BACHILLERATO - Mejor trabajo de Narración

18 05 2010

Sólo Viento  

El viento aulló una vez más, arrancando con manos de frío ardiente las últimas vestiduras de los árboles casi desnudos, arremolinando en el suelo los amarillentos trajes del otoño. Sacudió sus largos brazos alzados hacia el cielo, como rogándole que les diera placer. Pero pronto se cansó de desvestirlos con su helada lengua, acariciando suavemente cada prenda que les quitaba.

Había visto dos personas en el amplio reino por donde volaba, dos valientes que querían resistirse a él, señor de las calles, de las llanuras, de las montañas, de los mares, pero sobre todo, señor de aquella estación. Bajó hasta ellos con el gemido de mil glaciaciones, los rodeó como una serpiente de veneno congelante, pero ellos sólo se miraban el uno al otro.

Los dos tenían los ojos azules, brillantes, furiosos. Los dos miraban al fuego del otro detrás de aquel iris de hielo profundo. Más no se les veía, tenían el rostro oculto bajo dos cálidas capuchas de esquimal, desafiando al viento, al tiempo, a la naturaleza, e incluso a ella.

Los dos tenían en sus manos dos largas espadas, una cada uno, apuntando la una al otro, la otra al uno. El desafío volvió a lanzar una chispa de la hoguera tras sus ojos. Ya no sólo desafiaban al viento, al tiempo, a la naturaleza, o a ella. Ahora también se incluía el otro.

El viento se sintió ofendido. ¿Le ignoraban a él, rey de las calles, de las llanuras, de las montañas, de los mares, y rey de aquella cruda estación? ¿Cómo osaban? Saltó con toda su fuerza y armó sus lanzas invisibles con el frío de infinitos carámbanos. Arremetió contra aquellos dos seres como un toro de helados cuernos; pero se vio roto por los inmutables cuerpos de aquellos dos resistentes guerreros. Sin embargo, su ataque no fue del todo vano. Ellos lo sintieron.

Fue la señal. El escalofrío que el viento inyectó en ellos los movió como si hubieran recibido una orden. Sus ojos azules chocaron al tiempo que sus espadas. El fuego tras ellos veló su vista y condujo cada paso, cada golpe, cada movimiento de ataque o protección.

Con un ruido seco, las espadas volvieron a chocar. La tensión en sus músculos se manifestaba en el temblor de sus armas. Pero no cederían, no. Aplicaron más fuerza. El temblor aumentó. Uno de ellos decidió que no llegarían a ninguna parte si seguían con ese pulso armado y liberó la espada intentando herir a su oponente. Y aquello fue un error.

Su contrincante vio en su movimiento un flanco descubierto, una clara oportunidad. En un veloz segundo consiguió que su espada llegara a su objetivo. El otro cayó al suelo como un fardo cualquiera y fue envuelto con los trajes deshechos de los árboles. La capucha de esquimal cayó sobre sus hombros, mostrando una piel blanca como piedra de mármol y un pelo furiosamente rojizo, que llevaba corto, aunque el flequillo le estorbaba para la lucha. Se sacudió las molestas hojas que le cubrían, pegajosas debido a los rastros de la lluvia en el suelo. El viento aprovechó su desprotección y llegó como un filo cortante, congelado, como el barbero inexperto dirigió su hoja hacia las largas orejas del que estaba en el suelo.

El chico notó la cuchilla helada del viento a ambos lados de su cabeza y soltó su espada para colocarse la capucha de esquimal. No se dio cuenta de que su rival, incansable, se acercaba a él con un paso lento como las notas próximas al final de la sinfonía. Con su arma en la mano, se bajó la capucha, exhibiendo un rostro idéntico al del que se había caído, con la piel blanca como piedra de mármol y el pelo furiosamente rojizo. A él no le importaba que el barbero etéreo le intentara cortar las orejas, y deseaba desafiarles, al viento, a la naturaleza, a su rival, y a ella. Sus ojos centelleaban de emoción tras la cortina ígnea de su flequillo; su respiración, agitada, lanzaba al aire congelado el cálido humo del volcán; subió la espada para bajarla súbitamente en un golpe mortal. El chico del suelo sólo esperaba el final, aterrado, mientras pensaba en ella.

Ella, hechicera infinita a la que los dos habían desafiado; ella, que podía ser tan pronto cruel y despiadada como cariñosa y amable; ella, cuyo poder trascendía todas las luchas y peleas, todos los amores y desgracias; ella, dueña y señora de sus vidas, una sola palabra suya podía dejarlos desarmados, inutilizados, indefensos, podía desmoronar todo lo que persiguieran; tal era su magia.

Y ella apareció. La espada casi tocaba el cuello del chico arrodillado entre los húmedos harapos de los que los árboles se habían despojado para gozar de la caricia del viento cuando aquella puerta se abrió. Nada más posar uno de sus pies fuera del umbral, su poder se hizo visible. El viento quiso jugar con sus rizos, enredarse en su cuerpo como entre las ramas, pero en cuanto se acercó, y la tocó y agitó su pelo, ya no sintió el deseo. Ya no se sentía el rey de aquellas calles, ni de las llanuras, de las montañas, ni de los mares, ni de aquella estación. Ya no quiso desnudar los árboles, ni lamer sus brazos retorcidos hacia el cielo con su lengua helada. Ya no quiso atacar a los luchadores de las espadas. Pero siguió haciendo todo eso. Sólo que ahora, sólo era viento.

En forma de manto, el hechizo se extendió cubriendo toda la calle. Los árboles dejaron de gritar al aire que les acariciara y les arrancara, con sus suaves y frías manos, cada prenda. Al tocarlos la presencia de aquella mujer, sólo se podían ver unas ramas retorcidas sobre el suelo cubierto de hojas amarillentas. Pero no sólo afectó el grandioso conjuro a la naturaleza; pronto aquel desafío, aquella furia que ardía tras los ojos de los chicos, se fue apagando; las espadas cayeron al suelo en cuanto ella les miró, y nada más tocarlo, cuando nadie les hacía caso, se tornaron dos simples palos de madera, tal vez ofrecidos en otro tiempo al viento por una de sus amantes. Justo en ese instante, los llamó ella:

―¡Niños! ¡A merendar!

                                                                   ALICIA CORCHÓN PÉREZ

                                                                                                                                                                                                             Abril 2010  

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