Pegamentos

12 04 2010

Dicen que se escribe para juntar pedazos. Del alma, supongo. Tanto hablar de ella… ¿llegará la ciencia a encontrarla? Punset dice que está en el cerebro. La mía da señales de existencia de cuando en vez; se reaviva, sobre todo, con la música.

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Como una máquina de efectos encadenados, el cerebro activa los recuerdos, y la física y la química nos convierten en pequeños dioses, creadores de pensamientos. Estudiaba en la facultad la primera vez que oí en Radio 3 un programa llamado “Diálogos 3″. Si alguna religión he profesado, ha sido la de seguir a Trecet en la sobremesa durante más de veinte años. Hasta el invierno pasado en que, de repente, ¡a traición!, extirparon el mejor trozo de mis días.

Encontré hoy un poco de pegamento: Podcast de Diálogos 3. Hasta una razón para ojear Facebook. Y seguir recomponiendo pedazos.

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(segunda parte)



Marujeos significativos

3 04 2010

Alterándonos o no, la primavera astronómica cumple con el calendario. El día del equinoccio me pilló en las muy prosaicas y rutinarias tareas de los sábados por la mañana, plumero en mano, bayeta presta, aspirador en marcha y radio por toda la casa. Mecánicas labores domésticas que invitan al relax de la neurona y, por tanto, a las más profundas divagaciones… Sin ir más lejos, ¿cómo funciona el plumero (y no llevo comisión)? (Es para lo que da un cerebro cansado) Transformaciones energéticas, al músculo desde el desayuno, más o menos (qué bien que fueron a la luna, ¡viva el microondas!), y fenómenos de atracción electrostática… Ummm, ¡qué temazo! Para cuando toque dar eso en algún curso. ¿Se acordarán de lo que hablamos de las estaciones? En un minuto podrían refrescar la memoria (hasta ponerla a prueba), ¡youtube es gratis!

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(y el sur también existe)

Pero la bayeta mágica de microfibras, uf, ¡eso sí que es ciencia! Chorros de agua para mojar toda su superficie, cristales sin rastros, ¿qué habrá detrás? El asunto del motor eléctrico en la aspiradora ya está tan visto que ni llama la atención; molaría más tener una de esas con sensores, que van solitas recorriendo las estancias, como tortugas robotizadas. Hasta que inventen el baño autolimpiable, habrá que conformarse con los detergentes antibacterias, con tensioactivos iónicos,  y la lejía desinfectante… Esto me recuerda lo que dijo Fulanito el otro día en clase, hablando del agua oxigenada, el oxígeno activo, profe, como lo de los anuncios de detergentes.

Tendré que ver más la tele. Anda, ¡y ahora en TDT!, televisión, digital, terrestre… Ceros y unos, ondas… Por la radio (¡ondas!) escucho una entrevista que justifica el largo título de una de las materias que doy en 1º de Bachillerato, Ciencias para el mundo contemporáneo (los alumnos lo llaman CIPAELMUCO, como les sale en los horarios; inspira respeto). Va de genes; podría ponerse en clase…

Hablamos con Feliciano Ramos, Presidente de la Asociación Española de Genética Humana (No es un día cualquiera, de RNE1, 20 de marzo de 2010)

Sería muy oportuno llevar a los de CIPAELMUCO a visitar del Parque de la Vida; hay telescopios, un planetario, réplicas de artefactos espaciales, animales en recuperación, placas solares, generadores eólicos, itinerarios sobre la evolución o el medio ambiente… Lo pienso mientras ataco con la mopa los últimos bastiones de la mansión, y mi hombro se empeña en protestar dolorido, reclamando su dosis de química; ahora ya no tengo que imaginar cómo están músculos y tendones,  que para algo han inventado la resonancia magnética nuclear (RMN, para los amigos). ¡Si es que la ciencia adelanta que es una barbaridad! Tanto, que va camino de seguir arrinconando a Dios: ¡qué pasada lo del Colisionador de Hadrones bajo la ciudad de Ginebra! Ahondando en el interior de la materia, acercándose a lo que hubo de ser el Big-bang; el lugar del planeta donde se alcanzan las temperaturas más altas y más bajas, la máquina más cara, el proyecto científico más grande de la humanidad… Tanta energía, espacio, tiempo y partículas, ¿para qué? ¿por qué? ¿cómo? ¿de dónde? Por eso los físicos acaban siendo filósofos, aunque la viceversa es menos frecuente.

Colisionador Ginebra

Suena el interfono (circuitos eléctricos, más ciencia cotidiana; todavía me acuerdo de cuando el cartero pitaba tres veces con el silbato para advertir de su llegada), y debo despertar de mis devaneos existenciales. Las pequesobris se instalan en sendos ordenadores, lanzándose a juegos y chateos como antaño nosotros a la comba y el parchís. Los vecinos duermesiestas ya no tienen que reñir a ruidosos niños juguetones; ni hay niños en la calle, ni cuando vienen la cambian por la Wii. Eso que hablan de la realidad virtual siempre me suena a contradicción. Matar virtualmente, morir en realidad.

El hambre también es real; se acerca la hora de comer, ese proceso tan sencillo en nuestro rico mundo, con supermercados, neveras, vitrocerámicas, ollas ultra-mega-rápidas, libros de recetas y arguiñanos por doquier. Hasta fregar está casi resuelto. Siglo XX, la explosión del conocimiento, de las grandes guerras, de los plásticos, de la electrónica… ¿Cómo lo bautizará la historia? El XXI empieza siendo el siglo de Internet. A ver en qué acaba…

Hay que bajar otra vez a la tierra (aunque se acerquen los mejores días para admirar a Venus y Mercurio; ¡es tan fascinante el mundo sobre nuestras cabezas!). Los niños siguen siendo niños y su necesidad de actividad es insaciable (¿cuándo nos perdemos?). Mientras no inventen el teletransporte, ese objeto mágico llamado coche nos acerca a una tarde de chapoteo en la piscina; clase práctica inigualable sobre el Principio de Arquímedes,  las fuerzas de acción y reacción y la flotabilidad de los cuerpos. Aprendizaje significativo. Bendito cloro, a falta de mar veraniego.

De vuelta al puesto de mando (érase una profe a un ordenador pegada), tocan las tareas invisibles, esas de preparar, corregir, pensar, buscar, actualizar… Poner la cámara a cargar, para la salida del siguiente lunes con los de 3º; ojalá no llueva, ojalá les guste.

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Pues no. Estamos cansados. ¿Hay que andar tanto? Castíganos a quedarnos en el autobús. Y todo el tiempo mandándoles callar. Se comportan como en el aula. Siempre hay honrosas excepciones, incluso muchas, pero es tanta la apatía y el desinterés que una se convence de que no merece la pena… Hasta que me llama la atención la mirada fascinada de Ross-Marie sobre los acantilados luarqueses; ¿guapo, verdad? pregunto. Es la primera vez que veo el mar, contesta. Es hermoso, sonreía, sin apartar la vista del horizonte.

Aunque la ciencia no demuestre la existencia del alma, haberla, habrála. Será eso que se emociona, a veces, y que duele, a menudo.

Al final, mereció la pena.