Ladrón de libros
Publicado por jcarlosrf el 3 Febrero 2007
LADRÓN DE LIBROS
A finales del curso 95-96, me dirigí a la biblioteca para coger algún libro de Nietzsche, necesitaba los libros para hacer alguna lectura en clase de los textos más representativos del filósofo; tenía en mente algún pasaje de ” Así habló Zaratustra “, ” Crepúsculo de los ídolos” o “Más allá del bien y del mal”. Subí a una silla -los libros se encontraban en la última balda-y me puse a buscarlos, pero no estaban. Lo que más me sorprendió fue que no solamente no estaban los libros buscados, sino que no había ningún libro de Nietzsche.
De inmediato, me dirigí al libro de registros para averiguar quién o quiénes eran los adeptos lectores que habían entrado en comunicación con los libros, quiénes eran aquellos que buscaban la verdad para alumbrar el conocimiento de sí mismos .Quería saber quiénes eran los iniciados que habían recibido los consejos más sabios y se habían dejado seducir por un pensamiento diferente y que, para entenderlo, tendrían que esforzarse, y esto les proporcionaría también un mayor placer. Mi mente divagaba con estos pensamientos, cuando descubrí que no había ningún libro de Nietzsche registrado, por lo que deduje que los tenían que haber robado.
Me puse en contacto con la bibliotecaria, se llamaba Amanda[1], tenía el pelo negro y largo, sujeto en un moño sobre la nuca, sus ojos eran verdes, mentón fuerte. Un rostro de mujer adulta. Le conté lo sucedido.
-Me dijo- ¿sospechas de algún alumno?
-No- le contesté.
-Entonces, tendremos que indagar.
Pusimos en marcha un plan que consistía, por una parte, en no entregar las fichas de selectividad a los alumnos de 2° de bachillerato, hasta que no se devolviesen los libros. La segunda parte del plan consistió en contar a los alumnos, en las clases, que el departamento de filosofía contaba todos los años con un presupuesto reducido de dinero para necesidades bibliográficas y que si no se devolvían los libros, habría que volver a comprarlos y, consiguientemente, la biblioteca se empobrecería, debido a que no se podrían comprar libros nuevos. Además, se les tocó un poquito el corazón, al decirles que la biblioteca era de todos y que quien sustraía un libro, hurtaba algo a cada uno.
Creo que el discurso ético cuajó mucho más que la amenaza de no entregarles las fichas; ésta última la consideraron un farol.
Fueron pasando los días y ningún libro se vislumbraba en el horizonte, pero tampoco entregábamos las fichas para la selectividad, que estaba cerca.
La bibliotecaria convocó una reunión con los alumnos de 2° de bachillerato en la que, entre otras cosas, les dijo:
-”Si no aparecen los libros, os tendré que entregar al final las fichas para la selectividad, pero el tribunal que os corrige selectividad se va a enterar que algunos alumnos de este centro sois unos chorizos (claramente era un farol).
A los pocos días de la “arenga” de la bibliotecaria, comenzaron a aparecer los libros de las formas más inverosímiles que se pueda imaginar.
El primero en aparecer fue “Ecce homo”, que es una peculiar autobiografía de Nietzsche, escrita cuando tenía cuarenta y cuatro años de edad.
¿Sabéis dónde apareció? En
la Biblioteca Pública Municipal. ¿Sabéis por qué?
La calle que conduce a la misma se llama ” Ecce homo”, y además, ” el ladrón” metió dentro del libro una hoja que decía:
“Creo recordar haber leído que el mejor lugar para ocultar una hoja es un bosque, por consiguiente, creo que el mejor lugar para perder un libro es dejarlo en una biblioteca”.
El segundo y el tercer volumen aparecieron en la puerta del instituto, los recogió el bedel cuando llegó a las 8 de la mañana. Los libros eran “Aurora” y ” Crepúsculo de los ídolos”, también llevaban unas anotaciones en su interior:
“¡Adivinad! ¿los dejé por la mañana o por la noche? Este acto ha sido el despertar de un ensueño. Antaño, hubo hombres sabios y filósofos que creyeron en la armonía de las esferas; hoy sigue habiendo hombres que creen en el valor moral de la existencia. Me desperté y caí en la cuenta de que mis oídos habían estado soñando. “
El cuarto libro, “El anticristo”, apareció encima de la mesa del profesor en una clase de ética de 4°. Pregunté a los alumnos ¿quién ha dejado aquí este libro? Su silencio fue la respuesta. El libro estaba allí cuando los alumnos entraron en clase. En la portada del libro estaba escrito un aforismo:
“El drama de los creyentes llega cuando descubren que Dios es ateo.”
[Pasaron dos días y no apareció ningún libro más. Mis meditaciones y mis sospechas me conducían a un alumno, se llamaba Abelardo, pero no tenía pruebas para acusarlo. Así que volví a dar sermones en las clases sobre la necesidad de que aparecieran; entonces, surgió algo inesperado, una alumna me dijo:
-” Yo sé quién tiene uno pero no puedo decir quién es”.
Le animé a que lo consiguiera y le prometí no indagar en la identidad del poseedor o poseedora del libro.
Al día siguiente recuperé ” Así habló Zaratustra “; no traía ninguna anotación.
Solamente faltaba por recuperar “Consideraciones intempestivas”. Hablé con la bibliotecaria y le dije que casi estaba seguro de quién lo podía tener. Urdimos un nuevo plan: consistía en citar a Abelardo en el departamento de filosofía y decirle que le habían acusado unos alumnos de la posesión del libro.
Al día siguiente pusimos en práctica el plan. Cité a Abelardo a la hora del recreo, y en presencia de la bibliotecaria le imputamos el hurto del libro, le conminamos a devolverlo a cambió de no tomar ninguna represalia contra él; la cara de Abelardo atravesó todos los colores del arco iris, pasó en décimas de segundo del violeta al rojo y muy nervioso dijo:” Yo no lo tengo pero sé quién lo tiene”. Dos días después el libro estaba en mis manos.
Esta historia, que como podéis observar, tuvo un final feliz, fue una de las más bellas que me ha ocurrido en mi vida como docente, y lo más interesante es que no acaba aquí, ya que Abelardo no fue el ladrón; las apariencias engañan.
Durante el período estival me encontré con Paracelso, uno de los mejores alumnos que tuve en Ribadesella, llevaba un libro en la mano que se titulaba ” El Loco”, del famoso poeta libanés Gibran Khalil Gibran. Me lo tendió y dijo:
-” Te lo regalo, es un libro robado de la biblioteca pública municipal. El que robó los libros de Nietzsche no fue Abelardo sino yo. Lleva una nota en su interior. Léela.”
Me quedé completamente estupefacto, nunca se me habría ocurrido sospechar de Paracelso, era un alumno modélico
La nota decía literalmente:
“Siempre he apreciado el gran placer del hurto y la picardía: ¡Admirados sean aquellos que roban lo que necesitan, lo que les pertenece!Maldito y misterioso ha de ser aquello que cacemos: ¡Ay de quienes no escojan concienzudamente sus pertenencias!¡Para convertirse en un verdadero ladrón, en el zorro de los zorros, es necesario elegir con inteligencia nuestro pequeño tesoro!¡Ay de aquellos que se hundan en la codicia! serán éstos los que vendan su alma al pecado divino. ¡Ja, ja!Nuestra víctima el efímero dominador, debe ser un sagaz animal superior e insaciable; así de este modo la recompensa obtenida se incrementará gratamente.¡Ay de aquellos que caigan en el arrepentimiento, en la duda o en la inseguridad! Yo mismo me encargaré de expulsarlos del Círculo.¡Vamos hermanos, rompamos los viejos mandamientos! ¡El siete siempre ha sido mi número predilecto!¿Qué pretendes? ¿A dónde quieres llegar ser superior? ¿Me utilizas? Si, quizá sea eso. Soy un simple juguete para ti, un experimento más de tu hechizo Dionisiaco.Pero tu hora ha llegado, te has encontrado con el peor de tus enemigos: contigo mismoPuede que te haya juzgado mal o equivocadamente. Si, probablemente, pero no me arrepiento por ello. Eres inteligente y superior. Si, lo eres maldito. Sin embargo, hay alguien que te puede traicionar, aquel que te engaña y te delata: tu rostro, tu cuerpo, tu ser. Ese eres tú.No pretendas que siga tus caminos porque nunca serán los míos .Nunca conseguirás engañarme; porque aunque yo jamás alcanzaré tus metas, ni me alce en ésas, tus montañas. Soy aquel que llega a pensar en todo, pienso lo bastante como para creer que no eres un traidor, sino un gran hombre, al cual yo he juzgado mezquinamente. Pero como hombre confundido que soy, debo dejarme llevar por el instinto, y por ello pretendo alejarme de ti, hombre superior; porque soy lo “suficientemente capaz ” de saber que nunca llegaré a alcanzar tus pensamientos, por ello me asustas y me equivocas”.
Han pasado casi cinco años del acaecimiento de estos hechos.
Paracelso y yo somos dos buenos amigos, le dedico estas líneas para que queden en los anales del I.E.S Avelina Cerra.
José Carlos Rivera Fernández. Profesor de Filosofía del I.E.S. Rosario Acuña
[1] Los nombres que aparecen en el relato son ficticios
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