LAS MOCHILAS

6 10 2008

He oído y leído por ahí que, un año más, numerosos alumnos y alumnas y sus familias y algún que otro docente, protestan por el peso excesivo que los escolares deben cargar a la espalda todos los días y algunos hasta buscan soluciones caseras para remediarlo, como partir los libros en trozos y usarlos como fascículos coleccionables con anillas o espirales. No es mala solución ante lo irremediable, pero es triste que a estas alturas aún no se hayan adoptado medidas administrativas para obligar a las editoriales a discurrir un poco, que ya podían hacerlo por la pasta gansa que se llevan.

Y es que si nos fijamos un poco, colorines aparte, los libros siguen siendo un peñazo como siempre, casi como hace 50 años y además, invadidos por la corriente de consumo compulsivo que nos invade a todos, los acompañamos de toda una parafernalia de material escolar superfluo que está totalmente dictado por las modas y las manías mucho más que por razones de necesidad.

Así las cosas, cada niña o niño lleva en su mochila unos 10 kilos de sabiduría plúmbea que tiene mucha más repercusión sobre los huesos y músculos de la espalda que sobre el cerebro, como sería de desear.

Este problema da para llenar miles de reuniones de profesores/as y padres/madres a lo largo y ancho del territorio y de los años y suscita (como si fuera nueva cada vez) la eterna discusión de si taquillas sí o taquillas no, como prueba palpable de que nuestros avances tecnológicos son mero barniz de modernidad, falso atrezzo para fotos, sin ningún arraigo social ni mucho menos escolar y sin ninguna repercusión en la calidad de nuestras vidas y de nuestras medidas educativas.

Porque veréis, en los años 70 (y ya llovió), se usaban materiales escolares mil veces más modernos que los actuales, libros eminentemente prácticos, desmontables, compuestos de hojas sueltas (las famosas “fichas”, ¿os acordáis?) que se iban archivando a medida que se trabajaban y que evitaban esto, lo que estamos debatiendo todavía hoy. Sólo que aquel sistema de trabajo se atragantó en algunas gargantas por demasiado moderno y, como les pasó a otras reformas posteriores, se convirtió en objeto de burla y chistecillos de baja estofa durante mucho tiempo; así que hubo que volver a los “tochos” que siempre dan la impresión de contener mucha más miga.

No sé vosotros, pero yo hace 30 años que escucho hablar de las funciones de los libros de texto como materiales “orientativos”, “de consulta”, “no exclusivos”, …es decir, una bonita sarta de mentiras porque, a la hora de la verdad, nos agarramos a ellos como a un clavo ardiendo y no hay asignatura que se precie que no exija el suyo y además exigimos cada uno su libreta del modelo tal o del modelo pascual y el archivador “xxxxxxxx” y el cartapacio “yyyyyyyy” y el dossier “zzzzzzzzzz” y la carpeta de anillas y la de fuelle y el multifundas y la multitaladro y las láminas “h” y las “b” y los lápices “fu” y los bolígrafos “fa” y la mochila “puturrudefuá” y patatín y patatán, que me canso yo misma de decir bobadas.

Señor Presidente, señores diputados, señoras y señores: un lápiz de memoria  debe costar algo más que un paquete de patatas fritas, un portátil sencillito cuesta menos que los libros y sus complementos, una biblioteca bien equipada es más enriquecedora que los limitados libros de texto y beneficia a varias generaciones, una pizarra digital pone el mundo a los pies de una clase por poco dinero, etc., etc., etc.

Taquillas, no, estamos en otra época.