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Viajar en la era de la globalización

Publicado por jcarlosrf el 29 Agosto 2009

                    VIAJAR EN LA ERA DE LA GLOBALIZACIÓN

  

 ”Sin calendario, la vida es el transcurso de los días y las noches, la luz que crece y decrece, los ciclos que se repiten. Los días transcurren sin ser apenas días. El tiempo apenas tiempo. El aburrimiento es la forma más somnolienta de la insatisfacción. Occidente ha crecido sobre ella, su vehículo es la insatisfacción”.                                                         Chantal Maillard  

Se nos va el verano de las manos y con él se  acaban las vacaciones, los proyectos viajeros y el movimiento incesante de un sitio para otro. Volvemos al sosiego, que es una de las carencias fundamentales que tiene el ser humano occidental.

Ser ciudadano elitista en la era de la globalización consiste en viajar, movernos, acumular horas de vuelo, cuanto más lejos hayas ido en tu viaje de vacaciones mejor.

Ansiamos recorrer el mundo, visitar todas las ciudades que nos ofrecen las agencias de viajes.

Vivimos tan saturados de objetos de consumo que lo que más valoramos son las experiencias que no pesan y no ocupan espacio, el vivir acelerado nos da la sensación de que estamos viviendo nuestro tiempo con intensidad, deleitarnos a través de las experiencias que nos procuran los viajes en este capitalismo de ficción o turbocapitalismo.

Viajar a lugares remotos se ha convertido en una moda para afianzarse por encima de los que veranean en lugares comunes; los turistas recorren el mundo en busca de algo que los diferencie del resto de sus semejantes. Hay que asegurarse que allí donde he ido yo no hayan ido otros, para así aumentar nuestro prestigio y nuestra reputación, “economía del prestigio” la denomina el economista Fred Hirsh.

Yonquis del movimiento a base de acelerar el paso, huir, en vacaciones, de nosotros mismos. Lo importante, en esta sociedad decadente, son los kilómetros que recorras hasta el lugar de vacaciones. Lo curioso es que muchas de las cosas que hacemos no las hacemos por hacerlas sino para luego contarlas a otros. A muchas personas les encanta contar durante mucho tiempo sus viajes de verano, aprovechando cualquier descuido del interlocutor para colarle, con todo lujo de detalles, sus experiencias personales de India, Brasil, Nepal…

Yo me pregunto, ¿Cuánto de viajeros existe en nosotros y cuánto de turistas? ¿Qué diferencia hay entre lo vivido y lo fotografiado? Decía Chantal Maillard, “la diferencia entre el turista y el viajero es que el viajero se detiene. Sabe mirar”.

Los turistas no saben mirar, los turistas son los que aparecen delante de los monumentos, los que dan la espalda a la Mezquita azul o al Partenón de Atenas o a la estatua de la libertad. Hacen fotografías que son copias fidedignas de las fotos que circulan en los catálogos de las agencias de viajes. Fotografías estereotipadas, idénticas a las que hizo mi vecino el mes anterior, o  las que hizo el matrimonio que coincidió con nosotros en el circuito.

En el fondo, en vez de relajarnos, en vacaciones nos estresamos más; cuando llegamos a un lugar, después de recorrer un montón de kilómetros, nos encontramos con lo mismo que habíamos dejado atrás: oleadas de gente luchando por aparcar el coche, comidas en común con extraños, traslados masificados, horarios de despertador, levantarnos a las cinco de la mañana, varios días, para poder ver un país en una semana; los bares, los restaurantes, los museos, los conciertos se llenan de turistas que son los mismos en Brasil que en Marruecos.

En fin, querido lector, creo que es importante pararse a pensar en el estado de tedio existencial que imprimimos a nuestra vida, dejando poco lugar para la tranquilidad y la reflexión; de manera que pudiésemos rescatarnos a nosotros mismos de un mundo demasiado superficial, dominado por la lógica económica del mercado globalizado.

  

  

J.Carlos Rivera Fernández. Profesor de Filosofía de Enseñanza Secundaria

 No dejéis de verlo.

http://www.youtube.com/watch?v=XQSxwzOngMU&feature=fvsr                       

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