La Perala
Publicado por jcarlosrf el 5 Enero 2012
LA PERALA
Una ciudad es también el conjunto de sus locales míticos. “La Perala” es una asociación cultural, ubicada en un callejón del barrio de La Arena, situada entre la cafetería Don Pelayo y el balneario “Playa de San Lorenzo”, frente a la escalera número 13 de Gijón. Me cuenta la encargada que se fundó el 15 de Enero del año 2000. Nació como una asociación de pintores locales. La idea surgió una noche, en la que unos bohemios de la ciudad, tomando un café torero, pensaron que sería interesante tener un lugar donde reunirse para hacer tertulias, tomar unos vinos, cenar de vez en cuando y hacer alguna exposición de sus creaciones. Kiker, José Carlos y Esther se pusieron manos a la obra, y decidieron bautizar el local con el nombre de “La Perala”.
Emilia Gómez, “La Perala”, fue un personaje histórico de Gijón. Cuenta la leyenda que era actriz, se pintaba, se adornaba con collares y vestía de una forma un tanto extravagante. Llevaba siempre con ella un carrito de la compra y actuaba en los jardines de la Reina, donde deleitaba a los pequeños, que se acercaban a ver sus números circenses.
Durante varios años, la asociación cultural, que tomó el nombre de esa mujer, estuvo formada por el ambiente más bohemio y crápula de la ciudad. Pero la entropía-segundo principio de la termodinámica- es el estado de desorden que caracteriza a un sistema. En todo sistema aislado –en este caso un local- la entropía aumenta. La asociación fue decayendo; algunos de los contertulios murieron, otros emigraron, empezó a fallar la interacción entre los sujetos que la componían y fallaron los elementos nuevos y renovadores procedentes del entorno. En sus comienzos, abría todos los días; pero nunca fue un local con horarios al uso. El día y la hora que cuadraba a unos no cuadraba a otros, cuando alguno iba y lo encontraba cerrado, siempre quedaba el recurso de llamar por teléfono a la encargada, que probablemente se encontraría tomando una sidra por los alrededores. Los sábados no abrían, para que no se metieran en el local los guajes que paraban por el barrio, pero sobre todo, para que las personas de la asociación atendieran sus compromisos maritales. Al final hemos quedado sólo unos pocos contertulios que paramos por allí algún viernes.
Comencé a parar por la asociación en el año 2004, descubrí el local de la mano de un amigo pintor, que me llevó allí una noche. Conocí a Esther, Jorge Tello, Javier Victorero, Adolfo P. Suárez, Fernando Labrador y en alguna ocasión puntual a Díaz de Orosia y Kiker; junto a otros personajes: Mireya la filósofa, Elena, Patri, Castro y César, el que siempre dice: “que cada vez que viene percibe algún objeto, o detalle nuevo, aunque lleve allí desde que se abrió”.
En estos momentos, no somos muchos los “paxaros” que nos dejamos ver por “La Perala”, pero a todos y a todas, nos une el interés en cultivar nuestra amistad, conversar sobre las materias en las que tenemos intereses comunes y sentir placer penetrando en el interior de las cosas. Nuestros modos de pensar son disímiles, pero esta diversidad aumenta nuestra satisfacción al reflexionar juntos sobre algo. La cita tiene algo de compromiso laboral: trabajadores de la reflexión, inmersos en un mundo en el que predomina la incomunicación. Actividad semanal en la que se combina la lucha contra el tedio con el deseo de propiciar la esperanza. Suelen comenzar las tertulias con una exposición dubitativa pero a la vez clarificadora. Pronto, cada tertuliano, adopta un posicionamiento. La realidad está ahí y nosotros en ella, entendiéndola a nuestra manera, pero en ella. Una vez agotados todos los puntos de vista, sin ningún tipo de premeditación, se van superponiendo nuevos focos de controversia. Con frecuencia, se cuestionan acaloradamente, los más diversos temas, a veces, en un tono más elevado de lo deseable, de lo que dictan “las buenas maneras”. Es en esos momentos cuando sería necesaria la intervención de un moderador, que salvaguarde el equilibrio y mesura que caracterizan nuestras charlas.
No faltan en los debates el chiste y la anécdota como elementos plenos de sabiduría y verdad expositiva. Los contertulios necesitamos comunicarnos con la herramienta principal que nos separa de las demás especies, el lenguaje. Pero “La Perala”, no es sólo un sitio de tertulia. Podemos encontrar, colgadas de sus paredes, fotos de personajes antiguos de Gijón, actrices y cantantes, que tuvieron su esplendor en un pasado no muy lejano; en especial recuerdo las fotos, envejecidas por el tiempo, de Victoria Vera, Luis Eduardo Aute y el hombre de las pérgolas.
El local dispone de una segunda planta, donde se pueden ver pinturas de Jorge Tello y en el que se hacen exposiciones. En los últimos años Fernando Labrador nos sorprendía con sus esculturas de cerámica. Este año lleva su exposición a la Fundación Alvargonzález, en Cimadevilla, te echaremos de menos, aunque sabemos que “La Perala”, siempre será tu nido.
Hay noches en las que Jorge nos anima con su guitarra, pegando un repaso a viejos boleros. También escuchamos música de los grandes y las grandes divas del jazz y la bossa: Ella Fitzgerald, Sarah Vaughan, Frank Sinatra, Carlos Jobim, Vinicius de Moraes y de un cantante de Vegadeo, ya fallecido, Pachico. La música es la vela de la noche, la culpable de los distintos estados anímicos de los humanos, el eco de nuestra vida.
Antiguo nido de bohemios, esos individuos, transeúntes del olvido, que ya no existen, porque su condición es un mito, su riqueza un enigma, que no se sabe dónde viven, porque no tienen lugar adónde ir; que son ricos hoy, hambrientos mañana; que cenan faisán y al día siguiente desayunan sus jodidas plumas.
El viernes pasado nos resultó difícil acceder al local, estaba vallado, debido a las obras que están realizando en el callejón. Lo que demuestra que es un local que no existe para los que pusieron las barreras, ni existe para todos aquellos que no saben que “La Perala” es uno de los legendarios sitios que quedan todavía en la ciudad de Gijón. Estas líneas pretenden ser un homenaje a esos locales, que cambian nuestra manera de ver las calles de una ciudad, que tiene que guardar conciencia de su devenir, recordando sus estados anteriores.
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