Fernando Menéndez

10 11 2008

Fernando MenéndezFernando Menéndez (Oviedo, 1966). Autor de una valiosa serie de libros de poesía. Fue miembro del consejo editorial de la revista Solaria y de la colección de poesía Nómadas. Estambul/Estocolmo (1989), Historias Somalíes (1998), Las formas del mundo (2001) y El habitante de las fotografías (2004) son algunos de sus libros. A finales de este año publicará Un hombre por venir en la editorial Icaria.

Por otro lado, Fernando Menéndez es conocido por su ya larga labor de dirección de talleres literarios en distintas bibliotecas y centros culturales de Asturias y por su colaboración en Radio Asturias-Cadena Ser en el espacio semanal “Contadores de Historias”.

Últimamente, se ha adentrado en el infinito mundo de los blogs. El suyo se llama Hombre pop y en él encontrarás lecturas, referencias musicales, fragmentos de conversaciones, notas al margen, poemas… El siguiente texto es una entrada del 4 de febrero de 2008:

American covers

PADRE:
el honor,
bajo el escaso refugio
de una pequeña luz,
no es más que un insecto
doméstico, una esquirla del pasado.

Echas tus cálculos:
las propinas necesarias
que requieren tu modesto sueño.

Lo sé.
Podría seguir pasando
alguna tarde.
Acercarme,
susurrarte al oído
alguna cosa
intrascendente,
leve,
agradable.

Lo justo para decir “hasta mañana”
en el sentido estricto
de la expresión.

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de Historias somalíes.

Nina

Nina tiene la boca grande. Las piernas demasiado largas. La cintura alta. Los domingos a las diez hay que estar en casa. Nina y un compañero que le para camino de casa. Nina qué guapa estás. La traducción, Nina. El compañero habla pero pierde la mirada en otros sitios: minifaldas a ras de muslo. También a las diez en casa. A veces media hora más. El autobús. Lily que está borracha. Nina tiene los ojos marrones. Su padre es marinero mercante. Le trae de cada viaje un barco embotellado, una bufanda. Nina va todos los miércoles a cantar a la iglesia. Se pone en la última fila. Casi nunca canta. Casi siempre hace que canta. Lo mismo que cuando va a la discoteca. Escucha canciones en inglés, se pone muy seria y mueve los labios como si supiese todo el inglés y todas las canciones del mundo. Nina tiene los pechos grandes para lo delgada que está. Detrás de donde ensayan hay una mesa plegable. La jarra de cristal con agua. La jarra de cristal con vino dulce. La servilleta bordada. Al terminar el ensayo, el cura medio tonto que se hace el joven: cantar bajo es como ligar por señas. A la salida, Nina se para a tomar un café con Bernar. Bernar toma cerveza. Nina apenas habla, le gustaría que Bernar dijera: hablas poco y piensas mucho, igual que en las películas raras. Es de noche. Nina lleva una temporada que le cuesta mucho dormir. Se toca todo el cuerpo. Con cuidado. Se acuerda de cuando está en la discoteca y cada poco va al baño a mirarse en el espejo. Nina tiene una sonrisa perfecta. Las manos muy blancas.

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Ersilia

10 11 2008

fotografá de Chema Madoz

En Ersilia, para establecer las relaciones que rigen la vida de la ciudad, los habitantes tienden hilos entre los ángulos de las casas, blancos o negros o grises o blanquinegros, según indiquen las relaciones de parentesco, intercambio, autoridad, representación. Cuando los hilos son tantos que ya no se puede pasar por en medio, los habitantes se marchan: las casas se desmontan; quedan sólo los hilos y los soportes de los hilos.

Desde la ladera de un monte, acampados con sus enseres,  los prófugos de Ersilia miran la maraña de los hilos tendidos y los palos que se levantan en la llanura. Y aquello es todavía la ciudad de Ersilia, y ellos no son nada.

Vuelven a edificar Ersilia en otra parte. Tejen con los hilos una figura similar que quisieran más complicada y al mismo tiempo más regular que la otra. Después la abandonan y se trasladan aún más lejos con sus casas.

Viajando así por el territorio de Ersilia encuentras las ruinas de las ciudades abandonadas, sin los muros que no duran, sin los muertos que el viento hace rodar: telarañas de relaciones intrincadas que buscan una forma.

 Las ciudades invisibles

Italo Calvino

Siruela. Madrid. 2002memoria de Ersilia