Nostalgia de Vegadeo
Publicado por jcarlosrf el 5 Enero 2012
NOSTALGIA DE VEGADEO
El pasado mes de Junio visité de nuevo Vegadeo, aprovechando que se celebraba, como todos los años, su 48ª Feria de Muestras. Viví allí dos años por cuestiones de trabajo, y nunca pensé que sería un lugar al que me vería condenado a retornar cada cierto tiempo. El ser humano es un animal nostálgico porque ama lo que ha concluido. Mi paso por este pueblecito del occidente de Asturias fue breve y tal vez por eso, se ha convertido en mi mayor fuente de nostalgia.
Cada vez que vuelvo me bombardean los recuerdos, la añoranza por un tiempo que ya pasó y me vuelvo a descubrir a mi mismo paseando por la orilla del Río Suarón. El pueblo son los amigos, muchos de ellos antiguos alumnos, hoy, ya adultos, con los que compartí vivencias intensas. También es el paisaje, la nostalgia por la ría del Eo. Es la bruma que se mete en los atardeceres del invierno en ese paisaje mítico, de ensueño. He regresado a ese lugar al que pertenezco y se que pertenezco porque casi nunca hablo de él. Es el misterio de la distancia lo mismo que el del amor, lo que me permite asistir a una nueva iniciación en el ritual del yo, con una nueva identidad. Soy un yo más mayor que ha vivido, ha consumido sus años y ha adquirido más sabiduría o más desesperación. Cada viaje “me quedó con lo que importa y prescindo de lo superfluo. Cada vez es más lo superfluo, cada vez menos lo que importa. Cada vez es más lo que se deja, cada vez menos lo que uno lleva” por decirlo con palabras de Chantal Maillard.
Regresar a Vegadeo es retornar al camino del Eros, viaje sentimental, esfuerzo inútil por recuperar lo vivido. Superar la finitud y la temporalidad por la infinitud y la eternidad.
He vuelto a encontrar las bellezas de las mujeres que se me escaparon y no lo saben. Las bellezas acudieron de manera imprevista, me acecharon pero yo no sabía que me vigilaban. Por eso me cogieron desprevenido y sus ataques fueron arrolladores, bebí con ellas hasta el amanecer, charlamos ignorando la noche y mientras transcurría perdimos la edad y volvíamos a ser aquellos jóvenes que teníamos toda la vida por delante. Y aunque no nos lo dijimos supimos que éramos felices porque amordazamos el tiempo. Y nos contamos historias llenas de “mentiras verdaderas”, con palabras errantes de viejos viajeros en un encuentro que fue ocasional. Mentiras llenas de Eros y de memoria cargada de recuerdos. Me dijeron: “no rompas nunca el vínculo que nos une, y que ha hecho que se creen estos lazos de afecto entre nosotros”.
Eché de menos en mi recorrido por la noche el pub de Pachico, porque ya no existe ni el bar, ni el dueño. Pero quedan sus canciones y su aura, porque la música es la culpable de los distintos estados anímicos de los humanos. Las últimas investigaciones han revelado que la música, al actuar sobre el sistema nervioso central, aumenta los niveles de endorfinas, los opiáceos propios del cerebro, así como los de otros neurotransmisores, como la dopamina, la acetilcolina y la oxitocina. De las endorfinas se ha descubierto que dan motivación y energía ante la vida, que producen alegría y optimismo, que disminuyen el dolor, que contribuyen a la sensación de bienestar y que estimulan los sentimientos de gratitud y satisfacción sentimental.
Experimenté mi ser presente en mi ser pasado, porque somos lo que fuimos; eterno retorno de un fluir indefinido y circular. Recordamos lo que fuimos a través de los otros que nos recuerdan y los recordamos como fuimos. Luchar contra el tiempo mediante los recuerdos, sustentos de lo que hoy somos, aunque sepamos que nuestra lucha está perdida porque los tiempos cambian y nosotros, los de antes, ya no somos los mismos.
Estamos condenados con la constante obligación de unir un segundo al anterior y el siguiente. Nuestro “mundo” es fundamentalmente memoria y ésta queda modificada con la aparición de esta memoria, vuelta sobre si misma, que es la escritura. Remedio que da vida a la memoria. Platón en el diálogo “Fedro” nos decía que la escritura puede llevar a los hombres a perder la memoria. Si los hombres comienzan a escribir aquello que piensan y lo que merece ser recordado, acabarán por perder esa capacidad de recordarse a si mismos. La escritura sustituyó al sabio por el filósofo. Memoria y olvido se asocian, el olvido es la ausencia, la inexistencia de algo que se le opone: la memoria como río que recoge las experiencias vividas.
Como no recordar o escribir sobre aquellas noches de San Juan, en las que alrededor del fuego y la queimada nos contábamos historias, escuchándonos atentos, mientras el fuego crepitaba y las llamas avivaban el pensamiento despertando a la imaginación. La luz del fuego y del orujo nos atraía y nos juntaba en una ceremonia mitológica. El occidente asturiano tiene llama y magia. Todo fluye, pero al fluir se transforma. El fuego como elemento primordial, afirmaba el viejo Heráclito. Fuego es la memoria, unas imágenes se apagan y luego surgen otras. Las imágenes no son idénticas a las anteriores porque las imágenes del recuerdo se apagan para luego volver a arder, pero no son idénticas a las anteriores porque la memoria es imaginativa.
Ahora, que ya ha comenzado el verano rememoro la noite celta, que se celebra en Agosto; la comida campestre, donde se comparte lo que cada uno lleva, en la fiesta de la Gira; la “vuelta a Piantón”; el mercado de los sábados, cuando bajan a Veiga los habitantes de Los Oscos y de los pueblos colindantes, para aprovisionarse de fruta y productos de la huerta para el resto de la semana y donde algunos lugareños se quedan tomando vinos hasta muy entrada la tarde. El día de mercado que nos convertía en transeúntes arrastrados por la multitud, que se acababan dirigiendo al Mesón del Veigueño para comer callos con garigolos…
En fin, el viaje a Vegadeo, que ya no existe en la señalización de la autopista entrando por Asturias, pero si existe entrando por Galicia, me ha hecho ir al encuentro de mi ser en el tiempo. Parafraseando a Borges, tratándose de Vegadeo sólo una cosa no hay. Es el olvido.
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