31 01 2010

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El libro, cuya portada puede verse más arriba, acaba de salir. Su autor, Miguel Ángel Queiruga, es docente, y eso se nota, ya que si algo tiene de sobresaliente ¡Física sí! es su lenguaje didáctico, la manera sencilla, aunque no exenta de rigor, en la que se presentan las cosas.

Yo creo que no es un libro dirigido a profesores. El propio autor confiesa en el prólogo que va dirigido a sus alumnos y a “todas aquellas personas que deseen iniciarse en la física”. Los conceptos expuestos son elementales, básicos, desprovistos de cualquier tratamiento matemático, pero imprescindibles.

Leer el libro es hacer un rápido paseo por los contenidos fundamentales de la física: el método científico y el proceso de medida, el movimiento, las fuerzas, presión y fuerzas en fluidos, la energía, ondas… etc. No obstante, el  paseo es la mar de agradable ya que el enfoque y la discusión de los conceptos está desprovista de ese tono tan típico de los libros de texto empeñados en definir y pontificar sobre las cosas. Va al corazón, a lo que interesa; los conceptos parecen surgir de la observación del mundo y de las cosas y sirven para explicar los fenómenos que podemos ver a diario. ¿No es esto Física?

Plenamente de acuerdo con el planteamiento y la filosofía de fondo. Desde mi punto de vista ese es el camino: meter a los estudiantes en el laboratorio y sacar la asignatura del aula. O lo que es lo mismo: enseñemos Física y Química (para lo cual la experimentación y el trabajo práctico es algo esencial, irrenunciable) a la vez que demostramos que la ciencia tiene mucho que ver con lo cotidiano.



¿Qué ocurrió el 10 de octubre de 1582?

24 01 2010

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Es bastante complicado contestar a la pregunta que se plantea en el encabezamiento. Y es que el 10 de octubre de 1582 para algunas personas ¡nunca existió!

Gregorio XIII publicó el 24 de febrero de 1582 la bula Inter Gravissimas en la que se establecía que al jueves 4 de octubre de 1582, le sucedería el viernes 15 de octubre de 1582. A  partir de entonces el mundo adoptaría un nuevo calendario (que tomó el nombre del pontífice: calendario gregoriano) en sustitución del vigente hasta entonces, instaurado por Julio César en el año 46 a. C (calendario juliano). Y es que el asunto de contar con cierta exactitud el tiempo era importante para la Iglesia Católica, ya que la fiesta de Pascua se había establecido que debería tener lugar el primer domingo, después de la primera luna llena, tras el equinocio de primavera (el equinocio tiene lugar cuando el Sol está en determinado punto de su órbita llamado “primer punto de Aries”) . La determinación de la fecha en que tiene lugar dicho equinocio es, por tanto, fundamental. Pues bien, en el año 325 el equinocio había tenido lugar el 21 de marzo. En los 1257 años transcurridos desde entonces se había visto que el equinocio había ido atrasándose paulatinamente y en ese año debería celebrarse el 11 de marzo, con diez días de retraso. La razón estaba en que el Sol no invierte 365,25 días en recorrer su órbita sino casi doce minutos menos (exactamente 365,242189074 días).

El calendario gregoriano fijo la duración del año en 365,2425 días y, para corregir el atraso acumulado, suprimió los diez días comprendidos entre el 4 y el 15 de octubre.

Aun con la corrección introducida seguiremos acumulando un retraso de unos 26 segundos por año lo que obligará (dentro de 33.000 años) a suprimir un día (una solución sería dejar en 365 días el siguiente bisiesto)

La implantación del calendario gregoriano no se hizo en toda Europa de forma inmediata. En Inglaterra, por ejemplo, no se adoptó hasta 1752, de ahí que exista cierta ambigüedad en la fecha del nacimiento de Isacc Newton: el 25 de diciembre de 1642, según el calendario juliano vigente entonces en Inglaterra, o el 4 de enero de 1643 según el calendario gregoriano.