En las noches de insomnio creo estar experimentando la einsteniana dilatación del tiempo, predicha en la teoría de la relatividad, a pesar de que ni viajo a la velocidad de la luz ni la gravedad se altera. Pero entre el primer vistazo al reloj y los sucesivos enésimos, transcurren horas eternas de pensamientos desbocados, sensaciones exacerbadas por la oscuridad y el silencio.
Puede que por el calor, o seguramente por la fecha (para qué negar el poder del subconsciente), martilleasen en mi cabeza las palabras de la madre de Endika. Cuántas noches en blanco habrá pasado, cuántas el padre de Endika, desde hace dos años, dos larguísimos años…
Mi primer destino como profe, allá por el año 2001, fue en el IES de Cangas del Narcea. Un instituto, por entonces, con más de mil alumnos y tropecientas aulas y profesores; un bautismo de fuego con los 2º de ESO “flexibles” (fierecillas indomadas), los recién llegados de 1º y una tutoría de 4º de ESO. La suerte que no tuve con los otros grupos sí me acompañó con mis tutorandos: veintiocho alumnos de los mejores del insti. Me acuerdo del chaval que siempre sonreía un “hasta luego” al final de la clase; de la delegada guerrera, y su “Momento Ana” en las tutorías; de la que no hablaba nunca, del que quería ser militar… Y de Endika. Especial y curiosamente de él. No por educado, trabajador, amable y hasta guapo (que así era); mejor dicho, no sólo por eso.
El siguiente curso de mis andanzas astures recalé en Luanco. Un annus horribilis, de los que hacen dudar de esta profesión de enseñantes. Era ya junio, luciendo el sol a la tarde, cuando al salir del instituto me crucé con un grupo de chavales. Uno se separó del resto y vino a mi encuentro: “Profesora”. Recuerdo que me sonó extraño, con todas las sílabas (los alumnos prefieren profe). Era Endika, un añó más tarde, saludándome en Luanco (tan lejos de Cangas), contándome de su veraneo en Peroño, del primer curso de bachiller, de los compañeros, de lo que pensaba estudiar después…
Ese saludo espontáneo y afectuoso forma parte de los momentos que merece la pena recordar siempre, de los que ayudan a remontar los muchos sinsabores de la labor docente.
Hace un par de veranos, en la última semana de julio, se nos ocurrió pasar una semana de vacaciones en Tenerife sur, en la Costa Adeje, con la idea de ver el sol algo más de dos días seguidos. A la vuelta de aquella estancia, marcada por una insufrible ola de calor e incendios, leí en el periódico que un joven cangués había sido golpeado hasta la muerte por el portero de un bar en Tenerife, en la misma zona de nuestra recién terminada escapada.
Se llamaba Endika Abad Vita. No me hizo falta comprobar el nombre en mis listas de ex-alumnos.
Se había ido a trabajar a las Islas Canarias, llevado de su pasión por el surf. Las incomprensibles circunstancias de su asesinato (tal vez debería escribir homicidio, presunto y tal y tal), la dolorosa desesperanza de su ausencia, la impotencia ante la injusticia, la rabia, la desolación, habrán enlentecido y ennegrecido el tiempo y la vida de sus padres.
Se te recuerda, Endika.
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