Los diez sueños de un gran viajero (Javier Reverte)

29 10 2008

VIAJES DE AUTOR

  

El aventurero Javier Reverte elige las rutas que marcaron su vida

JAVIER REVERTE

01 Petén (Guatemala)

Cuando viajé a aquel jugoso bosque tropical en donde duerme el antiguo establecimiento maya de Tikal, había un par de hoteles en la cercanía de las ruinas. Recuerdo que, en el que escogí, las puertas no cerraban bien y sentía temor de las serpientes y los jaguares. Próxima a mi hospedaje había una charca con un cartel que alertaba sobre la presencia de un cocodrilo (”lagarto”) que un mes antes se había zampado a un niño. Ignoro por qué no lo habían matado. Y la única comida que podía pedir en las dos cantinas del poblacho era pollo frito, de muslos duros como los de un bailarín soviético. Por entonces (1987), Tikal no era todavía un destino turístico masivo.

Era hermoso encontrarse en un lugar en donde la naturaleza ejercía como señora de los animales, los árboles y los hombres. Las torres grises de los templos mayas se alzaban como misteriosos seres muertos sobre un océano de selva virginal. ¿Quién fue antes, el hombre o el árbol?, te preguntabas, como Neruda.

02 Damasco (Siria)

En Damasco puedes escuchar, todavía, a gente que habla el arameo: ni más ni menos que la lengua de Cristo. Quiere decirse que en la ciudad, ocupada por seres humanos quién sabe si desde hace unos cinco o seis mil años, las edades sobreviven arrimadas las unas a las otras. Hay un tráfico caótico bajo la efigie severa del dictador El Assad, encaramado a decenas de grandes carteles con su mirada oculta tras unas gafas rayban. Huele a shisha (tabaco fumado en pipa de agua) en el populoso y antiquísimo mercado que encandiló a Mark Twain y que esconde una de las mezquitas más hermosas de todo el universo islámico. Desde el moderno y delicado Omayad Hotel se alcanza a distinguir la chepa del monte Casio (Qassoun), en donde se dice que Caín mató a Abel y Zeus peleó contra el Caos.

03 Parma (Italia)

Italia entera enamora, pero todo viajero conserva amores secretos, y uno de los míos es Parma, el corazón de la región de Emilia-Romana, tan bella como la Toscana, aunque mucho menos famosa. Durante los días de primavera, cuando estuve en la ciudad, me gustaba pasear junto a las solitarias y arboladas sendas que bordean el río, en donde la hierba alta te llega a la cintura y oculta el cauce del agua. Era un chute de vitalidad. En el centro de la urbe admiraba uno de los pocos teatros de madera que se conservan en el mundo: el famoso Farnese. Creo que fui tres o cuatro veces a verlo.

Las bellezas de la campiña parmesana destilan apetitosos olores y sabores. De modo que no me largué de allí sin darme antes un buen homenaje a base de prosciutto y salami locales, más un plato de gnoquis espolvoreados con fromaggio parmegiano.

Y, claro: siempre está mi recuerdo de Alda Tacca, el alma de Parma…

04 El océano Ártico

El fin de la vida, el rostro del horror, la médula de la atrocidad… Calificar el paisaje que ofrece el océano Ártico supera la capacidad humana para aceptar y describir lo que es esencialmente inhumano. Nos fascina la belleza, pero también lo terrible.

Atravesé este último verano, durante 12 días y a bordo de un barco ruso, el paso del Noroeste, la legendaria ruta entre los dos océanos que Amudsen logró cruzar en 1905, después de los sucesivos fracasos de numerosas expediciones británicas y desastres de tal magnitud como el de lord Franklin, que en 1846 desapareció con 129 hombres y dos barcos mientras buscaba el paso.

Por primera vez desde que se tiene noticia y debido al calentamiento de la Tierra, los hielos del paso se abrieron a la navegación en el verano de 2007. Este año, rotos de nuevo, cuatro cruceros consiguieron recorrerlo y uno era el mío. Fue un viaje inolvidable, naturalmente, de los que puedes presumir ante los amigos.

05 Ítaca (Grecia)

Nunca hubo sirenas en Ítaca. Ni palacios, ni templos, ni paisajes majestuosos, y ni siquiera playas en las que animar a los turistas a tostarse. Como señaló bien Homero, la isla es buena para las cabras y mala para los caballos: repleta de cerros y exenta de llanuras. No existe una pradera suficientemente llana y larga como para que pueda construirse un aeropuerto. De modo que sólo se llega hasta allí en barco.

Es la patria de Ulises, santo patrón de todos los viajeros. Si los católicos y musulmanes, una vez en su vida, van en peregrinación al Vaticano y a La Meca, ¿por qué no han de acudir los viajeros a Ítaca? Después de todo, viajar no hace daño a nadie, al contrario que las religiones. “Feliz quien como Ulises hizo un gran viaje…”, dice el verso de Du Bellay.

Allí en la isla me hice amigo de Dimitris, en la taberna Tsiribis. Por las tardes, ante dos copas de vino, me recitaba el comienzo de la Odisea. Si vas a Ítaca, amigo viajero, salúdale de mi parte. Te invitará a un vaso de retsina. En serio.

06 Río Congo

Es el peor de los destinos turísticos, simplemente porque la selva virginal que lo rodea está llena de bandas armadas y la guerra es allí una forma de vida permanente.

Joseph Conrad lo navegó en 1897, entre Kinshasa y Kisangani (1.800 kilómetros), y escribió luego el excepcional Corazón de tinieblas. En 1997 decidí seguir su estela a bordo del Akongo Mohela para rememorar la grandeza del libro y escribir mi Vagabundo en África. No obstante, hube de dejar el barco cuando había recorrido 800 kilómetros, para evitar que me matasen, llevándome mi parte del horror conradiano.

Pero contemplé el mundo como era en los días de la Creación, “cuando los árboles eran los señores de la Tierra” (Conrad dixit).

El Congo es uno de los lugares más malignos del planeta y también más hermosos, como un “ángel terrible” de los de Rilke. Y me regaló lo mejor que he escrito en mi vida: el Diario del río, el último capítulo de Vagabundo en África.

07 Quito (Ecuador)

Los folletos turísticos exaltan la belleza colonial de Cartagena de Indias (Colombia), o de Antigua (Guatemala), o de Oaxaca (México), o de Arequipa (Perú), y suelen olvidar la ciudad vieja de Quito, uno de los cascos coloniales más imponentes de América. Caminas por sus calles y tienes la impresión de que, a la vuelta de una esquina, vas a encontrarte un tipo sudoroso vestido con armadura que te habla con acento extremeño y te dice que echa de menos el jamón de Montánchez y el vino de pitarra.

Quito es una ciudad asombrosa. Cuando la visité, hace más de veinte años, los aviones aterrizaban casi en el centro de la misma urbe, viniendo desde los pies de una montaña en lugar de descender de los cielos. Con una altura de alrededor de 2.800 metros sobre el nivel del mar, en Quito gozabas de las cuatro estaciones del año en un solo día.

Y encontrabas allá a la gente más amable de la Tierra. No sé ahora…

08 Kioto (Japón)

Una de las cuestiones más difíciles de averiguar en este mundo es si un japonés es feliz o sufre intensamente cuando te dedica una sonrisa. Es siempre la misma cortés sonrisa, tanto si se encuentra a punto de suicidarse como si guarda en el bolsillo un décimo millonario de lotería.

Igual que Kioto, la antigua capital imperial del país, en donde todo es delicado, reservado, enigmático y refinado en extremo. Cerezos en flor, sedas, brocados, danzas en los antiquísimos kabuki (teatro tradicional), calles secretas con casas de madera y puertas de bambú en el barrio de Gion, susurros y nunca gritos, polvo de oro en el pelo de las muchachas, templos con tejados construidos con paneles dorados que refulgen al sol, un rasgueo de shamisen (la guitarrita nipona de tres cuerdas), una ceremonia de satsuban para ahuyentar los demonios, discretas cogorcitas a base de sake entre los clientes de las geishas y ruidito de pasos leves con las livianas sandalias zori sobre el tatami.

La esencia de Japón es Kioto, ese mundo sutil e insondable de “las flores y de los sauces” que me sedujo al instante.

09 Isla del León Marino (Islas Malvinas)

Creo que no he pisado nunca un lugar de vida animal tan rico y primitivo como el de la isla del León Marino, una de las más pequeñas del archipiélago de las Malvinas. Cuando visité el lugar, en 1989, sólo vivían en ella el matrimonio que regentaba un lodge de dos habitaciones y un empleado que cuidaba del caballo y las dos vacas propiedad del establecimiento.

El resto de la isla pertenecía a las focas, las morsas, los leones marinos, los miles de aves, los pingüinos, las ballenas, las orcas y los tiburones blancos. En los muros pétreos de los abismales farallones golpeaban las olas con furor y el ronquido de sus zurriagazos se confundía con el griterío de los alcatraces. Jugué un rato, vigilado por el dueño del lodge, a mosquear a las morsas, unos bicharracos propensos a la mala uva a los que no conviene acercarse. Recuerdo que unos pájaros azules parecidos al estornino se posaban en mis zapatos y me miraban a la cara mientras parecían preguntarme: “¿Tú quién eres y qué haces aquí?”.

10 Cádiz

Cuando me preguntan qué lugar escogería para vivir, digo Cádiz sin dudarlo un segundo. Porque allí tengo la sensación de vivir en el aire. Es una ciudad que conocí hace muy poco, tal vez no más de siete años atrás, y a la que he vuelto en contadas ocasiones. Pero me asombra la forma de entrar en su rincón más genuino, la Tacita de Plata. Atraviesas desoladas carreteras, primero, y luego una larga recta que corre junto a la playa y, al fin, alcanzas una rotonda que se llama Porta Tierra. O sea: que el mar, desde la Tacita, tiene una puerta que se abre hacia la tierra, no al revés.

Y allí dentro, el viento sopla y se detiene calle a calle, nadie te toma por extraño y, para cualquier gaditano, lo natural en este mundo es ser de allí, no de otra parte. Y el que no sea de allí, pues él se lo pierde. Nunca sabes si es mentira lo que te cuentan o inventado. Pero qué más te da. Vives en el aire, casi a la sombra de Peter Pan, en una ciudad que navega sobre el viento y que, si algún día desaparece, es porque el mundo no merece estar a su altura.

» Javier Reverte (Madrid, 1944), periodista, escritor y viajero. Autor de Vagabundo en África. Su último libro, Venga a nosotros tu reino, está editado por Plaza y Janés.

Publicado en el suplemento Viajes del diario El País, el sábado 18/10/2008.

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Un comentario a “Los diez sueños de un gran viajero (Javier Reverte)”

20 07 2010
Isaac Molina (22:41:28) :

El “aventurero” Reverte…. jejeje… no me hagan reir.
Este hombre ha sido periodista y últimamente escritor. De aventurero nada. Aventurero son los que parten a la aventura, con poco dinero, sin billete de regreso, por largos periodos de tiempo y no por motivos laborales como ese hombre.
Sin yo haber viajado mucho puedo asegurar que he tenido la fortuna de conocer muchos aventureros de verdad. No escriben libros, cierto, pero le dan 100 patadas como verdaderos aventureros al escritor Reverte, que viaja a algunos sitios un perído corto de tiempo para escribir un libro, pero en plan lujo (leí su libro sobre el Amazonas y me desengañó, ojalá no lo hubiera comprado, y así y todo no lo pude acabar de lo tedioso que es), con su camarote, nada de hamacas, con sus aviones, nada de viajar por tierra. Y con una chequera en el bolsillo, nada de mochilero alojándose en albergues, sino en hoteles.
Insisto, ese señor no es aventurero, sino escritor que ha efectuado algún pequeño viaje que otro, de vez en cuando, y ha escrito libros, ese ha sido su único motivo, el económico para escribir un libro, pero cualquier mochilero merece mucho más el calificativo de aventurero que ese señor; el verdadero aventurero no busca beneficio por su viaje, viaja porque necesita viajar, necesita expresarse y conocer su mundo.

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