¡¡¡YA TENEMOS GANADORES DEL CONCURSO LITERARIO!!!

16 05 2010

MODALIDAD NARRATIVA: UN VIAJE ESPACIAL

 

NIVEL I (1º Y 2º ESO):

 - PRIMER PREMIO: Cuaderno de bitácora, de Marta María García González (2º ESO A).

 - SEGUNDO PREMIO: El jurado ha decidido declarar desierto este premio.

 NIVEL II (3º, 4º ESO y alumnos de PCPI):

- PRIMER PREMIO: Mi último viaje, de Beatriz Martínez González (4º ESO E).

- SEGUNDO PREMIO: El secreto, de Lucía Marcos López  (4º ESO E).

 NIVEL III (Bachillerato y Ciclos Formativos):

 - PRIMER PREMIO: Un viaje espacial, de Claudia Fernández Garrido (2º Bachillerato B).

SEGUNDO PREMIO: El jurado ha decidido declarar desierto este premio.

MODALIDAD POESÍA: SENSACIONES CÓSMICAS

Ante la ausencia de poemas presentados, quedan desiertos estos premios.

Departamento de Lengua Castellana y Literatura

                    



I Certamen Literario - Texto Premiado (narrativa)

16 05 2010

PRIMER PREMIO MODALIDAD NARRATIVA. NIVEL I (1º Y 2º ESO)

AUTORA: Marta María García González (2º ESO A)

“CUADERNO DE BITÁCORA”

Miércoles, 20 de agosto de 2595

Sistema exoplanetario HR8799 – 162º NE exoplan. 1A

 Me encuentro algo aturdido y no sé bien cómo enfocar esta narración…Sólo soy el segundo de a bordo, aunque imagino que tendré que acostumbrarme a que me llamen capitán.

El verdadero capitán está demasiado enfermo, envuelto en espasmos y vómitos que lo mantienen en un estado penoso desde hace días. Los dos médicos de la tripulación sólo se ponen de acuerdo en una cosa: no tienen la más mínima idea de lo que le puede estar sucediendo. Justo antes de empeorar hasta este punto, me rogó que continuara con el cuaderno y tengo toda la voluntad de hacerlo pese a no haber encontrado el antiguo cuaderno de mi compañero. Como no sé qué ha podido escribir él anteriormente, he decidido resumir la historia que nos ha llevado hasta donde nos encontramos hoy para que el relato del día a día tenga sentido en páginas posteriores. Intentaré no parecer apocalíptico y sé que me va a costar ser objetivo con este tema, por lo que espero que el lector sepa disculparme (seas quien seas y si alguna vez ven este texto otros ojos que no sean los míos). Dicho esto, allá voy:

 Mi nombre es Alexey Gólubev. Nací en Primorskiy, el barrio más al norte de San Petersburgo, en 2566. Tengo 29 años. Soy licenciado en Ingeniería Física y Aeronáutica y entré a formar parte de la RKA (Agencia Espacial Rusa) hace sólo tres años. Fui reclutado mecánicamente nada más terminar mis estudios, pues las RKS (Fuerzas Espaciales), instadas por estamentos superiores, necesitaban efectivos lo más rápido posible para poner en marcha nuevas misiones espaciales de investigación.

 Sinceramente, nunca se me había pasado por la cabeza ponerme en órbita. Pensaba que eso era cosa de astronautas americanos. Desde aquel satélite Sputnik, lanzado hace ya más de 600 años, los cosmonautas siempre fuimos los segundones, al menos para el grueso de la población, más impresionable con supuestos viajes y descubrimientos extraterrestres de los que, hasta el momento, no se ha demostrado que sean más ciertos que el Hada de los Dientes. Sin embargo, cuando todo tiembla y no se ve la salida, se acuerdan de este puñado de hombres y mujeres que ignoraron la ignorancia. Y nos envían a una misión de la que no sabemos si volveremos.

 Soy joven y ni siquiera me hago una leve idea de cómo era el mundo antes de que yo tuviera mis pies en él. Es verdad que he visto recreaciones tridimensionales de volcanes en erupción, increíbles extensiones de vegetación y ciudades humeantes emergiendo en las riberas de anchos ríos. Lo he visto, sí, pero no lo he creído. En mi mundo, la Tierra ya está cansada y no consiente ni otra violación. Cansada de crear vida para ver cómo es utilizada, destruida y menospreciada. Cansada de ser horadada en sus entrañas por sucias manos que no son capaces de devolverle sólo un poco de lo que ella da…Es por esto que la Tierra de mi infancia está seca. Hace mucho que lo está y, ahora que hemos terminado de exprimirla, vamos en busca de nuevos objetivos. Por eso que estamos aquí, en el transbordador BURAN IV. Buscando nuevas fuentes de abastecimiento y con suerte, un nuevo planeta para aniquilar.

 Jueves, 21 de agosto de 2595

Sistema exoplanetario HR8799 – 185º NE exoplan. 1A

 Hemos avanzado 23 grados al oeste desde nuestra última posición y seguimos sin ver nada nuevo. El exoplaneta que llamamos 1 A no es más que un gigante gaseoso parecido a “nuestro” Saturno, pero sin anillos y no encontramos ni rastro de los otros dos que, se supone, conforman el sistema en que estamos investigando. Este 1 A tiene una masa muy pequeña y no es capaz de producir la energía que vamos buscando, pero no podemos avanzar mucho más porque los sistemas de detección han hallado un pequeño cúmulo estelar demasiado inestable que no podemos cruzar. He intentado contactar con la base en la Tierra para recibir información pero parece que nuestra posición bloquea las comunicaciones. Daré orden de virar hasta retornar a la posición de 162º NE para recibir órdenes de las RKS.

 Las noticias sobre la salud del capitán no son nada alentadoras. Ol´ga Vólkova, una de las doctoras que nos acompañan, me ha informado de que sus constantes son cada vez más débiles y están casi seguros de que todo es debido a la presión. Es verdad que ha subido ligeramente desde ayer, pero no creí que fuera importante: las fluctuaciones están a la orden del día estando donde estamos. “No es broma, Liosha. Algo está pasando”. Su respuesta me dio mucho que pensar. Ol´ga no es una mujer habladora, siempre se mantiene en un segundo plano, a la sombra de su hermano Andrey, el otro médico de la tripulación. Sin embargo, hoy ha venido ella a informarme y he notado cómo le temblaba la voz…Seguramente también me esté afectando la presión a mí.

Viernes, 22 de agosto de 2595

Sistema exoplanetario HR8799 – 341º SO exoplan. 1 A?

 El capitán ha muerto. Andrey y Ol´ga lo han encontrado después de la hora de la comida flotando fuera de su cápsula de descanso. La palanca ha sido accionada desde dentro, con lo cual ha salido él mismo. Su aspecto no era tan horrible como cabría esperar después de un avanzado nivel de deshidratación y una extraña mancha marrón que se había adueñado de su cara unos días antes de enfermar. De todos modos, no sabemos qué hacer con él. Ni siquiera Pyotr Záitsev, un técnico aeroespacial que ha vivido casi 25 años en órbita, se ha enfrentado a algo como esto. Lo más penoso es que parece que el transbordador se ha vuelto loco. No sabemos dónde estamos y no somos capaces de contactar con ninguna de las bases activadas en la Tierra.

 Sveta, Masha y Dima han tomado más muestras de la mancha del capitán y se han metido en el laboratorio para evitar la discusión y mi posterior ataque de nervios. Los hermanos Vólkov insistían en arrojar el cuerpo al vacío y yo me negué en rotundo. Dicen que es por nuestro bien, por si ha muerto de algo contagioso. A mí me parece una total falta de respeto ya no tanto a él, que a fin de cuentas es un cadáver, sino hacia su familia y como parece que soy el único que cree que vamos a volver a casa, mi argumento pierde mucho peso. Después de varias acometidas llego a la frase que no me hubiera gustado pronunciar: “Aquí se hace lo que yo diga porque yo soy el capitán”. ¿Qué consigo con esto? Que sólo me hablan Masha y Sergey. Los demás se dirigen a mí como “capitán” o “Gólubev”.

Me siento fatal por mi debilidad. No debí aceptar la responsabilidad de llevar el mando porque no soy una persona fuerte. Soy demasiado sentimental y me pueden ciertas cosas. Ahora mismo estoy más preocupado por el ánimo de mis compañeros que por estar perdidos en el medio de la nada, o del todo…según se mire. ¿Cómo vamos a salir de ésta? Estamos en mis manos… ¡menuda tranquilidad!

Sábado, 23 de agosto de 2595

Sistema exoplanetario HR8799? – 122º SE?

La situación es desesperante. Los sistemas de detección avisan de que nos dirigimos de cabeza a una galaxia que hemos acordado denominar como “Esfera del Sapo”. Su forma recuerda a un sapo con el saco vocal hinchado, pero es prácticamente esférica y ninguno de nosotros tiene conocimiento de una formación similar. Está plagada de nebulosas de emisión muy brillantes que nos impiden ver qué hay más allá. Dima Solovióv, nuestro astrofísico, lleva horas intentando determinar si nos dirigimos a una región de formación estelar o a un resto de supernova. De cualquier modo, la información será irrelevante, pero al menos está entretenido y eso ya es algo.

 Después de varias horas de descanso Andrey y Ol´ga han optado por ceder y mantener el cuerpo del capitán en una de las bodegas posteriores y, por mi parte, he permanecido en cabina desde ayer (regimos nuestra vida como si estuviéramos en la Tierra aunque aquí sólo existe el ahora) acompañado por Sergey, ingeniero aeronáutico como yo. De hecho, estudiamos juntos los dos últimos años y es un buen amigo. Me consuela saber que Seriozha me acompañará en los últimos momentos, que no estaré solo…A veces veo cerca el final y me angustia la espera.

  Miércoles, 27 de agosto de 2595

Algún lugar –? º

 No he podido anotar nada en los últimos días. He incumplido mi palabra… Espero que el capitán, más allá de la bodega en la que se encuentran sus restos, entienda que ha sido por causa de fuerza mayor.

 Durante algunas jornadas navegamos a la deriva empujados por fuertes corrientes estelares que zarandearon el BURAN IV a su antojo. La presión (¡qué razón tenías Ol´ga!) se hizo casi insoportable y tuvimos que encerrarnos al vacío en nuestras cápsulas de descanso con varias botellas de oxígeno.

 Cuando todo se calmó, intentamos volver a la rutina diaria, pero ya no éramos los mismos. Ol´ga falleció en su cápsula, pues no hizo acopio de suficiente oxígeno. A su hermano, Alexey, y a Sveta, la chica del laboratorio, tuvimos que atarlos en la sala de almacenaje porque estaban decididos a arrojarse al vacío. Lo más seguro es que hayan enloquecido, la presión habrá dañado sus cerebros.

 De repente, las radiaciones ultravioleta emitidas por las nebulosas se hicieron tan intensas que nos vimos obligados a utilizar los trajes espaciales dentro del transbordador. Increíblemente, las emisiones atravesaban el fuselaje pero no causaban daños físicos en la nave.

Y así seguimos avanzando hasta hoy. Todavía tenemos alimentos y combustible suficiente para un tiempo (¿cuánto?) y continuamos la vida sin más sobresaltos que los que nos da algún pequeño asteroide al chocar contra el casco de nuestra nave.

Jueves, 28 de agosto de 2595

Algún lugar –? º

 Estamos cayendo. No puedo dar más datos porque no los tengo. Hace horas que estamos cayendo… Una de las corrientes estelares nos empujó hacia lo que creemos que es un agujero negro. Pero no nos hemos replegado sobre nosotros mismos, ni hemos desaparecido, ni explosionado, ni nada de nada. Sólo caemos.

Algún día  de 2595

Algún lugar –? º

 Hace días que chocamos con una superficie tan dura que ha destrozado la parte trasera del transbordador y los sistemas de maniobramiento han quedado inservibles. El golpe ha matado a Alexey y a Sveta. Al estar atados, no han podido protegerse del impacto. Dima ha desaparecido. Suponemos que debía de estar en alguna de las bodegas y es probable que esté aplastado bajo los motores principales. Sólo quedamos cuatro: Masha, Seriozha, Pyotr y yo.

 El cristal delantero de la cabina está cubierto por una espesa mancha marrón. Podría decirse que es algo así como polvo. No podemos ver dónde nos encontramos y no nos atrevemos a salir. Hemos decidido que no tenemos nada que perder, pero nos damos una tregua de un par de horas para aplacar un poco los nervios.

Durante este tiempo para la reflexión, no puedo relajarme en la cápsula. Paseo entre los escombros y cascotes del BURAN IV y caigo en la cuenta de que todo está esparcido por el suelo de la nave y yo mismo estoy caminando por ese suelo. Nada flota… ¿ninguno nos hemos fijado hasta ahora? Sin esperar un segundo corro a avisar a los demás.

Algún día  de 2595

Algún lugar –? º

 La tregua de un par de horas ha pasado a ser de muchas. Necesitamos aclarar la situación: está claro que si nuestros pies están así de pegaditos al suelo es porque, estemos donde estemos, es un lugar con una fuerza de gravedad igual o superior a la existente en la Tierra. Si es igual (cosa más bien improbable) y suponiendo que el entorno no os mate, podríamos apearnos sin problemas y echar un vistazo a nuestro alrededor. Si resulta que es superior, igual estamos enterrados y no nos hemos dado cuenta aún…

 Me siento desbordado y casi no puedo asimilar que todo esto es real. Me disculpo con mis compañeros y me retiro a la cabina para estar solo un rato. Acomodado en uno de los asientos secundarios, con la cabeza metida entre las rodillas y unas ganas tremendas de llorar. Algo llama mi atención: una cajita pequeña y cilíndrica tumbada entre el panel de mandos superior y el de control.

 La caja es metálica, pero la chapa simula las vetas de la madera. Es un cilindro plano en una de las bases y en la otra tiene una especie de casco metálico con dos brazos que salen hacia los lados y son coronados por dos bolas: azul la de la derecha y roja la de la izquierda. La giro varias veces para captar los detalles y recuerdo haber visto algo parecido en el Museo Universitario de Navegación… Es una bitácora.

 Repentinamente, siento la punzada de nostalgia que pudo haber sentido el capitán cuando decidió subir a bordo con tan antiguo artilugio y comprendo que el cuaderno del primer capitán de BURAN IV está en su interior. Abro la tapa y compruebo que en el interior hay únicamente una hoja:

 “Querido amigo, esto es simplemente la confesión de un hombre débil. Me propusieron llevar a cabo esta misión para ver hasta dónde podemos llegar en la exploración espacial sin ser dañados. Obviamente, el resto de la tripulación no sabe que se trata de una misión suicida…

 Tal vez pienses, amigo, que soy un monstruo por ceder ante tal cosa y engañar a mis compañeros. Puede que sea así; también soy egoísta, lo acepto. Yo voy a morir de todos modos y tenía dos opciones: hacerlo agonizando entre muestras de lástima y dolor de mi familia o hacerlo como un héroe. Lógicamente, escogí lo segundo.

El cáncer latía dentro de mí mucho antes de embarcar en el BURAN IV, pero las radiaciones existentes en el espacio aceleraron el proceso de expansión de la enfermedad (¡también podía haber ocurrido lo contrario!). Comencé a sentirme verdaderamente mal y los médicos de la tripulación empezaron a hacerme pruebas que yo mismo boicoteé. Así nadie sentiría compasión por mí y podría quedar como un valiente también ante mis compañeros.

 Decidí nombrar a Gólubev capitán porque es un idealista, incapaz de tomar decisiones difíciles, con lo que hará más llevaderos los últimos momentos del resto… Cree que volverá a casa y no permitirá que nadie haga una locura. Al menos, eso espero.

 Por mi parte, llegado el momento, tomaré una de las pastillas que el doctor Lévedev me dio antes de despegar y todo habrá acabado para mí.

 Eso es todo, amigo mío. Hasta aquí he llegado y viendo cerca el fin, no me arrepiento del todo. Sin embargo, he decidido escribir estas letras con el fin de vaciar del todo mi conciencia. Espero que me perdonen…”

Sorprendido, más por mi propia calma que por lo que acabo de leer, hago un rollo con el papel y lo coloco de nuevo en su sitio. Cierro la bitácora y la escondo entre los escombros de unos armarios de muestras biológicas. Después busco a mis compañeros decidido a salir del transbordador.

Jueves, 29 de noviembre de 1968

Beryozovsky (Rusia)

 Esta será la última nota de mi cuaderno. Aclararé lo sucedido y cerraré este capítulo inverosímil de mi vida hasta que mi pequeño Alexandre tenga edad para comprender.

 Seriozha, Masha y yo nos colocamos los trajes espaciales. El soporte vital del traje de Pyotr está destrozado, así que tiene que quedarse dentro mordiéndose las uñas. Con el primer empujón, puedo comprobar que algo atasca la portezuela de salida de la nave, así que empujamos entre todos.

 Algo o alguien accionó la puerta desde fuera y un montón de ¿nieve? cayó a nuestros pies. Instintivamente dimos varios pasos atrás, cuando una horda de hombres uniformados nos apuntaba a la cara con unas cosas raras… ¿armas? Probablemente, pero muy antiguas. Nadie hablaba. Nos mirábamos los unos a los otros con una extraña mezcla de miedo y curiosidad. De pronto, la columna de hombres que tapaba la puerta se abrió en dos y dio paso a otro hombre igualmente uniformado que se presentó como Teniente Ponomarenko… Hablaba un ruso muy antiguo, ¡pero hablaba ruso!

Con un enorme camión transportaron los restos del BURAN IV a la base militar de Kasputin Yar. Nosotros recibimos asistencia médica (muy rudimentaria… el instrumental daba verdadera risa) y explicamos nuestra historia a miembros de la KGB, científicos y demás: sólo cabía la posibilidad de que hubiéramos caído en un agujero temporal que nos llevó nada menos que al siglo XX.

Hemos permanecido aquí desde entonces. No puedo negar que los primeros días fueron muy difíciles y a la vez hermosos. Aprendimos de memoria una historia y un pasado para cada uno de nosotros, así como clases intensivas de ruso antiguo. Haciendo memoria de nuestros años escolares, nos preparamos mentalmente para los hechos que nos tocaría vivir en nuestra nueva realidad. Pasé miedo cuando no sabía qué sería de nosotros, cuando íbamos a la deriva en el transbordador… pero más miedo tengo ahora que sé lo que nos espera. Aún así, también pude ver y tocar todo aquello que no creí real en mi juventud: árboles llenos de hojas y hierba fresca en el suelo, edificios de fachadas limpias y el cielo de color azul, olores increíbles y sabores nuevos…

 Dentro de poco nos trasladarán a Plasetsk, un polígono espacial con una pequeña ciudad adyacente. Así, Masha y yo podremos trabajar e instalarnos con nuestro pequeño Sasha. Pyotr y Sergey se quedarán aquí unos meses más y luego también vendrán a Plasetsk. La KGB no quiere por nada del mundo que se pierdan los conocimientos de los “viajeros”, como nos llaman.

 Con treinta y dos años, he visto y oído mucho más de lo que cualquier hombre puede imaginar. He visto morir el sol, el mundo destruido y el cielo hundiéndose sobre la humanidad cada día un poco más. He atravesado millones de años luz, mis ojos han sido testigos del nacimiento de estrellas y del horror de sus explosiones… Sin embargo, ahora me enfrento a la tarea más difícil: llevar una vida normal con esa carga en la mochila y la esperanza intacta.

Ya ve, capitán. Al final sí logre volver



I Certamen Literario (narrativa, nivel II)

16 05 2010

PRIMER PREMIO MODALIDAD NARRATIVA. NIVEL II (3º Y 4º ESO)

AUTORA: Beatriz Martínez González (4º ESO E)

“MI ÚLTIMO VIAJE”

 La capitana de la nave espacial Losanul, Estrella, se encontraba en su pequeña habitación de la zona sur de la nave, descansando, ya que los últimos dos días no había podido hacerlo apenas. Se habían desviado del rumbo marcado y se habían topado con unos cuantos meteoritos. Esquivarlos no le había supuesto un gran problema, ya que su gran fama y reputación no eran simples habladurías, sino que había quedado demostrado y con creces. Pero aún así no se fiaba. “El espacio es un sitio lleno de sorpresas y debes estar alerta y preparada para cualquier imprevisto”, se decía mientras recordaba sus días de estudiante. Estaba recostada en la cama, en un duermevela ligero, cuando oyó los gritos y su segundo al mando entraba estrepitosamente en la habitación.

-¿Qué significa…?- se calló al ver la cara de él.

-Capitana- dijo- tenemos un grave problema.

Al llegar a la sala de control, todos se encontraban allí, esperando instrucciones. Se dirigió para estudiar la situación. Se acercaban hacia una gran masa de color marrón. Estaban demasiado cerca…De repente, se dio cuenta de la gravedad de la situación. Como podía haber pasado, en un momento le pasaron mil y una cosas por la cabeza y cuantas más pasaban, más grande era su desesperación. Estaban demasiado lejos para un SOS y demasiado cerca para intentar esquivarla o dar marcha atrás.

 En ese momento la verdad le caló como un jarro de agua helada, no había escapatoria posible. Iban a morir. Miró uno a uno a sus astronautas, a su familia, mientras ellos le devolvían la mirada tranquilos, confiados de que su capitana les sacaría de aquella, como muchas otras veces y no tuvo fuerzas para decírselo. Tenía que salvarlos o, por lo menos, morir intentándolo.

 Comenzó a dar órdenes para intentar rodearlo, sorprendida por el gran valor de su voz, que estaba muy lejos de sentir. Ella misma se puso a los mandos, hizo todo lo que pudo, pero de nada sirvió. Su gente, después de unos minutos de desesperación, se dio cuenta de que no lo iban a conseguir y se acercaron a su capitana, que seguía luchando por salvar sus vidas. Su segundo al mando le puso una mano en el hombre y, para gran sorpresa de todos, ella se derrumbó.

-Lo siento, lo siento, lo siento…- repetía una y otra vez.

-No es tu culpa, tranquila. Vamos a morir como todos queríamos…- le decían todas las voces a su alrededor.

 Apenas fue consciente de que la levantaban del asiento, no sabía a dónde se había ido todo el coraje que la caracterizaba. Se cogieron todos de la mano y, así, agarrados, apoyándose, se acercaron hacia su final.

 Cuando recobró la conciencia, no abrió los ojos hasta que los recuerdos le llegaron de golpe. Se levantó de un salto y lo que descubrió la dejó consternada. Los cuerpos de su gente estaban esparcidos por el suelo y más allá, lo que quedaba de lo que un día fue la hermosa nave espacial Losanul.

 Ese día lloró, lloró como nunca antes había llorado. Lloró de rabia, lloró de impotencia, lloré de pena…Sí, lloré de pena. Esta es mi historia. Han pasado muchos años. Desde el accidente sigo encerrada en este planeta primitivo, sin esperanzas de salir algún día de aquí, consumida por la soledad, por la culpa, sin encontrar respuestas a muchas de mis preguntas. ¿Por qué no me fui yo con ellos? ¿Por qué me tuve que salvar yo?



I Concurso Literario (narrativa, 2º premio)

16 05 2010

SEGUNDO PREMIO MODALIDAD NARRATIVA. NIVEL II (3º Y 4º ESO)

AUTORA: Lucía Marcos López.

  “EL SECRETO”

De nuevo me encontraba allí, frente a las blancas paredes de la vacía y fría habitación. Escasos rayos de sol se dejaban asomar por la pequeña ventana que iluminaba el cuarto. De pronto, entró el doctor Candia. Su rostro era serio, lo que me hacía pensar que nada bueno podía estar pasando. Entre todos los informes que barajaba en sus manos, por fin halló el de mi madre. Se colocó sus gafas y se dirigió a mí. Tras varios rodeos, me explicó que la enfermedad de mi madre era muy poco común que sólo había una forma de solucionarlo…Me apresuré a decir que pagaría lo que fuese, pero, con una mirada de compasión, me advirtió que no se trataba de dinero, que el producto para salvar a mi enferma madre era conseguir un extracto de líquido lunar. Me quedé aturdido, no podía creer lo que me estaba pidiendo…

 -¿Cómo?- dije sin estar seguro de nada-¿Y dónde puedo conseguirlo?

 -Luis- me dijo el doctor- sé que es extraño lo que te voy a decir, pero para salvar a tu madre has de ir a la luna…Sólo si tú estás dispuesto a ello podré ayudarte.

Giré mi cara y contemplé a mi madre dormida y el lugar que la rodeaba. Estaba convencido de que ella no se merecía un lugar así…No estaba muy seguro de nada. Sólo de que ella me había dado la vida, así que ahora me tocaba devolvérsela.

 Sin pensármelo más, le dije al doctor que estaba dispuesto a ir a la luna a buscar ese extracto. El doctor me aseguró que hablaría con varios de sus contactos y que en cinco meses todo estaría preparado.

 Al cabo de cinco meses volví a despertarme en aquel triste lugar despidiéndome de mi cada vez más débil madre. Me miraba suplicándome que no lo hiciera como si, a pesar de su trágico estado, fuera consciente de lo arriesgado de mi viaje, cuando ni siquiera yo era consciente de qué se trataba. Le cogí la mano, la besé y le prometí que la sacaría de ese infierno. Dichas esas palabras, me fui.

 El doctor me indicó el lugar donde debía ir para emprender mi viaje. Dándome un gran abrazo, me deseó suerte y se despidió de mí.

De camino al lugar indicado, miles de cosas se me pasaron por la cabeza…Pensé si habría aprovechado bien mi vida. Me di cuenta de lo poco valorada que está. Después de varias horas de trayecto, llegué a la conclusión de que en la vida hay que disfrutar, pero también cuidarla. Algo de lo que mucha gente se olvida.

 Salí del taxi que me condujo hasta un gran edificio situado a las afueras de Madrid. Empujé una pesada puerta. Tras varios pasos, un portero me pidió mis datos y una vez fui identificado, me guiaron hasta una sala enorme con muchos vestidores. A la derecha había muchas puertas y a mi izquierda, hombres estudiando planos. Me preguntaba qué sería todo aquello cuando un hombre se me acercó. Era alto, con barba recortada blanca y pelo del mismo color.

-Debes de ser Luis, si no me equivoco. Yo me llamo Eduardo.

-Sí, soy yo- afirmé.

-Sígueme.

El hombre me dirigió a uno de los vestidores. Me ordenó ponerme un traje parecido al de un astronauta y me pidió que, cuando acabara, me dirigiera a la segunda puerta de las situadas a la derecha. Al cabo de veinte minutos estaba en el lugar indicado. Eduardo se me acercó sonriendo y dijo:

 -Ya tienes todo preparado. Hay que ser muy valiente para hacer esto. Un joven piloto te acompañará en el viaje. Recuerda: en un pequeño cajón de la nave hay un bote rojo. Debes meter allí el extracto lunar.

 Dicho esto, se fue. Entré en la pequeña nave. Allí me esperaba Lucas, un joven piloto que me ayudaría en mi aventura espacial. Nos saludamos y, tras varias preguntas, para pasar el mal trago, me sinceré y pregunté:

 -¿Alguna vez has pilotado una nave? Tengo cierto miedo por lo que nos pueda pasar.

 -Tranquilo- me dijo- He pilotado con superiores, pero estoy preparado. Debes tomar dos de estas pastillas. Te dormirán hasta el momento en que lleguemos a nuestro destino ya que es probable que no soportes la presión.

Me disponía a intentar convencerlo de que tenía derecho a ir despierto en aquel viaje, pero finalmente decidí que quizás Lucas tenía razón y me dormí.

 No sé cuánto tiempo pasó. Me desperté aturdido. Incluso recuerdo haberme asustado al verme en aquel lugar, pero rápidamente todo volvió a mi cabeza. No podía parar de mirar a mi alrededor. Pensaba que se verían estrellas, constelaciones, meteoritos, pero nada, yo no conseguía ver nada por el pequeño cristal que nos comunicaba al exterior. Lucas me miró sonriente. Se acababa de dar cuenta de que había despertado.

 -No pongas esa cara. Todo está ben. En pocos minutos comenzaremos a descender. Estarías mejor dormido.

 -Soy un hombre de sueño ligero- añadí entre risas-. Si te soy sincero, tengo miedo, mucho miedo.

 -Tranquilo, Luis, no pasará nada. Cierra los ojos y yo te avisaré cuando aterricemos.

 Fueron los peores veinte minutos de mi vida. Se me hicieron eternos. En ese tiempo sólo pensaba en mi madre, en que no podía fallarle. Debía devolverle todo lo que ella había hecho por mí, que no era poco. Recordé todos los momentos de mi infancia cuando, de pronto, noté un golpe.

-Hemos llegado- me dijo Lucas satisfecho.

-Yo iré a por el extracto. Espérame aquí- me dijo mi joven compañero.

-No, Lucas, esto he de hacerlo yo sólo.

Me bajé de la nave y contemplé todo lo que había ante mis ojos. Era…increíble, maravilloso, sencillamente indescriptible…Me quedaría allí años y años, pero debía ser rápido. Mi madre necesitaba ese líquido cuanto antes. Me apresuré a abrir el bote rojo. Seguí las indicaciones que el doctor Candia me había dado. Hice un pequeño orificio en la superficie y posteriormente introduje el líquido en mi pequeño frasco.

 Una vez hecho esto, volví a ojear todo a mi alrededor…”Esto debe de ser lo más parecido al paraíso”, pensé, pero rápidamente me dirigí a la nave.

 Lucas me dijo que se sentía muy orgulloso de mí, pero que debía descansar, así que me dio otra pastilla. Esta vez me mantuvo dormido durante mucho tiempo…

 Me desperté en el hospital, como muchos otros días, aturdido. Creía que todo era un sueño, pero pude distinguir a Lucas, que me abrazó y me dijo sonriente:

-Así que sueño ligero, ¿eh?

Los dos comenzamos a reírnos. Miré al doctor.

-¿Qué tal se encuentra?- me apresuré a preguntar. Mi madre estaba situada a escasos metros de mí.

-Está estable.

-Pero aún sigue inconsciente… ¿Le habéis dado…? Ni siquiera me atrevía a decirlo. Todavía no lo podía creer.

-Sí, Luis, pero no pretendas milagros. Esto lleva su tiempo. Te quedan varias visitas por este hospital.

Mi madre comenzó a reaccionar. No recuerdo ninguna sensación comparable a como me sentí en ese momento. Parecía distinguir una sonrisa en su rostro. No pude controlarme, el llanto me abordó. Creo que estaba histérico. Puede que parezca una persona fuerte, pero todo esto me había superado. Lucas parecía comprenderme. Se acercó y me dijo:

 -Descansa, yo cuidaré de los dos. Eres un gran chico.

 Me dieron otro calmante y me quedé profundamente dormido sobre las sábanas blancas, al lado de mi madre.

Hace dos años de todo aquello y aún lo recuerdo con claridad. Hoy, los cuatro reunidos hemos decidido plasmar la historia, la que nos unió para siempre.

 Mi madre parece más joven que yo, y todas las noches de luna llena se queda haciendo guardia ante ella. Nunca se lo hemos confesado a nadie, ya que nos tomarían por locos. Es nuestro pequeño y gran secreto.