La mala educación

8 04 2011

Hola, me llamo Inma, y soy editora de un blog. En mis ratos “libres”, doy clase de Física y Química. Tiendo a la exageración (de la adicción al curro en blogs aún no ha surgido el grupo de Blogueros anónimos, que yo sepa), y así empecé esta semana a impartir un curso de edición de bitácoras en el CPEB de Boal. Les dije a los profes participantes, entre otras cosas, que el objeto de un blog educativo debía  ser el de ayudar a enseñar y a aprender, que convenía tener claro qué y para qué se quería escribir, que había que evitar usar el blog como terapia personal de desfogue o altavoz para nosotros y nuestras circunstancias. Pues en la próxima sesión tendré que decirles que sigan mis consejos, aunque no mi ejemplo.

Sí, hace calor. Sí, tardan en llegar las vacaciones (¡muchísimo!) y estamos todos cansados, con el ánimo fácilmente alterable. Pero ser profe implica convertirse en actor tantas horas al día como clases haya; llegar al aula aparcando afuera las buenas o malas emociones que arrastres, y representar un papel para una mayoría de público casi siempre desganado, forzado a estar allí, inconsciente de que, quiera o no, también forma parte de la obra. De hecho, ellos son los protagonistas principales. El guión bien claro les deja cuál es su sitio y su frase: ninguna, salvo que se les pregunte o que levanten la mano para preguntar, y sentados (que no desparramados) en la silla, dispuestos a atender.

Claro que hace mucho que no se lo repasan. Y llegan sudorosos del recreo, a medio vestir, más de cinco minutos después de que suene el timbre, pican (algunos), pasan, te ignoran… Cuando les recuerdas que así no es, que uno no asalta la casa de otro sin pedir permiso para entrar, que tienen obligación de saludar, de sentarse, de ponerse diligentemente a sacar su libro, libreta, carpeta o lo que sea, y prepararse ¡EN SILENCIO! para seguir las instrucciones del profesor, entonces se sorprenden. Se les han consentido tantas cosas tantas veces (nostra culpa) que desconocen lo improcedente de su mala educación; la batalla está perdida. Pero no en el aula o los pasillos en que yo esté dando clase o de guardia, aunque sea a costa de quedarme sin voz, de tener que cubrir papeles de amonestaciones, de perder tiempo con los insumisos, de quemarme y traer a casa, ya sin el maquillaje de la actuación, las lágrimas que allí han de ser contenidas.

Todos los profes podríamos describir mil sucedidos de esos en los que la insolencia de algún alumno nos desborda. Hoy recriminé a uno que estuviera comiendo chicle en clase; su respuesta, ya en tono sobradillo, fue que no era un chicle, sino una pastilla para la garganta, a lo que le dije que algo blanco en una boca ostentosamente abierta no tenía que estar viéndolo. “Pues no mires”, me largó tan pancho. En peores me he visto (bien a menudo), y acaso el incidente no parezca tan ofensivo, pero basta una gota de más para reventar los flejes de un tonel (Pascal dixit). ¡Hala la clase interrumpida, el papeleo para expulsar al chaval del aula, la incomodidad en el ambiente, el malestar que no te abandona ni cuando vas camino de meterte en la cama!

Tonel de Pascal

¿Es un espejismo el anhelo de vivir a distinta velocidad? Escucho una y otra vez mi droga, para ahorrarme el dinero del psicólogo y llegar el lunes con el maquillaje perfecto. Menos mal que pronto las procesiones también irán por fuera.