Nubes. Y otros ciclos.

14 03 2010

Se resiste la primavera a adelantarse al calendario. Tanto frío y grisura, casi sin tregua, enmohecen hasta el ánimo. ¿Hay lágrimas en las nubes? Todo empezó hablando de átomos… En realidad, de humanos en cavernas, pieles y fieras, camino de Aristóteles y Demócrito. Por eso de que mientras no satisfacemos nuestras necesidades básicas, no podemos dedicarnos a pensar.

En clase, bien calentitos y alimentados, estuvimos divagando sobre la arribada de un extraterrestre a tierras veigueñas, interesado en saber ¿de qué estáis hechos los humanos? Las respuestas del respetable, un año más, confirmaron que el 99,99 % de los mortales le contestaríamos que “de carne y hueso”. ¿Y los árboles, de qué son? De madera, y de “hojas” ¿Y las rocas, y los ríos, y…? Como no era cuestión de enumerar todos los materiales del mundo mundial, encaucé los adolescentes pensamientos hacia el tema que nos ha venido ocupando (poco, a lo que se vio) desde el principio de curso: ¡la materia! Tiene masa, ocupa volumen etc. etc. etc. pero, ¿es divisible o indivisible, continua o discontinua? Unos cuantos siglos atrás, ya andaba la cuestión en el hit parade de ágoras y foros.

Materia continua o discontinua

 ¿Que no sabes la respuesta? Ejem, ejem… Elemental, queridos Watson & Cía: Demócrito y Leucipo postularon la existencia de los átomos, partículas indivisibles que formaban toda la materia, más de dos mil años antes de que se confirmase su existencia (y que  estaban formados por otras partículas aún más pequeñas), en los albores del siglo XX.

átomo

El asunto que interesó a los pupilos no fue si la errónea teoría continuista de Aristóteles se impuso hasta hace apenas dos centurias, cuando Dalton desempolvó la idea del átomo, sino que algunos de los átomos que forman nuestros cuerpos habrán estado antes, muy probablemente, en el cuerpo de Colón, en el de Mozart, o en el de Alejandro Magno (de los “malos” nadie quiere acordarse, ni para tener sus átomos), en el interior de una nebulosa o en el mástil de la Santa María.

Escribe Bill Bryson, en su estupenda “Una breve historia de casi todo“:

(Los átomos)… son muy abundantes. Son también fantásticamente duraderos. Y como tienen una vida tan larga, viajan muchísimo. Cada uno de los átomos que tú posees es casi seguro que ha pasado por varias estrellas y ha formado parte de millones de organismos en el camino que ha recorrido hasta llegar a ser tú. Somos atómicamente tan numerosos y nos reciclamos con tal vigor al morir que un número significativo de nuestros átomos (más de mil millones de cada uno de nosotros, según se ha postulado), probablemente pertenecieron alguna vez a Shakespeare.

(…) Así que todos somos reencarnaciones, aunque sean efímeras. Cuando muramos, nuestros átomos se separarán y se irán a buscar nuevos destinos en otros lugares (como parte de una hoja, de otro ser humano o de una gota de rocío). Sin embargo, esos átomos continúan existiendo prácticamente siempre.

mar de nubes en A Bobia 

¿Hay lágrimas en las nubes? ¿Habrán tenido tiempo las nuestras de llegar allá arriba, cumpliendo con el ciclo del agua? ¿Las nubes negras son de tristeza, y las blancas de momentos felices?

Concedámosnos la licencia de pensar en átomos que fueron de estrellas y en nubes hechas con sonrisas. Porque la primavera tarda aún en llegar. ¡Nubes blancas!

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