El capitalismo del trabajo flexible
Publicado por jcarlosrf el 12 Julio 2010
“Para la mayoría de los hombres la experiencia en el trabajo es como las luces de popa de un barco, que iluminan sólo el camino que queda a la espalda”
Thomas Alva Edison
Hace unos días mantuve una conversación telefónica con un amigo de la época de la Universidad. Me cuenta que la empresa para la que trabajaba, desde hace la friolera de quince años, ha reducido plantilla en las oficinas que tenía en Zaragoza y le han propuesto, si quiere seguir trabajando, desplazarse a Barcelona.
L. compró un piso que tiene hipotecado, su vida hecha en Zaragoza, ahora se ha trasladado a Barcelona y tiene que volver a compartir piso, pues el sueldo no le alcanza para poder alquilar uno, vivir solo y mantener la hipoteca. Tiene la suerte, o la desgracia, de ser soltero, o “single”; como se llama ahora a los que han decidido estar solos, o por un azar de la vida están así. Digo lo de suerte, porque al no tener familia cambiar de residencia es más fácil que si tuviese una. Su vida ha cambiado, tiene que volver a empezar de cero y sabemos que a medida que vamos siendo mayores, se hace cada vez más difícil. Además, ya no trabaja en recursos humanos-su profesión de toda la vida- sino que su nueva labor es de administrativo. L. se ha planteado vender su casa, pero no es fácil en la coyuntura económica por la que atravesamos, con lo cual está abocado a vivir como en la época de estudiantes, compartiendo residencia con otros.
Cuento esta anécdota, porque el drama por el que atraviesa mi amigo es el mismo por el que están atravesando miles o millones de trabajadores, en este turbocapitalismo del siglo XXI.
¿Cómo podemos organizar nuestra vida y nuestra identidad como personas, en un sistema económico que dispone de nosotros, mientras somos útiles y jóvenes y luego nos deja a la deriva?
Ya no sirve de nada la experiencia acumulada durante años trabajando para una empresa. Ahora se valora más la juventud, el trabajo flexible es sinónimo de juventud; la rigidez es sinónimo de vejez. Las organizaciones flexibles creen que los trabajadores mayores piensan de manera inflexible y no quieren cambiar, no arriesgan y carecen de la energía para hacer frente a las exigencias del capitalismo moderno. Los trabajadores de más de cincuenta años están acabados, pertenecen ya a un colectivo disponible para el despido, en el momento que haya que hacer una reconversión.
Lo que un trabajador haya aprendido, en el transcurso de una vida dedicada a una profesión, se ve como un obstáculo para los cambios dictados por los dirigentes. Tenemos que adaptarnos a desprendernos del pasado y siempre vivir en el límite, en el riesgo, en el cambio permanente. La experiencia acumulada nos suele hacer más críticos que los jóvenes que empiezan, por lo general, más maleables y sumisos. Tenemos que estar dispuestos a hacer todo lo que nos exijan y aún así, si sobrevivimos a la reconversión, no lo veremos como una victoria sino instalados en un miedo permanente, temiendo que en la siguiente reconversión los despedidos seamos nosotros.
En este mundo líquido, como dice Zygmunt Bauman: de oportunidades fugaces y de seguridad frágil las agarrotadas identidades chapadas a la antigua no sirven, la lealtad a una empresa o al trabajo se convierte en un escollo.
Al turbocapitalismo le interesan individuos que piensen poco, o que no piensen, que consuman y por supuesto que no sean solidarios con los “otros” con quienes trabajan. En este marco laboral es difícil que existan compromisos duraderos y lealtad a los demás, ya que, para ello se necesitan vínculos sólidos que surgen de una asociación larga. Se trata de atomizar al individuo para que pierda el derecho a la dignidad personal y al respeto social. Que se sienta nada, que se sienta nadie, que viva con un miedo permanente a ser un excluido del sistema. No podemos desarrollar un relato de identidad e historia personal en una sociedad compuesta de episodios, de collage.
Los lugares de trabajo, donde pasamos una gran parte de nuestra vida, se están convirtiendo en prisiones, donde cada uno va a lo suyo, y donde reina una competencia brutal por demostrar que uno es mejor que los demás y que produce más beneficios a los accionistas para, llegado el caso, poder seguir manteniendo el puesto de trabajo cuando llegue la hora de despedir a unos cuantos.
Decía un prejubilado de la banca, que los bancarios de su edad sabían hacer buenas operaciones, pero no estaban dispuestos a vender baterías de cocina, cuberterías y juegos de sábanas al cliente que abría una cuenta corriente. Pero si les prejubilaban era porque los nuevos trabajadores no tendrían los derechos adquiridos que ellos tenían, cobrarían mucho menos y sobre todo, el banco quería demostrar al mercado que es capaz de cambiar, incluso prescindiendo de los más experimentados.
Concluyendo, creo que este sistema político- económico establecido, donde a los trabajadores se les van retirando alevosamente sus pequeñas seguridades existenciales; donde se prima el individualismo salvaje y como decía el sociólogo Richard Sennett: “Un régimen que no proporciona a los seres humanos ninguna razón profunda para cuidarse entre sí no puede preservar mucho tiempo su legitimidad”.
Si después de esta crisis, surge un nuevo modelo productivo donde los que venden su fuerza de trabajo, para poder vivir, sigan cayendo en relaciones laborales sin garantías. Si surge un amplio sector de bajos salarios como nueva forma de conservar el empleo. Si para ir tirando, las personas tienen que dividir su jornada laboral en varios trabajos miserables. Si el tiempo de trabajo sigue aumentando y los ingresos de los trabajadores siguen descendiendo. Si las grandes empresas, con tal de engordar a los accionistas, hacen todo lo posible- como decía recientemente una trabajadora de France Telécom.- “para que la gente no sea feliz en su trabajo”. Si la política no se sitúa por encima de la economía. Si los especuladores no pagan por los formidables beneficios que obtienen en períodos de vacas gordas. Si no se acaba con los paraísos fiscales. Si no se crean bancos públicos para el desarrollo sostenible. Si la gente que se dedica a la política sigue de por vida en ella, como sucede ahora, que existe una clase política; cosa nada buena para una democracia representativa. Y… si no se reparten los beneficios y se siguen socializando las pérdidas…, entonces veo un mundo sin lugar para el optimismo.
J.Carlos Rivera Fernández. Profesor de Filosofía
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