Mi nombre es Covadonga Castañón y desde hace 12 años trabajo en el IES Cerdeño de Oviedo. En este tiempo he pasado por muchos avatares y en el momento actual imparto Matemáticas en el 1º ciclo de ESO.
Nací en un pequeño pueblo asturiano de nombre sugerente, Bello, hace la friolera de 56 años. Soy, por tanto, lo bastante mayor para pensar en jubilarme y sin embargo, lo bastante joven para seguir aprendiendo cada día algo nuevo.
Mi primera maestra en la escuela de Bello fue mi abuela, Fermina, y después mi madre, también maestra. Puede entenderse que al hacerme mayor decidiera elegir esta profesión que, pese a todo, aprendí a querer practicándola.
Empecé mi vida escolar muy pronto, creo que antes de ser alumna oficial, acompañando a mi abuela como en un juego. Mi etapa de garabatos se desarrolló sobre una laja de pizarra irregular con un pizarrín que rayaba bastante. Cuando empezaba a estudiar ya más en serio, unos magos espléndidos me regalaron una maravillosa pizarra con marco de madera y una colección de pizarrines blandos, “de manteca”, con los que no paraba de pintar, escribir y borrar.
Bastante más tarde conocí un cuaderno de hojas rayadas y un extraño lápiz que sólo escribía si se mojaba con la lengua, dejando un escandaloso rastro morado de sabor áspero que aún recuerdo vivamente. Vinieron después la plumilla, el tintero y los capones que caían crueles sobre el cogote cuando un inoportuno borrón venía a estropear una página de primorosa caligrafía.
No recuerdo cuándo tuve mi primer bolígrafo, pero ya vivía en Oviedo y otras personas se habían hecho cargo de mi educación. Lo que sí recuerdo era aquel frenesí de escribir a todas horas, no importando qué cosa más allá de experimentar con la herramienta casi mágica que acababa de descubrir. El “boli” supuso un avance extraordinario en la vida de los estudiantes; tanto, que aún hoy sigue siendo el objeto escolar más usado y del que más variantes se han llegado a fabricar. Fue tal su impacto en mi vida que aún conservo un compulsivo afán de coleccionarlos y probarlos y así me veo impulsada a escribir, muchas veces sin otro propósito que sentir la suavidad de esa tinta deslizarse sobre un papel satinado. Mientras tenga manos, nunca dejaré de escribir, a lápiz, a boli, a pluma, en papel blanco o de colores, rayado, de cuadros, satinado o áspero. Escribir para decir algo, escribir por escribir.
Pero esto que estás leyendo no ha sido escrito con bolígrafo, sino con la cabeza, con el corazón sobre todo y con una herramienta que ha cambiado mi vida aún más radicalmente que todas aquellas que os he contado, la herramienta que me permite escribir sin borrones, sin errores, sin miedo a equivocarme, a que no se entienda mi letra y que llega a ti tan rápido como tú quieras leerlo. A ti y a cualquier confín del mundo, porque esta pequeña historia sentimental es desde ahora mía y de cualquier ser humano que pase por aquí y tenga un minuto para leer.
He creado este blog porque amo la comunicación, porque creo en el poder de la palabra, porque sé que he tenido la suerte de llegar a tiempo (por los pelos) a una nueva era y a una nueva forma de estar en el mundo: sin fronteras, sin barreras, compartiendo lo que se tiene y lo que se sabe.
He creado este blog porque creo que las nuevas Tecnologías de la Información y la Comunicación son la herramienta más poderosa que puedo poner a disposición de mis alumnos y alumnas, la que corresponde a su tiempo, a su cultura y como docente estoy obligada a guiarlos hacia un uso responsable y crítico, generoso y libre.
Va por ellos.
