Zapatos

21 10 2008

Fotógrafo: Julio César

Me senté en la cama para calzarme, pero los zapatos habían desaparecido. Miré alrededor y vi asomar la puntera de uno de ellos, el izquierdo, me parece, por debajo de la cortina, aunque se retiró enseguida hacia el interior como si presintiera que había sido descubierto. Me levanté, la corrí de golpe y trotaron hasta encontrar refugio debajo de la cama, de donde logré espantarlos con una escoba. Entonces se escondieron detrás de un armario grande y tan pegado a la pared que no me entraba el brazo. Envié a dos zapatillas de mucha confianza a por ellos, pero regresaron al poco pisoteadas y maltrechas. Su inferioridad era evidente. Esa noche me envolví los pies en una manta por miedo a que los zapatos me los devoraran durante el sueño: no sabía hasta dónde serían capaces de llevar aquella rebelión. Pero ni siquiera se acercaron a la cama. De madrugada los oí recorriendo el pasillo desesperadamente hasta que dieron con la salida a las habitaciones de la memoria, que se hallaban de forma simultánea al otro lado de la puerta y en el interior de mi cabeza. No vi los lugares que atravesaban, pero reconocí por los pasos los diferentes suelos que yo mismo había recorrido para llegar hasta este punto de la vida.
Por la mañana, cuando me incorporé sobre la cama para comenzar el día, los vi a mis pies de nuevo, dóciles, como los coches oscuros de un subsecretario. Traían la suela sucia y entre el barro se distinguían pelos de alfombras caras mezclados con basura de lugares remotos y fragmentos de cucarachas aplastadas en hoteles de horror. Les sobraban razones para mostrar aquel aspecto de cansancio, como a mí mismo, como a usted en esta época del año. Me metí en ellos y supe que en el futuro sólo iría ya a donde quisieran llevarme, incluso aunque no me conviniera.

Cuerpo y prótesis
Juan José Millás



Instalarse en la casa

21 10 2008

El pozo del alma

Los libros nos sitúan ante esas posibilidades incumplidas. Es decir, no leemos buscando sólo lo conocido, sino para abrirnos a lo otro, lo extraño, lo que es diferente a nosotros. Nos asomamos a esos pozos, y sentimos el golpe inaudito de la posesión. Y volvemos cambiados, dueños de otros pensamientos, de otros deseos. Pues la lectura es el lugar del intercambio, de la multiplicidad. Pero, y esto es lo más extraño, no leemos para escaparnos del mundo, sino para instalarnos más definitivamente en él. “Instalarse en la casa en vez de adornarla y ponerle guirnaldas” escribió Kafka. El reino de la literatura es esa tierra de en medio que hay entre los sueños y los delirios y la realidad empírica. Una encrucijada, una frontera.
El pozo del alma
Gustavo Martín Garzo
Anaya.
Ilustraciones de Pablo Amargo