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	<title>Comentarios en: Robin Hood</title>
	<link>http://blog.educastur.es/educacine/2007/03/25/robin-hood/</link>
	<description>Educastur Blog</description>
	<pubDate>Sat, 26 May 2012 10:02:41 +0000</pubDate>
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		<title>Por Carmen Rancaño</title>
		<link>http://blog.educastur.es/educacine/2007/03/25/robin-hood/#comment-76</link>
		<dc:creator>Carmen Rancaño</dc:creator>
		<pubDate>Fri, 29 Jun 2007 16:34:00 +0000</pubDate>
		<guid>http://blog.educastur.es/educacine/2007/03/25/robin-hood/#comment-76</guid>
		<description>Con un tono irónico, y haciendo uso de la hipérbole, Quim Monzó nos ofrece en el relato "Hambre y sed de justicia" una visión,al menos, curiosa de la postura vital optimista e idílica de Robin Hood; Y es que, verdaderamente, "Las personas te lían con las cosas, las cosas te crean problemas, los problemas te lían con personas... y todo vuelve a empezar". Después de ver "Robin de los bosques", (" El mejor remedio conta la depresión"), leemos este relato (y procuramos no caer en ella).


             HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, Quim Monzó
	El hecho de haber nacido en una familia aristocrática no impide que Robin Hood odie profundamente la desigualdad social. Desde pequeño le ha indignado contemplar cómo, mientras que los ricos nadan en el exceso, los pobres malviven en la miseria. Este contraste, que deja indiferente al resto de sus familiares, a Robin Hood le subleva.
	Convencido de que la autoridad está siempre de parte de los poderosos, como no sabe estar cruzado de brazos y asistir impasible a aquel espectáculo degradante, un día decide ponerle remedio. Selecciona la familia más rica de todas las familias del condado. Para llevar a cabo el plan que rumia no le hace falta ni espiar sus horarios. Los conoce tan bien a todos ellos que sabe cada uno de sus movimientos habituales, qué hacen, dónde y cuándo, y en qué momento puede pillarlos desprevenidos. Fija, pues, un día para la actuación. Pero tiene que vestirse a posta. No puede ir con sus ropas habituales, porque lo reconocerían. Del baúl que hay en el desván, elige un antifaz de seda negra y un sombrero de cazador, con pluma gris y esbelta, que trajo el tío Richard de un viaje al Tirol. Coge el arco, el carcaj y las flechas y monta en su mejor caballo.
	Desde lejos ve las ventanas del castillo iluminadas y rebosantes de música. Tal como había previsto, están en plena fiesta. Perfecto. Así los cogerá a todos juntos y el botín será grande, porque al de los ricos elegidos se añadirá el de los invitados. Irrumpe en la sala sin importarle que las herraduras del caballo ensucien las alfombras granate. Allí está la crème de la crème: no sólo los anfitriones (los ricos más ricos, dueños del castillo, principal objetivo de su incursión), sino también sus amigos: marqueses, condes, duques, quizá no tan ricos, pero en cualquier caso desmesuradamente ricos para la media estadística de la población.
	La cosecha es excepcional. Robin Hood les roba las diademas (de plata, de oro, de plata con incrustaciones de pedrería), los anillos (ninguno sencillo: todos gruesos como eslabones de cadenas), los pendientes (algunos largos y cargados hasta los hombros), los nomeolvides (uno de platino), los pasadores (de calidad mucho más variada). En un saco mete todo el dinero que llevan encima, monedas y billetes mezclados, y hace que los propietarios de la casa (los ricos más ricos del condado) abran la caja de caudales y vacíen su contenido. En el mismo saco mete los candelabros y los cubiertos de plata. En una bolsa de terciopelo azul mete toda la comida que encuentra en la nevera. (¡Hay tantas delicias que los necesitados no prueban nunca!) Después, sin que ninguno de los presentes lo haya reconocido, al galope desaparece en la noche. Los ricos más ricos y sus amigos aristócratas, excitados por el hecho (que rompe la monotonía en que viven), deciden que, al día siguiente, enviarán pajes a los amigos que aquella noche no estaban con ellos para contarles la noticia: que un enmascarado ha ido y les ha robado joyas, objetos de valor y dinero. Para poder darles las explicaciones con todo detalle los invitarán a casa y organizarán una bacanal.
	Robin Hood galopa  bosque a través, de oeste a este, con un destino claro. Durante semanas ha seleccionado, de entre todos los habitantes de Sherwood, a los más pobres. Son una familia que vive en una cabaña mísera, junto a un vertedero incontrolado. Desde lejos, la familia mísera ve llegar a Robin Hood y se esconde. Siempre que alguien se ha acercado allí ha sido para quitarles lo poco que tienen. A veces ladrones con antifaz y camiseta de rayas horizontales, a veces recaudadores de impuestos con corbata y americana a cuadros, a veces los señores, necesitados de carne fresca para alguna fiesta. R. H. llama a la puerta y les pide que le abran: viene en son de paz. Los pobres no contestan. R. H. insiste:”¡Abrid, que os traigo lo que he robado a los ricos!” No le hacen caso. Se ve obligado a abatir la puerta. En un rincón de la única pieza del cuchitril (vestíbulo, comedor, cocina y dormitorio, todo junto), los pobres, apiñados, tiemblan e imploran piedad. R.H. les explica que de él no deben tener miedo y les repite que viene a darles lo que ha robado a los ricos. Exactamente ésta es la idea, insiste: robar a los ricos para dárselo a los pobres. Se lo repite varias veces, porque a la primera no lo entienden. Se miran los unos a los otros y lo miran a él, recelosos. R.H. se lo vuelve a explicar, una vez más. Se enorgullece de este su sentido particular de la justicia. Como dicen algunos, se toma “la justicia por su mano”. Pero, ¡atención!, no lo hace en beneficio propio sino para hacer el bien a los demás. Roba a los ricos (eso es, evidentemente un delito, porque el hecho de que alguien sea rico no da a nadie carta blanca para atentar contra el derecho inalienable a la propiedad privada, como mínimo en una economía de mercado), pero no lo hace para quedárselo, como habría hecho un ladrón vulgar y corriente, sino para dárselo a los necesitados; él no toca ni un céntimo. Roba para dárselo a los pobres, y éste es un acto de generosidad que, está convencido, le perdona, a los ojos de Dios, el delito previo. ¿El fin justifica los medios? Para R. H., sí, sin ningún tipo de dudas. Por eso se enfrenta el chérif, a las autoridades, a los propietarios de tierras, eclesiásticos o no. También por eso procura tratar a las mujeres, a los pobres y a la gente humilde con una cortesía especial.
	Pero los frutos del robo desaparecen pronto. Una familia pobre y numerosa como la elegida, con hambre atrasada de siglos, dilapida con facilidad la comida, el dinero, las monedas, los candelabros, los pendientes, los cubiertos de plata vendidos a un precio indigno en el mercado negro. Los pobres continúan siendo pobres, y los ricos no han tardado mucho en comprar nuevos candelabros, nuevos cubiertos de plata, nuevos pendientes, nuevos anillos. Quizá los pobres han apaciguado un poco el hambre y los ricos han perdido cuatro cuartos, pero la diferencia sigue siendo abismal.
	R.H. vuelva a buscar el antifaz de seda negra y el sombrero con pluma. Monta a caballo; por caminos tortuosos que surcan el bosque como un laberinto llega nuevamente al castillo de los ricos más ricos, que, esta vez, están en pleno baile de las debutantes. Los ricos se sorprenden. “¿Otra vez?”. No lo encuentran tan excitante como la primera. Incluso hay uno que se queja: “a ver si esto se va a convertir en costumbre”. R.H. les quita los pendientes (de esmeraldas, de perlas), las diademas (una es griega, de Empuries, heredada de madre a hija a través de los siglos,) los anillos (de rubíes, simplemente de oro, de lapislázuli), las pulseras, los broches (hay uno de marfil, que R.H. encuentra bellísimo) y un collarcito de perlas. Una mujer se lamenta porque los pendientes que R.H. le quita sin piedad los había comprado para reemplazar los que le había robado la otra vez. Le sabe mal sobre todo porque le ha costado encontrar unos iguales. Intenta convencerle de que sus motivos para pedir clemencia son del todo justificados: si ahora se los vuelve a robar ya no encontrará otros pendientes iguales, porque estos eran los últimos que quedaban. Como si nada, R.H. se los arranca sin contemplaciones y los mete en el saco, con todo el resto. Esta vez no hay candelabros. R.H. se sorprende y pregunta cómo es eso. No han tenido tiempo de ir a comprarlos todavía, se excusa el dueño de la casa. Así pues, para compensar les roba los juegos de cama, el cuadro de Poussin, La bacanal, que tienen en la pared de la sala de estar, y una cómoda estilo Ricardo II. Cuando el saco está lleno, R.H. atraviesa el bosque en dirección este y llega a casa de los pobres, que le reciben con lágrimas en los ojos y los brazos abiertos. “Ya era hora”, dice el padre, “estábamos a punto de desfallecer.”
	La vez siguiente R.H. encuentra a los ricos aún menos predispuestos a aceptarle de buen grado. Hay quejas mientras mete en el saco dinero (joyas sólo las llevaba una mujer desprevenida: un pasador de plata con dos rubíes), las alfombras (tres persas y una del Turkmenistán), una vitrina y dos camas. Incluso hay un duque que intenta oponer resistencia. De una patada, R.H. lo deja fuera de combate. El resto de los presentes chillan. Los pobres le reciben con gran alegría, aunque, cuando ven qué les trae, hay uno que medio se queja porque el botín es más discreto que las otras dos veces.
	A parte de la sed de justicia, una de las virtudes de R.H. es la perseverancia. Repite las incursiones de manera metódica. En el curso de las mismas se lleva la vajilla, los cojines, los sofás, las mesas, los sillones. Se lleva los libros, las estanterías, el paragüero, una armadura (entera: con el yelmo, la visera, el barbote, la gola, la gorguera, las hombreras, el peto, la armadura de pecho, los guardabrazos, los codales, el faldar, los guanteletes, la cota de mallas, los quijotes, las rodilleras, las grebas, los escarpes, el escudo redondo y la espada). Descuelga de la pared y se lleva un escudo rectangular cuadrilongo de tipo francés, de azur con un árbol de oro con dos leones al natural empinados en el tronco; la bordura de oro con siete sautores de gules colocados dos, dos, tres; timbrado por un casco cerrado y puesto de frente con los lambrequines de azur y plata; por cimera, un gallardete de gules saliendo del casco. Se lleva las camas que quedan, el tresillo, los fogones. Desmonta los armario, coge los escritorios, los aparadores, las consolas, las literas, las vitrinas, las papeleras, las lámparas de pie, los pufs, los juguetes de los niños, las pilas, los toalleros, los botiquines, las cortinas de la ducha, las barras de las cortinas de la ducha, las antorchas, las teas, los taburetes, los estores, las botellas (de whisky, de coñac, de vino), las chimeneas.
	Hasta que un día, mucho tiempo después, los ricos, vestidos con harapos, se arrodillan delante de R.H. y se dirigen a él con voz implorante: 
	-Señor Robin Hood, no dudamos de vuestra bondad, de vuestro espíritu noble y de vuestra legendaria generosidad. Sabemos que lo habéis hecho con buena intención, para hacer justicia entre los hombres y compensar las desigualdades sociales que el derecho sucesorio perpetúa. Pero daos cuenta de que las cosas ya no son como antes, de que nada nos queda sino estas cuatro paredes. Tenemos que dormir en el suelo, porque hasta las camas os habéis llevado. No tenemos sábanas para abrigarnos, ni cazuelas donde calentar agua con que engañar el hambre. Señor Hood, ¿qué más queréis quitarnos? No podéis quitarnos nada más: no nos quedan sino las paredes, porque hasta las tejas nos habéis quitado.
	R.H. se queda boquiabierto. No le hace falta más que un vistazo a lo que en un tiempo no muy lejano fue un castillo espléndido para comprobar que los que dicen es verdad. Las paredes están desnudas, las habitaciones vacías y los antiguos ricos duermen en los rincones, protegiéndose de la lluvia que entra por lo que antes habían sido tejados. Los ricos, por tanto, propiamente ya no lo son. Es del todo evidente que son más pobres que los antiguos pobres, que se han convertido ahora en más ricos que ellos, en parte por las riquezas que R.H. les ha dado y en parte por una hábil política de inversiones que las ha multiplicado. Pero R.H. generoso, obsesivo y tenaz ha continuado robando a los ricos, ahora francamente pobres, para dárselo a los pobres ya francamente ricos. Su actitud generosa ha trastocado las cosas hasta tal punto que ahora (de golpe le resulta evidente) los ricos viven en la miseria y los pobres nadan en la abundancia y el despilfarro, y han convertido la antigua barraca en un conjunto de chalés con piscina, sauna y las últimas novedades en domótica. Hace años que en el castillo ya no se celebran fiestas, y en cambio en la urbanización de los antiguos pobres cada semana hay, si no bacanales, barbacoas. ¿Cómo no se ha dado cuenta antes? Mira con nuevos ojos a los ricos que hasta entonces había contemplado como explotadores, y paralelamente imagina el libertinaje económico a que ahora se entregan los que hasta hace pocos segundos ha considerado pobres. La ira se apodera de él. Desde pequeño le ha indignado contemplar cómo, mientras los ricos nadan en el exceso los pobres malviven en la miseria. Se coloca bien el antifaz de seda negra, se ajusta el sombrero de cazador, con pluma gris y esbelta, que le trajo el tío Richad de viaje a Tirol. Tensa las riendas del caballo, lo encara hacia el este y, con las mismas riendas, azota el lomo de la bestia.</description>
		<content:encoded><![CDATA[<p>Con un tono irónico, y haciendo uso de la hipérbole, Quim Monzó nos ofrece en el relato &#8220;Hambre y sed de justicia&#8221; una visión,al menos, curiosa de la postura vital optimista e idílica de Robin Hood; Y es que, verdaderamente, &#8220;Las personas te lían con las cosas, las cosas te crean problemas, los problemas te lían con personas&#8230; y todo vuelve a empezar&#8221;. Después de ver &#8220;Robin de los bosques&#8221;, (&#8221; El mejor remedio conta la depresión&#8221;), leemos este relato (y procuramos no caer en ella).</p>
<p>             HAMBRE Y SED DE JUSTICIA, Quim Monzó<br />
	El hecho de haber nacido en una familia aristocrática no impide que Robin Hood odie profundamente la desigualdad social. Desde pequeño le ha indignado contemplar cómo, mientras que los ricos nadan en el exceso, los pobres malviven en la miseria. Este contraste, que deja indiferente al resto de sus familiares, a Robin Hood le subleva.<br />
	Convencido de que la autoridad está siempre de parte de los poderosos, como no sabe estar cruzado de brazos y asistir impasible a aquel espectáculo degradante, un día decide ponerle remedio. Selecciona la familia más rica de todas las familias del condado. Para llevar a cabo el plan que rumia no le hace falta ni espiar sus horarios. Los conoce tan bien a todos ellos que sabe cada uno de sus movimientos habituales, qué hacen, dónde y cuándo, y en qué momento puede pillarlos desprevenidos. Fija, pues, un día para la actuación. Pero tiene que vestirse a posta. No puede ir con sus ropas habituales, porque lo reconocerían. Del baúl que hay en el desván, elige un antifaz de seda negra y un sombrero de cazador, con pluma gris y esbelta, que trajo el tío Richard de un viaje al Tirol. Coge el arco, el carcaj y las flechas y monta en su mejor caballo.<br />
	Desde lejos ve las ventanas del castillo iluminadas y rebosantes de música. Tal como había previsto, están en plena fiesta. Perfecto. Así los cogerá a todos juntos y el botín será grande, porque al de los ricos elegidos se añadirá el de los invitados. Irrumpe en la sala sin importarle que las herraduras del caballo ensucien las alfombras granate. Allí está la crème de la crème: no sólo los anfitriones (los ricos más ricos, dueños del castillo, principal objetivo de su incursión), sino también sus amigos: marqueses, condes, duques, quizá no tan ricos, pero en cualquier caso desmesuradamente ricos para la media estadística de la población.<br />
	La cosecha es excepcional. Robin Hood les roba las diademas (de plata, de oro, de plata con incrustaciones de pedrería), los anillos (ninguno sencillo: todos gruesos como eslabones de cadenas), los pendientes (algunos largos y cargados hasta los hombros), los nomeolvides (uno de platino), los pasadores (de calidad mucho más variada). En un saco mete todo el dinero que llevan encima, monedas y billetes mezclados, y hace que los propietarios de la casa (los ricos más ricos del condado) abran la caja de caudales y vacíen su contenido. En el mismo saco mete los candelabros y los cubiertos de plata. En una bolsa de terciopelo azul mete toda la comida que encuentra en la nevera. (¡Hay tantas delicias que los necesitados no prueban nunca!) Después, sin que ninguno de los presentes lo haya reconocido, al galope desaparece en la noche. Los ricos más ricos y sus amigos aristócratas, excitados por el hecho (que rompe la monotonía en que viven), deciden que, al día siguiente, enviarán pajes a los amigos que aquella noche no estaban con ellos para contarles la noticia: que un enmascarado ha ido y les ha robado joyas, objetos de valor y dinero. Para poder darles las explicaciones con todo detalle los invitarán a casa y organizarán una bacanal.<br />
	Robin Hood galopa  bosque a través, de oeste a este, con un destino claro. Durante semanas ha seleccionado, de entre todos los habitantes de Sherwood, a los más pobres. Son una familia que vive en una cabaña mísera, junto a un vertedero incontrolado. Desde lejos, la familia mísera ve llegar a Robin Hood y se esconde. Siempre que alguien se ha acercado allí ha sido para quitarles lo poco que tienen. A veces ladrones con antifaz y camiseta de rayas horizontales, a veces recaudadores de impuestos con corbata y americana a cuadros, a veces los señores, necesitados de carne fresca para alguna fiesta. R. H. llama a la puerta y les pide que le abran: viene en son de paz. Los pobres no contestan. R. H. insiste:”¡Abrid, que os traigo lo que he robado a los ricos!” No le hacen caso. Se ve obligado a abatir la puerta. En un rincón de la única pieza del cuchitril (vestíbulo, comedor, cocina y dormitorio, todo junto), los pobres, apiñados, tiemblan e imploran piedad. R.H. les explica que de él no deben tener miedo y les repite que viene a darles lo que ha robado a los ricos. Exactamente ésta es la idea, insiste: robar a los ricos para dárselo a los pobres. Se lo repite varias veces, porque a la primera no lo entienden. Se miran los unos a los otros y lo miran a él, recelosos. R.H. se lo vuelve a explicar, una vez más. Se enorgullece de este su sentido particular de la justicia. Como dicen algunos, se toma “la justicia por su mano”. Pero, ¡atención!, no lo hace en beneficio propio sino para hacer el bien a los demás. Roba a los ricos (eso es, evidentemente un delito, porque el hecho de que alguien sea rico no da a nadie carta blanca para atentar contra el derecho inalienable a la propiedad privada, como mínimo en una economía de mercado), pero no lo hace para quedárselo, como habría hecho un ladrón vulgar y corriente, sino para dárselo a los necesitados; él no toca ni un céntimo. Roba para dárselo a los pobres, y éste es un acto de generosidad que, está convencido, le perdona, a los ojos de Dios, el delito previo. ¿El fin justifica los medios? Para R. H., sí, sin ningún tipo de dudas. Por eso se enfrenta el chérif, a las autoridades, a los propietarios de tierras, eclesiásticos o no. También por eso procura tratar a las mujeres, a los pobres y a la gente humilde con una cortesía especial.<br />
	Pero los frutos del robo desaparecen pronto. Una familia pobre y numerosa como la elegida, con hambre atrasada de siglos, dilapida con facilidad la comida, el dinero, las monedas, los candelabros, los pendientes, los cubiertos de plata vendidos a un precio indigno en el mercado negro. Los pobres continúan siendo pobres, y los ricos no han tardado mucho en comprar nuevos candelabros, nuevos cubiertos de plata, nuevos pendientes, nuevos anillos. Quizá los pobres han apaciguado un poco el hambre y los ricos han perdido cuatro cuartos, pero la diferencia sigue siendo abismal.<br />
	R.H. vuelva a buscar el antifaz de seda negra y el sombrero con pluma. Monta a caballo; por caminos tortuosos que surcan el bosque como un laberinto llega nuevamente al castillo de los ricos más ricos, que, esta vez, están en pleno baile de las debutantes. Los ricos se sorprenden. “¿Otra vez?”. No lo encuentran tan excitante como la primera. Incluso hay uno que se queja: “a ver si esto se va a convertir en costumbre”. R.H. les quita los pendientes (de esmeraldas, de perlas), las diademas (una es griega, de Empuries, heredada de madre a hija a través de los siglos,) los anillos (de rubíes, simplemente de oro, de lapislázuli), las pulseras, los broches (hay uno de marfil, que R.H. encuentra bellísimo) y un collarcito de perlas. Una mujer se lamenta porque los pendientes que R.H. le quita sin piedad los había comprado para reemplazar los que le había robado la otra vez. Le sabe mal sobre todo porque le ha costado encontrar unos iguales. Intenta convencerle de que sus motivos para pedir clemencia son del todo justificados: si ahora se los vuelve a robar ya no encontrará otros pendientes iguales, porque estos eran los últimos que quedaban. Como si nada, R.H. se los arranca sin contemplaciones y los mete en el saco, con todo el resto. Esta vez no hay candelabros. R.H. se sorprende y pregunta cómo es eso. No han tenido tiempo de ir a comprarlos todavía, se excusa el dueño de la casa. Así pues, para compensar les roba los juegos de cama, el cuadro de Poussin, La bacanal, que tienen en la pared de la sala de estar, y una cómoda estilo Ricardo II. Cuando el saco está lleno, R.H. atraviesa el bosque en dirección este y llega a casa de los pobres, que le reciben con lágrimas en los ojos y los brazos abiertos. “Ya era hora”, dice el padre, “estábamos a punto de desfallecer.”<br />
	La vez siguiente R.H. encuentra a los ricos aún menos predispuestos a aceptarle de buen grado. Hay quejas mientras mete en el saco dinero (joyas sólo las llevaba una mujer desprevenida: un pasador de plata con dos rubíes), las alfombras (tres persas y una del Turkmenistán), una vitrina y dos camas. Incluso hay un duque que intenta oponer resistencia. De una patada, R.H. lo deja fuera de combate. El resto de los presentes chillan. Los pobres le reciben con gran alegría, aunque, cuando ven qué les trae, hay uno que medio se queja porque el botín es más discreto que las otras dos veces.<br />
	A parte de la sed de justicia, una de las virtudes de R.H. es la perseverancia. Repite las incursiones de manera metódica. En el curso de las mismas se lleva la vajilla, los cojines, los sofás, las mesas, los sillones. Se lleva los libros, las estanterías, el paragüero, una armadura (entera: con el yelmo, la visera, el barbote, la gola, la gorguera, las hombreras, el peto, la armadura de pecho, los guardabrazos, los codales, el faldar, los guanteletes, la cota de mallas, los quijotes, las rodilleras, las grebas, los escarpes, el escudo redondo y la espada). Descuelga de la pared y se lleva un escudo rectangular cuadrilongo de tipo francés, de azur con un árbol de oro con dos leones al natural empinados en el tronco; la bordura de oro con siete sautores de gules colocados dos, dos, tres; timbrado por un casco cerrado y puesto de frente con los lambrequines de azur y plata; por cimera, un gallardete de gules saliendo del casco. Se lleva las camas que quedan, el tresillo, los fogones. Desmonta los armario, coge los escritorios, los aparadores, las consolas, las literas, las vitrinas, las papeleras, las lámparas de pie, los pufs, los juguetes de los niños, las pilas, los toalleros, los botiquines, las cortinas de la ducha, las barras de las cortinas de la ducha, las antorchas, las teas, los taburetes, los estores, las botellas (de whisky, de coñac, de vino), las chimeneas.<br />
	Hasta que un día, mucho tiempo después, los ricos, vestidos con harapos, se arrodillan delante de R.H. y se dirigen a él con voz implorante:<br />
	-Señor Robin Hood, no dudamos de vuestra bondad, de vuestro espíritu noble y de vuestra legendaria generosidad. Sabemos que lo habéis hecho con buena intención, para hacer justicia entre los hombres y compensar las desigualdades sociales que el derecho sucesorio perpetúa. Pero daos cuenta de que las cosas ya no son como antes, de que nada nos queda sino estas cuatro paredes. Tenemos que dormir en el suelo, porque hasta las camas os habéis llevado. No tenemos sábanas para abrigarnos, ni cazuelas donde calentar agua con que engañar el hambre. Señor Hood, ¿qué más queréis quitarnos? No podéis quitarnos nada más: no nos quedan sino las paredes, porque hasta las tejas nos habéis quitado.<br />
	R.H. se queda boquiabierto. No le hace falta más que un vistazo a lo que en un tiempo no muy lejano fue un castillo espléndido para comprobar que los que dicen es verdad. Las paredes están desnudas, las habitaciones vacías y los antiguos ricos duermen en los rincones, protegiéndose de la lluvia que entra por lo que antes habían sido tejados. Los ricos, por tanto, propiamente ya no lo son. Es del todo evidente que son más pobres que los antiguos pobres, que se han convertido ahora en más ricos que ellos, en parte por las riquezas que R.H. les ha dado y en parte por una hábil política de inversiones que las ha multiplicado. Pero R.H. generoso, obsesivo y tenaz ha continuado robando a los ricos, ahora francamente pobres, para dárselo a los pobres ya francamente ricos. Su actitud generosa ha trastocado las cosas hasta tal punto que ahora (de golpe le resulta evidente) los ricos viven en la miseria y los pobres nadan en la abundancia y el despilfarro, y han convertido la antigua barraca en un conjunto de chalés con piscina, sauna y las últimas novedades en domótica. Hace años que en el castillo ya no se celebran fiestas, y en cambio en la urbanización de los antiguos pobres cada semana hay, si no bacanales, barbacoas. ¿Cómo no se ha dado cuenta antes? Mira con nuevos ojos a los ricos que hasta entonces había contemplado como explotadores, y paralelamente imagina el libertinaje económico a que ahora se entregan los que hasta hace pocos segundos ha considerado pobres. La ira se apodera de él. Desde pequeño le ha indignado contemplar cómo, mientras los ricos nadan en el exceso los pobres malviven en la miseria. Se coloca bien el antifaz de seda negra, se ajusta el sombrero de cazador, con pluma gris y esbelta, que le trajo el tío Richad de viaje a Tirol. Tensa las riendas del caballo, lo encara hacia el este y, con las mismas riendas, azota el lomo de la bestia.</p>
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