Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

Artículos de Febrero, 2008

INTRODUCCIÓN A LA GLOBALIZACIÓN

Publicado por serafingf el 22 Febrero 2008

Pablo Huerga Melcón: Ponencia del marportada24minites 12 de febrero de 2008

1. El problema que voy a plantear aquí hoy es el problema fundamental que está debajo de todas las discusiones acerca de lo que es la globalización. Me refiero al problema de la libertad del individuo. ¿Somos libres? ¿Cómo podemos conservar la libertad?

Esta pregunta es esencial en el contexto del problema de la globalización. Porque la globalización es un fenómeno que incumbe a la propia existencia de los estados, y de los individuos, organizados en estados. Durante los últimos años hemos ido haciendo fronteras de cemento que separan nuestro jardín industrial avanzado, del resto del mundo. En cada frontera se evita el paso de personas de distintas maneras, pero en todas ellas, es evita que los individuos habitantes del tercer mundo, puedan acceder a nuestro mundo desarrollado.

Es extraño plantearse la pregunta sobre la libertad, cuando hoy para cada uno de nosotros parece obvio que somos verdaderamente libres, más libres que nunca, porque podemos elegir nuestros productos, tenemos un abanico prácticamente infinito de elección. Vivimos en el mercado pletórico de la riqueza y la opulencia. No hay ninguna razón para poner en duda nuestra libertad. Sin embargo, esta libertad de la que hablamos, sólo es posible gracias al permanente expolio, explotación y latrocinio del Tercer mundo. El mundo civilizado debe su éxito a este permanente y sistemático latrocinio. Lo es en la actualidad, y lo ha sido desde hace cientos de años. La historia de occidente es la historia de la “mundialización” derivada de los procesos de colonización e imperialismo que los países occidentales han llevado a cabo en el llamado Tercer mundo, en un proceso constante de enfrentamiento y guerra entre países. Gracias a esa explotación sistemática, vivimos como vivimos. Pero más que nunca se hace evidente hoy, que nuestra riqueza se debe a la pobreza de otras naciones. Su pobreza es nuestra riqueza, y nuestra riqueza es su pobreza. Vivimos en lo que Miguel Morey ha llamado “un holocausto cotidiano”.

Pero a qué es debido esto. Cómo es posible que hayamos llegado a esta situación de Holocausto cotidiano. Nadie aún quiere hacerse responsable de lo que pasa en el Tercer mundo. Nadie quiere asumir que tal vez su conducta indolente, neutra, y estrictamente personal, pueda tener nada que ver con lo que ocurre en el Tercer mundo. Nadie asume que su vida pueda estar jugando un papel importante en lo que ocurre en el Tercer mundo. Es más, estamos hartos de verlo, y todos echamos balones fuera, escurrimos el bulto, miramos para otro lado, cambiamos de canal, y dejamos en manos de los políticos, el sostenimiento y la responsabilidad de lo que ocurre. ¿Puede alguien ser libre, no sentirse libre, sino serlo, realmente, una vez que asume la responsabilidad histórica que le toca, más que nunca, ante lo que está ocurriendo en cientos de países?

Cómo se ha llegado a esta situación. Yo diría que hay un hecho nuevo en el siglo XX, algo ocurre en el siglo XX que da lugar, y hace posible, esta terrible situación de lo que llamamos hoy el holocausto cotidiano del Tercer mundo derivado de la globalización. Me refiero a lo que Ortega y Gasset llamaba “la rebelión de las masas”. Según Ortega, también Spengler, etc., las masas han tomado el poder, hoy todo está lleno de gente. La gente entra en los cafés, en los trolebuses, en las calles, en las escuelas, en los hospitales, la masa impone su ritmo y desborda los espacios dedicados tradicionalmente a las élites económicas y políticas de las sociedades tradicionales. A Ortega eso le producía mucho desasosiego. Las masas han ocupado el mundo, vienen aquí para quedarse, y son el reflejo de una situación histórica absolutamente nueva e irreversible: el aumento exponencial de la población mundial durante el siglo XX. Las masas, además, se han hecho sujeto de la historia, y juegan un papel, eso es lo verdaderamente nuevo. Pero la primera manifestación de esas masas es precisamente la aparición de movimientos políticos propios, genuinos de las masas, como Ortega decía, el socialismo y el fascismo. Movimientos sociales enfrentados, pero con un perfil común, el hecho de ser movimientos de masas.

Pero las masas se hacen públicas también por otra razón esencial, que consiste en que son además, por derecho propio, el foco en torno al que gira toda la barbarie bélica de los estados. Por primera vez en la historia, las masas se convierten en sujetos agentes de la historia en los procesos bélicos. Y es precisamente la guerra civil española donde se pone de manifiesto esto. Los dos movimientos de masas enfrentados, el socialismo y el fascismo, entran en guerra, en guerra civil, y en cuanto a los muertos, también son las masas las que los ponen por delante. Por primera vez en la historia de la guerra, la guerra utiliza a las masas como parte de la estrategia militar. Ya no se trata de exterminar poblaciones enteras de castigo, o de dejar al pillaje a una ciudad tomada al asedio, para que se desahoguen los soldados, como pasó con Roma, cuando la tomó Carlos V, o con Constantinopla, cuando fue tomada por los turcos. Ni siquiera el exterminio de Salamina, llevado a cabo por Clístenes, en el período de la dictadura de los treinta tiranos de Atenas. Hablamos de un exterminio sistemático basado en la propia estrategia militar. No se trata de operaciones de castigo, sino de operaciones militares propiamente dichas. La masa forma parte del enemigo, no solo el ejército enfrentado.

Ese fenómeno que nació en el siglo XX, y que tuvo su primera prueba de fuego en el bombardeo de Guernika, Valencia, o Barcelona, también y particulamente, Madrid, alcanzó límites nunca vistos en la Segunda guerra mundial, donde el número de muertos en plena contienda como parte de la táctica militar, alcanzó límites prácticamente inconmensurables. Tan inconmensurables son estos límites, que han llevado, por la presión mediática de grupos de interés diverso, a poner en duda los acontecimientos más salvajes que tuvieron lugar durante esta guerra. El Holocausto nazi supuso la eliminación, exterminio, ejecución sistemática de más de seis millones de judíos en Europa, más once millones de muertos entre soldados y civiles en la antigua Unión Soviética.

Pero no sólo hablamos de lo que hicieron los nazis, también desde el bando contrario, en el de los aliados, se llevaron a cabo actos criminales contra las masas nunca vistos. Hablamos por ejemplo, del efecto del Proyecto Manhattan. Un proyecto que fue puesto en marcha precisamente por muchos de los científicos judíos que habían abandonado Alemania por las persecuciones de que fueron objeto y que llegados a EEUU pusieron en marcha, por iniciativa precisamente de Leo Szilard, y con apoyo de Einstein. El caso es que este proyecto de creación de una bomba atómica tenía sus partes menos confesables. Leslie Groves, general encargado del desarrollo del proyecto había contribuido a planear el proyecto como un gran experimento científico tecnológico, seguramente el más salvaje de la historia del mundo. Porque ciertamente se había previsto que determinadas ciudades japonesas, entre ellas, Hiroshima y Nagasaki, habrían de quedar al margen de la guerra, fuera de las campañas bélicas de bombardeos tradicionales. Todo con el fin de que una vez arrojada la bomba, pudiera valorarse con objetividad, y científicamente, el efecto devastador de aquellas bombas. Cuando el día 6 de agosto de 1945 a las ocho de la mañana explotó la bomba atómica Little Boy a quinientos metros del suelo de Hiroshima, esta ciudad aun no había recibido ningún bombardeo. Cientos de expertos militares y científicos americanos estudiaron posteriormente los efectos de la bomba, analizando el efecto de la onda expansiva, las temperaturas alcanzadas en cada punto, el efecto del calor en personas, animales y cosas, alcanzando un nivel de detalle que deja pocas dudas acerca del carácter experimental del evento. Se trataba ciertamente de un experimento científico, en el una ciudad de unos trescientos mil habitantes era arrasada por las bombas. Los bombardeos de castigo que hicieron los aliados en Alemania, una vez vencida, no corresponden tanto a este modelo nuevo de guerra en el que las masas forman parte de las tácticas militares, cuanto al modelo clásico del castigo y la venganza derivada de la victoria. Se parecen más a lo que Carlos V hizo con sus soldados una vez vencida Roma, o otros acontecimientos históricos semejantes.

Esta bomba, y la de Nagasaky no se arrojaron para terminar la guerra, la guerra estaba prácticamente terminada, Alemania había caído en manos de los soviéticos meses antes, y poco quedaba ya por hacer. Pero el verdadero enemigo potencial de EEUU, la URSS, tenía que ver de lo que eran capaces los americanos. Con ella nació lo que se ha dado en llamar la Guerra fría, el producto típico de la sociedad de la rebelión de las masas, tal como la definió Ortega. Un orden mundial basado en la presencia antagónica de dos modelos sociales enfrentados, con la misma capacidad tecnológica, y con un mismo proyecto que los hacía incompatibles, la mundialiación de su forma de vida, o si se quiere la globalización de su proyecto: por un lado la mundilización del comunismo como alternativa histórica inevitable, tal como lo definía el marxismo, o la mundialización del capitalismo, tal como lo defendía la doctrina norteamericana.

Durante decenas de años, la guerra fría mantuvo al mundo divido en dos bloques enfrentados dentro de una dialéctica de estados en la que unos y otros aparecían aliados de los dos países hegemónicos. Se hablaba así de “tres mundos”, el mundo capitalista occidental, el mundo comunista del este, y luego, además, el tercer mundo, que ni pincha ni corta, pero que es el soporte de las fuentes energéticas, y de materias primas que aquellos países hegemónicos requerían para seguir alimentando sus planes expansionistas mundializadores enfretados.

Ahora, lo que ocurre es que en diciembre de 1991, un año y pico después de la caída del Muro de Berlín, que representaba el enfrentamiento entre bloques de la guerra fría, la Unión Soviética, el país hegemónico que regentaba las esperanzas y los horizontes de las masas obreras del mundo, se vino a pique, se hundió, unos dicen que a consecuencia del extrangulamiento de Occidente, otros que por causas internas –desde luego causas internas hubo muchas, pero en cualquier caso, lo cierto es que la URSS y con ella, el bloque del Este se hundió y el mundo entero, todas las sociedades políticas desembocaron en un nueva era geopolítica, basada en el modelo económico capitalista de producción, distribución y consumo y especulación de bienes.

Este nuevo mundo, no nos engañemos, se dice que está regido por las multinacionales, que ya no existen pueblos ni naciones, que las verdaderas naciones de hoy en día son las multinacionales, pero no es verdad. Las multinacionales tienen patria, y en sus estados reciben todo el apoyo institucional para que sigan extendiendo por la tierra sus bienes de consumo, y sus estrategias comerciales. Es el mundo de la Globalización.

La globalización, por tanto, es un proyecto imperial, lo mismo que lo fue el comunismo en la URSS, es el proyecto imperial de los países capitalistas avanzados, encabezados por EEUU que tiene como ariete a las grandes multinacionales, y a los ejércitos en caso de que la cosa se ponga fea y los países no se avengan al modelo imperante, como ocurre con Irak, Cuba, etc. Con ella, desde luego, la sociedad masa tal como la definió Ortega ha desaparecido. Ya no hay masas, porque entre otras cosas los movimientos de masas característicos, el fascismo y el comunismo, han sido derrotados y superados por la historia.

Emerge un tipo de sociedad nuevo, la llamada sociedad global que tiene características propias y se aleja de aquel formato de la guerra fría. El enemigo de la globalización, el único enemigo que le queda al imperio y a sus arietes, las multinacionales, son precisamente los Estados organizados y fortalecidos en el contexto de la guerra fría y de la época de las masas. Los estados nación, creados en el contexto de la rebelión de las masas, que conformaron toda una serie de servicios y formas de vida tuteladas, para dar cabida a la producción y sostenimiento de la propia independencia de los estados en el contexto de la globalización, los estados que fueron el mejor argumento contra la crisis económica del 29, tal como puso de manifiesto el keynesianismo, son ahora el principal obstáculo para la globalización económica, política, ideológica y social del imperio resultante.

Los estados, después de muchos avatares, han desembocado en la primavera de las democracias, y los ciudadanos encuentran en ellos, el único referente de su libertad. Sólo en el estado un hombre vale un voto, independientemente de su riqueza o pobreza. Sólo en el estado un individuo puede hacerse persona y vivir una vida digna apoyada en servicios sociales elementales y universales, al margen de beneficios económicos. Ya decía Espinosa que sólo en el estado el hombre alcanza su libertad.

Pues bien, precisamente esa balsa de libertad que se agita en el proceloso mar de la competitividad salvaje y despiadada del comercio mundial regido por los “inmutables” estatutos de los negocios, es la que estorba a la estrategia imperial de la globalización. Los estados pierden potencia cuando pierden capacidad económica, cuando privatizan empresas y servicios, y dejan en manos de las multinacionales la gestión de bienes que se entienden aún como derechos inalienables de la persona. Ante el estado el hombre tiene un voto, ante las multinacionales, sólo el dinero decide.

¿Cómo se consigue que nosotros, los ciudadanos, asumamos los dictados de las multinacionales? Mediante el bombardeo sistemático de la manipulación de la información, y el acoso sistemático de la publicidad, que transmite una imagen de felicidad y belleza infame. Haciendo creer al hombre que la eficacia y la rentabilidad racional del proceso económico es independiente de los derechos de las personas. Inventando para el hombre miedos telúricos y metafísicos que alejan la realidad de la explotación cotidiana del tercer mundo para mantener nuestro estatus. Infodemias como el cambio climático, la gripe aviar, las vacas locas, nos apartan de la realidad humana de explotación y exterminio. Nos apartan también de la realidad de que el hombre sólo es libre en el estado, de que solamente en aquello que es nuestro podemos ejercer nuestra libertad. La desaparición del estado, su debilitamiento, por medio de la privatización, o de los procesos nacionalistas divergentes, sólo beneficia y ayuda a hacer realidad el programa político del imperio anglosajón de las multinacionales. Ejemplos concretos, hay muchos, ahora mismo, en Asturias, las ayudas del principado para la compra de productos informáticos son solamente estrategias para cebar la avidez de las grandes multinacionales que obligan al consumidor a someterse a dictados tecnocráticos, un ordenador, un sistema operativo, un hardware concreto, cerrado por una garantía basada en el cumplimiento estricto de la estrategia comercial de las multinacionales.

En definitiva, la sociedad masa, después de la guerra fría, ha dado paso a una nueva rebelión, tan amorfa como aquella, pero infinitamente más peligrosa: la rebelión del consumidor. El consumidor es la nueva figura emergente de la sociedad globalizada, un sujeto estrictamente sometido a los dictados de las grandes estrategias comerciales, que incluyen como sujeto a los propios estados, verdaderos mamporreros de la globalización mundial, en la medida en que, por la fuerza, o por voluntad, se ven obligados a someterse a la presión de las multinacionales.

El patrimonio de los estados, es fruto del trabajo de las masas obreras que durante siglos, con todo el sufrimiento imaginable, han construido todo lo que ahora estamos vendiendo de saldo a las multinacionales de la globalización.

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