Por Paulino Pandiella (ex alumno, estudiante de filología clásica)
Aprovechando el patriotismo que se respira en nuestra provincia, esa fuerza que corre por nuestras venas, ese grave y noble sentimiento que llena nuestros pechos con solemnidad, ese incuestionable fantasma que nos hace uno, me propongo arrojar un poco de luz sobre un tema que a todos gusta, pero en el que pocos son duchos. Con esto me refiero al costumbrismo y demás señas de identidad de nuestros antepasados, lo que ya es interesante en sí mismo, tanto más si subrayamos la necesidad de conocer la propia historia. El acceso directo a estos datos, y no a través de estudios posteriores, ya es difícil sin contar con el problema de la fiabilidad. Por ello, nos vemos en la obligación de consultar textos históricos y enciclopédicos romanos y griegos, como los de Plinio el Viejo, Floro, y, fundamentalmente, los de Estrabón, a pesar de que la información que aportan para con nuestros fines es bastante limitada. Sus escritos nos sitúan en los siglos I a.C. y I d.C. Recurriremos en contadas ocasiones, y sólo para matizar ciertos enunciados, a la arqueología.
En este breve recorrido por el día a día de los indomables astures, trataremos aspectos muy variados de su carácter, entre los que destaca su invencible amor a la libertad: es de ver la valentía de la que hicieron gala nuestros ancestros al enfrentarse a una derrota segura (su lucha contra la todopoderosa y vetusta Roma), hasta el punto de entregar sus vidas. Preferían la muerte al vasallaje. A esta implacable resolución es a la que deben el temor que les profesó, merecidamente, el gran emperador Augusto. Considero pues que lo mínimo que podemos hacer, en pago al feroz arrojo con el que defendieron nuestro pueblo y linaje, es tributarles un reconocimiento absoluto desde lo más recóndito de nuestros corazones.
Como última observación antes de entrar en materia, cabe poner sobre aviso al lector de la ocasional ambigüedad de las fuentes. Puesto que el historiador no es propenso a hacer distinciones, muchas de las particularidades de la idiosincrasia de los astures que van a ser referidas a continuación son extensivas a, por ejemplo, la de los galaicos y la de los cántabros, tribus vecinas c2n las que mantenían contacto. Incluso es posible que sean propias de otras comunidades íberas, sin que podamos saber con certeza quién las transmitió a quién. Esto se debe a que los autores de tan añejas crónicas las componían a partir de testimonios de soldados, que les ponían al corriente de todo aquello que llamase su atención durante sus expediciones.
Y ya, sin más preámbulos, procedamos con la anunciada exposición de la antigua etnología asturiana.
Siguiendo a Estrabón, es probable que nuestros protagonistas viviesen en chozas, en los bosques, hasta 19 a.C., y que comenzasen a civilizarse a partir de entonces, con la conquista de sus tierras y su consiguiente romanización. No obstante, sabemos por las reliquias arqueológicas que ya existían castros en territorio astur antes de dicha fecha. Los castros son poblados fortificados de no gran superficie, con varias viviendas para sendas familias. Normalmente, se sitúan en elevaciones no muy prominentes, y están rodeados por un muro de piedra. Por lo general, las casas son pequeñas, de planta circular, construidas de pizarra y coronadas por un techo cónico, de paja, que se sostiene con un poste de madera fijado en el centro de las viviendas; las calles suelen ser estrechísimas, pavimentadas, y no forman ángulos rectos. Los castros obtuvieron su nombre, como no podía ser menos, de los romanos, en concreto de los legionarios, que designaban con un vocablo similar sus campamentos militares; no cabe duda de a qué les recordaban estas aldeas.
Los hombres vestían de negro, y usaban sayos de lana, mientras que las mujeres llevaban vestidos sencillos o bordados con motivos florales. Llevaban todos el pelo largo, y los varones se lo ceñían a la frente con una banda para combatir. Escandalizaban particularmente a los romanos algunos adornos de las mujeres: algunas se afeitaban la parte delantera de la cabeza, para que brillase; otras llevaban unos collares de hierro con una especie de garfios que se extendían, por encima de ellas, desde su nuca hasta su frente, y de los que a veces colgaban velos que sumían sus rostros en sombras; otras se coronaban con una especie de columnilla, de más o menos un pie de altura, en torno a la que entrelazaban sus cabellos para cubrirlos con un velo negro.
Su alimentación era bastante pobre: hacían pan a partir de la harina que extraían de las bellotas, un pan que podía conservarse largo tiempo. La mayor parte de la carne que comían era de cabrito, y, para los usos del aceite, se valían de manteca. Esto demuestra que se ocupaban más de la ganadería que de la agricultura, lo que tenía su origen en un dato resaltado por Estrabón: en Iberia abundan el olivo, la vid, la higuera, y muchas especies vegetales similares, pero no así en el litoral norteño de la península, debido a su característico frío.
Su bebida más común es el agua, y, rara vez, beben también vino, aunque lo consumen por completo al poco de obtenerlo, en banquetes familiares. En este apartado localizamos un fuerte punto de controversia: Estrabón utiliza, para designar la tercera bebida de los astures, un término griego, zythos, que generalmente se acepta como cerveza. En este caso, la escasez o incluso inexistencia de cereales que presidía nuestra región niega la posibilidad de que se bebiese cerveza, y, más aún, las únicas bebidas que aparecen registradas en la documentación medieval asturiana, escrita en latín, son el vino, que ni mucho menos abundaba, y la sidra, que sí proliferaba. Además, es factible que los soldados romanos que hacían llegar tales noticias a Estrabón identificasen esta bebida con la cerveza: la explicación radica en que nunca habían visto ni oído hablar de la sidra, pero sí de la cerveza, y, al ver un líquido espumoso y de tono amarillo, que embriagaba a quienes lo ingerían, no podían pensar en otra cosa. Estos argumentos, sumados a otros, como el estudio del léxico pertinente, conforman la investigación que corrió a cargo del profesor Perfecto Rodríguez Fernández, a través de la que podemos concluir que los astures bebían sidra ya en época romana.
Comían pasándose los alimentos de mano en mano. Para ello, se sentaban en bancos construidos alrededor de las paredes, se entiende que de las casas, y el lugar que ocupaban en ellos no era casual: se disponían según su edad y dignidad. Cuando bebían, hombres y mujeres cogidos de la mano bailaban en corro al son de la música, saltando y agachándose alternativamente. Parecen claras las reminiscencias, si pensamos en nuestra danza prima. Estrabón nos dice que utilizaban la trompeta y la flauta, pero nosotros, con un conocimiento de la materia mucho más amplio, podemos pensar en los primeros prototipos de gaitas y demás instrumentos musicales tradicionales.
Para dormir, se echaban directamente en el suelo, envueltos en sus sayos.
Utilizaban pequeñas embarcaciones de cuero, mientras que sus vasos y cualquier otro tipo de recipiente eran de madera. Antes de la romanización, no usaban monedas, y hacían los pagos en especias o en láminas de plata recortadas.
Era motivo de terrible mofa para los romanos el hecho de que los astures y los cántabros se bañaban y se lavaban los dientes con orines, que almacenaban durante mucho tiempo en cisternas. Aunque hoy nos resulte grotesca, esta costumbre tenía su justificación: la orina está compuesta, entre otras cosas, por amoníaco y cloruro sódico, es decir, sal, lo que la haría efectiva, en cierto modo, a este uso. Catulo atestigua esta costumbre en sus poemas: uno de sus rivales en la conquista de mujeres, Egnacio, natural de nuestra tierra o sus alrededores, sonreía constantemente mostrando una dentadura extraordinariamente blanca, que contrastaba con la negra barba que la circunscribía. Catulo, en varias de sus composiciones, achaca a Egnacio la práctica de tan degradante costumbre, recordando su perseverante sonrisa.
La primera vez que nuestros antiguos contactaron con los legionarios romanos, que habían establecido cerca un campamento, al verlos deambular dando vueltas en sus turnos de guardia, los tomaron por locos y los llevaron de vuelta a sus tiendas. Para ellos, no existía más posibilidad que las de estar sentados tranquilamente o combatir, por lo que eran incapaces de interpretar aquellos paseos sin destino.
A los enfermos los exponían en los caminos, como hacían los egipcios, para que fueran aconsejados por los viajeros que hubiesen padecido la misma enfermedad.
En un solo caballo, montaban normalmente dos jinetes; sin embargo, si había que luchar, uno de ellos lo hacía a pie.
También tenían cierta maestría para cazar ratas, pues eran frecuentes las plagas. Éstas estropeaban las cosechas de trigo de los romanos allí asentados, que se vieron forzados a solicitar la ayuda de los nativos, pagándoles una cantidad por cada rata muerta que presentasen.
Para ejecutar a los condenados a muerte, los despeñaban, pero el procedimiento era distinto con los parricidas: éstos sufrían una lapidación fuera de sus poblados.
Practicaban también algunos deportes, como el pugilato (una especie de boxeo), las carreras, las luchas tanto inermes como armadas y a caballo, e incluso el combate en formación.
Respecto a su religión, adoraban a la Luna, pues en las noches de plenilunio hacían sacrificios a un dios innominado a la puerta de sus casas, y las familias permanecían bailando hasta altas horas. Además, rendían culto también a un dios de la guerra, al que consagraban los sacrificios de machos cabríos, caballos y prisioneros de guerra. La única que nos habla de su tratamiento de los difuntos es la arqueología, a través de túmulos sepulcrales.
Uno de los detalles más curiosos de nuestra etnología de antaño es la elevada posición de la mujer en la jerarquía social (en relación con la mayoría de sociedades del mundo antiguo): era el hombre el que tenía que dotar a la mujer, y eran ellas las que se ocupaban de casar a sus hermanos. Además, ellas trabajaban la tierra, y si era necesario daban a luz en plena labor, lavaban al niño en un arroyo y lo envolvían en pañales, para reincorporarse después al trabajo. Es claro índice de una sociedad matriarcal el ritual de la covada que seguían los astures y los cántabros: la mujer, tras tener al bebé, lo acostaba, para que su padre, libremente, lo reconociese y se acostase con él a cuidarlo, aceptando el matrimonio, mientras ella trabajaba para ellos durante unos días.
En sus guerras, fueron un pueblo ejemplar. Dión Casio nos cuenta el modo con el que a menudo suplían sus carencias y desventajas: se ocultaban en los picos, y, para la lucha, ocupaban los lugares más favorables y emboscaban al enemigo, valiéndose sobre todo de armas arrojadizas (lo que podrá observarse, más tarde, en la célebre Batalla de Covadonga).
Para que Roma lograse conquistar el norte de Iberia, acudió el mismísimo emperador Augusto. Llegado a la zona, restableció la moral de sus tropas, que se enfrentaban a gentes indómitas, y, con la llegada de refuerzos, sofocó la potente resistencia.
Gracias a Floro sabemos que los astures también guerreaban frente a frente, y se organizaban, como en la ocasión que él recoge, durante la mencionada campaña de Augusto, en la que éste ostentaba el mando de las legiones: formaron varias columnas y cada una asaltó un campamento romano simultáneamente, tras descender de las montañas en una carga brutal. La derrota de los astures se debió a la traición de algunos de sus propios hombres.
Se sucedieron encarnizadas batallas y, finalmente, completada la conquista de Asturias y Cantabria, Augusto volvió a Roma y dejó en calidad de legado a Lucio Emilio. Hubo reiteradas sublevaciones en nuestra región y su vecina cántabra, pero el invasor las castigó con crueldad. Sirva como ejemplo la primera de todas, que se basó en el engaño del que fueron víctimas los legionarios: los lugareños les pidieron que aceptasen, como regalo, una gran cantidad de cereales, y, cuando los soldados eran conducidos al lugar indicado, sufrieron un ataque sorpresa en el que perdieron la vida. Fue Lucio Emilio quien venció esta vez a astures y cántabros, y después ejecutó o cortó la mano a muchos guerreros. Otra revuelta digna de mención tuvo lugar cuando los astures fueron obligados a excavar sus minas, muy ricas en oro, como afirma Plinio el Viejo; al descubrir tales tesoros, se negaron a trabajarlos para otros, y se rebelaron, pero de nuevo fueron vencidos.
Las armas que utilizaban no están debidamente registradas, pero, corroborando lo que nos dice Silio Itálico con los testimonios arqueológicos, nos encontramos, fundamentalmente, con protecciones de pieles, hachas de doble hoja, puñales y armas arrojadizas.
Lo más interesante sin duda alguna es la bravura que enajenaba sus mentes hasta la insensibilidad. Anteponían la libertad incluso a la propia vida, y a propósito de esto se cuentan las historias más impactantes. Muchas madres mataron a sus hijos antes de que cayesen cautivos; un niño, siguiendo órdenes de su padre, se hizo con un arma blanca y mató a toda su familia, padres y hermanos, que, como prisioneros, estaban atados. Hubo también una mujer que mató a sus compañeras de cautiverio, y, otro prisionero, al ser reclamado por sus guardianes, que se hallaban ebrios, aprovechó para lanzarse a la hoguera. También se dice que muchos de ellos, crucificados, entonaban himnos de victoria antes de morir.
Tras la conquista definitiva (la guerra había durado desde 26 a.C. hasta 19 a.C.), Augusto no confiaba en poder mantenerlos sometidos, y comenzó a enrolarlos en la legión. Nos han llegado noticias de más de uno, pues hubo entre ellos quien hizo verdaderos progresos en el servicio militar.
Sin ir más lejos, Pintaius era un joven astur que ingresó en las filas del ejército romano a los 20 años, y murió luchando contra los germanos a los 27. En ese intervalo de tiempo alcanzó el grado de portaestandarte, vistiendo sobre sus hombros y su cabeza la correspondiente piel de oso.
Por su parte, Nammio Materno llegó a ser prefecto de la Cohorte I de Astures y Galaicos; habitó en Volubilis, ciudad norteafricana, actualmente en Marruecos, donde gozó de cierto prestigio. Su mujer, Emilia Sextina, había sido flaminica (cargo sacerdotal), y se había ganado el favor de la población con su gran honradez. Esto, añadido a los méritos militares de Nammio Materno, fue la causa del decreto expedido por la administración de la ciudad a la muerte de Emilia: se acordó públicamente que se diese a la noble mujer un sepulcro digno y que se le erigiese una estatua funeraria. Nammio, orgulloso de tal honor, rechazó el presupuesto ofrecido por el Estado y llevó a cabo la obra con su propio dinero. He aquí un ejemplo arcaico de esa generosidad, esa grandiosidad asturiana, compartida por gran parte de los íberos, que contemplamos a menudo, pues ¿quién no ha participado o, al menos, asistido a esas frecuentes discusiones acerca de quién paga la ronda?
Tras esta retrospección, espero que el lector se pueda formar una imagen bastante sólida de quiénes eran nuestros antepasados. Hemos visto algunas de las costumbres (asearse con orines, dormir en el suelo, la alta posición social de la mujer y los adornos de ésta, etc.) por las que los romanos tachaban a los astures y los cántabros de salvajes e incivilizados, y se sabe también que atribuían su conducta a su aislamiento, resultado de sus pésimas vías de comunicación. Decidir si tenían razón o no es tarea de cada uno, aunque, desde luego, comparados con la antigua Roma, su forma de vida era más que rudimentaria. Lo que está claro es la principal ventaja de un modus vivendi tan arcaico como el que aquí se ofrece: por aquel entonces, la comunidad asturiana estaba a salvo de la las intrigas y maquinaciones de la insidiosa vida política que tanto marcó, haciendo daño unas veces y reparándolo otras, a la Ciudad Eterna. Además, fue probablemente su carácter menos racional el que llevó a los astures a combatir a Roma, sin atisbo de miedo, hasta el final.