Orígen de la palabra “testarudo”

13 02 2009

ilustración de Rafael Cano Méndez

Testarudo

Muchos creen que es una palabra compuesta por ‘testa’ (cabeza) y ‘rudo’ o por ‘testa’ y ‘duro’ y, de hecho, en el habla popular cubana no es raro oír testaduro’. El vocablo proviene del antiguo tiesta (cabeza), más un sufijo que está presente en numerosas palabras catalanas y que parece haber sido tomado de ese idioma.

 

Sin embargo, la historia de las palabras no siempre es simple y lineal; en realidad, raramente lo es. En la formación de testarudo cuenta también la influencia de una de las acepciones de atestar: ‘llenar una cosa hueca apretando lo que se mete en ella’, que a su vez deriva de uno de los antiguos significados de ‘tiesto’: ‘tieso, duro, inflexible’. ‘Tiesto’, que nos llegó del latín testum, también tenía por entonces su significado actual de ‘vasija de barro’.

 

Y con el tiempo, tal vez por la obstinación que se puede asociar al hecho de tener que apretar lo que se mete para lograr que entre en el recipiente, ‘atestar’ pasó a significar también ‘obstinarse’, como nos indica el Diccionario Histórico de J. de Pineda (1589). En el mismo diccionario, ‘atestado’ figura como sinónimo de ‘testarudo’.

 

La palabra fue usada por Sancho Panza, en la segunda parte del Quijote, cuando dijo:

 

Yo soy del linage de los Panças, que todos son testarudos, y si vna vez dizen nones, nones han de ser, aunque sean pares, a pesar de todo el mundo.

 

En cuanto a la palabra del bajo latín testa, fue usada en el siglo XIII por Berceo como tiesta, pero retornó a su forma original con Garcilaso (1535) y está en el origen de las palabras tête, en francés y testa en italiano y portugués.

 

Extraído de LA PÁGINA DEL IDIOMA ESPAÑOL
Por Ricardo Soca - © Asociación Cultural Antonio de Nebrija - 2002/2005 www.antoniodenebrija.org



Entrevista a Alfonso López Menéndez, párroco de San Nicolás de Bari, Avilés.

13 02 2009

“Admiro a los curas mayores que han entregado su vida por este ideal”

Alfonso López Menéndez, sacerdote, nació en Avilés, Asturias, y se licenció en Estudios Eclesiásticos. Es sacerdote desde los 26 años y actualmente ejerce su profesión en la iglesia de San Nicolás de Bari, Avilés.

- Pregunta: ¿De niño te llevaban mucho a la iglesia?
- Alfonso López: Al catecismo, junto a la Misa de los domingos si no íbamos el sábado al Catecismo. Al colegio fui a las Doroteas (Paula Frassinetti) porque mi madre también había estudiado allí, también nos enseñaban a rezar y a tener amistad con Jesús.

- P: ¿A qué edad decidiste ser cura?
- A. L.: A los quince años, cuando me tocaba pasar al Bachillerato de entonces (BUP).

- P.: ¿Por qué decidiste ser cura?
- A. L.: Me gustaba y creía que podría ser algo que me “llenase”, que diese significado a lo que quería hacer. No lo tenía muy claro, pero probé y me gustó, para eso es el Seminario: para clarificar si es lo que te gustaría.

- P.: ¿Qué opinó tu familia de esa decisión?
- A. L.: Pues al principio les sorprendió y no les gustó mucho. Éramos tres hermanos y habían hecho el cálculo de lo que podríamos ser cada uno, pero con el tiempo, al ver que yo estaba feliz, ellos también.

- P.: ¿A qué edad entraste en el seminario?
- A. L.: A los mismo a los que me lo planteé, a los 15. La verdad que fue todo muy rápido. Estuve 11 años en el Seminario: entre bachiller, COU, carrera eclesiástica, examen de licenciatura y prácticas. Me hicieron cura con 26 años. Ahora tengo 33.

- P.: De todas las parroquias en las que has estado, ¿cuál es la que más te gusta? ¿Por qué?
- A. L.: Hasta ahora he estado en 14 parroquias. Tres años los pasé en Grandas de Salime. Eran trece parroquias muy diseminadas, con poquísima población y muy envejecida: allí creamos una asociación de mayores, así podíamos traer médicos para charlas de nutrición, de cuidados sanitarios, hasta acudía un podólogo a hacer curas. Visitábamos muchos enfermos y solíamos ir a todos los pueblos para celebrar la Misa y así se reunían todas las familias y era un día de fiesta para ese pueblo.

La otra es San Nicolás de Bari, de Avilés: aquí trabajo con los niños en el Catecismo, jóvenes en confirmación y posconfirmación y en el colegio de San Nicolás. Las dos parroquias son muy diferentes, pero me gustan por igual. Las dos me hicieron y me hacen feliz.

- P.: ¿Hay algún cura en concreto al que admires y respetes profundamente?
- A. L.: Pues sí; admiro a los curas mayores que han entregado su vida por este ideal, haciendo muchas cosas buenas por los más necesitados: escuelas gratuitas, formación de inmigrantes, ayudas para familias. Son muchos por lo que sería largo enumerarlos.

- P.: ¿Qué aspiraciones tienes para el futuro?
- A. L.: Hacer lo que me pida mi Obispo. No sé ni cómo ni cuándo, pero cuando me pida algo le diré -como siempre- que sí, que cuente conmigo. Y trabajar como hasta ahora: con niños, jóvenes, con inmigrantes, con enfermos. Lo que haga falta y donde me llamen.

Víctor Suárez Fernández (1º B ESO)



¡Ojalá no hubiera números!

13 02 2009

Los alumnos de 1º B ESO han leído este libro de Esteban Serrano Marugán, de la editorial Nivola. Los textos que siguen están inspirados en ese relato:


Érase una vez un niño llamado Arturo Comelibros. Era muy bueno en todas las asignaturas de clase excepto en Matemáticas.

 

Un día, cuando estaba haciendo los deberes de Matemáticas, exclamó: “¡ojala no hubiera números!” mientras hacia una suma imposible. Al Rey de las Matemáticas, Pitágoras V, no le pareció nada bien y convocó una asamblea para eliminar todos los números.

 

Entre los miembros de la asamblea estaban Calculín y Numerón. Todos aceptaron y empezaron a quitar números en las calles y ciudades, hasta en los propios sueños de las personas, en todas excepto en Arturo: por su culpa, todos los números desaparecieron y él es será el único que podrá devolver los números.

 

Arturo empezó su día como cualquier otro, se le levantó y fue a desayunar, y le pidió a su madre 2 rosquillas. La madre no le entendió y le dijo que dejara de decir cosas raras. Le pasó lo mismo en clase y en el colegio y en clase de Sociales. La profesora preguntó cuándo descubrió Colón América. Arturo dijo “en 1492”, la profesora le dijo que no le entendía y todos soltaron unas grandes carcajadas.

 

Todo iba mal, los coches corrían sin límites, los aeropuertos se colapsaron. Al ver Pitágoras V que estaba produciéndose todo ese jaleo, le dijo a Arturo al oído que él era el único que podría devolver los números a la Tierra, convenciendo a alguien de que son importantes.

 

Arturo decidió que convencería a su profesor de Matemáticas. Los padres llevaron a los hijos al colegio con miedo, puesto que no había teléfono, radio, televisión, ¡ni los videojuegos! y eso sí que fastidiaba a los niños. Cuando Arturo estaba en el colegio, consiguió escapar de sus padres e ir a hablar con su profesor de Matemáticas. Lucas estaba en la barra del bar. Arturo le dijo que necesitaba que le escuchara, porque tenía que decirle algo muy importante.

 

Arturo intentó explicar a su profesor las mates. Lucas, el profesor, aprendió escuchó muy bien, y comprendió todo lo que dijo con facilidad. Luego, pasado un rato, Arturo le puso la suma que Lucas le mandó anteriormente. Lucas la hizo bien y los números volvieron, gracias a Pitágoras V. Arturo se despidió del Rey de las Matemáticas. A lo lejos se oyó un “¡ja,je,ji,jo,ju!”.

 

Juan Muñíz Vázquez (1º ESO)

 


 

Érase una vez un niño que se llamaba Arturo. Sus amigos lo llamaban Arturo Comelibros. Un día, haciendo una cuenta, Arturo pensó que ojalá no hubiera números. El rey Pitágoras V oyó lo que había dicho, llamó a los demás números y se lo contó. Los números decidieron abandonar sus funciones.

 

Tras el desastre provocado, la misión de Arturo fue conseguir que la gente creyese de nuevo que los números eran necesarios. El rey Pitágoras V, que vio que todo lo estaba pasando (los semáforos se estaban volviendo locos, el aeropuerto era un caos porque no había número de asiento ni de billete, tampoco sabían lo que costaba el viaje…) le ofreció ayuda a Arturo.

 

Arturo pensó quién podía ayudarle y se le ocurrió que su profesor de Matemáticas sería el indicado y fue a buscarle. Cuando Arturo lo encontró le preguntó que si podían hablar, el profesor dijo que fuera al Departamento de Matemáticas. Arturo empezó a contarle todo lo que había pasado. Seguidamente, empezó a enseñarle los números. Lucas, el profesor, le atendió y aprendió como un niño de cinco años.

 

Al final, todos los números volvieron a aparecer y Lucas volvió a su estado original, ser profesor de Matemáticas. Pitágoras V y a sus amigos volvieron a su casa.

 

Sheila Pérez (1º ESO)


 

Érase una vez un niño que se llamaba Arturo, al que le gustaban todas las asignaturas, excepto las Matemáticas. Un día Arturo tenía que hacer una cuenta, se enfadó porque no le salía y dijo que ojala no hubiera números. En otro mundo, Pitágoras V oyó lo que dijo Arturo y decidió con sus compinches que no hubiera números, pero La Regla de Tres dijo que Arturo fuera el único que supiera de Matemáticas.

Al día siguiente, Arturo fue a desayunar y pidió tres magdalenas. A su madre le sonaba a chino y le pidió que no dijera cosas inventadas, tuvieron una discusión y al final Arturo se fue a la escuela. Se dio cuenta de que no había números, en ningún lado del mundo había números. Al principio esta contento, pero en un partido televisado se dio cuenta de que sin números no se podía vivir. Las consecuencias fueron graves en el recreo, los partidos no tenían resultado, no se sabía si había ganado uno u otro equipo. Las niñas del colegio decían verdaderas barbaridades. Las máquinas más sofisticadas de cirugía no funcionaban bien y los médicos se pasaban con las dosis. Los semáforos cambiaban de color cuando les daba la gana.

El rey Pitágoras V reconoció que la medida se le había ido de las manos y decidió ayudar a Arturo. Le dijo que debía convencer a alguien de que los números existen. Al día siguiente Arturo decidió convencer a su profesor de Matemáticas. Fue al colegio y le enseñó los números. Le dijo que los números existían y que sin los números no se podía vivir. Arturo le enseño a sumar, a restar, los números negativos.

Al final el profesor de Arturo aprendió todo lo relacionado con las Matemáticas y el rey Pitágoras V devolvió con un hechizo los números a las personas y les quito la memoria de los dos días, excepto a Arturo. Pitágoras V se despidió de Arturo, y éste nunca olvidó la lección.

Alejandro del Barrio (1º ESO)


Érase una vez un niño llamado Arturo. A Arturo le gustaban todas las asignaturas, menos Matemáticas, sus amigos lo llamaban Arturo Comelibros, porque le encantaba leer libros.Todo iba bien hasta que un día su profesor le mandó hacer una cuenta muy larga. La cuenta no le salía y Arturo gritó: “¡ojalá no hubiera números!” El Rey de las Matemáticas, Pitágoras V, que le oyó, se enfadó mucho y llamó a sus compañeros a una asamblea y les dijo que, para dar un escarmiento, había decidido quitar los números, sumaran, restaran, dividieran y multiplicaran.Y después de sumar, restar, dividir y multiplicar ellos también lo decidieron así y se pusieron a bailar y cantar. Más tarde, Regla de Tres tuvo una idea, esa idea era dejar solamente los números a Arturo y cuando él convenciera a una persona devolverían las matemáticas a la normalidad.

Todos los presentes aceptaron. Al día siguiente ya no había números, más tarde, en el recreo, Arturo escuchó extrañas conversaciones, como una que decía: “vamos ganando mucho a poco”, también escucho otras conversaciones, y todas le parecieron absurdas.

Más tarde se fueron estropeando las máquinas, como las radios, las televisiones… y muchas más, ¡Hasta máquinas sofisticadísimas! También se estropeaban los coches, los autobuses… etc. Todo era un caos.

Cuando estaba en casa, por la noche, su padre le dijo que se tenía que ir a dormir porque la luna ya estaba por encima del piso de los gatitos y eso significaba que se tenía que ir a dormir. Pero cuando se fue a la cama no podía dormir, estuvo recordando lo que pasó en el día y no lo comprendía. Cuando se durmió, Pitágoras V le dijo unas palabras que le ayudarían, de manera que al despertarse, Arturo se convenció a sí mismo de que iba a explicar que los números eran importantes a Lucas, su profesor de Matemáticas. Y así fue, le estaba enseñando poco a poco los números, ya había un montón de papeles encima de la mesa y Lucas ya había aprendido mucho.

Cuando Lucas hizo una cuenta muy larga, él y Arturo se pusieron a gritar: “¡Vivan las matemáticas!” Y Numerón abrió un gran saco del que salieron todos los números y todo volvió a la normalidad.

Sara (1º ESO)