Deseos de una noche de verano

12 08 2009

Somos animales de costumbres. Así lo sentencian los filósofos, y así lo va confirmando nuestro paso por la vida. Hay rutinas solemnes que llamamos tradiciones en fiestas, pitanzas, sacramentos y reuniones varias; de otros más prosaicos hábitos hacemos ritos sin darnos cuenta, como cuando repetimos noche, lugar y compañía para soñar deseos, al ritmo de ese estupendo fenómeno de la naturaleza que son las estrellas fugaces. La siguiente  infografía de “EL País” ilustra cómo se forman:

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Agosto es el mes de las lágrimas de San Lorenzo, las famosas Perseidas que, como no podía ser menos en el mundo de las constelaciones, unen imaginación y mitología. Disfrutar del espectáculo  es bien fácil, si las nubes astures lo permiten: sólo hay que abrigarse un poco, huir de las luces y mirar al cielo nocturno. Para hacerlo en la dirección adecuada, una buena ayuda es esta imagen de la Casa de las Ciencias de La Coruña:

radiante de las Perseidas 

Puede que se cumplan los deseos de una noche de verano; el recuento daría para un artículo sobre estadística, o sobre el vacío, a saber. Siempre nos quedará la irracional esperanza, que no todo va a ser ciencia…



Tragando el terror

6 08 2009

A veces, demasiadas, los humanos hemos utilizado la ciencia para destrozarnos. La entrada “bombas atómicas” tiene casi un millón de citas en Google; la palabra “paz” se menciona ¡ochentaynueve millones! de veces. Será precedida de anhelo, deseo, esperanza…  Otra fecha para no olvidar: seis de agosto, 1945. Hiroshima. Tres días después, Nagasaki. Dicen que conocer la historia debería servir para no repetir antiguos errores. Pero también dicen que somos los únicos animales que tropezamos dos veces (y más) en la misma piedra.



Endika

3 08 2009

En las noches de insomnio creo estar experimentando la einsteniana dilatación del tiempo, predicha en la teoría de la relatividad, a pesar de que ni viajo a la velocidad de la luz ni la gravedad se altera. Pero entre el primer vistazo al reloj y los sucesivos enésimos, transcurren horas eternas de pensamientos desbocados, sensaciones exacerbadas por la oscuridad y el silencio.

Puede que por el calor, o seguramente por la fecha (para qué negar el poder del subconsciente), martilleasen en  mi cabeza las palabras de la madre de Endika. Cuántas noches en blanco habrá pasado, cuántas el padre de Endika, desde hace dos años, dos larguísimos años…

Mi primer destino como profe, allá por el año 2001, fue en el IES de Cangas del Narcea. Un instituto, por entonces,  con más de mil alumnos y tropecientas aulas y profesores; un bautismo de fuego con los 2º de ESO “flexibles” (fierecillas indomadas), los recién llegados de 1º y una tutoría de 4º de ESO. La suerte que no tuve con los otros grupos sí me acompañó con mis tutorandos: veintiocho alumnos de los mejores del insti. Me acuerdo del chaval que siempre sonreía un “hasta luego” al final de la clase; de la delegada guerrera, y su “Momento Ana” en las tutorías; de la que no hablaba nunca, del que quería ser militar… Y de Endika. Especial y curiosamente de él. No por educado, trabajador, amable y hasta guapo (que así era); mejor dicho, no sólo por eso.

El siguiente curso de mis andanzas astures recalé en Luanco. Un annus horribilis, de los que hacen dudar de esta profesión de enseñantes. Era ya junio, luciendo el sol a la tarde, cuando al salir del instituto me crucé con un grupo de chavales. Uno se  separó del resto y vino a mi encuentro: “Profesora”. Recuerdo que me sonó extraño, con todas las sílabas (los alumnos prefieren profe). Era Endika, un añó más tarde, saludándome en Luanco (tan lejos de Cangas), contándome de su veraneo en Peroño, del primer curso de bachiller, de los compañeros, de lo que pensaba estudiar después…

Ese saludo espontáneo y afectuoso forma parte de los momentos que merece la pena recordar siempre, de los que ayudan a remontar los muchos sinsabores de la labor docente.

Hace un par de veranos, en la última semana de julio, se nos ocurrió pasar una semana de vacaciones en Tenerife sur, en la Costa Adeje, con la idea de ver el sol algo más de dos días seguidos. A la vuelta de aquella estancia, marcada por una insufrible ola de calor e incendios, leí en el periódico que un joven cangués había sido golpeado hasta la muerte por el portero de un bar en Tenerife, en la misma zona de nuestra recién terminada escapada.

Se llamaba Endika Abad Vita. No me hizo falta comprobar el nombre en mis listas de ex-alumnos.

Se había ido a trabajar a las Islas Canarias, llevado de su pasión por el surf. Las incomprensibles circunstancias de su asesinato (tal vez debería escribir homicidio, presunto y tal y tal), la dolorosa desesperanza de su ausencia, la impotencia ante la injusticia, la rabia, la desolación, habrán enlentecido y ennegrecido el tiempo y la vida de sus padres.

Se te recuerda, Endika.

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