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Relatos

Concurso de relatos Día del Libro 2008

Queremos agradecer la participación de todos los alumnos y alumnas que han presentado relatos a este concurso celebrado en abril de 2008. La calidad de los trabajos realizados ha sido muy notable y para que todos podamos disfrutar de ellos van a ser publicados en esta página. Gracias a todos por vuestro esfuerzo.


Premio Categoría A : Primer ciclo de ESO

¿Diario o novela?

El miércoles es el mejor día para la gente de la villa de Piedras Blancas. Cuando llega la mañana, el mercado se expone a lo largo de la amplia avenida sur de la pequeña ciudad y la gente, emocionada, realiza sus compras y otros menesteres. Todos andan de aquí para allá, atareados y con un objetivo común: comprar.
-Perdone, joven, ¿cuánto vale esta prenda?-preguntan las personas que pasan por los puestos de venta.
-Son cuatro euros, señora-responde el dependiente sonriendo.
-Aquí tiene-le entrega el dinero al dependiente y se va pensando en el siguiente objeto de deseo.
El mercado parece, entonces, una galería rebosante de pequeñas hormiguitas que sólo hacen que ir de un lado para otro.
En el final de la calle, hay un pequeño y recóndito espacio dedicado a la venta de libros, pero la gente no se fija en él. Ésta sólo piensa en encontrar la oferta más baja, el mejor precio… ¡Tonterías!
-Oiga, ¿cuál es el precio de este libro?-se interesó, de repente, un joven cliente.
-Siete noventa.
-Oh, me lo pensaré. Muchas gracias-concluyó mientras se alejaba y consultaba con un grupo de personas.
Pero yo ya no prestaba atención. Estaba absorto en un mundo paralelo de imágenes maravillosas. ¡¡Iban a comprarme!! O, mejor dicho, ¿iban a comprarme? De todas formas, eso no importaba. Se habían fijado en mí, pequeño diario de notas, de pasta blanda y con un papel tan fino y agradable como la seda.
-Sí. Me lo llevo-decidió, por fin, el joven chico ante mi exuberante alegría.
-Se lo envuelvo para regalo o…
-No, gracias. Así está bien. Tenga. Siete euros con noventa céntimos.-contestó mi nuevo dueño mientras pagaba.
-Gracias.
Me despedí de mi antiguo compañero de viajes con un inapreciable movimiento de portada y me dispuse a iniciar la nueva etapa de vida: ser usado.
En casa de Javier, mi portador, me depositaron en una pulcra y cuidada estantería llena de libros, que se hallaba en una ordenada habitación. El lugar donde me interné parecía una espesísima selva en medio de una suave llanura.
-Javi, ¿cuándo vas a escribir algo en tu diario?-le decían, en algunas ocasiones, a Javier.
-No sé, mamá-contestaba él siempre.
Y seguían y seguían pasando los días. Días que mi vida perdía como la monda de una fruta que se tira, sin darle uso, a la basura. Mis hojas rechinaban de la impaciencia. ¡¡No podía aguantar!!
-Javier, yo creó que deberías comenzar a tomar notas en el diario-preguntaba, esta vez, su padre.
-Jo, papá, ya tendré tiempo de escribir. Déjame que descanse-contestaba Javier igual que siempre.
Al no poder continuar con esta agonía, me decidí, una tarde, a comenzar yo el diario. Intenté coger un objeto que escribiera, pero no pude. Intenté meterme en el escáner del ordenador, mas no lo conseguí. Hasta que, en un determinado momento de la noche, comencé a pensar en mi desdichada vida. Pensaba con mucho conocimiento de las cosas y, de repente, las hojas que componían mi cuerpo empezaron llenarse de tinta cual charco desbordante de agua.
-¡¡Qué ocurre!! ¿Qué es esto?-me pregunté alarmado en aquel instante.
No sabía lo que me ocurría, no obstante, mis páginas se iban rellenando poco a poco. Día a día, iban relatando la vida cotidiana de Javier y su familia así como mis propios pensamientos. Si alguien me leyese en ese momento, se encontraría con una biografía detallada de los sentimientos y emociones de un servidor.
-¡¡Javier, empieza a anotar en tu diario o lo mando al reciclaje!!-volvía a insistir su madre.
-Sí, mamá. Ya lo empezaré-No había manera. Él respondía siempre igual y nunca tocaba ni un ápice de mi semblante.
-De acuerdo, pero no tardes mucho o…
Aprendí a controlar la capacidad de escritura hasta dominar por completo el contenido de mis páginas. Acontecimientos como un suspenso de Javier, una caída, momentos de felicidad… Todo ello quedaba reflejado en mí.
-Papá, mamá. Voy a tomar mi primera nota en el diario. No me repliquéis más. ¿Vale?-dijo, el día más inesperado, Javier.
-Sí… Vale-argumentó, casi sin ganas, su padre mientras veía, concentradísimo, la televisión.
Cuando se dispuso a leerme, se llevó la sorpresa más grande de su vida. Su cuerpo se quedó petrificado y sus facciones no daban signos de ser una persona consciente. De todas formas, se logró sobreponer y, sin decir nada a nadie, comenzó a leerme ansiosa y apasionadamente.
-Ayer por la tarde… Hoy por la mañana… ¡¡Este diario habla de mi vida!! ¿¿Cómo ha ocurrido esto??-logró articular.
Siguió leyéndome y, por fin, se entero de toda la historia al leer mis sentimientos, pensamientos, emociones… Daba la impresión de que Javier estaba muerto en vida. Su rostro era de alucinación total, sin embargo, consiguió sobreponerse a lo largo de los días y seguir, sin decírselo a nadie, leyéndome y con su vida normal.
Yo cada vez era más feliz. Cada poco, Javi me echaba un vistazo para ver lo que había hecho y se divertía como un niño con zapatos nuevos. Me llevaba a todas partes para que yo pudiera tomar nota de todo. ¿Quién dice que el perro es el mejor amigo del hombre?
Ahora, las dudas me entran a mí. ¿Soy un diario o novela?

 

Pablo Duarte Flórez 2ºD


EL FANTASMA DEL CERDO LOCO

 

-He viajado por el norte, en las gélidas tierras de Svalbard, he viajado por el sur, en las lejanas y boscosas tierras de Tasmania. He pasado mi vida entera en mi alfombra, rompiendo los cielos como rompe un pez el mar; he vivido momentos dignos de inmortalidad. Muchos años he vivido, ni siquiera recuerdo cuantos; pero en tan larga vida, no había visto algo asi. Este libro me supera, sus blancas páginas, que muestran el todo y la nada, que muestran la historia de lo que no ha sucedido, me inspira un profundo temor del que no puedo escapar. Ahora, pido a mis estrellas que me ayuden a cruzar… de nuevo. Voy a contaros mi historia:

Bajé despacio las escaleras, sumergiéndome en la oscuridad.
Temblaba de rabia por la gran atrocidad que quedó grabada a fuego en mi mente: un sacrificio al diablo, una oración bañada en sangre dirigida a la más profunda oscuridad; la provocación a una espada empuñada por una mente austera a vengar la muerte de un ser inocente, aunque no siempre la inocencia se encuentra donde uno espera. Habían matado a un cerdo y luego quemado su rabito y sus orejas en un intento desesperado por llamar a la lluvia.
Llegué al sótano. Tracé las runas del círculo sin ninguna dificultad, y, después, las comprobé a fondo. El regocijo que invadió mi cuerpo sólo se veía eclipsado por la intensa e indómita oscuridad que nos rodeaba a mí y a mi círculo mágico. Abrí el libro y sólo pude leer una de las palabras arcanas que contenía antes de que el ya conocido frenesí fogoso, que anulaba mi capacidad motriz para proteger mi mente de la potente descarga de energía que suponía cruzar, se empezase a hacer notar por mis venas.
Exis ya me esperaba cimitarras en mano en el lila mundo vacío de los “Jilad”: Jiland. No nos saludamos: no hacía falta. Centré la vista en el cielo de color de espliego; cundo volví a mirar al frente, el mundo ya no estaba vacío: se veía un grandioso panteón; me acerqué a su gran portón, en el que se distinguían unos antiguos grabados. Al aproximarme, discerní los grabados:
“Aquí yace lo que más deseas”
Sentí el golpe seco que significa que has cruzado y el frenesí desapareció.
-¿Estás bien?-pregunté a Exis
-Yo sí, pero tú no.
-¿A qué te refieres?
-Al hecho de que hayas venido hasta Jaya, sólo por un cerdo.
-Sabía que no podría dormir en mucho tiempo si no venía a salvarlo. Además, ese cerdo será otra palabra arcana para el libro.
-Sigo sin entender qué te gusta tanto de los libros.
-Los libros son como las palabras arcanas que ponen alas a nuestra imaginación y abren nuestra mente aunque nosotros cerremos los ojos. Son la historia incambiable que puedes sentir con alegría o con tristeza en función de tus sentimientos en el momento de leerlos, son la diferencia entre tú y un animal, que sólo sirve para continuar su especie y que no puede elegir entre el bien y el mal. Lo son todo sin ser más que papel. Y este es más todavía: cada palabra arcana representa un siglo de la historia del mundo, es decir, con suficientes palabras arcanas, se podría usar para leer el futuro.
-Me he perdido en “Los libros…”.
-Ya llega.
La más insondable de las nieblas nos rodeó de repente, pero, extrañamente, no dificultó nuestra visión: en el gris vacío neblinoso que era todo lo que veíamos, todo color y profundidad desaparecía, todo aparecía delimitado por negras líneas surcadas de ondas como si de diminutos ríos se tratase.
También los sonidos desaparecían en la misteriosa marea de sombras que no se atrevían a acercarse; todos excepto uno: el ya familiar chirrido de una puerta agitada por un inexistente viento… la puerta de un ataúd.
Aunque no lo veíamos, la experiencia nos había dejado grabada a fuego su posición exacta. Nos acercamos lentamente al ataúd, viendo cómo subía y bajaba una de las líneas negras apoyada sobre la otra, tal y como hace la puerta de un ataúd. Nos asomamos para ver la puerta que, tras haber pasado por Jiland y por Jaya para legar a la puerta, nos levaría al reino de los muertos, donde podríamos encontrar el alma del cerdo y añadirlo, convertido en una palabra arcana, al libro, pero, dentro del ataúd no había ninguna puerta.
Sólo pude sentir cómo me empujaban antes de ver la vertiginosa velocidad a la que se acercaban las líneas que formaban el ataúd antes de sumergirme en la oscuridad.
Me desperté en medio del cielo azul, con un viento gélido y cortante azotándome todo el cuerpo. Sin saber cómo, había salido de Jaya… y no sabía dónde estaba Exis. Perdido en mis pensamientos, no me había dado cuenta de que estaba cayendo, pero, por suerte, vi aparecer el verde suelo debajo de mí. Llamé a mi alfombra. Pero me llevé una gran sorpresa cuando, al llegar mi alfombra, vi sentado en ella al cerdo… !leyendo mi libro!
Cuando la alfombra me recogió, el cerdo dijo:
-Esto no es culpa mía: a mí me encantaría ser una de las palabras arcanas, pero no puedo.
-Dejando a parte el hecho de que esté hablando con un cerdo, te voy a pedir que me expliques por qué.
-Es sencillo: voy a destruir tu mundo en menos de un siglo-puso especial énfasis en la palabra “tu”-, y, por tanto, no caben más palabras arcanas en este libro tuyo. Si los humanos no me hubieran matado por nada, no me vengaría.
Lo único que pude hacer fue mirarlo como un adolescente miraría algunos de los fantasmas que se unieron a las palabras arcanas del libro-vaya par de piernas que tenían algunas fantasmas-.
-Estás loco.
-Lo sé, estoy tan loco como tú estarías si no abandonases ya este mundo.
-De acuerdo, me iré, pero, si le contase a alguien cómo el fantasma del cerdo loco destruyó mi mundo, no me creerían.
El cerdo desapareció. Yo tracé un círculo mágico y me convertí en el único superviviente de mi mundo.
Ahora que he contado mi historia, me siento mejor, me siento con fuerzas para cruzar de nuevo, pero esta vez, no será a un mundo, será a un vacío, donde podré crear un mundo nuevo y crear también su historia en mi libro, ya que, igual que un libro puede crear una historia, una historia puede crear un libro.

Fernando Martínez Rojo 2ºD


EL TESORO DEL DESVÁN

Soy un libro viejo y tengo las hojas húmedas y casi pegadas por no utilizarme en mucho tiempo. Estuve durante años en un baúl del desván de una casa. La familia propietaria había venido a vivir aquí hace siete años. Fue en ese momento, cuando yo llegué metido en una caja de cartón con otros muchos libros. En el exterior de la caja, ponía: “historias bonitas”. Así transcurrieron los años, en medio del silencio y del olvido. Todo cambió cuando la familia tuvo hijos. Eran tan juguetones que se escondían en cualquier lugar, y cualquier sitio era bueno para pasárselo bien lejos de las miradas de los padres.
Una tarde que llovía mucho y las gotas hacían un ruido terrible sobre las tejas, se abrió la puerta y entraron los dos hermanos. Esta vez venían más. Se pusieron a colocar cosas, a meter en cajas los juguetes que estaban por el suelo…. Después de un buen rato de risas y ruidos, se quedaron en silencio y uno dijo al otro:
- ¿Por qué no miramos lo que hay en aquellas cajas que están cerradas?
- Vale - contestó el otro.
Fue así como acabó mi paz y silencio. Pronto abrieron la caja donde me encontraba, pues tenía un nombre muy atractivo. Cogieron el primer libro y lo lanzaron por el aire, el segundo lo arrojaron a una esquina y… por fin, me cogieron a mí.
Mis tapas estaban viejas, pero conservaban el dorado de una encuadernación lujosa. Tenía una foto mohosa de una casa y unos niños alrededor. Les llamó la atención y me abrieron cuidadosamente. La primera página tenía el título de: “La niña negra”. Empezaron a leer en alto, un rato cada uno. Como si de un embrujo se tratase, se quedaron tranquilos escuchando.
Contaba la historia de una niña pequeñita que se había quedado en su país con sus tíos mientras sus padres habían tenido que venir a Europa para mejorar las condiciones de vida y cómo, pasados unos años, decidió escaparse a buscarlos.
Las hojas iban pasando y los niños se miraban en silencio. Se veía que les gustaba la historia. Cuando casi no entraba luz por las claraboyas del tejado, comentaron:
- ¡Venimos mañana y seguimos leyendo! ¿vale?
- De acuerdo - contestó el otro.
Al día siguiente, volvieron a cogerme y empezaron el capítulo titulado: “Sirvienta en una casa lujosa”. Narraba su experiencia como sirvienta y la forma tan cruel en que la trataban y explotaban.
Ese día, los niños lloraron de rabia y pena… veía cómo sus lágrimas rodaban por las mejillas hasta perderse en el suelo. Los dos trataban de disimularlo, hasta que tuvieron que dejar de leerme, pues con los ojos llorosos no veían bien mis letras.
Esa noche, tras la cena, corrieron a la habitación a leer. Llegaron al final de mis páginas y cuando la niña encontró a sus padres y se abrazó a ellos, el llanto contenido durante tanto tiempo se desbordó. Cuando se metieron en la cama, mis escenas iban pasando una a una por sus cabecitas y se decían a sí mismo que ellos nunca harían eso.
Al cabo de varios días, en el colegio, les mandaron llevar un libro para hacer una biblioteca de clase. Me llevaron a mí y estuve rodeado de las risas y alborotos de los niños. Mis amiguitos explicaron a los demás mi historia y les animaron a leerme. Fui pasando de mano en mano, de casa en casa, hasta que, finalmente, todos me habían leído.
De nuevo en casa, me colocaron en una estantería de su habitación y dejé de estar “de moda”. ¡No creáis que me sentí triste por ello! pues había conseguido que el mensaje tan bonito que llevaba dentro, llegase a los corazones puros de los niños. Por eso, miro, orgulloso, desde lo alto de mi estantería, a esos dos maravillosos chicos que me han rescatado del olvido y que siguen, cada noche antes de acostarse, leyendo historias tan bonitas como la mía.

Luis Javier Segurola 1ºC


VIAJAR CON LA IMAGINACIÓN

Soy un libro titulado “Las maravillas del mundo”. Vivo en una estantería dedicada a la geografía, de la biblioteca de un pueblo pequeñito, donde vive mucha gente pobre. Suelo estar muy aburrido durante casi todo el día porque a mi zona no suelen acudir los niños pequeños. A éstos les gustan los comics, donde los personajes fantásticos viven miles de aventuras que les dejan boquiabiertos.
Después de muchos días sin que nadie me cogiese ni mirase, vino un chico de unos 20 años y me utilizó. Yo estaba muy contento de poder ayudar a ampliar los conocimientos de la gente. Apenas estuvo una media hora y ya se marchó. Me dejó abierto encima de la mesa; ni siquiera me volvió a colocar en mi sitio.
Allí permanecía yo, con las hojas abiertas mientras mostraba la fotografía de las pirámides de Egipto. De repente, entró una niña de unos 10 años, mal vestida y se paró delante de mí. Se quedó mirando la fotografía y, tras unos instantes, se sentó. Empezó a leer despacito y al mismo tiempo sus dedos pasaban suavemente sobre las líneas, me sentía acariciado. Tardaba en pasarme las páginas, pero eso no me molestaba en absoluto. Así pude ver sus ojos castaños y grandes devorando mis palabras. A medida que leía, su cara cambiaba de alegría a miedo, de miedo a sorpresa, de sorpresa a admiración. Así permaneció durante dos horas. Cuando acabó, me colocó con mucho cuidado en la estantería, colocó la silla y se marcho. La miraba mientras se iba lentamente y sentí pena de no poder ir con ella y seguir en su compañía.
Pasaron unos días; de pronto, se abrió la puerta de la biblioteca y supe que era ella por su caminar. El corazón casi se me para al ver que se acercaba a mí. Me cogió, nuevamente, y me llevó a una mesa que había junto a la ventana. Era una tarde preciosa y la niña estaba allí leyendo mis páginas. No podía entender lo que le impulsaba a venir aquí.
Esta situación se fue repitiendo durante muchas semanas, al menos dos veces cada una de ellas. Aunque soy un libro grueso, temía que llegase al final y que no quisiera saber nada más de mí. Echaría de menos sus suspiros y lágrimas… ¡su sensibilidad!
Para mi tristeza, cada vez leía con más rapidez y las hojas iban pasando más rápido. Al sentir interés por saber qué se escondía detrás de cada párrafo, ella se estaba obligando a leer y a aprender a hacerlo mejor.
Un día que estábamos en plena sesión de lectura, nos interrumpió una señora que entró y se acercó a la niña. La llamó por su nombre, Ana, y le dijo que tenían que ir a casa para hacer los deberes, de lo contrario, no le dejaría venir más. La niña dijo con lágrimas en los ojos:
- Mamá, no me impidas venir aquí porque entonces no podré viajar con la imaginación y con las páginas de este libro tan bonito. Somos pobres y la única posibilidad de conocer sitios bonitos es a través de la lectura.
Me hubiera gustado ayudar a aquella niña tan buena, me hubiera encantado poder repartir mejor la riqueza del mundo, me hubiera gustado ser mago y hacer realidad sus sueños de viajar pero… sólo soy un triste libro.
Un día, llegó a la biblioteca el alcalde y le preguntó a la bibliotecaria por el libro que más veces se había sacado en los últimos meses. Ésta le contestó que era “Las maravillas del mundo”. Se interesó entonces por el nombre de la persona que más había leído en ese tiempo y la encargada le contestó que era una niña llamada Ana Pérez García. Tras un breve silencio, el alcalde comentó:
- ¡Regálale el libro a la niña como premio a su constancia y a su interés!
Sentí una gran alegría, pues eso significaba que iba a estar cerca de la niña indefinidamente. Así que cuando apareció la niña y la encargada se lo comentó, Ana me cogió contra su pecho y salió corriendo hacia su casa. Allí, me colocó junto a la cabecera de su humilde cama. Ahora la veo todos los días y disfruto mirando su carita de niña soñadora.

Silvia Segurola Escribano 1ºC


EL LIBRO

Cuando Adrián miró por primera vez aquel libro, una chispa de felicidad (tan leve que ni él se dio cuenta) se iluminó dentro de su cabeza. La portada, de un color rojo granate con ribeteados y florituras dorados en relieve, le causó impresión. El libro tenía aspecto de ser ya viejo, las páginas empezaban a ponerse amarillas, había alguna que estaba rajada, otras…. Sin embargo, a Adrián no le importó demasiado, pues lo veía como si fuera un espléndido libro nuevo, con sus páginas intactas. Su título le resultó agradable al oído y lo repitió en susurros, escuchando su melódico nombre, disfrutando con la sensación que le producía el simple sonido que él mismo pronunciaba.
Cerró los ojos y se durmió. Adrián llevaba toda la noche intentando imaginarse las maravillosas aventuras que aquel libro podía contener, la de batallas, dragones y hadas que aquel libro, de añejas tapas y de amarillentas páginas tenía; los secretos que aquel libro podía descubrirle. Mientras dormía, empezó a soñar. En el sueño, un libro estaba abierto por la mitad. De sus páginas, una sombra salía y entraba, convulsionándose y moviéndose por todo él, pasando páginas y llenándolas de una sustancia transparente que al poco desaparecía, dejándolas ennegrecidas y, poco a poco, convirtiéndolas en cenizas.
Al despertarse, no recordaba nada del sueño, pero estaba impaciente por leer el libro que sus padres le habían regalado por su cumpleaños, el día anterior. También le habían regalado una pluma estilográfica que él había dejado un poco a un lado, pues su mayor interés lo mostraba hacia el libro. Aquel libro hacía volar su imaginación de una forma espectacular. Cuando fue a empezarlo, vio que sus páginas estaban completamente en blanco. Su desilusión fue tal que unas lágrimas brotaron de sus pequeños ojos verdes. Sus cabellos morenos se caían hacia abajo, como las hojas de un sauce llorón. El título que él había leído el día anterior no estaba. Tampoco estaban las viejas hojas escritas con pluma y una impecable caligrafía. La tapa no era de piel rojo granate, sino de cartón azul. La desilusión de Adrián iba en aumento; su enfado cada vez fue mayor. En un arrebato, lanzó el libro contra la pared, despreciándolo. ¿Dónde estaba aquel título que, al pronunciarlo, una chispa se iluminaba en su cabeza? ¿Dónde estaban aquellas hojas rotas y escritas a mano? ¿Dónde estaba todo aquello? Se lo preguntaba y no entendía. De pronto, la cabeza de su madre se asomó por el marco de la puerta.
-¿Qué te pasa, cariño? -se fijó en el libro en el suelo, pero intacto-. ¿No te ha gustado nuestro regalo de cumpleaños?
-¿Para qué quiero yo un libro en blanco, en el que no hay nada? -preguntó él con desdén-. La pluma tampoco la sé usar. No me sirve de nada.
-Quizás te sirva de mucho más de lo que piensas -contestó su madre con un tono enigmático-. Serás tú quien deba encontrarle una utilidad.
Adrián estuvo reflexionando toda la tarde sobre aquello, sobre cómo podía darle utilidad a aquel libro de páginas en blanco. Y al final, pensó en el hecho de que sus padres le habían regalado la pluma, que sabían que a él no le hacía demasiada ilusión, junto con un libro en blanco en el que usar la pluma. Entonces, su sueño le pasó por la cabeza. Pensó que la sombra eran las letras que en el libro se albergaban. Los textos habían salido del libro, ya no estaban escritos en ninguna parte, estaban libres de las cadenas de papel que los sujetaban a las páginas y ahora volaban por el aire.
Ese día, soñó que las palabras debían volver a estar en las páginas de un libro. En los sucesivos días que siguieron a aquella primera chispa, Adrián soñó con magos, hadas, dragones, elfos y otros seres mágicos. Adrián empezó a plasmar todo aquello en el pequeño libro de tapas de cartón. Además, no sólo escribía cosas sobre sus sueños, también escribía cosas muy variadas sobre múltiples temas.
Un día, en el colegio, estaba en clase de ciencias sociales. A Adrián le aburría el estudio de la población y los mapas. Ese día, estaban dando algo especialmente soporífero: la natalidad, la mortalidad, el estudio de ambas en España, etc. Adrián miraba a su profesor Ramón y al alumno que había sacado para preguntarle la lección y se aburría muchísimo. Entonces, la cara de su profesor y el alumno se empezaron a deformar y fueron transformándose en la cara de Ramón caricaturizada y con una corona en la calva, los bigotes más grandes que el resto de su cuerpo, y con el semblante y las ropas de un rey. En cambio, al alumno le encogió todo, su cabeza estaba roja y llevaba las ropas de un humilde campesino de la Edad Media. El alumno le estaba contando al rey la situación de la población. El rey le replicaba de vez en cuando con un gracioso tonillo que variaba de tesitura a mitad de las palabras. Adrián soltaba alguna pequeña risita discreta. Se dio cuenta que de su mochila salía una luz diáfana, como la señal de un dios. Se dio cuenta que era el libro el que le hacía ver todas aquellas cosas, y que las veía para poder escribirlas.
Poco a poco, pasaron las horas, pasaron los días, pasaron los meses y pasaron los seres que Adrián se imaginaba por múltiples reinos de lo más disparatados algunas veces y otras por lugares más serios. Hora tras hora, fue rellenando las páginas de aquel libro, hasta que un día llegó a la última página del ejemplar único de la recopilación de sus sueños e imaginaciones ocurrentes. Ese día, no soñó nada extraño, ni se imaginó nada. Aquel día, no escribió. Al día siguiente, volvió a soñar con la sombra que se convulsionaba y quemaba las páginas. Se levantó corriendo a ver cómo estaba su libro. Su sueño no había sido nada más que eso, un sueño. Adrián temía por su libro, y esa noche lo cogió y durmió con él en su mesilla de noche.
Aquel día, descubrió algo. El sueño que había tenido era el único sueño que no había recopilado en su libro. Rápidamente, escribió las palabras que desvelaban la descripción de la sombra y juntó todos los sueños que había tenido de ella.
El libro tenía ya título. Aquel libro tenía un nombre precioso. A Adrián, el título le resultó agradable al oído y lo repitió en susurros, escuchando su melódico nombre, disfrutando con la sensación que le producía el simple sonido que él mismo pronunciaba.
Así se llamaba, sí. El libro que comenzaría a enseñarle que el mejor amigo del hombre es el libro. Las letras de la sombra.

Adrián Monferrer Vázquez, 2ºESO D


¿MERECE LA PENA LEER?

Es Lunes, las diez y cuarto de la mañana, toca el timbre. Como todos los lunes a esa hora, entra el profesor de lengua por la puerta y se sienta. Abro la libreta y empiezo a escribir;
“Piedras Blancas, a 21 de abril de 2008″
Todos los lunes la misma rutina, pero este lunes iba a ser diferente; Paco, mi profesor, nos iba a dar una charla sobre lo buena que es la lectura.
Paco comenzó a hablar de que si no leemos se nos atrofiaría el cerebro, seríamos, prácticamente, analfabetos, suspenderíamos en el futuro, etcétera.
Por fin toca el timbre y salimos al recreo.
Al llegar a casa, me encerré en mi habitación y empecé a pensar en mi, cómo sería mi futuro si, ahora, cogiese el libro que mi hermano me regaló por mi cumpleaños, y me pusiese a leerlo. Terminé por dormirme sobre la cama.
Tuve un sueño muy extraño; iba de un libro, pero no de un libro cualquiera, un libro viejo y roñoso. ¿Dónde podría estar ese libro? Me sonaba de haberlo visto antes. Yo estaba como flotando en el espacio y, de repente, me caí de la cama.
Me desperté de sopetón. Ya sé dónde había visto el libro viejo antes; en casa de mi abuela. Pero era imposible; ella es analfabeta, ¿para qué iba a tener mi abuela un libro en casa?
Bajé a la cocina a preguntarle a mi madre si me podía llevar a casa de mi abuela. Mi madre me miró con los ojos llenos de lágrimas y me dijo:
-¿Pero, dónde te has metido estos dos días?
No sabía de qué me estaba hablando. Ella me dijo que ya era miércoles. Que había estado desaparecida dos días enteritos.
Yo le expliqué que había estado en mi habitación, sola. Pensando. No se explicaba nada de nada.
Finalmente, la convencí de que estaba bien. Me levó a casa de mi abuela. Otras dos horas para explicarle lo ocurrido a mi abuela.
Le pregunté dónde tenía el libro. Me dijo que lo había llevado al librero para que lo vendiera, que en su casa no pintaba nada.
Salí por la puerta, nadie me vio. Otra vez que tendría que dar explicaciones, no pasará nada, ¿no?
Fui corriendo hacia la librería y le pregunté a Estíbalo, el dependiente, si me podía dar el libro. El me contestó que lo había vendido a la hora de llevarlo mi abuela allí. ¿Por qué tendré tan malas suerte? ¿Será que los libros me tienen rencor por no leerlos?
Estíbalo es un hombre-mujer, no es que sea travesti, es que tiene cuerpo de hombre, pero la ternura y el cariño de una mujer, a demás, es como uno más de la familia.
El caso es que, como es normal, no me dijo a quién le había vendido el libro. Y tras hablar, y hablar y hablar con el, se le escapó que se lo había vendido a Amy, la chica que está de intercambio de mi clase. Qué querrá, ¿mejorar su perfect Spanish? Que mal me cae. Bueno, habrá que ir a pedirle el libro.
Me acercaba a su casa, bueno, la de Manuela, mi ex-mejor amiga. Desde que se hizo amiga de esa renacuaja que no tiene ni dos dedos de frente, pasa de mí como de una pieza de fruta podre.
Al llegar a su portal, piqué. Me contestó una voz de pito, Manuela. Le dije quien era y me dejó subir. Al legar al quinto piso, Amy me abrió la puerta.
Allí estaba, con su tapa toda rota, las hojas con más humedad que si estuviese bajo el agua. Se lo pedí a Amy y… ¡me lo dio sin tener que reprocharle nada!
Ya con el libro bajo el brazo y tirando del pomo de la puerta de su casa, para largarme de ese sitio, que un día fue mi segundo hogar, me dice Manuela:
-Pero, ¿a dónde te crees que vas con el libro de Amy?
-A mi casa- le contesté.
-De eso nada, monada- me dice ella con su desagradable salero -, el libro se queda aquí.
-Gracias por el piropo, MO_NA_DA- le contesté sílaba a sílaba para que se picara -, pero yo aquí no pinto nada. Si quieres el libro, toma, 15€. Así te compras una copia.
Cogí la puerta y me largué. Al llegar a casa de mi abuela, mi madre y ella seguían conversando, como si no se hubiesen enterado de que me había ido.
Le dije a mi madre que ya era tarde, bueno, se lo tuve que gritar. Entre los gritos de los vecinos del piso de arriba de casa de mi abuela, que se pasaban el día riñendo, y el barullo que montaban mi madre y mi abuela, era casi imposible hablar con normalidad.
Al fin, ya en casa, subí a mi cuarto a leer el libro, para ver por qué se me apareció en el sueño.
Al abrir su tapa, aprecié el olor a viejo que lo hacía un libro muy especial. Lo más gracioso de todo es que era tan viejo que tenía las hojas pegadas. De no haberlo abierto durante años.
Seguramente que no se abría desde la muerte de mi abuelo. El libro era de el. Al ser el único que sabía leer en su casa, no se había vuelto a abrir, supongo.
Lo llevé a la librería para ver si lo podían arreglar. Y en efecto, le echaron un líquido y la humedad se secó un poco, cada vez se secaba más. Estíbalo me dijo que lo dejara allí esa noche y que mañana lo fuera a buscar.
A la mañana siguiente, lo primero que hice, nada más levantarme, fue ponerme los pantalones y la chaqueta sobre el camisón e ir a buscar el libro.
Estíbalo no me quiso cobrar nada, pero yo le quise pagar con algo, el problema es que no llevaba nada suelto. Lo que hice fue prometerle que le iba a ayudar en todo cuando lo necesitara. Sea para limpiar como para ordenar la biblioteca.
Al traerlo a casa, me encerré en mi habitación para leerlo. Cuando lo comencé a leer, me di cuenta de que sí merece la pena leer.
Lo más curioso fue que, el libro, iba de la historia que acabas de leer.

Nieves Primo Rubín 2ºD


ESCRITO FUÍ, LEÍDO VENGO

Hola .Me llamo libro y vivo en uno de los lugares mas maravillosos del mundo, claro, del que yo conozco, que no es poco. Mi historia es muy entretenida y muy apasionante, pasé de vivir bajo una cama llena de polvo a vivir en una maravillosa estantería llena de maravillosos libros como yo.
Comencé mi vida cuándo un hombre se decantó por empezar a escribir un relato en el que dominaban las aventuras, la intriga y la acción.
Todo comenzó una noche, cuando aburrido, mi escritor empezó a escribir por hacer algo, fue ahí cuando descubrió su vocación, ser escritor . Le venían a la cabeza un montón de ideas intrépidas, cuando tras unos días finalizó una historia con un comenzó apasionante y un final aún mejor.
Pero en aquel momento yo no era más que un montón de palabras impresas en papeles. Hasta que un buen día, un gran amigo mío, comenzó a dibujar garabatos que se convirtieron en portadas, como había pasado antes, tenía un montón de palabras, ahora tengo mucho más, había color y bullicio en mi nueva vida.
Hasta ahora, solo dos personas sabían de mi existencia.
Un día, como otro cualquiera, llegó un hombre invitado a cenar, le mandaron esperar en el salón hasta que todo estuviera preparado. Es una de las grandes casualidades de la vida, pues yo estaba justo delante de mí en una vitrina encima de una mesa. El hombre me vio y le apetecía saber mi contenido.
Fue una experiencia irrepetible, la primera vez que era leído por alguien desconocido
Sentía como pasaba las hojas, como se detenía a mirar los dibujos y como me trataba.
Cuando le llamaron me dejó en mi sitio, durante la cena no se habló de otra cosa más que de mí.
El hombre le propuso a mi escritor la compra , pero estos no lo veían muy claro, no me venderían, pero resultó que el hombre era un importante ciudadano y no tuvieron otra opción.
Fue ahí cuando llegué a mi nuevo hogar. Mi nuevo dueño me despreció y después de algún tiempo, acabé viviendo bajo una cama llena de polvo como ya os he relatado.
Me entristecí muchísimo y acabé preguntándome a mi mismo si ese sería el final de todos los libros.
Un buen día, se organizó un mercadillo de cosas viejas donde no sé como fui a parar.
Aquello cambió para siempre mi destino, aquellas personas que me dieron vida me encontraron y decidieron llevarme de vuelta a mi hogar. Cuando llegué, me di cuenta de que iba a convivir con todo tipo de libros.
Y como mi vida es toda una travesía, se puede decir que:
Escrito fui, leído vengo

Claudia Fdez Pedrero.1º A


LA MAGIA EN MI CAMINO

Era un triste día de otoño, el viento llevaba las doradas hojas de los árboles de un sitio a otro, yo caminaba intentando apartar esas hojas tan molestas que había en el suelo del parque. De repente casi le doy una patada a una niña que estaba en el suelo recogiendo hojas y metiéndolas en una gran bolsa de tela.
La niña se asustó al verme porque no esperaba que hubiera nadie en el parque tan temprano por la mañana.
La niña tenía el cabello pelirrojo, llevaba puesto un chaleco azul, un jersey rojo, unas medias de colores y unas zapatillas deportivas. Parecía muy simpática por la forma de saludarme, me dijo que se llamaba Kika. Le pregunté por qué estaba recogiendo hojas secas, ella me dijo que siempre en otoño recogía hojas para guardarlas en casa y ayudar a la gente.
A mi me parecía imposible poder ayudar a la gente con hojas secas, la curiosidad empezó a apoderarse de mi y decidí preguntarle como se podía ayudar.
Ella al principio no quería decirme nada, parecía que era su secreto, volví a insistir y al final me dijo que esas hojas eran parte de una fórmula secreta para salvar a la gente de situaciones peligrosas.
No me lo podía creer, con unas hojas secas y otros ingredientes hacía algo que podía ayudar a la gente. Imposible, le dije, ella me juró que sí, que era verdad, no eran imaginaciones suyas.
Estuvimos hablando unos momentos y después nos despedimos.
Yo seguía caminando por el parque, observando los árboles con sus tonos dorados, seguía apartando las hojas de mi camino, no había nadie en el parque sólo a lo lejos podía ver un pequeño grupo de perros paseando.
Mi camino tenía que seguir por esa zona así que obligatoriamente me iba a encontrar con ellos.
Me quedaba poco para llegar hasta donde estaban los perros, cuando me debieron ver y todos se acercaron hacia mí. Tenían un aspecto muy desagradable, estaban echando muchas babas, no paraban de ladrar, eran perros salvajes, tenían heridas en el cuello de otras peleas con otros perros. Me habían acorralado y no me dejaban salir por ningún lado. Yo no sabía que hacer, pensaba que eran mis últimos momentos, cada vez estaban más cerca de mi, pero en ese instante una pequeña nube de polvo se puso encima de nosotros y los perros huyeron y corrieron como si hubiesen visto a su peor enemigo.
Sentía algo detrás de mí y no sabía que podría ser, me di la vuelta despacio, tenía mucho miedo. Mi miedo se desvaneció al ver que no era ningún perro ni otro horrible animal, era Kika.
Kika me contó que gracias a su fórmula secreta pudo alejar a los perros salvajes.
Me explicó que hacía un polvo muy fino con todos los ingredientes y soplándolo sobre la persona que quería ayudar la salvaba de la situación peligrosa.
Le di las gracias por haberme ayudado y le dije que nunca más diría que algo es imposible, la invité a un helado y me contó que un día encontró un libro de encantamientos y trucos en su habitación, después averiguó que ese libro era de la abuela de su tatarabuela.

Cristina Álvarez Ramos 1ºA


Premio Categoría B : Segundo ciclo de ESO

EL NOVENO POEMA

El radiante fulgor de la solitaria luna iluminaba su rostro mientras que ella, ausente y despreocupada, escribía versos en las hojas vacías de un antiguo libro. Al amanecer la luna dio paso al sol, que apareció resplandeciente dando comienzo a un nuevo día de 1927, al 23 de abri,l en el que Elvira, tras pasarse la noche escribiendo, fallecía enterrando con su muerte toda esperanza poética. Esa mañana, Leonor Guzmán recibió la trágica noticia de la pérdida de su abuela, la única persona que se había preocupado por ella en toda su corta e infeliz vida. Ahora la joven estaba sola y ya no tenía ningún motivo para sonreír, para creer que algún día volvería a ser feliz. El funeral tuvo lugar dos días más tarde, en el jardín que estaba situado detrás de la pequeña casa en la que Elvira había fallecido. Las lágrimas fueron las protagonistas de esos momentos de dolor, en los que la joven recordó cada una de las palabras de afecto que aquel inmóvil ser, que yacía frente a ella, le había dedicado en todos aquellos años. Tras el melancólico acontecimiento Leonor entró en la casa de su abuela, tan sólo iluminada por la penumbra de un farol situado en el exterior, y comenzó a recoger todas las pertenencias de Elvira. Cuando subió al segundo piso, la oscuridad invadía cada rincón de la desordenada estancia, por lo que la joven tuvo que encender un par de velas para poder atisbar cualquier detalle que su abuela hubiera dejado como despedida antes de morir. El dormitorio de la anciana estaba decorado con unos hermosos cuadros que Leonor creía haber visto antes, pero tras llegar a la conclusión de que era imaginación suya, continuó con la búsqueda. El hecho de que la cama estuviera perfectamente colocada y que no tuviera ninguna señal de que alguien hubiera dormido en ella recientemente extrañó a la chica, que pasó por alto ese detalle con la esperanza de encontrar algo mucho más prometedor. Leonor se agachó junto a la cama y recogió del suelo un par de libros que su abuela había estado leyendo antes de fallecer. El primero se titulaba “Romeo y Julieta”, una obra de Shakespeare que apasionaba a la chica ya que le gustaba soñar imaginando esa bonita historia de amor; el segundo libro no tenía ningún título y en su interior contenía una serie de poemas ordenados según sus autores. Leonor comenzó a pasar las páginas y leyó en voz alta algunos versos que le llamaron la atención:

No me podrán quitar el dolorido
sentir, si ya primero
no me quitan el sentido
Garcilaso de la vega

Yo que siempre trabajo y me desvelo
por parecer que tengo de poeta
la gracia que no quiso darme el cielo
Miguel de Cervantes

La chica continuó leyendo los demás para sí misma, hasta que llegó a unas páginas en las que los poemas estaban escritos a mano, con la distinguida caligrafía de su abuela. Los observó lentamente, disfrutando con cada palabra que Elvira había escrito, dejando que aquellas líneas iluminaran su mente y llevaran sus sentidos más allá de la realidad. El increíble talento de la anciana creó un gran asombro en Leonor, que cogió el libro y corrió hacia su casa ilusionada con su descubrimiento. Noche tras noche leía aquellos poemas, incluso llegando a pasarse algunas de ellas en vela pretendiendo desvelar los misterios que encerraban esas hermosas palabras. Lo que más apenaba a la chica era que su abuela tan sólo había escrito nueve poemas y al libro aún le quedaban páginas en blanco. Una noche Leonor sintió que la invadía una gran inspiración y decidió continuar la obra que Elvira había empezado. Se pasó días y días encerrada en casa con el único propósito de escribir, prestando detenida atención a cada una de las palabras que anotaba, intentando que cada uno de sus poemas tuviera el mismo nivel que los de su abuela. Cuando Leonor llegó a su noveno poema llevaba ya tiempo sin salir a la calle y la locura comenzó a recorrer cada rincón de su delgado cuerpo. La chica se sintió atrapada entre cuatro paredes y sus ojos, al brillar, desvelaron la frialdad y la nostalgia que corría en esos momentos por su interior. Leonor recordó como siendo una niña le entregaba a su abuela unos dibujos que había creado mientras ella cocinaba, no podía creer que la anciana los hubiera enmarcado y que aún estuvieran en aquella casa. La chica tampoco tenía ningún conocimiento de que su abuela supiera escribir poesía, lo que la abrumó aún más. Leonor no pudo contenerse y profirió un grito que desgarró el tímido silencio, un grito de ira y de dolor que destruyó a la muchacha haciendo que sintiera el miedo de una niña vulnerable y desamparada en la oscuridad de la noche. A la mañana siguiente el sol salió como todos los días, bañando de una intensa luz la estancia en la que Leonor se encontraba. Por el cuerpo de la chica fluía un líquido parecido al vino tinto, que dejaba una estela de demencia e inundaba la pequeña habitación. Sus ojos contenían unas resplandecientes lágrimas dormidas en los cerrados parpados y parecía que en cualquier momento saldría un murmullo de sus sedosos labios, un murmullo que devolvería la vida a su dormido cuerpo. Cuando el forense realizó la investigación mediante la que descubrirían la causa por la que Leonor había muerto, determinó que la joven había padecido esquizofrenia, lo que la había llevado a un horrible suicidio. El experto concluyó su informe, asegurando que la muerte de Leonor había sido igual a la que días atrás había sufrido una anciana llamada Elvira, dando a entender que ambas habían ahogado su dolor tiñendo con sangre la profunda ilusión de escribir.

Alba Piedra Bousoño 4ºC


Premio Categoría A : Primer ciclo de ESO

ATRAPADA EN MI SUEÑO

En ocasiones son tus propios sueños los que te atrapan y no te dejan salir de ellos fácilmente. Algo similar me ocurrió la pasada noche, había estado el día entero en la biblioteca estudiando y estaba muy cansada, por lo que poco después de cenar decidí acostarme. No tardé demasiado en quedarme profundamente dormida. De pronto, en mitad de la noche comencé a tener un sueño extraño, me encontraba dentro de un cuento de adivinanzas literarias, parecía que ellas solas se movían y venían hacia mí mientras sonaba una música terrorífica. Comencé a correr, pero las páginas eran interminables. Intentaba ir lo más rápido posible, numerosas letras me perseguían pero nunca me detuve para conocer el motivo de tal persecución, sinceramente, no quería saberlo, de la nada apareció un ser de aspecto un tanto siniestro, grandes ojos brillaban en su rostro, enormes dientes sobresalían de su mandíbula inferior, posó su mano sobre mi hombro, cuando me quise dar cuenta, estaba encerrada en una especie de mazmorra. Quería despertarme y salir de allí, pero era imposible. Estaba muerta de miedo no podía salir de mi propio sueño. De repente, oí los pasos de alguien que venía hacia mí.
- Levántate, el dios de este libro desea verte.
Después de recorrer hojas oscuras con olor a humedad llegué a él. Era aquel ser tan raro que había visto anteriormente.
- Has osado entrar en la zona prohibida y no podrás salir sin resolver estos tres misterios.
- Deberás decirme a que libro corresponde cada uno de estos comienzos en menos de 2 horas para ello podrás utilizar todas los capítulos y secciones de este libro. A continuación mi sirviente te leerá las citas.
- En un lugar de la Mancha de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho tiempo que vivía un hidalgo de los de lanza en astillero, adarga antigua rocín flaco y galgo corredor. Siguiente: Platero es pequeño, peludo, suave; tan blando por fuera, que se diría todo de algodón, que no lleva huesos. Sólo los espejos de azabache de sus ojos son duros cual dos escarabajos de cristal negro. Y por último: ¡Qué frío tan atroz! Caía la nieve, y la noche se venía encima. Era el día de Nochebuena. En medio del frío y de la oscuridad, una pobre niña pasó por la calle con la cabeza y los pies desnuditos.
El reloj comenzó a marcar el tiempo que me quedaba para realizar la prueba con éxito. Me dirigí a la zona de “adivinanzas de la literatura antigua” ya que el primer comienzo me recordaba a un libro antiguo. Busqué por todas partes, solo me quedaban 2 hojas por mirar.
- ¡¡¡¡ Por fin lo encontré!!!!! Es hora de hallar el segundo.
Entré en un pasillo escogido al azar. Leí títulos como “Pulgarcito”, “Los tres cerditos”… etc. Todo eran adivinanzas relacionadas con esos libros. De pronto vi el título de un libro que no había visto en mi vida, “Platero y yo”. Pasé a esa hoja y descubrí que era el comienzo que buscaba. Por suerte sólo me quedaba uno, pero lo malo era que me quedaban 10 minutos.
Cerré los ojos, di tres vueltas y fui a la página que estaba a mi espalda. En un cartel pude ver escrito: “adivinanzas de la literatura infantil”. A 2 minutos de quedarme sin tiempo, vi una hoja medio arrancada. “La vendedora de fósforos”. La cogí con miedo y la leí.
Es este, lo encontré, por fin seré libre.
Corrí hacia el dios de ese libro y le di las respuestas.
-Muy bien, lo has conseguido, ahora te dejaré machar, pero, nos volveremos a ver.- dijo el entre carcajadas malévolas.
Cuando abrí los ojos estaba en mi habitación, todo había acabado. Mi pesadilla se había esfumado, y pude, por fin, conciliar el sueño tranquilamente.

Laura Méndez Arango 1º B


Premio Categoría B : Segundo ciclo de ESO

EL LIBRO DE SULAMITA

Recuerdo el día que llegué a esta casa, como si fuese ayer. Era una tarde de verano, y tenía sólo cuatro años; mi abuelo había comprado una casa junto al mar, y ahora, dieciséis años después, soy yo la que vive en ella. Mi abuelo me la dejo al morir, y con ella, su extensa biblioteca. Mi vida transcurre feliz pasando las tardes oyendo el rugir de las olas, devorando libro tras libro. Caminando por la playa, sintiendo la arena entre los dedos de los pies.
Mi vida cambió el día que llegó Sulamita. Llovía mucho y no esperaba a nadie, pero alguien picó a la puerta:
-Elissa, hermana, necesito tu ayuda urgentemente.-dijo.
Venía acompañada de Sulamita, una chica africana a la cual había adoptado seis años atrás. Hacia dos años que no las veía; vivían muy lejos.
-Necesito que te quedes con Sulamita cuatro semanas. Alfred y yo tenemos que marchar del país por negocios, y el médico asegura que con su estado no puede ir. ¿Te importaría?
-No, en absoluto. Deja tus cosas en la habitación del fondo.-respondí.
Sulamnita recogió su maleta y se dirigió, en silencio, hasta su habitación. Mi hermana sacó de su bolso una caja de pastillas.
-Una después de cada comida. Asegúrate de que las tome.
-¿Cómo?- mi mirada se dirigió hacia Sulamnita, que deshacía su maleta ajena a nuestra conversación.
-Tiene SIDA, pero no te preocupes. Los médicos creen que puede vivir. Por favor, si pasa algo, llámame.-dijo, tendiendo un papel con su número de teléfono.
Tras despedirse de Sulamita, marchó. Nunca olvidaré ese día. El mundo empezaba a girar en otro sentido.
Los primeros días en casa, Sulamita apenas habló Se pasaba horas sentada en el porche contemplando el mar, y sólo a veces se atrevía a pasear por la playa. Un día, decidí cambiar eso:
-Si tan estás tan quieta siempre viendo el mar, te vas a volver una estatua. Conozco la historia de una chica que se volvió una estatua de tanto esperar a su amante, mirando el mar.
Sulamita sonrió; la primera vez que sonreía.
-Debe ser una historia muy bonita. Me encantan las historias de amor.-dijo.
-¿Te gusta leer?-dije.
-Me encanta, aunque no tengo libros. Salimos muy rápido y no pude coger ninguno.-sus ojos color ámbar se cruzaron con los míos.
-Me guardas un secreto. Acompáñame.
Me siguió hasta la parte trasera de la casa, y con una llave abrí la puerta de lo que antes era un garaje. La puerta crujió, y entramos.
-Espera a que abra las ventanas. Cierra los ojos.
Corrí las cortinas y la luz del Sol iluminó toda la estancia.
-Ábrelos.
Sulamita abrió los ojos, y no pudo evitar dar un grito de asombro. Era una preciosa biblioteca, de pareces azules y conchas incrustas en ellas, con preciosos delfines, y barcos dibujados. Los libros estaban por toda la estancia, en las estanterías, en las mesas, en las sillas, incluso en las ventanas, y la luz lo bañaba todo, colándose entre las rendijas de las ventanas.
-Esto es increíble, es…-Sulamita no salía de su asombro-… maravilloso. ¿Puedo coger alguno?
-Por supuesto. Puedes coger todos los que quieras.-dije sonriendo.
A partir de ese día, Sulamita y yo pasábamos todas las mañanas en la biblioteca, y por la tarde en la playa, leyendo mientras el Sol nos deleitaba con su calor y escuchando el rugir de las ondas del mar. Cada día, un libro nuevo: aventuras, amor, terror… Un mundo para nosotras solas, para dejar volar nuestra imaginación. Los días pasaban tranquilos, hasta un día, en la cena. Sulamita se había tomado la pastilla, y me ayudaba a recoger.
-Tía Elly, me gustaría escribir un libro.
La miré un segundo. No era un deseo muy normal para una chica de trece años. Un libro era algo bastante serio.
-Sulamita, no sé…
-Sabes muy bien que con mi enfermedad, el tiempo no apremia.
El tema de la enfermedad. No lo solía tocar a menudo, pero al mencionarlo se me hizo un nudo en la garganta.
-¿De qué quieres escribir? Supongo que tendrás un tema fijo. Pásame el plato, por favor.
-Quiero escribir de todo, de mi vida, de todo lo que ocurre a mi alrededor, tengo muchas cosas que contar.
-De acuerdo, pero hay un problema…-Sulamita me miró preocupada- ¿cuándo empezamos?
Sulamita sonrió, y su sonrisa fue como un soplo de aire fresco. Es feliz saber que ayudas a alguien a serlo.
-Muchas gracias, Elissa.
Los días cambiaron, y por las tardes nos refugiábamos en la biblioteca, mientras ella plasmaba en capítulos todo lo que sentía: su vida en África, la primera vez que leyó un libro, toda su vida.
-¿De qué vas a escribir hoy?
-Del olor de los libros.-dijo pensativa.
-¿Tienen olor los libros?- pregunté intrigada.
-Claro que sí. Todos los libros huelen a algo.-dijo con un aire soñador esbozando una sonrisa.-Por ejemplo, Las mil y una noches huele al aroma del desierto y las especias.
-¿Y a que huele Robinsón Crusoe?
-Al agua del mar, y a la arena mojada. Parece mentira que no lo sepas, Elly.-dijo riéndose.
-¿Y, El Principito?
-¡Ese no lo leí!-dijo poniendo cara de enfado.
Luego, siempre nos echábamos a reír, y muchas veces acabábamos tirándonos en la arena de la playa. Por las noches, leíamos y leíamos, hasta que Sulamita se quedaba dormida.
Hasta que un día, fui a despertar a Sulamita como una mañana normal.
-¡Sulamita, despierta! Ya son las once.
Abrí la puerta y me encontré a Sulamita tirada en el suelo, con los ojos entreabiertos. Dejé caer el desayuno en el suelo, y corrí todo lo que pude al teléfono:
-¡Traigan una ambulancia, rápido…!
Era un veintitrés de abril, y había empezado a llover. El taxi llevaba cinco minutos esperando. Cogí la bolsa, y entré en él:
-Al Hospital San León, por favor.
La lluvia se hacía cada vez más fuerte a medida que nos acercábamos, y todo cambiaba a medida que nos adentrábamos en la ciudad.
Me paré en frente del Hospital, y entré en Recepción, donde vi a Stella, mi hermana con un café y los ojos rojos, no sabía si de no dormir, o de llorar. Me miró y nos dimos un abrazo.
-Habitación 303, hace mucho que pregunta por ti.
Subí las escaleras, hasta su habitación.
La habitación era pequeña. Sulamita tenía la mirada perdida, y sostenía un bolígrafo entre las manos. Me miró, y con una voz débil, me dijo:
-El último capítulo.-dijo entregándome unas hojas.
Lo cogí, era la letra de mi hermana. “Hospital San León” llevaba por título. Los ojos de Sulamita se cruzaron con los míos.
-¿Me escribirías…-dijo Sulamita-el prólogo del libro?
Asentí con la cabeza, y luego, saqué de mi bolsa un libro.
-¿Quieres que te lea un libro?
-¿De qué trata?-dijo. Su voz se hacía más débil a cada momento.
-De una chica que se volvió estatua de tanto mirar hacia el mar.
Pude ver una mueca en su rostro que sin duda era una sonrisa, y empezaron a brotar de mi boca las palabras, vi como su rostro se iba relajando, y su respiración era cada vez más tenue. No paré en ningún momento, ni lloré. Cuando acabé la historia, Sulamita no respiraba. Salí de la habitación en silencio y entonces las lágrimas resbalaron por mis mejillas, y mis llantos resonaron por todo el hospital, como los gritos de una persona a la que le partimos el corazón. El día que conocí a Sulamita, dejó una parte suya en mí, que mantendré para siempre…

Sulamita hablaba de los libros como los granos de cacao de su África natal.
Los granos de cacao alimentan al humano cuando tiene hambre,
los libros alimentan el alma cuando está rota.
De tu tía Elissa, para Sulamita.
Gracias. El prólogo que me pediste es todo tuyo.

Jorge Macia Arenas 4ºESO


EL LIBRO TRISTE

La historia puede ser chocante, triste o tal vez que cause pena. El caso es que esta pobre historia causará más tristeza a algunos que a otros. Un libro fue sacado al mercado por la empresa Everest. Se llamaba “Amor y Café”. Era un libro precioso, alegre, lleno de aventuras, tenía algo mágico que hacía que atrajera a la gente. La historia fue terrible. El día 27 de Marzo de 2008, lo entregaron en una librería de un pueblo de Asturias. Allí se celebraba la Feria del Libro del pueblo. El libro estaba en un pequeño puesto, justo en el centro del recinto ferial. Allí empezó una amistad con un libro de la saga de “El señor de los anillos”. Cada día hablaban y hablaban:
- Hola. Me llamo “Amor y Café”. ¿De qué va tu historia?
- Bueno, es un poco larga. Soy el último libro de una larga saga de una historia de ficción. Perdona, ya me compran. Adiós.
Nuestro pequeño amigo seguía haciendo amigos y amigos y todos esos amigos se iban. Todos sus hermanos gemelos de la tienda ya se habían vendido. El pobre libro estaba ya apenado. Sabía que llegaba el día de marcharse y nadie, nadie lo había comprado.
Una semana después, se acabó la Feria. Nadie lo había comprado.
- ¡Qué pena! Nadie me ha comprado y ahora no sé qué será de mi vida. Tendré que llorar, pensar en todas mis penas, creer que mi vida se acaba y que nadie me podrá ver mis aventuras. Ahora sólo me queda el remedio de ser consolado por mi muerte, sólo lloraré mis penas, no podré sacar mis ilusiones por todo, sólo me queda el recuerdo de mis amigos, los otros libros, que ellos podrán disfrutar de las personas que les cojan en sus manos y habrán desde la primera hasta la última página y que no les defrauden, que ellos podrán expresar sus sentimientos y yo no sé ni qué será de mí.

¿Sabéis cuál fue la solución para que este libro no fuese utilizado por otra persona? A este libro no lo tiraron, no lo quemaron, no lo desaprovecharon, no hicieron algo malo con él, no. Hubo una persona, de nacionalidad Argentina, que llegaba de retraso a la feria. Sólo vio este puesto abierto, y a la dependienta le dijo que lo compraba. Viajó a un sitio muy bonito, y en esa casa fue feliz para el resto de su vida.

Ciclo 1º ESO

Pablo Palacio Alvaré 2ºA


UN LIBRO EN EL DESVÁN 

Hola, me llamo Ronald, vivo en una vieja y gran casa a las afueras de Piedras Blancas. Yo vivía en Gijón y tras la muerte de mis padres me trasladé, hace ya un mes, a este pequeño pueblo. Desde el principio me encandiló la belleza de sus calles y el buen hacer de sus gentes.
Como ya señalé antes, vivo junto a mis abuelos, en una casa a las afueras de Piedras Blancas.
Mi madre comparaba la casa con una mansión. Al principio, no gozaba de la compañía de amigos, por lo tanto, después del colegio, me dedicaba a estudiar, hacer los deberes, investigar y explorar la gran casa.
Un día, explorando el escondido desván, encontré un gordo y viejo libro. Me intrigó, pues el libro tenía las páginas totalmente en blanco. Lo llevé a mi habitación y mi abuelo me sorprendió con él entre mis brazos. Me interrogó y yo conseguí salir airoso de la situación.
En el colegio, todo me va bien aunque, quizás, el mayor problema es que no tengo amigos. Pero con mi libro voy sobrado.
Ayer me quedé impresionado. Mi abuela me llamó para merendar cuando yo seguía investigando el libro; me encanta la nocilla, por eso, deseé que mi abuela me preparara eso. Inmediatamente, en la primera página del libro, apareció justo lo que yo había pensado y al bajar a la cocina, mi abuela me recibió con un gran bocadillo de nocilla.
Subí alucinado hasta llegar a mi cama, observé el libro y lo cerré.
Al día siguiente. probé fortuna otra vez con el misterioso libro. Mi abuelo se había ido a dar un paseo, como todos los domingos a las doce, y deseé delante del libro, como la última vez, que trajera consigo un perro. Yo siempre había querido tener un perro, pero mi madre nunca me había dejado por la maldita alergia. Mi abuela opinaba de forma distinta. Cuando eran ya las dos, mi abuelo llegó a casa con un pequeño perrito en sus manos. Yo exultante de alegría agarré al animalito entre mis brazos. El perro era negro con una preciosa mancha blanca cerca de su garganta. El animal gozaba de un carácter pausado y no ladraba demasiado, más bien era tranquilo. Este me alegró un poco la existencia, pero yo seguía emperrado en el misterioso libro, sí, aquel libro que, supuestamente, me había concedido el maravilloso bocadillo de ayer y mi mejor amigo por ahora.
Las cosas en el colegio empezaban a marchar mejor, no me refiero a los estudios, que no me podían ir mejor, un niño se empezó a acercar:
-Hola, me llamo Oscar, ¿y tú?.
-Hola, yo me llamo Ronald.
Teníamos mañana un examen de sociales, así que me preguntó sobre eso:
-¿Qué tal llevas lo del examen es un poco “chungo” no?
-Bueno. depende por donde lo mires; si estudias, no creo que tengas problemas.
-Tienes razón (riiiiiiiing) bueno, hasta mañana.
-Adiós.
Volví a casa muy ilusionado y comí mejor que nunca. A la noche, le pedí a mi libro mágico que todo lo que me está pasando no fuera una broma macabra. En el libro, se reflejó el deseo y yo feliz me fui a dormir. Al día siguiente, el deseo no se cumplió: Oscar me ignoró totalmente. Si me acercaba a él, el se alejaba; si le hablaba. me decía: “¿qué haces, chaval?”, me sentí un idiota. Al llegar a casa, no quise hablar y directamente fui hacia mi habitación. Abrí el libro y con gran desprecio lo tiré al suelo, pero inmediatamente lo recogí. Mi madre me decía “no hagas a los demás lo que no quieres que te hagan a ti”.
En el libro, apareció lo que yo pensé, cosa que me extrañó. No le di importancia. Al día siguiente, Oscar fue rechazado por todos. Lo que me intrigó fue que ellos le decían lo mismo que, ayer, Oscar me dedicó a mí. Más tarde, al llegar a casa, averigüé por qué en el libro y por que a Oscar le había pasado eso. Deseé , con el consejo de mi madre, que a Oscar le pasara lo mismo que a mi ayer. Desde ese día, guardé el libro en el desván, y no lo utilicé hasta ahora. Mi abuelo está muy enfermo así que he decidido rescatar a mi “amigo” del desván. Mi abuelo lo necesita, más bien, yo lo necesito. No se puede ir ahora. Esto es como hacerle trampas a la vida así que le pedí el deseo al libro. Mi abuelo pasó por una larga operación de pulmón y justo cuando estaba a punto de marcharse, milagrosamente, se recuperó. Y le pedí el último deseo a mi libro, que desapareciera.
Desde que el libro desapareció, todo me va bien. Es como si tuviera un ángel de la guarda, ¿lo tendré?

Miguel García García
Ciclo 1º ESO Curso: 1ºC


EL LIBRO MÁGICO DE LA BRUJA LULA

Hace dos millones de años, una bruja muy malvada llamada Lula, que vivía en el país de Brujolandia, acompañada de sus dos hermanas, Lubina y Avería, heredaron un libro de su abuela, donde había muchos hechizos y embrujos a los que echar a la gente . Ellas miraban por su bola mágica la gente que era muy buena y así, con sus embrujos, podían convertirles en gente malvada como ellas. Todas las tardes, miraban el Libro Mágico y preparaban la pócima que por la noche iban a echar a alguien bueno.

Una noche, mientras todos dormían, las tres hermanas malvadas brujas bajaron a la Tierra para echar un embrujo a Clara, una humilde niña que su familia no tenía casi nada para comer, se portaba bien con sus cuatro hermanos, sacaba sobresalientes en la escuela y si tenía tiempo, ayudaba a la gente y así podía conseguir algo de dinero para dárselo a sus padres y así tener algo para comer. Las brujas le echaron la pócima en el ojo izquierdo y se fueron rápidamente volando, en sus escobas, mientras que se reían. Al día siguiente, Clarita bajó a la cocina a desayunar una rebanada de pan con aceite, que era lo único que podían sacar de la huerta. La niña, ferozmente, tiró al suelo la pequeña rebanada de pan mientras gritaba:
-¡Quiero otra cosa de comer, no quiero ser pobre, esta casa no me gusta!
Y dando un portazo, se fue; su madre, muy asustada, se fue corriendo detrás de ella e intentando convencerla para que volviese a casa.
-¡Hijaaaa, vuelve! Somos una familia humilde y pobre que no tenemos nada para comer, pero intentamos hacer lo mejor para tí y para tus pobre hermanos.

Pero aún así, Clara no volvía a casa y seguía huyendo, No era la misma Clara se portaba mal con todos sus amigas, trataba mal a la gente y, en la escuela, se portaba mal y suspendía. Esa noche, Clara no volvió a casa sus padres; muy preocupados por lo que le podía pasar, no aguantaron más y salieron a buscarla. Su padre buscó en todos los lados del pueblo: la Iglesia, el colegio, el mercado, en casa de sus vecinos. Pero no la encontró. Volvió a casa muy disgustado; él y su mujer sólo querían lo mejor para sus hijos.

La niña estaba escondida en una cueva a las afueras del pueblo, no quería saber nada de su familia y sus hermanos. Pero a la vez, les echaba de menos y quería estar con ellos en cuello de su madre al calor de la chimenea. Clara estaba muerta de frío, tenía hambre y, en la cueva, en la que estaba escondida, era oscura y muy húmeda, así que se planteó volver a casa, pero una voz le decía:

-Si vuelves, tu familia te tomará por una cobarde y pensaran que te habrás arrepentido de marcharte.

Así que Clara dijo:

-Es verdad; ellos no me quieren; sola me las arreglaré perfectamente.

Clara intentó hacer una hoguera con unos palos que había encontrado, pero fue inútil; por más que intentaba hacerlo, no le salía ni una sola chispa; así que intentó buscara algo que comer, pero no había nada, sólo dos piñas que había cogido de un árbol. Mientras tanto, en Brujolandia, las malvadas brujas miraban en por su bola mágica lo que pasaba en la Tierra; se lo estaban pasando fenomenal y se reían de que la pobre Clara no sabía hacer nada.
En casa de Clara, su familia estaba angustiada y muy triste; todas las noches, la buscaban, pero no encontraban ni rastro de ellas. Iban pasando los días y Clara no sabía qué hacer: estaba muy enferma y tenía mucha hambre y frío lo único que quería era estar con su familia, pero había algo que se lo impedía. Entonces la pobre niña se echó a llorar y, en una lágrima, expulsó el líquido de la pócima que las malvadas brujas le había echado; así la niña se volvió buena, como era antes y volvió felizmente a su casa. La niña entró por sorpresa y su madre, muy contenta, la abrazó; juntas empezaron a llorar y todos sus hermanos se ajuntaron para abrazarla. Estaban muy contentos de que volviera a casa. Su madre le preparó un barreño de agua templada para poder lavarse, su hermano pequeño encendió la chimenea y su hermano mayor le preparó algo de comer, así todos colaboraron para que su hermana se mejorara.

Por la noche, su padre llegó de trabajar y encontró a Clara esperándole en la mesa para cenar. Su padre se puso muy contento y corrió a abrazarla; esa noche, para la familia Eliot fue la mejor de sus noches. Cenaron todos juntos y festejaron la vuelta de su pequeña hija Clara, y ella prometió no volverse a escapar más. Porque lo mejor es estar con la familia. Esa noche, Clara durmió muy feliz y contenta.

En cuanto a las tres hermanas brujas, les conmovió tanto la historia de la pequeña, Clara, que decidieron ser buenas y ayudar a la gente. No volvieron a hacer ningún maleficio y el Libro Mágico lo quemaron e hicieron un Libro Mágico en el que había consejos para ayudara a la gente. Y así vivieron todos felices y comieron perdices.

Marta Argüelles
Ciclo 1ºESO Curso 2ºA


VIAJE A LA DIVERSIÓN

¡Hola! Me llamo Blas y soy un libro de fantasía. En mi interior, escondo muchas aventuras con hadas, duendes y muchos caballeros a lomos de su caballo blanco para rescatar a la princesa encerrada en una alta torre custodiada por un malvado ogro. Mi dueña, Ana, es una chica muy alegre de ocho años. Como ya os he contado, poseo muchas aventuras. Ella todas las noches me lee unos cuantos capítulos y dice:
-¡Blas! Hoy te voy a leer cinco capítulos por lo menos.
Y yo, alegre, hago un gesto de felicidad y acto seguido abro mis páginas.
- Muchas gracias, Blas -decía ella.
Pero ahora os voy a contar una historia que me sucedió a mí hace poco tiempo, cuando mi dueña tenía tan sólo seis años.
En el verano, Ana y sus padres decidieron hacer un viaje a Barcelona, para visitar los monumentos y, por supuesto, el parque de atracciones Aquapark. Cuando llegaron a Barcelona, fueron al hotel donde se iban a alojar todo ese tiempo. Allí, dejaron sus maletas y fueron a visitar Barcelona. Se lo estaban pasando muy bien y Ana estaba deseando que llegara el día de ir al parque de atracciones. Se lo iba a pasar genial montando en las atracciones acuáticas y leyéndome. A ella le encanta leer y mucho más mis aventuras. Pero ella sólo pensaba en ir a Aquapark.
Por fin, llegó el día tan esperado por Ana. El día en que iría con sus padres a Aquapark. Salieron del hotel por la mañana, para comer y pasar el día allí. Cuando llegaron, lo primero que hicieron fue sacar las entradas. Ana me llevaba en su mano izquierda, porque en sus ratos libres, me leiría. Por fin se montaron en la montaña rusa acuática. Yo también me monté porque Ana no me quería dejar solo ni perderme. Pasé mucho miedo y además me daba mucho vértigo. A ella le encantó. Lo sé por sus repetidas carcajadas y por la cara feliz que mostraba. Durante la atracción me dijo:
-Tranquilo, Blas, no te pasará nada. Yo te llevaré en mi mano todo el rato- dijo, convencida.
Yo hice un gesto de alivio. Y ella me siguió diciendo:
-Estarás conmigo siempre.
En la siguiente atracción, había una gigante cascada. En la bajada, ella me seguía teniendo en sus brazos, pero por la fuerza que llevábamos, me resbalé, y caí al agua. Estaba muy asustado y ella no me encontraba. Fui a la salida, donde habíamos aparcado el coche. Así, al final del día, al ir al coche me verían. Ana estaba muy asustada.
Estuvieron todo el día buscándome desilusionados, por no haberme encontrado. Ana estaba cansada, por todas las vueltas que había dado para encontrarme y muy triste. Fueron hacia el coche y allí dentro estaba yo. Ella no se dio cuenta y no me vio. Me subí a su cuello y le di un abrazo. Ana estaba contentísima y sus padres también. Volvimos a casa y nos olvidamos de esa trágica historia pero con final feliz.

Raquel Arrojo López
Curso 2º A Ciclo 1º ESO


HISTORIA DE UN LIBRO EN NAVIDAD

Hola, soy… bueno, mejor dicho, era el libro de Caperucita Roja….y, como bien sabéis, estoy hecho para los niños, pero esto puede llegar a ser muy malo.
Todo comenzó aquella noche fría de Enero, la noche de Reyes; allí estaba yo… esperando a que me abriesen, temblando de los nervios, pensando en qué cara pondrían los niños al verme, ¡aunque no os lo parezca, los libros, nosotros, deseamos gustar a la gente! Estaba cubierto por un impresionante papel navideño, de ositos, y muñecos de nieve, estaba precioso; de repente, oigo muchos pasos acercándose al lugar de los regalos, encienden la luz, veo los flases de las cámaras que me dejaron sin vista unos segundos….¡QUÉ EMOCIÓN! Noto cómo desgarran el papel que me envuelve mientras oigo: -¿Qué es, qué eees? Noto cómo me alzaban unas manos al son de los gritos:¡Qué bien, qué chulo, lo que yo quería! Bien. le he gustado, pensaba, aquella noche; de la emoción, no podía dormir. María, que así es como se llamaba mi dueña, tampoco.
Al día siguiente, me leyeron más de cien veces; era genial sentir que les gustabas y que les interesaba mucho tu historia….pero….todo esto duró muy poco, a penas un mes… ese día fue el peor de mi vida. Yo estaba en la mesilla de la habitación de María, esperando a que alguien se acordase de mí y me leyese con atención; después de esperar un buen rato, oigo pasos que se aproximan; es Luis, el hermano pequeño de María, tiene 3 años; el muy burro me cogió, me llevó al salón, me abrió por la página en la que el lobo se come a la abuelita y…. ¡empieza a pintar rayas y monstruos en mi interior, encima con rotulador permanente y así, en todas las páginas, menos en la portada…Luego, con unas tijeras, me cortó las hojas por la mitad, y se las metió a los hámster en la jaula para sus pises. Yo… gritaba, lloraba y gemía, pero nadie me escuchaba; observaba a los otros libros desde el suelo, en la estantería, tan bien colocados, tan limpios tan…¡BUAAAA1, todavía ahora se me saltan las lágrimas.
La madre, la señora Ana Belén, me vio en el suelo, todo desgarrado, todo sucio,¡asqueroso!…ella me cogió con mucho cariño, y me dijo : -lo siento-. Hubo un gran silencio, vi cómo me sacaba fuera y se acercaba al contenedor; me quedé de piedra al ver que me arrojaba allí… no me pude ni despedir de María ya que el camión de la basura pasa a las tres menos cuarto, y ella sale del colegio a las tres y media.
Me sentía como un soldado herido, después de una sangrienta batalla, y que ha decepcionado a su Sargento.
Ahora pienso en todos los libros que pasan por ese maltrato, o pasaron. Ningún libro se merece esto; los libros y libretas que usan los adolescentes para los trabajos escolares son los que mas sufren; están subrayados, pintados, rotos, doblados…en resumen, hechos una auténtica porquería.
A las libretas, en cambio, les arrancan las hojas para hacer tonterías, y no piensan en sus sentimientos, ¡no es justo! sólo me queda el consuelo de haber llegado intensamente al corazón de María.
Ahora, después del reciclado, soy un libro de química en la mochila de un estudiante de universidad, respetuoso y muy bien educado. En vez de maltratarnos, la gente tendría que alabarnos como a dioses, porque somos los que les damos la información escrita y explicada correctamente.
El diccionario es un ejemplo muy claro de lo que estoy diciendo; para saber usarlo, sólo hay que saber leer y saberse el abecedario, y buscas las palabras que no sepas y te da las definiciones, claramente, y además, correctamente.
Sólo os quiero decir que nos tengáis un poquito más de respeto ya que nosotros no os hemos hecho nada malo.
GRACIAS

FDO.:El libro de Caperucita Roja

Alicia Rubín
Ciclo 1º ESO Curso: 1ºC