Vrindavan, la ciudad de las viudas
29 09 2009
13.000 indias repudiadas por no tener marido mendigan en Vrindavan para vivir.
Miles de “fantasmas sociales” rondan por Vrindavan. Mujeres vestidas en su mayoría de blanco, sin zapatos y rapadas. Viejecitas encorvadas con los ojos cubiertos por cataratas, pero también jóvenes, en algunos casos con hijos. Su marido murió, y con él perdieron su lugar en la sociedad. Se refugian y deambulan por esta ciudad, al norte de India, una de las más sagradas porque aquí creció el juguetón dios Krishna.
Llegan traídas por la familia, que no quiere hacerse cargo de ellas. Cuando muere su esposo se quedan sin nada: sin dinero y sin poder trabajar. Si no tienen hijos, nadie las podrá ayudar. Por eso se van a Vrindaban. Piensan que allí, Krishna las protegerá y les dará comida. Pero la realidad es otra. Muchas mujeres llegan arrastradas por la miseria o porque fueron echadas de la casa de los maridos.
Unas 13.000 viudas malviven de la caridad en este pueblo y sus alrededores, según un estudio del Fondo de Desarrollo de las Naciones Unidas para la Mujer (UNIFEM). Viven en las lodosas y caóticas calles de Vrindaban, o comparten habitaciones que el Gobierno o fundaciones les alquilan. Los ashram (mitad asilo, mitad convento) acogen gratis a algunas.
Según Uma Chakravarty, sociólogo de la Universidad de Delhi, ser viuda en la India es sufrir “una muerte social”. Las viudas son de mal augurio en India. A veces se dice que son la causa de la muerte del marido. Según el Código de Manu, una de las escrituras sagradas más antiguas, una mujer no será nunca independiente. “Una viuda debe sufrir mucho antes de morir, debe ser pura en cuerpo, pensamiento y alma”, dice el texto. El Skanda Purana va más allá: “Un hombre sabio debe evitar a las viudas, aún sus bendiciones, como si fuera el veneno de una serpiente”. En Vrindaban comparten su soledad y se alejan un poco de este desprecio. El hare krishna rezado por cientos de gargantas conmueve hasta los huesos. Cantan durante cuatro horas a cambio de tres rupias (cinco céntimos de euro). Y, si tienen suerte, se llevarán un puñado de arroz.

La raíz del problema reside en lo que los sociólogos hindúes denominan residencia “patrilocal” - costumbre de las novias hindúes a emparentar con las familias de sus prometidos, llegando a romper lazos en su mayoría con las suyas propias. En muchos casos, especialmente cuando quedan viudas tempranamente, la mujer queda a merced de sus parientes políticos, cuyo principal interés tras la muerte del marido es el librarse de tener que cargar con el sustento de la viuda.
La fe hindú tiene prohibido que las viudas vuelvan a casarse. Y eso, en las zonas rurales, donde vive la mayor parte de los mil millones de habitantes de India, es ley. La última vez que quemaron viva a una mujer en la pira funeraria de su marido fue en 1999. Ahora ya no las queman, simplemente las abandonan a su suerte y las estigmatizan obligándolas a vestir el sari blanco, a cortarse el pelo y a no llevar ningún adorno, nada que brille en sus dedos, en sus muñecas ni en su rostro. Tienen prohibido acercarse a cualquier festejo público, incluidos los casamientos. La razón es reprimir los deseos sexuales de la viuda, no sea que se vea tentada a traicionar a su difunto marido. Ahí está el origen, pero la marginación de las viudas tiene mucho que ver con la comodidad de una nueva India que emerge nutrida por la televisión y en busca de poseer, para lo cual es menester compartir menos.
A la viudas el gobierno de India les da una pensión de 1.800 rupias al año (unos 30 euros), pero, además de ser muy poco, no llega a todas. Sólo el 25% la recibe. La burocracia es muy complicada para ellas, en su mayoría analfabetas. Otras no saben ni que existe. Sólo les queda mendigar.
Pero también mujeres educadas vienen a parar a Vrindavan. Los hijos muchas veces se quedan con todo al morir el padre. Aunque la ley reconoce el derecho de las viudas a heredar, en la práctica muy pocas veces ocurre.
En India hay 33 millones de viudas, según cifras oficiales. Aunque no todas estén en condiciones tan terribles como las de Vrindavan, todas sufren “al menos el estigma social. La mayoría no puede trabajar y son maltratadas por su familia”, dice Mohini Giri, directora de la ONG Guild for Service.
Categorías : Mujer, Violencia de género
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