AMPA

Sección dedicada a noticias de la “Asociacion de Madres y Padres de C. P. Quirinal”

5 Comentarios a “AMPA”

16 03 2007
juio (13:17:13) :

Hola:
Agradeceros este espacio que nos habéis facilitado al APA del centro. Tendremos que hablar en la asociación cómo utilizarlo de la mejor forma posible (boletín electrónico, fotos…). Tenemos que hablarlo.Estas iniciativas son las que hacen que los padres/madres podamos estar en contacto cercano con el cole de nuestros hijos.
Gracias de nuevo-Julio C.

7 06 2007
Julio (12:10:59) :

¡ENHORABUENA! Si has llegado hasta aquí ya hemos logrado que conozcas la Web del centro. Has de darte un paseo por ella pues contiene mucha información que como padres/madres no debiésemos desconocer. Con referencia al comienzo de la historia de PULGAS AMAESTRADAS, decirte que esta reflexión es de Santos Guerra, un conocido catedrático universitario. Considero que es interesante para todos aquellos que, como nosotros, estamos al cargo de la educación de nuestros hijos/as. Está recortada pues ya es de por sí larga.

CONTINUACIÓN DE LA HISTORIA QUE COMIENZA EN LA MEMORIA ESCOLAR 06/07:

…. …. …..
…Algo parecido nos pasa a los humanos. Cuando nos acostumbramos a unos determinados límites nos sentimos incapaces de superarlos. Ni siquiera lo intentamos. Creemos que lo alcanzado es todo lo que podemos llegar a conseguir. El acostumbrarse al fracaso es una causa de la falta de estímulo. Las pulgas, dentro de la caja, se habitúan a unos saltos minúsculos que acaban por condicionar su futuro comportamiento.
En las metas que vamos proponiéndonos en la vida influyen mucho los logros que hemos alcanzado. Por eso es bueno facilitar la consecución de éxitos. No conviene habituar a los niños y a las niñas al fracaso. También es decisivo lo que los demás esperan de nosotros. Si nadie espera que seamos capaces de conseguir algo significativo, es fácil que no lo alcancemos. Resulta terrible esa condena al fracaso que algunos educadores y algunos padres o madres hacen sobre sus alumnos o hijos. “Tú nunca llegarás a nada”, tú jamás conseguirás algo importante”, “tú eres un inútil”, tú serás un fracasado”… Es fácil que esa persona, si no se rebela contra la profecía, si no la convierte en un reto, acabe siendo, efectivamente, un fracasado. Existen las profecías de autocumplimiento. Éste es su enunciado: “La profecía de un suceso suele convertirse en el suceso de la profecía”. Es así. Sucede incluso en el ámbito sociológico. Si anuncio, por ejemplo, que el próximo fin de semana habrá escasez de combustible en las gasolineras de Málaga, es probable que los conductores se lancen a conseguir provisiones causando una real carestía en ese fin de semana. La profecía del suceso de la escasez se convirtió en la realidad de la escasez. .
He visto terribles profecías en las escuelas y en el seno de las familias. Me preocupa mucho que esas actitudes tengan lugar en las aulas porque quienes estamos pagados para ayudar a crecer (educadores, impulsores del crecimiento intelectual y moral) estaríamos utilizando nuestra autoridad para poner sobre los hombros de nuestros alumnos o alumnas una montaña de desaliento.

Algunas veces las profecías van dirigidas a todos los alumnos y alumnas de la clase. “Vuestro grupo nunca conseguirá nada importante”, “vosotros sois demasiado torpes para llegar lejos”, “nunca he visto un grupo tan malo”… A veces, a un grupo pequeño. En ocasiones solamente a un alumno o alumna, que se convierte en el chivo expiatorio de la amargura, del pesimismo o del sadismo del educador. No sé cómo no escarmentamos después de las muchísimas equivocaciones de las que hemos sido protagonistas o testigos. Hay ejemplos célebres. Evaluando la primera prueba de Fred Astaire ante la cámara un ejecutivo de un estudio de cine dijo: “No sabe actuar. No sabe cantar. Ligeramente calvo. Baila un poco”. Qué vergüenza. He oído decir con amargura a muchas personas que hoy están en puestos de relevancia social que tuvieron algunos profesores que les condenaban injusta e imprudentemente al fracaso. Guardan de ellos una triste memoria.

Las chicas suelen ser objeto de profecías (a veces invisibles e impronunciables) de autocumplimiento. Por el hecho de ser mujeres se les supone una menor valía, una menor ambición o una menor capacidad de esfuerzo y, en consecuencia, se les marcan unas metas menos ambiciosas, se les plantean como deseables carreras de menor prestigio, dificultad o categoría social.
Los discapacitados son destinatarios también de algunas de estas premoniciones desalentadoras. Si pensamos y les decimos que no aprenderán nada, que nunca serán capaces de tener éxito, acabarán fracasando.

El problema de partida está en los “profetas malditos” o en los “malditos profetas”. Y cobra fuerza cuando el destinatario o destinataria de la profecía acaba creyéndosela. Cuando la hace suya. Porque si se rebela contra ella, si la convierte en un estímulo, si saca de ella el coraje necesario para vengarse de los tristes deseos de su profeta, el problema está solucionado.

Las profecías malditas nacen de la torpeza y del desamor de quien las hace. El hermoso libro de Alice Calaprice “Querido profesor Einstein” nos muestra la tierna relación del científico con los niños y las niñas a través de la correspondencia. Se puede comprobar cómo les alienta y anima. Porque los quiere. Él mismo fue un alumno con problemas. Se lo cuenta a Bárbara, una niña de 12 años, que le confiesa sus problemas con las matemáticas: “Me encantó tu amable carta. Hasta el momento no me había planteado ser un héroe, pero puesto que me has designado como tal, ahora siento que sí que lo soy… No te preocupes por tus dificultades en matemáticas: puedo asegurarte que las mías eran aún mayores”. Los alumnos aprenden de aquellos profesores a los que aman. Porque tienen un radar para saber quién los quiere.

Hay que acabar con las profecías (y, sobre todo, con las autoprofecías) de cumplimiento. A quien construye cajas para sus prójimos quiero recordarles que están limitando injustamente el desarrollo de forma quizá inconsciente, pero muy real. A quienes son encerrados en ellas quiero decirles que no hay mayor opresión que aquella en la que el oprimido mete en su cabeza los esquemas del opresor.

20 12 2007
julioceg (17:09:04) :

“La gallina que quería ser águila” (Santos Guerra)
Historia completa que complementa la parcial aparecida en el boletín 3
En la escuela se dan cita todo tipo de alumnos. Hay en la escuela ricos y pobres, niños y niñas, inmigrantes y autóctonos, creyentes y ateos, listos y torpes, cultos e incultos… Todos ellos tienen derecho a alcanzar el éxito en su aprendizaje. Pero la escuela es una institución tradicionalmente homogeneizadora, por eso ha de buscar respuestas a las insistentes preguntas que hace la infinita diversidad de su alumnado.
Cuando se habla de diversidad se reconoce la identidad de cada persona. Si, por el contrario, se establece un prototipo, todas las variaciones respecto al mismo se convierten en deficiencias. Una gallina es una gallina. No es un animal que tenga que catalogarse por su semejanza a un modelo. ¿Qué pensar de quien considerase deforme a una gallina porque sus alas no le permiten elevar el vuelo más allá de las tapias del corral? ¿Sería justo que se la maltratase con golpes, insultos y descalificaciones? ¿Sería lógico decir que ha fracasado porque tarda más que el águila en recorrer volando una determinada distancia? ¿Sería razonable y ético que se la castigase por su “maldita diferencia”?
Una gallina es una gallina. Un águila es un águila. Estas afirmaciones que parecen obviedades cercanas al ridículo están frecuentemente negadas cuando, en la escuela, tratamos a los niños y a las niñas como si fuesen iguales, o cuando los tratamos como diferentes pero comparándolos con un prototipo. Quienes se alejan de ese modelo, de ese arquetipo, parece que tienen alguna tara. Son, por consiguiente, defectuosos. Así, una niña sería un niño defectuoso. Por eso llora, por eso es mala en matemáticas, por eso es charlatana. Un niño con síndrome de Down sería un niño normal defectuoso, que no puede aprender nada, que no puede valerse por sí mismo. Un niño ateo, sería un niño creyente defectuoso. Un niño gitano sería un niño payo defectuoso, incapaz de hablar bien, de comportarse cortésmente. Un niño magrebí sería un niño autóctono defectuoso, que no domina la lengua castellana, que no conoce las costumbres del país, que no sabe quién es la Virgen Inmaculada.
El prototipo escolar lo constituye el varón, blanco, sano, inteligente, autóctono, creyente, payo, vidente, ágil, oyente, castellanoparlante… Los demás son “anormales” o, lo que es peor, “subnormales”. La institución escolar alberga problemáticas muy diversas, no sólo debidas a las diferencias infinitas individuales sino a las diferencias grupales (étnicas, lingüísticas, culturales, religiosas, económicas, de género…). Hay que caminar hacia una escuela inclusiva. Lo cual exige hacerse permanentemente esta pregunta: ¿a quién excluye la escuela?, ¿a quién le pone trabas para una integración plena?, ¿a quién le beneficia o privilegia?
Si un centímetro cuadrado de piel (las huellas digitales) nos hace diferentes a miles de millones de individuos, ¿qué no sucederá con toda la piel? Con todo lo que ésta tiene dentro, con la historia y las vivencias y las emociones y las expectativas… No hay un niño exactamente igual a otro. Ni siquiera dos gemelos univitelinos pueden considerarse idénticos. Su historia es distinta, sus vivencias son diferentes e intransferibles. Hay dos tipos de niños en las escuelas: los inclasificables y los de difícil clasificación. Cada individuo es: único, irrepetible, irreemplazable, complejo, dinámico.
La diferencias de las personas puede ser entendidas y vividas como una riqueza o como una carga. Si esa diferencias se respetan y se comparten son un tesoro; si se utilizan para discriminar, excluir y dominar se convierten en una lacra.
No hay educación si no se produce un ajuste de la propuesta a las características del educando. Sólo hay educación cuando un individuo concreto crece y se desarrolla al máximo según sus posibilidades. La psicología dice que es preciso acomodar la enseñanza a los conocimientos previos de los alumnos. ¿Cómo puede hacerse en un grupo actuando como si todos tuviesen los mismos datos en la cabeza, los mismos deseos e intereses en el corazón? Si pensamos en una situación similar en el ámbito de la salud comprenderíamos el disparate que supone reunir a veinticinco pacientes y a través de la observación hacer un diagnóstico simultáneo y aplicar una receta idéntica para todos. ¿Qué sucedería? Alguno moriría por la alergia a un medicamento, otros seguirían padeciendo el mal con el que llegaron, alguno vería cómo se agravaba un mal incipiente… Sería mucho mejor que fuesen medicados. De ahí el viejo dicho: “Si las pócimas que nos dan los médicos fuesen arrojadas al fondo del mar, la humanidad estaría mucho mejor y los peces mucho peor”
Se ha considerado frecuentemente la diversidad como una rémora. Se ha tendido a formar grupos lo más homogéneos posibles y se ha apartado a quienes mostraban una diferencia (por arriba o por abajo) muy acusada. La falta de preocupación por las diferencias no es sólo una traba didáctica sino un atentado a la justicia. Ya en 1966 decía Bourdieu que “la indiferencia hacia las diferencias transforma las desigualdades iniciales en desigualdades de aprendizaje”. Si se exige por igual a quienes son de partida tan desiguales no se hace otra cosa que implantar institucionalmente la injusticia.
Como en la escuela la actuación se dirige hacia un alumno tipo, los que no responden a él, se encuentran con dificultades de adaptación. No es la escuela la que se adapta a los niños sino éstos los que tienen que ajustarse al modelo que se propone o se impone en la escuela. Lo digo no sólo por lo que respecta al aprendizaje de las materiales sino a la forma de comportamiento y de relación..
Para que la escuela de respuesta a las exigencias de la diversidad es necesario que se transformen:
– Las concepciones: no se trata de hacer por hacer sino de hacer por algo y para algo. Hay que romper los moldes de la escuela rígida, autoritaria y homogeneizadora.
– Las estrategias: las concepciones son dinamizadoras de la práctica. Es preciso poner en funcionamiento procesos inspirados en la filosofía de la diversidad para que no se quede la teoría en un bello discurso.
– Los requisitos: si se pretende desarrollar un curriculum que tenga como presupuesto la atención a la diversidad, es preciso contar con aquellos medios que hagan posible una acción coherente.
Si la filosofía de la diversidad llega a la escuela, teórica y prácticamente, se habrá ganado en la dimensión ética, mejorará la convivencia, y los aprendizajes serán más relevantes y significativos para todos y cada uno de los alumnos.
Los mismos alumnos tienen que hacerse también conscientes de la diversidad sin que unos entiendan que son más o menos que los otros por ser como son. Recuerde el lector aquel significativo diálogo entre el elefante y la hormiga acomplejada.
– ¿Cuántos años tienes, elefante?, pregunta la hormiga.
–Yo tres. ¿Y tú?
– Yo también tengo tres, pero es que he estado malita.

22 06 2008
julioceg (04:07:43) :

“TENGO QUE FELICITAROS”. Artículo en la Memoria del AMPA 07/08. Autor: Santos Guerra.

La psicología del aprendizaje es terminante al respecto. El refuerzo positivo (por ejemplo, el elogio) es más eficaz para el aprendizaje que el refuerzo negativo (por ejemplo, el reproche, el castigo). Y tiene muchos menos efectos secundarios imprevisibles e incontrolables aparejados. Mediante el refuerzo negativo puede ser que se corrija un defecto, pero también puede suceder que se rompa para siempre el vínculo educativo con el que enseña.
Me gusta mucho la historia de un entrenador de fútbol que se hace cargo de un equipo de adolescentes. Observa su juego y ve que tienen un defecto importante. Cada uno, con el afán de marcar y ser aplaudido, agarra el balón y pretende meter gol regateando a todos los jugadores del equipo contrario que le salen al paso. Acaban perdiendo siempre la pelota. El entrenador les reúne y les dice:
– Mirad, el fútbol es un deporte de equipo y tiene una regla de otro. Cuando uno recibe el balón, ha de mirar quién está libre para poder pasárselo. Cuando uno no lo tiene, debe desmarcarse para poder recibirlo. ¿Está claro?
Todos responden convencidos:
– Sí, mister, está muy claro.
– ¿Lo váis a hacer como estoy diciendo?
– Sí, contestan a coro, muy entusiasmados.
Llega el primer partido de competición. El entrenador observa las evoluciones de sus jugadores desde el banquillo. Y ve que siguen con el mismo error que ha pretendido corregir. Su equipo acaba perdiendo el partido por un tanteo escandaloso: 6–0. Cuando los jugadores llegan al vestuario, esperan una severa reprimenda de su entrenador, quizás un castigo. Pero se sorprenden cuando les dice:
– Tengo que felicitaros.
La sorpresa es mayúscula. No se imaginan ningún motivo por el que puedan ser felicitados. Han perdido. No han hecho caso a su entrenador. Han jugado mal.
– Hemos perdido, recuerdan entristecidos y cabizbajos, por si su entrenador ni siquiera se ha enterado del desastre.
El entrenador, tranquilo, sonriente, les comenta:
– Ya sé, ya sé que hemos perdido. A pesar de ello. tengo que felicitaros. Os explicaré por qué. Vamos a ver, cuando tú tenías el balón, le dice a uno de sus jugadores, y seguías con él hasta perderlo, ¿qué pensabas?
– Yo pensé que así no podía ser, que nos había dicho que teníamos que pasar.
– Y vosotros, dice dirigiéndose a otros jugadores, cuando veíais que algún compañero de equipo avanzaba queriendo llegar entre contrarios a la otra portería, ¿qué pensabais?
– Que tenía que pasar el balón a quien estuviera libre, como nos había dicho.
– ¿Es cierto que lo pensábais?
–Sí, mister, lo hemos pensado, hemos caído en la cuenta.
– Pues bien, ese es el motivo de mi felicitación. Ya habéis dado un paso hacia el buen juego, hacia la mejora. Ya habéis pensado que así no podéis seguir. Enhorabuena, pues. El próximo día hay que dar otro pasito hacia adelante. Y estoy seguro de que lo vais a dar.
El lector estará conmigo en que con ese entrenador es más fácil progresar, es más posible avanzar. No es que no sea exigente. Lo es. De hecho, les emplaza para dar otro paso más en el próximo partido. Es inteligente, es generoso. Todos querríamos ser entrenados por una persona así. No nos gustaría jugar a las órdenes de un entrenador que nos humillara, que nos despreciara, que nos dijera que somos inútiles, a pesar de haber ganado, de haber hecho las cosas bien, sólo por haber fallado un penalti intrascendente para la victoria.
Creo que practicamos poco la felicitación, el elogio, la manifestación de nuestra enhorabuena. En los establecimientos existe un libro de reclamaciones, pero no de felicitaciones. Decimos lo que se hace mal, no felicitamos por lo que se hace bien. Y todos estamos hechos de la misma pasta, o de parecida pasta. Nos gustan más las felicitaciones que los reproches.
La odiosa frase de “la letra con sangre entra” se ha interpretado desafortunadamente. La sangre no es del aprendiz sino del que enseña.
No defiendo con esta postura la falta de exigencia, la falta de esfuerzo, la falta de voluntad de quien aprende. Sólo aprende el que quiere. Hace falta voluntad, por consiguiente, sacrificio, esfuerzo y constancia. Pero nacidos de la lógica, del interés, de la sensibilidad. Si el esfuerzo nace de la crispación, del desamor, del miedo o del odio de quien lo exige, producirá malos frutos. En primer lugar porque, cuando esa exigencia desaparezca, también se esfumará el deseo de esforzarse. En segundo lugar porque aparecerán el resentimiento y la venganza como respuestas a la malquerencia.
Creo que las personas tiernas y sensibles consiguen mucho más, generan una respuesta más exigente y autónoma. El palo, la dureza, la agresividad sólo producen heridas.
Me preocupa, claro está, la abulia, la pereza, la falta de esfuerzo que veo en algunos jóvenes. El problema es pensar en las causas y en saber cómo se promueve la autonomía de la decisión y la capacidad de esfuerzo y constancia. No basta con decirlo. No basta con exigirlo. Hay que tener motivos, razones, ejemplos, para que se desee hacerlo.
Un alumno le dice a un profesor: “Mire usted, explíqueme lo que quiera, por el método que desee y hasta póngame la nota que le apetezca pero, por favor, no me motive”. ¿Se le puede motivar a la fuerza? ¿Basta decirle que se esfuerce? ¿Cómo se convence a este personaje que tiene que motivarse, que tiene que tener voluntad, que tiene que practicar la cultura del esfuerzo. Eso es lo difícil, llegar a persuadir de lo importante y de lo interesante que es hacer las cosas bien. Si sólo se practica la filosofía del “palo y tente tieso”, la reacción previsible es que se evite recibir el palo y, sobre todo, de que cuando el palo no descargue su violencia, nos entreguemos a lo más fácil.

25 02 2011
Celia (22:28:53) :

Hola:
Me gusta mucho está página sobretodo por que salgo en fotos, este cole es el mejor del mundo entero, seguir asi.
Y me hubiese gustado que pusieseis más fotos de la Fiesta de Navidad.

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