filMosofia

LA CASA DE ELROND: CINE

INSTRUCCIONES PARA VIVIR EN UN TONEL

Antes de acometer el estudio de la filosofía helenística, conviene echar un vistazo primero a las llamadas escuelas socráticas menores, corrientes de pensamiento desarrolladas en Atenas (cuando esta comienza ya su progresiva decadencia como “polis”) por algunos discípulos directos de Sócrates, muchos de las cuales pueden considerarse precedentes evidentes de los alejandrinos, sobre todo con respecto a la temática ética y moral. Se suelen considerar tres grandes corrientes de pensamiento: de un lado, la escuela cínica, fundada por Antístenes (450-365 a. C.), que llevará al extremo las ideas socráticas y propondrá la vuelta a una vida natural, sencilla y plena alejada de las instituciones artificiales como la familia o la polis, ideal que lo aproxima a la ética estoica. De otro lado, la escuela cirenaica, que con Aristipo de Cirene, (435-360 a.C.) a la cabeza, representa la línea hedonista de este periodo, con la afirmación de que “el placer es el fin de la vida“, tesis que encontrará amplio eco en la ética epicúrea. Finalmente, la escuelas megárica, fundada por Euclides de Megara (300-¿? a.C.) representa la línea dialéctica, que ellos desarrollan a partir del estudio del monismo de los eléatas, y que alcanzará gran notoriedad en el desarrollo de la lógica de enunciados (especialmente gracias a la determinación de los cinco modos del “condicional” o “implicación material“) y que influirá notablemente en la lógica estoica.

Centrándonos un poco más en los filósofos cínicos, es decir, los “caninos”, nombre que reciben bien porque enseñaban en el gimnasio del “Kinosarges (”perro ágil“), bien porque ellos mismos se comparaban a los “perros” (que  en griego se dice “kinos”), los cínicos defendían tanto el “máximo control de uno mismo” como la capacidad para “suprimir todas las necesidades” y la fortaleza para “aceptar sólo lo que es natural”, ideales que pasaban por el desprecio de las convenciones sociales más arraigadas. De hecho, los cínicos se reían del orgullo de los atenienses puros, que se jactaban de su condición, considerando que los saltamontes y caracoles del Ática compartían este mismo honor geográfico, y despreciaban, por antinaturales, las instituciones sociales más básicas, en especial la propia “polis”, a la que no se sentían ligados, pues preferían considerarse a sí mismos “ciudadanos del mundo” (“cosmopolitas”). Antístenes, fundador de la escuela, sostenía que la virtud (“arethé”) era algo esencialmente práctico, que no requería de abundantes palabras ni aprendizaje. Aunque parece haber sido un escritor prolífico, se le recuerda sobre todo por ciertas  máximas morales que influirán notablemente entre los estoicos: “la virtud es el fin de la vida”, “la virtud puede ser enseñada y una vez alcanzada no puede ser perdida” y “el sabio se basta a sí mismo, ya que posee por ser sabio las riquezas de todos los hombres”.

Pero de entre los cínicos, Diógenes de Sinope (412-323 a. C), llamado simplemente Diógenes el Cínico, fue sin duda el más emblemático de todos. Al igual que su maestro Sócrates, no legó a la posteridad ningún escrito, y la fuente más completa de la que se dispone acerca de su vida es la extensa sección que su tocayo Diógenes Laercio le dedicó en su “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”. Diógenes radicalizó las ideas de su maestro Antístenes, presentándose como un hombre sin patria ni casa, como un vagabundo pobre, sin oficio ni beneficio, que vivía siempre al día, pues consideraba que esta era la única manera de vivir “de acuerdo con la naturaleza”. Diógenes sabía, como muchos griegos, que alcanzar este tipo de vida, este ideal, implicaba un gran esfuerzo y sacrificio personal, a la par que superar muchas dificultades, tanto físicas como mentales: es necesario “endurecer el cuerpo (padecer frío, hambre, dolor…) y también “endurecer el carácter (soportar insultos y desprecios, no ambicionar dinero o bienes materiales…). Para alcanzar este fin no basta solo cono el “conócete a tí mismo” socrático, sino que es necesario un “gran dominio de uno mismo”. En este enfrentamiento de Diógenes con el convencionalismo yace una profunda preocupación por los valores morales y por el concepto de virtud, pues en última instancia lo que se propone es que la racionalidad propia de la naturaleza humana está en desacuerdo con la racionalidad propia de la polis, esto es, con las prácticas de la sociedad griega en su conjunto.

Siempre que comentamos en el aula alguna anécdota sobre la vida de Diógenes saltan las risas: el hecho de que hubiese tomado un tonel por hogar, que no se lavara muy regularmente o que despreciase cualquier propiedad privada por superflua (amen de cualquier título o reconocimiento propios de la vanidad, que considerada igualmente superfluos), o bien el hecho de que se pasease con un candil encendido a pleno sol, que practicase actos impúdicos en público o que prescindiese de los ofrecimientos del propio Alejandro Magno no dejan de ser historias amenas y divertidas, que esconden sin embargo una enseñanza moral mucho más honda, que nos hacen pensar en un individuo verdaderamente peculiar… en fin, que “el tipo debía de ser un nota”. Echémosle pues un vistazo a la reciente y muy divertida “El gran Lebowski” (Polygram 1998) de los hermanos Coen, para comprobar hasta qué punto una vida singular y un comportamiento excéntrico pueden  descansar en último término en consideraciones virtuosas. El protagonista de la película, Jeff Lebowski, al que se conoce simplemente como “El Nota”, es un solitario de mediana edad, desempleado y sin negocios, que vive al día en una casa mugrienta y conduce lo que parece ser su única posesión, un viejo y oxidado coche, igualmente mugriento… es decir, un ocioso que no tienen más interés que compartir amistad y buenos momentos con un grupo de amigos en la bolera local. Pero cada nuevo personaje en la obra recibe de él una pequeña lección moral sobre cómo vivir desapegado del mundo, sin interés por lo material, sin preocupación por el futuro, pues la única manera  de lograr la virtud es el autoconocimiento y el dominio de uno mismo.

EPICURO SE CORTA EL PELO

Acabamos de entrar en un periodo de la historia realmente fascinante: la Grecia alejandrina. Este es el primero de una serie de tres artículos que nos permitirán acercarnos a la ética de las distintas escuelas helenísticas. Os propongo tres películas contemporáneas para tres autores clásicos de la época. En “El marido de la peluquera” (Lambart 1990) de Patrice Leconte nos encontramos a un personaje que, desde jovencito, sueña con casarse con una peluquera. Llevado por los recuerdos de su infancia (fijaros en los permanentes “flashbacks” a la niñez del protagonista que podemos ver en este extracto, especialmente el último de ellos), nuestro héroe busca repetidamente el placer del contacto físico, del afecto sincero, de la sensualidad que se oculta en cada pequeño detalle, tras cada roce de la piel, cada corte de las tijeras o cada aliento de la peluquera. Todo un alarde de hedonismo, pues el placer se encuentra en las pequeñas cosas, único modo de alcanzar la “autarquía”, la autosuficiencia, renunciando a todo aquello que nos perturba y cultivando la amistad (podéis buscar también en este enlace el famoso baile de Jean Rocheford: todo un alarde de “eidaimonia”).

Es una escena muy sensual, por su sencillez, su naturalidad, su espontaneidad… que nos recuerda ese modo de entender la vida que nos proponía Epicuro de Samos en su “Jardín” ateniense. Recordemos que ésta no fue nunca una escuela al estilo de la Academia de Platón  o el Liceo de Aristóteles, sino más bien un lugar de retiro para la vida en común y la meditación amistosa, por tanto, una escuela donde se buscaba ante todo una felicidad cotidiana y serena mediante la convivencia y la reflexión según ciertos principios. Para el fundador del epicureismo, la adquisición de la amistad es el más grande de los bienes que la sabiduría puede proporcionar para la “beatitud” de toda una vida, pues es fuente segura y permanente de felicidad, bienestar y tranquilidad. No obstante, la amistad no debe procurarse desinteresadamente, ni con la vista puesta en obtener beneficios o utilidad: no es amigo para Epicuro quien busca esas cosas, pues el primero imposibilita cualquier buena esperanza para el futuro, mientras que el segundo mercadea sentimientos como si fueran mercancías.

Para este pensador, el hombre de bien se consagra sobre todo a la sabiduría y a la amistad, pues estas proporcionan alegría y seguridad, y son inseparables del placer, que es el objetivo de toda vida buena. El “placer” (“hedoné”)  es principio y fin de una vida “beatífica”, es decir, de una vida plácida, serena y feliz. De hecho, el placer es el bien primero para el hombre, y connatural a él. Ahora bien, aunque todo placer es un bien y todo dolor es un mal, sin embargo no todo placer debe ser disfrutado o elegido, ni todo mal debe ser evitado o rechazado, porque hay placeres de cuyo disfrute se seguirá el dolor, y existen dolores de cuyo sufrimiento se seguirá el placer. Parece que Epicuro diferenciaba los placeres según la intensidad del movimiento que es inherente a todos ellos: “placeres catastémicos” (calmados, sosegados y reposados) y “placeres cinéticos” (más movidos, que solo adornan o diversifican los placeres estáticos). Así, la serenidad del alma y la ausencia de dolor corresponden a los primeros, y la alegría y la diversión a los segundos.

El placer, por otro lado, está vinculado inevitablemente al “deseo” (“epithymaía”) pues la consecución de los placeres depende ineludiblemente de una satisfacción selectiva de los deseos. Según Epicuro, los deseos son naturales o vanos, y de entre los primeros, unos son necesarios y otros son simplemente naturales, y de los necesarios y naturales, unos son necesarios para la felicidad, otros para el bienestar del cuerpo y otros para la vida misma. Respecto al criterio que debe guiarnos en la elección y el rechazo de los deseos, este no puede ser otro que la prudencia: toda selección debe ser guiada por la “salud del cuerpo” (“aponia” o satisfacción medida y equilibrada de las necesidades naturales)  y la “imperturbabilidad del alma” (“ataraxia” o serenidad que proporcionan los placeres intelectuales), pues este es el objetivo de la vida beatífica (“makaríos zén”, que se suele traducir como “vida feliz”, en tanto remite no solo a la noción de felicidad, sino también a la de sosiego, calma, tranquilidad, placidez y bienestar). El ideal del sabio, del “sophós”, para el filósofo del jardín, pasa por una vida tranquila, retirada en la mayor medida de lo posible de la agitación y el vértigo de las cosas de la plaza pública.

LAS VIRTUDES DEL GUERRERO

El célebre pensador romano Marco Aurelio, que ha pasado a la historia como uno de los filósofo estoicos de mayor renombre antes que como Cesar del Imperio o como conquistador de Germania (sus “Meditaciones” son un texto muy recomendable, no solo para los amantes de la filosofía, sino para cualquiera que se encuentre un poco “depre” y quiera “levantarse el ánimo”), es una de las piezas claves para entender la película “Gladiator” (Universal 2000) del director Ridley Scott, que narra la historia del general hispano Maximo Decimo Meridio, mano derecha del Emperador, que asume la carga de sucederle y regresar a Roma con el fin de reinstaurar la República, aunque en el camino se cruce el hijo del emperador, Comodo, que usurpará su poder y le intentará dar muerte (a él y a toda su familia). Esclavizado, Maximo resurge adquiriendo fama como luchador en el circo y desafiando al nuevo y poderoso Cesar, ganándose el favor de las masas y enfrentándose a él en un combate sobre la arena del que sale victorioso, pues aunque este le cueste la vida, ha conseguido cumplir la palabra dada al difunto Marco Aurelio (escena recogida en este enlace, que está en italiano).

He seleccionado dos fragmentos muy interesantes: en el primero podemos ver a Maximo al frente de sus tropas en la impresionante batalla contra los germanos que abre la película, en la que el general hace gala de todas las excelencias que se esperan de un guerrero: arrojo, valor, furia, templanza… todas ellas se aprecian en el respeto que le tienen sus hombres, el miedo que le profesan sus enemigos y la devoción que le guarda Marco Aurelio, que ve en él al hombre adecuado para sucederle. El propio emperador enumera estas virtudes a su hijo Comodo: “sabiduría”, “justicia”, “fortaleza” y “templanza”, virtudes de las que aquel carece, y que le impulsan a desafiar a su padre dándole muerte (lo que es un error histórico, por otro lado) como única manera de saciar su ambición. El contraste entre ambos personajes nos obliga a decantarnos del lado de Maximo y a despreciar las “virtudes” del joven Comodo, incapaz de aceptar el orden natural de las cosas. Seguro que os estáis preguntando si la forma de actuar de Maximo se aproxima al ideal ético de los estoicos: durante la película, Maximo recibe muchos golpes, físicos y morales, y llora amargamente la muerte de sus familiares, pero poco a poco va aceptando ese destino, al tiempo que acepta también la misión para la que parece haber nacido, que no es otra que la que Marco Aurelio le ha encomendado, y que él acomete como un deber ineludible.

Marco Aurelio es uno de los representantes de la llamada “estoa tardía”, corriente de pensamiento que se inicia con Zenón de Citio, quien afirmaba en su obra “Sobre el logos” que había tres clases de discurso filosófico: el físico, el lógico y el ético. Será su discípulo Crisipo de Soli, quien establezca las subdivisiones de la ética: sobre el impulso, sobre los bienes y los males, sobre las pasiones (“pathé”) y afecciones, sobre el fin, sobre los deberes (“kathekón”). Afirma este autor que el primer impulso (movimiento hacia algo o movimiento de evitación de algo) del animal es el de cuidarse a sí mismo, pues el rasgo característico de cualquier animal es su propia constitución, y la conciencia de la misma. Pero la Naturaleza ha dotado además a ciertos animales con “logos”, que Crisipo define de forma muy plástica como una “artesanía” que permite modelar, elaborar, manipular, manufacturar, en definitiva, racionalizar los impulsos. De este modo, el “vivir bajo la razón” es para los estoicos la “vivir conforme a la Naturaleza”, y esto es tanto como decir “vivir según la arethé”.

La desvinculación estoica entre la “arethé” y las emociones (vínculo evidente en la ética de Aristóteles, como vimos en artículos precedentes, pero que los estoicos niegan) les obliga a definirla exclusivamente desde el “logos”: las virtudes son sobre todo “conocimiento” (la prudencia es conocimiento de lo bueno y de lo malo; la valentía, de lo elegible y evitable… y así sucesivamente). Toda “arethé”, así entendida, es un “bien” (“agathón”), en el sentido de un “cierto fortalecimiento o beneficio” de la misma conforme a su naturaleza racional. Y de todos los bienes posibles (bienes respecto del alma, bienes respecto de las cosas externas, o bienes indiferentes), los primeros será las virtudes, y las acciones realizadas con arreglo a ellas, pues suponen un fortalecimiento y beneficio evidente: la “felicidad” (“eidaimonia”). En este sentido, el ideal ético de los estoicos consistirá en la “apatheia” o ausencia de todo deseo y pasión y en la imperturbabilidad ante los infortunios, pues la virtud consiste en la aceptación del orden cósmico predeterminado y en acomodar la propia vida a ese orden de la naturaleza.

WOODY SUSPENDE EL JUICIO

Esta es una de mis películas favoritas: se trata de “Hannah y sus hermanas” (Orion 1986) del a veces irritante y siempre hipocondríaco Woody Allen, en la que el autor se pasa media película atacado por una crisis existencial “de caballo”: que si no se si Dios existe, que si mi vida carece de sentido, que si no tengo motivos para vivir o ser feliz… Podéis empezar por el primero de los videos, que muestra una interesante discusión entre padre e hijo: Woody abandona el judaísmo, su religión materna, y abraza el cristianismo, en un intento por recuperar el sentido de las cosas y tratar de dar respuesta a esas “grandes preguntas” que todos nos hacemos alguna vez, y cuando el cristianismo no cumple sus expectativas busca respuestas en el budismo, el protestantismo, el rito ortodoxo, hasta coquetea con los Hare Krishna… La charla que mantiene con su padre es verdaderamente impagable (y nos recuerda las palabras de Epicuro de Samos al respecto de la muerte en su famoso “tetrapharmakón”), pues éste no entiende como se puede preocupar uno por cosas por las que no tiene ningún sentido preocuparse.

Esta película nos acerca al pensamiento de Pirrón de Elis, que se conoce con el nombre de escepticismo, término derivado de “sképsis” (que significa indagación, revisión, duda) que, aunque tenga como finalidad la abstención de todo juicio, tiene lugar como resultado de una crítica. Para todos estos pensadores, la finalidad de la filosofía es la misma que para el resto de las filosofías morales helenísticas: la “felicidad” (“eidaimonia”) como bien máximo y destino último de la vida humana. Pero todos los anteriores filósofos se equivocan al suponer que el modo de lograrla pasa por la construcción de complicados sistemas que, en opinión de los escépticos, son puras contradicciones. De hecho, la “ataraxia” o serenidad del alma, así como la “apatía” o ausencia de afecciones solo puede conseguirla quien ha logrado una situación tal de equilibrio que nada le puede ya conmover, ni inclinar hacia un lado o hacia otro: ambas presuponen la “afaxia”, la “no-aserción”, el estado del alma que nos empuja a no afirmar ni negar, esto es, la actitud de quien no se pronuncia porque no tiene opiniones ni inclinaciones.

La actitud escéptica, no obstante, no es fruto de la pereza, ni del estupor, sino de un “estado del alma” (la “epokhé o abstención de todo juicio) en el que se equilibran representaciones sensibles (“fenómenos”), concepciones inteligibles (“noúmenos”), impulsos (“pasiones”), imaginaciones y opiniones. ¿Quiere decir esto que el escéptico “ni siente ni padece”? Sexto Empírico nos explica que “no es que el escéptico no se turbe… a veces siente frío y sed y cosas análogas”. Pero frente a los ignorantes, que están sujetos no solo a estas pasiones, sino al convencimiento de que éstas son malas por naturaleza, el sabio escéptico “suprime toda opinión aludida y alcanza mayor moderación en ellas”, pues al suprimir las creencias, privilegia la experiencia sobre la razón. La sabiduría, por tanto, consiste en mantener firme la convicción de que no se sabe lo que está pasando, porque lo único cierto es que la realidad (sea lo que sea) permanece siempre inalcanzable y desconocida: enjuiciar es turbarse, de modo que la “epokhé” o suspensión del juicio, lejos de ser expresión de “nihilismo”, es el único camino hacia la felicidad.

Volvemos a nuestra película: finalmente, aturdido ante tanta incertidumbre, el bueno de Woody se encierra en un cine para tratar de “ordenar sus ideas” y se encuentra con la película “Sopa de ganso” (Paramount 1933) de Leo McCarey, una de las comedias más absurdas e irreverentes que quepa imaginar (aparentemente muy poco útil para poner orden en el desconcierto), película que le retrotrae a los buenos recuerdos de su niñez, a su infancia feliz y desordenada, cuando nada era lo suficientemente importante como para suponer un trastorno grave, cuando las “grandes preguntas” no eran necesarias por absurdas y faltas de interés. Y entonces cae en la cuenta, descubre que es imposible dar una respuesta segura a todas esas preguntas y toma la opción del sabio escéptico: abstención de todo juicio, ya que nada se puede saber con exactitud ni certeza, y es mejor no emitir comentarios. Pero el escepticismo helenístico no es un quietismo (a la manera del hinduismo o del budismo) y la duda funciona a la hora de hacer juicios, no de realizar acciones, pues podemos optar por lo más probable, aceptando las normas éticas de nuestra sociedad como forma de encauzar nuestra acción: “¿acaso no te interesa esta experiencia que llamamos vida?” Y la conclusión del “sabio” Woody no puede ser más brillante: “Tal vez Dios existe, o tal vez no, pero… ¡qué más da, si tenemos a los Hermanos Marx!

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