PREMIOS DEL CONCURSO LITERARIO 2012/13

6 06 2013

Relación de alumnos premiados en el Concurso Literario de Narración y Poesía, convocado con motivo de la celebración del Día del Libro en el IES Virgen de La Luz, de Avilés, el 23 de abril:

Categoría de ESO

Premio al mejor trabajo de Narración: Ojalá siguieras aquí, de Cristina Molina Campos, alumna de 3º B de la ESO.

Premio al mejor trabajo de Poesía: Luna, de María Serrano Martínez, alumna de 4º B de la ESO.

Categoría de Bachillerato

Premio al mejor trabajo de Narración: Te podría decir …, de Miriam Serrano Correa, alumna de 1º Y del Bachillerato.

Premio al mejor trabajo de Poesía: La dama fría, de Esther Garrido García, alumna del grupo de 2º Y del Bachillerato.

Enhorabuena a las premiadas.



BACHILLERATO - Mejor trabajo de Narración

18 05 2010

Sólo Viento  

El viento aulló una vez más, arrancando con manos de frío ardiente las últimas vestiduras de los árboles casi desnudos, arremolinando en el suelo los amarillentos trajes del otoño. Sacudió sus largos brazos alzados hacia el cielo, como rogándole que les diera placer. Pero pronto se cansó de desvestirlos con su helada lengua, acariciando suavemente cada prenda que les quitaba.

Había visto dos personas en el amplio reino por donde volaba, dos valientes que querían resistirse a él, señor de las calles, de las llanuras, de las montañas, de los mares, pero sobre todo, señor de aquella estación. Bajó hasta ellos con el gemido de mil glaciaciones, los rodeó como una serpiente de veneno congelante, pero ellos sólo se miraban el uno al otro.

Los dos tenían los ojos azules, brillantes, furiosos. Los dos miraban al fuego del otro detrás de aquel iris de hielo profundo. Más no se les veía, tenían el rostro oculto bajo dos cálidas capuchas de esquimal, desafiando al viento, al tiempo, a la naturaleza, e incluso a ella.

Los dos tenían en sus manos dos largas espadas, una cada uno, apuntando la una al otro, la otra al uno. El desafío volvió a lanzar una chispa de la hoguera tras sus ojos. Ya no sólo desafiaban al viento, al tiempo, a la naturaleza, o a ella. Ahora también se incluía el otro.

El viento se sintió ofendido. ¿Le ignoraban a él, rey de las calles, de las llanuras, de las montañas, de los mares, y rey de aquella cruda estación? ¿Cómo osaban? Saltó con toda su fuerza y armó sus lanzas invisibles con el frío de infinitos carámbanos. Arremetió contra aquellos dos seres como un toro de helados cuernos; pero se vio roto por los inmutables cuerpos de aquellos dos resistentes guerreros. Sin embargo, su ataque no fue del todo vano. Ellos lo sintieron.

Fue la señal. El escalofrío que el viento inyectó en ellos los movió como si hubieran recibido una orden. Sus ojos azules chocaron al tiempo que sus espadas. El fuego tras ellos veló su vista y condujo cada paso, cada golpe, cada movimiento de ataque o protección.

Con un ruido seco, las espadas volvieron a chocar. La tensión en sus músculos se manifestaba en el temblor de sus armas. Pero no cederían, no. Aplicaron más fuerza. El temblor aumentó. Uno de ellos decidió que no llegarían a ninguna parte si seguían con ese pulso armado y liberó la espada intentando herir a su oponente. Y aquello fue un error.

Su contrincante vio en su movimiento un flanco descubierto, una clara oportunidad. En un veloz segundo consiguió que su espada llegara a su objetivo. El otro cayó al suelo como un fardo cualquiera y fue envuelto con los trajes deshechos de los árboles. La capucha de esquimal cayó sobre sus hombros, mostrando una piel blanca como piedra de mármol y un pelo furiosamente rojizo, que llevaba corto, aunque el flequillo le estorbaba para la lucha. Se sacudió las molestas hojas que le cubrían, pegajosas debido a los rastros de la lluvia en el suelo. El viento aprovechó su desprotección y llegó como un filo cortante, congelado, como el barbero inexperto dirigió su hoja hacia las largas orejas del que estaba en el suelo.

El chico notó la cuchilla helada del viento a ambos lados de su cabeza y soltó su espada para colocarse la capucha de esquimal. No se dio cuenta de que su rival, incansable, se acercaba a él con un paso lento como las notas próximas al final de la sinfonía. Con su arma en la mano, se bajó la capucha, exhibiendo un rostro idéntico al del que se había caído, con la piel blanca como piedra de mármol y el pelo furiosamente rojizo. A él no le importaba que el barbero etéreo le intentara cortar las orejas, y deseaba desafiarles, al viento, a la naturaleza, a su rival, y a ella. Sus ojos centelleaban de emoción tras la cortina ígnea de su flequillo; su respiración, agitada, lanzaba al aire congelado el cálido humo del volcán; subió la espada para bajarla súbitamente en un golpe mortal. El chico del suelo sólo esperaba el final, aterrado, mientras pensaba en ella.

Ella, hechicera infinita a la que los dos habían desafiado; ella, que podía ser tan pronto cruel y despiadada como cariñosa y amable; ella, cuyo poder trascendía todas las luchas y peleas, todos los amores y desgracias; ella, dueña y señora de sus vidas, una sola palabra suya podía dejarlos desarmados, inutilizados, indefensos, podía desmoronar todo lo que persiguieran; tal era su magia.

Y ella apareció. La espada casi tocaba el cuello del chico arrodillado entre los húmedos harapos de los que los árboles se habían despojado para gozar de la caricia del viento cuando aquella puerta se abrió. Nada más posar uno de sus pies fuera del umbral, su poder se hizo visible. El viento quiso jugar con sus rizos, enredarse en su cuerpo como entre las ramas, pero en cuanto se acercó, y la tocó y agitó su pelo, ya no sintió el deseo. Ya no se sentía el rey de aquellas calles, ni de las llanuras, de las montañas, ni de los mares, ni de aquella estación. Ya no quiso desnudar los árboles, ni lamer sus brazos retorcidos hacia el cielo con su lengua helada. Ya no quiso atacar a los luchadores de las espadas. Pero siguió haciendo todo eso. Sólo que ahora, sólo era viento.

En forma de manto, el hechizo se extendió cubriendo toda la calle. Los árboles dejaron de gritar al aire que les acariciara y les arrancara, con sus suaves y frías manos, cada prenda. Al tocarlos la presencia de aquella mujer, sólo se podían ver unas ramas retorcidas sobre el suelo cubierto de hojas amarillentas. Pero no sólo afectó el grandioso conjuro a la naturaleza; pronto aquel desafío, aquella furia que ardía tras los ojos de los chicos, se fue apagando; las espadas cayeron al suelo en cuanto ella les miró, y nada más tocarlo, cuando nadie les hacía caso, se tornaron dos simples palos de madera, tal vez ofrecidos en otro tiempo al viento por una de sus amantes. Justo en ese instante, los llamó ella:

―¡Niños! ¡A merendar!

                                                                   ALICIA CORCHÓN PÉREZ

                                                                                                                                                                                                             Abril 2010  



BACHILLERATO - Mejor trabajo de Poesía

18 05 2010

LA CIUDAD 

Una ciudad sin color que nos envuelve, 

nos ataca, nos asfixia, nos marea. 

Una ciudad hostil y extraña que muere 

de nuevo en sí misma, se pudre, se queja,  

rauda y velozmente nos mata y se extiende.  

Y esa cuidad se refleja 

en  calles amarillentas, 

en la gente que va y viene 

sin mirarse, sin quererse, 

sin rozarse. Gente enferma 

que huye rauda en coche y rejas 

urbanas que les encierran 

en la eterna carretera 

circular. Y ya no sienten 

ni sus vidas ni sus mentes 

ni sus en otra hora ardientes 

almas cansadas que duermen,  

que sólo a veces desean  

despertar, romper la vieja  

costumbre gris y la muerte 

que sobre ellas vive siempre.  

Pobres vagabundos aquellos que intentan 

escapar de aquí, de esta existencia inerte. 

Pobre de mi, la niña urbana que sueña 

y no sabe hacer más: ve como se pierde 

su sueño y su voz dormida en las estrellas. 

                     ALICIA CORCHÓN PÉREZ     

                                                    2010



ESO - Mejor trabajo de Poesía

18 05 2010

Palomas blancas. 

Una mañana como otra cualquiera;

Una mañana con mucho sol,

Cantaban pájaros de primavera,

Volaban alto sin dirección 

Caminantes tranquilos paseaban,

Otros demostraban su amor

Y los niños que en el parque jugaban,

Jugaban a pasar el balón. 

Yo sentada estaba en un banco

Viendo como se me iba la vida,

De pronto, me contagió su sonrisa

Y tan solo con imaginarlo. 

Mil palomas blancas volaban

Y alrededor de mí se ponían;

Mil y una que volar intentaban

Pero tan sólo una no podía. 

Me quedé a un paso de la libertad

Mas su cariño me condenó.

Soy paloma que no puede volar

Porque su amor me lo impidió.            

 Miriam Serrano