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El crepúsculo de las relaciones

Publicado por jcarlosrf el 24 Julio 2009

CREPÚSCULO DE LAS RELACIONES EN LAS NOCHES GIJONESAS 

  

Coincidíamos en el bar casi todas las tardes, ella tomaba té con leche, yo vinazo malo. Y luego nos mirábamos. Nos poníamos ciegos de mirarnos. Hartos de seducción. Después llegaba aquel julai en moto, ella se arrebujaba entre sus brazos y yo me hacía el loco.                                                                                                                                 Karmelo C. Iribarren   

    Salgo el jueves pasado de murga con unos amigos a recorrer lo que la noche Gijonesa ofrece, en este estío de eclipse. Después de recorrer unas cuantas sidrerías, saboreando la bebida espirituosa, empezamos a fermentar entre nosotros un diálogo de palabras, que si las trascribiese quedarían con una tremenda solera. Pero el tema de este artículo es otro, prosigo…

    Eran más de las 23,30 y decidimos cenar en un chigre de Cimavilla, lo típico: unas sardinas a la plancha, chipirones afogaos, almejas a la marinera…café y chupito.

Continuamos  la noche en un templo de rock and roll de la ciudad, “El Savoy”, a ver si ligábamos algo. Mis amigos y yo empezamos a conversar del tema sempiterno, del que hablan los hombres cuando salen por la noche: Chicas. En estas estábamos, cuando aparecen tres, una era conocida de uno de mis amigos. Nos saludan y se quedan cerca de nosotros, pero guardando la distancia de seguridad.

Como, especialmente yo, tenía ganas de que la conversación se decantase por otros derroteros, que probablemente nos conduciría si ampliábamos el círculo, me dirigí a la que era conocida y le digo:

-         Dice M. que: ¿Por qué no nos presentas a tus amigas?

-         No lo he hecho porque sería presentar a la competencia.

La chica accede a presentarnos a sus amigas, ensanchamos el círculo y entablo conversación con una de ellas. Empieza a contarme que está muy triste porque había quedado en volar a Milán para ver a un amigo que había hecho a través del Facebook- una red social- y le ha quedado plantada cuando iba a concertar la cita, después de tener comprado el billete para el vuelo.

 Tomo la palabra y le suelto una perorata filosófica  sobre las relaciones que se establecen en la sociedad en la que vivimos: 

   Vivimos en un mundo en el que nos comunicamos a distancia pero descuidamos las relaciones próximas,  los seres humanos somos animales que nos acompañamos, y saber acompañarse muestra la sabiduría de una persona. De tal manera que sin saber acompañarse, ningún otro saber vale de mucho. Estamos olvidando y, a veces, rechazando, los encuentros con otros seres, a los que no hace mucho tiempo estábamos abiertos. Los encuentros que se producían en la noche, en esos bares superpoblados, donde se cruzan muchos itinerarios individuales que tienen el incierto encanto de la casualidad, la causalidad y la posibilidad sostenida de la aventura con algún desconocido con el que compartir unas palabras y ver lo que sucede.

   En los encuentros personales una vez que se ha conocido a una persona se la ha conocido para siempre, en cambio las citas por Internet tienen sus ventajas, no hay nada más fácil que no responder a un e-mail, siempre se puede teclear borrar; cuando utilizamos los encuentros on-line no tenemos por qué tener riesgos en el mundo real, la comunicación virtual está sustituyendo a las relaciones reales. Estar conectado es más económico que estar relacionado, aunque menos  provechoso en la construcción de vínculos sólidos y la conservación de éstos. Los compromisos a largo plazo están en desuso, se han convertido en un terreno cenagoso, lo que importa es no depender demasiado de “los otros”, siempre habrá alguien conectado con el que se puede quedar.

Estamos conectados pero nos relacionamos cada vez menos con el cercano.

Es curioso ver cada vez un mayor número de personas solitarias con los que es muy difícil entablar una conversación si no hay una presentación previa, y sin embargo, la comunicación con los móviles es cada día más intensa. A veces he observado a cuatro personas en un grupo donde cada uno charla a distancia con su celular, me resulta patético. La proximidad virtual hace de las conversaciones algo a la vez más habitual más superficial y más breve, como para llegar a ser un vínculo. Las conexiones se ocupan sólo del asunto que las genera y nos protegen de ningún tipo de compromiso más allá del mensaje enviado.

   Los compromisos incondicionales y para siempre se ven como una trampa que debe evitarse, sabemos que la relación puede acabarse en cualquier momento, ser fiel nos convierte en personas dependientes de nuestra pareja y la dependencia de uno respecto del otro, puede no ser correspondida. Uno puede estar enamorado pero la pareja es libre de marcharse en cualquier momento, las relaciones de la nueva era tecnológica sólo duran mientras resulten “convenientes”, tienen fecha de caducidad. Hemos cambiado aquella frase, “hasta que la muerte nos separe”, por otra más real, “hasta que la vida nos junte”.

   Parece que la nueva era de las conexiones nos lleva a establecer “relaciones de bolsillo”, que se puedan sacar en caso de necesidad y se las  puede volver a meter en el bolsillo cuando ya no son necesarias. Cuando nos comprometemos con alguien estamos cerrando la puerta a otras posibilidades que podían ser más gustosas y gratificantes, pero ¿podemos mantener las puertas abiertas siempre?

   Las relaciones on-line de la nueva era  tienden a ser más limitadas que las que cuentan con la cercanía física, el uso prolongado de Internet para relacionarse suscita cierta pérdida de comunicación con el entorno inmediato e incrementa, a largo plazo, la sensación de soledad. Cuando establecemos una conexión con una persona en la distancia, gracias a la comunicación electrónica, las trenzas que establecemos son propensas a cambiar de forma y también disminuir en intensidad, si los comparamos con las relaciones que cuentan con contacto físico. Si suprimimos el cuerpo como imagen de nosotros mismos, suprimimos la capacidad de dotar de sentido a las cosas, distinguir lo relevante de lo irrelevante, percibir la REALIDAD y dotarla de sentido.

   Estamos dejando de contar, al que está cerca, nuestra intimidad y nuestras necesidades y sin embargo lo contamos a través del facebook, del Meetic y de otros portales del ciberespacio. Este cosmos es en el que habitamos, como dice Vicente Verdú, en su último libro: En ese ciberplateado cosmos, plagado de infinidad de nombres y fantasmas se canjean cuentos y noticias, fantasía y verdad (…) donde las almas desprovistas de cualquier peso, se relacionarían como cuerpos cero.

   Después de estas reflexiones, lanzadas al oído físico de mi contertulia, apareció un chico con cuerpo de gimnasio, se abrazó a él y desaparecieron.

Yo, por mi parte, me dirigí a otra chica y le hablé de las relaciones que surgen en la noche Gijonesa y bla, bla, bla…

  

J. Carlos Rivera Fernández.

Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria

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