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LA CASA DE ELROND: CINE

 ANTES QUE LA MANZANA, FUE LA NARANJA

Nos adentramos ahora en un momento de la historia verdaderamente interesante, que conocemos bajo el nombre de Renacimiento. Es un periodo de la historia verdaderamente convulso, en el que se suceden una serie de acontecimientos significativos en muchos órdenes, desde el puramente geográfico al científico, pasando por los cambios que se producen en el ámbito religioso y político. Iniciamos aquí una serie de tres artículos que nos permitirán conocer más a fondo el pensamiento filosófico renacentista (eso que comúnmente se ha conocido con el nombre de humanismo) a partir de los acontecimientos históricos más significativos. Hablaremos sobre todo de cambio, tanto en los aspectos más informales de la vida cotidiana como en los grandes hechos, además de analizar las tendencias tanto técnicas como ideológicas que sustentarán esos cambios, pero insistiremos siempre en el hecho de contemplar este periodo de la historia no como un corte, como una ruptura o revolución, sino más bien como un proceso evolutivo que surge del estado precedente, el medieval, entendido como mundo heredado.

Os propongo un pequeño repaso a la película “1492: La conquista del paraíso” (JRC 1992) del cineasta Ridley Scott, que en su momento sirvió para conmemorar el 500 aniversario del descubrimiento de América. Me veo obligado a incluiros un vídeo que recopila escenas dispersas de la película (en inglés, aunque la película este rodada en España y con actores nacionales en la mayoría de los casos). El que más nos interesa es el que abre la película: Cristóbal Colón, apostado a la orilla del mar, contempla un barco alejarse mientras explica a su hijo que, si la tierra fuera plana, el barco se alejaría cada vez más hasta ser imperceptible a la vista, y sin embargo el barco no decrece, sino que, llegado un punto, parece como que se hundiera poco a poco en el mar (conservando su tamaño, eso si), con lo que solo cabe suponer que la tierra es redonda. En fin, parece ser que mucho tiempo antes de que Isaac Newton determinase la ley de gravitación universal en sus conocidos “Philosophiae naturalis principia mathematica” (inspirado, según cuenta la leyenda, por la caída de una manzana), el amigo Colón ya había echado mano de una naranja para explicar la circularidad del planeta, que luego probará experimentalmente yendo hacia las Indias “por el oeste”.

Hemos elegido esta película para hablar de un acontecimiento maravilloso: el Descubrimiento de América (1492). Hemos tomado este momento concreto para ejemplificar el paso de la Edad Media a la Edad Moderna, frente a otros posibles acontecimientos históricos como la Caída de Constantinopla (1453) o el Concilio de Trento (1545-63) por varios motivos. Los inicios de la Edad Moderna suelen atribuirse generalmente al Quattrocento y el Cinquecento italianos y al movimiento humanístico. Sin embargo, hay que reconocer un conjunto de hechos de primer orden como determinantes del paso de una edad a otra. En primer lugar, la constitución del Estado Moderno sobre la base de un territorio homogéneo y de una centralización burocrática, que permiten el establecimiento de un poder central suficiente fuerte; en segundo lugar, el desarrollo del protocapitalismo, debido al surgimiento de una técnica financiera y bancaria que va unida al aporte de nuevos metales traídos del nuevo mundo; y en tercer lugar, la irrupción de una nueva ideología que caracterizaría lo que hoy conocemos como humanismo como elemento fundamental de la cultura del Renacimiento.

Por entonces, los grandes descubrimientos respondían a exigencias prácticas e inmediatas: la necesidad de hallar una vía marítima que permitiera continuar el comercio con las Indias tras la ocupación de Bizancio por los turcos y el aumento del capital financiero. Los navegantes estaban al servicio de Portugal y de España, y en menor medida de Inglaterra. Será Cristóbal Colon quien, confiado en un proyecto elaborado por el cartógrafo florentino Paolo dal Pozzo Toscanelli a partir de la concepción de la tierra esférica de Eratóstenes, afronte el reto de encontrar un “nuevo camino” bajo el padrinazgo de los Reyes Católicos. Las consecuencias inmediatas de este descubrimiento son evidentes: en lo económico, la repercusión inmediata sobre las formas de vida se hace notar, pues la introducción de los nuevos productos hará posible el cultivo de terrenos menos fértiles, lo que repercutirá en el crecimiento demográfico; la afluencia de metales preciosos supone una verdadera revolución, pues trae consigo un aumento de circulación de capital que impulsa la actividad económica; por otro lado, la constatación de extensísimos territorios nuevos contribuyó a desarrollar la revolución que acabó en la concepción astronómica heliocéntrica.

Pero nosotros queremos destacar el descubrimiento por ser un acontecimiento constitutivamente moderno que tiene la virtualidad de incorporar a su esfera otros acontecimientos históricos. Su impacto cambiará por completo las concepciones de la “ecumene” clásica, y hará tambalearse la concepción teológico-religiosa de la época: la convicción de que la Tierra carecía de una organización tricontinental obliga a un “cambio de paradigma”, que con Nicolás Copérnico y Galileo Galilei pondrá los cimientos de la entrada en el mundo contemporáneo. Desde el punto de vista antropológico, el “contacto” con los indígenas de las nuevas tierras hizo que se plantease de nuevo el problema de la unidad o pluralidad de la especie humana, y ligado a él, el problema del origen y filiación de las lenguas, lo que nos retrotrae a la formulación de “nebulosas ideológicas” vinculadas a la exaltación de la Naturaleza y a la vuelta a la Arcadia, así como las corrientes utopistas que verán en las nuevas tierras una suerte de Paraíso Perdido (como bien destaca el título de nuestra película). El descubrimiento de nuevas tierras y nuevos hombres supone un cambio profundo no sólo en aspectos económicos o políticos sino en aspectos ideológicos y culturales que determinarán la textura política y económica del momento.

Gustavo Bueno ha señalado que el descubrimiento de America se explicaría porque en el siglo XV ya había ciertas estructuras objetivas en marcha (“normas”) que siguen su propia ley de desarrollo, y sería en el marco de estas estructuras objetivas donde habría que reconocer los componentes del mundo heredado que vendrían madurando desde tiempos antiguos y medievales. Así por ejemplo, cuando se habla de la “ruta de las especias” con relación al descubrimiento, la demanda europea de las mismas no dependería de motivos subjetivos (necesidades o enriquecimiento) sino de dispositivos culturales objetivos, ligados a estructuras políticas y técnicas muy precisas. Entre estos componentes hay que considerar la concepción esférica del Universo (astronómico y geográfico) y las teorías helénicas desarrolladas por Eudoxo de Cnidos, Eratóstenes, Hiparco de Nicea o Ptolomeo que, a través del medievo, llegaron al siglo XV. Pero también los desarrollos cartográficos: portulanos, cartas medievales, astrolabio, brújula… Todo ello conduciría a la teoría esférica de la Tierra: es esta teoría la que posibilitó el descubrimiento de América, de manera que solo a través de ella es posible el concepto de América como dado en una teoría objetiva verdadera.

LA RAZÓN NO SE DOBLEGA ANTE LA PESTE

En este segundo artículo de la serie dedicada al Renacimiento vamos a tratar de analizar la tesitura política que tiene lugar en la vieja Europa de los siglos XV y XVI, y que bascula entre el realismo político y el pensamiento utópico. El desmoronamiento del orden medieval traerá como consecuencia una situación política catastrófica: si bien es cierto que las ciudades-estado italianas (Florencia, Milán, Urbino, Venecia…) fueron los centros más avanzados de Europa gracias a su intenso comercio mediterráneo (que alcanza a China y la India), su prospera banca y una fuerte concentración económica y cultural sin precedentes, también lo es que estas ciudades eran saqueadas por invasiones internacionales, entre otras razones porque la Iglesia Católica se había convertido en un verdadero ejemplo de corrupción y decadencia. En este periodo de crisis se forjan las condiciones para el florecimiento de nuevas estructuras democráticas y republicanas, en las que los individuos más audaces, fuertes y emprendedores, serán a la par los más despiadados. Y si bien el Renacimiento se inicia en Italia a mediados del siglo XIV, su poder de fascinación alcanzará al resto de países europeos en tan solo unas pocas décadas.

Según nos describe Jacob Burckhardt: “En la historia de Florencia se encuentran la más elevada conciencia política y la mayor variedad de formas de la evolución humana, y en este sentido bien merece la ciudad el título de primer estado moderno del mundo”. Florencia se convertirá en la patria de las nuevas doctrinas y teorías políticas, pero también de los experimentos y de los cambios, de la estadística y la interpretación histórica en sentido moderno. Muchos son los historiadores que sostienen que Florencia es la cuna y prototipo de Renacimiento, y ello debido a dos motivos: su estructura republicana y democrática y la ambición intelectual y alta preparación humanística y filosófica de sus funcionarios, líderes y gobernantes. Bajo el amparo de la familia Médici se produjo una exaltación de la cultura clásica y del concepto de la naturaleza pagano que llevó a una relajación de las costumbres, una laicización de la vida y una exaltación del lujo y el refinamiento. Un buen ejemplo de ello será la creación de la Nueva Academia Platónica, en la que destacarán autores de la talla de Marsilio Ficino, (1433-1499), Pietro Pomponazzi (1642-1525) y Pico della Mirandola (1463-1494).

Pero frente al utopismo de ciertos autores, tanto renacentistas como clásicos, una reacción realista cristalizará en la figura de Nicolás Maquiavelo (1469-1527), autor de una de las obras políticas más reseñadas de la historia y que lleva por título “El Príncipe”, cuyas claves interpretativas son, de un lado, su “concepción de la Historia”, entendida objetivamente, como sustancia inmutable de la organización social que no es vista como proveniente de la Naturaleza ni de la Divinidad, sino generada por los propios hombres en su tortuoso devenir histórico. Y de otro lado, su “concepción del hombre”, en un doble sentido: como aquello idéntico a sí mismo, cualquiera que sea el tiempo en que se le considere (concepción antievolucionista) y la idea de que en la naturaleza de los hombres entra tanto el bien como el mal, lo que nos lleva a la idea de que el político, si quiere triunfar, no puede hacer cálculos sobre la supuesta bondad o maldad de sus súbditos, sino que debe considerar siempre el peor de los casos, entendiendo que todos los hombres son malos y que éstos estarán dispuestos a manifestárselo a la primera oportunidad de la que dispongan.

Diferencia Maquiavelo entre dos formas de gobierno: la República (romana), forma de Estado en donde existe una tensión tal entre sus distintos estamentos que ninguno de ellos domina sobre los demás; y el Principado (florentino) en el que el Príncipe gobierna sin la oposición de otros nobles y con los ciudadanos convertidos en súbditos que obedecen y cumplen las leyes. Estos principados se sustentan sobre tres pilares: el conflicto y la guerra, la separación entre la acción política y la conducta moral, y el equilibrio que todo Príncipe debe tener entre “virtud” y “fortuna”. A Maquiavelo no le cabe duda de que lo que hace crecer a un Estado es el conflicto con otros Estados: el “arte de la guerra” es parte fundamental de la educación de un político, engrandece los Estados y aleja de ellos el declive y la corrupción. El Príncipe debe saber adaptarse tanto a las limitaciones personales como a las circunstancias externas, debe saber cambiar cuando lo exigen los tiempos, poder disponer de recursos ante situaciones nuevas e imprevistas, contar con la suficiente sagacidad para prever el futuro y adelantarse a él… en definitiva: “ser capaz de hacer de la necesidad virtud”.

Pero frente a este desmedido realismo político, el Renacimiento verá nacer también interesantes “propuestas utópicas”, concepciones “ideales” (al modo del proyecto platónico) que trascienden la realidad y rompen las ataduras del orden existente, en tanto que articulaciones de las aspiraciones humanas. Destacaremos a tres autores: en primer lugar, Tomás Moro (1478-1535), cuya obra principal será precisamente “Utopía” (que juega con la etimología griega “ou-topos”: “en ningún lugar” o “fuera de lugar”), una isla en la que está abolida la propiedad privada y el uso de los bienes está libremente abierto a cada uno según sus necesidades. En la misma línea tenemos a Francis Bacon (1561-1626), que en “La Nueva Atlántida” idea un paraíso de la ciencia y la técnica (sin entretenerse en proponer formas nuevas de organización social y política) que aumente el conocimiento de las causas para incrementar los límites de la mente y de sus poderes sobre la naturaleza. Finalmente, Tommaso Campanella (1568-1639) en su “Ciudad del Sol” presenta un régimen político teocrático, jerarquizado y comunitario fundado en una concepción más ético-religiosa y cósmico-mágica que propiamente burguesa.

La película que os muestro a continuación se titula “Los señores del acero (Flesh & Blood)” (Orion 1985) del holandés Paul Verhoeven: corre el año 1510, y Europa entera esta anegada por toda suerte de batallas, guerras y revueltas, fruto de la insaciable sed de poder y dominio de los señores de la guerra, viejos resquicios de una forma de entender el mundo, la sociedad feudal, que vive sus últimos coletazos. Porque estos caducos señores feudales tienen hijos que leen a Nicolás Oresme (1323-1381), Leonardo da Vinci (1452-1519) y Giordano Bruno (1548-1600), hijos que reniegan de las viejas formas, obsoletas, para apostar por la verdad a través de la ciencia. Me ha costado mucho encontrar un vídeo adecuado de esta película, así que os propongo esta mezcla que recupera algunos fragmentos en su original inglés. El arranque resulta muy interesante para comprobar como se toma un castillo al asalto, pero más interesante aun es ver a un joven y noble aprendiz cantarle las cuarenta al curandero, empeñado en hacer sangrías a todo aquel que tiene la lepra, en lugar de utilizar los nuevos métodos que nos aportan la medicina y la química (en un estado rudimentario, bien es cierto, pero algo es algo).

ESE INVENTO DEL DEMONIO

El tercero de nuestros artículos dedicados al Renacimiento tratará de analizar el proceso de Reforma Protestante que sufre la Iglesia a partir de la publicación de Las 95 tesis de Martín Lutero (1483-1546) que aquí os presento en la reciente película de Eric Till, que en un ataque de inspiración a titulado “Luther” (Paramount 2005). El primer vídeo condensa la totalidad de claves para entender el conflicto que enfrentó al joven sacerdote y doctor en teología con la cúpula de la Iglesia romana. La campaña de indulgencias iniciada en la ciudad de Roma, dada la necesidad de sufragar la costosísima construcción de la nueva Basílica de San Pedro, a mayor gloria y grandeza del nuevo Papa León X (que no de Dios, como cabría esperar), ha obligado a la iglesia a hacer un esfuerzo económico importante, para la que es necesaria la ayuda del pueblo. Cientos de clérigos recorren Europa pidiendo la contribución de los pobres, a los que se les promete el paraíso por unas pocas monedas. Nos encontramos en la nueva Babilonia, un lugar marcado por la corrupción y la lucha por el poder, donde todo se puede comprar, desde la satisfacción de la carne, para aplacar nuestro deseo sexual, hasta la salvación del alma, para limpiar nuestra conciencia de pecados.

La visita que Lutero realiza en 1510 a la capital del mundo cristiano (que podéis ver en este enlace) indigna de tal manera al entonces monje agustino de Erfurt, que no tiene por menos que denunciar los hechos: una moneda de plata y unos cuantos padrenuestros bastan para liberar a su abuelo del Purgatorio (el propio Lutero se lamenta de su pobreza, consciente de que unas pocas monedas más hubieran significado la salvación de toda la familia). Lutero estalla: en el año 1517 redacta y hace públicas las famosas 95 tesis, en las cuales proclamaba un retorno al auténtico espíritu evangélico y al mensaje bíblico, donde se incluyen la defensa de la salvación por la fe y no por las indulgencias, el rechazo de la virginidad de María y el culto a las imágenes y a los santos y, sobre todo, la “libre interpretación” de la Biblia. Al momento de su publicación, las tesis se dan a la imprenta, recién ideada por Gutenberg, “ese invento del demonio” que permite que todo alemán que sepa leer pueda sacar sus propias conclusiones de la lectura de los evangelios. Ni que decir tiene que esto supone la excomunión de Martín, que se libra de las llamas por los pelos. Pero la traducción de la Biblia al idioma alemán (un idioma bárbaro, vulgar frente al latín) realizada por Lutero será el punto de inflexión definitivo.

Esto, amigos míos, es el comienzo de una nueva era, pues si bien es cierto que la interpretación bíblica (la conocida “exégesis” latina) había comenzado con la Patrística en el siglo III, inaugurando el movimiento hermenéutico (del verbo griego “hermenéuo”, comprender, que tanto juego ha dado a la filosofía del siglo XX), serán precisamente los “padres de la Iglesia” los que “fijen el dogma”, que a partir de entonces no podrá ser modificado por una nueva lectura e interpretación (por algo es un “dogma”). Si el ser humano no necesita del Papa, ni de la Iglesia, para comprender el mensaje divino, y si es libre “de pensamiento” para decidir por su propio criterio “qué es lo que está escrito”, entonces ya no es un vasallo, ni un esclavo, es un “individuo” (del latín “in-divido”, que no se puede dividir, que no tiene partes, un “átomo”) y por tanto una “perspectiva”, un punto de vista sobre el mundo, uno entre millones: el de Lutero, el mío, el de cada uno de nosotros. El hombre es “un hombre”. Y todo porque la imprenta permite a todos el acceso al conocimiento: ¡y el conocimiento es poder! Conviene que no perdáis de vista esta pequeña lección cuando acometamos el estudio del filósofo alemán Gottfried Leibniz… que nos hablará de “monadas”.

La Reforma cristaliza en un clima que se venía gestando desde la Edad Media: herejes y reformadores medievales habían iniciado una tradición de crítica que trataba de contener la progresiva mundanización de la Iglesia. Las corrientes humanistas evangélicas ideaban una restauración del “texto exacto” de los primeros libros cristianos. Los mayores exponentes de este movimiento serán el español Juan Luis Vives (1492-1540) y el ingles Tomás Moro (1478-1535). Pero serán las obras de Erasmo de Rotterdam (1469 - 1536) las que marcarán las directrices culturales y espirituales, que pasarán a ser adoptados por escritores, intelectuales y hombres de Estado. Junto a la difusión en Alemania y Holanda del humanismo erasmista, podemos precisar varios factores históricos más favorables al triunfo de la Reforma: el declive del prestigio de la Curia Romana y el Papado; la cristalización en Alemania de los programas centralizadores del Estado Moderno; la política de los príncipes alemanes tendente a impedían cualquier atentado contra los privilegios de la “Bula de Oro” de Carlos de Bohemia; y finalmente la fermentación económico-social provocada por la afluencia de metales preciosos provenientes del Nuevo Mundo.

El nuevo principio es verdaderamente revolucionario porque se niega a reconocer a la Iglesia, “encarnación histórica del Espíritu Santo”, como única intérprete autorizada de la palabra divina. La Iglesia cristiana de la Edad Media, única y universal, había dejado de existir: en lugar de una Iglesia habría muchas iglesias. Se ponía de manifiesto el importante papel que desempeñaba el Estado en el proceso de configuración religiosa y el enorme fortalecimiento que experimentó gracias a dicho proceso. Las distintas confesiones se consolidaban a través de los Estados a la vez que los bastiones de fe se convertían en bastiones de hegemonía política. El Calvinismo tendrá su cuna en Suiza de la mano de la acción reformadora de Ulrico Zuinglio, cuya obra fue recogida por Juan Calvino (1509-1563) quien defiende la doctrina de la predestinación absoluta, y pronto se extenderá a Francia y los Países Bajos. El Luteranismo hará lo mismo en los estados escandinavos y Dinamarca (y en menor medida en Polonia, Bohemia y Hungría). Inglaterra es un caso excepcional, pues la reforma fue un acto exclusivo del poder de Enrique VIII que llevó a cabo la separación de Roma al fundar el Anglicanismo.

La Iglesia católica reaccionará rápidamente ante la Reforma respondiendo con un amplio movimiento de restauración religiosa que se conoce como Contrarreforma. Para combatir a los protestantes surge una nueva orden religiosa: la Compañía de Jesús, fundada por el español Ignacio de Loyola, que llegó a organizarse como una estructura militar y que tenía como regla básica la obediencia pasiva a las órdenes del Papa. Otro de los instrumentos de lucha contra la Reforma fue el Concilio de Trento (1545-63), que dio lugar a una gran obra de reorganización doctrinal y disciplinaria del catolicismo. Desde el punto de vista filosófico, la Contrarreforma generó una serie de obras y corrientes de pensamiento político que pretenden una conciliación entre la “razón de Estado” y las exigencias de la moral. Destacamos aquí a Jean Bodin (1529-1596), quien llevará a cabo la crítica moralista a Maquiavelo. Algunos teólogos y pensadores católicos llegarán a realizar una verdadera cruzada contra el pensamiento realista maquiavélico tomando como punto de partida el análisis del poder político: es el caso del español Francisco Suárez (1548-1617), que llegará a exponer una primera concepción contractualista del concepto de soberanía.

EL CAMBIO DE PARADIGMA

Una de las consecuencias más destacadas del Descubrimiento de América (1492) dejando a un lado las repercusiones económicas, políticas e ideológicas evidentes (y de las que ya hemos hablado en un artículo precedente), fueron los desarrollos técnicos y científicos derivados, en especial el que tiene que ver con la metodología científica: el logro más importante de la época moderna temprana es la constitución de un nuevo “concepto de ciencia” basado en una “concepción metódica” de la ciencia natural en el que la razón y la experimentación son los dos únicos fundamentos del conocimiento seguro. Nos remitimos de nuevo al clásico de la divulgación científica, Carl Sagan y su serie televisiva “Cosmos: Un viaje personal”, que analiza el problema del “movimiento de Marte” (que nos plantea una duda a la que hay que poner solución a partir de alguna hipótesis, ingeniosa y descabellada, que dé cuenta de los hechos observados) y desde aquí nos propone una comparativa entre el pensamiento antiguo, ejemplificado por las teorías del astrónomo Ptolomeo y su modelo geocéntrico, y la nueva ciencia, personificada en las figuras de Copérnico y sobre todo de Kepler,  con su nueva perspectiva heliocéntrica.

Claudio Ptolomeo (100-170), el más importante de los astrónomos alejandrinos, había desarrollado una magna obra traducida al árabe como “Almagesto” (“el más grande”) en la que propone una nueva representación geométrica del movimiento astronómico que, conservando el ideal platónico de perfección del movimiento circular, explicara mejor los fenómenos y permitiera predicciones más concretas y cálculos más precisos: se trata de una teoría basada en “epiciclos” y “deferentes”, así como en “círculos excéntricos” que rompe con la teoría de las esferas homocéntricas. Se sustituyen así las esferas aristotélicas por círculos platónicos, que ya no son meras representaciones físicas, sino figuras ideales geométricas que permiten organizar las observaciones. Este modelo permitirá ir dando soluciones a los fenómenos que terminarían por romper el modelo aristotélico, y desde un punto de vista teórico se empezará a cuestionar la posición de la Tierra como centro, pues los “planetas” (“errantes”) no giran directamente alrededor de la Tierra sino alrededor de centros geométricos (el del círculo excéntrico, el del epiciclo…). Pese a todo esto, el sistema astronómico ptolemaico y el sistema cosmológico aristotélico pasarán juntos a la Edad Media.

La gran transformación de los estudios astronómicos llegará en el siglo XV de la mano de Nicolás Copérnico (1473-1543), quien habiendo cursado estudios en Cracovia y Padua se había familiarizado con las nuevas ideas expuestas en París por Jean Buridan (1300-1358) y Nicolás Oresme (1323-1381) y su física de “ímpetus” (que planteaban la cuestión de que es posible que no haya consecuencias observables derivadas del reposo o del movimiento de la Tierra). La teoría copernicana se inspirará en los presupuestos platónicos y pitagóricos de la belleza y sencillez del universo (lo que conocemos como “paradigma mágico-estético”) e intentará dar salida a la contradicción entre astronomía y cosmología antes mencionada. En “De revolutionibus orbium coelestium” se plantea una teoría heliocéntrica que permite simplificar enormemente el número de círculos, epiciclos y deferentes que habían ido postulándose para adecuar los fenómenos observados al modelo ptolemaico a objeto de restaurar el modelo de esferas homocéntricas de Eudoxo y salvar la visión ordenada de Aristóteles. La nueva teoría suponía demostrar realmente que la Tierra se mueve, frente a los argumentos de aquellos, y convertir a la astronomía en una ciencia “físicamente real”. La Tierra se mueve de tres maneras: en rotación sobre su propio eje (diario), en traslación alrededor del sol (anual) y según la revolución del eje terrestre que explica las estaciones y la precesión de los equinoccios.

Sería Johannes Kepler (1571-1630) quien rompería definitivamente con la astronomía tradicional a partir del heliocentrismo copernicano. Observó que era imposible conciliar su hipótesis sobre la variación proporcional de la velocidad de los planetas con la circularidad de las órbitas. La conclusión fue que las órbitas eran “élipticas” y no circulares, lo que suponía aceptar que las variaciones de velocidad no eran aparentes sin “reales”, y seguían una regla fija que Kepler estableció empíricamente en “Astronomia nova” y que necesitaría de la nueva teoría física newtoniana para quedar definitivamente explicada en términos físicos. Las nuevas tres leyes astronómicas establecidas por Kepler son:

1. Las órbitas planetarias son elípticas y el Sol está en uno de los focos de la elipse.

2. La velocidad orbital de cada planeta es tal que una línea imaginaria que una el centro del planeta con el centro del Sol barre áreas iguales en tiempos iguales.

3. Los cuadrados de los periodos de los planetas son proporcionales a los cubos de sus distancias medias al Sol.

A HOMBROS DE GIGANTES

La aplicación sistemática del telescopio a la observación de los astros realizada por Galileo Galilei (1564-1642) permitió que muchas de las ideas platónicas y aristotélicas terminasen por ser abandonadas: los astros no son esferas perfectas, ni están hechos de una sustancia diferente de la de la Tierra, hay más astros de los que se ven a simple vista (Júpiter tiene lunas que giran sobre él, y suponen un modelo en miniatura del sistema solar) y las estrellas no cambian de tamaño al mirarlas por el telescopio (lo que nos indica su enorme lejanía). Galileo rompe con la idea de los movimientos naturales al afirmar que todos los cuerpos se comportan de forma igual con respecto al movimiento: no hay movimientos naturales diferentes, sino que “todos los cuerpos son graves” y todos siguen las mismas leyes, pues la diferencia entre ellos no está en función de su naturaleza sino que es puramente “cuantitativa”. Los cuerpos no tienen en sí mismos el principio del movimiento: la diferencia entre reposo y movimiento es “relativa” y está en función de la relación posicional de un cuerpo con respecto a otro. Galileo definió así el “movimiento uniforme” y el “movimiento uniformemente acelerado”, que explican la variación de velocidades en la caída de los graves, además del movimiento de los proyectiles.

No obstante todo lo dicho, el principio de inercia expuesto por Galileo no será suficientemente preciso, pues era entendido como un movimiento circular del que no se pueden extraer todas las consecuencias de una geometrización total del espacio. En todo caso, el aristotelismo estaba totalmente barrido: el movimiento no necesita motor, el reposo es relativo y lo que hace un motor no es provocar el movimiento sino la “variación del movimiento” (la “aceleración” de los cuerpos). A estos logros debemos unir la introducción del método hipotético deductivo para el análisis de las ciencias físicas, novedosa herramienta que trata de combinar el momento inductivo propio de las ciencias empíricas con el momento deductivo que caracteriza a las ciencias formales. Los pasos que debe de seguir este método son los siguientes: descomposición de lo que se describe en elementos simples (“análisis” de las apariencias); composición de “hipótesis”; comprobación mediante “experimentos” (tanto prácticos como teóricos); “deducción” de consecuencias; y composición de “leyes de la naturaleza” formuladas “matemáticamente”. La sustitución del concepto  de “esencia” por el de “función” es fundamental para la comprensión moderna de la nueva ciencia. Podemos comprobar algunas de estas ideas en arranque de la película “Galileo (La vida de Galileo)” (GB 1972) de Joseph Losey, adaptación de la pieza teatral del dramaturgo Bertolt Brecht. También resulta interesante la versión de 1969 “Galileo” de Liliana Cavani, que podéis consultar en este enlace).

Isaac Newton (1642-1727) consiguió establecer la síntesis definitiva de la nueva visión del mundo. Influido por el mecanicismo, pero también por el neoplatonismo, y conocedor de la obra de Galileo y Descartes (“a hombros de gigantes”) sistematizó la nueva cosmología acudiendo a un criterio que “repugna a la razón” de los mecanicistas, pero que él asumió con su famosa frase “no finjo hipótesis”: la acción a distancia. En su obra “Philosophiae naturalis principia mathematica” deriva de principios mecánicos todos los fenómenos naturales, suponiendo que todos ellos se deben a la fuerza de atracción y repulsión que están en todos los cuerpos. Establece los tres principios de su sistema como sigue:

1. Principio de inercia: todo cuerpo persevera en su estado de reposo o movimiento uniforme en línea recta, salvo que se vea obligado a cambiar el estado por la acción de alguna fuerza.

2. Principio de la fuerza: el cambio de movimiento es proporcional a las fuerzas motrices impresas, y se hace según la línea recta en la cual se imprime dicha fuerza.

3. Principio de acción y reacción: la acción es siempre contraria e igual a la reacción, como las acciones mutuas de dos cuerpos son siempre iguales y dirigidas a partes contrarias.

Estas tres leyes, al introducir la “fuerza” añaden a la Cinemática de Galileo la Dinámica.  A estas leyes une Newton la teoría de la gravitación universal (“dos cuerpos cualesquiera se atraen con una fuerza que es directamente proporcional al producto de sus masas e inversamente proporcional al cuadrado de su distancias”) según la cual todos los fenómenos, terrestres y celestes, se rigen por los mismos principios antes propuestos. La teoría heliocéntrica deja de ser definitivamente una hipótesis: con ella quedan explicadas las leyes empíricas de Kepler y razonados los movimientos elípticos, fundamentados físicamente. Cómo se transmite esta fuerza a través del espacio vacío es algo que no se plantea o se deja abierto: Newton postula que existen un espacio absoluto y un tiempo absoluto que rigen todos los fenómenos, y una visión “corpuscular” de la materia (y de la luz) compuesta por átomos y vacío. La nueva síntesis carece no obstante de historia, pues el origen del Universo y su estructura no tienen explicación: Dios había dispuesto así las cosas, y otros mundos, con otras leyes, podrían haber sido creados. Immanuel Kant primero, y William Herschel y Pierre-Simon Laplace después, siguiendo la estela de Newton, pudieron establecer finalmente la primera cosmogonía atea del sistema solar (en la que “la hipótesis de Dios no ha sido necesaria”) según la cual los planetas son partes desprendidas del Sol, lo que explica porqué todos se mueven en el mismo plano y con el mismo sentido del giro.

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