, sin preguntar por sus planes. Escuchando lo que él quería decirle y animándole con aquella sonrisa, como si le hubiera conocido desde niño, con la mirada limpia y las fuerzas intactas.
Apenas un año más tarde, el viejo mundo se abatió sobre Grecco como el derrumbe de una montaña. Un antiguo cómplice le implicó falsamente en un robo y le devolvieron al Penal del Estado. Mientras aún estaba intentado encajar el golpe, recibió una carta de su primo: Mary Sue había muerto en un accidente de tráfico mientras se dirigía a verle en la prisión.
Grecco quedó paralizado sin poder entender lo sucedido. Incapaz de encajar las piezas, dio en pensar que la muerte de Sue había sido causada por su ingreso en prisión. Mary Sue formaba parte de su vida y no podía ignorar que había existido. Sin ella quedó en una tierra de nadie, detenido como un Moises ante la tierra prometida.
Se sumió en una suerte de estupor del que no salía ni para comer. Tuvieron que enviarle a la enfermería, donde le administraron alimentación intravenosa.
El alcaide Connolly tenía una cuenta pendiente con Grecco. Diez años atrás, éste había participado en una fuga, abortada a medias, que aquél consideraba una mancha en su historial. Cuando le vio ingresar de nuevo en prisión, se lo recordó:
- Me debes algo, Johnnie Grecco. Y yo siempre cobro mis deudas.
Al enterarse de lo sucedido, y en contra de sus costumbres, hizo una visita a la enfermería. Ni siquiera miró a los dos reclusos que pagaban allí una enfermedad terminal. Se acercó al aletargado Grecco y tras un largo silencio dijo aquella frase.
-¿Y todo esto porque se le ha muerto la puta?
Johnnie Grecco no se movió; ni siquiera abrió los ojos. A la mañana siguiente, arrancó las vías que ataban sus arterias a la prisión, se levantó y dijo.
-Voy a matar al alcaide.
El doctor no contó a nadie lo que había oído. No hizo falta. Al entrar de nuevo en su celda, Grecco repitió el anuncio a su compañero de condena. Y volvió a proclamarlo al recibir el rancho y al contestar en el control nocturno. Esa noche durmió en la celda de castigo. El oficial de guardia le dijo que tenía un mes para pensar en sus palabras.
Pero no fue en ellas en lo que pensó Grecco esas horas sin tiempo a las que los demás llamaron mes y que para él eran todo el futuro de su vida, sino en Mary Sue y en las frases que ella le había dicho. Y habló en voz alta.
- Te debo el respeto, Sue. Eres mi chica porque así lo quisiste. Nadie puede hacerte daño ni insultar tu memoria impunemente. Y quien lo haga debe saber que pagará por ello y los demás deben saberlo también.
Un día, un fuerte resplandor entró por el hueco de la estrecha puerta y unas figuras grises se colocaron ante él.
- Voy a matar al alcaide – dijo con los ojos cerrados.
Una súbita oscuridad se abatió su cabeza y desde el suelo oyó la puerta cerrarse violentamente. No habían transcurrido muchas horas cuando unas manos rudas le levantaron, le arrastraron por los pasillos y le devolvieron a su celda. El alcaide lo dispuso así.
A los pocos días, el confidente de la galería tuvo algo importante que comunicar a los guardianes.
-Grecco está fabricando una pistola de madera.
La noticia corrió por el penal como una pelota sin dueño. Se esperaba que los guardias apareciesen enseguida para llevarle a la celda de castigo. No lo hicieron; Connolly no lo permitió. Todos consideraron que había enloquecido por el dolor, mas el alcaide presumía de conocer a los hombres, y sabía que la locura de Grecco no era un trastorno corriente. Siempre le pareció un hombre de secreta energía, falto tal vez de empresas en las que encauzarla. Ahora, al parecer, había hallado una. Quería su vida.
Al alcaide no le fue difícil conjeturar qué planes podrían rondar la mente del preso y qué posibilidades se le ofrecían. Sería una acción suicida. Fue entonces cuando ideó la artimaña que le permitiría cobrar su deuda y poner a salvo su prestigio, desafiado por aquel hombre que parecía no tener nada que perder.
Grecco siguió fabricando su ya célebre pistola. Todos daban por supuesta la enajenación del paciente artesano y en ella encontraban la explicación para la tolerancia del alcaide. A veces le preguntaban para qué hacía aquello, sólo por oírle repetir la frase que se había convertido en una especie de contraseña murmurada entre sonrisas: voy a matar al alcaide.
Connolly aguardó a su presa complaciéndose en imaginar la secuencia de acontecimientos. Grecco tomaría como rehén a un guardián y exigiría ser llevado a presencia del alcaide. Después, con algún estilete casero, intentaría su crimen. Dio órdenes precisas para que cuando eso ocurriese fuese obedecido. Él esperaría sentado en la mesa de su despacho con la pistola cargada. Ya hallaría el medio de justificar que fuese tomado en serio lo que todos consideraban la broma de un perturbado. Un preso con lo que parece una pistola es siempre algo que debe ser tomado en serio, se decía.
Las semanas pasaban y todo el mundo se impacientaba. Todos menos Grecco, ensimismado en sí mismo y su tarea.
Una mañana, cuando la pistola de madera ya casi se había convertido en un viejo chiste olvidado, ocurrió. Mientras aguardaba en la fila del comedor, Grecco salió de su lugar, sacó una pistola ennegrecida por el betún y apuntó al sargento Hicks a la cabeza. Ni siquiera tuvo que decir nada. Los dos caminaron en medio del silencio general hacia el pasillo del despacho del alcaide. A su paso, todas las puertas se abrían, con el respeto con que se descubre alguien ante el paso de un difunto. El difunto sería Grecco, sin duda, pensaron todos, pero tal vez tuviese tiempo de herir al alcaide.
Connolly, avisado de antemano, permaneció en su sillón apoyado con fuerza contra el respaldo. En los largos minutos que precedieron la entrada de los dos hombres, ordenó automáticamente los papeles de su mesa y tentó el nudo de su corbata para comprobar que estaba centrado. La excitación le hizo sudar y apretó la pistola apoyada en su pierna derecha.
La puerta se abrió despacio mostrando el demudado rostro del sargento Hicks. Grecco le apartó a un lado, cerró la puerta y miró a Connolly directamente a los ojos.
-Alcaide, vengo a matarle.
En un segundo, Connolly comprendió que algo raro sucedía. La voz del hombre era suave y apacible. Sus palabras parecían el mensaje de alguien que comunica tras un esfuerzo algo que otro lleva mucho tiempo esperando. No se acercaba, su cuerpo no estaba en tensión, permanecía allí a cuatro metros de distancia, con aquel trozo de madera negro, tosco y enorme en la mano caída al costado. El alcaide puso su diestra armada sobre la mesa, miró la simulada pistola, levantó la vista lentamente hacia el rostro de Grecco y supo de pronto que había sido engañado y que ya era demasiado tarde. La mano del preso había ido subiendo también mansamente, acompañando la mirada de pánico y una leve sonrisa subrayó el nítido crujido de la madera quebrándose un segundo antes del seco estampido que abrió un perfecto agujero en la frente del hombre sentado a la mesa.

II.
Grecco fue sentenciado a cadena perpetua, porque en el Estado no existía la pena máxima. Nadie supo explicar de dónde había obtenido la pistola que había ajustado en aquel perfecto estuche de madera, como una mano dentro de un guante. Quienes le conocieron años más tarde en el Penal de Streaton, hablan de un hombre apacible, amante de la lectura de los clásicos, que sonreía con modestia cuando alguien le recordaba la pistola de madera.

10 12 2007
Julio Coltrane (20:14:26) :

LABOR DE OLVIDO
Su boca, menos de un tercio de esperanza,
fractura de añiles, fría, tetánica.
Todo esperaba de su muerte
salvo la sombra.
Bajo el fuego fatuo
nada se mueve, respira, silba:
Es la paz de los cadáveres ancianos.
La longeva pulcritud de las tumbas
es mérito
de la digna labor que el olvido
practica.

23 12 2007
Gaspar Tendi (18:55:50) :

El hombre pesimista

1. El problema

Arthur S. había sido un niño ansioso y lleno de temores. Al llegar a la juventud, su exacerbada sensibilidad le hizo reparar en la miserable existencia que soportan la mayoría de los hombres. Dotado de un fuerte temperamento reflexivo, creyó que tal situación no era debida a causas históricas coyunturales, sino a la propia condición humana. Muy pronto llegó a la avasalladora convicción de que el mundo era un lugar de sufrimiento y que la creencia en un dios ultramundano, sólo una ilusión. Más tarde, sería el primer filósofo occidental en declararse abiertamente ateo.
El suicidio de su padre, cuando Arthur apenas contaba diecisiete años, y la incompatibilidad de caracteres que le alejó de su madre, no hicieron sino agudizar esas primeras intuiciones.
Movido por la necesidad de salir de tal estado de incertidumbre y desdicha, buscó respuestas en la filosofía.
Fue un filósofo, Inmanuel K., quien le dio la clave en que basaría su personal interpretación de la vida y el mundo. K. había argumentado, con gran perspicacia, que nuestra mente está preprogramada para ver el mundo de cierta manera. El mundo, por tanto, no tiene por qué ser como nosotros lo observamos. Lo que podemos experimentar depende no sólo de lo que existe en el mundo exterior, sino de nuestras facultades, de lo que éstas puedan percibir y de lo que hagan con lo que percibimos. No somos un espejo que refleja pasivamente lo que hay, sino una especie de pintor que al intentar expresar lo que tiene ante sí, lo deforma. Así pues, lo que llamamos mundo es la consecuencia de nuestra propia actividad de conocer. A este mundo que percibimos lo llamó mundo fenoménico, y supuso que tras él, oculto, existe otro mundo subyacente al que llamo noúmeno o cosa en sí. El primero, el mundo fenoménico, el mundo que percibimos, era el resultado de sumar esa misteriosa cosa en sí a la peculiar forma de operar de nuestra inteligencia. Como si viésemos la cosa en sí por medio de unas lentes de las que no podíamos despojarnos. Esas lentes consistían, principalmente, en el espacio, el tiempo y la causalidad. Los hombres, inconsciente e inevitablemente, creábamos un mundo situado en el espacio y el tiempo, lleno de múltiples objetos, cuyo comportamiento explicábamos mediante la relación de causalidad.
Arturo aceptó esa distinción entre fenómeno y noúmeno, pero se preguntó si no habría algún modo de averiguar algo sobre éste último. O, cuando menos, la relación que existe entre el mundo tal como es en sí mismo y el mundo tal como se nos presenta. Pues ya que en el mundo que percibimos, y en el que vivimos, somos infelices, tal vez podría encontrar algún tipo de explicación o remedio en ese otro mundo, la cosa en sí, del que nada sabemos.
Desde luego, Arthur aceptaba la premisa de que no se podía conocer directamente, pero especuló que tal vez analizando el mundo de los fenómenos, indirectamente podríamos encontrar alguna indicación de cómo sería el mundo subyacente.
Por lo pronto, concluyó que el Noúmeno es único, pues si trasciende las relaciones espaciales, temporales y causales, no hay modo de distinguir en él una cosa de otra.
Esto no quería decir que la realidad subyacente o Noúmeno fuese la causa externa del mundo que percibimos, ya que la categoría de causalidad se aplica sólo dentro del mundo de los fenómenos. La realidad subyacente sería por tanto lo interior del mundo.
Arthur encontró un fallo en el argumento de K., según el cual todo nuestro conocimiento de los objetos físicos nos llega a través de los sentidos. Porque Arthur se dio cuenta de que para cada uno de nosotros hay un objeto físico que no se puede explicar así: nuestro cuerpo. Es cierto que conocemos nuestro cuerpo a través de los cinco sentidos, pero también lo captamos directamente desde el interior.
Hay, pues, dos cosas netamente diferentes: los objetos y los sujetos, las cosas y los hombres.
En esta percepción de nuestra conciencia, de nuestra intimidad, creyó encontrar la clave para acceder a la realidad subyacente.
¿Y qué es lo que hallamos al analizar nuestro interior? Que nuestra vida mental es un continuo desear, una interminable necesidad de lograr, de dominar, de poseer, de seguir vivos y de reproducirnos. Eso es lo que revelaba nuestra conducta.
Pero esto era algo que no sólo se observaba en los hombres. También en los animales, en las plantas y hasta en los objetos inanimados. Todo en el mundo está en permanente cambio, movimiento y acción.
El mundo sería, pues, una especie de energía en continua transformación. Eso fue lo que Arthur creyó encontrar en nosotros y en todo: energía.
Sin embargo, prefirió llamarlo Voluntad.
Con esto no pretendía afirmar que el mundo subyacente fuese energía o voluntad, sino que se manifiesta en el mundo de los fenómenos de esa forma. No que existiese una especie de mente cósmica, oculta, caracterizada por la Voluntad. Pero sí que el mundo en sí mismo debe ser parecido a lo que en nosotros conocemos como voluntad.
El propio Arthur se dio cuenta que “voluntad” era un término algo equívoco, porque para él tanta voluntad hay en la caída de una piedra como en las acciones de un hombre. Escogió este término porque la voluntad de acción es lo que mejor captamos de forma inmediata en nuestro interior (deseos) y en nuestra conducta (acciones)
Por lo demás, cualquier otro término hubiese sido igual de inadecuado, porque el noúmeno no puede ser como ninguna otra cosa de la experiencia fenoménica. Es un error suponer que Arthur identificaba el substrato del mundo con la voluntad humana.

2. La explicación.

Así es como llegó a la conclusión de que el mundo subyacente es algo parecido a la voluntad humana, que ese mundo no está situado en el espacio ni en el tiempo, que es único, y que no está regido por relaciones causales.
El siguiente paso fue afirmar que el mundo subyacente era algo repugnante e incluso moralmente perverso. ¿Por qué? Porque así es el mundo fenoménico en el que vivimos, con su inventario de dolor, explotación, injusticia, crueldad, represión, enfermedad, esclavitud… Un lugar horroroso, una pesadilla. Y si nuestro mundo es parecido, de algún modo, a ese mundo subyacente, éste debe serlo también.
En este punto se le podría objetar que no todos los hombres son tan desgraciados o, por lo menos, no todo el tiempo; que en el mundo hay lugar para el placer, el disfrute y cierta felicidad.
Arthur rechazó esta posibilidad de modo tajante. Para ello, se basó en cómo opera la voluntad humana, en las motivaciones de nuestros actos.
Nuestra voluntad nos mueve a lograr las cosas que deseamos (comida, sexo, compañía…) y ese deseo nos produce insatisfacción, dolor; pero en cuanto alcanzamos lo que ansiamos, nos sentimos aburridos (otra vez dolor), y deseamos nuevas cosas cuya consecución nos lleva otra vez a la frustración, si no las conseguimos, o nuevamente al hastío si lo logramos.
Bien, si nuestra voluntad individual es una manifestación de la Voluntad subyacente, ¿qué quiere esa Voluntad? ¿Por qué actúa?
Nada, no quiere nada, no tiene ninguna meta. Sólo es incesante energía, actividad, cambio. ¿Por qué sabemos esto? Porque nuestra voluntad nunca está satisfecha con lo conseguido, siempre desea cosas nuevas que inevitablemente pierden interés al conseguirlas. No tiene por tanto ninguna meta, ninguna finalidad. Además, es irracional, no está regida por la causalidad. Luego no hace las cosas por causa alguna
Así es como Arthur llegó a explicarse las causas de nuestro sufrimiento y desdicha. Somos esencialmente la manifestación de una especie de energía o fuerza ciega, impersonal e irracional (a la que un poco imprecisamente podemos llamar Voluntad) que no nos deja reposar en nada ni buscar nada definitivo. Nos agitamos, nos esforzamos, sufrimos, morimos… para nada.
Aquel pesimismo que Arthur había experimentado en su adolescencia y juventud, tenía pues un fundamento. Era algo constitutivo de nuestra condición.
Así, pudo repetir aquellas palabras que un hombre llamado el Buda había proclamado veintitrés siglos antes: la Vida es sufrimiento.

3. El precario remedio.

Pero Arthur, pese a su desesperanza existencial, no quería morir ni suicidarse. Disfrutaba de muchas cosas de las que todos gozamos: amaba los viajes, la filosofía, el estudio, los perros, algunas mujeres… También por supuesto, odiaba otras: los judíos, los profesores filósofos, los alemanes y a algunas mujeres. Por esto, se creyó obligado a buscar alguna suerte de remedio, de paliativo para nuestra horrible existencia, que oscila entre el dolor y el hastío, y que es un sufrimiento sin finalidad ni sentido.
La resumió en una fórmula: huir del mundo. Pero no mediante el suicidio. Porque el suicida, decía, no renuncia a la vida, sino a la vida que le ha tocado vivir, buscando otra mejor.
Lo que propondrá será la creación y contemplación estética, y la vida ética. Y si esto no basta, finalmente, se puede buscar la huida perfecta: la anulación de la voluntad de vivir.
¿Por qué la creación artística y la contemplación estética de las obras de arte son un paliativo para el sufrimiento?
En primer lugar, porque la contemplación estética, el arte, la creación y la apreciación del arte, aplacan el deseo, el egoísmo la tristeza y la hostilidad. ¿Cómo puede hacer eso? Porque la experiencia estética es desinteresada. Luego nos saca temporalmente del tiempo y de la acción.
Arthur diferenciaba, como había hecho Inmanuel K., la actitud estética ante las cosas y la actitud de tratar de apropiárselas y utilizarlas en provecho propio. Nuestra actitud normal ante las cosas es considerarlas desde el punto de vista de su posible empleo. Pero desde el punto de vista estético, ya no. Por tanto, en nuestras respuestas estéticas nos vemos libres de la voluntad.
Por otro lado, pensaba que la función clave del arte es cognitiva, no expresiva. Su verdadero objetivo no es expresar emoción, sino dar información sobre la naturaleza universal de las cosas, de las ideas generales (que tal vez nos conmuevan profunda y emocionalmente).
Ahora bien, nadie puede vivir las veinticuatro horas del día dedicado a la creación o la contemplación estética. Estamos sujetos a múltiples necesidades ineludibles. Por esto, Arthur propondrá un segundo remedio, como paliativo para el sufrimiento: la actitud moral o ética. Dado que hay una realidad última única (la Voluntad), y dado que cada uno de nosotros se identifica con esa realidad última (la voluntad individual), en cierto sentido todos somos uno. Ésta es su base para defender la compasión, la solidaridad y el amor caritativo como diferente del amor erótico. La unidad de nuestro ser es el fundamento de la moral y la compasión es el motor del comportamiento moral verdaderamente desinteresado.
No obstante, él mismo se percató de lo paradójico que resulta la existencia del amor mutuo, si cada uno de nosotros es la encarnación de una realidad que se autodevora, que se deshace en conflictos.
Además, si, como afirmaba, el Noúmeno es perverso, difícilmente nuestra unidad en él y con él puede ser la base de la moral.
Al llegar a este punto, a Arthur ya sólo le quedaba por dar el paso definitivo de su filosofía. Si el mundo es un lugar espantoso y el Noúmeno que se manifiesta bajo la forma de este mundo de fenómenos no puede ser más que algo terrible, la única solución radical será apartarnos del mundo, rechazarlo, negar nuestra voluntad y negar así también la Voluntad.
De ahí que Arthur viese con aprobación el ascetismo y la flagelación que se practica y defiende en ciertas religiones. Los consideraba fases en el camino hacia el rechazo definitivo de la Voluntad, de la extinción del deseo, de la voluntad de existencia o de vida.
Sin embargo, hay una gran diferencia entre la actitud de Arthur y la de un cristiano, un judío o un musulmán. Estos no considerarían el rechazo de la realidad última (que para ellos es Dios) como algo deseable. Y lo mismo con respecto al mundo, pues al haber sido creado por ese Dios, no todo lo que hay en él puede ser malo y perverso.
Más semejanzas se encuentran con ciertas corrientes del budismo y con algunas de sus tesis, como la compasión, el carácter transitorio y cambiante de todos los fenómenos, o la búsqueda de la anulación de los deseos.
No sabemos si Arthur fue consciente de lo paradójico de su propuesta: el rechazo radical de la Voluntad sería obviamente un rechazo de la Voluntad por la Voluntad misma (encarnada en el ser humano? Si se concibe la realidad última como una incitación a la existencia, a la autoafirmación, ¿cómo va a ser capaz de un autorrechazo tan radical?
Uno de sus más apasionados seguidores, Friedrich N., se mostró totalmente de acuerdo con la subordinación del intelecto a la voluntad, pero no dejó de reprocharle duramente haberse apartado de la vida, por haber decidido decir no al mundo y a la vida humana.
Seguramente, Arthur Schopenhauer le habría respondido: es mi carácter; pesimista.

28 12 2007
Gaspar Tendi (11:56:02) :

El milagro de la Verónica

- ¿Qué ocurre?
Dos años llevaba el obispo recomendando mesura a su secretario, pues amén de apropiado para un clérigo de su calidad, era el único modo de atenuar los chasquidos de aquel maldito entablado, tan noble como podrido. Lo de no llamar podía pasar, ya que se le veía conmocionado.
- ¡La Verónica!
El corazón del obispo dio un traspié en su habitual marcha ceremonial.
- ¿Anarquistas?
El secretario negó con la cabeza, frunciendo la boca hasta casi hacerla desaparecer. El Paso de la Verónica, obra maestra del mejor artista de la provincia y, probablemente, del país, era el mayor orgullo de la diócesis desde que la pasada Pascua fuese expuesta a la contemplación devota de los fieles.
- ¿Qué entonces? En nombre de Dios.
- La puta – susurró el secretario bajando los ojos.
- Ah, eso.
El rumor se había extendido en cuanto la imagen fue presentada. Algunos fieles comentaron temerariamente que el rostro representaba a una ramera de la ciudad. Y los más desvergonzados habían añadido que incluso el cuerpo. Cuando tuvo ocasión, preguntó al autor acerca de su inspiración.
- Las mujeres hermosas se parecen. Y la Verónica sería hermosa, ¿no cree?
Al obispo no le gustó la respuesta, pero la toleró viniendo de quien venía, el más celebre imaginista de la época. Que fuese además un pecador no mermaba un ápice su talento para representar de un modo conmovedor la belleza del dolor y el sufrimiento, tal como había hecho en aquella talla de la que él mismo afirmaba sentirse muy satisfecho. Por no hablar de sus buenas relaciones con cierta camarilla de la corte.
Pero de eso ya había transcurrido casi un año, y el rumor se había ido atenuando hasta desaparecer, por las noticias que tenía.
- Ya nadie da importancia a eso – zanjó con un gesto áspero que desmentía el sentido de las palabras.
- No lo comprende, Ilustrísima.
Ilustrísima estuvo a punto de hacer notar, irritado, que si no comprendía sería porque alguien no se explicaba bien. Pero se contuvo. Necesitaba cargarse de paciencia y de razones para desembarazarse de aquel buen cristiano que había heredado con el cargo. Se limitó a mirarlo fijamente.
- Cuénteme, Benítez – suspiró – Y al grano. Haga un esfuerzo.
- Que va a las procesiones.
- ¿Ella?
Benitez asintió, aliviado por no tener que pronunciar otra vez el oficio de la concurrente a los oficios de la Pascua.
- ¿Y?
Esta vez fue el secretario quien suspiró.
- Su viva imagen, Monseñor.
- ¿La ha visto?
Benitez enrojeció.
- En los oficios – aclaró el obispo.
- Ah, sí, el vivo retrato de la santa Verónica.
- Maldita sea – dejó escapar el prelado iniciando la señal de la cruz.
El secretario se estremeció. Su ilustrísima no maldecía a menudo ni en vano. Alguien iba a pagar por aquello y oró mentalmente para no ser él.
- ¿Quiere que llame al artista?
- A ese déjale que responda en el infierno por sus actos. Retírate; debo meditar.
Las meditaciones del señor obispo pasaban por obtener rápida información de fuentes más fiables y prolijas que las de Benítez. Pocas horas después ya le anunciaban la presencia de su obispo auxiliar, del ecónomo y de otros subalternos de su estado mayor.
El lapso de espera le había dado tiempo a recapacitar y despidió a todos, salvo al ecónomo, tras una breve conversación de circunstancias en la que no hizo mención al asunto.
Él era el supremo responsable. No precisaba ayuda; sólo información. Salvo, por supuesto, la del Espíritu Santo
Sebastián Vargas, ecónomo competente y aún joven, contaba con las bendiciones del obispo. Aunque en secreto; públicas no parecía necesitarlas y tampoco conveniente dárselas. Tenía toda la diócesis en la cabeza, en forma de cifras y nombres. No obstante, le consideraba totalmente leal, porque parecía más sensible al prestigio que al dinero. Callaba más de lo que decía, y esto indicaba, a ojos de su superior, que sabía cuándo se debe comprometer a otros y cuándo no. Pero si se le preguntaba directamente no se andaba por las ramas.
- Es grave. La mujer empieza a ser conocida como La Verónica. Su fama ha llegado hasta todos los crápulas de la ciudad, e incluso los jóvenes de posición apuestan por acostarse con la Santa, como la llaman.
- Un escándalo – concluyó el obispo.
- Comienza a serlo – matizó el ecónomo.
Su eminencia se palpó el crucifijo pectoral y miró a su interlocutor. Éste no precisó otra indicación.
- Lo apropiado sería alejarla de la ciudad, al menos durante la Pascua.
- ¿En qué ha pensado?
El ecónomo no fingió haber sido tomado de improviso.
- Las Esclavas de María. El convento está en las afueras y las autoridades cooperarían totalmente. Se ha hecho otras veces – añadió para reforzar su proposición y eludir protagonismo.
- Que sea tratada con respeto. Y si es preciso, que reciba algún tipo de compensación.
El ecónomo se puso en pie y aguardó con respetuoso recogimiento. Nunca tomaba notas de lo que se le decía, cosa que el obispo observó complacido desde el primer día. Le ofreció la mano y aprovechó la genuflexión para tocar su hombro en un gesto de cómplice aprobación.

II.

Cinco días más tarde, mientras su ilustrísima hacía un alto en sus obligaciones, tras recibir a diferentes personajes, y aprovechaba la presencia de su indiscreto sobrino para repasar distraídamente algunos papeles, las tablas del piso rechinaron y la pesada puerta se abrió de golpe como si un viento furioso la hubiese empujado.
- ¡Está en la ciudad!
El obispo elevó los ojos al techo y respiró profundamente. Miró a su secretario, cuyo rostro se encendía y se apagaba al ritmo de su agitada respiración, y aguardó.
- ¡La puta! La puta ha aparecido otra vez.
El sobrino del obispo se postró de hinojos y lanzó un alarido ratonil.
- ¡Milagro ¡Es un milagro!
En esta ocasión su ilustrísima no se encomendó a nadie, o si lo hizo debió ser a todos los diablos, porque su mano salió disparada hacia un pesado crucifijo. Por suerte, el ángel de la guarda de los crucifijos logró detener el crispado movimiento, aunque no evitar que agarrase el sello de lacrar y lo arrojase con santa puntería a la cabeza del sobrino.
La nueva convocatoria del ecónomo fue más urgente y la reunión más corta.
- Me encargaré personalmente. En menos de una hora estaré en el convento.
Esa misma tarde, los resultados de la averiguación confundían el ánimo del obispo.
- ¿Cómo que sigue allí?
- Yo mismo la he visto. Y la Madre abadesa ha firmado un documento donde se responsabiliza de que en ningún momento ha abandonado la citada persona el convento.
- ¿Hemos sido objeto de una burla?
Vargas se mantuvo en un elocuente silencio, roto por la violenta agitación de una campanilla.
El secretario entró esta vez con suma cautela, conocedor de lo que tal convulsión significaba.
- Benítez, ¿quién le dijo que la prostituta andaba de nuevo por la ciudad?
El secretario, rígido y algo ofendido por el inusual tono de reprensión, aguardó unos segundos antes de contestar con la mirada perdida en el ventanal.
- El Obispo auxiliar de la diócesis y el Canónigo de la catedral, ilustrísima – recitó con énfasis.
Su ilustrísima permaneció pensativo mirando el sello de lacrar y se dirigió al ecónomo.
- Antes de terminar el día quiero que vuelva aquí y me explique lo que ocurre.
Al quedar solo, extrajo un cigarro de una cajita de cuero repujado y se repantigó en el sillón. El humo no olía a azufre sino a un excelente aroma cubano, pero no se fiaba. Algo raro ocurría, se dijo en el momento en que su sobrino entraba de nuevo en el despacho, y no pudo por menos de sonreír ante la involuntaria coincidencia. El sobrino interpretó mal la sonrisa y se atrevió a iniciar una frase, aunque no a concluirla, viendo el fruncimiento de cejas de su pariente.
- Entonces ¿se trata de un…?

III.

Si no eso, debía ser algo parecido, porque el ecónomo no se presentó ni mandó aviso durante el resto del día. El obispo no se preocupó; conocía el escrúpulo con que su subordinado realizaba todas las gestiones y su tardanza sólo podía significar que ésta la estaba cumpliendo a fondo.
Se enfrascó en la lectura de un largo informe que llevaba varios días sobre la mesa, y que, por desgracia, trataba de un supuesto milagro. En un paraje apartado, un pastor sordo comenzó a oír las campanas de una lejana iglesia. Asombrado y presa de una repentina intuición, había conducido a sus compañeros de oficio a una fuente y escarbado con las manos en el suelo. Al poco surgió una pequeña estatua de la virgen con un niño en los brazos. La talla había desaparecido al día siguiente, en extrañas circunstancias, pero numerosos fieles comenzaron a frecuentar el lugar y a llevarse capazos de barro a sus casas, con el que los artesanos del pueblo modelaron las toscas vasijas que siempre habían estado fabricando para uso estrictamente local. La fama de tales alfares, que trabajaban con tierra santa y milagrosa, había ido creciendo en pocas semanas, y disparado la demanda y por tanto la producción, en perjuicio de los otros alfareros de la zona. Estos solicitaban del señor obispo que proclamase que el prodigio no era tal – el sordo seguía tan sordo como antes – y que el barro, por tanto, carecía de cualquier propiedad milagrosa a todos los efectos.
El obispo, tras concluir la lectura, se preguntó si aquél sería un tema religioso o económico y, ante la duda, decidió aguardar la opinión de la persona más competente en tales asuntos.
Éste, el ecónomo, apareció al final de la mañana del día siguiente. Tal como suponía su ilustrísima, el informe que aportó era detallado y concluyente.
- Se ha burlado de nosotros. Me refiero a la prostituta, de mal nombre María, si me permite la licencia. Por lo que he podido entender, convenció a las autoridades para que le permitiesen ir por su propio pie hasta el convento, con la excusa de depositar ciertos bienes en casa de unos parientes que habitan en una aldea cercana. Pues bien, todo indica que la persona que se presentó a la Madre abadesa no era la tal María, sino una hermana gemela, de nombre Azucena, doncella, por otra parte, de muy noble carácter, ya que no de condición, y que se encuentra en el convento muy a su gusto, hasta el punto de expresar a las madres su deseo de permanecer allí. Lo cual es comprensible considerando que hasta el momento no ha conocido otra vida que la del pueblo, ni otro esparcimiento que las duras labores del campo.
- El diablo se ríe de nosotros. ¿Qué ha pensado? ¿Recluirlas a las dos?
- Sería una opción. Mas nada ocurre motivo, y tal vez el Señor nos está poniendo a prueba con esta endemoniada situación.
- ¿Para que ejercitemos nuestra paciencia?- ironizó el prelado.
- Más bien, nuestra inteligencia.
- Le escucho.
El ecónomo tomó aire y miró hacia el sobrino acurrucado en una esquina, con su cabeza y su dignidad algo doloridas.
- Su sobrino lo dijo ayer. Un milagro. Necesitamos un milagro.

IV.

El Señor obispo se despojó de su solideo morado y vistió el viejo gabán que alguien había olvidado en un armario. Llovía sobre la ciudad oscurecida. Una lluvia extraña, fina y persistente, que acentuaba el penetrante olor del azahar.
La cofradía no se hallaba lejos del palacio, y recorrió lentamente las escasas calles que los separaban. Necesita pensar y, sin saber por qué, visitar el Paso. La reticencia del guarda fue fulminantemente disipada por la visión del anillo pastoral.
- Disculpe que no le haya reconocido.
Se quedó a solas, al pie del enorme catafalco en el que un Simón Cireneo esbozaba el eterno gesto de sostener el pie de la cruz. Enfrente del Señor abatido estaba ella, la Verónica, una mujer, un nombre, una historia que ni siquiera venía recogida en los evangelios canónicos, sino en los apócrifos. ¿Era verdadera esa fábula? La tradición y la devoción así lo habían determinado. ¿Importaba que hubiese sucedido realmente? La realidad de la religión era la fe. Ese fue el milagro y continuaba siéndolo. Su gesto era hermoso y bueno, ¿lo afrentaba que fuese o no verdadero? La verdad os hará libres. Pero ¿necesita ser libre un cristiano? ¿No se ha atado a su fe como un náufrago a su madero? ¿Acaso no era la bondad el criterio con el juzgar el testimonio de Jesús? Nadie había discutido nunca que fuese bueno. ¿No era esa su verdad y finalmente la de todos?
El obispo se sentó. Sus preguntas fluían como una oración. Tal vez la más sincera que jamás había hecho. ¿Aseguraba la bondad de Jesús la de quienes le amaban? En los tiempos apostólicos bastaba con dejarlo todo y seguirle. Ahora, paradójicamente, seguirle significaba – o lo significaba al menos para él – hacerse cargo de todo, tomar sobre sí el peso del mundo con su justicia y su injusticia. Fijó su mirada en el rostro del lienzo que la mujer sostenía. No era el de un dios sufriente. Era un hombre a quien dañan quienes ignoran la piedad. Había sufrido siendo hombre. ¿Era aquél el mensaje oculto a fuerza de obvio?
Algunos sostenían que la verdad de la fe se hacía precisamente contra los hechos, pero éstos no significan nada por sí mismos, sino al ser interpretados desde las necesidades humanas. La verdad de las cosas apelaba a la verdad de las personas, y en esto residía el problema. Pues los hombres creen o creen creer por un acto de voluntad. No era extraño que ante el vértigo de la apuesta muchos optasen por imaginar un decurso natural de los hechos, objetivo e inapelable.
Pero un cristiano, no. Él apostaba, aunque no en el vacío. Para eso servía la tradición, tan denostada por muchos, con su cristalizada racionalidad, asegurando que el ansia de trascendencia no declinase hacia el delirio.

V.

Una semana más tarde, el Invicto, un vapor con carga y pasaje, se alejó del muelle sur rumbo a las Indias Occidentales. A bordo, una mujer ataviada con paños de colorida calidad y acompañada por una criada adolescente, urgentemente contratada, apretaba contra su pecho la bolsa de mano que escondía una pequeña fortuna entre sus forros.
Poco tiempo después, un rumor recorrió los campos y las herrerías, los pueblos y los molinos, hasta llegar a los arrabales de la ciudad. Un rumor, que acabaría por ser leyenda, sobre una joven perdida que recobró la fe al contemplar su viva imagen en el rostro de la Verónica. Leyenda - que más tarde cristalizó en historia -, que contaba cómo aquella mujer se retiró a un convento para vivir con santo recogimiento el asombro de haber protagonizado un milagro: el milagro de la Verónica.

30 01 2008
Gaspar Tendi (09:53:48) :

ENEMIGOS

Hace más de medio siglo - yo no lo vi, pero mi abuelo me lo tiene contado - vivía en el pueblo de El Tejedal, allá en la parroquia de Montes, un hombre como una roca que atendía por el nombre de Alfredón. Grande, fuerte y con un genio peor que el de sus mulos, cuando bajaba a las ferias, encaramado en su alto caballo, los perros de los contornos escondían el rabo deponiendo transitoriamente su obligación y naturaleza. Él fue el último en llevar corizas - y nadie le llamaba por ello ponguetu - y el primero en hacer lo que cualquier hombre pudiese intentar. Ninguna fiesta lo parecía hasta que él llegaba, bebía y cantaba; ni lo seguía pareciendo después de que se embriagaba, retaba y contendía. Él fue quien en la romería de San Antonio, mientras afrontaba a los mozos de Pesquerín, hizo que Antón de Luisa, el hombre más prudente de todo el valle - y que años más tarde moriría en Cuba - perdiese su contención y, subido a unas cajas de sidra, abriese los brazos clamando exasperado:
- ¡Parece mentira que estemos en el siglo veinte!
Mi madre - que entonces era una niña y lo oyó - contó que muchos supieron aquel día que su vida estaba inmersa en algo más grande que aquellos valles y montañas; algo que no podían comprender y que algún día los arrastraría a todos como un torrente.
Alfredón sólo respetaba tres cosas: la labor diaria, la palabra dada y las mujeres. Aunque a éstas más bien las temía; si es que tal emoción podía arraigar en aquella cabeza de largos cabellos rojos, sacudida por un vozarrón como el viento de octubre. Tal vez por esto, a la hora de buscar arrimo, Alfredón se acercó a una viuda de buen parecer y mejor carácter, joven aún pero con la suficiente picardía como para llevar del ramal a aquella bestia indomable.
Quince años, invierno a invierno, llevaba Alfredón entrando a dormir de noche en casa de la viuda, sin que consejos o reprensiones lograsen moverlo una pizca de su costumbre, cuando un día, cercana ya la nochebuena, ella le confesó que estaba encinta. Alfredón no preguntó por qué había tardado tantos años ni dudó que todo fuese limpio y cabal. Cumplidor al fin, dio su consentimiento, se apalabró la boda, hiciéronse las amonestaciones, se avisó a los parientes y se invitó a los vecinos, mientras la parroquia entera comentaba el portento del sucedido.
Llegó el día. Engalanáronse los novios, aportaron los invitados y se reunió la gente junto a la iglesia.
Nevaba. Caían trapos lentos y todo el valle estaba blanco. Bajo los soportales de madera, arrebujados contra las puertas cerradas, contemplaban en hipnótico silencio la línea negra que sus pisadas habían escrito sobre el incierto camino. El cura no llegó.
Alfredón miró los cabellos de la viuda, rubios, mojados y lacios bajo el pañuelo de color, se subió a las piedras que sostenían la campana y tomó la decisión:
- El gastu ta fechu; el convite, preparau; la xente, reunía. Con cura o sin cura, hay boda.
Y la hubo. O al menos se comió, se bebió, se bailó con el violín y la gaita, y se cantó hasta bien entrada la madrugada. A partir de entonces los novios se consideraron casados y se pusieron a vivir juntos.
Pasó el invierno - uno de los más fríos que después se recordaron -, llegó el deshielo y apareció el cura.
- Alfredón, hay que celebrar la ceremonia religiosa. Mientras tanto no estás casado.
Alfredón negose; la viuda no estaba encinta. La falta que la engañó, y por la que ella mintió de buena fe, era la menopausia. De nada valieron ruegos, consejos y hasta amenazas. Como el propio Alfredón decía:
- Yo prestéme por lo que diba a venir. Si non vien, yo tampoco voy. Y non ye que no me preste; pero les coses como son.
Mi abuelo Gaspar también era del Tejedal, y cuando se casó marchó a vivir a Villarcazo. No se llevaba muy bien con el cura - un gallego que vino antes de Don Félix - quien solía parar en su casa a tomar café de recuelo, pero si veía o presentía que Gasparón - así le decía- se aproximaba, cogía el portante y esnalaba.
El cura tenía la mala costumbre de meter su caballo a pastar en una de las fincas de Gaspar, y cuando éste se quejaba, aquél respondía displicente y burlón:
- Mi caballo come hierbas de Dios; no, pesetas.
Gaspar iba cargándose de cólera y de razón, y un día en que encontró al clérigo y al caballo saliendo de la finca, cogió una civiella y dio en golpear las espaldas del primero. Éste no le denunció, pero jamás volvió a tomar el café en su casa ni a meter el caballo en su predio.
El hecho le valió a Gaspar una trova que se cantaba en todas las fiestas:
“El cura de Pandavenes
sonaba en casa muy gafu
porque’i anduvo col llombu
Gaspar el de Villarcazu”.
Mi abuelo era pequeño, pero lo que Alfredón tenía de grande lo tenía Gaspar de airado y astuto. Siendo rapazos, aquél le había golpeado por no se cuál razón, si es que la hubo. Años más tarde, estando los dos jugando a las cartas en casa del Tío José, le dijo Gaspar:
- ¿Alcuérdiste del día en que me zurrasti? Non creo que hoy pudieses facelo.
- Yo creo que sí - respondió Alfredón sin dejar de mirar las cartas.
- ¿Y por qué no lo intentes, babayu?.
Alfredón hizo un amago de golpear a la vez que se alzaba de la mesa. Esto último le salvó la vida. Porque Gaspar sacó un pistolón del cinto y le descerrajó un tiro en plena cara. La bala entró por un lado del cuello y salió limpiamente por detrás. Entre el trueno, la herida y el susto, Alfredón abrió los brazos y se abatió con el ruido de un árbol desgajado, llevando tras de sí sillas, mesa y parroquianos. Gaspar tornó el cañón al cinto, contempló el desmonte, y desde lo alto de su metro y medio de victoria sentenció desganado:
- Paecíame a mí que non podía repetilo.
Al día siguiente subió la guardia civil y encontraron a Gaspar segando en la ería.
- ¿Sabe ud. dónde vive Gaspar Mateo?.
- Ciertamente - dijo poniendo la guadaña a un lado y arrimando la mecha del chisquero para encender la parva del cigarro - N’aquella casa d’allá enrriba. Si quieren hablar con él, vilu ahora mismo tirar pa la Llosa.
Siguieron los guardias y Gaspar, que entonces llevaba vacas en comuña de los Argüelles - un familia muy influyente de Infiesto - se fue para allá a buscar protección. Y la encontró. Alfredón sólo había resultado herido y el asunto, mal que bien, se arregló sin la intervención del juez. Nunca se supo lo que habría ocurrido después, cuando Alfredón se hubiese recuperado, porque a los pocos meses estalló la guerra civil y una querella torrencial los arrastró a todos.
Mi abuelo fue reclutado por la República para cavar trincheras en el alto de Las Cruces de Oviedo. Cuando el frente cayó, huyó al monte con Ramón el de Los Llanos y se entregó meses después.
Sus amistades consiguieron que fuese puesto en libertad, aunque no sin pagar una ristra de multas por ciertas frases dichas años atrás, que le valieron reputación de republicano y una ficha en los archivos de Falange.
Más tarde, los del monte quisieron matarle por resistirse a un intento de robo. Dejaron avisos por los pueblos vecinos de que estaba sentenciado y su familia le forzó a exiliarse temporalmente en Sevares. No aguantó mucho. Un año después compró una escopeta, regresó al valle y construyó una casa a orillas del Tendi. Cuando le conocí, jamás quería hablar del pasado. Era un hombre prudente y callado que sólo se dedicaba a sus cosas.
Alfredón marchó a la guerra en su alto caballo y pasaron los años, y mucho tiempo después la viuda le vio regresar una tarde a lo lejos y a pie. Reconoció su figura, su vieja manta de lana, su rojo pelo revuelto y el modo en que sus brazos colgaban. Sólo eso. Antes de que se hablasen, ella vio en la distancia su mirada cruzar errática por el aire.
- Esti non ye’l mismu home que se foi fai tres años.
Alfredón aún vivió otros diez. No volvió a trabajar. Pasaba los inviernos en el manicomio de Cangas, y el resto del año sentado en su casa, bajo el corredor enramado, mudo y solitario, con una sonrisa indefensa. Yo le conocí. Cuando subíamos a mesar las parras del Tejedal, o a llevar el ganado de comuña hasta las campas de Ogavia , Gaspar se detenía para liarle un cigarro de cuarterón que él cogía con gesto evasivo. Luego, un día, contaron que había muerto en el loquero.
Durante muchos años mi abuelo no quiso volver a hablar de él. Pero la última vez que fui a visitarlo, en el asilo de Pola de Siero, le pregunté si sabía algo de la gente del pueblo y respondió con los ojos cerrados.
- Hace más de medio siglo, allá en El Tejedal, había un hombre, grande y fuerte como una roca, llamado Alfredón.

24 03 2008
Gaspar Tendi (19:29:42) :

Cuentas pendientes

No era aquello lo que había pensado. Mi idea era marcharme a París. ¿A qué? A nada. Sólo quería irme. Y París tiene la ventaja de ser un sitio por el que nadie te pregunta qué motivos tienes para ir allá. Lo mismo podría haberme ido al sur o a Las Hurdes. Pero explicar qué iba a hacer en esos sitios era más difícil.
Los últimos meses de servicio militar son muy proclives a este tipo de planes. Quitando a los que quieren trabajar, volver con la novia o labrarse un futuro, el resto, o sea, cuatro o cinco, sólo pensábamos en poner tierra por medio.
Tenía novia, pero no trabajo. Y el futuro me inquietaba tanto como la vida, es decir, de un modo general. Demasiado general para el gusto de mi padre, sargento de la Guardia Civil retirado.
También tenía planes más concretos aunque igual de peregrinos: comprar una moto de segunda mano e irme a dar vueltas por cualquier sitio.
Mi novia era demasiado reciente y aún no opinaba, pero mi padre sí, y conocedor, bien que vagamente y por terceras personas, de la clase de cosas que rondaban mi cabeza, estuvo al quite. La víspera de mi licencia se presentó en el cuartel. Era la primera vez que venía a verme y supe enseguida que no para nada bueno.
- Te he conseguido empleo en una fábrica del Polígono de Macalsa. Si lo rechazas no vuelvas por casa. Búscate la vida.
En eso estaba; en buscármela. O algo parecido, porque con sesenta mil pesetas ahorradas, más que vida parecía un lío.
No encontré con quien estimar la propuesta. Mi novia, mostrando su patita blanca, aunque sin pelos, y entornando los ojos, dijo que decidiese yo. Obviamente, no fui yo quien decidió
El domingo por la mañana me fui del cuartel con la blanca, y a las siete de la tarde mi padre me llevó hasta El Ovetense, donde se había citado con un viejo amigo.
Le conocía. Se llamaba Luis y había trabajado como profesor en la Academia Prima. Ahora, al parecer, se dedicaba a otras cosas, aunque nunca supe a cuáles exactamente. Un tipo sardónico, pagado de sí mismo y antiguo apaleador alumnos – como era costumbre en la época –. Parecía pretender que le estuviera agradecido por la oportunidad que me ofrecía.
Yo opinaba que me estaba haciendo una putada, y pese a ocultar mis pensamientos, la expresión de mi cara debía tener algo acorde con ellos.
Y algo debió olerse; en cuanto mi padre marchó, comenzó a tratarme como a un sospechoso.
- En los trabajos hay que ser serio.
Sin duda. Nada más serio que trabajar. Se te quitan las ganas de bromas.
Al día siguiente quemé mis naves. Le di a mi novia el dinero que tenía ahorrado para que lo guardase – es triste no confiar en uno mismo – y Luis me llevó en su coche hasta Industrias Korsa, en el Polígono de Macalsa.
El sitio me gustó. Una enorme llanura con dos calles muy anchas e interminables, sobre las que se alineaban docenas de empresas de todas clases, y hasta alguna pequeña fábrica como la nuestra.
Industrias Korsa transformaba agar agar, un alga popularmente conocida como ocle, en una especie de harina seca, dispuesta para ser utilizada en farmacia, cosmética y alimentación. Tenía dos espacios bien diferenciados. Un edificio pequeño en el frente, con los despachos y el laboratorio, y un par de naves grandes detrás, en las que se ubicaban los depósitos, los hornos y la maquinaria necesaria para el tratamiento y secado de las algas.
La plantilla no era numerosa; veintitrés obreros, un encargado de almacén y una auxiliar administrativa. Y el jefe, por supuesto, que ese día no estaba. Supongo que habría algún otro cargo intermedio, pero no permanecí el tiempo suficiente para conocerlo.
Como tampoco llegué a saber nunca qué pintaba Luis en aquel negocio. Aparentemente, nada; amigo del jefe. Pero metía la nariz demasiado para ser sólo eso, como tuve ocasión de averiguar a mi costa.
Al lado de la oficina, un cuarto amplio con dos mesas enfrentadas a cierta distancia, había un laboratorio con diferentes aparatos que no vi jamás utilizar a nadie, ni supe que nadie se ocupase de ellos o entendiese siquiera su funcionamiento. Al fondo se encontraba la oficina del jefe. Un despacho amplio pero con pocos adornos personales.
- Serás el contable. La chica es auxiliar administrativa.
Contable es una hermosa palabra. Suena a dinero y responsabilidad. O por lo menos suena mejor que auxiliar. No es que me lo creyese del todo. Yo era ingenuo pero no tonto, o viceversa, y eso de que alguien te brinde trabajo de contable sin preguntar si has visto alguna vez en tu vida un libro de cuentas, me extrañaba. Aunque no dije nada. Ya había aprendido en el ejército que a los jefes no les gustan las preguntas.
Fue Luis quien, tras presentarme a la chica y al encargado, se ocupó de indicarme mis obligaciones. Básicamente, sólo tenía que anotar facturas y albaranes en diferentes libros. Recibía a las personas que traían algún paquete, asentaba la entrada y preparaba los albaranes para que más tarde el jefe los firmase. Debía ser muy escrupuloso. Lo demás eran tareas mecánicas, o sea, con máquina de escribir, típicas de cualquier oficina.
Nada del otro mundo. De hecho, el primer y casi único problema que se me planteó fue cómo llegar al trabajo. Los autobuses no entraban al interior del polígono. Te dejaban en la carretera general, a más de un kilómetro de distancia.
Los primeros días fue el encargado quien me traía y llevaba en coche. A mí y a la chica. Por cierto, se llamaba Victoria y era una rubia treintañera, con buen tipo y mal carácter.
Enseguida supe que no iba a poder hacer nada sin su ayuda. Jamás había entrado en una oficina. Albarán me sonaba a ave marina, y el debe y haber a libro con pastas muy duras. Esos eran todos mis conocimientos al respecto. Adopté pues el papel de aprendiz y le di tácitamente el nombramiento de jefa de sección.
Me trataba bien, aunque con suspicacia. Como no conocía los ambientes laborales de esa clase, supuse que debía ser normal. Respondía a mis consultas con amabilidad, pero en cuanto pasaban diez minutos sin que yo preguntase nada, inquiría acerca de lo que estaba haciendo.
Por aquel entonces yo no era un tipo dicharachero. Hablaba poco y escuchaba menos. Una vez obtenida la información precisa me sumergía en mis propios pensamientos. Tampoco soportaba bien la retórica al uso, que al parecer mantiene abiertos los canales de comunicación. Soy de esa clase de personas a quienes irrita que le digan las cosas dos veces. Con una tengo suficiente. Y si no basta, es que no me apetece hacer lo que me piden. Lo demás son ganas de dar la tabarra.
- ¿Qué estas haciendo ahora?
- Asentar facturas.
- Luego tienes que hacer inventario. Pero no hoy.
Todo iba bien, aparentemente. Ella me contaba alguna que otra cosa acerca de su marido y de su hija, y yo respondía telegráfica pero puntualmente a todo lo que la inquietaba.
- ¿Tienes novia? ¿En qué has trabajado antes? ¿De qué conoces a Luis?
Mi primera desazón la provocó el jefe. Apareció al tercer día. Un joven poco mayor que yo, pulido y rojo a causa del sol y la nieve – estábamos en febrero -, y desprendiendo un fuerte olor a crema de nivea.
También seco, circunspecto, afectado y distante. Su padre acababa de morir y él, según me contaron, apenas si llevaba tres meses haciéndose cargo de la empresa.
- ¿Se pone ud. al tanto?
- Creo que sí.
No le gustó el creo, me parece. Me midió al soslayo. No solía
mirar de frente; fijaba la vista en los papeles o en la nada de la pared de enfrente. El primer día le puse las facturas a un lado de la mesa y aguardé a que las firmase. Permaneció inmóvil y silencioso durante largos y embarazosos segundos, e hizo un gesto extraño con la mano. Por una especie de intuición milagrosa, comprendí que quería que se los pusiese justamente delante y que fuese recogiendo los que iba rubricando. Fingía mirarlos brevemente y firmaba tras hacer alguna pregunta inútil y oficiosa.
- ¿Ha comprobado el paquete?
Esa era una de las cosas en que Luis más me había insistido.
- No te fíes de nadie y no des nada por hecho.
La expresión del jefe cuando llegaba a media mañana era de fastidio. Por lo visto no le gustaba nada firmar y cobrar.
También yo estaba fastidiado. Si me hubiera gustado poner cara de simpatía a un gilipollas, habría quedado en el ejército. Me lo propusieron. En el año y medio que permanecí en filas había ascendido a sargento y, poco antes de la licencia, el coronel me convocó con la excusa de despedirse.
- ¿No le gustaría continuar en el ejército?
¿Cómo decírselo? Respetuosamente, por supuesto.
- Con dieciocho meses de mili tengo suficiente, mi Coronel.
Me expulsó en el acto. Le comprendí; me entendió perfectamente. Y no me había llamado para charlar.
La segunda desazón me la dio el encargado. Luis me dijo una mañana – solía aparecer por allí de cuando en cuando – que cogiese la furgoneta de la empresa y fuese al Banco de Bilbao, en la Plaza Porlier, a realizar un pago.
- Las llaves se las pides al encargado.
Pero el encargado comenzó a poner objeciones. Eso me impacientó. Podía admitir que no me dejase la furgoneta. Lo que no entendía es que diese tantas vueltas para decir sí o no.
- La furgoneta no está para esas cosas. La última vez que la cogió alguien, estropeó la caja de cambios.
- Pues no debí ser yo, porque estaba en la mili.
No le gustó y siguió con su bla bla.
- Bueno, pues voy en autobús.
- No es eso. Pero…
Aún no conocía la psicología de los jefes. Procuran siempre que te sientas culpable por trabajar. Como si estuvieran haciéndote un favor consintiéndolo.
La tercera inquietud me la provocó Luis. Un día apareció a la hora de comer y me llevó en su coche hasta casa. En realidad me dejó a la entrada de Oviedo, porque según él yo vivía lejos de donde debía y ya se sabe que los coches se cansan.
- ¿Qué llevas ahí?
Era obvio. Así que aguardé a ver qué era lo que le inquietaba en un objeto tan peligroso.
- ¿Para qué quieres un libro?
Pensé en qué se podía hacer con un libro y me mordí la lengua.
- Para tener algo que leer si me quedo a comer por aquí.
No lo creyó y no le gustó. Ya se sabe que la gente que lee libros sufre ataques de descontrol y es capaz de ponerse a hojearlos en cualquier sitio y delante de menores.
- Al trabajo no se traen libros.
Le hice caso. Aunque no gozase de mis simpatías, Luis no tenía la culpa de que a mí no me gustase aquel trabajo. Tras tantos meses de mili, consideraba que tenía derecho a un descanso y a pensar con calma qué hacer con mi vida. Pero mi padre opinaba que justamente eso era la mili: un tiempo de tregua; y que ya era hora de que me pusiese a trabajar de verdad.
Quien te da de comer tiene razón. Me encontraba en un callejón sin salida y andaba bastante cabreado. Estaba atrapado y no podía culpar a nadie salvo a mí mismo por ello.
Quién lo habría pensado. Fue Victoria, con su mala uva, quien vino a sacarme del atolladero. Una tarde, Luis se acercó a recogerme a la salida, y con cierto aire de misterio me dijo que al día siguiente hiciese una lista de todos los empleados de la fábrica. No sabía para qué la quería ni me importaba. Casi le agradecí la petición. Ahora, aunque fuese una nimiedad, me debía un favor. Supongo que me sentía algo culpable por concebir tanta animosidad hacia alguien que, al fin y a la postre, me había hecho el favor objetivo de proporcionarme un empleo.
No pasó inadvertida mi tarea a los atentos ojos de Victoria. Sin necesidad de acercarse a mi mesa, supo que andaba en algo que ella no controlaba.
- ¿Por qué haces eso?
- Me lo pidió Luis.
- ¿Para qué?
- No lo sé.
No se lo pensó ni un instante.
- No lo hagas.
- ¿Por qué?
- Porque no.
Lo bueno de la gente que habla claro es que no precisa muchas palabras para hacerse entender. Ni siquiera necesité responderle. Y seguí haciendo la lista.
- Como la hagas te la rompo.
Cada cual continuó con lo suyo y al cabo de un rato se levantó, vino hasta mi mesa, se inclinó y echó un vistazo. Agarró con fuerza el papel y tiró. Los engranajes del rodillo gimieron doloridos.
- Te dije que lo rompería.
Y lo hizo. Allí mismo lo rompió lentamente en pedazos pequeñitos. Después se fue hasta su sitio, se sentó, levantó la barbilla y me contempló.
Yo también la miraba, pero veía más allá. Veía un horizonte abierto gracias a ella. Se me ocurrió enseguida, como si hubiese estado esperando eso desde el momento en que vi que no le gustaba la lista.
Supongo que notó algo raro en mi cara. Algo que no coincidía con lo que esperaba.
- ¿Estás enfadado?
- No exactamente.
- Te lo había dicho.
Qué manía. Algunos parecen suponer que cuando una guerra se declara formalmente el agredido no puede quejarse. Aunque, pensándolo bien, no dejaba de tener razón. Algunas cosas son cuestión de fuerza. Lo que tal vez ignoraba es que la guerra sólo había comenzado y que yo ya tenía un mate para su jaque.
Me pasé el resto de la mañana silbando, para irritación de Victoria que no sabía cómo interpretarlo.
- Tú eres un poco raro.
- A ratos, como todo el mundo.
Esa mañana, el jefe no apareció. Cuando llegué por la tarde, vi que andaba por los talleres y fui hasta allí.
- He venido a decirle que me marcho. Dejo el empleo.
- ¿Cómo dice?
- No estoy a gusto.
Le expliqué el asunto fríamente y fríamente me respondió.
- Ese no es un motivo. Haga otra y no deje que se la rompa.
Tenía razón, pero no iba a permitir que me quitaran el único hueso que poseía.
- No me gusta trabajar en un sitio en el que se hacen esas cosas.
Esta iba directa y lo acusó.
- Si no sabe defenderse…
- Yo vengo a trabajar, no a pelearme con nadie.
Supongo que el yo le dio mala espina y se mostró displicente.
- Ya hablaremos a final de mes.
Debíamos estar a diez u once. Así que me puse terco.
- Estaré una semana más para que busque a otro.
Se engalló.
- Un trabajo no se puede dejar así como así. Hay unos plazos.
Saqué mis plumas.
- Ah, entonces me iré mañana.
Me miró directamente a los ojos, por primera vez desde que estaba allí, y lo que vio no debió gustarle. Se fue sin decir nada más ni despedirse.
A la media hora todo el mundo parecía saber la noticia. El encargado entró y susurró algo al oído de Victoria.
- ¿Por qué has hecho eso? – me dijo en cuanto nos quedamos solos.
- Por lo mismo por lo que tú rompiste la lista.
No volví a ver a ninguno de los que estaban en la fábrica. Ni a Luis. Alguien se encargó de decirme que estaba muy resentido.
Tuve que irme de casa; mi padre no se tragaba lo de mi dignidad ofendida. No le constaba que tuviese eso. Volví a los cinco meses, una vez que encontré algo con lo que encubrir mi ociosidad: instalador de extintores.
La verdad es que me consideraba algo culpable por haber dejado a Victoria en mal lugar. Es cierto que ella se lo había buscado, pero conforme pasaba el tiempo, me sentía menos orgulloso de mi astucia y más sensible a sus repercusiones.
Un día, comiendo en familia, me interesé por la fábrica, como un modo de dar a entender que consideraba el asunto zanjado.
- La chica se fue del trabajo o la han echado. Y el encargado ya no está de encargado.
Me sorprendió. Y empecé a pensar que en aquella historia el más inocente había sido yo. Recordé que, pese a ser perito mercantil, Luis me había dado clases de latín y, aunque yo no, él seguramente algo había aprendido haciéndolo.

9 04 2008
Gaspar Tendi (22:25:25) :

Gaspar Tendi
CUENTAS AL MARGEN

Le encontré en la plaza del Ayuntamiento con el aire de quien no sabe qué dirección tomar. Aunque no estaba parado, sino girando alrededor de un punto invisible como si al cambiar su trayectoria, la inercia le hiciese patinar sobre el brillante enlosado. Su saludo fue impreciso: levantó un brazo sin volverse del todo, temiendo tal vez que yo continuase mi camino dejándole en posición desairada. Tampoco completó el movimiento. Lo dejó a media altura hasta que vio que le ofrecía resueltamente la mano.
Su aspecto era el de siempre: el mismo jersey rojo con los gastados pantalones de tergal, el mismo hueco en la parte frontal de la dentadura, la extremada delgadez y su habitual aire esquinado. Enseguida preguntó si le convidaba a un café. Me asocia con alguien de quien no resulta difícil obtener una invitación. También, como de costumbre, recordó que me debía dinero.
- Coño, te debo diez mil pesetas - dijo en un susurro, como si me hiciera una confidencia - Tengo que dártelas algún día.
Son bastante más de diez, pero teniendo en cuenta que no aceptaría su devolución - salvo que notase que eso le hacía algún bien a su orgullo, lo que no parece ser el caso, ya que no a su bolsillo - no tomo a mal que mi deuda vaya adelgazándose en su frágil memoria.
Tal vez sea ese el modo en que su estima se mantiene. Sabe que soy un complaciente acreedor y así lo hace constar cada vez que nos vemos; aprovechando además la ocasión para ir amortizando virtualmente el montante. Y como yo consiento en su particular contabilidad, supongo que él mismo terminará por dudar y por acabar creyendo que las cuentas son tal y como las presenta. A veces, incluso se permite ciertos adornos que en otro cualquiera sonarían a sarcasmo.
- Diez mil más la parte correspondiente a los intereses, que según está la inflación hace un total de…
Le dejó hablar mientras calculo mentalmente que, teniendo en cuenta sus técnicas de descuento, la próxima vez que me encuentre con él habrá liquidado su deuda sin desembolso alguno.

- Es que todavía no he cobrado. Ya sabes que la pensión de beneficencia llega un poco tarde; no se cobra hasta primeros de mes. No pude acogerme a una pensión de la seguridad social porque aunque trabajé siete años, jamás coticé. Cuando andaba con aquella furgoneta repartiendo repostería. Así que me dan las veinticinco mil de beneficencia más las diez mil que le he logrado sacar a la seguridad por esos siete años. ¿Te importa que pida algún pincho? Así ya no necesito cenar, porque hoy he merendado en casa de mi madre. Vive en La Monxina, cerca de donde me encontraste aquel día, ¿te acuerdas? A mi hermano le tocaron dos millones en la lotería, pero sólo me da dos mil pesetas al mes. ¿Qué te parece? Y a mi madre sólo le entregó doscientas mil. Lo demás se lo guardó él. A lo mejor le conoces. Es uno al que le falta una pierna. Suele andar pidiendo junto al Marchica o a la puerta de la Iglesia que está enfrente. Se la llevó un coche. Estaba borracho. Iba andando, pero estaba borracho. Yo ceno en Casa Benino, en Vallobin. ¿No lo conoces? ¿Cuánto crees que me cobran por una sopa y un arroz con gambas, más el postre y el vino? Quinientas. Y si es un huevo con patatas y todo lo demás, trescientas. Barato, ¿verdad? Suelo desayunar aquí. Ya me conocen. Ese, el encargado, se llama Julio. Muy buen chaval. Me dejan leer los periódicos. Tienen La Nueva España, La Voz y Diario 16. ¿Te lo pido? No, claro; ya supongo que tú los compras. También voy a la Cocina Económica. Es más barato, pero la comida alimenta menos. Sigo en la misma pensión. Llevo dos años. Desde que marché de aquella de la parte vieja. Está ahí detrás, en la plaza del Paraguas. Pago quinientas al día, con lavado de ropa. Aunque tengo que dormir en una habitación con otros dos. Mira, ahí va Manolín el gitano. Está loco. Ese se lesiona para pedir. ¿No me encuentras mejor? Ya no estoy tan delgado. ¿Te acuerdas de cuando estaba tan mal? No paraba de adelgazar y se me caían los dientes. Todo el día temblaba. Los médicos no sabían qué tenía. Llegué a pensar que era sida. Luego resultó que debía ser cosa de los nervios. Me pasa algo. Aunque a veces estoy bien durante meses. Tomo tres pastillas diarias. Quisieron ponerme corrientes, pero no me dejé. Ahora he bajado un poco la dosis. Mira, fíjate qué guapa está aquella de la esquina. Un día tienes que venir a comer a Casa Benino. Ya verás qué bien se come. Y barato. ¿Puedo pedir otro pincho? Así ya no ceno. Menos mal que te encontré. Fíjate, me quedaban setenta pesetas. Sólo pensaba tomar un café. Es que hoy fui a la lavandería. Benino me fía cuando no tengo dinero. ¿Sabes que a Gitano Jimenez le han metido catorce años por tráfico de drogas? Mira que dar droga a los jóvenes. Yo no puedo tomar nada de eso porque me vuelve loco. Ahí viene la policía… Claro que les tengo miedo. Son igual que los delincuentes. No, a mi nunca me ha pasado nada. Por las tardes paro en la parte alta. En San Remo y otros sitios. Sigo vendiendo jabones y pañuelos de papel por las casas. Los compro en Simago a sesenta y los vendo a ochenta o a cien. Algunas personas me dan cien, aunque pida ochenta. Si no, no podría llegar a fin de mes. Cada vez está más difícil; ya nadie quiere abrirte la puerta. Tengo carné de conducir, pero no puedo comprar una furgoneta porque entonces me quitarían la pensión. Claro que tampoco tengo dinero para comprarla. Esa es la verdad. ¿Has visto lo guapas que están las mujeres? Mi patrona no me deja ducharme más que una vez por semana. Porque se gasta mucho gas, dice. Pero puedo ver la tele cuanto quiera. Conozco a una chica… Y tiene una hermana. Tienes que venir un día conmigo. Es una lástima que hoy no anden por aquí. Porque traigo mi mejor ropa. La hermana está muy bien. Tiene veintiséis años. Tú le vas a gustar, porque eres un tío con suerte. ¿No me encuentras mejor que antes?
Bastante mejor. Sobre todo recordando el día en que le vi llorando, a las ocho de la mañana, por la carretera de un barrio de las afueras, con su bolsita de jabones y su boca sin dientes. Y entonces me alegro de encontrarle como hoy: tranquilo, sablista, pensando en comida y haciéndome notar en cada esquina que ya es verano y que las mujeres pasan leves, distantes y hermosas, atravesando un tiempo que jamás ha existido, pero del que siempre guardaremos grata memoria.
- ¿Puedes prestarme mil pesetas?
Le doy dos, a pesar de sus débiles protestas, le deseo buena suerte y le despido en una esquina. Y mientras me alejo aún tengo tiempo de oír su voz reconstruyendo una feliz contabilidad.
- ¡Ahora te debo cinco mil!
Porque, al fin y al cabo, aunque le conozco desde hace más de veinte años - desde que compartimos pensión cuando los dos acabábamos de llegar a la ciudad buscando el rostro de la suerte y del futuro - de repente me doy cuenta que yo también he ido olvidando algo con los años: su nombre.

16 04 2008
gaspar tendi (08:47:23) :

Licor de pisaúreo

Sólo nos pidieron cuatro perronas y yo y todos los demás teníamos mucha curiosidad porque las casas de piedra están ahí desde siempre y uno sabe para qué sirven son cosas de la gente mayor que conocen lo que es todo aunque no lo digan y cuando hablan cuentan que si alguien dijo a otro no se sabe bien qué cosa y éste se enfadó o que tienen que ir a algún sitio a por algo y después resulta que son papeles que sólo ponen números sobre el agua de los grifos y la luz de las bombillas y cosas por el estilo.
pero aquello lo habían hecho Paco el Trolas y Toni Ponzoña que son mayores que nosotros y por algo sería porque ellos siempre andan metidos en cosas interesantes aunque nunca nos dejan enterarnos de lo que es y nos dicen que nos demos un clareo y nos echan a pedradas
la cabaña era de cartones gruesos con chapas de hojalata clavadas a unos postes y con ramas de saúco por encima estaba muy bien hecha y era más grande que las que nosotros solemos hacer además habían puesto una tela negra tapando la entrada y cuando salían o entraban se veían más cortinas amarillas y unos frascos de cristal llenos de líquidos de colores todo muy extraño que no podíamos ver más porque Toni que tiene muy mala leche siempre se había colocado delante de la puerta con una tocha de plátano aunque se veía que no era como otras veces y no quería que nos fuésemos lo que ya era bastante raro por eso cuando nos dijeron que teníamos que pagar cuatro perronas para ver la función de magia salimos todos disparados cada uno a su casa
y yo dije que eran para comprar banzones de barro que le debía a Juan el Clisos porque que si digo la verdad tenía que explicar qué clase de función era esa y quién la hacía y en dónde y así porque cuando te preguntan para qué quieres el dinero tú vas y cuentas la cosa con todos los detalles pensando que cuanto más lo expliques más claro quedará que lo necesitas y luego resulta que es al revés porque tienen más para discutir y pierdes el tiempo no sacas nada y te marchas enfadado porque al contar el asunto te emocionas más con él
y es que les cabrea que a uno le gusten ciertas cosas porque te hacen preguntas que se ve que no son preguntas ni nada como para qué quieres tú eso menuda tontería tirar el dinero así y te dan ganas de gritar mierda pero no puedes porque la cagas más y no sacas nada como no sean pescozones o zapatillazos de modo que tienes que aguantar y pasar por un idiota al que le gustan bobadas como si uno fuese tonto y no supiese que cuando algo te gusta es que la cosa está muy bien
de manera que insistí durante quince minutos en la deuda de los banzones y lo hice bien porque mi madre dijo que estaba harta de oírme que no soportaba más y que esperaba que aprendiese que cuando no se tiene dinero no hay que jugar y que hay que saber parar cuando se va perdiendo y siguió así porque dice que va a educarme aunque para ello tenga que estar hablando hasta el día del juicio pero que no necesitará tanto porque antes me romperá en el culo el palo de la escoba de modo que cuando empezó con el sermón yo ya sabía que me iba a dar las perronas porque cuando te dan algo siempre quieren que aprendas algo que ellos tienen entre cejas aprovechando que debes quedarte escuchando para cobrar al final aunque a mí me parece y no piensen mal porque mi madre es muy lista para todo que no entiende muy bien lo que es ir perdiendo a los banzones o a la taba y saber que puedes superarlo y ganar una rana de piedra o una bola de cristal
así que la cosa marchó bien y salí corriendo sin parar que cuando llegué tenía flato y todos estaban dentro sentados sobre unos cartones al fondo de la cabaña y por un momento tuve miedo de que no me dejasen entrar a pesar de llevar las cuatro perronas pero entré y me senté también en el suelo allí donde me dijeron y todos estábamos muy contentos no sé por qué y la hermana de Toni y otra amiga suya que siempre lleva las faldas muy sucias se reían como locas y de repente apareció un amigo de Paco envuelto en una sábana cantando la música del nodo y luego entró Toni con un turbante en la cabeza y una tela violeta enrollada al cuerpo mientras se oía un ruido de tambores muy fuerte como si golpeasen latas y bidones sin parar y cuando estaba anunciando el espectáculo que eso sería porque hablaba de una manera que no se entendía apareció Paco y se volvieron a oír los tambores y venía igual con turbante pero con una capa de cuadros rojos y azules que parecía un mantel de hule que seguro que era eso así que nos pusimos a reír y luego a aplaudir y estábamos muy contentos y con un poco de vergüenza porque nunca habíamos aplaudido a nadie nosotros solos y Paco se puso delante de Toni y no le dejaba hablar y dijo que lo que iba a hacer era un experimento único que varios fakires se habían vuelto locos intentando realizarlo y tenían las piernas desnudas debajo de las telas que eran cortas por eso mirábamos si llevaban calzoncillos o si se les veía algo pero estaban muy bien tapados y Paco que no parecía él con aquel turbante y la cara pintada de blanco que sería harina o eso parecía hablaba con una voz cavernosa con palabras raras y se le escapaba la risa y nosotros nos reíamos también y Toni que estaba detrás trataba de levantarle el trapo con un palo como si quisiera que se viese algo y Paco hacía como que no daba cuenta y con esto nos reíamos aún más
luego fue cuando dijo que iba a hacer magia negra y a transformar agua en licor de oro el pisaúreo un licor que usaban los magos y fakires de la India y que lo haría con unos pases y conjuros para lo que necesitaba un ayudante y cogió a Mari la Ripia que siempre está pálida y se ríe mucho y pega unos chillidos espantosos en cuanto la tocas y le mandó cerrar los ojos comenzó a pasarle la mano por el cuerpo pero sin tocarla para arrancarle la energía oculta decía pero al final le tocó una teta que no la tenía porque no abultaba pero era donde tenía que estar si la tuviera y aquello nos puso a todos muy contentos y ella daba los chillidos que ya dije que daba siempre mezclados con los aplausos y con los tambores de lata entonces Paco echó agua en un vaso que se veía que era agua porque estaba muy clara lo puso en el suelo y abriendo la capa de hule lo tapó dándonos la espalda mientras Toni y los otros cantaban una letanía como de iglesia y cuando levantó el vaso el agua se había convertido no sé cómo en licor amarillo se puso a explicar las virtudes curativas del elixir y se lo ofreció a Jamín que estaba en primera fila porque siempre se pone delante en todos los jaleos y ya le han caído muchas y él bebió un sorbo pero enseguida lo escupió y fue entonces cuando la hermana de Toni y sus amigas que no paraban de reír comenzaron a gritar que había bebido meada mientras Paco decía que no que era licor de pisaúreo y se armó mucho follón porque todos queríamos salir y caímos contra una de las paredes de cartón que se rompió y ya todo el mundo chillaba y reía y reñía menos Jamín que estaba muy pálido y decía que quería vomitar y unos cuantos se lo llevaron cogido por los brazos a su casa que estaba muy cerca y algunos decían que se le iba a mezclar con la sangre y yo fui detrás para ver qué pasaba le dijeron a la madre que había bebido meada ella le pegó allí mismo y entonces sí que empezó a vomitar de verdad mientras chillaba que estaba muy enfermo
total que la madre fue y nosotros detrás y agarró a Paco que estaba recogiendo los frascos le enganchó por los pelos pero él se escapó de un tirón pero ella cogió uno de los palos del tambor y le dio dos veces antes que Paco se tirase de cabeza contra una de las paredes de cartón y saliese por el agujero
y luego se armó mucho follón porque no sé cómo aparecieron las madres de casi todos menos mal que yo vivía lejos de allí y la madre de Jamín dijo a otra que era una andaluza y se engancharon por el pelo pero salieron los hombres del bar Galicia las separaron y la tomaron a puntapiés con nosotros llamándonos sinvergüenzas y nos echaron a todos de allí y cuando fui y se lo conté a mi madre me riñó y me echó a buscar las cuatro perronas si no más me valdría no volver a casa y esta vez sí que mi padre se enteraría así que fui a buscar a Dani el Bolas que siempre está en la sala de billares jugando al futbolín y que me debe cosas de otras veces y se las pedí pero antes tuve que contárselo todo menos mal que cuando llegué a lo de la pelea me dio las perronas y salió disparado para allá con los que estaban allí escuchando que iban todos a ver si seguía el follón
y entonces fui y se las di a mi madre y le dije que yo nunca hubiese bebido el licor porque tengo ya siete años y me daba cuenta que estaba meando el vaso pero ella dijo que no me creía porque me conoce que yo era más tonto que un huevo sin cáscara y que no me iba a dejar marchar de delante de casa que menudo inocente y alma cándida era yo pero luego se reía porque le dan cosas así me acarició la cabeza y me devolvió las cuatro perronas para que me comprase algo así que me fui otra vez hasta el Triángulo a ver qué pasaba pero sin fiarme de nadie porque tengo ya siete años de modo que cuando vi que andaba por allí la banda del Negro que es un gitano pequeño pero con mucha fuerza y que cuando agarran a alguien que es enemigo le bajan los pantalones y le hacen la cura con ortigas escondí las cuatro perronas en el calcetín y me fui hacia el parque pegándole patadas a una lata haciéndome el distraído
y no sé por qué estaba muy contento porque habían pasado muchas cosas y porque de pronto me di cuenta de lo que quería decir pisaúreo y me senté en un banco feliz porque en esta vida si uno se fija en las palabras entonces nadie puede ya engañarte.

16 04 2008
NeFtis (18:35:11) :

I need YOu…
Supongo que era demasiado pedir….

Supongo que imaginé que todo seria tan perfecto…

Que no tendría ni que cuestionármelo siquiera.

A veces uno echa de menos cosas que no conoce, pero que sabe que existen, pues están grabadas a fuego en tu alma.

Hay días en los que te despiertas y nada es lo mismo.

Lo peor de todo es que el mundo no se parara a esperarte mientras arreglas tu pasado.

¿Prefieres lluvia en las calles a mojarte por dentro?

Una palabra cambia el día…un gesto cambia el significado…una mirada destroza ilusiones…pero una palabra no dicha…Mata…

¿Quieres correr ese riesgo?

16 04 2008
NeFtis (18:37:55) :

Bien, aquí llego yo, pondré cosas que tengo escritas….

Me hundo en una pesadilla de la que temo no despertar.
Sé que no es el momento mas adecuado para morir…
¿A quién vas a llenar de mentiras si no estoy yo?
No caeré mas en tus juegos perversos, aprendí que el sol quema si te expones demasiado, y me alejo de ti para no quemarme mas, prefiero la palidez fría de la luna, su suave resplandor que me ilumina el espíritu.
Acepté que no hay nadie como yo, tras fracaso y mas fracaso me aislé del mundo,.
No toleraré que vengas a recomponer mis esquemas, no quiero darte lastima.
No me importa lo que pienses.
Tu juego de mentiras esta basado en hechos reales.
Y ya mi mente no necesita alimentarse de tus desechos.
¿Crees que mi alma necesita de tu alma?
Dios, me reconcome oír que piensas que soy tan fría….
no tengo una tibieza propia de la humanidad…no te digo lindezas como otras te dicen. Tal vez fue por eso por lo que no creíste encontrar en mi tu ideal.
Yo no necesito de halagos, no necesito de cumplidos, si no son sinceros.
A veces creo…que no hay nada mas, que nadie responderá a mi llamada.
Y que nadie comprenderá mi desdicha.
Cuando pienso en ti y lo que dejé por ti.
Lloro lágrima de sangre mi amor!
Es una desdicha….una cruel tragedia, me has ganado en tu juego, pero aun no perdí la batalla y esta por ver nuestra guerra.
No soy tan débil como piensas.
Ni tan humana como parezco.
¿Te sorprendería descubrir en mi una diosa tallada en el mármol?

16 04 2008
NeFtis (18:38:55) :

lo ultimo:

Le vi, caía la noche silenciosamente.
Le vi.
Su silueta se recortaba en la noche fría.
Me miró, tenia los ojos negros,me sorprendió. Quise parpadear y mirar de nuevo su figura, y al abrir los ojos ya no estaba. La incertidumbre se cernió sobre mí, no podía ser, el anhelo de mi vida esfumado, el deseo incontrolable que me dominaba se tiró al suelo.
Giré para buscarlo desde todos los ángulos posibles.
No había nada, ni un rastro, ni el mas leve olor.
Me acerqué a una farola que iluminaba brevemente un espacio de calle.
Y lo sentí.
Detrás de mí, esa presencia de quien no quiere ser encontrado.
Me giré.
Cara a cara con la muerte, tan hermoso.
Como solo un ángel caído puede ser.
La palidez fría le daba un cierto aire triste, me estaba mirando, escrutando mi ser con su mirada, temí por mi vida.
El se rió.
Parpadee con miedo a que volviera a desaparecer, pero el no se movió de allí, parecía una estatua de mármol colocada a mi lado.
Temblaba sin control, el rodeo con sus manos mi cintura y se acercó a mi cara, a mi cuello, vi un destello letal en su boca y note un leve pinchazo en el cuello.
Suspiré.
Aquello que andaba buscando me exigía un tributo de sangre.
Y paró.
Sentí un suave cosquilleo cuando su sangre entro en contacto con la mía, curando mi herida.
Me desmayé…

30 04 2008
Chantal Müller (19:41:08) :

EL VIENTO Y TÚ SOIS LO MISMO

El viento y tú sois lo mismo: bocanada de frescor.
Se cuela,
Te cuelas,
Os coláis por los rincones más ignotos,
Por los pertrechos caminos que conducen a atardeceres
Donde nadie espera,
Donde todo parece en calma, pero no.

El viento y tú bebéis la luna,
Volvéis al cauce silencioso,
Os empapáis de la risa que cunde en las mañanas,
De la que emerge, sigilosa, del fondo de las venas.

El viento y tú sois lo mismo: cobertor de abrazos,
Arco-iris de diarios, de tormentas, de esperanzas…

El viento y tú, corazón de espiga,
Trigo limpio, pan, arcilla que alimenta,
Moldea,
Entristece,
Enmudece, estrella, dulcifica,
Crucifica, entrega, asfixia a besos…

El viento y tú,
El viento y tú sois lo mismo.

MIGAS DE PAN

Estábamos allí,
Sin velas,
Sin conciencia del aire, ni del tiempo.

Estábamos allí,
Asomados al vértice de la noche,
Alrededor de los astros,
-sobra decirlo-, alrededor de los imanes de los labios.

Giraba el mundo,
Giraba otro mundo ajeno al nuestro, fuera.

Oscureció,
Anocheció sin miedo,
Amaneció al tercer día…

Nada alrededor,
Ni velas, ni aire, ni tiempo,
Sólo la luz de la mañana
Y unas MIGAS DE PAN bajo la mesa.

REGÁLATE TIEMPO

Regálame las siete de la tarde:
Quiero, para mí, su luz amarillenta y desvaída,
Su luz de candil y libro antiguo.

A su amparo es amable la lectura:
Neruda, por ejemplo,
Ramón García Mateos, Julio Obeso,
Margarita Duras, Cortázar, José Luis Sanpedro…

Dame las siete de la tarde
Para contestar tu carta, tu llamada (sin agobio),
Las siete, para ver llegar la noche
Como si fuera un día que amaneciera en sepia,
Como si fuera a encontrarte en una playa de estrellas.

Déjame escaparme del cansancio,
De la música que no amo, de esos ruidos que matan la memoria…

Las siete, para esculpir en el aire la ternura,
Las siete, para oír la voz que me acompaña,
Mi voz, mi voz y yo,
Bajo la luz rizada de las siete de la tarde.

18 05 2008
Gaspar Tendi (15:23:25) :

El caso de la madre naturaleza

Habíamos llegado con cierta excitación a la reunión que el Sr. George Bentley organizaba todos los meses en su residencia. La noticia de lo ocurrido en la turbera de Messer estaba en boca de todos, y la presencia de la señorita Marpley y del comisario Johns – invitados habituales – prometía una velada interesante.
El Sr. Bently era un reputado biólogo marino, a quien su gusto por la vida natural y apacible había relegado, en opinión de cuantos admiraban su dedicación y conocimiento, a una ocupación inferior a sus méritos. Él solía admitir estos y otros elogios con afable sonrisa.
- ¿Y qué pintaría un biólogo marino en Oxford, lejos del mar?
Esa noche el foco de nuestra atención se centraba en el comisario Johns - recién llegado de la vecina población de Saint Mary, justo al lado de turbera donde se había encontrado al niño -, quien se disculpó ante el anfitrión por sus zapatos embarrados.
Que aparezca el cadáver de un niño ya es suficiente motivo de inquietud en cualquier circunstancia, pero que además se diga que ese cuerpo, en perfecto estado de conservación y sin heridas aparentes, podría llevar semienterrado en la turba cerca de un año era algo más que sorprendente.
- Según el forense, las turberas son un lugar óptimo para evitar la corrupción de un cadáver. Como saben, en ellas se forma turba, y más tarde lignito, a partir de restos vegetales. Pues bien, casi todo el oxígeno se combina con parte del carbono formando anhídrido carbónico, que se desprende a la vez que el metano, creado a su vez por el hidrógeno y el carbono. Estos gases, asfixiantes aunque no tóxicos, hacen de las turberas un lugar peligroso, sobre todo a ras de tierra, al escasear el oxígeno y abundar los citados gases. Lo sorprendente es que la falta de oxígeno tiene la consecuencia añadida de provocar la ausencia de bacterias, necesarias para la descomposición de los cuerpos. Esto explica el fenómeno de la conservación.
- Pero no el de la presencia del niño – dijo Olga Bishop, la vecina más cercana del Sr. Bently, quien entró justo a tiempo de oír las frases finales del comisario. Habitualmente, la señora Bishop no necesitaba demasiados datos para dar su opinión, aunque nadie la solicitase. Y cuando no la tenía, incitaba a su querida amiga, la renuente señorita Marpley, a darla en su lugar.
- Ciertamente – admitió Johns -. Pero es muy pronto para poder afirmar algo con fundamento. No hay constancia de la desaparición de ningún niño por estos contornos desde hace muchos años. Por otro lado, el cadáver no presenta ningún signo de violencia.
- Tal vez – dijo Olga – el Sr. Bently pueda avanzar alguna hipótesis. Al fin y al cabo es un estudioso de la naturaleza. Y supongo que algo tendrá que decir sobre las turberas. ¿Nos está escuchando, George?
- Disculpen mi distracción – dijo el Sr. Bently con voz soñolienta entre el humo de su inevitable pipa -. No quiero parecer insensible, pero es poco lo que yo podría aportar al caso. Hay algo que requiere toda mi atención desde hace unos meses. Un pequeño misterio que no soy capaz de resolver.
- ¿Lo compara a la muerte de un niño?
- De algún modo, sí. Se trata de la aparición en las playas de Escocia de ciertos animales marinos muertos, sin que presenten ninguna señal de enfermedad o de heridas superficiales. La similitud es mucho más llamativa si tenemos en cuenta de se trata de crías de delfines mulares y de marsopas de tamaño medio.
La señora Bishop concedió que el asunto parecía también bastante interesante y animó al Sr. Bently a continuar.
- Comenzó hace un año, aproximadamente. Recibí cartas desde Escocia, de mi colega el Dr. Fourier, dándome todo tipo de explicaciones sobre el caso. Los animales fueron apareciendo varados en las playas, en diferentes días. Todos, aparentemente, habían muerto gozando de excelente salud.
- Les harían la autopsia.
- Los análisis mostraron que no padecían ninguna enfermedad y que se encontraban perfectamente sanos en el momento de la muerte.
- ¿Era la primera vez que ocurría esto?
- No, la noticia de cetáceos varados en las playas es algo relativamente frecuente en las costas. En todos lo lugares se cuentan anécdotas de algo así. Pero nunca en tal número y con tal periodicidad.
- Tal vez nadie se había interesado por ellos hasta ahora – apuntó el comisario Johns.
- Es posible. Hay otro lugar en el que se observó algo parecido. Fue hace dos años en las costas de Virginia, al otro lado del océano.
- ¿Qué tienen en común ambos sitios?
- Fue lo primero en que pensamos. En esas costas de Escocia hay plataformas petrolíferas; y en Virginia está la mayor base de la armada americana.
- ¿No es más fácil pensar en que han podido quedar atrapados en redes o sufrir embestidas por parte de lanchas rápidas o cualquier tipo de embarcación? – dijo la señora Bishop.
- Quedó descartado. En cualquiera de esos casos la piel presentaría rasguños o abrasiones.
- ¿Y ataques de depredadores, como orcas o tiburones?
- También se observarían heridas, e incluso grandes mordeduras.
- Aún quedan las enfermedades.
- Por supuesto. Pero no se observó ningún tipo de infección.
- ¿No hay modo de saber entonces la causa de la muerte?
- La causa, sí. Todos presentaban hemorragias localizadas bajo la gruesa capa de grasa. Y casi siempre en la parte media del cuerpo. Algo les había golpeado, de un modo brutal, pero sin deteriorar la parte externa. Las zonas dañadas tenían forma redondeada, como si hubiesen sido golpeados con un bate, pero de un tamaño más grande del habitual.
- ¿Qué tiene que ver esto con las plataformas petrolíferas?
- A casi todos les había estallado el hígado o los pulmones. Es decir, las cavidades.
- ¿Y cómo puede ocurrir esto?
- Mediante ondas acústicas. En las plataformas se realizan explosiones para localizar cavidades bajo el fondo del mar en el que se puedan hallar petróleo o gas.
- Sin embargo, también rechazaron esa posibilidad.
- Tuvimos que hacerlo. Si la causa fuesen las ondas de choque, estallarían todas las vísceras y no sólo unas pocas localizadas en el centro del cuerpo.
- ¡Qué intrigante! – dijo la Sra. Olga.
La señorita Marpley había abandonado su labor de punto y estaba contemplando las fotografías colgadas tras un escritorio junto al ventanal de vidrios emplomados.
Durante varios minutos quedamos ensimismados, repasando los datos que el Sr. Bentley nos acababa de ofrecer e intentando encontrar una nueva hipótesis. La Señorita Marpley había vuelto a sentarse y aparentemente se hallaba concentrada en su perpetua labor.
- ¿Qué opinas tu, querida? – dijo la Sra. Bisoph - ¿Puedes resolver el caso?
- Oh – contestó aquella sin levantar la vista -, temo que no. Pero sin duda es algo a lo que las autoridades dedicarán el mayor esfuerzo. Y no dudo que con éxito. La muerte de un niño es algo terrible. Me recuerda a James Purdock, vecino de la granja de Southorn, un individuo que una noche asesinó al niño que había tenido con la criada de…
- Querida – interrumpió la Sra. Bisoph -. Estábamos hablando de los delfines.
- Oh – replicó mansamente la señorita Marpley -. Eso no es ningún misterio.
- ¡Cómo! ¿Ya lo has resulto?
- Creo que sí. O al menos tengo una hipótesis bastante plausible.
- ¡Dios mío! ¿Por qué te callabas? Dínoslo ya. No soporto esta incertidumbre.
- Han sido los delfines.
- ¿Los asesinos?
- Sí. Son los propios delfines quienes matan a sus crías.
- ¿Cómo lo has sabido?
- Por la confluencia de diferentes factores. Aunque la prueba definitiva está aquí, en el salón.
Todos dimos un respingo. Conocíamos a la Sra. Marpley y estábamos acostumbrados a sus sorprendentes conclusiones, pero aquello era algo insólito.
- ¿No irá a decirnos que el Sr. Bently es cómplice del crimen?
- En absoluto. Me refiero a esas fotografías que cuelgan junto a la ventana.
Todos dirigimos automáticamente la mirada hacia el grupo de fotografías enmarcadas que representaban a manadas de delfines retozando sobre las olas.
- Pero si están jugando.
- Eso parece. En realidad están cometiendo un crimen. Los indicios que me llevaron a los delfines fueron dos: la forma redondeada de las lesiones internas y el hecho de que las marsopas muertas sean precisamente de un tamaño similar al de las crías de los delfines. Bueno, esto y el recuerdo del Sr. Purdock. O sea que en realidad fueron tres cosas.
- Comprendo – dijo el comisario -. La forma y el tamaño de los golpes coincide con el morro de los delfines adultos; y lo de las marsopas se explicaría como una especie de entrenamiento o de agresividad provocada por la similitud de la apariencia. Pero ¿qué es lo que revelan las fotografías?
- Es lo más maravilloso. Esas instantáneas están tomadas justo en el momento del crimen. Creo que es el único caso en el que alguien contempla un asesinato sin percatarse de lo que realmente está ocurriendo.
El comisario Johns descolgó una de las fotografías y la puso sobre la pequeña mesa. Todos nos inclinamos hacia delante.
- Vean cómo el cuerpo de las crías se retuerce en el aire y luego cae de lado sobre la superficie. La posición delata que no saltan por su propio impulso, sino que ha sido un golpe lo que las ha forzado a emerger así, paralelamente. He recordado que hace un año el Sr. Bently comentó que los delfines pueden estar jugando de este modo con sus crías durante diez o quince minutos, y observado que ellas parecen cansarse y fingir movimientos de huída. Sólo que no es un juego ni un fingimiento, sino un deliberado intento de matarlas.
- Debí caer en la cuenta – dijo el Sr. Bently -. No es un caso aislado en la naturaleza. También lo hacen los leones y muchísimas especies de insectos. Pero nunca pude suponer que unos animales tan amistosos e inteligentes como los delfines fuesen capaces de…
- Sí – dijo suavemente la señorita Marpley -, como los humanos.

20 08 2008
Eva (ex-alumna) (16:28:11) :

Lo prometido es deuda:

“(No) Sonreías al despertar…”

Las sabanas rasgadas y los sueños sobrevolando la estancia. Y sentir despertar esa sensación, la de ser aquella que querría ver pasar el (su) tiempo apostada en las formas de tu espalda. Y como en un estúpido acto de reciprocidad, el tacto de tu piel envuelto en cada caricia que voy escribiendo.

(Y tu) aun no has amanecido, y a varios cientos de kilómetros… me pregunto qué sueñas y si tu sueño se hace realidad. Me pregunto también si podrías abrazarme, sin miedo, sin duda, sin pesar, sentir que no soy la extraña que se apodera de tu lado del colchón. Que solo soy esa que te besa entre palabras, espacios, párrafos cortados… y te consiente el dominio de todas sus horas pensando “¿alguna vez pensarás en mí?”

(Resulta aun más devastador, cuando pienso que) hace tiempo que te prometo en silencio que al despertar estaré donde tú me esperes. Y trazo un lacónico “hasta pronto” que no llega.

Pero sobre todo (sigue sin haber nada tan letal como), preguntarse: ¿Sonreirás al saber que son mis manos las que buscan refugio en las trincheras de tu cuerpo? ¿Sonreirás al despertar con mi mano besando tu espalda?

“Lo intentaré” fue todo lo que supo decir (cuando nadie esperaba un intento). Para después irse como quien no quiere mirar a otros ojos por miedo a desvelar un gran secreto. Por si resultaba que a su través se podía ver que se sentía usurero el corazón.

(Y ansía planear sobre ti la duda), cuando sientes que eres tu quien te matas (por arrojarte del cielo al suelo sin control) sin ayuda de ningún Dios.

Comienzas a pensar que morirás de amor decadente con el único síntoma de un corazón decrepito.
—————————————–

Espero que os haya gustado. Para cualquier cosa os dejo web y email.

Un saludo y buen verano.

11 09 2008
frikris (22:18:08) :

Caminaba por las calles desiertas, húmedas por la interminable tormenta que desde hacía horas azotaba la ciudad. Ahora los rayos habían sido suplantados por una fina cortina de lluvia que acariciaba su rostro con delicadeza. Dejándose llevar por aquella sensación de bienestar cerró los ojos y suspiró. Todo daba vueltas en su cabeza pero poco a poco las imágenes fueron cobrando forma y sentido.

Ahí estaba él, ojeroso y despeinado, con la barba empezando a asomar por su barbilla.
Salía del Starbucks más cercano a su estudio, con un café hirviendo- de esos que achicharran la lengua y después de una hora aún templan tus manos- y el New York Times bajo el brazo. La imagen se deshizo .Ahora estaba en el estudio enterrado entre los miles de papeles que coronaban su escritorio. Una mano sujetando la cabeza y la otra estrujando el lápiz que tendría que inspirar otro largo y aburrido artículo sobre cosas insignificantes para los altos mandatarios. Un cigarrillo se consumía olvidado en un cenicero a medio rebosar. El lápiz había empezado a danzar de arriba abajo, golpeando la mesa incansablemente. Otra imagen. Había empezado a llover y se avecinaba una gran tarde de nubes negras. El parque escondía a los pocos temerarios que se habían animado a comer allí, lejos de los infortunios del centro. De repente la vio. Pero no podía ser ella, llevaba años fuera de la ciudad, en aquella expedición para el Discovery. Para qué negarlo, sí era ella, inconfundible en sus andares, en su belleza, en su…¡Oh dios! No podía ser cierto. ¿Todavía? Algo había pasado, algo en su interior había dejado su escondite para dejar caer una gran piedra en su estómago. Y no era hambre. Decidió seguirla, a cierta distancia para que no lo descubriera hasta llegar a una pequeña casa. Decidió no acercarse más pero sacó del bolsillo un papel arrugado y un bolígrafo y escribió: 12 de octubre, ¿te acuerdas? M. A.
De repente se encontraba en una vieja estación de tren. Su reloj recordaba la fecha: 12/10. Las hojas de los árboles empezaban a arremolinarse en la acera, marrones o amarillas. El viento movía su largo cabello castaño alborotando suavemente sus rizos. La observaba hipnotizado, intentando grabar en su cabeza aquella imagen que posiblemente sería la última. Las manecillas del oxidado reloj de la estación se estacionaron ambas en el número diez y ella le miró. Algo parecido a una lágrima empezaba a asomar por sus ojos. No podía soportarlo así que la besó y se fue.

Abrió los ojos sobresaltado. Su instinto le decía que alguien lo observaba. El momento había acabado. Se giró y quedó paralizado. Era ella que lo miraba largamente entre mechones de pelo mojado pegados a su cara. Se acercó y habló: me acuerdo. Me he acordado cada día durante los últimos 5 años Mike Abert.

18 09 2008
unknown (17:33:00) :

Nervios. Sol. Demasiado sol. Olores entremezclados. Dos equipos. Objetivos diferentes. 17:00. Comienza un nuevo partido, el último. Parece mentira, una vez más ¡cómo pasa el tiempo! Somos el equipo que peor lo tenemos pero no nos rendimos. Nunca lo hemos hecho, no entiendo por qué lo tenemos que hacer ahora después de callar la boca a mucha gente que nos daba por perdidos hace como unos dos o tres meses. Las ligas hay que jugarlas y, aunque bien es cierto que no se puede llegar a al última jornada sin los deberes hechos, tenemos esperanza. Siempre nos quedará la esperanza.

Estamos sentados aproximadamente en medio de la grada. A nuestra derecha señores con ninguna otra diversión que la de alterarnos, a la izquierda un topo artificial perteneciente a otro equipo y con el único interés de que el nuestro no gane.
Se acerca la hora. Los jugadores de ambos conjuntos saltan al campo. Primero el local. Aplausos. No se juegan nada, bueno quizá el honor del vecino. Después, el visitante. Nosotros. Aplausos. Muchos aplausos a pesar de la distancia. Orgullo en la grada. Gente con camisetas del equipo. Gente que nunca he visto. (Fútbol, pasión de multitudes).

Minuto de silencio en honor a la última víctima de ETA. Ojalá sea la última… Siempre nos quedará la esperanza.
Piiii… Ahora sí, comienza la primera parte. Los nervios se hacen notar en nuestros jugadores. Y en la grada… Y en el banquillo… Nuestros gritos de ánimo pretenden tranquilizarles, pero no lo consiguen. ¡Vaya campo! En pésimas condiciones, la pelota bota fatal haciendo casi imposible controlar bien el balón, sumando los innumerables resbalones que hacen desequillibrar a los jugadores. Pérdidas tontas de balón, faltas, y cuando menos lo esperábamos una de esas faltas se convierte en un gol en contra. No puede ser, puede que apenas se hayan jugado 15 minutos y perdemos por uno. Aunque en nuestro subconsciente suenen frases positivas, nuestra esperanza era un edificio de cinco plantas y se ha derribado hasta la segunda. Suenan los teléfonos. Parece que hay más de un topo. Continúa el partido, ellos mismos sse trasmiten animos que nadie sabe de donde salen. En los siguientes minutos se suceden varias cosas que parecen hacernos ver que tenemos el mundo en contra. Penalty a favor no pitado, seguidas patadas a un jugador nuestro, que continue el juego y, además, bote neutral ¿?¿?¿?¿?¿? Creo que no lo entiendo. se está fabricando un nuevo reglamento. Y de pronto, una vez más, no es posible. No nos puede estar ocurriendo esto. Gol en contra. 2-0. Se nos han acabado todas las palabras de ánimo. Jarro de agua fría. NUestra esperanza hecha escombos. Pi, pi, piiii…. Fin de la primera parte.
El árbitro se retira entre insultos, nunca justificables pero que vacían a medias tintas nuestra rabia contenida.
El silencio se hace patente. Mentes llenas de sentimientos contradictorios.
Y sin más… piiiiii……, comienza la segunsa parte. Un saco lleno de 45 minutos que ojalá sepamos aprovechar. Y un nuevo, gran, increíble, inmenso error arbitral. El último defensa derriba a nuestro delantero. Con el reglamento en mano es roja, pero el árbitro maquilla esa tarjeta y la convierte en amarilla. Nuestros sentimientos ahora son todos negativos. Los minutos pasan y los balones a escasos cinco centímetros de la portería local. La portería en la que deberían haber entrado nuedtros goles, pero que simplemente porque la suerte no ha estado con nosotros sino con los equipos de los topos artificiales, no lo han hecho. Piiiiiiii… Acaba el partido. El último y fatídico partido.

ES difícil poder mirarnos a la cara. Es difícil decir algunas palabras. Pero que fácil resulta aplaudir a nuestro equipo. Ayer, hoy y siempre orgullo en nuestras caras. No hay agua para saciar la sed. Sed provocad por los nervios. Malditos nervios. Impotencia. Camistas que cubren los rostros de cuerpos destrozados. No hay llantos pero sí gana de llorar. Impotencia.
Bajamos de categoría. Siendo políticamente correctos felicitamos a los topos artificiales y a sus equipos.
Ahora nos queda el camino de vuelta mientras nuestras gargantas recuperan la voz y salen las primeras palabras.

Crónica del último partido y sus consecuencias.

4 10 2008
frikris (16:55:17) :

La gente, por costumbre, odia viajar en metro. Manadas de personas entrando y saliendo en cada parada, apretujones, sudor, ¡cuidado con el bolso!, el chico universitario, la abogada elegante, el enmascarado del periódico, el observador, el vagabundo y su sombrero y el entrajetado de corbata a rayas (la más elegante, seguramente elegida por su deslumbrante mujer adinerada) y su interesante conversación por móvil. Éste último me llama la atención. Yo me pregunto cómo puede ser capaz el pobre hombre de sujetar el teléfono, enterarse de qué le dice el emisor, sujetar el portafolios bajo el brazo (a la vez que asegurarse de que su raya del pelo engominada permanece en el mismo sitio donde la había colocado) y sujetarse a la barra metálica del tren para o caerse. Es impresionante, enserio se lo digo. Este hombre tendría un futuro envidiable como malabarista de circo. De repente, parada. Las masas se mueven y con fortuna no eres aplastado contra alguna ventana por algún gigante peludo, o pisoteado por algún niño cuya madre ha olvidado decirle que no se aleje de ella. Te apresuras a coger un sitio en algún asiento que ha quedado libre, para poder salir del asfixiadero del pasillo entre puertas. Con un poco de suerte, la señora de al lado no hablará contigo del tiempo que hace o que va a hacer – odio esas conversaciones forzadas entre desconocidos, que siempre acaban con una sonrisa falsa por ambas partes, para cumplir ya saben-, o el abuelo de enfrente no te espiará bajo sus gafas de inspector retirado al ritmo de su nuevo bastón de bambú y el larguirucho personaje de al lado del anciano te dejará espacio para tus piernas. Pero claro, hay que tener suerte. De todas formas, el suplicio acaba cuando el revisor anuncia tu parada y las puertas de abren. Al igual que en una carrera de fórmula 1, tienes que ser el más rápido en la salida y luego todo esta resuelto. Así que te adelantas y consigues escabullirte milagrosamente entre piernas, maletas y bolsas al exterior. ¡Qué satisfacción! Por fin has salido, bocanada de aire “fresco”- lo digo entre comillas porque no sé cómo, en las estaciones de metro hace un calor de esos pegajosos que si lo aguantas más de diez minutos, camiseta y hombre son la misma cosa- y listos para emprender la carrera de obstáculos hasta la oficina, como cada día.
No me podrán negar que los desayunos en el metro no son…interesantes.

22 10 2008
chantal müller (18:55:03) :

PÁJARO BLANCO

Pájaro blanco
Vuela
Se asoma
Retrocede.
Velero de aguas limpias
Pájaro sobre olas transparentes
Viene
Se queda
Bate alas
Mira
Lo regala todo.
Caballo de crines grises
Un jinete de norte a sur
Pájaro
Vuela
DESAPARECE
Un viento
La tormenta
Blanco
Cabalga y se detiene
Sin timón
La dama espera
Luces grises
Olas grises
Alas grises
Al galope va
Se para
Blanco.
Capitán sin horizontes
El pájaro vuela
Sobre las hojas
Sobre las nubes
Sobre los tiempos
Llueve
Blanco
Gira, escucha
Se desorienta
La dama espera
DESAPARECE
Se desboca
Blanco
Gris
No para
Océanos breves
Una playa
Bebe
El mar salado
Aire
Vuela
Viene y va
Montes
Nubes
Luces
Olas
Alas grises
Pájaro blanco
La dama espera
Envía
Guarda…
El corazón
El faro allá
Guía
Se pierde
Noche
Al galope
Sobre el mar
Un mar de dudas
Una estrella
El camino
El aire
Sin timón
DESAPARECE
El abismo
Noche gris
La dama espera.

3 11 2008
nobodyknowsmyname (09:13:07) :

Hayku:

Tan sombrio es
que en sombras estoy
perdido en ti

25 11 2008
Juan Tendi (22:28:00) :

La mujer ideal

I.

- Mis preferidos son los cuadros de caza y los paisajes, especialmente, aquellos que me recuerdan a Saint Olaf.
- Hm.
- ¿Ha visto lo que hacen ahora algunos pintores modernos? Supongo que sabe a qué me refiero: figuras grotescas y deformadas. Curiosamente, los expertos afirman que es verdadero arte. Más aún: el mejor que se puede hacer en la actualidad.
James desvió un momento la mirada de la carretera flanqueada por setos vivos para posarla en el rostro impasible y pajizo del sargento Higgins. Amarillo y rojizo, con reflejos violáceos en las mejillas. Desde luego, los pintores tenían mucha razón al afirmar que nadie se fija en los colores. Normalmente, se busca un color que sintetice el conjunto y declaramos que tal o cual cosa es de tal o cual color. La cara del sargento, por ejemplo, podría calificarse de…
- ¿Nunca había investigado el robo de un cuadro?
- Una vez, en el museo Fenston. También el de una Venus, en el Arqueológico.
- ¿Un profesional?
- Un empleado del propio museo, de origen italiano. Argumentó razones sentimentales y patrióticas. El cuadro representaba un campo de su nativa Toscana, pintado por un paisajista pisano del diecinueve.
- Peregrina justificación.
- Pudo haber robado cualquier otro y de mucho más valor. Salió bastante bien librado. Ud. mismo decía hace un momento que le conmueven los paisajes que recuerdan a Saint Cloud.
- Saint Olaf. Creía que no estaba escuchando.
- Hm.
- El caso que nos ocupa no tendrá demasiado parecido. Si lo he entendido bien, se trata de un artista casi desconocido.
- Denis Walter. Vive en Wildeforce y está casado con la Sra. D´Aubilliers.
- De posición, supongo.
- Heredó de su tío, el caballero Wildeforce, quien murió sin descendencia directa. Su marido es forastero. De Londres, creo.

II.

La Sra. Constance D´aubilliers tenía un agradable rostro ovalado, pero el tono de su voz cambió tres veces de registro en los escasos segundos que dedicó a los agentes.
- Mi esposo les dará todos los detalles – dijo con voz calmada y fría – Está muy afectado – añadió con modulación falsamente dolorida.
Más que afectado, Denis Walter parecía asustado. Su ánimo se debatía entre cierta parálisis estólida, que le hacía no entender las preguntas, y una ansiedad que le llevaba a apretar los pinceles como si fuese a romperlos.
- Destrozaron un cristal de la puerta. Lo curioso es que casi nunca cierro. ¿Quién iba a entrar en un lugar en el que sólo hay tubos de pintura y disolventes? Sí, varios cuadros. En realidad, hasta ahora, sólo he echado de menos dos. Una era mi mejor obra, sin duda. El otro… un retrato. No sé por qué les han molestado. Mis cuadros no tienen tanto valor. Soy un artista desconocido. Personalmente, lo considero una gamberrada. Mi esposa no debería haberle dado tanta importancia.
- ¿Cuántos son en la casa, aparte de la servidumbre?
- Con mi esposa, cuatro. Sus dos hermanos, Anthony y Melissa, viven con nosotros. Pero nadie entra en el estudio. Ni siquiera los criados.
- ¿Están aquí?
- ¿Eh?
- Anthony y Melissa.
- Anthony anda por ahí, cerca del arroyo.
Higgins miró a James, que se apresuró a salir.
- ¿Han visto algún extraño merodeando últimamente.
- Cuando trabajo me abstraigo por completo. Tendrá que preguntar a los demás. Pero nadie me ha comentado nada.
- ¿Qué valor t¡enen los cuadros?
Denis Walter lanzó una viva mirada al sargento.
- ¿En qué cantidad los estima?
- El valor de arte fluctúa. Lo que hoy no vale nada, mañana puede no tener precio.
- Comprendo.
- Ni siquiera sé cuántos han desaparecido. No he tenido tiempo ni ánimos para hacer un inventario.
- Su esposa llamó a primera hora.
- Yo aún no estaba levantado. Trabajo en el estudio después de la cena y a veces me acuesto muy tarde.
- Su esposa avisó a la policía sin tan siquiera consultarle.
- Se asustó al ver los vidrios rotos y los cuadros revueltos.
James entró de nuevo en el estudio, sin hacer ruido y se colocó en un rincón.
- ¿Ha encontrado al Sr. Anthony?
- No lo sé, señor.
Los dos hombres miraron al agente James, quien bajó los ojos mientras apretaba el casco entre las manos.
- He encontrado a un joven y al preguntarle si era el Sr. Anthony Wildeforce me ha dicho que personalmente no tiene nada contra el hecho de que la policía utilice casco.
James hizo una pausa para respirar profundamente y continuó con las cejas alzadas.
- A continuación afirmó que en cambio encuentra al uniforme completamente inapropiado. En lugar del tradicional atuendo escolar – así es como lo ha definido – propone que usemos pieles de animales salvajes sin curtir, con el fin de provocar una perdurable impresión en los delincuentes. O, en su defecto, uniforme de dragón napoleónico. También…
- Es él, sin duda – interrumpió Denis.
- ¿Qué estaba haciendo ese caballero? – indagó Higgins.
- Nada, nada en absoluto.
- Es él, Anthony – confirmó Denis.
- ¿Y la Sta. Melissa?
Denis miró hacia el ventanal y respondió con parsimonia.
- Se ha marchado de viaje hace dos días.
Higgins siguió la mirada del pintor y vio a una borrosa silueta blanquecina a través de los cristales sucios. Al salir se encontró frente a un hombre de figura adolescente con un rizo descolgado sobre la ceja izquierda.
- Como le estaba diciendo a su colega, considero que…
- El Sr. Anthony, supongo.
- Supone ud. admirablemente. Permítame que yo también suponga que desea saber mi opinión respecto al allanamiento que ha sufrido mi cuñado en su más sensible intimidad. Aunque resulta paradójico que se esconda tanto algo que luego va a ser expuesto a los ojos de todo el mundo. Por otro lado, es un placer poder hablar con alguien de otra cosa que no sea el estado actual de la servidumbre y la rentabilidad de las aves de corral, habituales temas de conversación en el campo. Mi cuñado es un artista, es decir, pinta cuadros que supone deben ser admirados por alguien. Aunque, por lo que a mí respecta, no he oído jamás a nadie acusarle de ser tal cosa. Al menos, en este condado. Ignoro cuál sea su reputación en otros lugares del país. Debo añadir que mi relación con él es todo lo buena que cabe desear entre un hombre y su cuñado, y pese a que en cierta ocasión ha amenazado con realizar un retrato al natural de mi persona, en el momento en que depure su técnica, nunca me he sentido en peligro, porque espero morirme antes. Si me pregunta por el valor de sus cuadros, lo ignoro. He oído comentar que pinta retratos y paisajes, y me consta que tanto él como mi hermana los tienen en gran aprecio. Me refiero a Clarisa, mi hermana pequeña, quien hasta este momento siempre tuvo un especial buen gusto. En otro sentido, nada malo puede pensarse de él. Es un hombre simple, como todos los artistas plásticos, algo neurótico, como todos los artistas, y bastante nervioso; cosa disculpable teniendo en cuenta que está casado con mi hermana mayor. En cuanto a las relaciones familiares, se dan los avatares usuales. Mi hermana Clarisa es una criatura admirable, aunque algo tonta, apreciada por todos. Mi cuñado recibe el reconocimiento de su esposa y de su perro, Honey, un afable Labrador de espíritu franciscano, en las épocas en que no está en celo. Mi hermana Constance es sumamente querida por ella misma y por un miembro de la servidumbre que desgraciadamente murió el año pasado de agotamiento. Teniendo en cuenta que todos los parientes conocemos más o menos lo que mi cuñado realiza en su taller, debería descartarnos sin más de sus investigaciones y prestar atención a nuestros vecinos. El de la casa más cercana es el Coronel Hope, un aficionado a las mariposas, aunque aparte de esto nadie ha tenido nada malo que decir de él. A su derecha se encuentra la mansión de la Sra. Thorpe, quien ciertamente cometió un hurto, pero de eso hace ya treinta años y además se casó con él. Los Mansfield, nuestros vecinos del sur, hace siglos que no salen de casa. El marido cultiva su propia tierra, pero por lo demás es bastante formal. Hasta hace un mes cedían una habitación, supongo que sin obligación de pago por alquiler, al padre de la señora, de quien nadie sospechaba que estuviese vivo hasta que se fugó con la doncella de su hija. La reputación de los demás vecinos está sujeta a las contingencias habituales. La Sta. Lilibeth lee a Merediht y está destinada al mercado matrimonial londinense, por lo que no considero delicado ahondar más en sus dificultades. Hay, por supuesto, otros habitantes en la zona que no merece la pena mencionar. Volviendo al principio, si me pregunta, le diría que…
- Gracias, si algún día le pregunto puede ud. decírmelo – dijo el Sgto. Higgins haciendo una leve inclinación con la cabeza a la que Anthony Vildeforce correspondió con un parpadeo de leve desconcierto.
Higgins volvió a entrar en el destartalado estudio.
- Puede hacerme una descripción de los cuadros desaparecidos.
- ¿Eh?
- Por si aparecen en algún anticuario.
- Uno representa un paisaje con un puente y el río en primer plano. Lo reconocerá; es el puente Oldgate. Su tamaño, similar al de estos de aquí. El otro ya le dije que es un retrato de medio cuerpo.
- ¿Alguien conocido?
- Una mujer. Representa a una mujer ideal. Siendo más precisos, a un ideal de mujer.
- Hermosa, supongo.
- La belleza está tanto en el modelo como en el ojo del espectador. O mejor, en el alma y el entendimiento de quien lo contempla.
- Entiendo. Tiene parecido con muchas mujeres.
- Algo así. Su tamaño es menor. El tono general es de color verde. Un color frío.
- Y de esperanza. Le agradezco toda la información. En cuanto tenga la menor noticia se lo haré saber.

III.

- ¿Cree que aparecerán, Señor?
- Hm. O bien aparecen los dos o no los encontraremos nunca.
James arrugó con fuerza la frente.
- ¿Quiere decir que o bien los devuelven o los destruyen? Descarta, pues, que haya sido robados por un interés crematístico.
- ¿Se ha fijado en la puerta? No es necesario romper un cristal para entrar. Basta con empujar o meter una navaja por la ancha ranura de las hojas.
- Tal vez ha sido un vagabundo que no se detuvo a considerar otras posibilidades.
- Quien haya sido tuvo el cuidado de no destrozar nada y de robar sólo dos cuadros. Y uno de ellos, el preferido del autor. Esto indica familiaridad con las personas de la casa.
- ¿Y el retrato?
- Ah, el retrato. Esa es la cuestión.
- ¿La clave? Entonces se trata de un retrato que representa a alguien concreto.
- Eso es al menos lo que alguien debe haber considerado.
- ¿No cree que debemos tomar huellas del escenario?
- Sospecho que sólo hallaremos las de los habitantes de la casa.
- Algo debemos hacer.
- Esperar. Ninguno de los implicados nos apurará, si todo es conforme a mis sospechas.
- ¿Qué opina del Sr. Anthony? Me resulta desconcertante.
- También para sí mismo, sospecho. Diría que es una persona demasiado inteligente para su tipo de carácter.
- Aún es joven.
- Siempre lo será.

IV.

- Señor, han llamado desde la mansión. Los cuadros han aparecido tirados en un prado de la carretera a Bristol. A cuatro kilómetros de la casa. Esto descarta a un profesional, tal como ud. dijo.
- Hm. ¿Están destrozados?
- He creído entender que no están muy dañados.
- Ah, entonces ha sido un aviso.
- ¿Para quién?
- Para Denis Walter. Para que deje de pensar y pintar mujeres ideales, si no quiere ver su obra y su actual vida desbaratada.
- ¿Chantaje?
- Amenaza, indirecta pero contundente.
James rumió un rato el asunto. No quería preguntar quién era el autor de la amenaza porque era obvio que el sargento lo consideraba obvio, y él no quería aparentar ser más tonto de lo indispensable. Disparó al aire.
- ¿Quién diría ud. que es un ideal de mujer?
- El que nos permite seguir buscando la mujer ideal.
- ¿Y una mujer ideal?
- Ah, esa, en el momento oportuno, puede ser cualquiera.
James guardó silencio y se puso a pensar en el arte y en las mujeres.
- Uff.
Higgins miró a James interrogante.
- Sólo estaba pensando, señor.

9 12 2008
frikris (21:08:31) :

Dime dónde acaba la locura y empieza mi desazón,
en qué parte del camino la historia cambió,
inoportuna y drástica,
llevándose con ella parte de mi, y de ti,
como el granizo arrasando los campos
y el viento recogiendo las hojas,
dejándolas apartadas en un rincón.
Ellas son mi compañía ahora,
me susurran agitadas que me buscas
pero sé que su esperanza no es mía
ni nuestra,
no somos nosotros.
El farol de la esquina me saluda
y me invita a marcharme
las sombras me oscurecen
y las dejo hacer lo suyo
pues mi función acabó
antes de haber empezado.
Hasta pronto, pienso,
pero sé que pasarán noches,
abatidas como yo ahora,
sin palabras que sanen
ni canciones que escuchen.

15 12 2008
Juan Tendi (10:58:56) :

VICTORIA DE SAMOTRACIA

I.

La señorita Aida se observa en el espejo como siempre antes de salir, ufana de ese rostro afilado, mientras se retira unos pasos para comprobar que también él, ese cuerpo delgado y ajeno, se mantiene firme dentro del vestido oscuro, limpio y bien planchado.
En un mundo que se escurre con la inclemente morosidad de un ocaso, esa figura es lo único perdurable. Le halaga que sus amigas repitan una y otra vez, con asombro rutinario – igual que certifican el frío anticipado de ese otoño – que por ella no parece pasar el tiempo.
Esas amigas que ahora la aguardan, como todos los días, para ir hasta la confitería de Carolina, donde oirán distraídas la radio, mientras toman el mismo café con pasteles de crema, reconocen tras los cristales a la gente que baja por la calle mayor, y se cuentan lo que han escuchado esa mañana acerca de lo que los demás sueñan o hacen.
Les complace la actividad dispersa y agolpada de esas horas – en que todos abandonan sus quehaceres y se agitan de un lado para otro, dejándose tentar por la sugestión del azar y los encuentros, fingiendo no entender las leyes que fatalmente los rigen – realzadas en su encanto por ser previas a su propio paseo o a la partida de lotería en el salón del Café Moderno o, más raramente, la sesión de tarde en el cine Astur.
Disfrutan su intensidad atropellada que pide reparar en todo sin demorarse en nada, haciéndoles sentir que la tarde no tiene suficientes horas para atender a los múltiples requerimientos que la vida les hace; por más que sepan que nada hay más allá de la cansada dulzura de esos pasteles y la nostálgica voz de ese receptor tan viejo como sus hábitos. Nada diferente a la previsible opción entre el parchís y los cartones de lotería; nada al lento caminar calle arriba y abajo, sorteando saludos de reconocimiento y costumbre.
Nadie puede pensar en cuatro mujeres unidas para enfrentar a un mundo que las ha ido dejando al margen. Otilia es viuda y ha tenido dos hijos. Ahora está sola. Pero ha salido del pueblo, y por unos años nada ha habido en ella que la hiciera diferente de quienes construyeron una vida propia. Todos respetan la desgracia que la ha devuelto a la casa familiar, con su vieja tía y un sobrino afectado de retardo emocional. Teresa lleva un rancio apellido, y su porte altivo y sus largos cabellos muestran que ha sido ella quien, al quedar sin parientes directos, ha escogido rechazar los ofrecimientos, sinceros o interesados, para compartir su belleza y patrimonio con cualquier de los hombres que insistentemente se han mostrado bien dispuestos a ello. Lo de Luisa es diferente. No sólo porque tiene una profesión, sino porque la polio le ha dado un paso renqueante y una excusa para que nadie imagine siquiera una burla o un reproche. Y luego está ella, la señorita Aida, como todos la llaman, tal vez en recuerdo de su padre, o como un modo de hacer patente que su caso es distinto a todos los demás.

II.

Hoy se está demorando en el rito de reconocerse en el espejo, justo en ese tiempo que media entre la llamada de sus amigas – desde un principio, sin que nadie lo propusiera, se impuso esa costumbre de ser ella la recogida por las otras – y el momento en que desciende por la escalera exterior de la casa, girando la cabeza gozosa y vivazmente hacia una ventana cuyo alfeizar aparece en su memoria cubierto por un blanco resplandor de gardenias y jazmines, como si atendiera a un último requerimiento antes de sumergirse en la confusión de un mundo que la solicita con urgente gentileza.
Hoy los minutos se alargan y no puede despegar la mirada – aunque esté pensando que le vence la pereza – de ese rostro que se va tornando más extraño cuanto más lo contempla. La sensación no es nueva, pero no es la recurrencia de ese descubrimiento lo que la mantiene rígida y congelada en unos párpados que se niegan a cerrarse.
Sabe que está ahí; esa mancha oscura que vela sus cotidianas sensaciones con un presagio de desgracia. Porque ya hace un año desde esa otra tarde en que también se quedó quieta ante el espejo, mientras las minutos pasaban sin llevarse el tiempo, y sus amigas aguardaban abajo, como en este momento, inquietas, golpeando los pies contra el suelo frío del otoño, tras esa ventana a la que no necesita mirar para saberla desnuda de hojas y de flores.
Esa tarde en que el mundo crujió con un violento giro que sólo ella oyó, y en la que por un instante supo que la vida también se escoge de un modo que sólo comprendemos después de haber elegido, cuando ya las consecuencias nos atan con la dulce violencia de lo familiar.
Ella estuvo esa tarde suspendida y libre, con las piernas afirmadas en las dos orillas que un abismo de conocimiento abrió ante sus pies. Una ocupaba toda su existencia; otra surgía de una vertiginosa posibilidad.
Esa tarde esperó, creyendo saber que no saldría. No al menos con sus viejas amigas; no con su vida y cuerpo de siempre, construidos sobre un error.
Porque aquél cuyo rostro había ido borrando minuciosamente de cada sentido hasta convertirlo en una idea, nunca la había olvidado; había muerto. ¿Cómo un hecho tan singular podía permanecer oculto tantos años? ¿Por qué era ahora cuando alguien regresaba y, como un niño que ignora el alcance de lo que revela, contaba que él había muerto al poco de llegar a su lejano destino? ¿Cómo tomar la propia vida entre las manos y admitir que se ha edificado sobre una falsa suposición, bajo el peso de un dolor resentido? Él jamás había traicionado sus promesas; tan sólo, tal vez, ignoró que los hombres no pueden sino soñar en cumplirlas.
Esa tarde ella tomó su propia suerte entre las manos mientras la conmoción trepaba por su cuerpo como una hiedra salvaje. Aquella a quien creía conocer no le pertenecía más que cualquier otra. Mas, en el cenit de su derrumbe, vio que era algo más lo que estaba juzgando. No un fracaso, sino la vida más fuerte, levantada hacia lo alto del dolor como una Victoria de Samotracia. Vio el coraje, el orgullo, la lealtad… Demasiadas cosas para arrojarlas como si también ellas fuesen un error.
Nada se salva en el mañana, sino en un presente que se sabe resultado de un pasado irrevocable. Nada importaban el error, la renuncia o el dolor. Era la vida que ella había elegido; cumplida y enraizada en las fuerzas pretéritas probadas.
Por ello, esa tarde y ésta y tantas otras, la señorita Aida descenderá de nuevo la escalera mientras su cabeza se vuelve hacia una ventana eternamente florida y recuerda con una sonrisa cómo ha vuelto a reconocer ese rostro, ese cuerpo y ese brillo acerado del rencor que la ha sostenido tantos años.

30 12 2008
Juan Tendi (12:58:12) :

Una chica feminista

Se veía poca gente, algo normal entre semana, y me entretuve bebiendo en la barra, esperando a que terminasen de sonar aquellas estridentes canciones. Tuve que pedir otros dos gintonics, sobrepasando la dosis con la que era capaz de controlar mi lengua y mis modales. Tenía un buen campo de visión. La forma de circo del local y mi estratégica posición en uno de sus extremos me permitían observar cómodamente tanto la barra como las mesas. Ya tenía echado el ojo a tres o cuatro posibles clientas.
Pero toda mi atención se desplazó en cuanto vi entrar a una chica de aspecto pulido, pelo corto y mirada burlona. Así que cuando el estruendo sonoro fue sustituido por una leve marea de órgano y violines me fui hacia allá sin pensar.
Me coloqué en escorzo y al entrar en su campo de visión giré el dedo índice hacia abajo.
- ¿No tienes lengua?
Estaba acostumbrado a todo tipo de desplantes y su voz no sonaba displicente.
- ¿Quieres bailar?
Me miró directamente y se tomó su tiempo. También me había habituado a este tipo de evaluaciones detenidas. Pero solían recorrer mi cuerpo de arriba abajo, y ella, en cambio, no apartaba sus ojos de los míos.
- ¿Sólo quieres eso?
Subí las cejas intentando sonreír, pero ella mantuvo la mirada y yo había bebido algo de más.
- Y echarte un polvo.
- Querrás decir follarme bien follada.
Bueno, yo había entrado en el jardín, así que me puse guantes.
- Sólo si lo deseas tanto como yo.
Se rió. Giró su cuerpo y se fue en dirección a la pista de baile. Por un momento, permanecí inmóvil. Entonces volvió la cabeza y me puse en movimiento.
Mientras caminaba tras de ella observé su nuca delicada y adiviné un culo terso bajo los amplios pantalones.
Ya en la pista, me puso las manos sobre los hombros y me espetó con voz suave.
- Cuéntame.
- Sólo quiero bailar – dije para ganar tiempo.
- Algo tendrás que contar, si quieres llevarme a la cama.
- No entiendo mucho de testeros y colchones.
- ¿Y de chicas?
- Pensaba que sí, hasta hace un momento.
Echó la cabeza hacia atrás, como si quisiera verme mejor.
- Hm, me gustas.
No lo creí. Sólo le satisfacía su control del juego. La apreté contra mi cuerpo, dispuesto a utilizar armas convencionales. Ella cedió y durante algunos minutos bailamos en silencio con las mejillas unidas. Supe que una frase podía representar la diferencia entre el éxito y el fracaso.
- ¿Siempre hablas tan poco?
- Cuando estoy a gusto, sí.
Volvió a reírse.
- Te noto tenso.
La bola era fácil y no pude evitarlo.
- Eso es porque estamos muy cerca.
- No seas vulgar.
Pensé en marcharme. Pero su cuerpo se ceñía al mío y quise ver una promesa en sus ojos.
- Haces trampas – reproché.
- Te muestro lo que hay.
- Pues miénteme un poco.
- Ah, te gusta el cine.
Me había tropezado con alguien que recordaba las frases de las películas. No sabía por donde cogerla. O si lo sabía, pero no me atreví. A las chicas que conocía les gustaba llevar la iniciativa. Y si querían que la llevases tú, te lo indicaban de algún modo. Cuando empecé a frecuentar los bailes, me dediqué a estudiar los rostros intentando adivinar el carácter y los gustos. Pero tras varios años errando por todo tipo de sitios, había llegado a la conclusión de que no sirve de nada, porque las mujeres tienen un punto incontrolable. Mi amigo Luis lo expresaba a su modo.
- Con quien les gusta, con quien les da la gana y con cualquiera cuando tienen la hora tonta.
Yo me había esforzado por entrar en la primera categoría. Para eso llevaba un atuendo que fluctuaba entre lo moderno y lo tradicional. Camisa blanca, tirantes de terciopelo rojo y un chaleco negro de mi abuelo. La primera vez que salí de casa de esa guisa mi hermano pequeño chilló que iba a un baile de disfraces, mi madre falló que adonde iba era a hacer el ridículo, y mi padre, que usa piñón fijo, me tildó sin más de maricón.
Personalmente, temía más la segunda opción. Pero estaba dispuesto a verificarla experimentalmente. Hasta el momento los resultados eran confusos; cuando las cosas salían bien, no sabía si era por o a pesar de la indumentaria, y si salían mal, no estaba de humor para averiguar la causa.
Descartada la gana, por incontrolable, sólo restaba poner mi fe en la hora tonta.
- Tiempo y dedicación. Lo demás, escrito en las estrellas – precisaba Luis.
Así pues, como un campesino tenaz, vigilaba la maduración de la cosecha. La siembra se me daba peor, pese a los consejos de mi amigo.
- Conversación; buscan a alguien que las entretenga.
Yo era más partidario del diálogo que del monólogo, y me costaba inventar en el aire; mis mentiras solían tener una base real. Por eso, Luis cuidaba mi educación.
- Peluqueras; estudiamos para ingenieros de minas. Terminando la carrera, por supuesto. Se les queda cara de haba.
A mí también.
- ¿No basta con estudiantes?
- Eso no les dice nada. Tal como ellas lo ven, los estudiantes no tienen un duro, son vacilones y sólo buscan un polvo rápido. Todo lo más, dos.
- ¿Por qué no viajantes?
- Primero, porque son unos puteros. Después, porque en cuanto abramos la boca, nos descubrirían. Sobre todo a ti, que tienes la manía de decir cosas inteligentes a las mujeres.
Con las técnicas de Luis, en cinco sesiones estábamos quemados para las habituales y debíamos emigrar. No se puede ser simultáneamente ingeniero de minas, empresario de textiles, bancario y fotógrafo. Especialmente, si no tienes buena memoria.
- Parece ser que una noche en El Jardín le conté que era inspector de Hacienda. Así que al presentarme como gerente de una empresa de calzados, me dio puerta. Aquella rubia con cara de cachonda. El caso es que sus tetas me sonaban. No se puede estar en todo.
Yo prefería fiarme de mi instinto y observar las imperceptibles miradas o los gestos. Eso cuando me iba bien. Si la observación me llevaba a la conclusión de ser invisible, tomaba dos copas y batía el campo como un perro perdiguero.
- Dispara a todo lo que se mueva – opinaba Luis los días en que también él se excedía con la bebida.
- ¿Eres virgen?
Aquella chica parecía venir de otro planeta. Me mostré pudoroso y un punto molesto.
- ¿Importa eso?
- A mí, no. Pero imagino que a ti, sí.
- ¿Y tú?
- ¿Te lo parezco?
No quise decir lo que me parecía porque no lo sabía. Desde luego, una chica sencilla, no. En vez de los veinte años que aparentaba, habría jurado que tenía treinta
Estuve a punto de tirar por la calle de en medio. Pero su tono era dulce, a pesar de la lengua viperina.
Me recordó a otra congénere que un día cayó por el Star y casi desmantela el negocio en media hora. Pequeña y delgada, con apariencia de mosquita muerta, comenzó a declarar a todo el que se acercaba una frase letal para la tranquilidad masculina.
- A mí, lo que más me gusta es follar.
Las reacciones variaban. Unos se iban con las orejas gachas y otros intentaban meterle mano. A mí me dio por ponerme estrecho.
- No me lo creo.
- ¿Que pasa contigo? ¿Eres tonto?
- Es que no tienes cara de follar mucho.
En verdad, lo que tenía era cara de chiflada. En cualquier caso, sólo mostraba dos registros: o insistía en sus gustos o te insultaba. Acabaron echándola del local, con gran pena de algunos que salieron tras ella.
Pero Vera no parecía exactamente chiflada, sólo decía cosas que lo sugerían.
- Un nombre raro.
- Porque no es mi nombre.
Debía ser cierto; en los quince días que frecuenté su compañía me dio cuatro o cinco diferentes. Cuando pregunté el motivo volvió a dejarme fuera de juego.
- ¿Qué más da? Para ti sólo soy un coño. Eso es lo que somos las mujeres para los tíos. No tenemos individualidad.
Era la frase más larga que había dicho desde que la conocía. Me animó porque implicaba una queja. Por primera vez parecía revelar una debilidad.
- ¿Se trata de eso? – dije con ambigüedad calculada.
- ¿Qué es eso? – respondió con rapidez.
- No parece que tengas problemas de singularidad - me escabullí – Te sobra personalidad.
- La personalidad no se tiene, te la dan los demás. Y la única que los hombres queréis darnos a las mujeres es la de chochos calientes.
Me armé de paciencia y me dispuse a un paciente combate.
- ¿Quiénes son los hombres y las mujeres? Yo soy yo. Y tú eres Vera o María o como quiera que te llames.
- Vaya, he conseguido enfadarte. Eres un ingenuo. ¿Crees que el mundo ha comenzado contigo? Además, ¿por qué aguantas? Porque quieres follarme.
- ¿Y qué tiene de malo?
Vaciló, pero sólo para golpear más fuerte.
- Que no me gustas.
- Estás mintiendo – dije retrocediendo.
Los ojos comenzaron a brillarle.
- ¿Por qué?
- Porque… sales conmigo.
- ¡Claro! – exclamó triunfal – Y si salgo contigo sólo puede
ser para eso.
Yo mismo me había metido en la trampa.
- Tienes un problema – dije enfadado.
- En todo caso, no contigo – concluyó rencorosa.
Nuestra conversación tenía lugar en la rosaleda del parque: una explosión de pétalos y espinas. Caminamos un rato en silencio.
- ¿No puede ser todo más sencillo? – dije conciliador.
- Para ti, sí. Eres un hombre. Y vosotros queréis las cosas fáciles. Pero las mujeres no somos cosas, por mucho que os empeñéis.
No lo entendí muy bien, pero me cuidé de que lo notase.
- No tiene por qué ser una guerra.
- ¿De qué otro modo se puede salir de esto?
- Cada cual vive la vida a su modo.
- En absoluto. La forma en que la vivimos nos viene marcada por los demás.
- Yo la viviré a mi manera.
- Para eso tendrás que vivir solo. O mejor, aislado.
- ¿Qué has observado en mi conducta que te haga pensar en esto? – cambié el tercio.
- ¿No eres un hombre? ¿No tienes ideas sobre lo que debe ser un hombre y una mujer?
Me quedé perplejo.
- Supongo que las tengo, pero nunca me he detenido a pensarlas.
- Porque te convienen.
- Para los hombres no es tan fácil. Vosotras lleváis la batuta.
- Por supuesto; la estafa perfecta. La víctima corre jaleada hasta la trampa.
- Puestos así, tanta víctima es uno como otro.
- Eso te lo concedo. Pero dentro de la trampa rigen las reglas tradicionales.
Aquel nivel de abstracción me desconcertaba. A veces ya no sabía a qué nos estábamos refiriendo. Pero quería estar a su altura. Me parecía que si aguantaba el tirón dialéctico, al final me esperaba el premio. Supuse que hablaba del matrimonio.
- ¿Matrimonio? ¿No pensarás que me voy a casar con alguien?
Ciertamente, tampoco yo pensaba en eso. Aunque desde que la había conocido mis reservas disminuían. Era la primera vez que hablaba con alguien de igual a igual. O, para ser sincero, esforzándome por estar a su altura.
- La inocencia de los jóvenes – continuó con voz súbitamente apaciguada – se trasluce en su conciencia de ser individuos independientes. Creen que no van a ser igual que sus mayores. Pero la semilla ya está plantada y, quieras o no, acabará floreciendo algún día. Como una mala hierba.
- Los hombres no…
- El propio lenguaje nos atrapa. Decimos hombres y mujeres. Tú quieres llegar a ser un hombre y eso no lo vas a inventar tú. Serias un loco. Te lo dirá la sociedad. Lo mismo ocurre con nosotras.
- ¿Acaso dos personas no pueden hacer un pacto?
- No confío mucho en eso. Quienes hacen las promesas no son los mismos que tienen que cumplirlas. Primero porque todos cambiamos. Segundo, porque mucha gente extraña va a opinar sobre ese pacto y lo que hagan o digan puede hacer que te desdigas.
- ¿Por qué vas entonces a las discotecas? – dije exasperado.
- Por lo mismo que tú a los bares de putas; por curiosidad.
Yo no solía ir a esos sitios, aunque entendí a qué refería. No fue nuestra última conversación, pero las dos o tres que aún mantuvimos serían algo por el estilo.
Tuve la flaqueza de contárselo a mi amigo Luis.
- Escapa, huye. Probablemente sea lesbiana aunque aún no lo sepa.
Yo no quería escapar. Había intentado tocar su mente con mi imaginación. Estaba dispuesto a aguantar lo que fuese con tal de encontrar un punto vulnerable. Ni siquiera rompimos, ya que no había nada que romper. Un día no acudió a la cita y la perdí de vista.

Muchos años después, inopinadamente, la vi en la televisión regional. No la habría reconocido de no ser por el nombre. Al poco de separarnos había logrado averiguar su verdadera filiación. Ahora era una señora de generosas proporciones y un rostro como una máscara. Sólo sus ojos recordaban a la chica que había conocido. La presentaron como portavoz de algún tipo de organización, no sé si estatal o privada, y denunciaba la situación de las obreras de una fábrica en la que se manipulaban productos peligrosos para la salud. Vaya, me dije, Teresa lo consiguió: no parece ni un hombre ni una mujer.
Pero no quise levantarme para ir hasta el espejo y ver en qué me había convertido yo.

14 01 2009
Chantal Müller (20:20:59) :

PALPAS EL AIRE,
HUELES LA TENSA COROLA QUE EL BALCÓN DE PLUMA EXTIENDE,
PARPADEAS CON SIGILO: ES EL TIEMPO DE LA UVA,
EL JORNALERO PISA EL ZUMO DE LOS LABIOS.

A TUS PIES, LA ENREDADERA DE UN CÁLIDO SUSPIRO,
LAS COSQUILLAS DE UNA TARDE SIN SORPRESAS
QUE SE COLOREA,
QUE TE ADVIERTE DEL GIRO DE LA ROSA,
DE LA TRAMPA QUE TIENDEN LOS VENCEJOS PEREGRINOS
A LAS BOCAS EBRIAS.

EL JARDIN AJENO TE INVITA A LA DULZURA
Y LO PIENSAS UN POCO: LA TERRAZA DE LIRIOS ES PERFECTA,
HACE JUEGO CON TUS OJOS DE ESTA TARDE;
EN EL CÉSPED DE TRÉBOLES FRESCOS
UNA COPA DE VINO, EL SILENCIO PRECISO Y TODO UN MAR
DONDE SUMERGIR LA DESNUDEZ DEL ALMA.

Chantal Müller (”Jardines ajenos”)

15 04 2009
Juan Tendi (19:22:44) :

El enigma chino.

- ¿Estás estudiando chino?
Juan apenas levantó la vista del librito con intrincados caracteres. Lo había dicho en broma, pero al fijarme mejor vi que aquello era realmente chino, o lo parecía.
-Sólo quiero aprender el alfabeto.
-Útil curiosidad.
- No es tal, sino desesperación. Creo que Carmen me engaña.
-¿Con un chino?
-No exactamente.
Y siguió concentrado leyendo.
Miré por encima del hombro. Sólo se veían esos insólitos ideogramas que parecen todos iguales.
-¿Sacas algo?
-Ni jota.
-¿Qué buscas?
-La jota.
-¿Para qué?
-¿Para qué va a ser? ¿Cómo me llamo?
- Quieres poner tu nombre en chino. Es comprensible.
- No comprendes nada. Quiero saber qué tiene mi novia en el pubis.
- Ya entiendo. No sabes qué hay en el pubis de tu novia.
- Lo sabía hasta hace una semana. Ahora ya no.
- Cristalino. Si quieres puedo mirar yo.
- ¿Sabes chino?
- No, pero entiendo de pubis.
- Que te den ¿Es que no sabes que ahora las chicas se ponen tatuajes en sus zonas íntimas?
- Ah, se trata de eso.
- Se trata de que mi novia se ha grabado una cosa rara y asegura que es mi nombre en chino.
- Y tú no lo crees.
- Digamos que tengo la mosca detrás de la oreja.
- Y el tatuaje en el pubis. ¿Por qué no lo crees?
- Ni creo ni dejo de creer; compruebo. Donde hay confianza hay despiste ¿Por qué no lo ha puesto en cristiano?
- En castellano sería una horterada. Un ideograma chino es a la vez un dibujo y un significante. Resulta enigmático; lo más apropiado para la zona en que está.
- Prefiero lo hortera. Las cosas claras sólo tienen un camino.
- ¿Estás seguro? Si hubiese puesto Juan, ¿cómo podrías estar seguro de que ese Juan eras tú?
- Lo que faltaba. Sería mucha casualidad. Además, tendría una pista.
- Qué fácil es volver paranoico a un hombre.
- ¿Tu novia se ha puesto un tatuaje chino?
- No.
- Pues no opines tan a la ligera.
- Las mujeres son un enigma. No vas a resolverlo aprendiendo chino.

Tras este encuentro, no me extrañó oír a las pocas semanas que Juan se había distanciado de su novia. Aunque no supe si la causa fue que había logrado identificar los caracteres o todo lo contrario. Durante un tiempo le vi salir con diferentes chicas, pero le duraban poco. Tampoco me sorprendió; una llevaba bien visible una mariposa encima del culo y otra, un puñal. Demasiadas pistas. Cuando le vi más de tres veces en la misma compañía, pregunté.
- Es una novia provisional. Le conté lo de Carmen y al día siguiente apareció con el número de mi carné de identidad tatuado en el culo. A una chica capaz de hacer eso no se le puede decir no.
- Pues yo me sé tu número.
- No seas cabrón.
No quise ser cabrón; no le pregunté si había comprobado que el tatuaje era indeleble. Le habría puesto más nervioso.
-¿Y qué va a hacer si un día cambia de chico?
-Recordarme para siempre.
- Donde se lo ha puesto no podrá verlo. Serán sus parejas quienes se encontrarán con él todos los días.
- Que se jodan. Lo importante es que el que lo ve ahora soy yo.

Un mes después volví a encontrarle en el mismo lugar y con el mismo librito. Le pregunté si ya había aprendido chino.
-No. Pero sé cómo se escribe Juan.
Me dibujó un garabato sobre la mesa.
-¿Esto es Juan en chino?
-Eso me han dicho.
-¿Y coincide con lo que Carmen lleva en el pubis?
- Ahí está el problema. Ya no recuerdo cómo era exactamente, y estos cabrones hacen todos los signos parecidos.
- ¿Qué piensas hacer?
- Llamé a Carmen por teléfono para que me dejase verlo.
- Buena idea. ¿Qué te dijo?
- Que me lo grabe a punzón en el pito.
- Joder.
- Se me ocurrió otra idea. Le ofrecí pasta a su hermano pequeño para que me hiciese una copia.
- Una idea cojonuda.
- No tanto; parece que ahora tiene tres ideogramas grabados en lugar de uno.
- ¿Te hizo copia?
- Sí. También le preguntó qué quería decir aquello y ella dijo que Juan es un capullo.
- Te están vacilando.
- No sé. Por si acaso, ahora estoy intentando averiguar cómo se escribe capullo en chino.
Rectifico. Las mujeres no son un enigma; son prácticas. Quienes resultan un arcano son algunos de mis congéneres.

27 04 2009
Juan Tendi (17:45:01) :

Juan Tendi

Armas de mujer

I.

La vi en cuanto crucé la puerta. Desde hace tiempo procuro no fijarme en las mujeres; casi todas son condenadamente atractivas. Y las que no, lo parecen. Pero esa tarde estaba contento; un encargo fácil cuando se lleva un mes sin trabajar, pone de buen humor a cualquiera. El cheque a cuenta del Sr. Beadley me hacía sentir un hombre nuevo. Por lo que sé, a las mujeres les gustan los hombres satisfechos de sí mismos. Hablo, por supuesto, del tipo de mujeres que están a mi alcance. A las demás no sé qué les gusta; me basta con saber que no soy yo.
Aquella me examinó mientras avanzaba hasta el fondo de la barra. Se tomó su tiempo. No parecía importarle la conclusión que yo sacase de su curiosidad. Lo extraño es que no era la clase de mujer que necesite mirar a nadie. Alta, morena y con la piel más lisa que un vaso. Creí percibir media sonrisa en sus párpados caídos, pero no me arrugué. No ese día. Descarté que fuese una profesional; demasiado hermosa para fijarse en alguien como yo. Me acomodé en un taburete dejando otro vacío entre los dos. A algunas mujeres les disgustan quienes tratan de colarse sin billete en el espectáculo de su intimidad. Me alegré de que Tim no necesitase preguntarme; mi voz habría delatado la tensión.
Tomé un trago y miré al frente tratando de ubicar aquella visión. Ropa cara y aire de no necesitar nada, pero de buscarlo todo. Giré la cabeza para comprobar que sus ojos estaban aguardándome con un boleto en forma de cigarrillo apagado que sostenía en alto como un saludo. Normalmente, no me gusta meterme en un sitio sin calcular lo que pueda haber dentro. Pero aquello no era normal. No para mí. Apuré el vaso, miré a Tim y me fui para allá confiando en que no me fallase el mechero.
Lo malo de las cosas buenas es que no te ocurren a menudo. Por eso son buenas y no corrientes. Y desde luego, ella no era una mujer corriente. Lo supe en cuanto encendió el cigarro y me miró directamente a los ojos, como si dejase en mis manos las palabras apropiadas para la ocasión. Le sostuve la mirada devolviéndole en silencio la cómplice invitación.
- ¿Quieres que te lo escriba? – dijo entonces con un ronco susurro.
-Me bastará con un beso – avancé confiado.
Mojó sus labios con la punta de la lengua y su dedo corazón trazó una línea indeleble sobre mi brazo.
Tim llegó con dos vasos que cogimos sin mirarlos y levantamos como si brindásemos.

Cuando las persianas del motel se iluminaron de rojo, se levantó y comenzó a vestirse. No quise que la súbita nostalgia de su cuerpo se convirtiese en una mueca de súplica y permanecí tumbado. Sin prisas, arregló su peinado y se sentó frente a mí tras encenderme un cigarro. Los dos sabíamos que ella marcaba los pasos. Sólo podía mirarla con la indiferencia de un soldado que aguarda la orden que decidirá su suerte. Entre volutas de humo quise ver que no dudaba y que su espera era de contemplación satisfecha.
Se levantó resuelta, arrojó el cigarrillo y lo aplastó contra el suelo.
- Mañana hablaremos.
Y se fue sin nombre, sin preguntas ni respuestas.
Esa noche bebí como si me preparase para una dura prueba. Me acosté tarde, sin ganas de abrir el sobre que el Sr. Beadly me entregó cerrado.

II.

No debí abrirlo antes del desayuno; tuve que cambiar el café por un vaso de bourbon. Allí estaba: rubia y sin cuerpo, pero aquél era su rostro. Me senté con la fotografía en la mano. Ella era la señora Beadly y yo, demasiado viejo para creer en casualidades.
Repasé mentalmente las palabras del marido.
- Llevo seis años casado. Sin problemas. Pero ella es veinte años más joven y yo paso gran parte de mi tiempo fuera. De modo que cada seis meses me gusta saber lo que hace. Siempre se encargaba Mark Stevenson. Él fue quien me habló de ud. Como sabe, se ha ido a N.Y. La sigue durante una semana y me envía un informe escrito. No necesita volver por aquí. Esto es lo que le pagaba a Stevenson y lo que voy a pagarle a ud. Si hubiese novedades, le llamaría para ver qué convendría hacer.
Ahora lamenté no haber preguntado más. Pero el noventa por ciento de mi trabajo eran cosas como aquella y no pensé que necesitase saber más. De hecho, agradecí la sobriedad; algunos clientes aprovechan para una sesión de terapia gratis.
Las notas que acompañaban la fotografía no añadían mucho más: horarios, coches, costumbres y amistades. Miré el reloj. Los jueves a las doce, debía estar en un gimnasio de Mont Boulevard. Pero algo me dijo que la encontraría en el bar de Tim.
La encontré. Sentada en el mismo lugar, al fondo de la barra. Rubia y más elegante que el día anterior. Esta vez entré con menos confianza. Su rostro miraba con la misma franqueza, pero sus ojos ya no sonreían.
- Yo invito. Ya sabes mi nombre, mi dirección y el color de mi pelo. Por cierto, no eres buen fisonomista. ¿O no habías abierto aún el sobre? La primera vez que mi marido tuvo la idea de hacerme seguir, yo ni siquiera imaginaba la posibilidad de engañarle. Él me daba todo lo que necesitaba. Posición, tiempo libre y muchas cosas que hacer. Y así hubiese continuado, tal vez, si el pobre Mark no se hubiese enamorado de mí e indignado por la desconfianza de mi esposo. Supongo que creyó hacerme un gran favor al contármelo. Y que de algún modo yo se lo devolvería. No se equivocó del todo, pero sí en mis razones. Dejé de amar a mi esposo, pero no por eso le amé a él. A veces, basta un pequeño cambio de perspectiva para que todo se vea distinto. Descubrí lo que siempre había tenido ante los ojos. Mi marido es una persona fría, egoísta bajo su pulida cortesía, distante con la excusa de sus negocios y, sobre todo, incapaz de imaginar que haya personas que no sean como él. Me acosté con Mark porque era el modo de romper con el pasado. Y también porque se lo debía, en cierto modo. No fue una venganza; la venganza consistió en seguir casada. Nos veíamos de tarde en tarde. Logré mantenerle alejado con la excusa de que si mi esposo sospechaba algo extraño en mi comportamiento, acabaría por contratar a otro detective. Hasta que un día Mark me dijo que yo era exactamente igual a mi marido. Seguramente, tenía razón. No lo era antes, pero la forma en que reaccionamos antes las cuestiones decisivas se basa en lo que somos. Lo demás puede imaginarlo. No me costó trabajo hacerme con las llaves del cajón de su despacho y prever sus movimientos. Lo que, por cierto, me permitió descubrir su metódica infidelidad. Aunque casi siempre con prostitutas. Claro que para entonces ya no me importó; al contrario, me confirmó en lo acertado de mi decisión.
Prefería la morena de pocas palabras y mirada sonriente. Pero era ella quien tenía que hablar y decir lo que esperaba de mí. Aunque lo imaginaba.
- Yo no estoy enamorado de ud.
Sonrió por primera vez.
- ¿Quiere decir que no es Mark? Ya lo supongo; es demasiado viejo. Pero habrá otras cosas que le interesen. Como el dinero. Tiene algo que ganar y mucho que perder.
- Ud. más, sin duda.
- Es posible. Pero tengo más opciones que ud. Por ahora le diré las suyas. Hablar le costaría la licencia; su versión no coincidiría exactamente con la mía. La mía hablaría de chantaje y cosas parecidas. Callar y colaborar, en cambio, le reportaría dinero. De mi marido y mío.
Se recostó contra la silla y cruzó las piernas, para darme tiempo a pensar y a imaginar.
- También mi agradecimiento – añadió entornando los ojos, como si quisiera recordarme algo.
Recordé, pero más que lo que ella quería. No era la primera mujer que intentaba obtener algo de mí utilizando sus encantos. Por algún lado de mi memoria andaban aún las cicatrices. Aunque debo reconocer que ella fue la más sincera. Lo curioso es que ahora el canje no me parecía demasiado injusto. Tal vez sí para el hombre que había sido algún día, cuando creía que todos nacemos con derecho a un lugar bajo el sol. Si me hubiese gustado algo menos, quizá habría aceptado. He conocido a todo tipo de gente y sé que muchos deben hacer lo que no quieren para sobrevivir. Pero ella era lista y decidida; podía elegir. Y había elegido aquellas armas de mujer.

III.

Me quedé pensándolo en el bar de Tim. Sabía que no iba a aceptar. Lo sabía incluso antes de que me lo propusiese. Si me gustase el dinero, no sería detective; y si me conformase con el amor fingido, no pasaría tantas noches solo. Pero saberlo no remediaba mi problema sino que me obligaba a buscarle solución. Estaba acostumbrado a enfrentar los asuntos de frente. Al menos, los de esta clase. No era la primera vez que recibía amenazas. Y yo me tomaba las de la Sra. Beadley muy en serio. Había mucho en juego para ella.
Pero esta vez mis métodos no servían. Ella había puesto sus cartas sobre la mesa. Eran buenas, y yo no llevaba ningún comodín. La imagen me llevó a mis tiempos de colegial, cuando jugaba al mentiroso con mis condiscípulos. Un farol se responde con otro, y el siguiente es el que debe arriesgarse a levantar el cubilete. Esta vez, mis dados iban a ir cargados.
Necesitaba una tirada que ella no se atreviese a destapar. También una tercera persona en el juego. La idea me vino de sus propias palabras: cuando controló a Mark con el temor a que su marido contratase a otro detective.
Llamé a Robin por teléfono. Desde hace tres años es un colega. Antes trabajó para mí. Le gusta decir que le he enseñado mucho, pero lo cierto es que se las arregla muy bien solo. Lo que más agradece son las viejas historias que hacen que uno sienta que domina una ciudad. Nunca se cansa de oírlas. Hasta sospecho que le va mejor que a mí. Claro que él se anuncia por todos los sitios y yo temo más el exceso de trabajo que el ocio. Al menos, hasta ahora. A este paso terminaré pidiéndole asuntos.
- Aguarda una semana. Y sobre todo, no te acerques a ella.
- Ya me conoces. No verá ni mi sombra.
Mi siguiente llamada fue para el Sr. Beadley.
- Se lo he pasado todo a un colega de total confianza. Le devolveré el cheque, así toda la transacción se hará con él. Lamento que adelantasen mi operación.
Sólo me quedaba esperar, y me dispuse a hacerlo confortablemente, con un vaso en la mano y un sentimiento agridulce.

IV.

No tuve que aguardar mucho tiempo. Un mes más tarde, una pequeña nota de sociedad informaba de la separación de los Beadley. No me sorprendió lo más mínimo. Sí, en cambio, la nota que encontré en mi buzón unas semanas después. No llevaba firma, pero no la necesitaba: “Al final, sí estabas un poco enamorado. Tienes una deuda conmigo y algún día la cobraré”.
Desde entonces me fijo un poco más en las mujeres cuando entro en un sitio. Sigo encontrándolas atractivas y continúan dándome miedo. Te esperaré en cualquier barra tomándome un bourbon, preciosa. No deberías haber dicho que era demasiado viejo.

28 04 2009
Juan Tendi (22:16:19) :

Luisito

Le encontramos en El café de Alfonso, una cálida noche de agosto, cuando estaban a punto de cerrar, aunque sólo eran las dos. No había olvidado su cara porque no era la primera vez que le tropezaba en las noches de Oviedo. No muchas, cuatro o cinco a lo largo de veinte años. Él vivía en mi calle, allá en Ferrera, cuando los dos éramos niños y la calle del Generalísimo – ahora Julián Clavería - era casi todo nuestro mundo. Allí nos contábamos historias, recluidos en una precaria cabaña levantada con ramas de saúco y cartones en los lindes de la huerta de mi casa, y jugábamos a las chapas en las carreras que pintábamos con tiza en mitad de la calle, porque los camiones y vehículos eran tan escasos que ni a ellos no les molestaba pitar, ni a nosotros tener que apartarnos de cuando en cuando. Allí nos desafiábamos al pincho o los banzones, y trotábamos incansables tocando los timbres de los portales o persiguiéndonos en las imaginarias guerras del pio campo.
- ¿Recuerdas cuando salvaste a Jaime de un depravado que quería llevárselo a un portal? Fuiste el único que se dio cuenta de que allí había algo raro. Y eso que no tenías más de diez años.
No, no recordaba quién era aquel Jaime. Sí otros nombres, como Pedrosa o Cagijas, que ya casi no me decían nada. Tampoco sabía mucho de él. Sólo que entonces era alguien que siempre estaba allí, en la calle, y que no hacía falta presentación o mayor intimidad para compartir las horas y las fábulas, las tardes y las aventuras. Recordaba más su casa - un edificio de tres plantas con buhardilla, frente a una tapia que cerraba la finca de los ingenieros - porque en su portal vi una vez a un hombre pintando un cuadro. Lo curioso es que no retrataba la calle, sino un paisaje a partir de una pequeña postal que había clavado con una chincheta en la puerta. Me pregunté por qué no copiaría del natural. Supongo ahora que la realidad de aquel tiempo y aquel barrio no le parecía tan hermosa y evocadora como la de la fotografía; entonces creí que lo hacía porque así era más fácil.
- Como eras más alto nos defendías. Salvo aquella vez que vino tu hermano pequeño llorando porque le habían pegado unos del Norte, y tú fuiste hacia allá muy decidido, pero cuando les viste de lejos, miraste a tu hermano y le dijiste muy serio: procura no volver a meterte con gente tan grande. Y si les ves venir hacia ti, da la vuelta y echa a correr.
Pedrosa, que vivía encima de Las tres B, y con quien intercambiaba tebeos a menudo – aquellos atardeceres en que cruzaba apresurado la plaza con un tesoro de historias apretado bajo el brazo, vacilante entre el deseo de prolongar el placer de la espera del placer y el de consumarlo – y de quien recuerdo la vez que me mostró un rudimentario proyector de dibujos animados, dejándome fascinado por la máquina y decepcionado por las rudimentarias estampas.
- Aquel degenerado le ofreció caramelos a Jaime y éste ya iba a irse con él, cuando tú empezaste a gritar que no, y todos te mirábamos extrañados porque no entendíamos tu alarma.
Cagijas, a quien mi madre rechazaba por su aspecto agitanado y que, según me contaron, murió muy joven en un accidente de coche.
- Lo mío son los coches. De pequeño fui a una escuela que había en mi calle, una casita de planta baja. Después, a las Escuelas Nuevas; y más tarde, los Hermanos de la Salle.
Tino, el hijo de los dueños del Bar Langreo, un tipo alto y burlón, bastante mayor que nosotros, que siempre estaba haciendo fechos con una ingeniosa maquinita y que de cuando en cuando colgaba una sábana en la pared del fondo, por el verano, y nos echaba películas mudas de Charlot.
- Estuve bien hasta la mili. Tenía ya veintitrés años y me tocó Andalucía. Entonces sufrí un accidente del que nunca me recuperé. Estaba arreglando un wily, encajado contra una pared, cuando un soldado que llevaba un camión entró en el garaje y le dio un topetazo. No sé si por error o por hacer una gracia. Quedé atrapado contra la pared. La pelvis crujió y empecé a sangrar. Me llevaron a un hospital donde estuve dos meses. Después, secuelas de por vida y operaciones. Terminé con la uretra destrozada, me quitaron un testículo y tengo dolores y dificultades para orinar. He estado reclamando desde entonces una paga porque ya nunca he podido trabajar normalmente. No me hicieron el menor caso. Veinte años dando vueltas con análisis, certificados y reclamaciones. Hasta que escribí al defensor del pueblo. A partir de ese momento las cosas empezaron a marchar. Pero todavía sigo esperando una posible indemnización por los quince años transcurridos sin cobrar nada.
Y luego estabas tú, Luis – o Luisito, como todos te llamábamos -, un niño algo pequeño de talla para su edad, nervioso, siempre hablando y moviéndose. Y estás ahora en ese adulto que me mira con incredulidad, excesivamente grueso, con el pelo grasiento y la ropa ajada, con la lengua trabada por el alcohol y la desventura, buscando una desesperada complicidad en el rostro de este extraño que esconde algo que te pertenece.
- Y aquel día en que sacaron un ojo a un chico con una flecha de varilla de paraguas, y pensamos muy seriamente en dejar de jugar con arcos y flechas, ¿te acuerdas?
No, Luis, ya no puedo recordar, ya no quiero regresar a un mundo que nos llevaba hasta esta noche mientras jugábamos cándidos en el tobogán del tiempo; no quiero volver para salvar lo que fuimos sabiendo que lo que buscábamos con tanta ansia no fue más que lo que hoy somos; no quiero verte cómo eras con los ojos de hoy. Deja que los niños duerman su eterna edad de esparcimiento, misterio y fruiciones.

Nos acompañó hasta la esquina de la Iglesia de San Juan. Mi amigo Jesús apenas ocultaba el fastidio que le producía aquel pequeño hombre, grueso y sudoroso, con una sonrisa congelada en su rostro de dolorido estupor, cogido de mi brazo, borracho y murmurando redundantes frases de torpe e inoportuno afecto.
Se quedó mirando mientras nos íbamos, moviendo la mano, como si un barco nos estuviera separando en un muelle de oscuras aguas.
- Un pobre hombre. Obsesionado con el pasado – dictaminó Jesús.
No, Jesús. Sólo un hombre. Un hombre con el que me habría gustado marchar esta noche para desandar juntos el camino de los años e ir a buscar las tardes de siesta sentados sobre las aceras de la niñez, y los crepúsculos de gritos y juegos, retrasando la vuelta a una casa que cada vez, sin que lo supiésemos, nos iba quedando más lejos.
Esta noche, Jesús, no te sigo, no entiendo esas palabras que hablan de triunfo y fracaso, de poder y seguridad. Esta noche sé que si te hubiese conocido de niño nunca habríamos sido amigos, porque mis amigos siempre han sido gente que se ha ido quedando al margen; ya no quiero seguir repasando las cuentas para ver quién ha logrado qué y a qué precio, ni para juzgar los méritos de la suerte o la suerte de los méritos, ni para hacer el inventario de quienes se salvan y se condenan.
Esta noche quiero regresar pronto a casa y sentarme en la terraza pensando en todo lo que vino después y averiguar por qué me sigue pareciendo un sueño. Quiero volver a la calle de los buscadores y los errados, los entusiastas y los confundidos, y atrapar por un instante la fábula del tiempo y la querella, para poder alzarme sobre esta noche húmeda y sus tejados, y a través de las calles que nos separan – en esta ciudad que no es la nuestra - decirte sí, Luisito, me acuerdo.

28 04 2009
Juan Tendi (22:33:14) :

Ciudad revivida

Recorro las calles en cualquier dirección; el objetivo siempre está por delante. He buscado su centro cuando ya me hallaba en él y su periferia cuando todo era centro para mí. He paseado solo por sus pendientes nocturnas y en compañía por las anchas vías de la amistad; perdido entre la muchedumbre soleada de las mañanas de Uría y reencontrado junto a un ventanal del café Florida. He imaginado la vida futura mientras lo estaba dejando de ser y la escribía con pasos azarosos; reconociendo rostros y buscando espejos, huyendo de lo oscuro en las noches y de lo claro en las mañanas. He vivido, en fin, sin saberlo, por y para ella.
Ese que cruza Porlier es Julio. Reconozco su mueca de inspector de vidas, reuniendo miradas como piezas del puzzle que revelará su identidad. Aún tiene mucho que gozar y conocer. Fuimos amigos, a pesar nuestro, hasta el día en que quiso poner fin a ese equívoco. Aprecié sus defectos como virtudes y él hizo lo mismo con los míos mientras pudo. Guardo la memoria del hombre que fue y del que quiso ser, pese a que él dijo no necesitarla.
Ahí, sentado en la esquina del Campo, está Toño, mi Virgilio extraviado, liando un porro y tatareando una canción. Éramos dos exiliados cuando desde los últimos bancos estudiábamos el modo de escapar en aviones de papel o planeábamos jugadas maestras con los dados del mentiroso. Yo no fumo, Toño. Mi cabeza navega ya por un mar tempestuoso. ¿Recuerdas la última vez, en la Escandalera? Yo había alcanzado la cima de mi impostura y tú recorrías los tramos póstumos con las alas bajas.
“Sigo en la Güeria, con mis padres, atendiendo la tienda y las gallinas, trapicheando, comiendo bongis, picándome de cuando en cuando, peleando con la hepatitis incurable y los dientes carcomidos. Mi abuelo, la persona a quien más quería, me dijo al morir: sigue adelante; no te derrumbes. Pero él se fue y algunos días no sé para qué vivir ni cómo. Aquí vengo poco; mis conocidos me arrastran al caballo. Los buenos amigos han muerto casi todos. Uno se tiró por la ventana, otro se fue volando”.
Luego te fuiste afilado, con la cabeza rapada, encorvado bajo un chubasquero de colores y con estrechos pantalones, tristes siempre los caídos ojos, la piel oscura y quemada, visibles los tendones bajo músculos en carne viva.
¿Sigues imposible, Toño? ¿Continúas amando a las gallinas, los viejos, los perros, las canciones de rock y la huida sin fin?
Ya sé que no quieres nada con él, pero ahí pasa Miguel, camino del Antiguo, hacia el Dharma o el Icaro, envuelto en sus pensamientos como en una delgada capa que deja pasar todos los vientos, buscando la sustancia con la que poder sentarse a descansar, dormir, tal vez soñar. Va despacio, pero siempre ha llegado tiempo de ver partir todos los trenes para levantar la biografía de sus rechazos. Al trabajo, a la familia, al amor tal vez, al futuro y, al final, pero también al principio, a sí mismo. Ha hallado en su juventud el desprecio sobre el que asentar sus certezas, absolviéndose de todos los errores gracias al dolor. Un dolor que ha cuidado y vigilado con sonriente amargura, escatimando las palabras que pueden salvar a todos. Pero cuando ha querido encontrar fuerzas en la flaqueza, ha tenido que recurrir a las voces, duras e injustas, como piedras que arrojar sobre el mundo. Con esos mimbres ha construido su capa de inocente injusticia. Tras volar todos los puentes, se ha dejado llevar por la corriente de lo obvio, agarrándose momentáneamente a la orilla de los semejantes, de los marginales, de los que apenas necesitan una razón para su sinrazón. Les basta con atender a su demonio interior y buscar allí su panacea.
¿Quién entra por la puerta de El Quintana como un viento fuerte de urgencia y entusiasmo? Es Luis, que ha hallado desde muy joven el camino más recto hacia los otros: la sencilla desnudez de la aceptación. Luis viene y va, se sienta y se yergue alto sobre las palabras que acogen a todo el que se acerca con el simple carné de humano, el más difícil de falsificar. ¿Qué es el arte, Luis? Vivir, atrapar la vivencia, como tú dices, con esa palabra que sólo para ti tiene significado. ¿Eres un artista, Luis? Todos somos la hostia. Bebamos, cantemos y dejemos que las mujeres se acerquen, cautivadas por el ímpetu y la alegría. Sigamos hasta morir de risa para poder volver a la tarea con la energía intacta, vayamos a todos los sitios y hablemos con todos: oigamos al mudo, escuchemos el canto del cirrótico en Ca María, festejemos a las putas del Montecarlo con el respeto que se debe a los santos, miremos los dibujos de los libros, recorramos al mundo como si fuese el primer día de la creación, compartamos esa obra maestra con el inútil y el torpe, probemos el salto y la caída, juntemos un cortejo de danzantes callejeros y entonemos la canción de la pena como si no fuera de nadie.
¿Dónde vas, Luis? ¿Qué nocturno caballo te arrastra desnudo por los montes? No te vayas, renuncia a la explicación final, regresa a la oscura revelación de la ciudad y al resplandor incompresible de la gente. No preguntes, tú estas hecho para celebrar el enigma, no para interrogarlo. ¿Estás loco, Luis?
“Sólo me dieron las manos, pero todo se disipa, las mujeres no tienen brazos, la vida me ha sobrepasado y me ha dejado desnudo. Ahora quiero quedarme quieto y oírla pasar, como la vi cuando creía que me había poseído como un dios”.
Ese que camina solo es Ángel, mira hacia el futuro con las manos agarradas a la espalda, se detiene con quien quiere, dice su canción a quien va en su barca y nunca olvida quién es. Ha escondido su pasado y del futuro sólo quiere saber que será como el presente que rechaza. Con estas excusas construye una vida de extraña serenidad y tranquilo goce, en la que sólo alguna rara incontinencia delata el odio al perdedor. Quiere creer que a él le salva su moral, el tesoro de rechazos que lleva como una luz secreta. Y el movimiento: siempre acaba de llegar y piensa en marcharse. Un día preguntó si no veía cómo la vida huía de las rutinas y las obligaciones, si no era capaz de seguir el rastro de la fiera felicidad. Y yo, que ya entonces quería salvarlo todo, dije que no. El espíritu sopla por donde quiere y todos los sitios son el lugar bajo el sol. Viajeros de perfil y esquina, aunque tal vez aún no lo sabíamos. Ahora te veo pasar desde mi mudable orilla, feliz en el remolino de tu corriente. Sigues cantando tu sueño irracional y viviendo tu razonable vida.
Matías, tú y yo estábamos destinados a ser amigos, pero se nos fue el tiempo intentando averiguar por qué. Cada encuentro comenzaba con un reconocimiento y terminaba convirtiéndose en una negociación. Una vez dije que éramos demasiados parecidos. Tal vez fue una manera de ocultar el estupor que me producía tanto desencuentro. Descreías de demasiadas cosas con demasiada facilidad. Se veía que no te costaba porque guardabas otros credos en la manga. Se juega con lo que hay sobre la mesa. ¿Qué nos quedó tras la partida? Un irónico resentimiento y posiblemente cierto injusto desprecio.
Ah, Javier, tuvimos tiempo y oportunidad; nos faltaron las palabras. Poseías la energía y la secreta insatisfacción desde la que desafiar la vida, pero aceptaste las viejas reglas del duelo personal y jamás me nombraste tu padrino. No estábamos en las mismas guerras. Pendió nuestra amistad de tan finos hilos que nunca tuvimos que romperlos; bastó la distancia para estirarlos hasta tornarlos invisibles. Cuando nos vemos, tú contestas a las preguntas que no te he hecho y yo, a las que nunca me harás. Te burlas educadamente de la vida, respetando todas las normas y alguna más que tú mismo te has impuesto. Te escapas como un adolescente, envuelto en un ruidoso silencio y en una forzada alegría. Pero sé que te gustan el cine y los secretos. Esa fue la única confesión que hiciste en tu vida.
Veo más rostros, recuerdo más vidas. Aún tengo preguntas, las mismas de siempre, pero ya no espero respuestas.

No sigas, no les interrogues, no les mires, déjalos perderse en su aventura. El mensaje que traían para ti ya te lo han dado. Recorre, si quieres, de nuevo esta ciudad en la que algún día, también tú, acabarás perdiéndote.

6 06 2009
Juan Tendi (20:46:06) :

Puerta abierta

No pude llamar a la puerta. Era la primera vez que iba a una dirección y me encontraba con una situación así. Di una voz y apareció una mujer delgada y ojerosa por el fondo del pasillo.
- ¿Ha llamado ud.?
- Sí. Bueno, ha sido mi vecina.
Miré a los lados y luego a ella.
- La puerta se la llevó él. Para que no volviese impedirle la entrada. ¿Cree que se puede vivir así?
Una pregunta retórica. Saqué la libreta .
- ¿Casados?
- Por supuesto que no.
- ¿Quién paga el alquiler?
- Nadie. Lo pagaba él, pero dejó de hacerlo hace meses.
- La casa está alquilada por él.
- ¿Insinúa que debería marcharme?
- Si no está a gusto, sí.
- ¿Adónde voy a ir? Trabajaba en un bar y no estaba dada de alta.
La miré. Una mujer desgastada por la fatiga y la impotencia. Supuse que ejercería la prostitución de un modo más o menos irregular.
No necesité llamar a comisaría para comprobar que los datos del robapuertas correspondían a un chorizo; su nombre me sonaba. Seguramente le habría detenido alguna vez escamoteando lo ajeno. Le pedí la descripción para asegurarme.
- ¿Qué pinta tiene? La de un cabrón.
No había preguntado en buen sitio. O tal vez aquella era la mejor descripción que podía darse del tal Jacinto. Aunque, por supuesto, él se hacía llamar Jack.
- Claro que le han detenido; docenas de veces. Pero, no sé cómo, siempre se libra. Nunca pasa mucho tiempo en el trullo.
Yo sí lo sabía. Visto lo visto, le dije lo que pensaba.
- ¿Cómo que no van a hacer nada?
No era eso lo que yo había dicho, aunque tampoco se alejaba demasiado.
- ¿Cree que no tenemos otra cosa que hacer que buscar a un tío con una puerta al hombro?
- En algún sitio la habrá dejado. Si no están para buscar cosas robadas, no sé para qué están.
Era largo de explicar. Y ella, la persona menos adecuada para escucharlo. Siempre me sorprende eso en ellos. Se creen con derecho a ser simultáneamente ciudadanos y delincuentes. Alguien ha debido hacer algo mal para que crean eso. Y no me estoy refiriendo a las personas que cometen un delito, por la razón que sea. En esos casos entiendo que se les trate con la debida consideración e, incluso, que ellos se crean con derecho a exigirlo. Pero un delincuente no es simplemente quien comete una infracción, sino alguien que tiene el delito como modo de vida. Claro que sé lo suficiente para intuir cómo se justifican ante sí mismos: como los demás. Quien es víctima de una injusticia se comporta como si le hubiesen vendido una patente de corso. No todos, obviamente. Y no siempre lo expresan. Pero, de algún modo, es así como se sienten. O nos sentimos, que en esto estamos todos. Menos los santos; pero yo no conozco a ninguno. Es fácil saltarse las reglas cuando te sientes víctima de ellas.
- Tenemos delitos más graves que perseguir.
No me creyó. Y tenía razón. Los últimos años sólo había buscado rateros.
Se levantó a buscar cigarrillos y me fijé en su aspecto. Hasta ese momento sólo había visto su rostro ajado, borroso y macilento. Su cuerpo, aunque pequeño, tenía un aire grácil y sus pernas eran largas. Aún debía ser joven y debía sentirse inmortal. Esa época en la que maltratamos nuestros órganos y sólo advertimos que nos salen ojeras y la piel se vuelve cenicienta. Es después, pasado el tiempo, cuando nos llegan todas las facturas al cobro una tras otra. Entonces descubrimos un hígado machacado, un corazón roto y unos pulmones ahogados.
Vi algo más; pequeños moratones en brazos y piernas. La palidez del rostro se interrumpía por manchas algo más oscuras.
- ¿La maltrata?
- ¿Ese cabrón? Que lo intente.
- ¿Y los renegrones?
- Tenemos nuestras trifulcas. Como todo el mundo.
Quise creerla, pero no imaginaba a Jacinto con tantos cardenales como los de ella. Aunque nunca se sabe. Mi ex-mujer medía poco más de metro sesenta y lanzaba ceniceros como un atleta de pentlathón. Por otro lado, cada pareja es un tipo peculiar de infierno. Lo asegura Antonio, que cree saber más por viejo que por policía.
- Ni los locos están locos todo el día, ni los maltratadores pegan todos los días.
Cuando dice estas cosas no sé a qué se refiere y debe notárseme en la cara.
- El maltratador está tan atado a su víctima como ésta a él. Incluso diría que más. De ahí que gradúe, retroceda, se arrepienta, vacile…
- Y pegue.
- Por supuesto. Pero no imagines psicópatas de película. Son tan vulnerables como los demás. Cuando no están borrachos o con algún cuelgue, controlan. Saben hasta dónde puede llegar.
- Un tipo peculiar de relación.
- No lo dudes. Es una relación, aunque no lo parezca.
- Pues no es fácil de entender.
- Como tampoco es fácil de entender que alguien se cuelgue de otra persona, por muy buena o hermosa que sea. Cuando estaba saliendo con Carmen, íbamos a menudo a cenar con su amiga Inés y su novio. Bien, pues yo estaba loco por Inés. No es porque ya tuviese a Carmen; aunque no niego que eso influya. De hecho, Carmen era más guapa. Pero yo estaba obsesionado con Inés. No podía apartar los ojos de ella. A veces, las miraba a los dos y me preguntaba por qué me ocurría eso. Las dos tenían ojos, orejas, hermosas piernas, simpatía… Inútil; una me parecía algo muerto y la otra, un misterio inagotable.
Traté de imaginar qué tipo de misterio hallaría aquella mujer en Jacinto. Un tipo que roba a personas que no pueden defenderse. Porque eso hacen los Jacintos de este mundo.
Le pregunté de dónde procedía. Su acento no sonaba algo extraño. No contestó, pero dejó de verme y comenzó a mirarme. Me descubrió al instante. Por mujer y por diablo. Me tuteó.
- ¿Llevas mucho de madero?
- Bastante.
- No lo pareces.
Encajé la pulla. Sólo un joven estúpido podría querer aprovechar una ocasión así.
- Casi nadie es lo que parece.
Dejé que lo interpretase a su gusto. Lo cogió por el mango: me alargó una botella de vino que tenía a su alcance.
Miré a los lados. Hizo una mueca de burla y cogió un vaso del suelo. Un vaso sucio.
- Estoy de servicio.
- Como todos.
Unos más que otros, pensé, viéndola en el sofá a media mañana, con cara de haber sido despertada de un sueño o de una pesadilla. Llevaba un vestido fino y arrugado con flores desleídas que hacía más íntima y cercana, como si fuese una bata o un camisón. Su cuerpo, dibujado por la delgada tela, parecía a la vez firme y blando, en congruencia, tal vez con su carácter. Se recostó hacia atrás, no sé si para hacerme más consciente de su presencia o para sugerir que dominaba la situación lo suficiente para estar relajada. Pero sus labios seguían apretados y blancos como una línea de tiza.
Debía levantarme. No tenía nada que decirle ni ofrecerle. Salvo mi interés. Un interés absurdo que intentaba penetrar más allá de la apariencia y la circunstancia, como si en la vida de cada cual hubiese algo más que eso.
- Nací en Sevilla.
Había estado allí y podía pronunciar unos cuantos nombres familiares. Podía, pero se trataba y no se trataba de eso. Ya no teníamos tiempo. Porque el tiempo también está hecho de fatiga y tedio, no sólo de días. Pero me había abierto una ventana y era yo quien había llamado, aunque fuese quedamente.
- Yo nací cerca de aquí.
Ninguno de los dos parecía poder o querer ir más allá. Estas cosas o son fáciles o son imposibles. Al menos, las buenas. Las otras pueden ser de muchas formas y admiten toda clase de vueltas y confusión
Me sentí al borde de un precipicio y deseé poder coger aquel vaso y apurarlo hasta el fondo.
- ¿Qué va a hacer?
No era esto. Si preguntaba, debía tutearla; si mantenía la distancia, no tenía derecho a preguntar. Me miró. Siguió mirándome, como si la duda también retuviese las palabras que podía decir sin pensar, de memoria, de esa memoria que los hombres habrían ido dejando como ceniza sobre su vida.
Sentados frente a frente los dos queríamos saber hasta dónde la piel de cada cual era ya otro traje o la última capa que podíamos mostrar. Sus ojos preguntaban: ¿también tú? Y, en ese caso, ¿de qué va a servirnos a los dos?
El silencio era la palabra más sincera. No sabía si tenía una puerta para su vida. Los segundos pasaban y cada cual dejaba al otro la respuesta. Y eso eran ya muchas palabras.
Sólo debía levantarme y tocarla. Tocarla con palabras, con gestos inauditos y a la vez cotidianos.
De pronto comenzó a aspirar el aire con fuerza, repetidamente, como si estuviese resfriada, y su mirada se hizo más huidiza y desvalida. Y la imagen de Antonio volvió.
- No te líes con los clientes. El noventa por ciento son ladrones, estafadores, yonkis, putas… almas perdidas. No te metas en sus vidas. No tienen solución. Han escogido ese tipo de vida. O les han obligado; el resultado es el mismo. Son supervivientes: cogerán lo que puedan de ti y después te dejarán colgado. No importa lo que sea. Dinero, ayuda, sentimientos… Lo aprovechan todo. Lo aceptarán todo y no te agradecerán nada. No es que sean necesariamente malas personas; es el tipo de vida que llevan. Todos, de un modo u otro, almas perdidas. No saben ser de otro modo. Pueden engañarte y puedes engañarte a ti mismo sólo durante un tiempo.
El cuarto huele a gato. Un olor rancio y agrio. En el suelo hay un platillo con algo indefinido que puede ser comida.
- No está – dice ella siguiendo mi mirada -. No sé dónde ha ido. Pero siempre vuelve. Los gatos te entienden. Saben como te encuentras. Y también te lo dicen.
La vida reducida a placer y dolor. No te juzgan porque ya todo lo tienen sentenciado de antemano. Yonkis y gatos. Niños que no te necesitan para saber quiénes son. Sentir sin el dolor de saber quién eres y así neutralizarlo, reducirlo a un síntoma, localizarlo en un brazo o en el estómago. Encerrarlo ahí y salvar el alma. Salvar una mente que sueña y fantasea y recuerda, sabiendo que no es preciso ya realizar el más pequeño de esos sueños porque se hacen tanto o más reales al ser pensados. Porque la voluntad necesita sentir al propio cuerpo como transparente, como una herramienta ajena.
Entonces me levanto y me voy sin despedirme, para no mentirle con sentimientos. Yo no tengo una puerta para su vida y, de todos modos, ella va a vivir siempre con la puerta abierta, a la intemperie.

15 11 2009
Juan Tendi (23:26:26) :

El secreto de la vida

De joven sus vecinos le llamaban Fredín. Años más tarde, cuando su carácter fue puesto a prueba tras la barra del bar que abrió en la calle principal, se ganó el apelativo de Fredón, pese a su corta estatura. Pasó tiempo hasta que todos reconocieron que su personalidad era lo bastante equilibrada como para merecer la nominación de Alfredo.
Cuando estaba en confianza, gustaba de rememorar sus tiempos de trabajador por cuenta ajena y sus años de mili en Tetuán. Chacinero, mayador, obrero metalúrgico…, todos los oficios le habían conducido a ser quien era: Alfredo el del Bar. Si la confianza iba regada con sidra del mismo carácter, evocaba a media voz algo que nunca había podido borrar de su mente.
- Mi padre solía parar a tomar algo junto a la iglesia, después de la jornada laboral, y yo pasaba por allí casi todos los días para regresar juntos a casa. Mi padre queríame mucho. Éramos ocho hermanos, pero a mí queríame mucho. Una tarde, ya oscurecido, volvíamos caminando por la cuesta la Perra y cogiome del brazo: mañana tengo que decite una cosa. No me pareció algo grave, aunque su tono era serio. Esa misma noche murió en la cama, de muerte repentina - como se decía entonces - y nunca supe qué quería decirme. Siempre me ha quedado esa cosa de saber qué sería aquello.
Joven inquieto, pero sin especiales aptitudes, Alfredo desdeñó marcharse a América, como muchos de sus coetáneos, y también el trabajo en la mina. No temía el esfuerzo, pero le gustaba trabajar a su ritmo y gusto. También amaba a su numerosa familia y nada se le ofrecía en parte alguna, pensaba, mejor que lo que ya tenía. Si todo le ataba a su patria chica, el amor de Teresa le clavó al terruño para siempre. Jamás hubo de lamentarlo. Ella marcó el rumbo de la ambición que todo hombre precisa para serlo, con suficiente astucia como para que Alfredo creyese estar descubriéndolo por sí mismo. Le animó a dejar la fábrica y a tomar en traspaso un local de bebidas - con los dos mil reales prestados por sus cuñados - en el que tres sucesivos propietarios habían fracasado. Pero los pobres vienen ya desde la ruina y nada nuevo hallan en ésta que no conozcan. Así, los dos aguantaron el tirón y, considerando la mera supervivencia como un triunfo, dejaron pasar los años agarrados a su labor como a una tabla de náufrago. Alfredo oficiaba en la barra y Teresa en los fogones, sin dejar de echar un vistazo a todo, porque, hora es de confesarlo, Alfredo era uno de esos hombres apacibles que ocultan, tras la máscara de la rudeza, una irremediable magnanimidad y bonhomía. No tenía sentido del dinero ni del engaño ni de la maldad.
- Este hombre no tiene sentido del sentido – decía Teresa a sus hijos en voz baja desde la cocina.
¿Qué había hecho Alfredo para merecer este diagnóstico que, en opinión de muchas esposas, compartía con la mayoría de los hombres? Apenas nada: dejarse estafar por charlatanes de feria, tramposos de paso y falsos amigos; poner su cabeza bajo las botellas que de cuando en cuando los borrachos descargaban con ira sobre alguien; fiar al sediento y cobrar poco al hambriento. Muchas eran las ocasiones en que al entrar en casa, se dejaba caer sobre la silla murmurando entre apenado y sentencioso:
- Creo que me la han vuelto a pegar.
Con tan neutra y figurada expresión, Alfredo podía referirse a muchas cosas. Podía estar hablando de aquel forastero que tras pedir varias botellas de sidra y ponderar hasta la exageración al local, al dueño e incluso su forma de escanciar, se había atrevido a solicitar un préstamo de mil pesetas para cerrar un trato antes de que abriesen los bancos.
- Tenía muy buena pinta – encarecía Alfredo por toda excusa – A lo mejor vuelve un día con el dinero.
O tal vez recordaba al afable parroquiano que todas las mañanas le esperaba a la puerta del bar para ser el primero en tomar un orujo, antes de seguir camino al tajo del Matadero, y en servirse otra copina y abrir el cajón del dinero cuando Alfredo desaparecía un momento por la trastienda.
- Llevaba años parando en el chigre y era de toda confianza.
O cuando dio en convertir su chigre en oficiosa agencia de registro, al permitir que entrasen los cerdos para ser colgados de una romana y dirimir así las disputas acerca del peso de tal o cual gorrino. Y de paso, entregar las ganancias de la apuesta.
- Púsose muy tercu y había que aclaralo.
Así fueron pasando los años viendo llegar paisanos, forasteros, feriantes y curiosos que amarraban las caballerías en las argollas de la entrada, comían sabadiegos y bebían sidra hasta el anochecer, mientras cantaban, jugaban y porfiaban sin descanso, oyendo y contando fallecimientos, bodas, casos, alcaldadas, cóleras de párrocos, cambios de comandante de puesto o el atraco de la noche anterior. Personajes que hacían del chigre su oficina particular, dirigiendo desde allí su empresa o teniéndolo como lugar localizable para parientes, clientes o amigos, en una época en que aún los bancos no se habían ubicado en los pueblos y las operaciones financieras se hacían sobre una discreta mesa de taberna.
Pero el tiempo no se detuvo, ni siquiera cuando muchas cosas comenzaron a quedar atrás, como las tiendas mixtas o las tabernas con pellejos de vino – prohibidos por la autoridad – y las barajas gastadas, sustituidas por las pipas de madera y los calendarios de Explosivos Riotinto o Anís de la Praviana. Y así el viento se fue llevando los carteles de toros y los letreros de Prohibido blasfemar y escupir en el suelo. El día en que ya no hizo falta el de Se prohíbe cantar, Alfredo sintió más melancolía que el otro ya lejano en que se había visto forzado a colgarlo.
Y llegó el momento en que Alfredo ya no tuvo que cargar a Balbino a recostines para llevarlo hasta su casa, fartucu de beber y cantar, ni recoger a Colás en carretillo para subirlo hasta más allá del Ecce Homo, y que tras echar un pigazo por el camino, se levantaba protestando ante la puerta de su casa, asegurando que se hallaba despierto y en plenas facultades, no mereciendo la afrenta de ser conducido a su hogar con tan deslucida apariencia; tampoco salir hasta la puerta para recibir reproches y requerimientos de las mujeres que se acercaban a recoger a sus renuentes maridos.
Entre culinos, pintes, caciples y cafés con pingarates, vio pasar a Ramón el curtidor – derribado en plena calle por un corazón agotado -, a Enrique el de la planchadora - atropellado por un coche delante de su segundo hogar tras despedirse con un hasta mañana que jamás llegó -, a Pepe el Ratín, lider de la tertulia de los Probes… Y hasta llegar y pasar una guerra que trajo horror, injusticia y muerte. Militante de Acción católica, tuvo que ser salvado por un izquierdista, amigo de sus hermanos, que le ocultó con ocasión de una saca de prisioneros, y que pagó su filantropía con la vida junto a un terraplén del cementerio y una fosa perdida en la que Alfredo colocaba flores de cuando en cuando.
Vio llegar hijos y nietos, despidió parientes y vecinos, asistió a bodas, a olvidos, oyó de ingratitud y necedad, resintió el frío del invierno y reconoció la sorpresa de las primaveras.

Una tarde, Alfredo notó un cansancio desconocido y, mientras todas las voces y los rostros que había visto a lo largo de su vida se escurrían como una leve brisa sobre aguas remansadas, vio llegar a su hijo mayor, Antonio, único varón entre sus queridas mujeres, subiendo airoso y alzado por la cuesta que venía del río, moviendo los brazos y cerrando los ojos a los rayos caídos con los que un sol declinante barría la Tierra. Tuvo unos súbitos deseos de confiarle, de explicarle… y recordó entonces lo que su padre nunca pudo decir aquel perenne atardecer cuando regresaban a la casa. Había tardado toda una vida en saber lo que un padre desea contar a su hijo antes de morir y las razones que lo hacen imposible.
Su padre, por un momento, lo creyó o sintió una última debilidad que le llevó al borde de las palabras. Él se lo pondría más fácil a su hijo; o quizás más difícil, no era sencillo preverlo. Por eso levantó débilmente el brazo, a modo de saludo, sin saber si él lo advertiría, lo comprendería o lo recordaría algún día, mientras también él subía por aquella cuesta que le llevaba en un eterno regreso hacia el hogar.

4 12 2009
Marina 1ºBCT (22:42:34) :

Tierra de nadie

Todos los días el sonido de mis pasos aumentaba la ilusión.
Se abría la puerta y la avalancha de almas inocentes levantaba el polvo del árido suelo sobre el que estaba construido el “edificio”.
Edificio, guarida, escondite, desierto, todo resumido a piedras; piedras y barro.
El lugar era oscuro, un poco más que al aire libre, el tablón agujereado en el techo dejaba asomarse al sol que daba claridad y te recordaba en que lugar estabas.
Las almas inocentes, sí, niños, todos formando un circulo, sentados en el suelo áspero, haciéndose heridas con las ruinas de ese sitio, pero con la sonrisa más amplia y verdadera que te puedas encontrar.
Podías escuchar una melodía armoniosa, no era más que el desolador silencio roto por esas voces melancólicas, esas que llenaban de vida escasos metros que no se puede decir ni que eran cuadrados.
La escuela, quién diría que jamás le pondría una pega, que desean que lleguen esas dos horas diarias como si superase su sed, y como si calmase su hambre.
Siempre he pensado que éste puede que sea el mejor recuerdo, el mejor sentimiento en mis adentros. Saber que haces algo que vale la pena, que ayudas a dar continuidad a los estudios, que das esperazas de un próximo o quizá lejano futuro.
Sus ojos vidriosos medio cerrados por la luz; sus manos duras del trabajo y el día a día; sus pies curtidos que no sienten, no saben lo que está caliente, o lo que puede ser frío; sus dientes casi color chocolate de beber esa agua que mata más que te da vida.
Es una sensación muy desoladora salir de una tienda de tela, mirar al horizonte, y darte cuenta de que en realidad estás en tierra de nadie.
Tierra de nadie por ciertas personas asquerosamente egoístas y conquistadoras, con poder político, social o quizá económico; que les han robado todo, hasta las ventanas desde donde podían ver el mar y tocarlo con solo cerrar los ojos.
Que triste es, cuando ellos tienen una sola manzana y te estrechan la mano para dártela, aunque mueran por las tripas, coman por los ojos y cuando lloran, también hablan.

4 12 2009
Marina 1ºBCT (23:04:46) :

Se la lleva.

Como cuervos sobre la nieve, ese frío que quema, esa noche que desvela y ese sol que hiela.
Como paisajes sin colores, miradas indefinidas, sonrisas enmohecidas, susurros a escondidas.
Como esa fruta prohibida, el alivio del dolor, la incitación a la pasión, a olvidar lo que se debe hacer y no.
Como el contoneo de tus caderas, tus almendrados ojos, tus largos cabellos, cadenas de mis antojos.
Como esa boca perfecta, esos labios carnosos, esa piel pálida, pálida como el polvo.
El polvo del tiempo, el brillo de la pureza, la sonrisa gastada y las ojeras de tus penas.
Interrupciones cortas, pensamientos continuos, esos recuerdos que me mantienen vivo.
Solo tú has sido ese todo, ese pasado que nos espía a escondidas, que nos vela la noche y nos aguarda otro día.
No puedo leerte cuentos de fantasías, puedo contarte que pudimos fundirnos algún día.
La memoria se desvanece y el recuerdo insiste, insiste en tu mente que le cierra las puertas, entonces vence, vence la enfermedad que conlleva al olvido, vence y te lleva consigo. Te aleja de mi, de mis vicios, de mi sentimiento virgen desde el primer rocío, de mi cara arrugada en el intento de huida, no quiero otra vida, te quiero a ti, aquí, cerca mía.
No te vayas vida mía, no me abandones ahora, intenta recordar cada día, que le alquilé un cuarto menguante a la luna para que meciera tus largos cabellos, cadenas de mis antojos.

15 12 2009
Marina 1ºBCT (22:11:40) :

Dulce amarga añoranza.

Otro sábado más cogía su llave, abría aquella misteriosa habitación que tanta imaginación dejaba suelta, y se volvía a cerrar por dentro.
Nadie sabía que pasaba, qué era lo que hacía.
El paso del tiempo acusaba las profundas arrugas de su rostro cubiertas por las ácidas lágrimas no escondidas.
Se acercaba a la mesa de estudio, llena de papeles, dibujos, memorias..
¡Cómo la echaba de menos! Desde aquel día que la tuvo que abandonar, con los ojos cerrados, sin mirar atrás.
Echaba de menos esa sonrisa en su cara al mirar a través de la ventana.
Echaba de menos aquel fuerte olor a hierba recién cortada.
Echaba de menos hartarse de lo mejor de cada casa.
Echaba de menos volar desde lo alto de una montaña.
Echaba de menos los sonidos del cielo y los colores del viento.
Echaba de menos la primavera colorida y viva.
Echaba de menos el otoño, impregnado de marrones, amarillos y naranjas.
Echaba de menos contar las estrellas de camino a casa.
La echaba de menos a ella, simplemente a ella.
Qué sucedía allí dentro? Con quién bailaba aquellos sonoros boleros? Con quién lloraba las baladas bailadas en soledad?
Ansioso por cada sábado, viviendo de la sonrisa apenada y la añoranza ocultada. Le daba vida, le robaba el alma.
Poco a poco el sonido de su respiración se alentaba, cada vez más se difuminaba, se apagaba. Pero allí siguen las maravillosas voces de Antonio Vega y de otros tantos grandes artistas, (al menos bajo su punto de vista) recordándonos que aquello le regalaba felices momentos, que su alma no estaba perdida, que no todo quedaba resumido a cenizas.
Y ya ves, hay muchas maneras y cosas que amar, pero no hay sentimiento tan amargo y dulce a la vez que el de añorar tu tierra y evadirte de tu mundo para sumergirte en un recuerdo.

Quizá este sea uno de los motivos por los que asturianos en México han pasado al otro lado sintiendo verdaderamente el alma de su tierra, ilusionando su vida con los borrones de un pasado, viviendo con el corazón en un mundo alejado.

22 12 2009
Marina 1ºBCT (15:03:09) :

Frenesí.

Busco, rebusco, vuelvo a buscar. Por dentro de los bolsillos del pantalón, por los calcetines, por la parte superior del calzoncillo.
Me enervo, sudo, aparto el pelo. No lo encuentro.
¿Dónde lo habré metido? Dios, lo necesito, tengo que salir en su búsqueda, estoy volviéndome loco.
Las calles, enormes laberintos, me pierdo, me deslumbran, me ocultan la salida.
De repente, tambaleos, escucho pasos atravesando los charcos de la lluvia dulce que anoche cubría la cuidad.
Apariencias dice la gente…a veces son lo que parecen.
Me tendió su mano y en tres fracciones de segundo se hizo el cambio.
Nadie que no entendiese de ello podría haberse dado cuenta.
Un callejón oscuro, lo abres e inhalas fuertemente con la nariz.
Polvillo blanco, no puedes perder nada, humedeces el dedo y recorres el orificio de la nariz, como si de oro se tratase.
Ahora la melodía te guía por las aceras, ves pero estás ciego, son personas, pero solo ves colores.
Piensas, pero, ¿luego te acuerdas?. Se pasa el efecto, nada es eterno, creo que sí, que he huido de mis problemas, he desafiado a mi salud, he gastado el dinero del alquiler del mes, pero ¿ha valido la pena?,¿cuánto más aguantaré así?. No puedo volver a casa, lo sé, ya les he hecho mucho daño.
No sirve de nada, una y otra vez tu necesidad aumenta, sabes que es un problema, pero prefieres calmarlo antes de radicarlo; prefieres darle el gusto de arrebatarte tu vida por una simple evadida a tu realidad.
Igual debería escuchar a la poca gente que me rodea, a quién puede que todavía les importe algo. Gente de la calle, jeringuillas y grandes enfermedades, expertos en el tema, solo dicen, chico, no sigas, no te metas, que este mundo no es tan fascinante como puedas creer. Pide ayuda, puede ser tu única salvación. Son solo ganas de intentarlo, esfuerzo por conseguirlo.

23 12 2009
Marina 1ºBCT (14:20:11) :

Espiritual e inmaterial.

Otro 25 de Octubre, otro año más.
Tan solo hace 13 años que se fue; digo tan solo porque para mi siempre ha estado presente, quizá demasiado, y a causa de ello no he podido salir nunca de ese pozo negro de recuerdos.
Sé que esta vez será diferente, es martes y es trece. Hace unas semanas que siento una fuerte presión en el pecho, me ocurren cosas extrañas, me aparecen objetos guardados, siento movimiento cuando no hay nadie, siento su respiración.
Llamarme loca, paranoica, desesperada, quizá también ilusa; pero puede que vaya siendo hora de abrir esas mentes cerradas de la sociedad.
¿Si no lo ves, no lo crees?,¿quién sabe si en realidad no somos lo que creemos, que no nos vamos, ni volvemos?. Los humanos, el mayor depredador, destructor de su propia tierra.
No estoy dispuesta a pensar que no haya nada más, no me baso en religiones, ni tampoco en la ciencia, solo en lo abstracto, lo inmaterial, lo espiritual.
Tus sentidos captan muchas sensaciones a lo largo de una vida, crean muchas emociones, pero como esta, cómo decírtelo, nunca la había vivido tan intensamente.
La coincidencia de que haya sido martes y trece no tiene lugar a razón, pero aún así, sigo procurando no pasar por debajo de una escalera o cuidando los espejos para que nunca se rompan.
Puede que existan cosas inexplicables, preguntas sin respuesta, intentos fracasados de darle a todo una fórmula matemática.
Si Dios de verdad ha existido, solo tendría una frase que decirle:
- Podrías haber creado un mundo bastante menos complejo.
Matt, yo sé que tú sigues ahí.

15 01 2010
frikris (01:29:31) :

Mi perfil destaca entre los arcos del convento. Descifro cada detalle. Te observo paciente. Veo caer las gotas de lluvia, incluso a veces me asusto cuando una de ellas me roza. Siempre estás ahí sentada, pensativa. Te fijas en la gente que pasa caminando, en los coches, en las bicicletas. Pareces no tener prisa para vivir. Te dejas guiar por la oscuridad del invierno, por el reflejo de la nieve. Tus ojos se convierten en rendijas bajo el calor del sol. Te paras, buscas y sacas un cigarrillo. Siempre parsimoniosamente. No hay diálogo, sólo humo ascendente de tus pulmones al aire. Feijoo no se inmuta y te da la espalda. Siempre parece estar reflexionando, pero ambas sabemos que el agua chorreando por sus sienes es lo único que le recorre su cuerpo. Suenan campanas cercanas y me pongo erguida. Enseguida encuentro otra distracción. Mientras, tú observas distraídamente el reloj. Te quedan 10 minutos, siempre te quedan 10 minutos. Asomas la cabeza entre los arcos, intentando desenmascarar a las sombras que pasean por los pasillos. Casi nunca te adelantas. De repente te fijas en mí. Nos miramos. Decido aventurarme y bajo hacia tus pies. En el corto vuelo se me unen mis avispadas compañeras de canalón. Enseguida se dispersan a picotear entre baldosas. Yo me acerco prudentemente, examino, me quedo a pocos centímetros de ti. No me intentas disuadir en el acercamiento. Simplemente te acompaño en el silencio. Tus pupilas se mueven enérgicas al ritmo de mi cabeza. Sé que tú guardas el mismo movimiento en tu interior: tú también eres paloma, pero te han cortado las alas.

9 02 2010
mesm (12:26:12) :

Enhorabuena, Marina y Cristina, por alimentar este apartado literario; por colaborar con el blog de nuestra biblioteca. Gracias por vuestra generosidad.

28 02 2010
Marina 1ºBCT (00:52:55) :

Caricias ásperas.

El sonido de sus pasos al otro lado de la puerta alertaba su momento de tranquilidad, robándole en poco tiempo los últimos segundos.
Corría hacia la habitación, ataba su bata siempre dejando una mano oculta y se perdía entre las sábanas de la amplia cama, cubriendo hasta más del cuello todo su cuerpo, similando un sueño profundo.
Él, arrogante, hombre de seriedad punzante. Sus ojos color miel, sus labios rotos, su voz amenazante y sus caricias, ásperas, como una lija.
Se acercaba a ella, primero tanteando el momento, con intenciones dulces, como un niño caprichoso; acto seguido su lenguaje eran las voces, palabras mal sonantes, miradas penetrantes.
Un día tras otro la “amplia cama” se hacía cada vez más estrecha, más pequeña; menos acogedora. Ya no había sitio para dos, se repetía ella una y otra vez.
Puede que ni a la primera, ni a la segunda, ni a la tercera; puede que tarde, aunque no demasiado.
Había olvidado qué era la vida de fuera, la alegría del cantar de un pájaro, el aire contra su cuerpo, suave,delicado.
Había olvidado qué era mirarse en un espejo y verse a ella misma, reconocer su mirada sin el brillo de la ilusión, lucir el verde de sus ojos sin que de ellos formasen parte las ojeras.
Había olvidado las palabras, se había creído sorda a palabras necias, ciega a situaciones criticas.Olvidó gritar al mundo moderadamente y cuando lo hizo se derrumbaron los esquemas del cielo.
Olvidó pensar en ella.
Son cosas que pasan, dicen algunos. Hoy ella está segura, sin un cuchillo bajo su bata.

24 03 2010
juan Tendi (10:18:05) :

El gesto

Estábamos mesando las parras de La Veguina, al otro lado del río. Gaspar enganchaba las ramas más gruesas con el gavitu y las vencía hacia nosotros, apurados en coger los carapiellos que hacíamos desaparecer con presteza en la fardela colgada de la cintura. De vez en cuando yo partía una ablana con los dientes.
- Come pocas; están verdes.
Gaspar gastaba pocas palabras; las justas para prevenir cualquier eventualidad. Oliva también cascaba alguna, mirándome entre risas mientras la masticaba. Era una mujer alegre y la más joven que había conocido en la casa. Me gustaba acompañarla cuando realizaba sus tareas en la cocina. Más que contar historias, me incitaba a mí – que había aprendido del viejo a estar callado casi todo el tiempo -, espoleándome con chanzas y risas. No sabía su edad- ni siquiera pensaba entonces en esas cosas; no conocía su importancia-, pero sí estaba consciente de que era más joven que mi abuela, aunque no una moza. Porque su cuerpo, recio y ancho, sin llegar a grueso, y sus fuertes antebrazos, semejantes a los de un hombre, no me producían la vaga inquietud que el de las muchachas que veía pasar de cuando en cuando por la carretera. Su rostro no tenía el perfil afilado de la abuela, ni la suavidad mate de las mejillas de las mozas que contemplaba en el baile del salón de Nolo.
Fue entonces, mientras ella masticaba sonriente, mirando a Gaspar, cuando éste dijo algo y ella respondió aquella frase que provocó el gesto rápido de él, y que supe me estaba dirigido.
Algo capté en el rostro de ambos que me hizo agachar la cabeza, simulando un repentino interés por las ablanas que se veían desperdigadas por el suelo. Aquello tenía que ver conmigo y de un modo tal que supe instantáneamente que no debía aparentar saberlo.
Aquella expresión no se parecía a ninguna que conociese, una mezcla de alarma, súplica y reconvención. No era propia de él. Gaspar tenía un carácter templado, fielmente reflejado en su rostro prieto y severo. Miraba siempre de frente, con los ojos entornados, como si tuviese el mundo ante sí y evaluase la resistencia o el trabajo que iba a ofrecerle.
Cercano a los cincuenta, el peso de los años sólo se hacía notar cuando se sentaba a descansar - gemía al doblar las articulaciones, con resignada aquiescencia -; nunca cuando se hallaba ante la tarea. Entonces se movía con lentitud sopesando cada instrumento antes de tomarlo o soltarlo. Después ya no lo hacía a un lado hasta que la labor se completaba, y tornaba a depositarlo en el mismo lugar en que lo había encontrado, con celosa precisión, como si hubiese ganado o confirmado su valor con el quehacer que nuevamente le había permitido realizar.
Gaspar y Luz fueron la primera y casi única pareja a la que conocí conviviendo, y la respetuosa frialdad de su relación nunca me produjo la menor extrañeza. Como dos piezas que ajustan perfectamente para el engranaje de la supervivencia, parecían saber que nada eran el uno sin el otro, y expresaban esa dependencia con un respetuoso retiro ante el campo de trabajo ajeno. Incluso cuando compartían alguna tarea, cada cual tenía asignados – de un modo enigmático para mí – unos precisos movimientos que ajustaban con los del otro. Tal vez por eso apenas hablaban. Tras treinta años de convivencia, las escasas palabras que se dirigían iban muchas veces destinadas a responder a silenciosos mensajes que cada cual captaba en el otro.
Muchos años después, mi hermana mayor contó que Luz solía cantar en la casa cuando ella era niña. Puse en duda la historia; la fecha que le asignaba no estaba muy alejada de la de mi estancia, y en ese tiempo nada habría podido sorprenderme más que oír a Luz reír o cantar.
Se habían casado muy jóvenes y se habían trasladado a una aldea no muy distante de las suyas de origen. Con no más de treinta o cuarenta vecinos, la personalidad de Gaspar pronto destacó entre todas. En poco tiempo fue nombrado alcalde de barrio y se convirtió en el factotum de los señores con intereses en aquellas tierras, y en alguien cuya opinión era escuchada y respetada. Años después de su muerte, una antigua vecina me mostró una fotografía con los bordes gastados y desenfocada, como si la niebla que se había llevado ya a casi todos los presentes quisiera finalmente hacerlos desaparecer también en la imagen. A él se le ve en el centro, sentado sobre una piedra, con el bigote más negro, pero con la misma ropa y la misma expresión de firmeza que yo conocería muchos años después. La mujer me hizo reparar en una joven con uno niño muy pequeño en los brazos.
- Es Teresa. De ella y de tu abuelo se habló bastante en el pueblo.
Dar que hablar sólo podía significar una cosa, y no pude por menos que sentir cierta indulgente comprensión hacia mi joven abuelo y hacia aquella hermosa mujer. Hasta que reparé en que la figura enlutada y afilada, que se veía detrás, apartada a un lado y pegada a una pared, con gesto helado, era aquella que más tarde llegaría a ser mi abuela: Luz.
Mi hermana también contaba cómo Luz recitaba el romance de Galancina, no sin antes advertirle colocando el índice sobre sus labios.
- De esto no digas nada a nadie.
Yo no había conocido a esa mujer que cantaba y recitaba romances, sino a otra doliente, ajetreada y absorta, cuyo cuerpo delgado se desvanecía bajo las verticales capas de sayas y mandiles oscuros, conformando una figura rígida, constante y ecuánime. No era alegre ni triste, no gritaba ni se impacientaba, no expresaba anhelos o recuerdos. Tampoco se lamentaba. Musitaba frases para sí misma: jaculatorias de una pena olvidada, de la que el cuerpo guarda memoria, mostrando cada mañana su cortejo de dolencias. Porque siempre estaba algo enferma. Nunca tanto como para dejar de trabajar, pero sí para que sus palabras y sus gestos delatasen las punzadas de aquel misterioso mal que nunca la abandonaba.
Ella había centrado su origen en las corrientes de aire.
- Fue una tarde cuando al volver de la hierba me senté ahí, con la puerta abierta, y cogí un enfriamiento.
Ese día, esa tarde que con tanta precisión podía señalar en el calendario, había sido el punto de inflexión de su vida, la hora en que tomó conciencia del peso que arrastraba y lo asumió como un destino.
Tras volver con mis padres, años después, caí en la cuenta de que Luz estaba en nuestra casa, pero no di importancia a ese hecho; me había acostumbrado a sus idas y venidas. No volví a ver a Oliva y Luz acabó viviendo con nosotros. Sus estancias se fueron prolongando y hubo un momento en que ya no regresó. Rondaba los sesenta años cuando me percaté de que ocupaba una habitación de manera permanente de la que ya nunca salía. Entonces comprendí también que era una persona realmente enferma, con una bronquitis crónica, una tristeza sin límite y los achaques propios de los años.
En ocasiones me llamaba con gran secreto para pedirme la compra de Valium, fármaco que entonces se expendía sin receta y cuyas malas virtudes yo ignoraba.
Mi madre me advirtió al poco tiempo.
- El médico dice que se está volviendo adicta y que eso no es bueno.
Así comencé a reparar en mi vieja abuela, aquella mujer extremadamente delgada y quejumbrosa, que apenas quince años atrás – pero que eran toda mi vida – me había acogido con tanto afecto en su casa. Me habló de una ignota enfermedad de la que nunca se repondría y de su escaso apego a una vida para la que ya no hallaba sentido quizás desde hacía demasiado tiempo.
La víspera entré en su habitación y la encontré sentada en la cama trenzando tiras de ropa y viejas cuerdas.
- Me queda poco tiempo. Acuérdate de mí.
No quise creerla. A la mañana siguiente, una suerte de silenciosa conmoción me hizo abrir los ojos cuando apenas despuntaba el amanecer. Mi padre agarraba con fuerza mi brazo con un susurro insólito en él.
- Ayúdame. Que no lo vea tu madre.
Le seguí por el largo pasillo, descalzo, con los ojos fuertemente abiertos, paralizado por lo inusual de su tono y su petición de ayuda, mientras un puño comenzaba a encoger mi estómago.
El pequeño cuerpo colgaba pegado a la ventana que se abría a un oscuro patio de manzana, apenas iluminado por una extraña luminosidad blanquecina. Luego todos coincidimos en fingir que su muerte había sido natural.
La olvidé. Todo lo que vivía en aquella época me alejaba de mi infancia. La familia sólo era un referente irónico al que se aludía de pasada. Algo que se debía dejar atrás para encontrar la propia suerte. El humus que escondía las raíces y que el tallo de la nueva vida no debía añorar.
Veinte años más tarde, al acompañar el cuerpo de Gaspar a su tumba del cementerio de San Salvador, leí en la lápida que yacía caída a un lado el nombre de Luzdivina Teresa.
No había querido escucharla cuando me habló de su partida. Los jóvenes sienten esos avisos como una amenaza al frágil equilibrio que establecen con el mundo, y no entienden la necesidad de comunicarlos porque no comprenden qué es lo que se les pide que hagan. Tardé en saber que tal vez no sean más que el último rito prodigioso de las palabras. Esas palabras que nos mantienen ligados a los demás y a través de las cuales nos llega la conciliación y el descanso.
Y recordé el gesto con el que Gaspar había querido proteger mi infancia, olvidándose de proteger la de otros y a la larga también la mía.

22 04 2010
Chantal Müller (15:52:09) :

VIVIR EN HAITÍ

Vivir en Haití,
en la desolación del griterío,
entre el desastre de las ruinas,
sepultada la pobreza
de los más desesperados…

Vivir en Haití,
junto a playas manchadas de amargura,
en las calles en sombra de Puerto Príncipe.

Vivir al costado de ambulancias y soldados…

Vivir en Haití,
agolpados en la desesperanza,
removiendo escombros del hotel Montana…

Vivir solos en Haití,
laberinto del dolor,
a espaldas de la muerte
que todo lo destroza.

Que la tierra está enfadada con los soles…
En Haití.

MI VIDA SIN PAPEL

Me levanto.
Atiendo mis necesidades básicas:
Aseo,
Desayuno,
Lapicero…

Los dioses de la tinta habitan mis espacios.

Bendita maestra
Que me enseñó el baile de las letras,
La redondez sutil de la luna
En el escaparate de plata.

Subo, asciendo,
Bajo, sierro, adelgazo,
Acentúo, subrayo lo que quiero…

Al compás de su estela me divierto,
Asumo lo que siento,
Corono la dulce disciplina de la pluma,
Tacho, enhebro, creo,
Bordo las esquinas, las matizo,
Expreso lo que debo…

Palabras para el denso río que circula,
Que atraviesa pulmones, sien, cadera, muslo;
Palabras en la débil silueta desgarrada y sutil.

Surge, sin pereza, el vaivén que me sostiene.
Sin palabras, me muero.

Mi vida, sin papel, es el peor castigo.

JARDINES AJENOS

PALPAS EL AIRE,
HUELES LA TENSA COROLA QUE EL BALCÓN DE PLUMA EXTIENDE,
PARPADEAS CON SIGILO: ES EL TIEMPO DE LA UVA,
EL JORNALERO PISA EL ZUMO DE LOS LABIOS.

A TUS PIES, LA ENREDADERA DE UN CÁLIDO SUSPIRO,
LAS COSQUILLAS DE UNA TARDE SIN SORPRESAS
QUE SE COLOREA,
QUE TE ADVIERTE DEL GIRO DE LA ROSA,
DE LA TRAMPA QUE TIENDEN LOS VENCEJOS PEREGRINOS
A LAS BOCAS EBRIAS.

EL JARDIN AJENO TE INVITA A LA DULZURA
Y LO PIENSAS UN POCO: LA TERRAZA DE LIRIOS ES PERFECTA,
HACE JUEGO CON TUS OJOS DE ESTA TARDE;
EN EL CÉSPED DE TRÉBOLES FRESCOS
UNA COPA DE VINO, EL SILENCIO PRECISO Y TODO UN MAR
DONDE SUMERGIR LA DESNUDEZ DEL ALMA.

NO TENEMOS SED

Ahora que llegamos al pozo
sudorosos
inertes
retorcidos como leños viejos

no tenemos sed

qué paradoja del desierto sibilino

beber del olvido
enterrar la memoria
en la garganta de arena

entregar la victoria
en una catedral de humo

exóticos bereberes
cruzados saciados de contiendas

nos han robado la sed
en el camino de fuego atravesado.

7 05 2010
Juan Tendi (11:09:44) :

El hombre religioso

- Háblemos de K. ¿Qué le preocupaba?
- La vida. O mejor, su propia vida.
- Normal.
- Bueno, él no era precisamente una persona normal.
- ¿A qué se dedicaba? ¿Qué hizo en su vida?
- A escribir. Nunca tuvo un trabajo remunerado; no lo necesitaba. Su padre le dejó suficiente dinero para vivir de las rentas.
- ¿Qué temas trató en sus escritos?
- Fundamentalmente, religiosos.
- Pero era un filósofo.
- Sí, y también teólogo. Su intención era ser pastor de iglesia, aunque luego desistió.
- No es corriente que en el siglo XIX un teólogo sea considerado también un gran filósofo. ¿Es que no le convencían las críticas que Kant había hecho sobre las verdades religiosas?
- Tenía su propia versión del asunto. Pensaba que sobre la naturaleza y las entidades matemáticas sí puede haber verdades objetivas, pero sobre el hombre, sobre todo lo que atañe a la vida humana, creía que no.
- Pero él razonaba, era un filósofo. De algún modo tenía que creer en la verdad objetiva de lo que decía.
- En lo que compete al hombre y a su vida, sostenía que la demostración racional lo único que puede hacer es presentar alternativas, plantear elecciones. Pero ninguna doctrina, en su opinión, se podía demostrar de un modo racionalmente necesario.
- ¿Por qué?
- Porque toda conclusión deriva su verdad de premisas que es preciso justificar derivándolas de otras premisas y así indefinidamente. Se llega a un punto, pues, en el que es necesario tomar una decisión, elegir.
- ¿Elegir?
- Decidir si creemos en una afirmación o no.
- O sea, que unos deciden creer los dogmas del cristianismo y otros, no.
- Algo así.
- ¿Y por qué algunos decidían no creerlas, según él?
- Por rebeldía ante la autoridad, por repugnancia a obedecer.
- O sea, da una explicación psicológica.
- También se basaba en una elección. Los filósofos dan por sentado que la razón humana es capaz de captar la verdad. Pues bien, ¿y si no es así? ¿Y si lo que pensamos racionalmente no es verdad? En ese caso, la verdad tendría que sernos impuesta desde fuera, por alguien no humano. Es decir, un dios encarnado en forma de hombre.
- Jesús.
- Sí.
- Qué fácil y qué absurdo.
- Él era consciente de eso.
- ¿Cómo?
- Decía que el hombre que elige ser cristiano esta eligiendo la interioridad, la relación consigo mismo ante Dios.
- No lo entiendo.
- Muchas de las normas religiosas chocan con las normas sociales o racionales. Son realmente absurdas. Como la orden que Dios da a Abraham para que le sacrifique a su hijo. Matar a tu propio hijo va contra la ley moral y ética.
- ¿Y?
- Que la persona que elige obedecer a Dios sufrirá y será rechazado por los demás.
- Natural. Que no hubiese escogido ser cristiano.
- Es que el ser cristiano lo veía como la única salida al problema de la vida.
- Se nota que no disfrutaba mucho de ella.
- Siempre consideró que la vida estaba llena de frustraciones y dolores.
- Entonces no tendría buena opinión de los que disfrutan de la vida.
- Decía que esos llevaban una vida estética, que vivían para los placeres, huyendo del dolor y del aburrimiento. Pero observaba que los placeres son efímeros, que las personas que son así siempre están esperando algo del futuro. Algo que jamás les contenta.
- También se puede vivir de otro modo.
- A esa otra manera la llamaba vida ética, propia de quienes cumplen con su deber y respetan las normas morales. Como la vida del matrimonio, por ejemplo.
- Supongo que consideraría este segundo tipo de vida más correcto.
- Sí, pero creía que no hay criterios para elegir entre una vida estética y una ética.
- ¿Por qué?
- Porque la verdad para él es subjetiva.
- Pues estaba en un dilema. Por un lado consideraba la vida ética más correcta que la estética y por otro no veía razones objetivas para preferir una a la otra.
- Así es. Estaba atrapado en su tesis de que la verdad es subjetiva.

Hablemos más de su vida. ¿Por qué tenía tan mala opinión sobre ella?
- Su padre era un rico comerciante que había enviudado sin descendencia, y a los cincuenta años, pocos meses después de enviudar, forzó a su joven criada y la dejó embarazada.
- No es algo tan raro.
- Se casó con ella y en siete años tuvieron siete hijos. K. fue el último.
- O sea que su padre tenía cincuenta y siete años cuando él nació.
- Así es. Además de viejo, su padre era un creyente ferviente, depresivo y de naturaleza extrovertida. K. heredó todos esos rasgos de su padre.
- ¿Y qué más?
- K. estudió teología durante diez años en la universidad. Desde los diecisiete a los veintisiete.
- ¿Sólo teología?
- No. De hecho se cansó pronto de la teología y se interesó por la literatura y la filosofía. Durante esos años fue un agudísimo observador de la vida, cínico y desilusionado, aunque integrado en la vida social de la universidad.
- Supongo que quería ser pastor.
- Sí, pero al final cambió de idea.
- Claro, no necesitaba trabajar. ¿Qué hubo entonces de raro en su vida?
- Que en un año murió su madre y una de sus hermanas. Y otros cuatro ya habían muerto antes.
- Un golpe duro.
- Lo peor es que tanto él como su padre consideraban que se debía a una maldición divina. El padre le contó que de joven había sido un pastor – de ovejas - muy pobre y que en un momento de desesperación, de frío y de hambre, había maldecido a Dios.
- No me extraña. La vida de un pastor no es una delicia precisamente.
- Además, se sospecha que también le contó a su hijo que había forzado a su madre y frecuentado alguna vez los prostíbulos.
- Bueno, pero se casó con ella. Irse de putas una vez en la vida tampoco es un crimen.
- Ellos no se lo tomaron tan a la ligera.
- ¿Y qué tiene que ver esto con la melancolía de K.?
- En sus diarios alude a una misteriosa herida en el costado. Y hay quien supone que se está refiriendo a una grave enfermedad de transmisión sexual. De hecho el padre podría haberle contado que sentía temor de habérsela contagiado a su mujer y a su descendencia.
- Sería sífilis. ¿Vivió muchos años el padre?
- Sí, ochenta y tantos.
- ¿Y K.?
- Murió a los cuarenta y dos. Una enfermedad de médula.
- ¿No se casó?
- No. Siendo joven se comprometió con una muchacha de quince años, diez menos que él: Regina Olsen. Pero a los doce meses rompió el compromiso alegando que no servía para el matrimonio a causa de su melancolía y del tipo de vida que quería llevar.
- ¿No tuvo más amores?
- No. Y eso suponiendo que a lo de Regina Olsen se le pueda llamar amor?
- ¿No le gustaba?
- Mucho. De hecho, lamentó enseguida haber roto el compromiso y escribió varios libros en los que el personaje central reflexiona sobre su relación con Regina. Me refiero a que seguramente no llegó a tener relaciones sexuales con ella.
- Ni con nadie, por lo que dices. Carecía de experiencia.
- Esto es lo sorprendente. En sus libros se muestra como un consumado psicólogo acerca de todo lo relacionado con el amor y las emociones.
- Sería un genio.
- O hay más cosas de las que él contó y los biógrafos saben. En sus años de universidad parece que hizo una vida social bastante intensa.
- ¿Qué más hizo con su vida?
- Escribir y escribir. Salvo unos meses que pasó en Berlín asistiendo a las clases de Schelling, nunca volvió a salir de Copenhague.
- ¿Era conocido? ¿Publicaba lo que escribía?
- Escribió casi todos sus libros con diferentes pseudónimos. Pero todo el mundo sabía que eran de él. Sí era conocido. Sobre todo al final de su vida cuando le dio por atacar duramente a la religión establecida y a sus representantes más eximios.
- Luteranos.
- Obispos luteranos. Aunque él no entraba, que yo sepa, en cuestiones de protestantes o católicos. Sólo hablaba de cristianos y cristianismo.
- Sin embargo era muy religioso.
- En su juventud pasó por una fase en la que sostenía la incompatibilidad de la filosofía con la doctrina cristiana y hablaba de la asfixiante atmósfera del cristianismo. Fue una época en la que se alejó de su padre y de la religión que éste le había inculcado.
- ¿Qué le hizo cambiar?
- ¡Quién sabe! A los veintitrés años intentó suicidarse después de haber tenido una visión interna de su cinismo, y de mantener cierta laxitud moral pasó a adoptar algunos principios morales a los que procuró atenerse, pero que no siempre siguió.
- Pasó de una vida “estética” a una ética.
- Así lo interpretó él.
- ¿Cómo llegó a ser tan religioso?
- Fue dos años después. Murió su padre y K. experimentó una conversión que le produjo, en sus palabras, una alegría indescriptible. Volvió a la práctica religiosa, que había abandonado, y terminó sus estudios de teología dos años más tarde.
- Sería entonces cuando rompió sus relaciones con Regina Olsen.
- Fue dos años después de la muerte del padre. Se sentía destinado a cumplir una misión y creía que el matrimonio interferiría en su vocación.
- Antes dijimos otra cosa.
- Esto fue lo que él argumentó.
- Y a continuación comenzó a escribir.
- De una manera torrencial y continua.
- Creo que ya me he hecho una idea de quien fue K. Ahora quisiera saber cuál era su pensamiento y por qué algunos le consideran tan influyente.
- En su época no se le hizo demasiado caso, al menos como filósofo. Fue más tarde.
- Los existencialistas.
- Sartre, Jaspers, y antes Heidegger, fueron los que apreciaron su genio.
- Lo de la existencia autentica. He oído muchas veces esa expresión. ¿Qué significa?
- En los existencialistas, quiere decir la vida de quien asume lo que hace.
- ¿Asumir? Todos lo asumimos, más o menos.
- En absoluto. No se refiere a ser responsable ante la ley -eso es ineludible -, sino a cómo justifica uno su conducta y sus creencias.
- Pues como puede.
- ¿Y cómo puede?
- No sé. Supongo que uno llega a tener más o menos las mismas opiniones que todo el mundo, al menos las la sociedad en que vive y según el tipo de vida que lleve.
- Ahí está la cuestión. Los existencialistas piensan que quien adopta las creencias de la sociedad en la que vive no es propiamente un hombre, un individuo, sino una especie de borrego irresponsable.
- ¿ K. pensaba eso?
- Sí, para él existir es llegar a ser cada vez más un individuo y cada vez menos un simple miembro de un grupo.
- No le gustarían los socialistas.
- Murió un poco antes de que se formulasen las teorías marxistas, pero desde luego no le habrían gustado. En política era conservador. De hecho aplaudió la represión de las revueltas de 1848.
- ¿Por eso le llaman precursor de los existencialistas?
- Sí, pero en realidad no tiene mucho que ver con ellos. Porque para él un hombre alcanza su máxima individualidad cuando sólo tiene en cuenta a Dios; y los existencialistas en general eran ateos.
- ¿Qué opinaba de los ateos?
- Nada bueno. Creía que cada hombre es eternamente responsable de su creencia o incredulidad, y que la fe no consiste en aceptar la consecuencia de un argumento demostrativo, sino en un acto de voluntad.
- Era un irracionalista.
- En este sentido, sí. Pensaba que aceptar lo que la razón nos demuestra no tiene ningún mérito. En cambio, el individuo que decide tener fe está corriendo un riesgo.
- ¿El de hacer el ridículo?
- Algo así. Dice que la fe es una paradoja, un escándalo para los hombres.
- Lo veo algo raro. ¿Por qué va a ser alguien menos individuo llevando, por ejemplo, una vida ética o, incluso, una estética.
- Todo se basa en su idea del hombre. Creía que el hombre es una mezcla de finito e infinito, de cuerpo y alma, y que el espíritu debe conciliar de algún modo estas dos esferas.
- ¿Qué es el espíritu?
- El pensamiento y la acción. Lo que pensamos y hacemos.
- ¿Eso era algo novedoso?
- En absoluto. Es típico de su época. Todo el siglo XIX está preocupado por la subjetividad humana.
- ¿Antes no?
- Hay una línea de pensamiento que arranca con Sócrates y su “conócete a tí mismo”, sigue con Platón, el cristianismo y desemboca en Descartes, que busca el fundamento de lo que hay en el sujeto.
- Y Kant.
- En cierto modo, porque Kant dirá que el mundo real es el resultado de los datos de los sentidos y de ciertas estructuras mentales que los hombres poseen.
- El espacio, el tiempo, la causalidad, la unidad…
- Sí, las doce categorías. Pero Kant pensaba que esas estructuras son comunes a todos los hombres. No era un individualista. Serán los filósofos idealistas alemanes quienes llevarán ciertas posiciones de Kant al límite y declararán que la realidad es una creación del sujeto humano y que la esencia de este sujeto es la actividad.
- Te refieres a Fichte y a Schelling.
- Sí. Schelling, además, estableció la posibilidad de la relación entre lo finito y lo infinito.
- ¿Qué es eso?
- Lo finito son las cosas del mundo y nuestro cuerpo; infinito es lo que ansiamos: la inmortalidad, la verdad, la perfección, la belleza absoluta, la felicidad permanente el placer continuo…
- Lo que nunca conseguimos.
- Pero a lo que siempre aspiramos.
- ¿Y qué pinta Dios en todo esto?
- Para K. Dios es el resumen de todas estas cosas infinitas.
- Comprendo. Entonces basta creer en Dios para que…
- Para nada. Con esto no conseguirás ni la paz ni la felicidad. De hecho, más bien lo contrario. Escoger la fe te lleva a situaciones absurdas, como hemos dicho antes, y además el creyente está en permanente contradicción con su razón, que le dice que eso no es posible.
- No entiendo nada. ¿Para qué creer, entonces?
- Es nuestro destino. El hombre es una continua búsqueda de una infinitud nunca alcanzada.
- O sea que la vida es dolor e insatisfacción, y además estamos obligados, en algún sentido, a creer en algo que en teoría nos librará de eso, pero que en la práctica nos producirá más sufrimiento y desazón.
- Sí, pero también satisfacción de algún modo.
- ¿En qué modo?
- En esa búsqueda utilizamos nuestra imaginación, y en parte nuestra razón, y así somos libres.
- ¿Libres?
- Sí, porque no damos nada por sentado. No aceptamos lo que la sociedad y las costumbres nos dicen, y buscamos una respuesta que nos valga a nosotros mismos.
- Por lo dicho hasta ahora, K. razonaba de un modo peculiar. ¿Podrías contarme algo que resulte un poco razonable?
- Por supuesto. K. quería esclarecer la existencia, pero por medio de su existencia personal.
- Era un romántico.
- Precisamente. Normalmente, nosotros distinguimos entre los objetos percibidos y el sujeto que los percibe. Es decir, objeto y sujeto. Si yo percibo un árbol, yo no soy lo mismo que él árbol. Estoy separado, escindido.
- Normal.
- Bien, pues K. dice que toda percepción produce una emoción, y eso es lo que rompe la separación. Dicho de otro modo, yo no puedo separar el árbol de lo que siento de él. El mundo todo queda vinculado a las vivencias que de él experimentamos.
- ¿Y qué?
- Que el hombre está radicalmente solo con sus vivencias.
- Las vivencias de los humanos se parecen. Solemos experimentar emociones parecidas ante las mismas cosas.
- Sí, pero K. pone el acento en que cada uno vive sus vivencias y no las de otro. Cada cual debe cargar con su existencia. Una existencia breve, dolorosa, y en la que no hay criterios ni punto de agarre fijos.
- Desde luego. Si negamos la objetividad de las cosas, es decir, que las cosas son las mismas para todos, todo depende entonces de uno mismo.
- Sí, y uno mismo tampoco es un criterio fijo para nada.
- ¿Por qué?
- Porque el hombre no sabe para qué vive ni por qué. Sólo sabe que tiene aspiraciones infinitas y que puede hacer esto o aquello.
- O no hacer nada.
- En efecto. Para K., la decisión primera y más importante es la que plantea si elegir o no elegir.
- Entiendo. Los que siguen al grupo, a la sociedad, se niegan a elegir.
- Sí. Y una vez que decides elegir, o sea, hacerte responsable de tu vida porque eres tú quien ha decidido elegir por sí mismo y no seguir lo que digan los demás, la segunda decisión es elegir entre esto o lo otro.
- Entre opciones.
- Claro: entre el bien y el mal. La vida está llena de continuas opciones. Ahora mismo, yo estoy eligiendo hablar contigo. Pero podría callar o marcharme o hablar de otra cosa.
- De acuerdo, pues elijo esto o lo otro. ¿ Y qué?
- Que como no hay criterios racionales para escoger esto y no lo otro, o viceversa, el hombre siente malestar y ansiedad. Porque nunca elige con seguridad definitiva.
- O sea, que aunque hoy elijas esto y no lo otro, lo rechazado nunca queda descartado definitivamente.
- Más o menos. Menos, porque lo que eliges en cada momento va definiendo tu existencia.
- Eso es cierto, pero sigues teniendo que elegir.
- Sí, y aquí K. se pone ciertamente sutil y afirma que el hecho de tener que elegir entre posibilidades educa al hombre. Porque cada vez que escogemos algo, vemos que quedan otras infinitas posibilidades fuera de lo que hemos elegido. Y no hay situación, acontecimiento, cosa o persona que agoten las posibilidades de un hombre.
- ¿Dónde está la educación?
- En darse cuenta de que cualquier realidad que escojas es siempre pequeña porque no colma tu libertad, y esto te abre a la infinitud.
- No lo entiendo.
- Bueno, K. piensa que nuestra responsabilidad consiste en no escoger nunca algo que nos impida seguir escogiendo y seguir siendo libres.
- O sea que nunca hay una elección definitiva y única en la vida.
- No, porque si la hubiese, la libertad desaparecería. Ya no tendrías más posibilidades ni más opciones. El ser humano queda así definido en su esencia como posible. Comienza y acaba en cada uno de sus actos. Es un ser libre y la libertad, a la que K. llama espíritu, sintetiza o unifica el alma y el cuerpo porque por la libertad se convierte en esencia real lo que sólo era posibilidad. Y como el desarrollo de las elecciones se hace en el tiempo, el instante en que se elige es una síntesis de lo temporal y lo eterno. Lo temporal es lo finito que pasa y lo infinito que no pasa, que sólo es posible.
- El futuro representa entonces lo eterno, lo posible para el tiempo.
- En efecto, futuro y posibilidad se corresponden.
- No parece tan malo. ¿De donde vienen entonces la angustia y la desesperación de las que hablábamos antes?
- De la inadecuación que hay en el individuo entre el querer y el poder. La angustia surge de la propia libertad. Elegir supone aferrarse a lo concreto, a lo finito, desdeñando la infinitud de lo posible, de donde la elección lleva implícita la negación de lo infinito y por tanto la culpabilidad.
- O sea que la culpabilidad es otro atributo de la libertad.
- Un atributo esencial. La culpabilidad no es una categoría moral o ética, sino ontológica. Viene al mundo con el hombre en forma de necesidad de elección. Así es como explica K. el pecado original, la culpa original.
- Bonito panorama. No podemos librarnos de la angustia.
- Ni de la desesperación.
- ¿Es otra cosa distinta?
- Sí. La desesperación surge por tres motivos: primero, porque el hombre que ansía la infinitud puede caer en dos posturas equivocadas: negar lo finito y refugiarse en un mundo de fantasía, lo cual le aleja de lo que es y de lo que puede ser, o negar lo infinito y abocarse a una vida estrecha y limitada. Segundo, porque el hombre quiere tener una identidad, afirmarse en lo que es, pero las posibilidades infinitas le acosan porque le están brindando continuamente opciones para las que muchas veces carece de recursos. Así queda atrapado entre la nostalgia y el deseo. Ansía lo que no es y eso le lleva a negar lo que es.
- Uf.
- Aunque esto tiene algo bueno. La desesperación extrema, que surge cuando el hombre se ve totalmente carente de posibilidades porque le faltan las fuerzas o los recursos, hace que se vuelva hacia Dios, hacia la fe.
- ¿Y el tercer motivo para la desesperación?
- Es la desesperación que se manifiesta cuando el hombre toma conciencia de lo que realmente es. Por un lado, se desespera por su debilidad y fragilidad; por otro, por lo que quiere lograr y no puede, ya que piensa que lograrlo es lo que le haría ser él mismo. Esto puede llevar al hermetismo: el desesperado se preocupa por la relación con su propio yo, y quiere darse una infinitud abstracta a sí mismo. Se obstina en desprenderse de Dios y reconocerse a sí mismo como poder. Aspiración titánica y diabólica imposible de realizar.
- Vale, podríamos resumir entonces que la angustia, la desesperación, el pecado y el mal en la existencia del hombre son una derivación de su cualidad de ser contingente, es decir, que lo mismo que existe podría no existir, sin que se vean las razones para que haya de existir.
- Podríamos.
- Y que la angustia consiste en la percepción de que estamos abocados a infinitas posibilidades.
- Sí.
- Y que la desesperación proviene de percibirse como una realidad desajustada y conflictiva. Conflicto originado por ser el hombre una síntesis no lograda de alma-cuerpo, finito-infinito, necesidad- posibilidad.
- Así parece.

Para terminar quisiera que me hablaras algo más de los famosos estadios de la vida.
- Es como K. llama a cada uno de los modos reales de ejercer la libertad en su vida real.
- Decía que había tres estadios alternativos: estético, ético y religioso.
- Sí, en el estadio estético el hombre sólo acoge lo puntual, lo particular y lo diferentes. No elige en virtud de cualidades ni de la distinción bueno-malo. Su símbolo es Don Juan.
- Entonces el ético será el que caracteriza a quien elige algo como bueno, definitivo y estable, introduciendo la distinción bueno-malo.
- En efecto, y su símbolo es el marido.
- ¿Y el religioso?
- Caracteriza a quien elige lo eterno e infinito. O sea, a Dios. Su símbolo es Abraham.
- ¿Son estadios sucesivos en la vida de una persona? ¿Se puede pasar de uno a otro?
- No necesariamente. Pueden serlo para alguien. Pero también se puede vivir toda la vida en uno de esos estadios. O bien, vivir sintiéndose participar de los tres de algún modo.
- Un poco ambiguo.
- Además, no existen razones para pasar de un estadio a otro. Simplemente se elige.
- Pero influyen la desesperación y la angustia.
- Influyen, pero no son racionalmente decisivas.
- K. habla también de la ironía y el humor. No parece que fuese una persona muy humorística.
- Para él el humor surge cuando se confronta a Dios, lo infinito, con el resto de la realidad, lo finito.
- En esa comparación saldrá perdiendo lo finito. Todo parecerá ridículo y sin valor.
- Sí, y así surge el tomarse las cosas con humor. Es el humor quien a veces permite pasar del estadio ético al religioso.
- ¿Y la ironía?
- Se origina cuando el hombre considera engañosas a las realidades momentáneas y particulares. También esto facilita el pasar del estadio estético al ético.
- Creo que tengo bastante. Salvo que quieras añadir algo más.
- Sólo que para K, un individuo es alguien que se reconoce responsable de sí mismo y por sí mismo.
- Dicho queda.

11 05 2010
frikris (22:55:20) :

Quisiera…
Quisiera decirte que el mundo no tiene alas, que las nubes ya no caminan por el césped, que desde el faro ya no se ve el mar.
Quisiera contarte que las golondrinas ya no emigran, que las galletas ya no saben a canela, que las novelas ya no tienen final.
Quisiera que ordenaras el mundo, que lo hicieses para mí. Aún es tarde para amaneceres.
Cada reflejo una pestaña, una lágrima por cada hoja. Desflora margaritas en el silencio de la noche. No ves los pétalos,no hay.

Si miro y no estás, nada tiene sentido.

20 05 2010
juan Tendi (11:34:27) :

Fábula occidental

Tres jóvenes caminan entre las dunas y al remontar la más alta divisan la silueta de una doncella retozando sobre la espuma de las olas. La visión les deja paralizados.
- Es Afrodita – exclama el primero.
- En carne mortal – precisa el segundo.
- Y divina – corrige el tercero.
- Es mi sobrina – masculla una voz a sus espaldas.
- Disculpad - murmuran los tres.
El hombre que traza líneas en la arena con un largo bastón les ataja con gesto áspero y, tras una pausa, mientras los jóvenes reparten sus miradas entre cielo y mar, les interroga abruptamente.
- ¿Qué estarías dispuestos a hacer para conseguirla?
Los jóvenes se miran perplejos.
- Responded sin temor - les apremia.
- Mi nombre es Polemon - dice el más alto adelantándose – y, si permitís la franqueza, ahora mismo descendería hasta la orilla, la haría mía de grado o por fuerza, y me enfrentaría a cualquiera que tratase de impedirlo.
- La sinceridad es una virtud en ciertas ocasiones ¿Qué contestáis vosotros?
- Yo – dice el más delgado, de frente ancha y rostro triangular –me acercaría para confirmar si su belleza corresponde a la apariencia que desde aquí sugiere. Después inquiriría acerca de lo que espera de un amante, y sopesaría en qué medida sus demandas coinciden con mis necesidades.
- Sois prudente y no tomáis decisiones abandonándoos a los impulsos. ¿Cuál es vuestro nombre.
- Fronesis.
- Os hace justicia. Ya sólo faltáis vos – dice dirigiéndose a un joven corpulento, de baja estatura y labios gruesos.
- Trabajo como artesano y me llaman Panurgo. No necesito preguntar nada a vuestra sobrina ; trabajaría con paciencia y firmeza hasta poder ofrecerle una vida cómoda, un techo seguro y un tranquilo goce de los placeres del matrimonio.
- Hm – murmuró el hombre – Me agradan vuestras respuestas. Sois diferentes, pero en los tres se manifiestan las cualidades propias de la humana condición.
- ¿Os burláis - exclamó Polemón.
- En absoluto. Si todos los hombres fuesen como vosotros, se podría lograr la formación de una sociedad perfecta.
- Vuestra ironía me recuerda a la de un tal Sócrates – dice el joven delgado.
- Me alegra que hayáis conocido al maestro, pero os equivocáis. Hace tiempo que especulo acerca de cual sería el Estado perfecto, y concluido que debería constar de tres únicos estamentos, conformados según el discernimiento y el carácter de cada cual. Uno, el de los gobernantes, lo formarían aquellos que, como Fronesis, deliberan antes de actuar, sin dejarse arrastrar por las promesas del placer, y consideran lo más conveniente tanto para ellos como para los demás.
- Imagino en qué estamento me incluirías - exclama riendo Polemon.
- Vos y los que se os asemejan seríais guerreros, pues toda sociedad precisa de quien la defienda de sus enemigos, y vuestro afán por prevalecer utilizando la fuerza y por satisfacer de inmediato vuestros deseos contra toda oposición, os hace especialmente valioso para tal servicio.
- También yo creo saber a quien le correspondería labrar la tierra, sembrar, construir edificios y desempeñar todas las artes mecánicas – se lamenta Panurgo –, ya que solo habéis previsto tres estamentos,
- Virtudes tenéis para ello. Mostráis laboriosidad, entereza y aspiración a disfrutar de lo duramente ganado.
- Si no me lo arrebatan los guerreros y los gobernantes.
- A ellos les estarían vedadas las propiedades, la familia y el dinero. Es cierto que tendríais que satisfacer sus necesidades básicas, pero a cambio os protegerían y regirían sabiamente con sus consejos.
- Vuestros proyectos son singulares – se impacienta Polemon – Podéis indicarnos a quién, en vuestra opinión, elegiría vuestra sobrina.
- Eso no sería un problema.
- ¿Tenéis tres sobrinas gemelas?- se chancea Fronesis.
- En cierto modo. Habría mujeres para complacer a los hombres y hombres para complacer a las mujeres.
- ¿Qué queréis decir?
- Las mujeres también formarán parte de cada uno de los estamentos; habrá mujeres gobernantes, soldados y trabajadoras.
- Estáis loco.
- La locura de la razón, en todo caso. ¿Es amigo vuestro ese joven desgarbado que se aproxima?
- Me llamo Poiesis y no he podido evitar oír vuestra plática tras la duna en que me hallaba tumbado escribiendo una elegía. ¿Podrías contarme en qué estamento me incluirías?
- ¿A un poeta? En ninguno.
- También domino el arte de la pintura y de la música.
- Lo empeoráis. Los artistas no tienen cabida en una sociedad perfecta.
- A mí - intercede Panurgo – me gustaría disfrutar mis momentos de ocio escuchando a un flautista.
- Y a mí – clama Polemon –, que mis hazañas fuesen expuestas a la vista de todos pintadas en los pórticos del ágora.
- Hay cierto tipo de arte – sugiere Fronesis – que sería de utilidad para la formación moral de los ciudadanos.
- Si así lo queréis, sea; le incluiré entre los productores. Pero habrá que vigilar las ideas que transmite con su arte.
- Volviendo a lo que importa – continúa Fronesis –, deduzco que vuestra sobrina elegiría a quien concordara con su carácter y discernimiento. ¿Es guerrera o reflexiva? ¿O prefiere la rueca como la mayoría de nuestras matronas?
- Preguntádselo a ella – exclama el hombre malhumorado borrando las líneas trazadas en la arena e incorporándose.
- ¿Podéis llamarla?
- Ella misma acudirá cuando vea que me marcho.
El hombre se aleja jadeante y al poco la doncella se acerca al grupo. Los cuatro jóvenes, turbados con su presencia, tratan de explicarle la situación atropelladamente hasta que ella les interrumpe con una sonrisa.
- Conozco las teorías de mi tío.
- Asegura que el carácter y virtud de cada uno de nosotros se corresponde con el de esos arquetipos. ¿A quién escogeríais como compañero?
- Me agradan los semblantes de los cuatro y las virtudes que se corresponden con cada tipo.
- Tenéis que preferir alguno por encima de los otros.
- ¿Por qué no los cuatro? ¿Quién no gustaría de un hombre que fuese laborioso, reflexivo, valiente o sensible?
- ¿Qué solución proponéis entonces?
- Elegir al que manifieste todas esas virtudes juntamente.
Los cuatro jóvenes callan desconcertados hasta que Fronesis inquiere con una sonrisa.
- ¿Y si los cuatro lográsemos ese imposible?
- Me casaría con los cuatro.
- Eso es propio de bárbaros – impugna Fronesis
- Y poligamia – exclama Polemon.
- Poliandria, más exactamente. ¿Acaso no os place a vosotros la poliginia? ¿No ha ordenado Pericles que todos los ciudadanos tomen una segunda esposa? No se han oído demasiadas protestas.
- Para compensar las pérdidas de la guerra. ¿Sois consciente que con vuestra pretensión destruís el proyecto de vuestro tío?
La doncella comienza a alejarse remontando una pequeña duna.
- Es el suyo, no el mío.
- Por cierto - exclama Fronesis -, según el plan de vuestro tío, las mujeres seríais como hombres.
La doncella se detiene y voltea su cuerpo en el justo momento en que los rayos del sol dibujan el contraluz de una figura perfecta nimbada por el incandescente festón de la túnica.
- ¿Acaso no amaríais a un hombre que tuviera mi cuerpo?
- Los hombres no aceptaremos eso – aulló Polemon.
Una nube cárdena cerró el cielo oscureciendo los broncíneos cabellos de la doncella mientras el viento encrespado levantaba sus vestiduras y un rayo caía a sus pies sin turbar su semblante henchido de cólera.
- ¡Es Atenea! – gritaron los jóvenes retrocediendo sobrecogidos

20 05 2010
juan Tendi (21:07:05) :

El hombre condenado a ser libre

- Hablemos de Sartre.
- Fue un filósofo francés que …
- También fue novelista, dramaturgo, ensayista literario y político, y el filósofo de moda durante los años cincuenta. Lo que quiero saber es que tipo de filosofía sostenía.
- El existencialismo.
- ¿En qué se inspiró?
- En el irracionalismo de Kierkegaard, en la fenomenología de Husserl y en Heidegger.
- Conozco las tesis de Kiekegaard: el hombre es libre y debe elegir entre llevar una vida como la de todos los demás o una vida comprometida consigo mismo. ¿Y Husserl?
- La fenomenología de Husserl es algo compleja para poder resumirla en unas cuantas frases. Podemos hablar de Sartre sin entrar en cuestiones fenomenológicas.
- ¿Cuál es el punto de partida de Sartre?
- El ateismo.
- Pues ya me dirás en que se parece a Kierkegaard, que estaba obsesionado con Dios.
- Ha habido existencialista ateos y creyentes. El punto principal del existencialismo es la cuestión de la existencia humana.
- ¿Qué pasa si Dios no existe?
- Que no existe una naturaleza humana.
- ¿Por qué?
- ¿Por qué no hay nada que someta al hombre a unas leyes morales, biológicas o psíquicas.
- Hm. ¿Y qué ocurre si no hay una naturaleza humana?
- Que el hombre no tiene esencia.
- Ya salió la esencia.
- La esencia es la cualidad o cualidades que un ser no puede perder sin dejar de ser él mismo. Decir que el hombre no tiene esencia es afirmar que no hay nada en el hombre que le obligue a ser de una determinada manera o a llevar un tipo de vida concreto.
- ¡Te lo dice la sociedad!
- Una cosa es lo que la sociedad nos propone y otra lo que nosotros terminamos haciendo.
- No veo cómo se puede escapar de eso, salvo que te refieras a la libertad interior de los estoicos, pero continúa.
- Si el hombre no tiene esencia, es decir, si no está obligado por la naturaleza a ser de una determinada manera, lo que termina siendo y haciendo es algo que decide él mismo. Ese sería el primer principio del existencialismo sartriano: el hombre es lo que él hace de sí mismo a partir de sus proyectos.
- ¿Por qué lo llamó existencialismo?
- Porque el hombre no tiene esencia, sino existencia.
- Aunque las cualidades esenciales sean las que un ser no puede perder sin dejar de ser él mismo, habrá ciertas cualidades que un hombre deba poseer para poder ser considerado hombre.
- Principalmente, la libertad, en opinión de Sartre:.
- ¿Libertad para qué?
- Para escoger qué quiere ser y cómo quiere vivir.
- No creo que la sociedad nos permita hacer eso en términos absolutos. Pero ya entiendo la idea de la que parte Sartre: no hay determinismo teológico, ni biológico, ni social. ¿Se le ocurrió a él eso?
- Ya te dije que se inspiró en Kirkegaard.
- Seguro que alguien lo había pensado antes.
- Hay muchas formas de entender la libertad, pero en el sentido en que la usa Sartre, como elemento constitutivo de la naturaleza humana, creo que el primero en hablar de eso fue un filósofo renacentista, Pico de la Mirándola.
- ¿Ateo?
- En absoluto. Comparando a los hombres con los animales, y con los demás seres creados por Dios, se dio cuenta de que todos están sometidos a unos patrones de comportamientos fijos. Dios los hizo de tal manera que ya saben lo que tienen que hacer.
- El instinto.
- El instinto y las leyes naturales en general.
- ¿Y el hombre?
- El hombre, según Pico, es el único ser al que Dios concedió libertad para que inventase su propia forma de vivir y comportarse.
- Esa es una idea que ya está en el cristianismo.
- Es cierto que el dogma dice que Dios creó al hombre con libertad para escoger entre el bien y el mal, pero también que le concedió una naturaleza sometida a leyes morales insertas en su propia conciencia. De tal manera que quien escoge el mal, está eligiendo apartarse de Dios y es culpable de ese alejamiento.
- Lo que yo digo.
- No del todo. En la tradición cristiana siempre ha pesado la convicción platónica de que el cuerpo y sus necesidades son un obstáculo para alcanzar la perfección, que siempre es la perfección del alma.
- También valoran el cuerpo, ya que es algo creado por Dios. De hecho creen en la resurrección de los cuerpos.
- Sí, pero unos cuerpos que llaman “gloriosos”. Lo cual es una forma de decir que no serán cuerpos como los que tenemos ahora.
- Volvamos a la libertad. Decías que Sartre afirma la libertad que el hombre tiene para escoger cómo vivir. Pero no has contestado a mi objeción de que la sociedad te condiciona. ¿En qué sentido se puede hablar de libertad en el hombre?
- Se refiere sobre todo a la libertad para escoger el perfil básico de uno mismo.
- Ya veo que se trata de una libertad limitada.
- Él concibe al hombre como un proyecto vivido subjetivamente y cree que estos proyectos no están trazados previamente por un destino, una naturaleza o una tabla de valores objetivos.
- Entiendo. La sociedad te propone unos valores, pero se trata de una propuesta no del todo justificada.
- Mejor, fundamentada. En una sociedad no todos los hombres poseen los mismos valores o, cuanto menos, no les dan la misma importancia a unos que a otros. Sin olvidar que las sociedades van cambiando sus valores con la historia.
- De acuerdo, el hombre es libre para elegir cómo quiere vivir.
- Cada hombre, por decirlo con más precisión.
- ¿Y eso que implica?
- Responsabilidad. El hombre es responsable de sí mismo.
- ¿Sólo de sí mismo?
- También de los demás, porque al elegir unos valores elige una imagen de cómo debe ser el hombre en general.
- Antes dijimos que la opción es personal; cada hombre debe elegir por sí mismo y para sí mismo.
- Pero uno no puede evitar que los demás tomen en cuenta las elecciones que hace y los valores que defiende.
- Vale: el hombre no tiene esencia, debe inventarse a sí mismo, es libre y es responsable de que lo elige. ¿Adónde nos conduce eso?
- A nada bueno.
- Lo veía venir. Ya Kierkegard decía que la libertad de elegir genera angustia porque siempre se eligen cosas finitas que sólo nos satisfacen provisionalmente, y además se debe elegir un modo de vida que te permita seguir eligiendo. Es decir, que nunca hay una meta en la que descansar.
- Sartre no habla de lo finito y lo infinito; es más concreto. Afirma que la libertad humana conlleva angustia, desamparo y desesperación.
- Los filósofos siempre animando.
- Ellos no inventan los problemas.
- Sólo les dan vueltas.¿Por qué angustia?
- Porque eres responsable de lo que eliges.
- ¿Y desamparo?
- Porque la elección la haces en soledad; nadie puede elegir por ti.
- ¿Y desesperación?
- Porque no es posible un control total de la realidad que nos permita conocer de antemano las consecuencias de nuestras elecciones, a pesar de que tengamos un proyecto de vida.
- El hombre propone y Dios dispone.
- Mejor, la realidad dispone.
- Supongo que alguna idea tendrá Sartre de lo que tenemos que hacer.
- Justamente eso: hacer.
- ¿Hacer qué?
- Lo que elijas hacer. Porque el hombre es el conjunto de sus actos. Lo que vas eligiendo va conformando tu ser y tu existencia.
- Ya veo: no tenemos esencia sino existencia, pero resulta que la existencia tampoco la tienes de antemano sino que la vas creando tú mismo a través de las elecciones que haces cada día.
- No tanto. Sartre habla de un proyecto de vida. Sería muy difícil tener que vivir eligiendo constantemente ante cada opción que te presenta la vida cotidiana. Se trata de elegir un proyecto al que vas conformando tu conducta.
- Ah, entonces tu proyecto te condiciona a la hora de elegir.
- Kierkegaard había previsto esto: nunca hay que elegir algo que luego te impida seguir eligiendo.
- Me parece una sutileza bizantina. ¿Alguna mala noticia más?
- Los hombres somos un problema unos para otros.
- Me suena. ¿En qué preciso sentido?
- Nuestro ser se hace ante la mirada del otro.
- ¿Qué otro?
- De cualquiera. No vivimos solos.
- ¿ Cuál es el problema?
- Que cada hombre intenta cosificar los demás.
- ¿Co… qué?
- Convertir en cosa, en algo previsible y fijo como lo son las cosas inanimadas.
- ¿Y por qué hace “cosa” tal? Nunca mejor dicho.
- Porque cuando tenemos un proyecto de vida necesitamos que los demás colaboren en él, cumpliendo los papeles que nuestro proyecto necesita.
- Salvo que tu proyecto sea vivir como un ermitaño.
- Ni aún así. Necesitas que los demás te dejen solo y en paz.
- ¿ Y que ocurre cuando uno intenta cosificar a los demás?
- Que hay conflicto. Porque los demás también lo intentan con uno.
- Es la guerra.
- Es más complejo. Cuando se confronta con otra persona puede adoptar dos actitudes: intentar afirmar la propia subjetividad y que el otro reconozca tu libertad. Eso te puede conducir al odio, al sadismo, al deseo o a la indiferencia.
- Entiendo lo de la dominación y el deseo de posesión, pero lo de la indiferencia me despista.
- No hay cosificación más grande que la indiferencia. Niegas la presencia del otro como humano, o incluso, como cosa.
- ¿Hay alternativa a esa conducta?
- La opuesta. Reconocer la libertad del otro mediante el amor, el lenguaje o el masoquismo.
- Hm. Demasiadas cosas juntas. El amor…
- Con el amor a otro le estás dando la libertad de elegir aceptarte o no.
- Pero el lenguaje…
- El lenguaje implica que estas reconociendo a un igual.
- En ese caso los dos se reconocen la libertad mutuamente.
- Sí, pero recuerda que las libertades siempre están en conflicto, porque todos queremos conseguir que los demás hagan aquello que deseamos o necesitamos para nuestro proyecto.
- Ahora entiendo esa famosa frase de Sartre: el infierno son los otros. Lo del masoquismo no hace falta comentarlo. Volvamos a una cuestión que rozamos de pasada. Al principio aceptábamos que el hombre no tiene esencia, pero después, poco a poco, han ido apareciendo aquí y allá aspectos que parecen formar parte ineludible de la condición humana.
- No existe esencia humana, pero sí rasgos formales y universales, como la libertad, la indigencia de la existencia y la sociabilidad.
- Lo que viene a ser una especie de esencia.
- Sólo en cierto modo.
- ¿ Y qué consecuencias tienen estos rasgos que llamas formales?
- Los llamo formales porque a partir de ellos se pueden elegir diferentes tipos de vidas, es decir, se pueden dar distintos contenidos a nuestro ser. Las consecuencias son los límites de la condición humana: estamos arrojados al mundo, debemos trabajar, tenemos que vivir con otros y, en fin, somos mortales.
- Pero cada uno tiene su proyecto, se inventa su vida y ya está: a soportar los conflictos y la cosificación y todo eso que has mencionado.
- Maticemos. Los valores se inventan, pero no todos valen; algunos son erróneos.
- Salió la vena predicadora de los filósofos.
- Tiene sentido. Si hemos dicho que el hombre es libre y debe elegir, se equivocarán aquellos que busquen excusas para no elegir.
- ¿Qué excusas?
- El determinismo, el destino, las pasiones o, en fin, la creencia de que algunos valores son objetivos y por lo tanto debemos aceptarlos.
- Eso será lo que Sartre llamaba no ser “auténtico”.
- En efecto, aunque el término no es suyo. Quien excusa su conducta apelando a condicionamientos ajenos a su voluntad es una persona inauténtica. Y ni siquiera persona, porque se está viendo a sí mismo como un objeto sometido a leyes, igual a una piedra que no puede rebelarse contra la ley de la gravedad.
- Por ejemplo.
- Un profesor que suspende a un alumno y dice que no le suspende él, que es el propio alumno el que suspende.
- Es que es así.
- No para Sartre. Eso es negar que estas haciendo algo en uso de tu libertad. O sea, negando que seas libre para suspender o no al alumno.
- Si te has comprometido con tu trabajo como profesor…
- Exacto. Tienes un proyecto y haces, en uso de tu libertad, aquellas cosas que afianzan tu proyecto. Pero no es cierto que no tengas opciones. Puedes, si quieres, aprobarle aunque no haya resulto bien sus exámenes o puedes dejar de ser profesor.
- Es que lo justo…
- Lo justo aquí no tiene nada que ver. Ningún suspenso o aprobado es justo en términos absolutos. Para que lo fuese tendríamos que conocer todas las variables que rigen la existencia humana.
- Pero si eres profesor…
- Tú has elegido ser eso. Debes por tanto hacerte responsable de los actos que realices para desarrollar tu proyecto vital de ser profesor. Y decirle al alumno: yo te suspendo porque he elegido ser profesor y juzgar los méritos de los alumnos de acuerdo con unos criterios que justos o no son los que la sociedad en la que vivo me impone como tal profesor.
- Noto una inconsistencia. Al elegir ser profesor o camarero o lo que sea, puedes justificar ya tus actos en el desempeño de tal función como determinados por el estatus social de la profesión y escabullir tu responsabilidad.
- Si lo haces, obras de mala fe, no eres “auténtico”. Volvemos a lo mismo: hay que procurar elegir aquello que te permita seguir eligiendo.
- No veo salida al circulo vicioso. No me extraña que al teatro de Sartre se le llame el teatro del absurdo.
- Esa es la conclusión de Sartre: la vida es contingente y absurda.
- ¿No fue también el que dijo que la vida era una pasión inútil?
- Tal cual.
- ¿Fue su última palahra?
- No. Luego se hizo más o menos marxista.
- ¿Dejó de estar angustiado?
- No lo sé. Pero preocupado, seguro que no.

24 05 2010
Juan Tendi (07:57:44) :

El catedráticu

Todo comenzó cuando, tras aprobar unas oposiciones, conseguí plaza de profesor en un instituto. Enseguida fui a contárselo a mi padre. No sólo por obligación, sino por darle una alegría; ya tenía treinta y siete años. Yo; él andaba por los sesenta, que son los que aparentaba. Tendría que aparentar más, por el trabajo del campo, que castiga los hombros y arruga la cara, pero también menos, por la mala leche que se gasta. De modo que lo uno compensa lo otro y representa los que tiene.
- Asina que yes catedráticu.
- No.
- Entos, maestru.
- Agregado.
- Catedráticu, entos.
Para mi padre los docentes se dividen en dos categorías y no hay lugar para algo tan abstracto como agregado. Desde entonces, cuando le preguntaban por su hijo mayor, se mostraba ufano.
- Ah, esi ye catedráticu.
La gente del pueblo se acercaba a felicitarme.
- Así que yes catedráticu.
- No, no soy catedrático.
No hubo manera; la palabra de mi padre valía más que la mía. Yo siempre había sido un zascandil, en opinión de la familia, los vecinos y casi todo el pueblo, a excepción de Luisina la del Casín, que me tomaba muy en serio.
A las pocas semanas pasó lo que tenía que pasar. Sindo, el cartero, que presume de leído porque estuvo un año en el seminario, increpó a mi padre en el bar delante de gente.
- El tu fíu, el mayor, non ye catedráticu.
- ¿Qué? Sindo se llevó un buen garrotazo y mi padre un buen disgusto; los parroquianos de Casa Cundo le impidieron darle los ocho que según él le correspondían. Uno por palabra.
Pero sus inquietudes continuaron. Algunos empezaron a sostener las tesis de Sindo con irónicas indirectas.
- ¿Cómo va´l catedráticu?
Como mi padre era un hombre de una pieza - no simple, sino al modo compacto - los socráticos interrogadores se mantenían a distancia, aunque no tanta como para no hacer mella en su convicción de que el mundo docente se dividía en maestros y catedráticos. Así que volvió a la carga.
- ¿Tas fiju que non yes maestru?
- ¿No lo voy a saber yo? Seguro. Esos dan clases a los rapacinos; yo, a los mocinos.
- Entos yes catedraticu. Non hay más que hablar. Va enterase d´algún.
A esas alturas la mitad del pueblo daba la razón a mi padre y la otra mitad a Sindo. Los primeros, porque lo sostenía mi padre; los segundos, según decían, porque yo no tenía pinta de catedráticu. De lo que yo dijese no hacía caso nadie, como de costumbre y con la excepción citada.
En esas seguíamos, con medio pueblo en situación de fuga cuando aparecía mi padre y la otra mitad atizando el fuego con toda la malevolencia que el caso requería.:
- Muncha envidia, sí señor. Eso ye lo qu´hay.
- Y muy mala leche por parte d´algún.
La cosa duró hasta que mi padre acabó enfadándose con Antón el molinero, su compadre de toda la vida y con el que jugaba a las cartas casi todas las noches.
- No seas tercu, Manuel.
La frase fue a propósito de un lance del juego, pero algunos aprovecharon para cizañar.
- A tercu, non lu gana naide.
- Verda´e – sentenció Antón.
A mi padre no le gustó la sentencia y esa noche tuvieron unas palabras, que no llegaron a más porque la amistad tiraba mucho y Antón no era hombre que perdiese la calma fácilmente.
Fue entonces cuando mi madre decidió intervenir, en contra de su costumbre; las cosas de afuera las llevaban mi padre y el perro; las de dentro, el gato y ella.
- Tiés que facer algo.
- ¿El qué?
- Piensa, que pa eso te dimos estudiu.
Lo pensé. Y la siguiente ocasión en que alguien sacó el tema, yo saqué de la manga lo de las gafas.
- No es que sea catedrático, pero en el colegio donde estuve interno me llamaban así porque llevaba gafas.
- Claro.
La especie corrió por el pueblo rápidamente y algunos confirmaron mi versión.
- Los de Matadura teníen un primu carnal al que´i llamaben asina también porque gastaba lentes.
La cosa parecía funcionar. Hasta que se acercó la fiesta de San Bartolo, patrono de la parroquia, y oí que el Casín de la Vallina andaba preparando unas trovas que hablaban de un catedrático.
Me puse en lo peor. Y no estaba dispuesto a presenciarlo. Una semana antes, al pasar por donde la fuente, encontré a Luisina.
- Adios, catedráticu.
- Todavía no, pero si tú me enseñas, estoy dispuesto a aprender.
- Entonces aprenderemos juntos.
No me sorprendió demasiado que Luisina ofreciese montar una escuela particular; siempre me había mirado con buenos ojos. Luego supe que mi padre lo arregló para despertar su vocación docente.
- Una muyer necesita un paisano; y un paisano, una muyer – le dijo un día que la encontró volviendo del molino.
- En ello estoy.
- La única moza en toa la parroquia que considera un paisano al mi fiu, yes tú. Así que a ver que faces con él.
Luisina hizo lo que le correspondía y lo hizo bien. Lo primero que le pedí fue que viniese conmigo a la villa el día del patrono.
- Si vas escondete, mal empezamos.
- No es por ti.
- Ya lo sé.
Se vino conmigo y luego me dio la razón. La fiesta de San Bartolo terminó como era de prever. Con el Casín maltrecho y siete vecinos baldados a palos. Llegué a pensar en hacer oposiciones a catedrático, por ver si así se solucionaba todo de una vez. Mi madre me disuadió.
- Ya non fai falta. Desde que tu padre desmontó la romería y el santu, la xente llama´i el catedráticu. Y a tí, el fiu´l catedráticu.
- ¿Y él?
- Ta contentu. Salióse con la suya. Y por partida doble.

24 05 2010
Juan Tendi (07:58:44) :

El caso Argimiro

Entré en uno de los cafés del paseo marítimo a leer el periódico. O a intentarlo; una palmada en la espalda me hizo saltar del taburete.
- ¿Qué cuentas, figura?
Manolo es un entusiasta de la vida. También parece invidente. Cada vez que te encuentra te palpa medio tronco. Me cae bien. Siempre me pregunto por qué está tan contento.
- ¿Qué te pasa? ¿Follas algo?
- Algo. Pero no sé lo que es.
A Manolo le gusta mi tipo de humor.
- Yo estoy cansado de follar.
- Pero no de contarlo.
Aunque no siempre le gusta.
- Relájate. Conmigo no hace falta que seas inteligente. He quedado con Luis en La Toldilla. Tengo un bisnes en ciernes. Y no digas que tienes algo que hacer. Tú nunca tienes nada que hacer. Sólo piensas.
- Voy a quedarme aquí.
- Ni lo sueñes. Te vienes conmigo.
Manolo lleva casos. Es frecuente verle con gente con la que nadie quiere tratos. Autistas, melancólicos, raros y locos en general. Esta tarde yo debía ser su caso. El último fue un tal Argimiro. Lo presentaba en todos lados como instalador de antenas. El otro no decía nada; era un autista instalador de antenas. La tarde que le conocí estábamos en casa de Manolo viendo una película en blanco y negro de los años cincuenta. Un clásico, decía Manolo, mientras sacaba el costo. Juntó a cinco o seis personas para verla. A ninguna de ellas le importaba mucho el cine. A Manolo sólo le interesaba tenerlas reunidas. Una historia de cine negro. Fumamos unos mientras comenzaba. Al rato ya estábamos medianamente interesados. Entonces Argimiro susurró algo al oído de Manolo, quien anunció que la tele no se veía bien del todo y que Argimiro iba a arreglar la antena. Pasó media hora y nosotros seguíamos enfrascados en la película.
- Manolo, Argimiro debe haber muerto en el tejado.
- No, ha ido a casa a buscar la herramienta.
Al rato entró Argimiro. Cruzó la sala sin saludar y se metió en una de las habitaciones del fondo. Oímos un estrépito de muebles cayendo.
- Argi, sal por la claraboya – gritó Manolo.
Debió salir, porque no había transcurrido ni un minuto cuando se fue la imagen de la pantalla.
Manolo se estiró, abrió una ventana y fue a buscar una botella vino a la cocina. Repartió vasos, sacó más costo y se puso a contar una historia. Media hora más tarde se levantó y se fue hacia la claraboya. Volvió al poco rato.
- Va bien.
Seguimos oyendo las historias de Manolo y cuando sentimos las piernas entumecidas nos levantamos.
Manolo se fue a buscar a Argimiro. Volvió preocupado.
- No quiere bajar. Será mejor que os vayáis. Y cuando os lo encontréis no hagáis ninguna referencia a la antena.
Le encontré unas dos o tres veces más. Iba con una bolsa de plástico y una especie de maletín. Debían ser las herramientas. Le hice algunas preguntas, pero no contestó. Se sentó a mi lado con aire de preocupación y yo seguí leyendo el periódico. Al cabo de un rato se levantó y se fue.
Finalmente se enfadó con nosotros. Por causa de mi maldito sentido del humor, en opinión de Manolo.
Una tarde, íbamos Luis y yo paseando cerca de su casa cuando vimos una lavadora vieja arrimada al portal de al lado. Alguien debía haberla dejado allí para la basura.
- Si la ve Manolo, seguro que la lleva para casa.
Se me ocurrió de repente. Encontramos a Manolo y su caso, con más gente, y nos anunciaron con gran alegría que habían encontrado una lavadora usada.
- La encontró Argi – dijo Manolo con orgullo.
- La trajimos nosotros. Está en venta. Si le interesa a alguien se la damos por cincuenta duros.
Argimiro cayó en un estado de postración y desánimo. Al principio no lo notamos, porque ese era su estado habitual, pero por dentro el proceso debía ser más agudo. Al cabo de tres minutos se se fue sin despedirse.
- ¿Cómo le habéis dicho eso?
- Era una broma.
- Argimiro no entiende de bromas. Para él la vida es muy seria.
Debía de serlo. Porque unos meses más tarde nos enteramos que había sido detenido por atracar una farmacia a punta de pistola. Aunque no exactamente a pistola, sino a trabuco. O mejor, con un taco de madera.
Manolo lo explicaba a su modo, como si hubiese estado allí.
- Argi fue a comprar sus medicinas y le dijeron que no tenían. Se puso nervioso y al ir a sacar sus papeles de majareta de esa bolsa de Simago que siempre lleva consigo, sacó también una especie de trabuco pirata que estaba tallando en un taller de majaras al que acude por las mañanas. Como él tiene una pinta algo extraña, y el trabuco estaba aparente, una señora analfabeta, que no habría visto nunca una película de piratas, gritó que era un atraco. Entonces, Argi, asustado, gritó también que era un atraco. Ya sabéis como empiezan estas cosas. La dependienta berreó, para no ser menos, que aquello era un atraco. Una señora que entraba lo repitió, y un jubilado que pasaba por la acera chilló a voz en cuello que todo aquello era un atraco. Llegó más gente, se amontonó público y apareció al fin un guardia. No necesitó preguntar nada porque allí el único con cara rara y aparentemente armado era Argimiro, quien, con tanta gente junta se asustó más aún y cuando el guardia quiso quitarle el trabuco, se resistió. Porque no entendía que pasaba con él. Atraco y resistencia a la autoridad. Aparecen más guardias y lo arrastran afuera. Y él gritando que quería sus medicinas. Esa noche durmió en comisaría y cuando al día siguiente le pasaron al juez, el pobre Argi estaba ya en el país de las maravillas. Le dijo a su señoría que la pistola no funcionaba porque tenía la antena estropeada, y que la lavadora que iba a usar para arreglarla le había sido robada por dos malhechores. El juez le envió al psiquiátrico y a los pocos días ya estaba fuera, pero, lógicamente, después de esto, Argi anda algo deteriorado. Si queréis un consejo, cambiar de acera cuando le encontréis. Como estaba muy confuso por lo sucedido, tuve que inventarme una explicación que le tranquilizase. Le dije que todo era una trama organizada por vosotros dos, debido a que envidiabais su destreza arreglando antenas. Esto se llama racionalizar. A los chiflados hay que darles una interpretación convincente de lo que les ocurre, para que estén tranquilos.
Ahora camino mirando hacia atrás y cuando veo venir a Argimiro me oculto en algún portal. Temo acabar siendo un caso de Manolo.

29 06 2010
frikris (23:08:50) :

El soldado.

Respira la humedad de sus sombras. El aliento cálido de sus entrañas regalado a la noche. Sabor amargo en los labios, salado en las pestañas. Inescrutable incomprensión ante el mundo. Todo pierde valor a cada paso, pierde consistencia. No es realidad. Ceniza seca desde el cielo. Roza sin quemar, acaricia. Relaja el pulso y acompaña. Suena a libre aún llevando cadenas a los pies. Silencio. Vago eco de sonidos mutilados. Ya no quieren matar. Sólo quedan sombras, acumuladas en el suelo (también en las manos). Quisiera ser una de ellas. Anónima, sorda, ciega, inmóvil. Olvidar el presente es más difícil que olvidar el pasado. Ya no quiere su papel protagonista. Sólo olvidar. Todo el humo, la tierra, los ojos. Olvidar…

23 10 2010
Marta (22:36:06) :

El cuarto banco del parque de la 3ª Avenida siempre está ocupado a eso de las cinco de la tarde. Un hombre de unos 40 años, un poco canoso, bien vestido, guapo y por qué no decirlo, muy interesante.
Yo desde lejos, lo observo todos los días. Llega con su libro en la mano izquierda y se pone a leer. A veces lo cierra y levanta la vista. Y mira a los transeúntes. Parece como si en cada párrafo se parara a descansar y pensar. Y que la gente le ayudara a entender aquellas palabras escritas.
Una vez se fijó en un niño el tiempo que estuvo al alcance de su vista. De unos seis años, cogido de la mano de su madre, tenía los cabellos más rubios que el oro y rizosos, muy rizosos.
Cuando ya no podía verlo, se levantó, dejó el libro en el banco y caminó hacia los columpios. Había uno libre y sin mirar alrededor se sentó. Comenzó a balancearse como si estuviera solo en el mundo. Y yo le observaba cada vez más cerca. Quería saber qué libro leía todos los días, a la misma hora y en el mismo banco.
Ya había alcanzado un velocidad considerable, tal que estaba a punto de dar la vuelta sobre el eje del columpio, pero se paró. Se levantó y volvió al banco donde ahora estaba yo.
” Lo hacía de pequeño, daba la vuelta una y dos, tres, y hasta cuatro veces. Mientras mi abuelo me decía que me faltaba poco, yo me impulsaba cada vez con más fuerza. Pero ahora no me atrevo. Me da miedo. Me da miedo un columpio y leo para que la imaginación me lleve a otros sitios donde no lo tenga.”

7 11 2010
Paula (18:02:43) :

Llámala libertad.

La débil luz de la farola iluminaba la calle oscura,fría,desierta,como si faltase la alegría.En aquella triste tarde de Diciembre todo podía decirse y nada podía hablarse.Había contemplado esa escena cien,o mejor,por qué no decir,mil veces.
Pero aquel día era gris.Enormes gotas de agua golpeaban el cristal de la ventana como un martillo golpea una dura pieza de hierro.Elena movió la cabeza desesperada y la ocultó bajo sus brazos.Una,dos,tres y cuatro lágrimas se deslizaron por sus pálidas mejillas hasta aterrizar en las mangas de su chaqueta.Era tarde,ya tenía que haber llamado.
Esto debía ser obra de su tía,¿de quién sino?
Para Elena,eso de vivir de criada en la casa de su tía fue otra oportunidad que le ofreció la vida después de que su padre se suicidara porque no podía mantenerla y de que su madre se muriera en el parto.No tenía hermanos,no tenía a nadie,sólo a su tía y a sus consentidas primas,esas niñatas de rizos de oro caprichosillas y egoístas,Dios,cómo las odiaba.Pero eso no era nada en cambio con lo que le prohibía su tía.No podía salir de casa,a menos que se lo indicasen,cuando venía todos los días el tutor de sus primas,ella daba sólo una lección,debía de estar todo el día ocupada en las tareas de casa y servir a sus primas,no se le permitía participar en reuniones familiares y cenas o en visitas.Tampoco podía leer o hacer otra actividad hasta que hubiera acabado todas las tareas diarias.Elena ya lo había hablado con su tía,pero ella se negaba.¿Escaparse?Sí,sería una tentadora elección,y no creas que no lo había intentado antes,pero con el tiempo se dió cuenta de que sin dinero y con poca educación,¿adóne llegaría?Desde entonces sólo le quedó la opción de seguir allí.Hasta este día.Hace una semana,Elena fue al mercado con su tía y un rico mercante que pasaba por allí se fijó en Elena.La quería comprar,o al menos,eso fue lo que pensó ella.Después de que su tía hablase con él,se dirigió a Elena y trajo a un guapo muchacho,de unos dieciséis años,con mirada seria y sonrisa juguetona,se presentaron uno a otro y el mercader le indicó:”Mi hijo y yo vivimos la mansión Pervety,a las afueras de la ciudad.Mi hijo no tiene nadie con quién relaccionarse y he pensado en darle una compañera para que esté con él.Creo que tú eres la apropiada,además recibirás una buena educación y nos encargaremos de la ropa.Harás allí tu vida como un miembro más de nuestra familia,¿qué te parece?Lo hablas con tu tía y me lo dices”.
Asi es que Elena estuvo convenciendo a su tía durante tres días y al final ella desistió.A Elena se le iluminaron los ojos.Era la única oportunidad que tenía para abandonar aquel infierno e iniciar una vida mejor.Así es que el muchacho dijo venir a recojerla a las seis en punto.Pero no aparecía.Cada minuto que pasaba se iba desvaneciendo esa ilusión por salir de allí.Seguro que su tía tramaba algo.Se miró de nuevo en el espejo,se enpolvó la nariz y se secó las lágrimas.Las seis y media.Las siete.Cansada de esperar y pensando que su tía la había engañado,se dirigió a la cocina y extrajo un cuchillo del cajón.Derramando sus últimas lágrimas y pensando que iba a hacer lo mejor,aunque por otro lado lo que iba a hacer no tenía ni pies ni cabeza,empuñó el cuchillo,rezó una oración y justo cuando el cuchillo se dirigió a su estómago,llamaron a la puerta.Elena soltó de golpe el cuchillo y corrió a abrir.Era el muchacho.
-Hola,espero no llegar muy tarde.Siento el retraso,pero el carruaje estaba estropeado y he tenido que venir a pie.Espero que no importe…
-Para nada.-Se apresuró a decir ella.-
-Entonces,vuestro nombre es…
-Elena,Elena Wrastwoord,¿y el vuestro?
-Tom Stepilollini,es que mi abuelo es italiano.¿Me acompaña,señorita Wrastwoord?
-Encantada.
-¿Cuál es vuestra edad?
-Tengo quince años.Los cumplo en Abril,¿vos?
-Dieciséis,pero los he cumplido este mes.¿Quiere que demos un paseo hasta la mansión?
-Desde luego.
Y cojidos del brazo caminaron por las calles londinesas,hablando de sus cosas,pero Elena tenía la cabeza en otra parte,no sabía bien dónde,pero de algo estaba segura,de que una nueva vida para mejor iba a comenzar,de que sus padres estarían orgullosos de ella,pero sobretodo,de que aquello que le había pasado no era un simple golpe de suerte,estaba feliz,estaba contenta,estaba liberada de su pasado.Elena pensó un momento y dijo para sus adentros:¿cómo llamar a esta situación?y una voz que susurraba entre las copas de los árboles exclamó:¡Llámala libertad!

8 11 2010
Paula (18:05:05) :

Piensa en nada,
¿y en qué pensara?
es este pensamiento,
que me desespera ya.

Piensa en blanco
como las olas del mar,
como la arena fina
a orillas del mar.

Piensa en verde
como la yerba que va,
desde donde la vista alcanza
hasta tu mirar.

Piensa en rojo
como los manzanos de allá,
con esos frutos tan sabrosos
tu sonrisa brillará.

Piensa en azul
como las olas que van,
riendo y cantando
por entre la mar.

Piensa en amarillo
como el trigo y el zarzal,
como en aquellas mañanas de verano
que nunca acabarán.

Piensa en mí,
en mí nada más.
Bésame con tus labios
y déjate llevar.

5 01 2011
Juan Tendi (00:58:54) :

Amor anónimo

I.

-¿Conoce al Sr. Robert?
- No demasiado, pero sí a su esposa. Trabajó en la centralita telefónica. De esto hace ya muchos años. Apenas si la he visto en estos últimos tiempos.
- ¿Es ella quien le ha llamado?
- Sólo es una vieja amiga a la que vamos a visitar.
James pensó que no se hacen visitas sociales a las diez de la mañana, tras recibir una llamada telefónica, y más tratándose de alguien a quien no se ve desde hace mucho tiempo.
- Tampoco teníamos hoy gran cosa que hacer, ¿no es cierto?
El agente James estuvo a punto de recordarle que, muy al contrario, eran varios los asuntos pendientes. Pero se contuvo; cuando un superior pide confirmación eso es exactamente lo que espera.
- Por supuesto – ratificó James procurando no parecer irónico – Supongo que la Sra. Meyers querrá que ud. le aconseje sobre algún asunto concreto. ¿Tal vez algo de papeleo?
- Exacto – dijo Higgins con un amago de sonrisa -. Se trata de papeles.
El agente James conocía suficientemente qué juegos de palabras hacían sentirse feliz al sargento: justamente aquellos que permitían ocultar la verdad sin mentir.
- Estamos llegando – anunció James - ¿Quiere que aguarde afuera?
Higgins no contestó, por lo que James imaginó que no deseaba que entrase pero que tampoco estaba dispuesto a decirlo abiertamente.
-Ud. puede serme de gran ayuda.
James miró de reojo. Siempre que el sargento le desconcertaba, no sabía hasta qué punto trataba de ser amable o decía la verdad, por lo que descendió del coche dispuesto a no atravesar el umbral de la casa si no era explícitamente invitado a ello.
La Sra. Meyers resultó ser una anciana de rostro risueño con dos soles radiantes de pequeñas arrugas enmarcando sus ojos claros.
- Querido Higgins. Cómo le agradezco que haya venido – dijo tomando al sargento del brazo y llevándoselo adentro.
El agente James permaneció rígido, mirando oblicuamente a la fachada de la casa. Pasaron varios segundos en los que una mezcla de ridículo y desconcierto comenzaban a enturbiarle la mirada, cuando se oyó una fuerte voz desde el interior.
-¿Está ocupado en hacer algo, James?
James penetró apresuradamente, despojándose del casco y tratando de disimular su embarazo.

II.

- Robert no quiere darle importancia, pero le conozco desde hace muchos años y sé que le afecta. Su salud es delicada. Él es un hombre… Bueno, ud. le conoce y sabe lo que me preocupo por él. ¿Recuerda cuando los tres coincidíamos en las sesiones de teatro de aficionados? Aún le veo con su uniforme, sentado en primera fila sin perderse ningún ensayo.
Higgins daba pequeños sorbos al café que la señora Meyers había ordenado servir enseguida, mientras una sonrisa perenne indicaba que conocía suficientemente a su anfitriona como para saber que tardaría en poder preguntar algo.
- Por supuesto, él no quería que le llamase. Ya conoce a los hombres, con tal de no hacer nada, a nada le dan importancia. En eso se parecen a los gatos: todo el día tumbados y cuando se levantan es para hacer algo que sólo ellos saben. No es que me queje; siempre he podido contar con Robert. Pero no puede evitar ser lo que es, un hombre. Su sentido del tiempo es de lo más peculiar. Si tienen una cita quieren ser puntuales, pero cuando la cita es con una tarea, la urgencia desaparece.
- ¿Tiene aquí la carta?
La señora Meyers extrajo de su manga un papel doblado con simétrico cuidado y lo alisó antes de entregarlo. Después, mientras aguardaba a que Higgins terminase de leerlo, miró brevemente a James y colocó la palma de su mano contra la boca como si quisiera contener su impaciencia por hablar.
- Hm. No parece nada amenazante. La letra es puntiaguda y muy marcada. Las letras, inclinadas hacia delante…
- ¿Es de un hombre?
- No creo. Sea de quien sea, no parece que se haya tomado mucha molestia en disimular su grafía. No debe ser nadie de su entorno más inmediato.
La señora Meyers se irguió y reacomodó en la butaca.
- Una mujer. Una mujer que acosa a mi Robert tratando de ponerle nervioso. ¿Por qué?
Higgins levantó la mirada y esperó, dando a entender que esa era justamente la pregunta que él no podía atreverse a responder.
- Vamos, Sargento, Robert es mayor. Y tendrá algún defecto, pero nunca ha sido mujeriego. Una esposa descubre eso muy pronto.
James se inclinó hacia delante, con los ojos fijos en el papel que a su lado sostenía Higgins. ¿Qué demonios diría aquella carta? ¿Por qué le habían hecho entrar si no pensaban pedir su opinión?
- El único que podría darnos una pista es Robert. ¿Quiere que hable con él?
La Sra. Meyers vaciló.
- Si lo cree de utilidad… Después de todo, el disgusto ya se lo ha llevado. Aunque él no lo reconocerá. Denme unos minutos para que hable con él.
La Sra. Meyers abandonó el salón, dejando a Higgins examinando nuevamente la carta y a James contemplando a Higgins sin mover un solo músculo.
Tras un minuto de silencio, el sargento tendió el papel a su acompañante, justo en el momento en que los Meyers entraban. James no supo si coger o no la carta, y en su indecisión, sólo se le ocurrió ponerse de pie, obligando al sargento a imitarle.
El Sr. Meyers no debía sobrepasar los sesenta años, pero se movía con la lentitud de quien está minado por alguna secreta dolencia. Su sonrisa era de disculpa, como si se sintiese culpable de su estado. No hizo protesta alguna por la insistencia de su esposa. Debía conocerla lo suficiente para saber que eso no haría sino evidenciar más su sumisión.
Se sentó con cuidado, ayudado por la mirada solícita de los presentes y suspiró.
-Pregúntenme lo que quieran.
Higgins aguardó a que la Sra. Meyers saliese de la habitación.
- Supongo que no sospecha quién puede haberle enviado. Y preguntarle si tiene algún enemigo …
- Mi único enemigo es la enfermedad.
- Me refiero a que con el paso de los años todos nos ganamos enemigos, más o menos peligrosos.
- Jamás he desarrollado tareas que puedan excitar el rencor de nadie.
- Ud. ha sido profesor.
Robert Meyers dejó escapar una breve risa dolorida.
- Oh, sí, los profesores nos ganamos muchos pequeños enemigos, pero son temporales. Por mi carácter, nunca he hecho sentir a nadie inútil o inferior en ningún aspecto. De hecho, me sorprende continuamente que los muchachos más difíciles sean los que me recuerden con más afecto.
- ¿Y las muchachas?
Robert estuvo a punto de soltar una carcajada, pero algún dolor oculto la cortó de raíz.
- Le entiendo. No, no. Ni siquiera cuando empecé mi labor, con veinticinco años. Les parecía demasiado viejo, por mis gustos y mi carácter.
- ¿Y sus compañeras de trabajo?
- ¿Cree que ha sido una mujer? La única que recuerdo que aún no se haya muerto, es la Sta. Paddock. Un alma de Dios, como aseguran todos los que la conocen. Pero tiene ud. razón, más que amenaza, la carta destila rencor. El odio de los tímidos.
- Y de las mujeres. Ud. conoció a Prudence cuando ya era algo mayor.
- Casi cuarenta años, sí. Ya todos me consideraban un solterón, incluso yo mismo. Aún sigo asombrándome. ¿Cómo es posible pasar media vida sin hallar un alma gemela y, de pronto, al doblar una esquina, sin más, sin que el mundo se detenga ni cambie, encontrar a alguien y comenzar una conversación que parece la continuación de algo que llevamos pensando desde que nacimos?
- Le ocurre a mucha gente.
- Eso parece normal cuando te pasa a los veinte años. Entonces supones que es algo que les ocurre a todos, pero cuando has estado en mi caso, ya nunca dejas de asombrarte.
- Ud. era un joven instruido y con educación, debió tener amigas más o menos íntimas.
- Por supuesto. Es cierto que era tímido, pero en mis tiempos las chicas eran muy osadas y no necesitaban siquiera que nadie las presentase si se interesaban por ti. A Prudence la conocí en el tren…
- ¿Nunca recibió anónimos en su época de estudiante?
- ¿Anónimos? No, claro que no. A Prudence, al principio, le parecí demasiado serio. Pero enseguida apreció mi sentido del humor. No sé quien dijo que las mujeres se enamoran de quien las hace llorar o de quien las hace reír. Es decir, de quien excita sus emociones.
- ¿Recuerda a alguna de sus amigas?
- Recuerdo a las que me rechazaron. Las personas que nos rechazan nos obligan a recordarlas para siempre. Es una cita de John Mattews.
- ¿Y las que ud. rechazó?
- ¿Yo? Nunca he rechazado a nadie; no podía permitirme ese lujo.
- Como ud. mismo acaba de decir, sólo recordamos a quienes nos rechazan. Tal vez ha olvidado a las que ud. rechazó.
- Es posible. Pero sólo eran amigas. Si hubiesen sido algo más, lo recordaría perfectamente.
- Ud. las consideraba amigas, pero quizá ellas no.
Roberts Meyers se revolvió en el sillón, cogió el bastón y jugueteó con él entre las piernas.
- Demonios, Higgins, no guardo especiales recuerdos de mi juventud; no la disfruté. Estaba demasiado descontento conmigo mismo y con el mundo. Muchos jóvenes están en desacuerdo consigo mismos o con los demás, pero cuando son las dos cosas, el resultado es abrumador.
- A las chicas les gustan los jóvenes atormentados.
- Sólo cuando son guapos – rió Meyers – Rechazo es un término demasiado fuerte. Admito que hubo gente a lo que no presté mucha atención, pero nunca tuve una relación lo bastante íntima con nadie como para que pudiese sentirse ofendido con mi desinterés.
- Los afectos no siempre son explícitos. Y dos personas no experimentan del mismo modo una relación. Lo que para uno puede ser una mera amistad, él otro puede vivirlo como un vínculo profundo.
- Sí, la juventud es una etapa confusa. Especialmente en lo que respecta a los sentimientos. Tendría que hacer un esfuerzo para recordar… Ya le dije que no es una época que rememore con agrado… ¡Dios mío! ¿Recuerda lo que me preguntó antes? Si había recibido algún anónimo. Pues sí, dos por lo menos. La mente es muy extraña. Nunca sabemos todo lo que esconde. De todas formas, fue algo sin importancia. Yo no tendría mucho más de quince años.
- ¿Eran amenazantes?
- Eran burlonas y despreciativas. Me acusaban de ser una persona sin carácter ni personalidad.
- Una chica.
- Obviamente. Un joven no suele hacer ese tipo de reproches, aunque los piense. Entonces me desconcertó. No entendía que alguien pudiese tomarse la molestia de escribir a otro, sin identificarse, para decirle que no le gusta.
- Tal vez no era eso lo que quería decir.
- Eso pensé después. Saqué la impresión de que era una especie de declaración de amor. De amor despechado. Pero yo, como le dije, no tenía ninguna amiga que pudiese considerar nuestra relación en esos términos y lo consideré como una burla de adolescente.
- ¿Nunca sospechó de nadie?
- No. Bueno, sí, pensé en diferentes posibilidades, pero las deseché.
- ¿Nunca volvió a recibir anónimos?
- No. Cartas, no. Sólo unos años más tarde recibí llamadas de una chica que aseguraba conocerme, pero que no quiso identificarse. Hablábamos durante horas por teléfono sin que fuese capaz de reconocer su voz. Aunque era obvio que la conocía, por las cosas que contaba de mí.
- Eso debió resultarle ofensivo.
- ¿A ella? Nunca lo había pensado. Hablaba en susurros. Me decía que estaba casada e insinuaba que era infeliz. El juego duró varios meses. Me llamaba una o dos veces por semana. Acabó por intrigarme e interesarme. Dijo llamarse Vera. Un pseudónimo; yo nunca había conocido a nadie con ese nombre.
- ¿Y un día dejó de llamar?
- Fue algo más… Ante mi insistencia por conocerla, me concedió una cita. Pero no acudió ni volvió a llamar.
- Dijo antes que había considerado diversas posibilidades. ¿Alguien en especial?
- No en aquel momento. Unos veinte años más tarde, encontré a una antigua amiga y la invité a tomar un café para recordar nuestra juventud y se negó. Pero lo hizo además de un modo extraño. Hablar,¿para qué?, dijo. Fue muy embarazoso.
- Y entonces pensó que ella habría podido ser la autora de los anónimos y la llamada.
- Sí, pero sin demasiado convencimiento. De joven me resultaba desconcertante. Teníamos conversaciones muy confidenciales y nos entendíamos bien, pero a menudo me atacaba sin razón ninguna. Me provocaba. Decía que aún no era un hombre. O que no era lo suficientemente hombre, ni lo sería nunca.
- Ud. le gustaba.
- Posiblemente. De algún modo. En todo caso, olvidé rápidamente el asunto. No lo había vuelto a recordar hasta hoy.
- Pues el autor o autora de la carta, también hace comentarios similares, aunque más precisos.
- Sí – suspiró Robert – Dice que no tengo carácter ni personalidad, que por eso no he llegado a ser nada. ¡Qué tontería! Como si a mi edad a uno le preocupasen ese tipo de cosas. ¿Cree ud. realmente que puede ser la misma persona? Sería algo notable. Lo curioso es que no recuerdo su nombre. Sé que se casó muy joven y que marchó a vivir al condado vecino, pero nunca más volví a verla después del día en que rechazó mi invitación. ¡Dios mío! Lo cierto es que era una persona interesante: una mujer con carácter. Tenía una piel morena y tersa. Y muy delgada. Cuando somos jóvenes nos asomamos a tantas vidas de las que nunca llegamos a saber gran cosa. Hay tantas posibilidades que no se cumplen. Y uno nunca sabe por culpa de quien.

III.

Higgins se puso a pasear entre los rosales que tapaban el zócalo de la fachada este de la casa, mientras James fijaba su atención en los faros del Bentley como si los viera por primera vez.
- Gracias, Higgins. No sé de qué han hablado, pero Robert está mucho más tranquilo. ¿Es cierto que no tenemos nada de qué preocuparnos? – dijo la Sra. Meyers saliendo apresurada de la casa.
- De nada en absoluto.
Cuando se despidieron, James ya estaba colocado al volante y arrancó si preguntar nada. Higgins y Robert Meyers habían hablado en su presencia con total libertad y no sabía aún si debía considerarlo como una muestra de confianza o de agravio.
- La carta – dijo Higgins de pronto – no contenía nada especial. Expresaba desprecio y rencor, pero con pasión.
- Como si fuese de amor.
- Exacto. Algo curioso teniendo en cuenta las circunstancias.
- ¿Se refiere a la edad de Meyers?
- Sí, y a la de su probable comunicante.
- Dicen que con la edad la mente retorna a sus primeras impresiones. Las vivencias más lejanas se hacen cada vez más presentes.
- Como si estuviesen aguardando la caída de la vitalidad para poder volver a un primer plano del que fueron en su momento expulsadas.
- ¿Cree que esa mujer está reviviendo su juventud?
- O prolongándola de algún modo. Con los años, todo lo que hemos vivido de jóvenes nos parece un sueño. Enviar esa carta debe ser un modo de negar el paso del tiempo.
- Es patético. Me refiero a ese afán por despertar sentimientos en personas que nunca nos han concedido mucha atención. En querer confrontarnos con quien no nos muestra su cara.
- Mientras hay vida todo parece revocable. Aunque sea una ilusión.
- ¿Ilusión? Ella sólo pretende hacerle daño.
- Devolverle el daño que él le hizo involuntariamente.
- ¿Piensa hablar con ella?
- ¿Con quién?
- Ah, olvidaba que todo esto no son más que especulaciones.
- Y aunque no lo fuesen, ella misma se ha castigado. El anónimo es la denuncia de su dolor.

23 01 2011
Juan Tendi (22:06:52) :

El extraño

La presencia de forasteros no era algo inusual en la pequeña sociedad formada por los habituales del Cechini Nuevo - nombre oficioso que recibía un café algo destartalado cercano a la Estación del Norte, para distinguirlo de otro más célebre y antiguo, sito en la parte vieja de la ciudad y regentado por otra rama de la misma familia. Los parroquianos, fundamentalmente jóvenes y dedicados a la música, en conjuntos rockeros propios de la época, le daban un aire de provisionalidad y agitación. Todo el que se sentía algo raro terminaba pasando por allí.
A partir de las once se formaba otro ambiente, compuesto por los más asiduos: el círculo de los noctámbulos. La jornada de los que nada esperaban del mañana o de los que aún creían poder quemar la vida por los dos cabos. Con la máquina de discos a la entrada y Bob Dylan como fondo, repasábamos los sucesos insólitos del día, complaciéndonos en aquellos que mostraban la resistencia o la imposibilidad para poder vivir eso que llaman una vida normal. Los excesos, las imprudencias, los errores que todavía no lo parecían, el desprecio por lo convencional y el elogio de la chifladura eran nuestros temas favoritos. Teníamos más o menos veinte años y un olfato de perros callejeros para el dislate, el asombro, el alcohol y la risa.
El extraño llegó una noche hacia las once y media, y enseguida notamos que era un aventurero: barba de semanas, mochila sucia, ropa desgastada y un modo de entablar conversación propio de quienes se buscan la vida. Se colocó al fondo de la barra, al lado de las mesas donde cumplíamos nuestra tertulia, y no tardó en sentarse y comenzar a hablar de sí mismo, tal como debe hacer cualquier buscavidas que se precie. Venía de algún sitio e iba para otro cualquiera. Aparentaba unos treinta años, edad que a nuestros ojos avalaba un torrente de experiencias, y eso fue lo que contó: aventuras e infortunios - tan buenos para nosotros como las otras, si no es que más excitantes -, ciudades, gentes, caminos y formas de sobrevivir. Hasta que entró en un terreno más personal y nos sorprendió con la afirmación de que sólo dos años atrás había sido un trabajador corriente, de los que se levantan a las siete, doblan el espinazo ocho horas y dedican el resto del tiempo a cuidar de su familia. Porque tenía una esposa y tres hijos a los que nuestro trotamundos había abandonado. ¿También a los hijos? También. Algo había ocurrido en su mente. Un clic, decía él, que había transformado su modo de pensar y vivir. O tal vez, de sentir. Porque una mañana se levantó y sintió de un modo como nunca había experimentado, que toda su vida era un error, una estupidez. Ni siquiera tuvo que pensar o deliberar. La sensación fue tan avasalladora que se lo tragó todo instantáneamente. Como si alguien hubiese encendido la luz y lo que entonces tenía sentido lo perdiese o hubiese desaparecido con el fulgor del fogonazo.
- La vida está ahí al alcance de la mano. Es lo más simple y, sin embargo, nos parece lo más complicado del mundo. Basta con perder el miedo a decir no. No a esto y a lo otro, no a todo lo que los demás nos piden y que dentro de nuestra cabeza ya les tenemos concedido de antemano. Dejar de sentirse culpable por lo que hacemos o deseamos, y llegar a ser autosuficiente, dueño de uno mismo y de su destino. Para esto, lo mejor es moverse. La quietud engendra compromisos, miedo, necesidades, ansia de posesión… cadenas. Nada de lo que sabemos es nuestro. Nacemos esclavos y crecemos sin darnos cuenta de lo que somos, porque no recordamos haber sido otra cosa. Nos dicen lo que son las cosas y lo que nosotros somos cuando ni siquiera sabemos que somos. Por eso a la mayoría de la gente la libertad no les dice nada. No la entienden, no saben qué es. No tienen voluntad propia. Por su boca habla la sociedad. Escuchas a una chica de veinte años y sus certezas son las de su madre, sus tías y sus abuelas. Escuchas a un chico y no oyes más que los ecos de todas las voces que ha oído. Sus conversaciones sólo consisten en certificaciones mutuas de lo que ya piensan. Hace frío; sí, está frío. Eso está mal; sí, lo está. Qué se le va a hacer; qué se le va a hacer. Necesitan que les repitan que todo es como les contaron y que no deben preocuparse por otra cosa. ¿Por qué esa necesidad? Porque oscuramente intuyen que no es cierto, que no son felices, que están viviendo la vida de otros, que no saben quiénes son ni lo que quieren de verdad, por más que eso se revele en su malhumor, su aburrimiento, su obsesiva necesidad de distraerse, de perderse en las cosas. Les ponen delante zanahorias lo suficientemente lejanas como para que no se detengan a pensar que no son más que alimento para animales. Pero si algún día, de repente, te haces consciente de todo esto, el mundo estalla como una pompa. O eso a lo que llaman mundo. Hay quien dice que es una iluminación. No sé, no me gustan esas terminologías que acaban por llevarte de la mano y comprometerte con cosas de las que nadie sabe nada. Es algo incomunicable; lo sientes o no lo sientes. Quienes lo experimentan lo saben. Los demás te escuchan como si les hablases de países exóticos o te hubieses vuelto algo loco. ¿No eso lo que pensáis vosotros?
Nosotros estábamos demasiado fascinados escuchándole como para pensar si lo estaba o no. Desde luego, no lo parecía, en el sentido normal de la palabra. Además, sentíamos que era alguien que estaba en contacto con eso que nosotros llamábamos vida. Vivía la vida. Al finalizar su matraca, preguntó si sabíamos de alguien que tuviese un lugar donde dormir. Enseguida Ángel le dijo que conocía a un tipo que podría alojarle gratuitamente, aunque sin mayores comodidades. La palabra encendió en él una sonrisa que encontró eco en las nuestras.
- Lo incómodo no es dormir en el suelo, sino dormir con quien no quieres y a la hora en que no te apetece. Incómodo es acostarse sabiendo de antemano lo que harás cuando te despiertes y lo que vas a sentir haciéndolo.
Nadie objetó nada porque en realidad todos éramos neófitos de esa religión. Sólo había una cosa que nos costaba digerir y que sólo Juan se atrevió a manifestar.
-¿Y tus hijos? ¿Se puede abandonar a unos niños?
- ¿Por qué no? – respondió displicente – Se puede abandonar cualquier cosa.
Que considerase cosa a unos niños nos dejó algo sorprendidos. Sin embargo, nadie dijo nada hasta que el extraño se marchó.
Las posiciones se dividieron. Luis y Miguel estaban de acuerdo en que la libertad no podía tener límites. Los demás lo encontraban algo difícil aceptar, aunque no sabían muy bien qué argumentos oponer. Tal vez porque más que razones tenían emociones y éramos demasiado jóvenes como para reconocer que sentimientos como la piedad y la compasión aún tenían fuerza sobre nosotros. Por supuesto, de cosas como la paternidad no teníamos ni idea. En primer lugar, porque la relación con nuestros padres era en general conflictiva; después, porque nadie se planteaba qué demonios era un hijo ni para qué servía, aparte de complicarte la vida más de lo que ya la teníamos.
En cuanto a mí, tenía algunas cosas claras y algunos conceptos oscuros. Abandonar a un niño es algo que no podía aceptar desde ningún punto de vista. No entendía cómo se podía hacer algo así y seguir estando orgulloso de sí mismo. Lo veía como propio de un hombre débil, derrotado. Por otro lado, la palabra libertad tenía para mí resonancias inaugurales. Ninguna vida merecía ese nombre si no era libre. Claro que, aunque entonces no lo supiese, tendía a considerar la libertad al modo estoico, más como un libre albedrío interior que como la desaparición de trabas exteriores. La libertad que hasta entonces había ansiado era la libertad de poder pensar, y esto estaba más ligado a la disponibilidad del tiempo que a la ausencia de obstáculos, aunque fuese consciente de que ambas guardaban cierta relación. Mis vagabundeos y la huída de mis obligaciones me habían hecho creer que la libertad no era un fin en si misma, sino un medio. La condición necesaria, pero no suficiente. Lo que buscaba sólo era posible si estaba disponible, si era lo bastante libre para encontrarme en el lugar y el momento en que algo diferente podía surgir. Debía ser una libertad para algo, por más que a esas alturas supiese que a partir de la elección, la libertad se destruye. La disponibilidad sólo tiene sentido si uno termina poniéndose a hacer algo, y al hacerlo – tal vez no al principio, pero sí más tarde – la lógica de la acción acaba con la libertad. Pero me reservaba el derecho a marcharme tanto como a comprometerme. Si debía ser libre para hacer, tendría que ser libre para dejar de hacer. El problema es que las tareas tienen consecuencias. Nos afectan a nosotros tanto como a los demás, porque apenas si hay cosas que hacer que no haya que hacer junto con los otros.
Estas perplejidades me iban acompañando por la calle Uría cuando a la altura del cine Aramo tropecé con Antonio, aparentemente un oficinista, antiguo estudiante de letras, y oficiosamente, para mí, un sabio esquivo y ambiguo como yo entendía que eran los sabios. De dónde podía haber sacado tal saber a sus veintiocho años era algo que ignoraba.
No tardé en contarle lo que me ocupaba. Así solía ocurrir siempre con él. Toda nuestra relación se parecía a una interminable conversación, interrumpida por el tiempo y los quehaceres, pero que retomabámos fuera cual fuese el lugar donde nos encontrásemos.
- Lo planteáis como una cuestión de libertad, de si la libertad que tiene límites es o no auténtica libertad. Tal vez deberíais atender más a lo que él hizo – apuntó Antonio una vez que le informé del caso.
- Ser libre. Él quiere ser libre.
- Y como libertad es una palabra con buena prensa os fijasteis más en ella que en las otras.
- ¿Qué otras?
- Quiero.
- Lo que quiere es ser libre.
- Si atiendes más al quiero, la cuestión pasa a ser un problema de voluntad. De lo que podemos querer o no. De si nos está permitido querer cualquier cosa o no.
- No veo la diferencia.
- Analicemos qué es el querer.
- Lo que se quiere se quiere, no hay vuelta de hoja. Es un dato inmediato. Uno quiere lo que quiere y si no lo consigue se frustra.
- No corras. ¿Cuándo uno dice quiero, quién lo dice? ¿Su voluntad consciente o su naturaleza?
- No entiendo.
- Lo que queremos, ¿lo queremos porque lo decidimos o se nos impone?
- Diría que se nos impone. Uno no decide qué cosas van a gustarle o no, qué cosas va a querer o no. Excepto…
- O sea que lo queremos no lo decidimos nosotros, entendiendo por nosotros la parte libre y voluntaria de nuestra mente.
- … excepto, te decía, cuando lo que perseguimos es un medio.
- ¿Cómo es eso?
- Utilizando la distinción entre fines y medios, pienso que los fines no se escogen, esos se nos imponen, pero los medios, en cambio, los escogemos nosotros para conseguir esos fines.
- ¿Y cómo afecta esto a nuestro asunto?
- No lo sé.
- Presta atención al hecho de que cuando uno dice que quiere algo, el origen de ese querer no siempre está en la parte consciente y libre de nuestra mente, sino en ciertas inclinaciones que la naturaleza nos impone.
- Lo malo es que no sé si lo que ese hombre busca en la libertad es un medio o un fin.
- Parece más un medio, ¿no crees?
- No lo tengo tan claro. Parece que disfruta del propio hecho de ser libre, de no tener ataduras. Eso se parece a un fin. Aunque reconozco que eso supone que lo que busca es ese disfrute felicidad a través de la libertad.
- Deberías optar por una interpretación o por otra.
- En ese caso, diría que para él la libertad es un medio. Y en ese sentido, es una opción voluntaria y libre que él ha tomado.
- Pues ya ves, has llegado a la conclusión de que tu extraño es un hombre que ha escogido voluntariamente abandonar a sus hijos para poder disfrutar de la vida. ¿Qué hay en ello que te perturbe?
- Todo. Mis inclinaciones naturales y mi razón. Mi naturaleza se revuelve contra el hecho de dejar a unos niños desamparados en tantos sentidos. Y mi razón también me indica que eso repercutirá sobre la sociedad. Un niño abandonado siempre tendrá problemas de encaje, más o menos graves, y no parece racional provocar tales problemas desde ningún punto de vista.
- ¿Crees que a él le preocupa eso?
- Parece que no.
- Esa es la diferencia. Él es un hombre que se antepone a sí mismo a los demás.
- Eso, en principio, suena mal, pero ¿por qué no habría de hacerlo?
- Lo que planteas ahora es por qué uno no debe hacer cosas que están mal.
- A eso hemos llegado.
- Respóndete tú mismo.
- Quien se antepone a sí mismo a los demás, acaba teniendo conflictos con ellos.
- No sólo conflictos. También está la cuestión de la identidad. ¿Quién es un hombre que se toma a sí mismo como guía y sólo a sí mismo?
- Un loco.
- Exacto. Porque la razón es lo que tenemos en común. ¿Cómo sabemos que algo es razonable? Porque los demás lo confirman.
- Eso será desde el punto de vista de la razón, pero en cuanto a las emociones ¿también estará loco?
- Dependerá de en qué medida los demás las compartan.
- Esto me confunde: parece que entonces nadie puede ser enteramente libre, único y original.
- Puede, pero dejaría de ser hombre. Sería un ángel o bestia.
- Así pues, yo soy hombre porque hay otros hombres que me reconocen como tal y en los que me reconozco. Esto me lleva a la conclusión de que los límites de mi libertad son los mismos que los de mi humanidad. Puedo hacer aquello que le está permitido hacer a un hombre, ni más ni menos.
- Sin olvidar que lo que es un hombre no lo decide uno solo sino en compañía de otros.
- Como ciertos delitos.
- Tiene gracia, porque en ocasiones los hombres han decidido que es humano hacer cosas que tiempo después, a otros hombres, nos parece casi un delito.
- Como la esclavitud.
- ¿Ya sabes cómo enjuiciar a tu extraño?
- Como poco humano.
- Pues ya lo tienes. Aunque esto te lo podía haber dicho tu madre sin tantas cábalas. ¿Has cenado?
- No; me iba a casa cuando te encontré.
- Yo voy a hacer lo mismo. Por cierto, antes dijiste que los fines se nos imponen. ¿No será la suprema libertad para un hombre poder fijarse sus propios fines?
Así me dejó, con esa frase sibilina, delante del semáforo del Campoamor.
- ¿Cómo es eso posible? – le grité. Pero no me respondió. Esa pregunta, al parecer tendría que responderla yo solo.
Continué por la acera de la Caja de Ahorros, cargado con las palabras que había oído y con las que me habían quedado por decir. Me senté en un banco de piedra y proseguí conmigo mismo el diálogo que Antonio había interrumpido.
- O sea, que según tú, la cuestión no es qué debemos hacer sino que queremos ser.
- Es que en lo que queremos ser va incluido lo que debemos hacer para lograr ser eso.
- Pero ¿uno no debería querer ser como se debe ser?
- Viene a ser parecido. Pero si partes de lo segundo, puedes caer en la tentación de creer que debes ser como la sociedad quiere que seas. Porque lo que la sociedad quiere que seas ya lo tienes dado de antemano, está ahí, no necesitas buscar ni pensar, y todos aprobarán tu conducta.
- ¿Y qué tiene eso de malo?
- Nada. De hecho, es más difícil equivocarse haciendo caso a los demás. Pero si lo que quieres es ser libre, más te vale partir de qué es lo que quieres ser, si no quieres que te ocurra como a ese extraño del que hablas, a quien un día la cabeza le hizo clic y se le derrumbó el mundo.
- Lo normal será que al final todo coincida ¿no? Que uno quiera ser lo que los demás quieren que sea. Es decir, que el deber que uno descubre coincida con el deber que los demás nos imponen.
- Si eres conservador, puedes confiar en que ocurra eso. ¿Por qué arrugas el ceño? ¿No te gusta el término conservador?
- Nunca había considerado el conservadurismo desde ese punto de vista, como una especie de deber cristalizado. Pero, en conclusión, todo se limita, si quieres ser libre, a aceptar la libertad limitada que la sociedad te ofrece o te impone, o a buscar tú mismo la libertad que necesitas. En este caso, el problema está en que de un modo u otro tu libertad ha de tener límites, marcados por la idea de lo que quieres ser o por la idea de humanidad. Ambas opciones presentan dificultades: lo que quieres ser es un ideal que de un modo u otro viene marcad por la sociedad, con lo cual volveríamos al caso anterior; en cuanto a la idea de humanidad, es obvio que no la puedes definir tú solo sin contar con los demás. Salvo, claro está, que no tengas ningún criterio ni idea, con lo cual te vuelves literalmente un animal o un loco, lo cual destruye la conciencia de libertad.
Llegado a este punto, pensé que, después de todo, la libertad no existe, y recordé la última frase de Antonio: elegir los fines, elegir qué quiere ser uno en la vida. Conocía a mucha gente a la que se podría calificar de libre, en el sentido de que habían elegido no trabajar o no cumplir con sus obligaciones, es decir, lo que la sociedad, familiar o general, exigía de ellos. Ahora bien, mi experiencia me decía que los que hacen eso no pueden dejar a los demás de lado: o vives con los demás o vives de los demás. Como nuestro extraño, que había solicitado un lugar donde dormir gratis. ¿Acaso entonces la única libertad posible era la de pensar, la que yo estaba ejercitando en ese momento? Pero un pensamiento, para ser tal, debe conducir a la acción. Y el problema de la acción me remitía otra vez a la voluntad y al deseo, y a cuales son las causas ocultas que los dirigen. En todo caso, estaba claro que la libertad se ejerce haciendo elecciones. Como yo, que había elegido estar allí sentado, pensando en todo esto. ¿O acaso también mi elección era una ilusión?
De repente caí en la cuenta de lo que mi amigo había querido decirme. Un acto sólo es erróneo en función de lo que persigas, de lo que quieras ser. Por tanto, ningún acto es erróneo en sí mismo, sino en función del fin o del ideal que tengas de ti mismo. Yo consideraba un error abandonar a unos niños porque me parecía que la idea que tenía de lo que debe ser un hombre no incluía actos como ese. ¿Estaba siendo víctima de los sentimientos que la sociedad me había inculcado¿ ¿En qué medida era libre para decidir? Por otro lado, yo no tenía ni idea de lo que era ser un hombre, ser humano. ¿Quería eso decir que de algún modo, al rechazar la conducta del extraño, estaba ya conformando mi idea de hombre? Pero mi rechazo se basaba en sentimientos personales y en las consecuencias sociales.

El pingüino de Los Italianos me miraba fijamente desde su refugio. Un simpático animal, tan familiar en su inerte figuración como cualquier humano. O eso, pensé, o sentirte a ti mismo con tal fuerza que te conviertas en un desconocido, para los otros y para ti mismo. La salida al dilema me iba a llevar tiempo, de modo que me levanté despacio y me fui a casa, a reponer fuerzas.

7 02 2011
Juan Tendi (10:55:10) :

Un hombre solo

I.

Estuve a punto de preguntarle acerca de lo que pasaría si todos los hombres hiciesen como él, pero imaginé su respuesta. Estábamos en el porche de la casa. Él, sobre una desvencijada mecedora; yo, de pie con una mano apoyada en la baranda. No me invitó a sentarme. Tampoco había sillas al alcance de la vista. Sólo aquella mecedora descolorida hasta parecer blanca por las inclemencias del tiempo, al igual que resto de tablones que formaban la casa, que ya debía ser igual de añeja cincuenta años atrás, los mismos que el hombre que tenía ante mí debía contar, por más que sus arrugas y su falta de expresividad le hiciese parecer diez o quince más viejo.
- La justicia…
- Si existiese, ud. no estaría aquí.
- Pienso justo lo contrario.
- Porque ha aceptado la opinión que todos tienen sobre ella.
- Es la mayoría quien decide lo que es justo o no. No hay otro modo.
- ¿Sin importar las consecuencias?
- Justamente por las consecuencias. La venganza es algo que ya se ha probado suficientemente desde hace miles de años.
- Yo no he vivido tanto. Sólo lo suficiente para saber que la justicia no sirve. Cada nueva víctima es un argumento más contra ella. En realidad, como yo lo veo, se vuelve cómplice del criminal.
- Extraño cómplice, que te castiga.
- También te escucha y, por tanto, te justifica. Ellos lo saben bien: cuando salen de la cárcel dicen que ya han pagado. Suponen que la sociedad les ha vendido la humillación, el dolor o la muerte de esa persona, y los de quienes la amaban. Es lo que se consigue poniendo un precio de años de reclusión.
- ¿Eso piensa que estoy haciendo yo con mi presencia? ¿Qué vengo a cobrarle la factura de un crimen?
Isaías Munro sonrió por primera vez en aquella tarde. Una mueca seca e instantánea que se borró de golpe. Sólo hacía una unas horas que había visto su fotografía y leído su nombre, y sin embargo ya me parecía conocerlo desde mucho tiempo atrás. Me recibió con una parábola de granjero.
- ¿Ve ese campo? Hace diez años planté patatas y cuando más altas estaban las plantas vino una invasión de escarabajos. Los fui quitando uno a uno, con las manos. Al final no se salvó ni una sola planta. Toda la cosecha se perdió. ¿Cree que hice mal? ¿Debía haberme quedado sentado?
Odio las alegorías. Ya sé que este mundo se basa en encontrar parecidos entre las cosas y las situaciones, y que gracias a esto sobrevivimos, pero ¿qué parecido tenía el joven Morgan con un escarabajo?
No se lo pregunté porque Munro aún no había reconocido nada. Me recordó las enigmáticas conversaciones de los campesinos de mi infancia, y mis infructuosos intentos por seguir el hilo de sus pensamientos. Contaban tanto los silencios como las palabras. Pero aquellos eran densos y exageradamente alargados, y yo los percibía como una especie de pugna física que desmentía o limitaba el valor de las escasas voces.
Isaias Munro no parecía tener necesidad de hablar. Lo hacía como si estuviese solo y mi presencia no fuese tan importante como para interrumpir una vieja costumbre.

II.

Unos días antes, el capitán me había convocado en su despacho a primera hora.
- Se trata del chico degollado en el Hotel Intercity.
- ¿No lo lleva Carson?
- Sí, ayer se hizo cargo.
- Yo estoy con el asunto de la chica del muelle.
- Lo sé. Carson no lo lleva mal. Es otra cosa.
Me senté sin aguardar invitación. No es que el capitán sea un tipo muy hablador, pero era una forma de mostrar mi buena disposición a escucharle.
- Llevaba dos semanas en la ciudad. No trabajaba ni tenía amigos. Sólo unos cuantos conocidos en el hotel y en el bar de enfrente. Era un tipo alto y fuerte, y la cuchillada, por el ángulo, fue hecha de frente por alguien más bajo. No tenía más heridas. Ni rasguños ni uñas rotas ni erosiones.
- No se defendió. O tal vez le sorprendieron.
- Estaba en su habitación. De pie, en el centro. Abrió la puerta a su asesino y retrocedió unos pasos, como si le esperase.
- Probablemente le conocía.
- Y había algo pendiente entre ellos. Y si llevaba sólo unos días en la ciudad, no es probable que fuese alguien de aquí.
- ¿Se sabe…?
- De Monroeville, en el condado de Mountain Peaks.
- ¿Por qué no va Carson?
- La última vez que le mandé fuera de la ciudad, tardó una semana en volver y gastó más de quinientos dólares.
- Entendido: tres días y doscientos dólares.
- Pongamos dos y ciento cincuenta.
A veces me pregunto en qué establos dormirá el capitán cuando sale de vacaciones. Me lo pregunto a mí mismo, claro; él carece del sentido del humor. Y del dinero y el tiempo que se emplea en intentar sonsacar a la gente. Pero es un buen capitán. Evita que te metas en líos poniéndote él mismo en aprietos. El primer día lo dijo muy claro.
- Daré la cara por vosotros, pero no pondré mi culo para llevar vuestras patadas.
O sea, el límite estaba en la legalidad y en las buenas intenciones. Sólo nos permitía estirar algo las normas. Nos pareció justo. El anterior capitán, un cabrón cuyo nombre prefiero no dar – entre otras cosas porque fue ascendido, como es lógico, a comandante – estaba más atento a pillarnos a nosotros que los delincuentes. El primer incauto que le tuteó estuvo un mes ordenando archivos; segundo, no hubo. Al menos en voz alta. Aunque algo bueno tenía. Nos hizo conscientes de que las normas no son ocurrencias gratuitas, sino que están hechas por gente que, cuando menos, tenía experiencia sobre el asunto. Sólo se puede confiar en el procedimiento, no en las personas, repetía.
Al salir me tropecé con Carson.
- ¿Es cierto que vas tú a Monroeville.
- En absoluto. ¿De dónde has sacado tal cosa?

III.

Monroeville es uno es esos pueblos que tan hermosos parecen cuando se les fotografía en un día de sol y primavera. Pero ahora estábamos en invierno y llovía cuando entré por la calle principal. Antes había atravesado carreteras hundidas entre gargantas y entrevisto bosques oscuros en la niebla que cubría las verticales laderas. Los numerosos camiones que habían ralentizado mi marcha y salpicado mis cristales iban cargados con gruesos troncos sujetos con cadenas. Las doscientas millas que me habían alejado de la ciudad no eran nada comparado con la sensación de estar retrocediendo en el tiempo. Un tiempo de tractores y hombres con camisas de cuadros, llanuras sin fin y casas solitarias. Yo había vivido aquella vida en otro lugar y otro tiempo.
El reloj indicaba las doce del mediodía, pero el débil resplandor que apenas blanqueaba un cielo plomizo podría haber correspondido con el atardecer. No obstante, en la calle reinaba cierta animación. Al menos, supongo, para lo que suele ser usual en un pueblo del tamaño de Monroeville.
No necesité preguntar. El letrero de la oficina del Sheriff, sin ser llamativo, destacaba suficientemente entre los discretos anuncios de la barbería y el almacén de efectos deportivos. Aparqué justo al lado de una vieja ranchera cuyas insignias mostraban claramente quién era su dueño.
Y allí estaba también él. El Sheriff Thompson, según mis notas. Un hombre maduro, cercano a la jubilación, con una piel curtida que disimulaba o resaltaba, según en lo que uno se fijase, una cara picada por cráteres de viruela. Estaba sentado al volante, con el aspecto de llevar allí bastante tiempo y el propósito de continuar haciéndolo. No se alteró cuando abrí mi puerta rozando casi con la suya, pero sus ojos ocultos tras el pliegue de unas cejas desplomadas me analizaron en cuestión de segundos.
En cuanto pronuncié su nombre, salió del vehículo y se dirigió al interior de la oficina tras hacerme una leve señal de asentimiento. Entró sin saludar a una cuarentona feúcha de ojos alucinados, atravesó el local dividido por dos mostradores bajos y se colocó de pie delante de una mesa extendiendo su mano en mi dirección.
Bien, aquel era su feudo y él era la autoridad. Por lo visto, eso era lo primero que quería decirme sin gastar más tiempo ni saliva.
- El caso Morgan.
- Su jefe me llamó. ¿Qué quiere saber?
- Supuse que era ud. quien querría saber. Era un vecino de aquí.
Thompson lo encajó sin pestañear.
- Se fue a la ciudad y allí lo mataron.
Después se echó hacia atrás y encendió un cigarrillo. Le había hecho fijarse en mí. Pero no parecía nervioso ni molesto. Tan sólo algo curioso.
- ¿Cómo dijo que se llamaba?
No lo había dicho y seguí sin hacerlo. Seguro que el capitán sí. Así que dejé de un lado las complacencias. Para mí y para él.
- ¿Cuándo se fue del pueblo?
- Hace dos o tres semanas.
- ¿Por qué?
- No lo dijo.
- ¿Tenía familia?
- Padre y tres hermanos casados. Viven todos juntos a dos millas del pueblo, hacia el norte.
Me incliné hacia delante.
- ¿Tendré que preguntárselo todo, Sheriff?
No hizo falta. Thompson se apoyó sobre los codos y contó lo que me interesaba. El joven Morgan era un buen muchacho, de buen carácter y simple personalidad. Sin ningún lío con la ley ni con nadie. Excluyendo unas cuantas peleas con quienes confundían su buena naturaleza con poquedad de ánimo. Trabajaba en la granja familiar. Gente humilde, trabajadora y honesta. Ese había sido todo el horizonte de la vida de Morgan.
- Hasta hace dos semanas – interrumpí.
- Dos semanas.
- ¿Por qué?
Thompson respiró profundamente y se tomó su tiempo, como si calibrase qué es lo que yo podía entender.
- Nadie lo sabe. Desde hacía varios meses, su carácter había cambiado. Estaba huraño, enfadado consigo mismo y con los demás. Eso es todo.
El templado Sheriff Thompson comenzaba a impacientarme.
- ¿Qué pasó en este pueblo hace varios meses, Sheriff?
Esta vez se removió y carraspeó dos veces antes de responder.
- Murió una chica.
- ¿Murió?
Thompson abrió el cajón lateral y sacó una carpeta que abandonó sobre la mesa. No la abrió ni la puso a mi alcance. Sobre la cubierta un nombre con grueso rotulador rojo: Laura Munro.
Me dejaba a mí la responsabilidad de abrirlo. Lo que pude leer y ver me indicó que al menos alguien había hecho un buen trabajo de campo. Numerosas fotografías y hasta croquis de la ribera de un río. Laura Munro, una chica de diecisiete años, había fallecido por causa de un golpe en la nunca contra una piedra grande que sobresalía del agua. Un pequeño derrumbe en la ladera de cinco metros, indicaba que se había precipitado desde lo alto.
- ¿Huellas?
- Es un lugar muy frecuentado por los chicos.
- ¿Y éstas erosiones?
- Pudieron ser causadas por la caída.
Eso era todo. No había señales de ningún golpe más. Tampoco indicios de forcejeo. En una de las esquinas, alguien había escrito con letra pequeña muerte accidental. También había numerosas diligencias sobre interrogatorios a diversos jóvenes.
- No tenía ningún amigo especial – dijo el Sheriff mientras seguía mis movimientos con los papeles.
- Todos tendrían coartada.
- La gente que vive en las afueras se pasa la mayor parte del tiempo sola. La zona no tiene muchos habitantes.
- Y ud. ha cerrado el caso. Pero guarda el expediente al alcance de la mano.
Thompson se tomó su tiempo.
- No muere mucha gente joven por aquí. Conocía a Laura Munro.
- ¿Y a Ben Morgan?
- También. Era un chico trabajador y centrado en las labores de la granja.
- Al que algo le ocurrió tras la muerte de Laura Munro.
- Tal vez estaba enamorado de ella.
- Precisamente.
- Precisamente, ¿qué? – preguntó el Sheriff Thompson a la vez que recogía la carpeta y la volvía a guardar al alcance de la mano.

IV

Yo no había ido allí para discutir ningún dictamen sobre la muerte de Laura Munro, pero de algún modo estaba relacionada con la de Ben Morgan, aunque sólo fuese en el tiempo y el lugar. El sheriff no parecía un tipo que se dejase presionar ni dirigir. Sólo podía volver a su oficina con pruebas o con preguntas sobre la salida más rápida del condado. Ni siquiera pensaba pedirle la dirección de la familia Morgan.
Me alargó un papel.
- Estas son las direcciones de John Morgan y de Isaías Munro. El hotel ya lo habrá visto al pasar.
Me fui preguntándome por qué demonios me caía bien aquel hombre. Algo en él me recordaba a Sturges, mi teniente en la comisaría Quince, y sus consejos.
- No intentes arreglar el mundo, pero si ves un clavo en el suelo, recógelo. Alguien podría hacerse daño.
Y eso había estado haciendo Sturges toda su vida, hasta que le jubilaron sin ascenderle a capitán. Los que arreglan el mundo lo dejan todo lleno de clavos y no entienden muy bien a quienes se los recogen, tal vez porque suponen que no saben hacer otra cosa.
John Morgan se negó a hablar conmigo. Ni siquiera le vi; no quiso salir de casa. Carol, su nuera, una chica pelirroja y gruesa, prematuramente envejecida, me lo contó a media voz y a cinco metros de la puerta, mientras me ofrecía un vaso de limonada.
- Desde que supo lo de Ben no habla ni come. Le quería mucho. Ha quedado como muerto. Muerto en vida.
- ¿Qué le ocurrió a Ben?
Carol Morgan miró hacia delante fijando su vista alternativamente en un punto lejano y en mí con un nervioso parpadeo.
- ¿Fue después de lo de esa chica, Laura?
La mirada de Carol cayó a tierra y ya no se levantó. Nada más tenía que decirme después de eso.
Sólo me restaba hablar con Isaías Munro. Con un poco de suerte, el departamento se iba a ahorrar cien dólares y yo podría volver a tiempo de ver amanecer en mi cama.
El señor Munro no parecía haber tenido mucha suerte en la vida, ni ser de los hombres que confíen en ella. Tenía un cuerpo y un rostro de boxeador en retirada. Uno de esos tipos a los que uno no imagina pidiendo un favor a nadie ni haciendo tonterías.
Estaba sentado en su mecedora como si llevase años esperándome. A mí o a alguien que habría de hacerle unas preguntas similares. Como esas personas que utilizan su inteligencia tanto para comprenderse a sí mismo como a los demás, y se toman las dos cosas muy en serio, no había nada en sus gestos y palabras que sobrase o faltase. Supe desde el primer momento que no iba a mentir, pero tampoco a aceptar la verdad. No al menos la verdad con la que yo me presentaba ante él.
- Vengo de la ciudad. Por la muerte de Ben Morgan.
El silencio con que acogió mis palabras habría parecido una confesión en cualquier otro; en Isaías Munro sólo significaba que yo debía justificar mi presencia en su casa. O mejor, en su mundo. Un mundo austero y completo. Todos los objetos que se hallaban a la vista denotaban en su aparente dispersión – incluyendo al perro que se limitó a levantar la cabeza cuando me oyó llegar, como si supiese que en presencia del hombre nadie podía ni debía hacer nada para lo que él no diese su previa aquiescencia – un orden secreto y a la vez expuesto, sin falsas complacencias ni temores. Me sentí como la vez que me recibió el gobernador, cuando más allá de la fuerza del hombre percibí la irradiación de su poder en los agitados movimientos de quienes le rodeaban. La autoridad de Munro era superior, pues no necesitaba reflejarse falsamente en otros, cuya falta de sustancia sólo indicaba de dónde esperaban recibirla.
- Está ud. muy lejos de la ciudad – me advirtió.
- Es mi oficio. Ir lejos y meterme en cosas de otros.
Munro no aparentó apreciar mi concesión. Tampoco cometió el error de creer que por ello me llevaba ventaja.
Le conté cómo había muerto Ben Morgan. Mientras lo hacía, ya tenía la convicción de que Munro le había matado. Pero no me pareció que mis palabras resultasen superfluas, ni para mí ni para él.
- Y ha venido ud. a verme – dijo ahorrándome esfuerzo.
- ¿Cree ud. que a su hija la mataron?
- Algo la mató.
- El sheriff opina…
- Sé lo que Thompson opina.
- Pero ud. no piensa igual.
- Da igual lo que crea.
- No para el joven Ben.
Isaías Munro no pudo evitar mirarme. Por un instante, me alegré de llevar un arma. No es que pensase que fuese a atacarme, pero me hacía sentir más seguro.
- ¿Piensa que alguien cometió un error?
Munro no escabullía el bulto. Tampoco es que diese la cara, pero vistas las circunstancias era el hombre más sincero con que me había topado.
- Matar siempre es un error.
- Cada cual carga con sus errores.
- No es tan fácil. También los demás opinamos.
- Hágalo – desafió de improviso.
Lo hice. Le hablé de la justicia. Él se refirió entonces a la impotencia de la justicia.
- Es la impotencia humana – repliqué.
- Eso es una excusa. Un hombre siempre puede hacer algo.
- ¿Vengarse?
Por fin se lo había dicho. Estábamos frente a frente y había levantado todas mis cartas.
Arrugó la frente como si no entendiese bien. Creí que reculaba. Pero no lo hizo; sólo estaba buscando en sus más íntimas convicciones.
- Yo lo llamo deber y responsabilidad. El único deber de un hombre es cuidar de los suyos.
- Todos somos de alguien.
- Bien cierto. ¿Y en qué cambia eso la cuestión?
- La justicia es la única forma que tenemos de armonizar las diferencias.
- La única armonía es evitar que ocurran las cosas. Lo demás son componendas.
- ¿Qué es lo que ha evitado ud., Munro?
Munro fijó la vista en los campos que se extendían frente a su casa, como si buscase ayuda y comprensión en ellos.
- Un animal atrapado en una trampa puede morder su propio pie para escapar, aunque sea tullido.
- Es un animal.
- Lo mismo que un hombre herido.
- Lo ha hecho por ud. mismo – acusé bruscamente.
- Lo que se hace por uno mismo puede incluir también a los demás.
- Pero no a todos.
- ¿Quién puede hacer eso? ¿Ud.?
La pregunta de Munro me hizo pensar instantáneamente en Sturges. ¿Quería yo arreglar el mundo mientras Munro se limitaba más honestamente de retirar clavos? No. La muerte de Morgan era un clavo para mí. Además, nadie puede evitar que sus acciones se interpreten como un intento de arreglar las cosas. Tampoco Munro. Tal vez él ponía sus límites un poco más cerca, pero tampoco él prescindía de los demás.
De repente me sentí muy cansado.
- Represento a la justicia, Sr. Munro.
- Ud. lo ha escogido.
- Sí, lo he escogido.
Munro se levantó, tomó un caldero y se dirigió hacia los establos. Se iba a sus tareas y me indicaba que yo me fuese a las mías.
Me marché pensando en mis próximos pasos. ¿Volver sobre mis huellas y decirle a Thompson que hiciese bien su trabajo? ¿Regresar a la ciudad y hacer el mío?
Detuve el coche sobre un puente de madera. Al otro lado estaba el cruce con las dos direcciones. Estuve un buen rato mirando la rápida corriente que se acercaba por un lado, verde y brillante, y se iba por el otro gris y oscura. Puentes o pensamientos desde los que ver con impotencia pasar la vida.
- Tú ganas, Munro – murmuré mientras aceleraba con un sabor a ceniza en la boca.
Seguía sin saber si iba a recoger un clavo o a arreglar el mundo.

13 03 2011
Juan Tendi (18:48:38) :

El día de Henry

-¡Con todo respeto, señor, no lo haré!
-…
-¡Me parece una imposición intolerable!
James se inclinó hacia la puerta tratando de oír mejor, pero sólo pudo escuchar la indignada voz del sargento Higgins. Hasta donde recordaba, era la primera vez que le veía tan irritado.
La puerta del despacho del superintendente se abrió tan de repente que el golpe de aire estuvo a punto de desequilibrar a James. Higgins le miró sin verle y salió al exterior. James devolvió a Helen, la telefonista, la misma expresión de desconcierto de ésta y se fue tras su sargento.
No tuvo que ir muy lejos. Higgins se detuvo en la esquina y comenzó a roer la cánula de la pipa como un colegial el palo de regaliz. James se mantuvo a respetable distancia aguardando una señal de aquiescencia para preguntar. No hizo falta; excepcionalmente, el sargentoHiggins parecía dispuesto a contar algo de motu propio.
- Pretende que me ponga uniforme porque eso causará muy buena impresión en los invitados de Lady Ascombe. Ese ridículo uniforme con casco incluido.
James adoptó la expresión más neutra de su neutral repertorio, evitando mirar a su superior.
- Entiéndame, James. Usted es alto y tiene una figura atlética. La primera fotografía que me hice con uniforme para enviar a mi madre, pasó de mano en mano por toda la familia. Según mi primo, todavía se hacen risas en las reuniones familiares cuando alguien saca el tema a relucir.
James no quiso aprovechar el desliz del sargento; la insólita confesión le pareció suficiente expiación.
-¿Le acompañaré en el servicio?
Higgins supo apreciar el elegante giro del agente y se mostró repentinamente afable.
-Por supuesto, como de costumbre.
Afable, pero, como de costumbre, reservado. Porque eso fue todo lo que dijo.
Una hora más tarde, dos hombres uniformados salían del pueblo, con cierta discreción, en un viejo Bentley. Higgins parecía un difunto amortajado dentro de un uniforme descolorido que le oprimía por todas las costuras.
-¿Ha olvidado el casco, señor?
Esa fue la única satisfacción que James se permitió en todo el día. Su precio fue un viaje silencioso hasta la mansión de Lady Ascombe.

Lady Margaret Sault-Ascombe de Villiers era una enérgica dama, medio inglesa y medio americana, con raíces familiares en cinco países de la vieja Europa. Una gran casa no siempre revela la posición actual de sus moradores, pero sí un gran número de invitados deambulando por todos lados.
- Disculpe que haya tardado en atenderle. En dos palabras le pongo al corriente – dijo la señora dirigiéndose al elegante James, sin mirar al sofocado hombrecillo cuyo uniforme parecía a punto de reventar de un momento a otro.
James no supo dónde poner la vista. Le parecía una descortesía no mantener la mirada de Lady Margaret y temía ponerla en su superior.
-Soy el agente James. Él es el sargento Higgins.
-Ah.
La señora quedó momentáneamente confusa, como si allí hubiese algo que no acababa de entender, y optó por una solución de compromiso.
- Bien – dijo mirando al hueco que separaba a Higgins de James -. En realidad se trata de una tontería.
Los dos agentes se mostraron mentalmente de acuerdo con el término en cuanto oyeron lo que tenía que decirles. Aunque a la salida, el sargento Higgins lo elevó de categoría.
-Gloriosa estupidez.
James miraba al sargento como a un enfermo de salud delicada.
-¿Vamos a quedarnos?
-Esas son nuestras órdenes: complacer a la señora.
A la señora le complacía que sus invitados viesen al entrar en la casa a dos policías uniformados, porque entre ellos se encontraba una prima de la Duquesa de York, quien había expresado su intención de abandonar inmediatamente el lugar si no se le daban garantías manifiestas de la total seguridad de su persona. La causa de su repentino temor no era otra que la ocurrencia de la Sta. Maxwell y de su primo lejano, el ocioso Dusty Paddington, quienes el año anterior habían tenido la deslumbrante idea de confeccionar un calendario de predicciones sobre lo que ocurriría en el condado. Para sorpresa de todos y satisfacción de los autores, casi todo lo anunciado se había cumplido. En efecto, una de las jóvenes casaderas sufrió un esguince al cruzar el río por la antigua pedrera; un forastero había sido detenido por escándalo público en la vieja taberna del Molino Nuevo; una de las señoras de la mejor casa del condado tuvo que despedir a una doncella por abuso de confianza y daño a la propiedad.
Que todos los años fuese detenido algún forastero embriagado, alguna joven alocada tuviese un accidente, y despedida cierta criada por distraer algún adorno, no menoscabó la impresión causada por los vaticinios. Alguien puso inmediatamente al corriente a la prima de la Duquesa de otro de los augurios: una persona de la nobleza sufriría un desagradable incidente durante su estancia en la localidad.
- Es suficiente con que se mantengan bien visibles al lado de Tom – dijo Lady Marian señalando la enorme cabeza de un abúlico mastín con medio cuerpo escondido en una caseta color salmón – Reconocerán a la Duquesa por su aspecto y por su pequeña perrita blanca de la que jamás se separa. No se le acerquen ni la agobien con sus miradas. Basta con que ella les vea – añadió subiendo de categoría a su invitada y de paso a sí misma.
James esbozó un saludo militar mientras la señora iniciaba un nervioso trote hacia la casa. Pero algo la hizo detenerse y hacer un gracioso giro con el brazo.
- Por supuesto, a media tarde ordenaré que les sirvan algo de la cocina. Y si tienen alguna necesidad… Bueno, uds. son agentes y sabrán que hacer.
James enrojeció como un niño pillado en falta y Higgins fingió sentir un gran interés por el aspecto de Tom, que levantó perezosamente una oreja al oír los apagados juramentos de éste.
- El día no parece que vaya a ser caluroso – observó James dirigiendo la mirada al cielo y colocando sus manos a la espalda-. Dentro de una hora estaremos protegidos por la sombra de ese fresno. Si lo desea puede sentarse en el banco de piedra. No se ve desde la casa. ¿Cómo cree que debería situarme? ¿De espaldas al jardín o…?
James se detuvo cuando vio al sargento horadar el fondo del hornillo de su pipa como si quisiera taladrarlo. Receló que la jornada iba a ser larga y que añoraría los hums de costumbre.
Tres pipadas más tarde, la sombra del árbol cayó sobre la caseta del mastín mientras Higgins seguía dormitando recostado contra el muro, protegido por la benevolente mirada de su subordinado.
Un mínimo rumor, como de alimaña aplastando hojas secas, le hizo volverse alarmado.
- Señor, señor, acabo de ver algo blanco escapando de la casa.
Higgins abrió un ojo sin cambiar de postura.
-¿Le pareció peligroso?
-Iba muy rápido. Me pareció una especie de gato extraño.
-Muy bien, sígale si lo desea.
-No puedo abandonar mi puesto, señor.
-Hm. Entonces descanse.

El descanso no duró mucho. Apenas dos minutos más tarde, un aterrador aullido hizo caer la pipa de Higgins y erizar el pelo de James bajo el casco.
Los dos corrieron hacia la casa a tiempo de oír unos gritos desesperados.
-¡Margaret! ¡¡Margaret!!
En pocos segundos la casa comenzó hervir de animación. Criados, doncellas e invitados salían y entraban a toda prisa clamando el nombre de Margaret, ante la mirada atónita de los agentes.
- ¡Dios mio! ¡Ha ocurrido! – exclamó una sofocada Lady Marian acercándose con gesto desolado – Margaret, la perrita de la Duquesa, ha desaparecido. ¿Dónde estaban uds.? No se queden ahí parados; hagan algo.
Higgins agarró por la manga a un estupefacto James y se lo llevó hacia fuera.
- ¿Por dónde se fue el bicho? Eso blanco que dijo haber visto.
James tragó saliva, señalando hacia la acequia que corría paralela a lo que parecían ser unas caballerizas, y Higgins se dirigió hacia allá a buen paso. Tras un momento de duda, el agente se fue tras él, consiguiendo darle alcance justo cuando ya se ocultaba tras un soto de álamos.
- ¿Quiere que nos dividamos, señor? Yo puedo rastrear en dirección norte mientras usted…
La visión de Higgins acodándose cómodamente sobre un mullido lecho de hojas, paralizó el plan táctico de James.
- No conoce la zona. Lo más probable es que cuando se canse de ser libre, regrese por el mismo sitio por el que se ha marchado.
-Pero…
-¿Desea volver a la casa con las manos vacías?

Dos horas más tarde, los dos agentes hicieron una entrada triunfal, arreando una obediente perrita Basset Hound, con la voluntad ganada por las dos contundentes patadas en el trasero que Higgins le había proporcionado.
El alivio de la anfitriona dio paso a un lamento desesperado al ver el estado de la pequeña mascota. Desde el hocico hasta el rabo, todo su cuerpo aparecía cubierto de barro amarillo, hojas secas y extrañas sustancias viscosas.
-¿Pero qué le han hecho?
-Encontrarla, señora.
La súbita aparición de la prima de la Duquesa, avanzando lentamente, sostenida por los brazos de dos invitados, encogió el ánimo de todos los presentes. Absortos en la emoción del momento, nadie pareció reparar en la turbia y oscura mirada de la perrita.
En las horas siguientes, la atención de la casa se centró en dos habitaciones. En una de ellas, tres criadas frotaban con diligencia y jabón a un dócil animal; en otra, Lady Marian sostenía con no menor dedicación la mano de su dueña.
James fue enviado con urgencia a buscar a los dos doctores más prestigiosos del condado, mientras Higgins tomaba nota del cable telegráfico que debía anunciar a ciertos selectos personajes la relativamente feliz conclusión del extraordinario lance, en una hoja con la que a la salida se entretuvo en fabricar un barquito de papel. La llegada de los doctores coincidió con el momento en que una confusa perrita, envuelta en blancas toallas, fue presentada a su dueña. Simultáneas exploraciones médicas confirmaron el buen estado de la primera y el relativamente estable de la segunda. Aún así, James debió hacer otro rápido viaje en busca de los fármacos pertinentes.
La prima de la Duquesa partió al día siguiente a primera hora, y los agentes Higgins y James fueron interrogados por un irresoluto Superintendente, quien no sabiendo si amonestarles o felicitarles, optó por ambas cosas, si bien de modo sucesivo para no incurrir en contradicción.
Varios meses más tarde, cuando la historia de la perrita –tras haber dado cinco vueltas por el condado y transformado en una emocionante fábula de ladrones de perros y heroicos policías – ya se había convertido en una vieja anécdota, llegó la carta.
Nadie pudo presumir de haberla leído, pero el contenido, en sus términos más generales y escabrosos, salió de los labios de las doncellas de la casa y terminó en las tabernas del pueblo.
La señora Olivia de Nortumbria y Weston- Saks- Aubillers, anunciaba, notificaba o denunciaba, que su perrita Margaret había parido inopinadamente cinco extraños seres vivos – cuya raza ningún experto veterinario logró identificar - sin que nadie supiese cómo, cuándo y dónde había adquirido los conocimientos precisos para tal proeza, aunque todas las sospechas apuntaban al fatídico día en que su dueña cometió el error de aceptar cierta invitación.
Lady Marian no supo cómo interpretar lo que se pretendía de ella en aquella carta que tardó varios días en destruir. Sólo consiguió salir de su estupor ordenando la castración del bueno de Tom, quien no pareció acusar el castigo, no se sabe si por un genuino rasgo de carácter o porque el jardinero encargado de la operación se limitó a fingir su ejecución, confiando en que la probada elegancia de la señora le impidiese agacharse a comprobarlo.
Sin embargo, la descripción de los cachorros, cuya apariencia venía descrita con gran precisión, dentro de los límites del pudor, trajo rápidamente a la memoria de todos los vecinos el nombre de Harry, un perro vagabundo, mezcla de zorro, grifón y rata de campo, cuyo comportamiento acusaba las deficiencias propias de su libre forma de vida y escasa formación.

La fama de los vaticinios de la Sta. Maxwell creció desmesuradamente en los meses siguientes, y sólo se vio mermada por el fallido anuncio de la boda de Rusty Paddington, justo unos días antes de su desaparición del condado, tras haber conseguido de cierta señorita, pariente cercana por más señas, algo que llevaba varios años persiguiendo.

18 04 2011
Paula (18:49:02) :

Oh,night long.
1
Ssshhhh…silencio.Suena la música…silencio.¡Pam!¡Pam!¡Tarararaaaaaa!¡Tararara!
¡Paaaaaaaaaaaaaaaaaaaam!La playa estaba iluminada exclusivamente por la luz de la luna y algunos farolillos colgados de las empinadas y viejas palmeras.Los pies de la gente se movían sin parar, como hipnotizados al son de una música que invitaba a unirte al coro de gente que bailaba alrededor de una pobre criatura asustada.Pues bien,os gustará saber que la pobre criatura era la menda.Sí,sí,no giréis vuestra amueblada y cómoda cabeza,porque la menda soy yo.Y os preguntaréis que porqué os cuento esta historia que ni os viene ni os va.Si lo comprendo, tendréis muchas cosas que hacer y otras tantas guardadas en vuestro pequeño cajón interior llamado ”mente”.Pero antes de que os valláis y me dejéis con la palabra en la boca, me gustaría contaros mi historia.No os asustéis, no estoy dispuesta a hablaros de ninguna batallita de abuelete.Como vosotros,yo también fuí joven y también viví, lo que se dice, el primer amor.Tomad asiento y dejad que os explique.
Dicen que el primer amor es muy importante,que nos marca para toda la vida,que nos muestra su magia y que en nuestra decisión están reflejados los gustos de cada cual hacia la persona que elegiremos para el resto de la vida.Pero yo creo que el primer amor nace de la confianza y la amistad.Me da igual si opináis como yo,si no,o simplemente si no opináis.Yo voy a contar mi historia como algún día tal vez vosotros contaréis la vuestra.Y entonces para cuando llegue ese día tendréis tiempo de reflexionar sobre el pasado,el presente y el futuro.Pero sobretodo el pasado,porque lo que haya sucedido antes de hoy siempre va a tomar gran parte de lo que sucederá mañana.Y he aprendido en no confiar en las predicciones que tengo sobre el futuro,porque sé que las cosas nunca van a salir como esperáis,no por lo menos en los temas amorosos.Así que para demostralo abrid bien las orejas,la mente y sobretodo el corazón.La última cosa.Sobretodo,escuchad.
2
Desde que era una cría de tres años iba cada verano a la casa de mis abuelos paternos en Niza.Mi madre es francesa y mi padre español.Los dos se conocieros durante la guerra civil española.
Tengo dos hermanos más,mayores que yo,y una hermana mas pequeña.Yo nací en Asturias,ciudad natal Avilés,en el año 50.Allí soy feliz y allí tengo a casi toda mi familia hoy en día.Como ya os dije,mis abuelos paternos viven en Niza.Sí,os sorprenderá saber que aún viven,son bastante longevos,espero que yo también lo sea.Como os estaba contando, desde bien pequeña iba cada verano durante dos meses,aproximadamente a casa de mis abuelos.Mis hermanos siempre se quedaban ayudando a mis padres y mi pequeña hermana se quedaba con unos tíos míos de Gijón.Así que yo era la única benjamina que pisaba tierra extranjera por vacaciones.Allí,en Niza ,era feliz.
Tenía amigos,la gente del pueblo ya me conocía y disfrutaba como nunca de aquellas vacaciones que nunca quise que se terminasen.Hasta un día.
3
Sucedió cuando era una joven quinceañera,con una silueta bien proporcionada,ojos ámbar,pelo oscuro y brillante de media melena ondulada y sonrisa grande.Sí,bueno,parece que esté describiendo a miss mundo,pero era la verdad y así era yo.En fin,como cada muchacha en edad del ”pavo”,también despertó en mí la curiosidad de tener un amistad…más íntima.En Avilés me senía afortunada de tener muchachos apuestos en cada esquina,pero estaba tan ocupada en casa y en el colegio que apenas salía con mis amigas a la caza de algún desprevenido.Por eso,en Niza,como tenía más tiempo libre porque eran vacaciones,podía salir más a menudo.Y conocí a un chico guapo.¡Vaya si era guapo!Todo comenzó el 23 de Julio de 1965.Estaba en la tienda de mi abuela,ayudándola con la mercancía recién llegada del puerto,a eso de las nueve de la mañana cuando llegó un viento cálido que hacía sudar hasta las pestañas.Le pedí permiso a mi abuela para ir a tomar un baño a la playa y me dijo que sí.Corrí como un volador y en menos de diez minutos os juro y perjuro que ya había llegado.Justo cuando me quité la ropa para quedarme en bañador un frisbee de madera me golpeó en las costillas y solté un grito que parecía que me estaban matando.Llena de ira, agarré el dichoso coso volador y lo arroje al mar,bien lejos,ala,que se fastidiara el que me lo había lanzado,no habermelo arrojado,hombre.En esto que ví a lo lejos como un chico se arrojó al agua y fue nadando para recuperar el objeto que tanta molestia me causó.Por lo bajo,deseé que se ahogara el también,pero no lo hizo.Después el chico se acercó a mí con cautela y me habló balbuceando.
-Ho…hola,¿eres tú la que me arrojó el frisbee al mar?-preguntó.Yo ni le respondí,seguí mirando al frente con la barbilla muy alta.
-Mira,perdona,siento mucho haberte dado,si pudiera hacer algo para demostrártelo…-En ese momento se cruzó una idea en mi mente.
-Lárgate y déjame en paz-le dije-o acabarás como tu querido frisbee,en el mar y ahí te aseguro que no irá nadie a salvarte.
-Vaya,lo siento mucho,de verdad,no era mi intencio-le corté seguidamente .
-Si no sabes jugar,vete a otro sitio menos peligroso,o terminarás algún día cortando la cabeza a alguien-dije.
Acto seguido el chico se alejó y me tumbé en la arena.Al poco rato se acercó.Le eché una mirada asesina y el pareció dudar un momento,pero habló.
-Yo y unos amigos estamos jugando a las cartas,¿te apetece venir?
-No,tengo miedo de que hagas trampas.
-Vamos,será divertido,cuanta más gente,mejor.
Me incorporé de mala gana y él me tendió la mano para levantarme.
-Por cierto,yo soy John y vivo aquí con mi padre desde pequeño.
Yo me llamo Marta y vengo aquí todos los veranos con mis abuelos.
No sé cuánto tiempo estuvimos hablando y jugando,pero el caso esque empezó a florecer magia entre los dos y no había ni un solo día sin aue nos viéramos.Al principio lo ví únicamente como un amigo,hasta la fiesta de agosto.

Continuará.

29 05 2011
Paula (00:06:41) :

Lo que prometo lo cumplo.Y como lo prometido es deuda,vamos a continuar.
Bueno,el caso es que estaba enamorada hasta los huesos de ese chico.Tenía una mirada muy pícara que en no dejaba de observar.Su sonrisa era traviesa y su pelo pajizo daba girones en torno a unos pequeños rizos que se colocaban en su frente.Todas lasa noches acariciaba la idea de que lo volvería a ver al día siguiente.Y así fue,día tras día.Pero la gente del pueblo empezó a cuchichear,y esta relación llegó a los oídos de mi abuela,quien no dudó en echarme un buen sermón de los suyos;que si ese chico no me convenía,que si era peligroso,que ella siempre había confiado en mí…A mi abuela siempre le importó mucho lo que la gente dijera de ella o de su familia.En fin,el caso es que yo me sentí tan culpable…que era algo que no era verdad,porque,¿qué culpa tenía yo?¿acaso enamorarse era algo tan malo?¿era algo prohibído?Pero yo era sólo una niña,una niña ignorante y tonta,que apenas sabá de la vida.Entonces dejé de verlo.Y no sé porqué lo hice.Pero él no se rindió tan fácilmente.En varias ocasiones me siguió por la calle para ver que me pasaba,hasta tiró piedras a las ventanas de mi casa para poder hablar conmigo.Yo lo quería muchísimo,y estaba sufriendo tanto que ya mi abuela,o lo que los demás pensaran me daba igual.Una noche salí de casa y me reuní con él en la playa.Todabía recuerdo sus palabras,tan claras como el agua del mar que bailaba sobre la orilla:
-¿Por qué me has estado evitando?-comentó.
-Yo…-me sentía como una idiota que no merecía nada-.
-¿Ya no me quieres?…Creí…que había algo entre nosotros.
-Sí lo hay…-comencé a llorar-.
-Basta.No llores…
-Lo siento muchísimo,John,mi abuela me prohibió verte y yo…
-Tranquila,no ha sido culpa tuya,eh,ya vale,tranquila-me estrechó entre sus brazos.
-Lo siento,pensé que estaba haciendo mal las cosas,pero me equivoqué en todo,perdón…-continué llorando muerta de vergüenza y arrepentimiento.
-Ya está,todo se ha terminado.
-Entonces,¿ya no me quieres?-pregunté.
-Claro que te quiero y cada día te quiero más.
-¿Quién querría a alguien como yo,que siempre he de estropearlo todo?
-Yo te quiero,pero,¿sabes por qué?
-No…
-Porque eres especial,Marta,eres una chica muy especial,por eso me gustas tanto y porque sabes cómo reaccionar ante todo.
-Especial…-esas palabras sonaron dentro de mí como una canción melodiosa sin fin.
-Sí.
-¿Y sabes qué,John?
-¿Qué?
-Pues que tu también me gustas,porque eres maravilloso.
No faltó decir nada más.Me sujetó la cara y los dos nos fundimos en un beso,el más bonito que siempre recordaré,mientras la brisa marina nos mecía y la arena nos trepaba por la piel,mientras el tiempo se detenía y la felicidad inundaba nuestros corazones…
Continuará.

2 07 2011
Paula (17:14:26) :

Capítulo 5:

Qué dicha más grande sentía cuando me sonreía y jugábamos en la arena.Era una de esas típicas sensaciones que deseas que no se acaben nunca.La cosa era muy sencilla; él me quería,yo le quería y ya está.Pero de pronto me invadió la duda del millón: ¿realmente lo deseaba y amaba tanto como para estar juntos el resto del verano? Así que intenté pasar de ello,aunque aquello me machacara.
Un día,John me invitó a conocer a sus padres.Yo no supe qué decir.Me apetecía mucho,cierto era,pero era demasiado tímida como para decir un “sí” tan rápido.Al final dije que sí.Estábamos hablando de ello en mi balcón cuando mi abuela lo oyó todo y al marcharse John me echó una reprimenda horrorosa:
-¿Adónde dices que vas,señorita?
-A una cena.
-¿A sí?¡Vaya!¿Con quién?
-Con los padres de John.

26 09 2011
Paula (15:51:41) :

-¿Te ha invitado?
-Pues sí.-dije mientras alzaba bien la cabeza.
-¿Y por qué le has dicho sí tan rápido?
-Él confiaba en que fuera.
-Pues es precisamente esta noche cuando tenemos la cena del barrio.
-Qué casualidad-dije yo desviando la vista hacia el techo y soltando una sonrisa escéptica-qué casualidad-volví a decir-que sea esta noche.
-No vas a ir-dijo ella-tenlo por seguro.
Mientras se marchaba,esbocé una sonrisa mientras pensaba ”eso ya lo veremos”.”Creí que habías cambiado pero ahora me doy cuenta de que te corroe la envidia.Bien.Vamos a jugar con las cartas boca arriba”.

1 01 2012
Paula (05:23:13) :

Subí hasta mi habitación y me arreglé muy rápido. Después, procurando que no hubiera nadie en la calle, calculé la distancia hasta el suelo desde el balcón,que apenas era metro y medio y pegué un salto. Debí de rrompermelos zapatos y de hacerme magulladuras en las rodillas,pero me levanté y fuí corriendo a casa de John.
Todo iba bien hasta que en la esquina me tropecé con la vecina “chismosa´´,esa típica de los pueblos que todo lo tenía que cotillear y saber.Intenté pasar de largo,pero me agarró del brazo y, mirándome de arriba a abajo soltó:
-¡Ay,niña,que traje tan bonito!¿Adónde vas?
-Pues…he de ir a comprar unos huevos.
-¿A las diez de la noche y con ese traje?
-Sí.Es que resulta que esta noche ceno con unos parientes de mi abuela.
-Claro-sentenció ella-eso lo explica todo.
-Sí…buenas noches.
-Adiós y mándale recuerdos a tu abuela.
Por culpa de aquella condenada vecina tuve que mentir y seguramente gracias a ella mi abuela lo descubriría todo.Pero debía seguir.
Cuando llegué a la casa de John,éste me abrió y me presentó a sus padres.Yo estaba un tanto incómoda,pero a su lado me sentía más segura.Comenzamos a cenar,todo iba de maravilla en cuanto alguien llamó a la puerta.John fue a abrir y miró primero a través de la ventana.Era mi abuela.John me miró desconcertado y yo le expliqué todo.Me tenía que ayudar.Me subió a su habitación y abrió a mi abuela.En mi vida pasé tantos nervios,pero,para ser mal actor,John no lo hizo tan mal.
-Buenas noches,señora,¿le puedo ayudar en algo?
-¡Dile a mi nieta que venga aquí ahora mismo!
-¿Su nieta?Discúlpeme,pero hace una semana que no la veo.
-¿Cómo?Pero si la invitaste hoy a cenar…ella misma me lo dijo.
-No,yo la había invitado para cenar ayer y me envió una carta diciendo que no podía porque usted no la dejaba.
-¿A sí?
-Sí,señora.
-Bueno pues…ya hablaré con ella…diculpa,es que no la encuentro y pensé que estaría aquí.
-Pues no,ya le digo que hace una semana que no la veo.
-Bien,bien,bueno,gracias de todos modos,buenas noches.
-Buenas noches,señora.
Lo peor había pasado ya.La cosa era volver a casa e inventar la mejor excusa posible para que no me cazara,y,visto lo visto,no iba a ser cosa fácil.

31 01 2012
Paula (16:51:20) :

No regresé a casa hasta que amaneció.Mi abuela entró en mi habitación con mala cara.Procuré ser lo más natural posible.
-¿Se puede saber,jovencita,dónde narices has estado?
-Yo…-Me agarró por la ropa y me dió un tortazo.-
-Y no mientas,porque ayer hablé con tu amigo y me dijo que no estabas allí,así que dimelo entonces.
-Yo…pues…es que me escapé.
-¡¡Pero bueno!!¿De dónde sacas esas ideas?¿Es que crees que tu abuela no se preocupa por tí?¡¡Estás loca!!¡¡Te podía haber pasado cualquier cosa!!
Yo estuve callada un rato.La abuela suspiró y miró al techo.
-No quiero que vuelvas a salir de esta casa.¡Y ni ver a ese crío!
Cerró dando un portazo.Yo empecé a llorar como una magdalena,pero de pronto,me entró un ataque de rabia que ni yo misma pude controlar,cogí el jarrón y los muebles y los lancé contra las ventanas que se rrompieron en mil pedazos.Chillé.En un segundo mi abuela se plantó allí.
-¡Loca!-gritó.-¡Esta chiquilla está loca!¿Qué le habrá metido en la cabeza ese muchacho insolente?
Al oír aquello me retocí y ardí en deseos que callarla.
-¡¡Gilipollas!!-le grité-idiota,amargada y gorda vieja.No mereces al abuelo y nunca has merecido a mi familia.Sólo eres una débil y amargada mujer.
Ella calló súbitamente y se quedó mirandome con los ojos rojos.Yo empecé a sollozar y me senté en el suelo hundiendo la cabeza en los brazos.Dios mío.Por qué habría dicho eso.
-Yo…-dijo ella-lo siento.
Se giró hacia la ventana y se tiró.Su imágen se me quedó grabada,y como quien no quiere la cosa,me quedé callada en vez de correr a socorrerla.Empecé a temblar violentamente y a sollozar.Un segundo después rompí a llorar.Y me quedé sentada,sentada hasta que mis ojos se erraron para huir de todo aquello.

1 02 2012
Juan Tendi (12:39:25) :

El hombre bendito de la tela arrugada

Dios o el mundo o la realidad o la sustancia es como una tela infinita de la que sólo captamos un pequeño trozo con dos colores distintos - la materia y el pensamiento-, cada uno de los cuales se presenta con múltiples arrugas diferentes - las cosas concretas y los pensamientos singulares.

Como muchos jóvenes, Benedicto se planteó qué cosas podían hacer que su vida fuese una buena vida, y al considerar la surtida oferta que la sociedad le brindaba -fama, honores, dinero, placer… -, la halló insatisfactoria ¿Comparada con qué? Su educación judía le ponía delante a Dios, y en él se puso a pensar. ¿Por qué pensar? Porque en su país había dos dioses únicos: el de los judíos y el de los cristianos. Así que en lugar de obedecer a sus sedicentes representantes, los rabinos de Ámsterdam y los obispos cristianos, se dispuso a interrogar al dios de los filósofos, que amén de único no desdeña ser sopesado a la luz de la razón.
Como el filósofo más célebre de su tiempo era un francés llamado Renée, a él se dirige, encontrando dos tesis que juzgará contradictorias:
que hay tres sustancias, una infinita (Dios) y dos finitas (mentes y cuerpos), y que sustancia es aquello que existe por sí mismo.
Obviamente, se dijo, sólo Dios puede ser estrictamente sustancia, pues sólo él, como eterno que se le supone, no necesita de otra cosa para existir. Mas, ¿existe ese Dios? Por supuesto: si es infinito es perfecto, si es perfecto no puede faltarle nada, si nada le falta no le faltará la existencia.
Por otro lado, siendo infinito, nada puede haber que esté fuera de él o le limite. Luego el mundo, los cuerpos y las mentes, son parte suya.
¿Quería esto decir que Dios y el mundo son lo mismo? Sí y no. Sí, porque el mundo forma parte de él; no, porque al ser infinito tiene infinitos atributos o características, aunque nosotros no las conozcamos. En resumidas cuentas, de Dios sólo conocemos dos aspectos: la materia extensa que forma los cuerpos y la sustancia pensante que constituye las mentes.
Pero si el mundo es, por así decir, un aspecto de Dios, todo lo que en él ocurre está predeterminado por la inteligencia divina. ¿Dónde quedan entonces el azar y la libertad humana? En ningún lugar; son ilusiones.
¿Y a que se debe esta ilusión? A nuestra noción insuficiente de lo que es el mundo. ¿Y cuál es la causa de tal ignorancia? Que nuestro conocimiento está basado, en primer lugar, en percepciones sensoriales que son limitadas e imperfectas. ¿Por qué? Justamente porque afectan nuestros cuerpos y nos trastornan. Somos como un espejo que al reflejar un objeto sufre él mismo una transformación que deforma la imagen.
¿Cómo superar esta deficiencia? Mediante los conceptos, que nos muestran lo que de común tienen todas las cosas, y mediante la intuición, que nos permite atisbar los principios de la realidad.
¿Y qué descubrimos gracias a ellos? Ya lo hemos descubierto: que nuestro conocimiento es limitado, puesto que se refiere sólo a dos aspectos de una realidad infinita, que todas las cosas persisten en mantener su ser, que la realidad es una y que todo en ella ocurre de un modo inexorable y necesario.
¿En qué consiste entonces una buena vida? En dedicar nuestro esfuerzo a conocer las leyes que rigen el mundo y a nosotros mismos.
¿Alcanzaré así la felicidad? ¿Qué hacer con la tristeza, el miedo, el arrepentimiento, el dolor, el odio y todas las pasiones que me atormentan?
Transformarlos en sus opuestos: la alegría, la confianza, el amor, el placer…
¿Cómo? Si has entendido que todo ocurre necesariamente, que nada está en tu mano evitar, que todo es como es…, ya lo has hecho.
Así, Benedicto Espinosa dedicó sus días a pulir lentes, para alimentar su cuerpo, y las noches a pensar, para nutrir su alma. Y envuelto en la ajedrezada capa arrugada, se protegió del frío hasta que una tarde se confundió con todo, tal como cabía esperar de un bendito que nunca quiso ser santo.
Paradójicamente, o no tanto, al hombre que creía que Dios es la única realidad realmente existente, sus contemporáneos le acusaron de ateismo.

1 02 2012
Juan Tendi (13:08:33) :

LA PROMESA
I.
No sabía que ya no volvería a verle. Aquel día me levanté antes que de costumbre, a la vez que el hombre, y preparé algo para el viaje. No mucho; sabía que se resistiría a llevar cualquier cosa. Él se despertó tarde, cuando ya habíamos terminado de almorzar, en silencio, aunque el paisano intentó hilar alguna frase. Apenas pudo; también estaba afectado por su marcha.
Recuerdo bien los sonidos que me llegaban, como si adquiriesen una rara y especial significación con su partida. Las campanillas del ganado, abajo en el corral, fingían una resonancia lejana, de recuerdo infantil, y el temprano rumor de los campos parecía más apagado. Me alegró tener tarea para hacer, como todos los días, y no verle mientras se aseaba y vestía, y ponía en sus bolsillos - con aquel paciente cuidado que desde muy pequeño siempre tuvo, y que tanto lo distinguía de sus hermanos - todo lo preciso. Todavía me asombraba y conmovía, después de tantos años, verle vestirse solo. Como si aún fuese un niño que juega a ser hombre y en cualquier momento pudiese lanzar un grito de impotencia o de júbilo y revelar así su pueril naturaleza. Pensaba en ello mientras amasaba la harina de maíz para las gallinas y el salvado de los cerdos, y preparaba la comida que llevaríamos para ir a terminar de meter la hierba ese año. Era lo último. Él había insistido en quedarse hasta que la brazada final, segada, curada y recogida fuese alzada a la facina o la tenada. Conocía el viejo orgullo del paisano por ser el primero del valle en guardar su hierba. Por eso, a pesar de nuestras débiles protestas, retrasó su viaje, en un gesto que a los dos nos turbó, no por lo que representaba en trabajo sino porque era la última oportunidad de mostrar su respeto.
Cuando apareció, vestido ya con su traje de las ferias y las botas fuertes que el viejo le había regalado, tuve que mirar a otro lado. Se sentaron a fumar juntos su cuarterón y a comentar los sucedidos del valle como si aquél fuese un día como los otros y su ausencia no fuese a significar más que un intervalo al que sólo el pasado podía dar sentido. Supe entonces que también él comenzaba a sentir una nostalgia anticipada, y apenas si me admiró la coincidencia. Él siempre había sido así; un poco como yo. Luego se fueron tras el corral y oía al paisano contar lo que iba a sembrar ese otoño, los árboles que era preciso cortar y los desmontes que haría. Me asomé a la ventana y le encomendé que no se manchara con el barro. Me contestó serio, sin reír como otras veces, reconociendo así en ese gesto mi derecho sempiterno a pesar de la ya inminente distancia.
Volví a gritar cuando les vi cruzar por el prado hasta el río, mojándose con la rosada, pero no me respondieron.
Y yo sentí una vez más su ajena complicidad de hombres, el mundo nuevo en el que ellos se habían encontrado, justo cuando él comenzó a escapar del mío. Cuando dejó de estar a mi lado en la cocina, mientras las tortas se doraban; cuando ya no desgranaba maíz por las noches, y se iban juntos a Ca María o jugaban solos a las cartas; cuando ya oía distraído mis cuentos y consejas, y no preguntaba por mis parientes y sus venturas, allá, al otro lado del mundo.
II.
Después, a lo largo de todos estos años, han ido llegando sus cartas; y también aquélla, aquella carta.
Dicen que era viejo, que ya había tenido varios ataques, que… No es cierto, no podía ser tan viejo. Le he llevado en mis brazos, le he visto crecer… No podía ser un viejo. Durante algún tiempo creí que no lo resistiría, que no podría comprenderlo, hasta que acepté que las muertes lejanas - y tal vez todas las muertes - sólo son otro aspecto de la ausencia. Y él estaba… él está ausente desde hace tantos años.
Porque ahí mismo, bajo ese tilo, junto al camino de la fuente, él me dijo aquella mañana que volvería. Y yo le creo. Como le creí entonces, porque sentí que aquella era una promesa de hombre, de un hombre que se descubre a sí mismo al hacerla, como si así supiera de pronto cuál es la tarea de ser hombre.
Por esto, sin esperanza, sigo esperando. Porque él es todavía como un niño al que debo ayudar a cumplir su promesa; igual que le ayudaba a llevar sus cargas de hierba cuando ya su voluntad era mayor que sus fuerzas.
Por eso, cuando al anochecer estamos junto al fuego, sentados y cenando, y le digo al paisano que hace tiempo que no tenemos carta del hijo, él aparta los ojos y responde muy quedo:
- Sí, mujer. Hace tiempo.

3 02 2012
Juan Tendi (13:53:12) :

Nietzsche o el hombre nuevo

- ¿Cuál es el punto de partida de la filosofía de Nietzsche?
- La muerte de Dios.
-¿Dios no es inmortal y eterno?
-Se refería a la muerte cultural de la creencia en el Dios cristiano.
-Eso se arrastraba desde los ilustrados. Algunos de ellos como Holbach lo afirmaban explícitamente.
-Sí, pero Nietzsche creía que nadie había sacado las consecuencias relevantes de este extraordinario hecho.
-¿Qué consecuencias extrajo él?
-Que si no tenemos otra vida que ésta, porque no existe ningún trasmundo, debemos aceptarlo con todas sus implicaciones, y vivir de acuerdo con ello.
-Ya vivimos de todos modos, seamos creyentes o no.
-No lo que él entendía como una auténtica vida.
-Que era…
-Amar lo que somos y tenemos. Amar nuestra caducidad, nuestras emociones, nuestras pasiones…; en una palabra, ser vitalista.
-La vida es dura.
-Eso decía él: es dura y tiene un final. Pero si no existe Dios, nuestra vida es responsabilidad nuestra.
-Nietzsche se mostró muy crítico con todos y con todo.
-Su crítica se dirigió a la filosofía, a la moral, a las ciencias, a la política, a la religión judeo-cristiana y al enciclopedismo de la ilustración.
-Solo le faltaron las mujeres.
-También a ellas les reservó específicas y duras consideraciones.
-¿Qué reprochaba a la filosofía?
-Afirmar que el mundo real no es el verdadero mundo, por ser cambiante, imperfecto y sensible, y porque tenemos acceso a él por medio de unos sentidos que nos engañan.
-Apuntaba directamente a Platón.
-A Sócrates, a Platón y a todos los que les precedieron, como Parménides, o les sucedieron.
-¿No creía que los sentidos nos engañan?
-En absoluto; son nuestros mejores maestros. Aborrecía a quienes sostienen que hay otro mundo más real que el ordinario, como el Mundo de las Ideas platónico, el primer Motor aristotélico, el más allá de los cristianos o el noúmeno kantiano.
-En suma, a la metafísica.
-Le reprochaba ser demasiado abstracta y sostener un juicio negativo sobre la vida sin captarla realmente
-¿Y qué tenía contra la moral?
-Algo parecido. La rechazaba por oponerse a la vida y a los instintos, por ser una “moral de esclavos”.
-¿Esclavos de quién?
-De Dios, del deber, de la verdad, de la igualdad, de la democracia, del socialismo…
-Santo Dios
-Ni lo nombres en este contexto. Encontraba que la moral tiene una raíz platónica: salvación en “otro” mundo, intelectualismo (la virtud es conocimiento) y espiritualismo (existen vivientes incorpóreos). En suma, el platonismo era un crimen contra la vida.
-Pero la moral propone unas normas muy útiles para la sociedad.
-Sí, para una sociedad de esclavos, según él. Los valores de la moral son la compasión, el servicio, la paciencia, la humildad, la obediencia, la mansedumbre, la misericordia… Es decir, virtudes propias de esclavos.
-¿Y qué tenía que objetar a las ciencias?
-Su uso del método matemático, que sólo conoce lo medible y cuantificable, por lo que es reduccionista: no explica al hombre ni lo orienta. También las acusaba de estar vendidas al Estado, a quien consideraba un auténtico monstruo, y de no contribuir a un verdadero progreso.
-¿Y la política?
-Acusaba a los políticos y a las ideologías de subordinar todo lo humano a lo económico, y de defender el Estado, la Democracia y el socialismo, que son agentes niveladores.
-Pues el vivía gracias a su pensión de prejubilado.
-No es correcto hacer argumentos ad hominen.
-Sólo lo hago constar. Imagino que teniendo en cuenta lo anterior, de la religión no diría maravillas.
-Rechazaba la noción de Dios porque pone límites al hombre y porque la creencia en un más allá denota insatisfacción con la vida terrena, la única que disfrutamos.
-Los que la disfrutan. ¿Le quedaba algo por impugnar?
-El enciclopedismo. Decía que ni es asimilado por los hombres ni comporta un compromiso vital.
-¿A quien se refería?
-Al ideal de la Ilustración, con su confianza en la razón, el conocimiento y el progreso.
-La conclusión a la que llegaría tras todo esto no debía ser muy estimulante.
-Concluía que no sabemos qué sentido darle a la vida y como esto supone no creer en nada, lo llamó nihilismo.
-Supongo que como casi todos los pensadores tendría algo que proponer al respecto.
-Por supuesto. Sus propuestas pueden resumirse en dos puntos: crear nuevos valores y aspirar a un hombre nuevo.
-El famoso superhombre nietzscheano.
-Luego hablaremos de él. Es el concepto más ambiguo y denostado, a la par que interesante, de los que utilizó.
-Comencemos con los valores.
-Proponía crear una nueva moral basada en una nueva tabla de valores.
-¿Con qué criterios?
-La vida y la voluntad de poder.
-¿Y con qué propósito?
-Llegar al superhombre.
-¿Qué valores consideraba superiores?
-Los inversos a los de la moral judeo-cristiana: el orgullo, la fuerza, el dominio, la alegría, el gozo… A eso lo llamaba “moral de señores”.
-¿Quiénes son los señores, los aristócratas?
-No necesariamente. Son los individuos que desprecian como malo todo aquello que es fruto de la cobardía, el temor, la compasión, y en general todo lo que es débil y disminuye el impulso vital.
-¿Cómo llego a esa idea de invertir completamente los valores de la cultura cristiana occidental.
-Fue su estudio de la cultura griega antigua, o mejor, arcaica. Se centró en el concepto de bueno y malo que se puede rastrear en Homero y Hesiodo.
-¿”Bueno” no era el que tenía una buena conducta moral en el sentido usual de la expresión?
-En absoluto. Los griegos de Homero llaman “bueno” al aristócrata, al hombre que es libre, orgulloso, generoso cuando quiere, dominador y que impone sus normas a los demás.
-Entonces “malos” serían los plebeyos.
-Los plebeyos y sus ideales de ayuda mutua, compasión, servidumbre, supervivencia, humildad, etc.
-Pero eso cambió. Porque bueno y malo hacen referencia a cierta conducta moral, no al origen social de las personas.
-Todavía hay rastros hoy en día de esa manera de entender los términos. Piensa en la palabra “noble”, que significa tanto persona de buena conducta moral como persona de origen familiar aristocrático. Y en la de “villano”, individuo malvado y habitante de la villa, es decir, plebeyo.
-¿No reparó en que si se había superado esa forma de entender los términos sería por algo?
-No entraba en muchos detalles sobre las causas históricas. Lo resumía diciendo que el rebaño había triunfado sobre los “fuertes”.
-¿Quiénes eran los “fuertes”?
-Los orgullosos, los valientes, los dominadores, los alegres…
-Si perdieron es que no eran tan fuertes.
-Él consideraba el término “fuerte” en un sentido más psicológico y moral que otra cosa.
-Apreciaría mucho a esos que la historia llama “grandes hombres”, como Alejandro, Julio César, Aníbal, Carlomagno, Napoleón… O sea a los grandes carniceros.
-Por supuesto. Pero no le admiraba por los muertos que causaron sino porque habían tenido el valor de imponer sus deseos y sueños a los demás. También consideraba grandes hombres a los fundadores de las religiones, a pesar de que algunos hubiesen defendido valores que consideraba equivocados, y a los grandes pensadores, con las mismas restricciones.
-Menudos grandes personajes.
-En realidad, creo que el ideal de superhombre encaja mejor con la figura del artista en el sentido romántico. Un hombre que se dedica a crear objetos, ideas y sentimientos en total libertad, sin respetar más reglas que las que él mismo se impone.
-Eso está muy bien en los artistas, cuya influencia en la sociedad es parcial y sesgada, pero los políticos, los profetas y demás son otra cosa.
-Un superhombre es un individuo en el que la voluntad de dominio ha alcanzado un gran desarrollo.
-¿Y qué rasgos debía tener?
-Ser libre respecto de Dios, de la filosofía, del deber, de la convenciones… ; creador, especialmente en el sentido moral, definiendo el bien y el mal, y legislador, imponiendo sus reglas.
-Para que haya dominadores debe haber dominados.
-Sí, en realidad a Nietzsche no le importaba la sociedad, sino el individuo. Era consciente de que su mensaje sólo estaba dirigido a una minoría. Al menos en el presente.

- Ya tengo una idea general de las doctrinas de Nietzsche, pero me gustaría precisar algo más. ¿No pasó por diferentes fases en la elaboración de sus ideas como ocurre con muchos filósofos?
- Los estudiosos suelen distinguir tres o cuatro periodos diferentes: El romántico, el positivista o ilustrado, el del superhombre y el crítico.
- Comencemos por el romántico.
- Su punto de partida fue una reflexión sobre la tragedia griega clásica.
- ¿Qué es una tragedia?
- Un obra teatral en la que se expone un conflicto sin solución. La realidad, según la visión trágica, es vida y muerte, placer y dolor, razón y sinrazón, lógica y absurdo… Apolo y Dionisio.
- ¿Apolo y Dionisios son símbolos?
- Sí, interpretó la tragedia como la representación de una lucha entre lo que llamaba el elemento dionisiaco y el elemento apolíneo de la cultura griega.
- ¿Qué representa cada uno de ellos?
- Lo apolíneo representaba el sueño, el día, el orden, la razón, la apariencia o fenómeno, lo personal, la alegría… Esto se expresaba en la tragedia mediante la palabra y los personajes reales.
- Me recuerda a la tabla de opuestos con la que los pitagóricos categorizaban la realidad. Pero ¿por qué el sueño?
- Porque el sueño crea imágenes igual que la conciencia crea los fenómenos.
- Entonces la realidad cotidiana es un engaño, como las imágenes de un sueño.
- Un engaño inconsciente.
- ¿Y lo dionisíaco?
- Lo dionisiaco representa la embriaguez, la noche, la desmesura, la renovación, la fuerza, la voluntad, la vitalidad, el ímpetu, el dolor cósmico, lo impersonal, la cosa en sí, el fondo oscuro de la vida.
- ¿Y cómo se expresaba esto en la tragedia?
- Mediante la música, la danza y el coro.
- ¿De dónde sacó esta oposición entre lo apolíneo y lo dionisiaco.
- Se inspiró en la distinción de Schopenhauer entre representaciones y Voluntad. Que a su vez proviene de la distinción kantiana entre fenómeno y noúmeno o cosa en sí. Es decir, la tesis de que el conocimiento es una construcción de la mente que recibe información sensorial de una supuesta “cosa en sí” y la transforma en fenómeno mediante la aplicación de elementos a priori: espacio, tiempo y categorías como causalidad, unidad, existencia, etc.
- Según Nietzsche, la razón separa, crea figuras individuales, es un engaño.
- Sí, y la emoción artística une, revela que tras la lucha de contrarios todo es único.
- ¿Cómo razona esta distinción?
- No razona, propone, afirma.
- ¿Y qué veía de útil a la tragedia?
- Era como un consuelo metafísico para los espectadores. Gracias al fondo dionisiaco, éstos rompen los lazos con su propia individualidad, y se funden con los demás hombres, descubriendo la unidad suprema de todas las cosas.
- Parece que está describiendo los efectos de una fiesta. Ahora entiendo lo de la embriaguez.
- Algo parecido.
- ¿Y por qué las fiestas nos consuelan?
- Porque nos revelan que tras la fugacidad de las apariencias, la vida es algo poderoso, alegre y placentero.
- ¿Y qué pasa con el elemento apolíneo?
- Era como un contrapeso del dionisiaco.
- ¿Se puede decir que se parecía más a la vida cotidiana?
- Se puede. Lo que acabó ocurriendo, según Nietzsche, es que el elemento apolíneo desplazó al dionisiaco y ambos terminando desapareciendo, porque ambos eran correlativos.
- ¿Qué quedó entonces?
- La razón, la palabra, el diálogo.
- Rasgos apolíneos.
- Si, pero sin el contrapeso de lo dionisiaco, y por tanto un enfoque sesgado y erróneo de la vida. En lugar de poner la razón al servicio de la vida, la vida se pone al servicio de la razón.
- ¿A qué se debió ese cambio?
- Culpaba a Sócrates, a Platón y a todos los metafísicos que les siguieron.
- Supongo que él querría recuperar el elemento dionisiaco para la cultura occidental.
- En efecto. Y veía en la música, sobre todo en la de Wagner, y en los filósofos alemanes, especialmente Schopenhauer, un atisbo de esta recuperación.
- ¿Por qué se llama romántico a este período?
- Porque pone como modelo de comprensión del mundo al arte y al artista, al modo en que los entendió el romanticismo.
- El romántico cree que el arte está en la propia mente del artista, que lo expresa, con mejor o peor suerte, en las obras que crea.
- ¿Hay otra forma de entenderlo?
- Por supuesto. Tradicionalmente se suponía que el artista era un artesano como otro que había aprendido una técnica o arte que le permitía realizar obras más o menos logradas.
- O sea que el artista era un hombre corriente sólo que conocía unas determinadas técnicas. Se me ocurre una objeción: en la antigua Grecia se decía que los poetas estaban inspirados o poseídos por una musa o un dios cuando escribían sus obras.
- Sí, esta es la idea que recuperarán los románticos. Sólo que en lugar de estar inspirados por un dios, los artistas están inspirados por sí mismos, porque no son gente como los demás, son genios y captan de forma intuitiva aspectos de la realidad que los demás hombres no captan o que lo logran tras un largo esfuerzo mediante el uso de la razón.
- ¿Todavía se ve hoy en día así al artista?
- No. Ya en la época de Nietzsche, el arte comenzó a desplazarse desde la mente del artista a la mente del público.
- ¿Quiere decir esto que es el público quien determina si algo es arte o no?
- En efecto. Bien sea el público en general o una minoría de expertos.
- Pero no ha desparecido la visión romántica del artista.
- Se mantiene de una forma residual. Son los denominados artistas malditos. Aquellos que pese a no ser apreciados por el público se empecinan en la realización de sus obras confiando en que el futuro reconocerá su valor y su genialidad.

- Pasemos al segundo período, al ilustrado.
- Dio comienzo con sus viajes, tras la ruptura con Wagner y Schopenhauer.
- ¿Por qué esa ruptura?
- Con Wagner porque comenzó a utilizar temas de inspiración cristiana para su música; con Schopenhauer porque tenía un concepto de la vida demasiado triste y pesimista.
- ¿Qué características muestra este período?
- Asume la crítica de los ilustrados, especialmente Voltaire, a la metafísica, la religión y el arte. Su proyecto es alcanzar un hombre libre de todas esas ataduras y de prejuicios.
- Se volvió positivista.
- Sí, comenzó a interesarse por la ciencia y por el pensamiento a que ésta había dado lugar. Un pensamiento que no cree en dioses ni en conceptos que vayan más allá de la experiencia común.
- Sospecho que no le duró mucho este enfoque.
- Así es. Fue cuando escribió su obra más famosa: Así hablaba Zaratrusta.

- Con eso entramos en el tercer período ¿Quién era Zaratustra?
- Una suerte de profeta persa del siglo VII a.C. que provocó una renovación religiosa proclamando un monoteísmo (Ahura Mazda ) que rige un universo en el que luchan dos principios o espíritus: el del bien (Spenta) y el del mal (Ahriman)
- Un monoteísmo peculiar.
- Sí, porque finalmente la lucha se resuelve entre el Dios Santo o Ahura Mazda y Ahriman. Lo que ya es una aproximación al dualismo metafísico. En el cristianismo se da algo parecido: sólo hay un Dios, aparentemente todopoderoso, que sin embargo siempre está luchando contra un espíritu inferior a él, pero igualmente poderoso, que es Lucifer.
- ¿Por qué Nietzsche escogió la figura de Zaratrusta para representar sus nuevas ideas?
- Porque vio en él al iniciador de la moral, con su contraposición entre bien y mal. Y a la vez el de la metafísica, ya que interpreta a estos dos conceptos como espíritus vivientes, divinos y eternos.
- Pero Nietzsche estaba en contra de la metafísica y de la moral.
- Sí, se consideraba como el superador de ambas. Lo que en lenguaje simbólico significaba partir de Zaratrusta para superarlo.
- ¿Cómo pensaba hacerlo?
- Invirtiendo los presupuestos de Zaratustra. En primer lugar, negando que existan mundos divinos en el que los dioses o espíritus deciden sobre nuestras vidas.
- Hablemos de la obra.
- Es en ella donde introduce los conceptos fundamentales de su doctrina: la muerte de Dios, el nihilismo, la transmutación de los valores, la pluralidad de perspectivas, la voluntad de poder, el eterno retorno y los hombres superiores.
. Comencemos por la voluntad de poder.
- Nunca definió con exactitud el significado de esta expresión. Lo usa como sinónimo de la voluntad de ser más, de vivir más, de superarse y de mostrar una fuerza siempre creciente.
- Se parece al conatus de Spinoza. ¿Tiene que ver con la “voluntad” de Schopenhauer?
- No. Tampoco con la voluntad de la que hablan los psicólogos. Ni la voluntad de verdad de los filósofos teóricos, que es un mero reflejo pasivo del mundo. Tampoco es la voluntad que busca el placer y evita el dolor; para Nietzsche el dolor es algo positivo porque actúa como estimulante de la voluntad.
- Pues será como una voluntad de vida.
- Más bien al contrario: la vida es voluntad de poder.
- ¿No se puede resumir en un concepto menos ambiguo?
- La voluntad de crear, seguramente.
- Pero dice que no es una facultad humana, al modo de la de los psicólogos.
- Sí, y tampoco es un instinto biológico de poder, ni político ni racista. Es todo un conjunto de fuerzas y pulsiones que apuntan hacia el poder, entendiendo por tal el superarse a sí mismo en todos los sentidos. Más tarde interpretó que la voluntad de poder se concreta especialmente en la creación de nuevos valores.
- Pero parece que le daba un sentido cósmico a esa voluntad de poder. Como si fuera una suerte de Logos que explica el mundo.
- Mejor de antilogos. Porque es una fuerza irracional, un monstruo, ya que no es algo ordenado; un monstruo sin principio ni fin, un juego de fuerzas que ni se crea ni se aniquila, solamente se trasforma.
- ¿Sin principio ni fin? No tenía una visión lineal del tiempo.
- Aquí entra su concepto del “eterno retorno”. Negaba que el universo tuviese una finalidad o un progreso lineal.
- Esto ya lo afirmaban los presocráticos.
- Sí, pero en Nietzsche apenas si tiene sentido cosmológico, sino moral. Porque del eterno retorno de todas las cosas y todas las situaciones él extrae una conclusión moral: si todo se repite, todo es bueno y justificable.
- Una idea estoica: la creación y destrucción de los mundos y el determinismo.
- El eterno retorno de Nietzsche es como una pesadilla. Porque no afirma solamente que el mundo pasa por infinitos ciclos de destrucción y reconstrucción, sino que cada ser, cada situación, cada pensamiento se repetirá una y otra vez.
- ¿Pero qué tenía que ver esto con la moral?
- Tal como él lo entendía la moral es el apego a la vida, a nuestra existencia, dolorosa y finita, y, por tanto, amor al destino: no querer que nada sea distinto, ni en el pasado ni en el futuro ni por toda la eternidad.
- Esto va en contra de todo lo admitido hasta entonces.
- Por eso él hablaba de una inversión de los valores para descartar todo lo que se opone a la vida.
- O sea descartar la moral cristina: la bondad, la benevolencia… ¿Qué tipo de hombre y de sociedad cree que puede surgir de esa inversión de valores?
- La sociedad no le importaba mucho. Le preocupaba el individuo. Y lo que espera es que surja un hombre nuevo, un superhombre. O tal vez sea más preciso decir que “algunos superhombres”.
- Los nazis utilizaron este concepto.
- Lo tergiversaron. Fue la propia hermana del filósofo, casada con un racista antisemita, quien expurgó y cambió determinados textos de su hermano para darle un sentido espurio que luego los nazis utilizaron.
- Reconocerás que sus ideas se prestaban a ello.
- Sólo de un modo aparente.
- ¿Cómo suponía que iba a aparecer el superhombre?
- Si tomamos en serio el eterno retorno, vendría necesariamente como parte del ciclo eterno de repetición.
- ¿Y a qué se parecería? ¿A un nazi dominador, violento, cruel?
- En absoluto. Sería más parecido a un niño. Un niño amoral, no inmoral, que no tiene sentido del bien y del mal, inocente, que juega, que crea continuamente sin ninguna finalidad y sin ninguna causa que le determine a ello necesariamente.
- Recuerda a la afirmación de Jesús: quien no se haga como un niño no entrará en el reino de Dios.
- En algo se parece. En Lucero, el hombre nuevo significa una superación de la muerte por la resurrección. En Nietzsche por el contrario, significa la muerte de Dios, la desaparición de ese dios que es antítesis de la vida.
- Esto es un juego de palabras.
- Los cristianos entienden la verdadera vida no es ésta, sino otra que está más allá, después de la muerte. Nietzsche en cambio sólo ve como real esta vida, aunque, eso sí, eternamente repetida.
- ¿Por qué esa aversión tan grande al cristianismo?
-Veía al cristianismo como el resumen de todos los aspectos criticables de la cultura occidental: ciencia, arte, religión, filosofía, moral, ideologías, nacionalismo…
- ¿No lo llamó “nihilismo”?
- Sí. Aunque utilizaba este término (de nihil = nada) para descalificar cualquier doctrina que niegue realidades o valores que él considera importantes.
- El término ya existía.
- Se llamó nihilismo al sentimiento de desesperanza que se produce en Rusia en el siglo XIX tras el fracaso de las reformas de Alejandro II. Y se llamó nihilistas a quienes intentaban romper con la tradición y fundar la sociedad sobre una base científica o positivista.
- Llegaron a ser un grupo político.
- Acabaron confundidos con los anarquistas.
- ¿En qué sentido lo utiliza Nietzsche?
- En dos sentidos: como signo del creciente poder del espíritu (nihilismo activo) y como decadencia y retroceso del poder del espíritu (nihilismo pasivo). Tiene que ver con la voluntad de poder: si disminuye, da lugar a un nihilismo pasivo; si aumenta, a un nihilismo activo, crítico.
- ¿Consideraba que ya habíamos llegado a una situación de nihilismo pasivo?
- Veía atisbos de su inminente llegada. Porque todos los valores creados por la cultura occidental eran falsos valores que negaban la vida misma. Se había pasado del “Dios es la verdad” a “Todo es falso”. De hecho, consideraba al mismo Schopenhauer como representante de este pesimismo.
- Supongo que él propondría un nihilismo activo.
- Sí, como una crítica destructiva que no se limitase a lamentaciones sino que diese paso a nuevos valores.
- Crear una civilización nueva antes de que se derrumbe la antigua.
- Le gustaban ese tipo de declaraciones grandilocuentes.
- Respecto a la filosofía, ¿cuáles eran sus objeciones?
- De todas clases: consideraba los conceptos como metáforas petrificadas y olvidadas, a los metafísicos como falsificadores del mundo, y a la verdad como un disfraz que oculta nuestros intereses.
- ¿Qué se opina hoy de él?
- Disparidad de opiniones. Hay quien no soporta su estilo grandilocuente, sus afirmaciones dogmáticas, su análisis más psicológico que filosófico…; otros lo consideran precisamente un extraordinario psicólogo del hombre y de la cultura, y uno de los grandes.
- Estaría muy satisfecho de saberlo.
- Nunca llegará enterarse, si lo que dijo es cierto. Aunque ya en vida tenía una gran opinión sobre sí mismo. Y, desde luego, nadie atacó a la cultura occidental con tal furor y sutileza.

9 02 2012
Juan Tendi (20:46:55) :

Mendigos

I.

Cuando era niño sabía a que atenerme. Ser mendigo entonces era una profesión y resultaba fácil distinguirlos. Todos parecían viejos e iban desarrapados, con barbas largas y múltiples prendas amontonadas sobre el cuerpo. Te visitaban en casa, con la consideración de viejos conocidos, en días preestablecidos y, las más de las veces, la dádiva consistía en un trozo de pan o un vaso de leche. Sólo algunas gitanas se salían del papel, con la consiguiente indignación de mi madre, al despreciar el pan y solicitar aceite o dinero. Muchos de ellos no desdeñaban hacer trabajos ocasionales, aunque la edad avanzada y el aire aturdido de casi todos excluyesen cualquier reproche. La única crítica que solían recibir emanaba de su devoción por el alcohol.
A mis ojos, tenían su lugar en el mundo. No especialmente deseable ni glorioso, pero el suyo. Eran mendigos igual que otros obreros, pintores o policías.
Al crecer les fui olvidando. Perdieron su halo misterioso y se convirtieron en una suerte de hombres fallidos, de quienes se aparta la vista por piedad, aunque siguieran conservando su estatus mendicante.
No obstante, el orgullo que los jóvenes sienten por sus éxitos, que atribuyen a la voluntad, hizo que poco a poco se fuera minando esa última concesión. Comencé a distinguir entre la desdicha física y la psicológica, y a verlos como el resultado de una mezcla de ambas.
Tuvieron que pasar muchos años, y conocer los modos en que la vida puede destruir a un hombre, para que variase mi modo de percibir su mala estrella: la propia vida, la adversidad, los demás o cualquier otra maldita cosa que pueda romper lo que nos sostiene.
También, comprender que el mendigo es una figura ideal y que los que la encarnan responden a tipologías diversas. Con el tiempo fui distinguiendo al chiflado lúcido, al rebelde loco, al herido, al desconcertado, al enfermo, al solitario, al niño, al diferente… Y al normal que un día atraviesa sin darse cuenta la línea que le separa de todos ellos.
Lo más chocante es que algunos fueron mis amigos. Como Luis, un hombre alto y escuálido, de voz susurrante y trémula, a quien conocí cuando era un joven que llegaba a la capital para abrirse camino con apenas diecisiete años. Tenía entonces una biografía breve pero suficientemente extensa para sus años. En la pensión de estudiantes donde coincidimos, pude oírle hablar con cierta envidia cómo había militado hasta hacía poco en un equipo de fútbol de tercera, en su villa natal, de la chica del pueblo con la que se escribía y que parecía no querer olvidarle – desde la belleza de una fotografía que él siempre tenía sobre la mesilla -, de sus planes de estudio y trabajo, y de la esperanza que había depositado en una nueva vida en la ciudad.
Tardé en darme cuenta que era un mendigo. A lo largo de los años había ido encontrándole de tarde en tarde, enterándome de un modo vago de cómo iba su suerte. Al principio eran trabajos más o menos ocasionales; después, largos períodos sin nada concreto. Salvo la queja que poco a poco fui asociando a su persona.
- No hay trabajo. El último que tuve era una mierda. Y hay gente que no te paga. Hice encuestas durante tres meses y ahora no quieren pagármelas.
Más tarde ya fueron los amigos y sus traiciones, las mujeres y sus caprichos, la enfermedad y su yermo legado. También, con el paso de los años, la pequeña ayuda, el anticipo, la invitación y el avío.
- Estoy pasando una mala racha. Ahora mismo, con dos mil pesetas arreglaba mi vida. Van a echarme de la pensión si no pago algo de lo que ya debo. Y en el bar donde como no quieren fiarme más… Gracias, esto me salva la vida.
Pero su vida parecía ir perdiéndose junto con su salud y su buena apariencia. Su presencia, en cambio, fue haciéndose cada vez más conspicua. Empecé a encontrármelo en mi propia calle demasiado a menudo como para juzgarlo una casualidad. No siempre me detenía a charlar o a tomar algo; le daba una ayuda y me iba. Un día miré antes de salir y le vi sentado ante el portal. Varié mis costumbres e inevitablemente llegó el momento en que oí su voz por el interfono preguntándome si pensaba salir.
Fue entonces cuando tuve la ocurrencia de comentar el caso con otro amigo, Miguel, éste mucho más intimo y con quien me unía una intermitente pero inalterable amistad.
- Ese tío es un yonki – me dijo, acogiéndose a la autoridad que le daba ser yonki él mismo – Para eso quiere el dinero. Le conozco bien.
Estuve un tiempo sin encontrar a Luis y meses más tarde, comenté su extraña desaparición con Miguel, temiendo que le hubiera ocurrido algo.
- No le pasa nada; hablé con él. Le dije que como siguiera molestándote le arrancaba la cabeza – dijo entre tierno y feroz con inocente franqueza -. Además, en caso de que tú le dieras dinero alguien, le dije, me lo darías a mí, que soy mucho más amigo que él y desde hace más tiempo.
Tenía razón. Y casi sin proponérmelo me encontré con Miguel como nuevo beneficiario de mi indecisa generosidad.
También tardé mucho tiempo en percatarme que él era casi un mendigo. De hecho, no lo supe claramente hasta que murió de una sobredosis. Fue entonces cuando, al comentar el suceso con otros conocidos, descubrí que tenía una red de benefactores a los que igual que a mí sometía a un chantaje de amistad y afecto.
- No sabía parar – me contó Josechu, un pastelero amigo de la noche y de todo el mundo -. No le bastaba con las cuarenta que cobraba de una pensión de beneficencia. Lo sacaba de la madre, de los amigos y de todo el que podía. Sólo trapicheaba algo con los conocidos; la policía le tenía muy marcado y estaba en libertad condicional. Pero siempre hacía planes para seguir traficando en cuanto las circunstancias cambiasen.
No podía quejarme. El propio Miguel me había advertido años atrás contra los yonquis.
- Jamás te fíes de uno de ellos. Venden a su madre sin pensárselo. Jurarán por lo más sagrado y dos minutos más tarde ya lo habrán olvidado. Sólo viven para ella, para la blanca.
De todas formas, el caso de Miguel era un poco especial. Ni entonces ni ahora le he podido ver como un mendigo, aunque prácticamente lo fuese.
Lo que terminó por definir mi actitud ante los mendigos fue un suceso que me ocurrió poco tiempo después.

II.

Trabajaba por entonces como agente de tributos en la Recaudación de Hacienda de Gijón. Un empleo mal pagado, con irregulares horarios y escasa gratificación. Aún no se había inventado la semana inglesa para todos y debíamos trabajar los sábados.
Uno de esos sábados, al volver a Oviedo con la paga del mes en el bolsillo – todavía existía la costumbre de abonar el salario al contado, incluida la calderilla – me encontré con él, con el hombre que habría de cambiar mi modo de pensar de un modo duradero.
Le vi parado, levantando la mano, junto a la estación del tren, tras el semáforo que da paso a la autopista. No tenía buen aspecto: macilento, con las ropas arrugadas y barba de varios días. Le recogí; años atrás había recorrido varias veces el país haciendo autostop y me sentí obligado. Ya entonces no se veía a demasiada gente haciendo eso, pero yo era lo bastante joven e imprudente como para temer nada de nadie.
Tras el saludo de cortesía permanecí en silencio para hacerle entender que no pensaba cobrarle peaje de conversación. No obstante, su aire desarbolado y el definido olor que introdujo en el coche me forzaron a interesarme por su salud y estado.
- Llevo dos días sin comer – dijo con voz ronca y aliento entrecortado -, durmiendo en casas abandonadas. Llegué a Gijón hace dos meses con un contrato para embarcarme en un carguero con destino a Nigeria. Pero cuando fui al puerto no pude encontrar ni el barco ni al hombre me había contratado. Me quedé en un albergue para transeúntes con la esperanza de que alguno de los dos apareciese. Había venido desde Jaén y, gastos aparte, me sabía mal regresar con las manos y los bolsillos vacíos. Aguanté un mes, hasta que se acabó el dinero, yendo todos los días al puerto a preguntar por el barco o por cualquier otro trabajo que saliese. Una vez tuve suerte y me cogieron para descargar camiones. Sólo duró tres días. Después, nada. Me mantuve comiendo en la Cocina Económica y durmiendo en un albergue, hasta que me dijeron que debía trasladarme. Son para transeúntes. No permiten que nadie se instale definitivamente. Me parece bien. Me dirigí entonces a la carretera, para hacer autostop hacia el sur, pero ese día, no sé por qué, no me cogió nadie. Al día siguiente me puse a caminar, tampoco sé por qué, pero a los cuatro kilómetros ya no tenía fuerzas y me metí en una especie de garaje a descansar. Me quedé dormido. Cuando desperté estaba oscuro y no sabía exactamente donde me hallaba. Estuve despierto toda esa noche, viendo llover, y en cuanto amaneció volví a la ciudad campo a través. Eso fue ayer. Anoche dormí en un pajar, y esta mañana, al despertarme llegó el dueño y me pidió que me marchase. Llevo dos días sin comer, creo. Y hoy, cuando ya me encontraba bastante confuso y sin saber qué hacer, me pongo aquí y a los cinco minutos pasa ud.
Siguió así más o menos todo el camino hasta Oviedo. No supe muy bien qué decirle. No me gusta repetir cosas consabidas y además, en esas ocasiones, todas las palabras parecen de compromiso.
Sea por lo que fuera, cuando iba a apearse del coche, le pedí que aguardase, cogí mi sobre y saqué mil pesetas.
Se negó a tomarlas. Insistí y las aceptó.
Mil pesetas en esos tiempos no es que fuesen mucho, mas tampoco eran despreciables. Sobre todo para mí, que ganaba exactamente diecisiete mil, y que ni siquiera era capaz de poder pagarme solo una vivienda, y me veía obligado a compartirla con otro inquilino. Por no hablar de las ayudas en comida que recibía de casa.
Como una cosa lleva a la otra, y todo llega por rachas, esa temporada me noté especialmente generoso con los pedigüeños. Nunca, por supuesto, volví a darle mil pesetas a un desconocido, pero raro era el mendicante que no se iba con alguna moneda tras abordarme.
Fue, por otro lado, una época en que la prensa se ocupaba a menudo de estos temas – o puede que yo les prestase más atención que antes -, y no eran infrecuentes las noticias acerca de redes organizadas que controlan a los vendedores de cualquier tipo de rifa o publicación, y del gran negocio que había montado sobre esto. Por no hablar del alquiler de niños, el eterno fingimiento de enfermedades y taras, y todo tipo de engaños propios del lumpen.
El mismo Luis me había advertido sobre este tipo de cosas, tiempo atrás.
- Ese – me decía, aludiendo a un famoso pedigüeño que tenía su oficina en la calle frente a La Jirafa, desde hacía veinte años, y que pese a su patético aspecto, o precisamente por eso, se había convertido en algo así como el mendigo oficial de la ciudad, a quien saludaban todo tipo de autoridades y vecinos – se autolesiona intencionadamente para que la gente le dé. Pero es un yonki. Yo a las drogas les tengo mucho miedo. Nunca me metería nada por ningún motivo.
Debía de tener razón. El mencionado postulante tenía el aspecto de haber sido atropellado por un autobús diariamente durante años. Flaco, fibroso, de ojos hundidos y gesto nervioso, era capaz de mendigar bajo homéricos aguaceros, temperaturas gélidas y nevadas persistentes.
También pasaba por malas rachas. No en su recaudación, que parecía ser regular y abundante, sino en su humor. Algunos días, cuando los transeúntes no eran conocidos y se mostraban indiferentes, acostumbraba a echar alguna que otra maldición, recordando sus ancestrales orígenes.
- Ojalá te salga un cáncer y se te pudra la mano.
Muy pronto se extendió, al menos entre la gente que yo frecuentaba, la opinión de que dar limosna era un error que sólo contribuía a incrementar la picaresca, y no a ayudar a las personas que realmente lo necesitaban.
Yo seguía indeciso. Como suele decirse, cada caso es un mundo, y no me parecía que fuese tan fácil escudarse en la eficiencia de los servicios públicos o en la perdurable existencia de los pícaros, para negar alguna que otra ayuda. También contaba cierta simpatía, más emocional que meditada, para con los marginados.
Pero todo esto cambió el día en que cogí a un hombre en autostop, haciendo el trayecto de Oviedo a Gijón. Ya no trabajaba en la Recaudación, sino en otra cosa, si no mejor, sí un poco mejor pagada.
El hombre estaba al comienzo de la autopista, parado ante el semáforo, a la altura de la Fábrica de Armas.
No tenía mal aspecto, aunque tampoco es que fuese hecho un pincel. Barba recortada, jersey gris y pantalones gastados. Sí pensé que iba algo desabrigado para la época del año. Su rostro, pese a una mueca dolorida, parecía noble y sincero. Enseguida comenzó a hablar, y muy pronto tuve motivos para quedarme totalmente estupefacto.
- Llevo dos días sin comer – dijo de pronto, sin que le preguntase -, durmiendo en casas abandonadas. Llegué a Gijón hace dos meses con un contrato para embarcarme en un carguero con destino a Nigeria. Pero cuando fui al puerto, no pude hallar ni al barco ni al hombre me había contratado. Me quedé en un albergue para transeúntes, con la esperanza de que alguno de los dos apareciese. Había venido desde Jaén y, gastos aparte, me sabía mal regresar con las manos y los bolsillos vacíos. Aguanté un mes, hasta que se acabó el dinero, yendo todos los días al puerto, a preguntar por el barco o por cualquier otro trabajo que saliese. Una vez tuve suerte, me cogieron para descargar camiones. Pero sólo duró tres días. Después, nada. Me mantuve comiendo en la Cocina Económica y durmiendo en el albergue, hasta que me dijeron que debía trasladarme. Son albergues para transeúntes. No permiten que nadie se instale definitivamente…
Tardé en darme cuenta de que aquella historia no me era desconocida, pero poco a poco fue surgiendo la duda, la sorpresa, la incredulidad y la certeza.
Le miré fijamente.
- A ud. le conozco. Hace unos dos años le cogí en autostop en este mismo trayecto, viniendo de Gijón.
Por la cara que puso comprendí que no le gustaba nada lo que oía.
- Es imposible. Llevo dos meses en Asturias y nunca había estado antes aquí.
- Sí – insistí -. No soy bueno con las caras, pero recuerdo perfectamente la historia.
Siguió negando y yo insistiendo, hasta que creí poder convencerle, e incluso establecer cierta complicidad, recordándole que le había dado un billete de mil pesetas.
Se sintió ofendido.
- Ud. me confunde con otro.
- Pues es la misma historia que me contó alguien hace dos años.
El resto del viaje no fue muy agradable; los dos guardamos silencio. Yo sopesaba las posibilidades de que fuese un equívoco, pero no encontraba otro modo de interpretar la coincidencia. Por su parte, se notaba consciente de lo que implicaba mi afirmación y parecía resentido o desanimado.
Al llegar a Oviedo nos despedimos fríamente y nunca más le volví a ver. Aunque, seguramente, si lo hiciese ya no le reconocería.

III.

En los días que siguieron me pregunté muchas veces cómo interpretar lo sucedido. Lo primero que pensé es que había creado, con mi exagerada contribución, a un mendigo. Yo era el responsable, en algún modo, de que un trabajador en apuros se hubiese convertido en un pillo mendicante.
Deseché la posibilidad de un error, porque se pueden olvidar los rostros pero las historias es más difícil, por mucho que se deformen los detalles.
Cabía también pensar que yo no hubiese sido el primero en escuchar aquella historia, sino sólo una víctima más de la cadena. Sin embargo, por lo que uno oye por ahí, nadie suele ser tan tonto o desprendido como yo lo había sido – los que tienen mucho, porque precisamente por eso han llegado a tenerlo, y los que no, porque sienten más compasión por sí mismos que por los demás.
Imaginé, pues, con cierta culpabilidad, a aquel hombre, asombrado por el resultado de su verídica historia y dispuesto a convertirla en falsa con tal de poder escribir así la fábula de su vida. Yo había transformado, con mi imprudencia, su verdad en mentira. Y esa mentira se había convertido desde entonces en la verdad de su vida.
Hasta que me di cuenta de que seguía cometiendo el mismo error al sentirme responsable. Dos años atrás había querido, de algún modo, salvarle, no por la cuantía del dinero – que no habría de durarle mucho -, sino por la confianza que con mi gesto quería infundirle. Y ahora, nuevamente, buscaba librarle en parte de su responsabilidad, al creerme el agente de su decisión.
En el fondo, pues, yo seguía viéndole como un hombre caído, que necesita ayuda – física o moral - para salvarse. Pero la ayuda sólo sirve para quien se ayuda a sí mismo. Y él, al parecer, había decidido depender de otros para siempre.
Lo que no puedo evitar desde entonces, cuando alguien se acerca hasta mí con alguna historia penosa, o veo esos carteles en los que alguien exhibe su derrota, es preguntarme a cuál de los dos fracasos se referirá. Al falso – por azaroso y sobrevenido -, que le llevó a escribir el cartel, o al verdadero – por definitivo y elegido – que le condenó a reescribirlo.

22 02 2012
Juan Tendi (18:20:24) :

Por qué no soy budista.

Tendría por entonces unos dieciséis años y compré un libro sobre yoga que había visto en el escaparate de una tienda de deportes en la cuesta de Viaducto Marquina, una de aquellas mañanas en las que en lugar de subir por la calle Santa Cruz, hacia la Academia, me extraviaba por cualquier lugar de la ciudad que aún no conociese.
Lo primero que llamó mi atención fue que vendiesen libros en una tienda de deportes. A mí los libros me gustaban tanto como los deportes; más bien poco. Pero ambos me provocaban cierta curiosidad. Los libros, porque nunca sabes qué vas a encontrar en ellos; los deportes, porque se presume que te vuelven más chulo.
Entré y compré el libro. Esto, en resumen. En detalle lo que hice fue ir hasta los bancos del Escorialín donde solía encontrarme con Toño el Flauta, que también se ocultaba bien temprano de cualquier obligación, fuese la que fuese, aunque enseguida dejó de tenerlas. Como hacia las diez ya se había fumado dos canutos, no era difícil sacarle algo de dinero. O mejor, de alguien. Porque él nunca tenía dinero, ni siquiera hablaba de ello. Claro que siempre tenías que quedarte un rato oyéndole ponderar a las gallinas – es la única persona a la que haya oído hablar bien de ellas; qué digo bien, con admiración y ternura -, dando un par de caladas y escuchándole tararear Johnny be good.
¿Para qué diablos necesitaba yo un libro sobre yoga? Para nada. ¿Por qué lo compré? Por eso.
Lo primero que me gustó del yoga fue que era una especie de deporte que se hace sentado. Ya sé que no es estrictamente un deporte y que no se hace exactamente sentado, pero yo me entiendo. Al fin y al cabo, todos los yoghis que salían en las fotos tenían un cuerpo delgado y musculoso. Que además se hiciera sentado no representaba para mi un inconveniente; más bien al contrario.
Yo era joven y escéptico sobre todas las cosas, excepto sobre mí mismo. También era eso que después se llamó fracasado escolar o inadaptado o cualquier jodida cosa igual de chunga, y que entonces se simplificaba con el término de mangante. Así que sentía deseos de probar cualquier experiencia que me hiciera ser diferente a lo que era.
Armado – ese era el espíritu – con el libro, me encerré en mi cuarto. Tras hojearlo un poco se me reveló el arcano. El asunto parecía fácil: retorcer el cuerpo y no pensar en nada. Eso sí, no de cualquier manera, sino las dos cosas con cierta dignidad y protocolo.
A falta de mejor uniforme, me vestí – o desvestí - con unos grandes calzoncillos blancos que encontré en un armario y me parecieron lo más semejante a un taparrabos hindú, una vez que los retuerces entre las piernas. Serían de mi abuelo. Apagué la luz y cerré la puerta con el pestillo. Encendí una vela, la coloqué en el suelo y me senté frente a ella más o menos en la postura del loto. Como no sabía lo que era un loto me distraje un rato tratando de adivinarlo. Hasta aquí no había nada extraño, si exceptuamos los calzones. Más o menos eso era lo que hacía todo día: estar sentado.
A continuación, y siguiendo las instrucciones del libro, traté de ignorar los dolores musculares y me concentré en mirar la llama de la vela. Seguía siendo fácil. Comencé a respirar como si me faltara el aire o fuese domingo por la tarde. Había que hacerlo así. Me centré en la respiración. No era una manía. La clave estaba en la concentración.
A partir de ese momento surgieron mis problemas, porque lejos de concentrarme en alcanzar la nada – no sé si lo he dicho, pero yo tenía que llegar a nada. Bueno, no a nada, porque en eso ya estaba más o menos, según mi padre, sino a la nada, y no haciendo nada simplemente, sino esforzándome en llegar a ella – empecé a preguntarme qué rayos significaba concentración. A bote pronto se me ocurrió que uno está concentrado cuando hace una sola cosa y además lo hace bien, y no de cualquier manera. Así, si mi padre me encontraba estudiando al llegar casa – lo que era frecuente, porque hace mucho ruido al andar – solía exclamar: el chaval está concentrado. Pero si suspendía el siguiente examen, el diagnóstico cambiaba: no está concentrado; está ahí, delante del libro, tocándose los cojones. Disculpen su lenguaje, sólo lo hacía para impresionar a mi madre. A lo que iba: uno sabe que está concentrado cuando hace algo y lo hace bien. Aquí surgió la primera dificultad. ¿Cómo podía concentrarme en nada, si concentrarse es hacer algo? Dirán que no hacer nada es equivalente a hacer nada, pero a mí se me pedía que pensase en nada. Y aparte de que pensar es una actividad, no hay forma de saber que hay nada o estás en nada salvo que notes que falta algo. Las únicas nadas que conocía eran nadas relativas: ¿Ha llamado Marisa? Nada. ¿Está la cena? Nada. Además, si querían que pensase en nada, ¿para qué necesitaba la vela y el libro? Esto me dio qué pensar, y no en nada precisamente.
Cerré los ojos y pensé en que los tenía cerrados, y no iba a ver nada. O sea, no es sólo que no viese nada, sino que lo pensaba. Al llegar ahí ya no se me ocurrió nada más sobre el particular. ¿Estaría llegando a la nada? Me puse contento y la jodí, porque estar contento ya es algo. Pues nada, se me quitó la alegría enseguida, con lo cual conseguí volver al buen camino.
Esto funciona, dije para animarme. Claro que al decir eso, ya no sabía si estaba concentrado en nada o no. Deduje entonces que el problema estaba en el pensar. Tenía que dejar de pensar. Aunque, por otro lado si te pones a pensar en lo difícil que es concentrarse en nada, llegas a no tener nada claro. O sea, que de algún modo andas por la nada. O al menos, por sus alrededores.
Entre una cosa otra debí conseguir avecindarme en la nada, porque los golpes en la puerta me dieron un susto de muerte. Era mi hermano pequeño. Seamos precisos: el capullo de mi hermano pequeño.
- ¿Qué quieres?
- Nada.
Vaya, pensé, otro adepto. Supuse que si no quería nada, se iría. Pero ya dije que era un capullo; quería entrar.
- ¿Para qué?
- Para nada.
Hay que joderse. Por lo visto la nada impulsa a la gente a hacer cosas.
- Abre.
- No puedo.
- ¿Qué haces?
- Nada.
No lo creyó. Estuvo un rato aporreando la puerta. Me mantuve quieto y en silencio. Al fin y al cabo era un aprendiz de yoghi. O sea, un tipo que está sentado y no hace nada. Y menos, abrir puertas a hermanos botarates.
- ¡Abre!
- Lárgate, cabrón.
Esto último fue una debilidad. No es que estuviese pensando en nada, pero me estaba cabreando un poco. Menos mal que mi madre oyó los golpes y los gritos, y pegó un grito más fuerte desde el fondo del pasillo.
Durante un rato no se oyó nada. ¿Se habría ido? Desconfiaba. Siempre parece estar buscando algo. Al revés que yo, que quería encontrar la nada.
De todas formas los minutos pasaban y no se oía nada.
Si el nirvana es nada, yo debía andar cerca, porque ya no sentía las piernas. El resto del cuerpo supongo que estaba más despierto ya que no me caía hacia los lados. De repente oí una voz estridente. No era Dios; era mi hermano:
- ¡¡Está desnudo en el suelo, a oscuras!!
El muy majadero se había subido a una escalera y asomaba por el tragaluz que se abría encima de la puerta. La información, doblemente falsa – debía estar dirigida a mi madre, porque chilló qué pasa desde la cocina y la corneja volvió a gritar, cambiando de términos, pero no de falsedad.
- ¡Juan está en pelota, tirado en el suelo y con una linterna!
No sé si lo que alarmó a mi progenitora fueron los gritos o su significado. El caso es que se sintió obligada a acercarse y golpear en la puerta.
- No estoy desnudo, sino en calzoncillos; ni a oscuras, sino con una vela; y no estoy tirado en el suelo, sino sentado sobre la alfombra – precisé con voz tenue y apacible
- ¿Y qué haces desnudo por el suelo?
Les juro que mi madre siempre fue una persona inteligente. Y sorda, hasta ese momento, no parecía. En fin, las madres traducen a su propio idioma las palabras de sus hijos.
- Soy un yoghi.
- ¿Qué?
- ¿Qué estoy meditando?
- ¿Qué estas qué?
Me oía, mas por lo visto no era eso lo que quería oír. Así que confesé.
- Nada. Que estoy loco.
Esto debió resultarle tranquilizadoramente familiar y verdadero, porque dijo ah y se fue.
El que no se marchó fue mi hermano. Al parecer, no creía que estuviera loco y quería volverme él.
- ¿Y qué hacen los locos? ¡Abre!
Se lo expliqué. Bajito, pero le dije claramente lo que hacen los locos con los hermanos capullos.
- ¡¡¡Mamá!!! ¡¡Juan dice que va a arrancarme la cabeza y pegármela en el culo!!
Paz y amor, me dije a mí mismo, en un desesperado intento por mantenerme no ya concentrado sino sosegado.
No lo logré. El estrépito de un huracán subiendo la escalera me indicó que llegaba la parte masculina de mi progenitura. Apenas tuve tiempo para echarme un bata encima, encender el flexo, apagar la vela, abrir la puerta y colocar el libro de Inorgánica sobre la mesa. Y poner cara de concentrado.
Mi padre entró como un pistolero en el salón del pueblo.
- Ah, estás estudiando. Bien.
Se dio la vuelta justo a tiempo para no ver como mi hermano tiraba de la bata intentando dejar al descubierto mis calzones blancos.
- Está desnudo, papá. Y se tira por el suelo. Y lee a oscuras. Y está loco.
Se la ganó. La andaba buscando y la encontró. Una leche en toda la cocorota. Se fue lloriqueando, intentando obtener justicia y vender la historia del loco.
Mi padre tronó desde el fondo del pasillo que comiese solo, cuando todos terminasen. A ver si aprendía a tratar bien a mi hermano.
Y allí quedé. Pensando, no meditando; cabreado, no concentrado. La filosofía oriental provoca conflictos en las familias occidentales, concluí. Y allí mismo abandoné mis intentos de ser un yoghi budista o cualquier cosa que se le pareciese.
Al día siguiente, a primera hora, me dejé caer por el banco donde Toño se pasaba las mañanas sentado bajo los arces otoñales.
Intenté venderle el libro; no compraba. Probé a regalárselo; no leía. Le dije que lo tomase como compensación por el dinero prestado.
- Nadie debe nada – dijo pegando una profunda calada y mirando al infinito, o sea, a las chicas que pasaban por la Escandalera.
Le miré como si le viese por primera vez.
- Oye, ¿tú no serás budista?
- Tú mismo, tío – respondió sereno, feliz, sonriente y concentrado en sabe Dios qué cosa.

9 03 2012
Juan Tendi (20:56:06) :

El virus de la verdad

Sócrates.- …y creo, amigos, que no hay mejor tarea para el hombre que esa.
Diógenes.- Veo, Sócrates, que sigues enredando a la gente con tus palabras. Aunque, propiamente, no es gente lo que aquí veo, sino corderos que balan cada vez que haces una señal.
Sócrates.- Hacía tiempo que no gozábamos de tu compañía, Diógenes. Y por la diosa que me alegro. Acércate, si te place, y comparte nuestra conversación.
Critias.- Déjale, Sócrates; Diógenes no quiere estar cerca de la verdad.
Diógenes.- ¿Qué verdad? ¡La verdad no existe!
Sócrates.- Sosiégate, Diógenes. ¿Crees en verdad que la verdad no existe?
Diógenes.- Acabo de decirlo ¿Sigues sin lavarte las orejas cuando sales de casa?
Sócrates.- Me conoces bien. No es hoy, ciertamente, uno de los días en que más me haya esmerado en mi atuendo. Como sabes, prefiero asearme al atardecer, cuando se ofrece algún simposio con los amigos. Pero mi pregunta no tiene la causa que festivamente señalas, sino mi sorpresa. Porque o mis oídos me traicionan, como bien acabas de señalar, o juraría que lo que dijiste antes era que no había ninguna verdad, puesto que la verdad no existe.
Diógenes.- Eso mismo dije.
Sócrates.- Pero también afirmas, a continuación, que eso que tú dices es verdad. Y por tanto, que hay, al menos, una verdad.
Diógenes.- Sé muy bien lo que dije y lo que digo. Al revés que otros. Digo que sólo hay una verdad: aquella que afirma que la verdad no existe.
Sócrates.- Ahora te he entendido mejor. Te lo agradezco, porque no sabía eso. Y todos sabéis que nada me agrada más que aprender de cualquiera que tenga a bien enseñarme.
Diógenes.- Pues ya estás enseñado. Ahí os quedáis.
Sócrates.- Aguarda, Diógenes. No soy tan rápido comprendiendo como tú. De hecho, creo advertir una contradicción en lo que dices. Por un lado afirmas que no existe la verdad, y por otro que hay, por lo menos, una verdad. ¿No hay en eso una contradicción?
Diógenes.- Me da igual. Será una contradicción, pero es verdad.
Sócrates.- Pero, Diógenes, si hay una contradicción es porque en realidad estás afirmando dos cosas diferentes y no una. A saber, que no existe la verdad, y que la única verdad que existe es esa. ¿No son eso dos verdades?
Diógenes.- Eso parece, ¿y qué?
Sócrates.- Me has llenado de confusión, pues ya no sé si hay dos verdades, una o ninguna.
Diógenes.- No me extraña, ya que todo lo retuerces. La verdad no existe. Esa es la única verdad que existe. Y si eso implica que entonces son dos verdades y no una, pues sea. Sólo hay dos verdades: que sólo hay una verdad y que la verdad no existe.
Sócrates.- ¿Acaso no ves que eso es una contradicción?
Diógenes.- Sí.
Sócrates.- ¿Y te parece que algo contradictorio puede ser verdadero?
Diógenes.- Lo afirmo. ¿Por qué no? Afirmo, como ya lo hizo Heráclito, ese por cierto a quien tanto respetas, que una cosa puede ser algo y lo contrario de ese algo.
Sócrates.- ¿De veras crees que eso es verdad?
Diógenes.- Ya lo he dicho. Me cansas pidiendo una y otra vez que repita lo que afirmo.
Sócrates.- Disculpa mi torpeza, Diógenes, me disgustaría que te sintieras incómodo entre nosotros. Pero dime, ¿no sería ésta una nueva verdad? La tercera, si es que llevo bien la cuenta.
Diógenes.- ¿Tres verdades? Con razón te llaman sofista, pues de mi afirmación de que la verdad no existe has sacado no una sino tres verdades.
Sócrates.- Y cuatro y cinco, me temo, querido Diógenes. Pues acabo de oír que afirmas que soy un sofista. Y supongo que si lo dices es porque es verdad. Y…
Diógenes.- ¿Tratas de burlarte de mí? Bien, Sócrates, responde tú ahora. ¿No es también una contradicción aceptar, como tú aceptaste, que la verdad no existe, y, partiendo de eso, llegar a concluir que hay una, dos y no sé cuántas más verdades?
Sócrates.- ¿Cómo? ¿Has cambiado de parecer? ¿Crees ahora que la contradicción es incompatible con la verdad? Por la diosa que has descubierto una nueva verdad. ¿Cuántas hemos descubierto juntos?
Diógenes.- Ésta es la última. Me marcho. No quiero tener que arrearte un bastonazo.

10 03 2012
Juan Tendi (21:48:16) :

Una joya en la familia

- En un caso así, no se puede evitar el prejuicio de pensar que ha sido alguien de la servidumbre. ¿No cree, señor?
- Siempre que el señor de la casa no sea un jugador empedernido o alguno de los hijos una bala perdida.
- En este caso…
- … todavía no sabemos nada, excepto que han desaparecido las joyas de la señora.
- Eso dijo Jeeves, que fue quien recogió la llamada.
El sargento Higgins no pudo evitar una mueca.
- Dios santo. Entonces, lo que ha desaparecido quizá sean los gorrinos de la granja de al lado. ¿Habrá alguien en la casa?
Los dos agentes llevaban un rato plantados ante la puerta aguardando.
- Se oyen ruidos y voces en el interior. Voy a…
La puerta se abrió bruscamente dejando al agente James con la mano en el aire delante de la roja nariz de una doncellita de ojos lacrimosos y mirada baja, que se hizo a un lado sin decir nada.
- Parece que alguien ha comenzado ya las investigaciones – masculló Higgins de pie en el espacioso hall mientras la muchacha desaparecía hacia el interior de la casa apresuradamente.
No habían transcurrido más que unos segundos cuando una mujer de suaves modales y ligeros movimientos surgió desde el salón con una leve sonrisa de disculpa.
- Soy la señora Heine.
Higgins se sorprendió a sí mismo pensando que la señora no respondía a sus previsiones y se preguntó por qué. No por qué no lo hacía, sino por qué él la había imaginado distinta.
- Pasen al salón. Supongo que ya saben el motivo de mi llamada.
Los dos agentes se sentaron en el florido sofá, tras aguardar a que la señora hiciera lo propio en una hermosa silla de tela dorada. Toda la habitación revelaba un gusto distinguido pese a lo recargado de la decoración.
- Han desaparecido sus joyas, según tengo entendido.
- Oh, no. Sólo una.
- ¿Valiosa?
- La mejor que poseo. Una herencia de mi tía Gertrud. La única que tenía algo escondida. No la pongo a menudo y se hallaba guardada en un cajón secreto del bureau de mi habitación.
- ¿Con llave?
- No. Se trata de un cajoncito que tiene doble fondo.
- ¿Quién conocía su existencia?
- ¿De la joya? Todo el mundo. No somos muchos en la casa.
- ¿Cuántos exactamente?
El señor Collins, jardinero, proveedor, mayordomo y cualquier cosa que se le ocurra. Llevaba más de veinte años con la familia de mi esposo. Un hombre intachable en todos los sentidos. La cocinera, la señora Prudy, algo adusta pero con un corazón de oro. La contraté hace sólo dos años, cuando quedó viuda. Pero nuestro entendimiento y aprecio mutuo es total. Finalmente, Lucy, la criada, una mujer de fuerte carácter, pero absolutamente fiel y respetuosa; y Desi, la doncellita que les ha abierto la puerta. Apenas tiene dieciséis años y es un encanto de criatura. La conozco desde niña. Es la hija de uno de nuestros aparceros. Como ve, no ha podido ser nadie de la casa. Alguien ha entrado en algún momento. Lo que no comprendo es como ha podido…
El sargento Higgins miró fijamente a la señora.
- Oh, sí – se apresuró a decir ésta -, también lo he pensado. No cogieron joyas que estaban casi a la vista y sólo se llevaron la más valiosa. Estoy desconcertada. Sólo se me ocurre que alguien haya podido comentar inocentemente algo en algún sitio. Ya sabe cómo son estos pequeños pueblos; todo el mundo comenta las cosas más nimias.
- Si me permite, aquí viven más personas.
El rubor subió repentinamente al rostro de la señora Heine.
- Por Dios. Mi familia…
- Tal vez algún conocido de un conocido…
- Comprendo. Mi esposo, Frederic, no suele inmiscuirse en nada relacionado con la casa. Vive absorto en sus negocios de importación y en la caza. No creo siquiera que sepa muy bien cómo es esa joya. El bureau es de mi uso exclusivo. Él tiene todas sus cosas en el despacho de la planta baja. Sólo sube a la habitación para dormir. Es de ese tipo de hombres que no acostumbra a ocuparse de nada relacionado con la marcha de una casa. De hecho, hoy se ha ido muy temprano. Dice que no quiere entrometerse en este tipo de sucesos domésticos. Mi hijo, George, es igual que su padre. Estamos muy orgullosos de él. Estudia en Eaton y pasa casi todo el año en el colegio, completamente dedicado a sus estudios. Jamás nos ha dado el menor motivo de queja. Por último, nuestra querida Bárbara, una niña de doce años, muy inteligente y de quien todos opinan que es terriblemente madura para su edad. También es muy cariñosa y me adora, aunque sea un poco inmodesto decirlo. Somos una familia muy unida y jamás ha habido entre nosotros ningún tipo de malentendido. Tampoco con la servidumbre.
Higgins respiró profundamente.
- ¿Me permitirá hablar con ellos?
- ¿Con la servidumbre? Por supuesto. No va a averiguar nada. Yo misma les he preguntado. Están muy disgustados con lo sucedido. Especialmente, Lucy y Desi. Comprendo que ud. debe hacer personalmente sus averiguaciones. Les haré venir a todos. Dios mío, no les he ofrecido nada. Permítanme…
- Estamos de servicio. Pero el agente James no se encuentra bien del estómago y…
- Ahora mismo le servirán un té.
- Él prefiere, si no le importa, tomarlo en la cocina – atajó Higgins mirando hacia el rostro mudo e interrogante de su subordinado.
Higgins se quedó solo en el salón y se dispuso a rellenar la cazoleta de su pipa.
- ¿Le molesta que fume, señorita? – dijo en voz alta – Interpreto su silencio como aprobación – añadió al cabo de unos instantes.
Una niña de cuerpo robusto y ojos muy vivos se acercó desde el fondo del salón.
- ¿Cómo ha sabido que estaba aquí? Claro, ud. es policía.
- También me han ayudado el movimiento de la cortina y dos zapatos asomando bajo ella. ¿Supongo que tú eres Bárbara?
La niña se sentó frente a Higgins, con las piernas recogidas, en el sillón que antes ocupaba su madre.
- ¿Ya sabe quién ha sido?
- Tu madre opina que un desconocido.
La niña apartó la mirada con gesto de contrariedad.
- Mi madre es muy buena. Y muy inocente – añadió con vehemencia.
Higgins dio una larga chupetada y entrecerró los ojos.
- Eres casi una jovencita. Supongo que tendrás algún admirador.
El infantil rostro de Bárbara Heine se ensombreció y un relámpago gris cruzó por sus ojos.
- ¡No pienso casarme nunca! ¡Los hombres son unos cerdos!
- ¿También los hombres como tu padre o tu hermano?
- Mi hermano es un niño. No sabe lo que hace. Le he visto besándose con Desi.
Un rumor de pasos cercanos hizo saltar a la niña de su sillón.
- ¿Puedo quedarme a escuchar?
- No es el procedimiento adecuado.
- Me esconderé y escucharé igualmente.
- Es preferible que lo hagas así.

La mujer que entró en el salón venía con los labios fuertemente contraídos y los ojos aguzados. Indudablemente, estaba furiosa. Afectó no oír la invitación de Higgins para que tomase asiento y se mantuvo firme sobre sus pies con el cuerpo enfrentado hacia el sofá. Negó haber visto a ningún desconocido rondando la casa y saber nada sobre el asunto. El sargento tomó nota de las costumbres de los moradores y de la hora en que solían cumplir sus diferentes obligaciones.
Desi, que entró tras Lucy, sí aceptó tomar asiento y apenas si se atrevió a levantar la vista del suelo. Higgins le hizo las mismas preguntas y fingió tomar algunas notas.
- ¿Qué va a hacer ahora? – dijo Bárbara saliendo de su escondite apresuradamente en cuanto la doncella abandonó la habitación.
- Recabar información por los alrededores. ¿Quieres avisar al agente James para que se reúna conmigo en el jardín?
La niña salió del salón con gesto decepcionado y Higgins hizo lo propio.
El exterior de la casa estaba igual de cuidado que el interior. Macizos exuberantes de flores de todos los tonos y colores alegraban la vista y el corazón.
- Dígame que ha podido escuchar por la cocina. ¿Ya tiene mejor el estómago?
James sonrió.
- Poca cosa, señor. Los ánimos están muy soliviantados. Especialmente, el de Lucy, la doncella. La oí comentar al jardinero que no iba a consentir que la echasen de la casa acusándola de ladrona. Él trataba de calmarla. Pero ella insistía que si lo hacían, todo el mundo iba a saber lo que ocurría allí. Ignoro a qué se refería. Desi, la más joven, se limitaba a llorar. La cocinera se lamentaba entre dientes de que éstas eran las cosas que ocurrían cuando alguien no hacía lo correcto. No sé qué pensar. ¿Ha podido averiguar algo en sus entrevistas?
- Hm. Temo que sí. Espéreme junto al coche.
James se fue rezongando. El sargento volvía a ocultarle información. Lo conocía lo suficiente como para saber que ya tenía una hipótesis sobre lo sucedido.
Bárbara Heine se acercó silenciosamente hasta colocarse detrás del sargento Higgins.
- ¿No va a registrar las habitaciones?
- ¿Habitaciones?
- La habitación de Lucy. Y la de Desi, por supuesto.
Higgins sujetó la pipa con fuerza y dio unos pasos hacia el fondo del jardín.
- ¿Sabes lo que ocurriría si la joya apareciese en la habitación de Desi? La despedirían.
La niña se encogió de hombros.
- Es lo correcto.
- Hm. Tal vez. Lo que no es correcto es usar medios injustos aunque sea con un buen fin.
Bárbara guardó silencio.
- En mi opinión – dijo Higgins –, la mejor solución del caso sería que la joya apareciese tirada en algún sitio. Por ejemplo, detrás del bureau.
- Eso no arreglaría nada – dijo la niña con voz queda.
- Eso sólo, no. Pero también podría aparecer una nota anónima sobre la mesa del despacho de tu padre, indicando lo que es correcto o no que un padre de familia haga.
La mirada de Bárbara Heine se animó.
- Es ud. muy listo. Los policías son muy listos.
- No tanto como algunas niñas.

- ¿Tendremos que volver? – dijo Higgins cambiando la marcha como si fuera a arrancar la palanca de cambios.
- No creo. La joya aparecerá sola. Esta familia está en muy buenas manos.

11 03 2012
Juan Tendi (19:51:32) :

QUERIDA ADELINA

- Si no existe la resurrección, ¿qué hacemos aquí?
La pregunta del sacerdote pretende ser retórica, pero tiene varias respuestas. Ella vivió creyendo que estaríamos y eso es suficiente. Mis tíos tal vez se sientan consolados viendo que el árbol continúa echando raíces, y los parientes, cómo un miembro de la familia deja más de lo que se lleva. ¿O tal vez se dirigía a nosotros? A Víctor y a mí, rígidos, de pie en la primera fila de bancos, sin mover labios ni manos, desafiantes contra esa nada que se reviste de frases previsibles y ceremonias salvíficas, defendiendo lo perdido contra este porvenir que acepta lo inaceptable, afianzado cada cual en la inmovilidad del otro, dejándonos mecer a ratos por esa mansa lluvia de palabras que afirman que no pasa nada y que la nada pasa, jugando a dejar que los demás justifiquen, a creer lo que los demás fingen o creen, como si ellos se hiciesen cargo o como si en este momento reivindicasen unos derechos de parentesco, hasta ahora abstractos, y la sangre reclamase su herencia de sangre y pidiesen su parte de la pena revelando su poder en cada rostro y cada nombre que más tarde desfilarán murmurando una frase inaudible, apretando furtivamente nuestro brazo o demorando un momento la mirada borrosa, moldeando nuestro cuerpo con esa sucesión de abrazos y manos que nos buscan, como si quisieran decir que seguimos perteneciéndoles y que ellos nos darán un nuevo organismo con el que resistir, mientras el pariente chambelán, que reconoce la dignidad conferida por el dolor, va presentando y señalando los derechos de cada cual.
- Aurora, prima hermana de tu tía Adela. Y él, Antonio; quería mucho a tu madre. Aquella es su madrina, que vive en Zamora y ha venido a pesar de la edad. Y Luisa, la maestra; siempre estuvieron muy unidas, aunque ya no se viesen. Dolores, la vecina que tuvo de niña, que también la quiso mucho.
Figuras de ese otro mundo que Adelina también habitó, donde fue una desconocida para nosotros y una posibilidad para cada uno de ellos. Alguien la envidió, otro la deseó; alguno la despreció o se sintió herido por su falta de atención o la miró desde lejos o tuvo sueños con ella o la ignoró. Quien la olvidó tras conocerla, quien nunca pudo dejar de pensar en ella; quien asocia su nombre a algo fugitivo, quien la ata a un suceso legendario que perpetuamente se repetirá.
Son lo que somos. Cargamos con su alma para siempre. Somos lo que fueron para nosotros. Hubo un tiempo en que creímos poder apartarlos y seguir siendo nosotros. Les defraudamos y alguna vez les concedimos nuestra piedad. Odiados y amados, cuando les creímos poderosos; amados y odiados, cuando les supimos débiles. Hemos apartado la vista al verlos indefensos. Les negamos la posibilidad de ser otros; sólo podemos verles siendo lo que han sido.
Han poblado nuestros sueños para siempre dejando un olor que ansiamos reencontrar. Les debemos todo y todo se lo negamos. No sabemos qué decirles y ellos no saben cómo apartar su nostálgica mirada de nosotros.
Han sido nuestro infierno, pero la única noticia del paraíso traía rasgos de sus rostros. Quisiéramos haberles querido más, sin saber cómo, y odiado menos, sin saber por qué. Experiencia de lo más intimo y lejano que hemos tenido de lo humano.
Dueños de un pasado fabuloso que ya no son capaces de contarnos, buscamos en ellos nuestra imagen más feliz y nos devuelven un silencio dolorido. Nunca terminamos de comprender por qué se han vuelto tan extraños y no entendemos por qué continúan siendo tan íntimos.
Vivimos para ellos sin saberlo. Prolongamos su vida sin que lo sepan. Soñamos por ellos.

II.

- Hace un buen día.
- Demasiado para estas cosas.
Charlar como si fuese un día corriente. Y lo es, aunque queramos y debamos pensar que no.
¿Qué nombre habrías querido para ti misma? De nosotros, el de madre. ¿Llegaste a pensar que era ese el que explicaba tu vida? ¿O sólo el que adoptabas cuando nos acercábamos a ti?
El día que contemplé aquella foto de juventud conocí tu otra existencia. Yo nunca había visto esa boca decidida ni esos ojos iluminados, mirando a un porvenir que habría de terminar encarnando en mi mirada. Nos hacemos en lo que nos ata; tú en nosotros: contra lo que exigimos de ti y gracias a lo que alcanzaste a través nuestro. ¿Llegaste a ser consciente del irónico destino que nos unía o tu dolor te llevó a esconderte y a pensar que sólo tú eras inocente?
Te veo en la mirada de Víctor. ¿Lo quisisteis ambos así o fue también para vosotros un enigma? Yo quise perdonarte y salvarte, y encontrar el rostro de Adelina. Tú lo intuiste siempre, sabiendo que era un intento desesperado que acabaría por destruir lo único que nos unía. Tal vez sufriste por mí.
Todos están quietos – con esa rigidez que da la ropa distinguida - ; lo más viejos, con traje y corbatas negras que parecen atenazar su cuello; los jóvenes, con la ropa de diario, la que se ponen para ir al trabajo, en un intento de diluir su presencia en un mar de ocupaciones cotidianas. Los más próximos cuchicheando en voz baja – el viento frío silueteando cuerpos y alborotando cabellos - ; Víctor y yo, en silencio, siguiendo con mirada hipnótica los movimientos del hombre; los más lejanos amarrándose ya a sus intereses inmediatos, mientras repasan de soslayo lápidas rotas, nombres ignotos, flores ajadas y ángeles custodios con almas de mármol.
Estabas herida de nosotros, porque quien conoce a un niño ve la ilimitada inocencia de lo humano y ya no puede ignorar jamás esa pregunta y esa esperanza.
Mi afán por identificarte me llevó demasiado lejos. Tras las capas que quité sólo estaba la mirada estupefacta de la niña que fuiste y la sabiduría impotente de la mujer que desconocí. Te despojé del cansancio, las arrugas, la frustración, el rencor, el invierno y las ausencias, buscando cada vez más atrás el punto incontaminado a partir del que te formaste, para mostrarte la niña que fuiste. Pero tú no podías ni querías entender para qué serviría. Para eso me habías cogido de la mano hasta llevarme a la orilla donde me abandonarías en el hombre que debía ser, un hombre que no pregunta, que calla, que resiste y que acepta.
Por eso contemplabas a escondidas mis fotografías de joven airado o me escrutabas intentando descifrar mi obsesión, comparando mi mirada con las otras que habías conocido y tal vez rindiéndote, consciente de que no podías sacar conclusiones ni establecer juicios contra mí? ¿También de que yo quería demoler de algún modo una parte ti, negando tu mayor esfuerzo, desplegado contra un mundo al que nos habías invitado sin saberlo.
De esos forcejeos nacían nuestros silencios y nuestra incómoda complicidad. Y tus preguntas de solícita ironía acerca de mis planes, intuyendo que mi empeño sólo subsistiría en el estéril alejamiento de la acción. Por eso fingiste no preocuparte por lo que iba a ser ni me reprochaste nada. Como si dijeses: intenta ser y comprenderás; no intentes comprender para ser.
Nunca me contaste la historia que jamás me atreví a preguntar. Probablemente, tú ni siquiera sabías que era mi historia, la cifra de la realidad, la única guía que necesitaba para atravesar ese Aqueronte inverso de la vida. Y cada gesto o decisión que tomaste respecto a mí, tuve que aceptarlo e interrogarlo como un arcano. Pese a todo, siempre esperé ese porque a la pregunta que jamás te formulé. A veces interrogo a Víctor, pero él no percibe que sean preguntas y responde con una complicidad no deseada señalando un tiempo aparentemente común y descifrable.
El hombre colocó las losas, arrojó dos paladas de tierra y se alejó sin mirarnos. El sacerdote nos dio la mano y también se fue. Habíamos ido para comprobar que nadie robaba su cuerpo y que era entregado a su increíble destino.
También los demás fueron retirándose despacio, volviéndose a menudo, como disculpándose, hurtando la faz a un soplo gélido súbitamente presente en mármoles y cruces, abrumando de pronto el pensamiento con la extensión de lo incierto.
Víctor me miró lastimado.
- Vamos – le dije.
- Nosotros nos vamos, pero ella queda aquí – me reprochó mientras salíamos, volviendo el rostro hacia la tumba.
Pobre Víctor, hermano, no lo vamos a tener así de fácil.

11 03 2012
Juan Tendi (20:31:54) :

Algas de arribazón

Bajaba por Fray Ceferino y a la altura de Región oí un breve pitido repetido. Eran las diez de la mañana y no se veía mucha gente, así que giré la cabeza. Miguel me miraba desde lo alto de un cuatro por cuatro cubierto de barro.
- ¿Vienes?
Me acomodé en el amplio asiento de plástico gris.
- ¿Ni siquiera preguntas a dónde? - dijo arrancando - Eres el único tío que conozco capaz de apuntarse a cualquier cosa a cualquier hora.
- ¿De quién es el coche?
- De mi primo. Voy a Llanes: a estudiar cómo va lo del ocle.
Estábamos en octubre, la época en que las grandes mareas arrojan toneladas de algas a las playas.
-¿Qué plan tienes?
- Recorrer todas las playas desde San Antolín y ver cómo está la cosa. Se puede sacar un dinero.
- ¿Con cuantos cuentas?
- De momento, contigo.
-¿Cómo vamos a transportarlo?
- Alquilamos una camioneta.
No pregunté si necesitaría un permiso. A Miguel jamás le han preocupado ese tipo de cuestiones prácticas.
-¿Qué es de tu vida?
Nuestras vidas iban más o menos parecidas: al albur de los días. En aquellos años las vidas de todos los que conocíamos iban así. Unos hablaban de hacer un viaje a algún sitio y otros viajábamos por la ciudad como si fuéramos a algún lugar desconocido.
- Ayer vi a Iñaki bajando por Azcárraga a las ocho de la mañana con una maleta atada con cuerdas y vestido de portugués. Dijo que se iba a no sé qué sitio. Pero no me contó de dónde había sacado el traje. Negro y a rayas violetas. Habla como los indios. Le pregunté a dónde iba de aquella guisa y respondió: irse, hacer un viaje, el sur.
- Es que es vasco.
- ¿No es navarro?
- Ya te digo.
- ¿Los vascos hablan así?
- Los que son poetas.
- Está alcoholizado.
- Los poetas alcoholizados.
- Está algo loco.
- Como todos.
- Serán tus amigos. ¿En qué andas ahora?
- Repartidor de extintores. Hasta la semana pasada. Dijeron que había raspado la furgoneta contra una columna del garaje.
- ¿Habías sido tú?
- El garaje era muy estrecho.
- ¿Pagaban algo?
- Algo.
La carretera de Santander atravesaba la planicie de Granda. A la derecha, los montes se extendían como una grada con las casas soleándose entre la niebla. Se detuvo un poco más allá de la gasolinera para liar un petardo, cerca de la Marmolería de Cabal.
- Voy a comprar una furgoneta y hacerme con el reparto de periódicos. ¿Una calada?
-¿Y el dinero?
- Del ocle. Luis debe estar a estas horas ahí, en lo de Cabal. Dándole al cincel.
-¿Le pagan?
- No creo. Practica y de cuando en cuando le regalan un tocho de mármol para que haga sus cosas. No le sienta bien el ácido. Por las noches sale en pelota a buscar un caballo blanco. A Ángel le ocurrió algo parecido. Le entró la paranoia estando en Ibiza y pasó tres días escondido en el monte. Luego bajó al puerto y embarcó para Barcelona. Cuando se le pasó, se encontró en el barrio Chino sin poder explicarse por qué. Como a ti. ¿Te acuerdas el mal rollo que te dio con la mierda? Te sentaste en el portal y te empeñaste en marchar para casa.
- Cualquier cosa que tome ya es un exceso.
- Tú te lo pierdes.
- Y más cosas.
- A mí esto ya no me pega. Tengo que descansar varios días para que vuelva a actuar. El cuerpo se satura.
Miguel conducía el cuatro por cuatro exactamente igual que si fuera su mini, aunque, por fortuna, sin hacer trompos.
-¿Qué le pasó a tu coche?
-Se le fundió algo por algún sitio. ¿Tú no eras de por aquí?
Estábamos entrando en el desfiladero que abre el valle de Piloña.
-Un poco más allá.
-No querrás que pare.
- Ya no conozco a nadie. En realidad nunca he vivido aquí. Me fui a los ocho años. Y cuando tenía dos o tres, mi abuelo construyó una casa cinco kilómetros más arriba, en dirección a Ponga.
- ¿Y porqué dices siempre que eres de La Felguera?
- Porque viví allí nueve años. Pero antes estuve en Tineo y en los Montes de Sevares.
- Tío, tu no eres de ningún sitio.
- Ya te digo.
- Haremos una parada en Arriondas, que el viaje es largo.
- Una vez conocí a un argentino que viajaba por todo el mundo en autostop y decía que las distancias sólo existen para los sedentarios; para el que se mueve, el camino sólo es el lugar donde vive.
- ¿Y qué quería decir con eso? A ti siempre te han gustado las paradojas y esas cosas.
- Y el arroz con leche y los viajes absurdos.
- ¿Crees que el ocle no da dinero? Mi hermano tiene una cuadrilla que están sacando cientos de kilos al día, en la playa de Barro.
- ¿Y por qué no trabajas con él?
- Con mi hermano no se puede trabajar, y si lo haces trabajas para él.
- ¿Y tú solo crees que vas a poder recogerlo, suponiendo que encuentres un sitio libre en alguna playa?
- Para eso vienes tú. Mi intención es ir mirando desde San Antolín, a ver si el mar arroja una cantidad interesante y enterarme de cuanta gente hay trabajando en ello. La playa es de todos.
- Dile eso a un paisano con una pala de pinchos.
- Si tienes una idea mejor, no la guardes.
- Mi idea es ir de excursión hasta Llanes, que es lo que estoy haciendo.
- Joder, nunca he conocido a alguien más pesimista que tú.
- Exceptuándote a ti.
- Exceptuándome a mí. Lo que no entiendo es por qué siempre pareces satisfecho. Contento, no, porque no te ríes ni pa tras. No tienes trabajo, has abandonado los estudios, no tienes ningún plan… Y encima lees libros. Y tienes novia formal. Quiero decir que no es como tú.
- Porque no me preocupa el futuro.
- Ni a mí. Pero mañana no es el futuro, es mañana.
- Llámalo como quieras.
- No soy el más indicado para cuestionar tus planes, suponiendo que los tengas.
- Todo el mundo los tiene. Al menos en negativo. Puede que no sepa qué hacer, pero todo el mundo sabe lo que no quiere hacer.
- Y tú no quieres preocuparte por el mañana. No sé si eres muy listo o muy tonto. Seguramente ambas cosas.
- Eso creo yo también. Soy listo porque me ocupo del presente. En lo que va de año ya he trabajado en tres o cuatro cosas. Y soy tonto precisamente por eso.
- Saldrás adelante. Lo sé porque eres capaz de estar solo. Recuerdo hace unos años, íbamos por la plaza del Carbayón un montón de gente, un sábado a las dos de la mañana, en dirección al antiguo, con las calles llenas de animación, y de repente dijiste que te ibas para casa, que querías estudiar no sé qué.
- Sería que no me estaba divirtiendo mucho.
- A eso me refiero. Nadie se va para casa cuando la noche está comenzando y tiene compañía. Salvo alguien que tenga metido en la cabeza hacer algo con su vida. No sé el qué, pero algo. Y ese algo le impide divertirse, le obsesiona.
- Si tú no lo sabes, yo tampoco.
- Tú si lo sabes. Tú quieres saberlo todo. Te pasas la vida analizando a la gente. Ya sé que no hablas demasiado, pero se nota.
- ¿Tú, no?
- No del mismo modo. Yo no creo en nada, tío. Ni siquiera en mí mismo. No me preocupa decir tonterías o contradecirme o ser injusto con los demás. Tú hablas como si pisases huevos. Tienes miedo a soltarte. Todos los que te conocen lo dicen: Antonio está contenido. No sé si eres tímido o es otra cosa.
- ¿Soy yo quien se dedica a analizar a la gente?
- Estoy diciendo lo primero que me viene a la cabeza.
- Se nota. Dices que sé lo que quiero hacer con mi vida y resulta que mi vida es parecida a la tuya, si no peor, y tú afirmas no saberlo.
- ¿Ves lo que digo? Ya andas a la caza de contradicciones. ¿Pero qué os han hecho a vosotros las contradicciones?
- ¿Quiénes son vosotros?
- Tú y los que son como tú. Al menos en ese aspecto. Porque en otros no te pareces a nadie. Bueno, sí, a un neurótico. ¡Joder, tío! No sé qué pasa contigo. En cuanto te encuentro me pongo a discutir de estas cosas. Eres la única persona con quien se puede tener una conversación. No te estoy halagando; ya te digo que eres más raro que un perro verde.
- Siempre que charlamos sobre algo, me dices que estoy equivocado.
-Es cierto. Sé que somos parecidos y que te entiendo, y además razonas bien lo que quieres decir, pero a la vez siento que estás equivocado. Aunque no sepa muy bien en qué.
- En discutir contigo.
- Eso lo primero. ¡Espera! Ya sé lo que pasa contigo. Tengo la sensación de que me estás reprochando algo. Sé que no lo haces. En realidad eres muy cuidadoso con eso. Nunca te he oído reprocharle nada a nadie. Pero te comportas de un modo que uno siente que en el fondo no estás de acuerdo con la conducta de los demás.
- Es mi famosa reticencia.
- ¿Qué es eso?
- Dar la impresión de que aunque digas lo que piensas, siempre te guardas algo que no dices claramente.
- Pues sí. O sea que además de raro eres reticente. Antonio el reticente.
- Miguel el Patatu.
- Vale, dejemos los motes.
- Nunca me contaste cómo te pusieron ese mote.
- Ni lo haré. ¿Quieres una calada?
- ¿Los traes hechos?
- He preparado tres para el viaje. Es bueno. Puro aceite.
- Ya sabes que me sienta mal.
- Se trata de lo mismo: no te relajas.
- No me gusta perder el control.
- Esa es buena. Control. ¿Pero qué clase de puñetero control tenemos sobre nada?
- Espero que tú lo tengas sobre el coche.
- Conduzco sin pensar.
- Pues conduces bien. Cuando no te da por hacer trompos.
- Que también los hago bien.

Media hora más tarde, nos asomamos al mirador de San Antolín de Bedón.
-Ves esas manchas oscuras. Es ocle.
-Y lo están recogiendo.
- Sí, traen un camión pequeño. Tampoco es que haya mucho. En algunos sitios la gente empieza a arrancarlo buceando. Para eso hay que tener equipo. Y saber bucear.
Tras dos paradas y sendos cubalibres, llegamos a la playa de Barro. Desde la terraza vimos a un grupo de adolescentes corriendo y gritando. Una excursión de escolares. Contemplamos en silencio sus evoluciones.
- No gritéis – aulló una de las escolares -, que parecemos de pueblo.
- Estamos viejos –dijo Miguel.
- Desde hace mucho tiempo.
- ¿Y qué podemos hacer?
- Nacer de nuevo. Y planear cosas razonables.
- ¿Trabajar en una oficina?
- Ya quisiéramos.
- En enero entro en el sorteo para la mili. ¿Cuándo vas tú?
- Se me acaban las prórrogas el año que viene.
- Pues ya no necesitamos planear nada. Al menos durante año y medio. Salvo fugarnos.
- Sí.
-¿Cómo crees que terminará esto?
- Terminara solo. Es lo bueno de la vida. Aunque no hagas nada, ella lo hace por ti.
-Darte el pasaporte.
- De eso se trata. ¿No dicen todos que quieren irse a otro sitio?

La mili de Miguel duró dos años. Los meses de calabozo fueron sus master. Ese mismo invierno me prestó dos libros. Fue la única vez; no le gustaba leer demasiado. Uno era El Principito, y el otro, El extranjero.
Años más tarde me enteré que durante ese verano había trabajado sacando ocle para su hermano.
Los dos sobrevivimos a nuestra juventud. Él, a la contra de sí mismo; yo, a la de los demás. Su vida, después, siguió el guión de aquellos libros: el primero le llevó a la infancia del caballo; el segundo, al supremo desconocimiento que es la locura. En los últimos tiempos, cuando le daba dinero para un chute, decía que yo era un ángel. La última vez que le vi con vida, me reprochó no haberle saludado una tarde y se marchó enfadado. Nunca supe con quien y quizá él tampoco.

18 03 2012
Juan Tendi (18:40:02) :

La geometría de la vida.

El campo tenía forma de trapecio irregular, pero todos lo conocíamos como El Triángulo, un solar colindante a lo que años más tarde sería la Pz. Setsa, al lado de la vía sin asfaltar que se dirigía a la estación del Norte, poco antes de las grises y herméticas naves de la Tornillería, y hundido un par de metros respecto a la cota de las calles o, más exactamente - puesto que la ciudad entera había sido elevada a medida que se iban construyendo las calles para evitar las grandes inundaciones de antaño -, al nivel originario de la vega. Uno de los laterales se hallaba en parte vallado con troncos hendidos e hincados en tierra para proteger una huerta contigua, y su prolongación – ligeramente desviada con respecto a la empalizada, apenas si conservaba los restos de un muro de ladrillo que no alzaban más treinta centímetros. Ese era el lugar por donde se escapaba continuamente la pelota,
Tiempo atrás, la hierba crecía en todo el solar, pero las sucesivas generaciones de jugadores lo habían transformado en una superficie blanda y oscura, muy apropiada para rodillas doloridas, aunque menos para pelotas a medio hinchar. Era el mejor y más céntrico lugar para jugar al futbol, casi al lado mismo de la iglesia y del parque; la alternativa más próxima para quienes vivíamos alrededor de la plaza de abastos estaba en la cercana explanada de la estación, un lugar donde el polvo negro de la carbonilla que caía de los trenes carboneros y la gravilla raspaban, teñían y rompían culeras, piernas, codos y mejillas. Allí terminaban jugando, inevitablemente expulsados del Triángulo, los más pequeños cuando los mayores llegábamos. En ocasiones se resistían, aunque tomando precauciones. Se alejaban mohínos y maledicientes hacia el solar contiguo desde donde nos lanzaban un rabiosa andanada de piedras, si bien la prudencia les forzaba a situarse lo bastante lejos como para no provocar otra cosa que sonrisas sarcásticas y ceños fruncidos.
- Mira los enanos hijoputas.
Otra de las ventajas del lugar era el caño de agua próximo que permitía lavarse las rodillas al terminar el partido, refrescarse la cara y refregar, con saña y pañuelo, codos y pantorrillas. Después sólo había que esperar media hora antes de regresar a casa, para que las mejillas enrojecidas recobrasen su color natural y el pelo de las sienes dejase de gotear.
Acostumbraba a pasar casi todos los días por allí, aunque no siempre jugaba. Dependiendo de las necesidades, a veces le escogían para portero. Por algún motivo, consideraban que para eso no eran precisas cualidades especiales y, en todo caso, negativas. Si eras lento o torpe corriendo y driblando, gordo o de carácter apacible, se suponía que valías para portero o defensa, ya que se trataba de hacer bulto y obstruir el paso sin romper ninguna pierna y permitiendo lucirse a los livianos delanteros. En ocasiones le advertían que si llegaba éste o aquel debería cederle el puesto. No le importaba; no porque no disfrutase jugando sino porque le gustaba más observar. El juego sólo le absorbía al principio; enseguida necesitaba levantar la mirada hacia las calles polvorientas y los edificios rojos por los rayos declinantes entre la neblina que desdibujaba los gigantescos muros de la Térmica convirtiéndolos en los paramentos de un castillo fabuloso.
Estar allí se volvía incompleto si no podía sentir y observar, a la vez que pensar, y que su pensamiento se transformase en una nueva sensación. No entendía por qué todo lo que hacía carecía de necesidad, por qué el tiempo fluía sobre las cosas cambiándolas, dejándole a él en el mismo punto de partida. La repetición de los ritos y la previsibilidad de los gestos se le antojaba un velo que escondía algo que resbalaba sutilmente entre las horas, agotándolas y convirtiéndolas en aire y nada. Por eso buscaba un punto de apoyo en el pensamiento, un lugar absoluto desde donde medir el cambio velado tras las máscaras cotidianas.
De pronto el juego se detuvo y se inició una fuerte discusión acerca de si la pelota había salido por un lateral – faut, por tanto – o por la línea de fondo, lo que implicaba saque de puerta.
El campo terminaba en ángulo agudo y por tanto no era ni una cosa ni otra y ambas a la vez. Le extrañó que no lo hubiesen decidido antes, y que llevasen meses jugando sin que nadie plantease la cuestión. Y, por supuesto, la escasa importancia de que el árbitro colectivo virtual pitase una cosa y otra.
Ellos no lo consideraban así y la discusión se prolongaba adquiriendo por momentos aspectos de fuerte irritación. Hasta los que se mantenían separados por su función de porteros y defensas acabaron por unirse al tumulto.
Lo argumentos obviaban el aspecto geométrico del problema para hundirse en un desfile de falacias. Alguien apelaba a autoridad de un tercero - por jugar en un equipo juvenil y ser poseedor de ciertos conocimientos dignos de respeto –, mereciendo inmediatos sarcasmos acerca de la forma reglamentaria del campo; la intervención sosegada de alguien era contundentemente neutralizada aludiendo a cierta deficiencia de su vista cuando no de su cordura, lo que llevaba a éste a mencionar los inapropiados hábitos sexuales de los parientes cercanos del contrincante. Si uno pedía sufragio sobre la cuestión, otro exigía consenso, lo que llevaba al resto a preguntar qué rayos significaba eso y a apelar ora al dueño del balón ora a quién los tenía más cuadrados.
- Tengo la solución.
Nadie hizo caso de nuestro observador, que se había ido acercando lentamente al grupo. El prestigio allí lo daba la reputación en el campo de juego y él era el último en ser elegido a la hora de escoger los bandos contendientes. Siempre se hacía así. Los más acreditados, por edad, habilidad o carácter, seleccionaban por turno sucesivo a sus jugadores. En caso contrario, se corría el peligro de que los mejores cayesen todos de un lado, la parte contraria se desanimase y el juego decayese. La elección marcaba los prestigios, al menos en los primeros escogidos. Luego ya contaban otros criterios como la amistad, el descarte o el capricho. Menos en su caso, en los que ninguno era relevante; ni siquiera el de la suerte. Era la última opción para completar el número, lo que llevaba invariablemente al papel de inmóvil portero; salvo que estuviesen presentes Antonio o Capín: el primero, por mostrar una clara vocación de guardameta volador, con piruetas de adorno y fantasía; el segundo, por presentarse adornado con dos insólitas y gastadas rodilleras de reglamento.
- Tengo la solución – repitió más alto logrando captar la atención de los contendientes más próximos, o al menos dos miradas escépticas y burlonas - Todo está en el nombre. Teniendo en cuenta que esto es un rectángulo con un triángulo rectángulo adosado en su lado menor, o sea, un trapecio irregular, dependerá de la opción que tomemos: declararlo un rectángulo con uno de los lados en línea quebrada, y será saque de puerta, o considerarlo un triangulo que carece de línea de fondo, y será Faut. Como todos llamamos a éste sitio el Triángulo, creo que la mejor es la segunda opción.
Tras unos instantes de estupor por los términos de utilizados, unos cuantos comenzaron a gritar faut mientras eran abucheados por el resto.
Nuestro observador volvió a sentarse en el borde del terraplén y contempló cómo se reanudaba el conflicto. Luego levantó la mirada y comenzó a ver figuras geométricas por todas partes: los simétricos tejados en sierra de la Tornillería, las alabeadas curvas de los cables eléctricos, los ladrillos macizos dispuestos regularmente entre el aparejo de la puerta ciega de un edificio en ruinas, la sección semicircular de los troncos del vallado…
Ensimismado en la contemplación, apenas reparó en que todos los jugadores se marchaban del campo gritando, riendo, empujándose, juntándose y separándose como átomos perdidos en un rayo de luz declinante o un desfile de alegres faunos festejando la vida. Alzando más la vista vio una lenta procesión de nubes incendiadas por el ocaso que se reflejaban sobre todo el lugar difuminándolo y tornando imprecisos todos los contornos y las figuras.
Habían olvidado el balón en medio del campo y lentamente se acercó a él. Un silbido penetrante e imperioso le obligó a mirar a los lejos entrecerrando los ojos. Capín le hacía señas desde el fondo de la calle. Entonces golpeó con toda su fuerza y vio como la pelota se levantaba hacia el sol y se perdía en una perfecta parábola hacia un impreciso resplandor anaranjado.

28 03 2012
Juan Tendi (10:52:02) :

Mendigos

I.

Entonces uno sabía a qué atenerse. Ser mendigo era una profesión y resultaba fácil distinguirlos. Todos parecían viejos e iban desarrapados, con barbas largas y múltiples prendas amontonadas sobre el cuerpo. Te visitaban en casa, con la consideración de viejos conocidos, en días preestablecidos y, las más de las veces, la dádiva consistía en un trozo de pan o un vaso de leche. Sólo algunas gitanas se salían del papel, con la consiguiente indignación de mi madre, al despreciar el pan y solicitar aceite o dinero. Muchos de ellos no desdeñaban hacer trabajos ocasionales, aunque la edad avanzada y el aire aturdido de casi todos excluyesen cualquier reproche. La única crítica que solían recibir procedía de su devoción por el alcohol.
A mis ojos, tenían su lugar en el mundo. No especialmente deseable ni glorioso, pero el suyo. Eran mendigos igual que otros obreros, pintores o policías.
Al crecer les fui olvidando. Perdieron su halo misterioso y se convirtieron en una suerte de hombres fallidos, de quienes se aparta la vista por piedad, aunque siguieran conservando su estatus mendicante.
No obstante, el orgullo que los jóvenes sienten por sus éxitos, que atribuyen a la voluntad, hizo que poco a poco se fuera minando esa última concesión. Comencé a distinguir entre la desdicha física y la psicológica, y a verlos como el resultado de una mezcla de ambas.
Tuvieron que pasar muchos años, y conocer los modos en que la vida puede destruir a un hombre, para que variase mi modo de percibir su mala estrella: la propia vida, la adversidad, los demás o cualquier otra maldita cosa que pueda romper lo que nos sostiene.
También, comprender que el mendigo es una figura ideal y que los que la encarnan responden a tipologías diversas. Con el tiempo fui distinguiendo al chiflado lúcido, al rebelde loco, al herido, al desconcertado, al enfermo, al solitario, al niño, al diferente… Y al normal que un día atraviesa sin darse cuenta la línea que le separa de todos ellos.
Lo más chocante es que algunos fueron mis amigos. Como Luis, un hombre alto y escuálido, de voz susurrante y trémula, a quien conocí cuando era un joven que llegaba a la capital para abrirse camino con apenas diecisiete años. Tenía entonces una biografía breve pero suficientemente extensa para su edad. En la pensión de estudiantes donde coincidimos, pude oírle hablar con cierta envidia cómo había militado en un equipo de fútbol, en su villa natal, de la chica del pueblo con la que se escribía y que parecía no querer olvidarle – desde la belleza de una fotografía que él siempre tenía sobre la mesilla -, de sus planes de estudio y trabajo, y de la esperanza que había depositado en una nueva vida en la ciudad.
Tardé en darme cuenta de que era un mendigo. A lo largo de los años había ido encontrándole de tarde en tarde, enterándome de un modo vago de cómo iba su suerte. Al principio eran trabajos más o menos ocasionales; después, largos períodos sin nada concreto. Salvo la queja que poco a poco fui asociando a su persona.
- No hay trabajo. El último que tuve era una mierda. Y hay gente que te estafa; hice encuestas durante tres meses y ahora no quieren pagármelas.
Más tarde ya fueron los amigos y sus traiciones, las mujeres y sus caprichos, la enfermedad y su yermo legado. También, con el paso de los años, la pequeña ayuda, el anticipo, la invitación y el avío.
- Estoy pasando una mala racha. Ahora mismo, con dos mil pesetas arreglaba mi suerte. Van a echarme de la pensión si no pago algo de lo que ya debo. Y en el bar donde como, no quieren fiarme más… Gracias, esto me salva la vida.
Pero su vida parecía ir perdiéndose junto con su salud y su buena apariencia. Su presencia, en cambio, fue haciéndose cada vez más conspicua. Empecé a encontrármelo en mi propia calle demasiado a menudo como para juzgarlo una casualidad. No siempre me detenía a charlar o a tomar algo; le daba una ayuda y me iba. Un día miré antes de salir y le vi sentado ante el portal. Varié mis costumbres e inevitablemente llegó el momento en que oí su voz por el interfono preguntándome si pensaba salir.
Fue entonces cuando tuve la ocurrencia de comentar el caso con otro amigo, Miguel, éste mucho más intimo y con quien me unía una intermitente pero inalterable amistad.
- Ese tío es un yonki – me dijo, acogiéndose a la autoridad que le daba ser yonki él mismo – Para eso quiere el dinero. Le conozco bien.
Estuve un tiempo sin encontrar a Luis y meses más tarde, comenté su extraña desaparición con Miguel, temiendo que le hubiera ocurrido algo.
- No le pasa nada; hablé con él. Le dije que como siguiera molestándote le arrancaba la cabeza – dijo entre tierno y feroz con inocente franqueza -. Además, en caso de que tú le dieras dinero alguien, le dije, me lo darías a mí, que soy mucho más amigo que él y desde hace más tiempo.
Tenía razón. Y casi sin proponérmelo me encontré con Miguel como nuevo beneficiario de mi indecisa generosidad.
También tardé mucho tiempo en percatarme que también él era casi un mendigo. De hecho, no lo supe claramente hasta que murió de una sobredosis. Fue entonces cuando, al comentar el suceso con otros conocidos, descubrí que tenía una red de benefactores a los que igual que a mí sometía a un chantaje de amistad y afecto.
- No sabía parar – me contó Josechu, un pastelero amigo de la noche y de todo el mundo -. No le bastaba con las cuarenta que cobraba de una pensión de beneficencia. Lo sacaba de la madre, de los amigos y de todo el que podía. Sólo trapicheaba algo con los conocidos; la policía le tenía muy marcado y estaba en libertad condicional. Pero siempre hacía planes para seguir traficando en cuanto las circunstancias cambiasen.
No podía quejarme. El propio Miguel me había advertido años atrás contra los yonquis.
- Jamás te fíes de uno de ellos. Venden a su madre sin pensárselo. Jurarán por lo más sagrado y dos minutos más tarde ya lo habrán olvidado. Sólo viven para ella, para la blanca.
De todas formas, el caso de Miguel era un poco especial. Ni entonces ni ahora le he podido ver como un mendigo, aunque prácticamente lo fuese.
Lo que terminó por definir mi actitud ante ellos fue un suceso que me ocurrió poco tiempo después.

II.

Trabajaba por entonces como agente de tributos en la Recaudación de Hacienda de Gijón. Un empleo mal pagado, con irregulares horarios y escasa gratificación. Aún no se había inventado la semana inglesa para todos y debíamos trabajar los sábados.
Uno de esos sábados, al volver a Oviedo con la paga del mes en el bolsillo – todavía existía la costumbre de abonar el salario al contado, incluida la calderilla – me encontré con él, con el hombre que habría de cambiar mi modo de pensar de un modo duradero.
Le vi parado, levantando el pulgar, junto a la estación del Vasco, tras el semáforo que da paso a la autopista. No tenía buen aspecto: macilento, con las ropas arrugadas y barba de varios días. Le recogí; años atrás había recorrido varias veces el país en autostop y me sentí obligado. Ya entonces no se veía a demasiada gente haciéndolo, pero yo era aún lo bastante joven e imprudente como para temer nada de nadie.
Tras el saludo de cortesía permanecí en silencio para hacerle entender que no pensaba cobrarle peaje de conversación. No obstante, su aire desarbolado y el definido olor que introdujo en el coche me forzaron a interesarme por su salud y estado.
- Llevo dos días sin comer – dijo con voz ronca y aliento entrecortado -, durmiendo en casas abandonadas. Llegué a Gijón hace dos meses con un contrato para embarcarme en un carguero con destino a Nigeria. Pero cuando fui al puerto no pude encontrar ni el barco ni al hombre me había contratado. Me quedé en un albergue para transeúntes con la esperanza de que alguno de los dos apareciese. Había venido desde Jaén y, gastos aparte, me sabía mal regresar con las manos y los bolsillos vacíos. Aguanté un mes, hasta que se acabó el dinero, yendo todos los días al puerto a preguntar por el barco o por cualquier otro trabajo que saliese. Una vez tuve suerte y me cogieron para descargar camiones. Sólo duró tres días. Después, nada. Me mantuve comiendo en la Cocina Económica y durmiendo en un albergue, hasta que me dijeron que debía trasladarme. Son para transeúntes. No permiten que nadie se instale definitivamente. Me dirigí entonces a la carretera, para hacer autostop hacia el sur, pero ese día, no sé por qué, no me cogió nadie. Al día siguiente me puse a caminar, tampoco sé por qué. A los cuatro kilómetros ya no tenía fuerzas y me metí en una especie de garaje a descansar. Me quedé dormido. Cuando desperté estaba oscuro y no sabía exactamente donde me hallaba. Estuve despierto toda esa noche, viendo llover, y en cuanto amaneció volví a la ciudad campo a través. Eso fue ayer. Anoche dormí en un pajar, y por la mañana llegó el dueño y me pidió que me marchase. Llevo dos días sin comer, creo. Y hoy, cuando ya me encontraba bastante confuso y sin saber qué hacer, me pongo aquí y a los cinco minutos pasa ud.
Siguió así más o menos todo el camino hasta Oviedo. No supe muy bien qué decirle. No me gusta repetir cosas consabidas y además, en esas ocasiones, todas las palabras parecen de compromiso.
Sea por lo que fuera, cuando iba a apearse del coche, le pedí que aguardase, cogí mi sobre y saqué mil pesetas.
Se negó a tomarlas. Insistí y las aceptó.
Mil pesetas en esos tiempos no es que fuesen mucho, mas tampoco eran despreciables. Sobre todo para mí, que ganaba exactamente diecisiete mil doscientas cinco, y que ni siquiera era capaz de poder pagarme solo una vivienda, viéndome obligado a compartirla con otro inquilino. Por no hablar de las ayudas en comida que recibía de casa.
Como una cosa lleva a la otra, y todo llega por rachas, esa temporada me noté especialmente generoso con los pedigüeños. Nunca, por supuesto, volví a darle mil pesetas a un desconocido, pero raro era el mendicante que no se iba con alguna moneda tras abordarme.
Fue, por otro lado, una época en que la prensa se ocupaba a menudo de estos temas – o puede que yo les prestase más atención que antes -, y no eran infrecuentes las noticias acerca de redes organizadas que controlan a los vendedores de cualquier tipo de rifa o publicación, y del gran negocio que había montado sobre esto. También del alquiler de niños, el eterno fingimiento de enfermedades y taras, y todo tipo de engaños propios del lumpen.
El mismo Luis me había advertido sobre este tipo de cosas, tiempo atrás.
- Ese – me decía, aludiendo a un famoso pedigüeño que tenía su oficina en la calle frente a La Jirafa desde hacía veinte años, y que pese a su patético aspecto, o precisamente por eso, se había convertido en algo así como el mendigo oficial de la ciudad, a quien saludaban todo tipo de autoridades y vecinos – se autolesiona intencionadamente para que la gente le dé. Pero es un yonki. Yo a las drogas les tengo mucho miedo. Nunca me metería nada por ningún motivo.
Debía tener razón. El mencionado postulante mostraba el aspecto de haber sido atropellado por un autobús diariamente durante años. Flaco, fibroso, de ojos hundidos y gesto nervioso, era capaz de mendigar bajo homéricos aguaceros, temperaturas gélidas y nevadas persistentes.
También pasaba por malas rachas. No en su recaudación, que parecía ser regular y abundante, sino en su humor. Algunos días, cuando los transeúntes no eran conocidos y se mostraban indiferentes, acostumbraba a echar alguna que otra maldición, recordando sus ancestrales orígenes.
- Ojalá te salga un cáncer y se te pudra la mano.
Muy pronto se extendió, al menos entre la gente que yo frecuentaba, la opinión de que dar limosna era un error que sólo contribuía a incrementar la picaresca, y no a ayudar a las personas que efectivamente lo necesitaban.
Yo seguía indeciso. Como suele decirse, cada caso es un mundo y no me parecía que fuese tan fácil escudarse en la eficiencia de los servicios públicos o en la perdurable existencia de los pícaros para negar alguna que otra ayuda. También contaba cierta simpatía, más emocional que meditada, para con los marginados.
Pero todo esto cambió el día en que cogí a un hombre en autostop, haciendo el trayecto de Oviedo a Gijón. Ya no trabajaba en la Recaudación, sino en otra cosa, si no mejor, sí un poco mejor pagada.
El hombre estaba al comienzo de la autopista, parado ante el semáforo, a la altura de la Fábrica de Armas.
No tenía mal aspecto, aunque tampoco es que fuese hecho un pincel. Barba recortada, jersey gris y pantalones gastados. Sí pensé que iba algo desabrigado para la época del año. Su rostro, pese a una mueca dolorida, parecía noble y sincero. Enseguida comenzó a hablar, y muy pronto tuve motivos para quedarme totalmente estupefacto.
- Llevo dos días sin comer – dijo de pronto, sin que le preguntase -, durmiendo en casas abandonadas. Llegué a Gijón hace dos meses con un contrato para embarcarme en un carguero con destino a Nigeria. Pero cuando fui al puerto, no pude hallar ni al barco ni al hombre me había contratado. Me quedé en un albergue para transeúntes, con la esperanza de que alguno de los dos apareciese. Había venido desde Jaén y, gastos aparte, me sabía mal regresar con las manos y los bolsillos vacíos. Aguanté un mes, hasta que se acabó el dinero, yendo todos los días al puerto, a preguntar por el barco o por cualquier otro trabajo que saliese. Una vez tuve suerte, me cogieron para descargar camiones. Pero sólo duró tres días. Después, nada. Me mantuve comiendo en la Cocina Económica y durmiendo en el albergue, hasta que me dijeron que debía trasladarme. Son albergues para transeúntes. No permiten que nadie se instale definitivamente…
Tardé en darme cuenta de que aquella historia no me era desconocida, pero poco a poco fue surgiendo la duda, la sorpresa, la incredulidad y la certeza.
Le miré fijamente.
- A ud. le conozco. Hace unos dos años le cogí en autostop en este mismo trayecto, viniendo de Gijón.
Por la cara que puso comprendí que no le gustaba nada lo que oía.
- Es imposible. Llevo dos meses en Asturias y nunca había estado antes aquí.
- Sí – insistí -. No soy bueno con las caras, pero recuerdo perfectamente la historia.
Siguió negando hasta que creí poder convencerle, e incluso establecer cierta complicidad, recordándole que le había dado un billete de mil pesetas.
Se mostró ofendido.
- Ud. me confunde con otro.
- Pues es la misma historia que me contó alguien hace dos años.
El resto del viaje no fue muy agradable; los dos guardamos silencio. Yo sopesaba las posibilidades de que fuese un equívoco, pero no encontraba otro modo de interpretar la coincidencia. Por su parte, se le notaba consciente de lo que implicaba mi afirmación y parecía resentido o desanimado.
Al llegar a Oviedo nos despedimos fríamente y nunca más le volví a ver. Aunque, seguramente, si lo hiciese ya no le reconocería.

III.

En los días que siguieron me pregunté muchas veces cómo interpretar lo sucedido. Lo primero que pensé es que había creado, con mi exagerada contribución, a un mendigo. Yo era el responsable, en algún modo, de que un trabajador en apuros se hubiese convertido en un pillo mendicante.
Deseché la posibilidad de un error, porque se pueden olvidar los rostros, pero las historias es más difícil, por mucho que se deformen los detalles, lo que por cierto no era el caso.
Cabía también pensar que yo no hubiese sido el primero en escuchar aquella historia, sino sólo una víctima más de la cadena. Sin embargo, por lo que uno oye por ahí, nadie suele ser tan tonto o desprendido como yo lo había sido – los que tienen mucho, porque precisamente por eso han llegado a tenerlo, y los que no, porque sienten más compasión por sí mismos que por los demás.
Imaginé, con cierto remordimiento, a aquel hombre asombrado por el resultado de su verídica historia y dispuesto a convertirla en falsa con tal de poder escribir así la fábula de su suerte. Yo había transformado, con mi imprudencia, su verdad en mentira. Y esa mentira se había convertido desde entonces en la verdad de su vida.
Hasta que me di cuenta de que seguía cometiendo el mismo error al sentirme responsable. Dos años atrás había querido, de algún modo, salvarle, no por la cuantía del dinero – que no habría de durarle mucho -, sino por la confianza que con mi gesto quería infundirle. Y ahora, nuevamente, buscaba librarle en parte de su responsabilidad, al creerme el agente de su decisión.
Seguía, pues, viéndole como un hombre caído que necesita ayuda – material o moral - para salvarse. Pero la ayuda sólo sirve a quien se ayuda a sí mismo. Y él, al parecer, había decidido depender de otros para siempre.
Lo que no puedo evitar desde entonces, cuando alguien se acerca hasta mí con alguna historia penosa o veo esos carteles en los que alguien exhibe su derrota, es preguntarme a cuál de los dos fracasos se referirá. Al falso – por azaroso y sobrevenido -, que le llevó a escribir el cartel por vez primera, o al verdadero – por definitivo y elegido – que le condenó a reescribirlo.

1 05 2012
Juan Tendi (19:50:29) :

Terapia

Siempre había creído que a las fobias hay que tratarlas como a las tentaciones: ceder y dejarlas vivir. La razón es que las fobias enmascaran temores más difusos y, por tanto, difíciles de evitar. En cambio, los objetos de nuestra aversión están perfectamente identificados y resulta relativamente fácil cruzar de acera cuando les tropezamos. Así he podido ir sorteando diferentes aprensiones a lo largo de mi vida. Hasta que contraje matrimonio
Uno de mis dificultades más antiguas es la fobia a los objetos cortantes, especialmente, los cuchillos de cocina. Las razones de tal consternación se me escapan.
Sea por lo que fuere, lo cierto es que me recuerdo contemplando a las criadas cortando carne de pollo sobre la meseta, preso de un fascinado pavor, mientras mi vista pasaba del filo a su trasero, en una de esas enrevesadas asociaciones que tanto gustan a los psicoanalistas. Por desgracia, en aquellos años era frecuente que todo el mundo - al menos en mi pequeño mundo antiguo - llevase navaja. Los campesinos, por necesidad; los obreros, por costumbre; y los niños, por imitación. Como Eugenio, mi condiscípulo de los ocho años, experto en amedrentar colegas con su pequeña navaja de bolsillo que apoyaba con resolución sobre tu estómago mientras te ordenaba silbar y sonreía como un malo de película.
En mi adolescencia llegué a fantasear con poseer mi propia navaja automática y a imaginar múltiples ocasiones en que me servía de ella. Sólo para amedrentar. En cuanto pensaba en introducirla en el cuerpo de alguien, era yo mismo quien experimentaba la angustiosa sensación de la penetración.
- Eso es que eres maricón – dictaminó mi amigo Alberto el día en que le confié mis afiladas cuitas – Y de los que toman.
- Pues a mí me gustan las tías.
- Porque eres un maricón en potencia.
- Y eso, ¿cómo se sabe?
- Probando.
- ¿Y si no me apetece?
- Seguirás en potencia.
Así quedó la cosa. Alberto era un tipo muy práctico al modo filosófico:
- Lo que es es y lo que no es no es.
- Pues no lo soy.
- Pero podrías.
- Tu madre.
Respecto a los cuchillos, he ido arreglándomelas. Eso sí, procuro no cortar nada y ni siquiera entro en las cocinas, salvo para abrir el frigorífico. Al menos, hasta que me casé. Cuando mi esposa se enteró de mi problema puso el grito en el cielo.
- A mí no me vengas con mariconadas.
Qué obsesión. Pero tuvo que aguantarse. Porque si trataba de obligarme a coger un cuchillo me daban taquicardias y al final había que llamar al médico.
Así fui tirando hasta que mi colección de fobias comenzó a
crecer. Primero, la claustrofobia. Me quedé encerrado en el ascensor de la oficina casi media hora y a partir de ese momento ya no era capaz de entrar en él salvo que fuese vacío. Luego, la agorafobia. Me ponían nervioso los lugares amplios, como plazas o avenidas.
- Eso es una imposibilidad lógica – dijo mi mujer – O lo uno o lo otro. O tienes miedo a los sitios cerrados o a los abiertos. Claro que pedirte lógica a ti…
Al poco tiempo el gato comenzó a mirarme mal y yo a estornudar cuando le veía. Pero era su gato. De modo que la cosa quedó clara desde el principio.
- No entres en el salón ni en el garaje. Son sus lugares preferidos.
Argumenté algo referido al coche.
- Lo metes de noche. Él no tiene la culpa de tus manías.
Lo del gato tuvo solución, pero mi siguiente fobia a los lugares altos trajo más complicaciones.
- ¿Y quién piensas que va a cambiar las bombillas y a limpiar los canalones?
Lo pensó ella por mí. Al día siguiente, a través de la ventana, vi al vecino sentado en mi sofá y tomándose un té con pastas.
- Si hay que pedirle un favor tendremos que ser amables – dijo mi esposa por toda justificación.
Lo que acabo por desquiciarme fue sorprenderle una semana más tarde acariciando al gato de mi mujer. No es que yo le tuviese mucha simpatía, pero no era suyo, sino de mi mujer.
Fui a ver a un psiquiatra, quien me recomendó un psicólogo, el cual me reenvió a un psicoanalista.
- Es un experto en manías.
Yo no estaba de acuerdo en que lo mío fuesen manías, pero acepté la sugerencia.
El psicoanalista resultó ser un tipo joven y de aspecto agradable, aunque poco hablador.
- Cuénteme.
- ¿El qué?
- Habrá venido por algo.
- He venido porque mi mujer…
- Bien. Hábleme de su mujer.
Le hice una descripción externa pero significativa y, cuando terminé, se limitó a levantar una ceja.
- Ya he terminado.
- Aún le quedan cincuenta minutos.
- Me refiero a…
- Ya lo sé.
Cabrón. Me puse a pensar en las cosas que no le iba a contar y casi me quedé sin tema de conversación. Pero él no pareció preocuparse. Al contrario, fui yo quien comenzó a inquietarse. Terminé por contarle lo que no quería. No es que fuese todo verdad, sino una interpretación que me favorecía, pero supongo que ellos deben contar con eso.
- Bien. Ud. quiere librarse de sus fobias – dijo a la mitad de la segunda sesión.
¿Para eso había necesitado tanto tiempo? Ya se lo había dicho al principio.
- El método habitual es el siguiente. Primero, fármacos; luego, racionalización; después, habituación progresiva. Finalmente, siga con su vida de siempre. Esto último es lo más importante.
- Mi vida de siempre es un desastre.
- Casi todas lo son. No se preocupe. Lo más importante es actuar.
Palabrería. Fármacos no me dio ninguno; sólo consejos.
- Si se encuentra demasiado nervioso tómese cualquier cosa que tenga por casa. Un tranquilizante o algo por el estilo.
- ¿Y eso que llama racionalización?
- Ya lo hemos hecho.
- ¿Cuándo?
- La ha hecho ud. mientras me contaba sus cosas.
- ¿Lo he hecho bien?
No contestó. Esta vez me negué a seguir y le mantuve la mirada.
- Lo ha hecho – concedió al fin -, que es lo importante.
- Vale. Ahora pasamos a la …
- Exposición progresiva. Se trata de que vaya acostumbrándose poco a poco a la presencia de esos elementos que le causan pavor. Comenzando por los cuchillos.
- Y las tijeras y los pinchos y… ¿No pretenderá que me compre un cuchillo de monte?
- Los hay muy bonitos.
Al final me hizo uno de papel. Muy bien hecho, todo hay que decirlo. Hasta había dibujado la empuñadura. Lo cogí y le miré.
- ¿Qué quiere que haga con esto?
- Ya lo ha hecho.
Me dieron ganas de clavarle algo. Y algo debió de adivinar en mi mirada porque se puso a jugar con una cortaplumas oculto hasta entonces bajo una carpetilla. Era largo, de filo poliédrico y sentí como entraba en mi estómago lentamente.
Tardó un rato en pasárseme. Me dieron un vaso de agua y una pastilla, y me dejaron tumbado media hora en una pequeña habitación que la enfermera tenía cerca de la entrada. Aún no estaba preparado para desafiarle. Ni siquiera me pidió disculpas.
- Iremos lentamente – dijo por toda justificación.
El siguiente fue de plastilina rosa y debo confesar que me dio cierto reparo sostenerlo en la mano.
- ¿Por qué rosa?
- ¿Y por qué no? – replicó el muy cabrón con mirada aviesa.
- Acabará por darme una espada de palo – dije desentendiéndome de su pregunta.
Cogió la oferta al vuelo.
- La fabricará ud. mismo.
- ¿Con qué? – respondí alarmado.
- Con una piedra. ¿Tiene también fobia a las piedras?
Estuve un mes jugando a los soldados. Hacer una espada con una piedra, aunque esté algo afilada, o precisamente por eso, me hizo sudar.
- Con esto se puede matar a alguien – dijo satisfecho sopesando mi primer logro.
- Como no sea metiéndoselo por…
Me detuve. Volví a ver aquella subida súbita de ceja.
Fue entonces cuando decidí abandonarle. Intuí que aquello podía acabar mal para uno de los dos. O para los dos.
- Es una pena – dijo con aire de no sentir ninguna pena en absoluto -. Pero ya está ud. preparado para tener un cuchillo de madera.
- Si tuviera diez años sería genial – le replique por toda explicación.

Fue un caso de mala suerte. Yo entré en la cocina para contarle que había dejado la terapia y ella se puso a reñirme a gritos. Hacía calor y aquel cuchillo tenía un largo y pulido mango de madera.
Ahora, francamente, no me encuentro muy bien. He pedido hora en la enfermería. Pero el médico de la prisión se ha reído cuando le dije que tengo claustrofobia. He superado mi temor a los cuchillos. Me he fabricado uno con el cepillo de dientes. De color rosa, por cierto.

13 05 2012
Juan Tendi (18:23:28) :

Juan Tendi

Desencuentros

Yo estaba inmóvil y él no pareció notar mi presencia. O puede que me viese antes que yo a él, porque cuando pasó a mi lado ni siquiera miró. Debió catalogarme como algo vivo pero poco peligroso, en tanto al menos no hiciese algún movimiento.
La noche declinaba. Los colores aún no habían hecho su anuncio, pero ya el negro del cielo comenzaba a perder saturación, mientras el aire se afilaba y movía intentando atenuar su complicidad con la sombra. Yo escrutaba la herida del horizonte por encima del taller de carpintería. Amanecía a las seis en esa estación y sobre la ciudad flotaba un olor de sueño, niebla y gasolina.
Llevaba bastante rato allí, bajo la sombra oscura de los abetos, pensando en mis cosas. El subía despacio, con ese aire aburrido y casual que ponen siempre que nadie les molesta. Iba con la cabeza baja como si olfatease algo o, simplemente, estuviese demasiado cansado para llevarla alta. No tenía el aspecto de ir a ningún sitio concreto ni tampoco de estar paseando. Parecía como si tuviese que hacer algo y lo mismo le diera ir por esa calle que por otra cualquiera. De cuando en cuando se detenía y miraba con atención hacia algo aparentemente anodino: una lata, un papel, la rueda de un coche… Pero sólo se demoraba unos segundos y enseguida reanudaba su marcha calle adelante.
El otro apareció antes de que él llegase a mi altura. Venía en sentido contrario y en cuanto le vio todo su cuerpo indeciso y cargado se enderezó. Le hizo una señal, lenta y desmedida, al tiempo que le increpaba con torpe autoritarismo:
¡Eeee… eeeehhhhh!
El primero frenó en seco y permaneció con el cuerpo ladeado, inmóvil, mirándole con atención. Creí que iba a dar la vuelta. Inició el giro, pero algo le hizo desistir y siguió el mismo camino que llevaba, con el mismo paso cansino. Iba en línea recta hacia el otro, sin mirarle, como si se hubiese olvidado de él, haciendo las mismas cosas y con idéntico aire despreocupado. Sin embargo, cuando se encontraron dio un pequeño rodeo para no pasar cerca del otro. Éste se mantuvo se mantuvo en un precario equilibro, viró con torpeza sobre los talones y levantó el brazo.
Eiiii… ¡Ven aquí! Ven aquí te digo. No me mires con esa jeta de cabrón.
El primero le miraba atento y alerta, sin expresar una emoción definida. Como si estuviese más interesado por lo que el otro pudiese hacer después que por lo que ahora hacía. Al rato, siguió su camino tranquilamente,con la indiferencia propia de un perro vagabundo. El otro le recriminó y, levantando la barbilla, entrecerró los ojos viendole partir.
Fue en ese instante cuando, al girar bruscamente, me vio.
¡Hombre! ¿Qué haces ahí? No me lo digas. Ji ji ji. ¿Viste cuanto cabrón? Estoy hasta los cojones. Me voy a liar a hostias con todo dios. ¡Chissst!¿Quieres un cigarro? ¡Cógelo, hombre! ¿O no puedes?¡Sois todos una mierda! Tranquilo; no me hagas caso. Oye, ¿dónde se puede tomar la última copichuela? Vengo del Merche y llevo seis o… la tira. Nada de mujeres; copas. Duran más y se vienen contigo. Jiji. ¿No tendrás veinte duritos para la pensión? ¿No? Vale. Si no los tienes o no los quieres dar… Está bien. Yo pido, pero sin molestar, ¿eh? Que yo he vivido en París muchos años. Y he tenido un coche y una mujer. Soy de aldea, pero siempre supe ir a cualquier sitio. Que fui empleado en una tienda. Ocho años. Y me casé con una asturiana. ¡Mon dieu! ¿Has oído? Mon dieu. ¿Sabes lo que es eso? Tuve tres hijos. Y los tengo. Si ella no hubiera enfermado, sabe Dios cuándo habríamos vuelto. Pero quiso venir a morir aquí, a morir a su tierra. Se puede entender. Trabajé todo lo de este mundo cuando murió. Metí a los hijos en el hospicio de… da igual. Que los voy a ver. No entiendo a este país. No hay trabajo. Estuve en una mina de esas pequeñas, en un chamizo. Y de repartidor, con una furgoneta. Ahora pido por todo Asturias, porque yo soy de aquí y estoy en mi casa. El campo es duro, sobre todo en invierno. Y más si no tienes una casa propia y estás con parientes, de favor. Oye ¿No tendrás diez duritos? Llevo dos días sin dormir. ¡Di algo, maricón! Nadie quiere hablar esta noche. Me voy a liar a tiros con eso. Que no le debo nada a nadie. Que yo tuve una casa y una mujer. No digas nada; me caes bien. ¿Qué hay que decir? Yo sé cuando estoy tratando con personas. Jodido, ¿eh? Hay que emborracharse. Todavía tengo que tomar otra copichuela. ¡Eeeh! ¡Eeeiii…!
Se cayó hacia atrás. Sus piernas semejaban resortes de muelle. Al apoyarlas se hundían un poco, vacilaban, y luego le impulsaban hacia el otro lado. El coche, aparcado tras él, impidió que llegase al suelo. Quedó apoyado sobre el capó y fue resbalando hasta sentarse en el suelo. Parecía incómodo y confuso. Quiso enderezarse y, como si una mano invisible le hubiese golpeado los hombros, se derrumbó de costado, sobre el borde de la acera. Permaneció unos segundos tirado de espaldas, pugnando por darse la vuelta, semejante a un insecto agitado e impotente. Cuando consiguió rodar e incorporarse, se había olvidado de mí. Se fue calle abajo, con la cabeza gacha, dando traspiés y doblándose hacia los lados, como si un vendaval furioso tratara de derribarlo.
Yo seguí allí, inmóvil, hasta que al rato volvió a aparecer el primero y se detuvo frente de mí. Alzó una pata y orinó sobre las ruedas del coche. Al terminar levantó la cabeza. Le hice una señal con la mano y permaneció mirándome, como esperando a ver qué venía después. Yo hice lo mismo y él se fue en la dirección que había tomado el borracho.
Levanté el fusil hasta el hombro y también me fui, a seguir la ronda por el muro, oyendo gotear el rocío de los abetos y esperando un amanecer que parecía no querer llegar nunca.