Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

Artículos de Mayo, 2008

Premio poesía en asturiano, 2008

Publicado por serafingf el 26 Mayo 2008

portada26miniIyán Puertas Pico (1º D)

El país de mio

El país de mio
ye un país enllenu d’esperanza.
El país de mio
ye un país con una llingua,
enllena d’humildá,
una llingua pa espresar los sentimientos
que tengo dientro del coral.

El país de mio
ye un país onde un pueo falar
la llingua mía y de los mios pas.
Nel país de mio
esta nueche suañé
ente ñubes y estrelles
que, dalgún día, llegará la oficialidá.

Homes, muyeres y neños
falaremos nel idioma
de los nuesos ancestros.
El país de mio
ye un país u entá pídese:

“L’ASTURIANU, LLINGUA OFICIAL”

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Primer premio, prosa, bachillerato, 2008

Publicado por serafingf el 26 Mayo 2008

portada24miniRoberto Hevia Roquer

 

La creación del doctor Samuelsson

 

 

1

A pesar de la relativa oscuridad de la sala en la que se encontraba, la anciana mente de Erick Samuelsson podía ver con claridad el recuerdo de aquel soleado día de primavera en el que conoció a Valentina. La primera vez que estuvieron solos, en un precioso campo de rosas, común en los jardines de Wingene, un pequeño pueblo situado al sur de Brujas. En aquel bermejo mar ambos pasaron cortas horas, sin que las espinas o la suciedad les importunasen. Podía sentir la caricia del sol en su rostro (sensación bastante infrecuente en Bélgica), la sensación de aceleramiento que sentía en su corazón al juntar los labios de Valentina con los suyos, el estado en el que se encontraba su mente, casi sicodélico, la armonía de su alma…

-¡Señor, venga enseguida, la señora ha sufrido otro ataque!- La voz de la joven Bernadette, la nueva criada de la casa, retumbó como un trueno en los tímpanos de Erick, sacándole de sus cavilaciones. Con toda la agilidad que le permitía su vetusto y nunca muy fuerte cuerpo subió las chirriantes escaleras de madera que llevaban al dormitorio principal de la casa. Sobre la gran cama de roble una pequeña y anciana mujer se retorcía de dolores mientras no cesaba de gritar. Erick no pudo contener un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza. A pesar de que ya contaba dos años que su esposa tenía aquella extraña enfermedad, no lograba acostumbrarse a permanecer impasible ante el sufrimiento de Valentina, la persona a la que más quería en este mundo. Ya se encontraban en aquel lugar dos de sus criados, intentando aliviar su dolor. Erick se sacó de uno de los bolsillos de su polvorienta chaqueta una jeringuilla que contenía un extraño líquido verde. En un momento, todo su dolor se transformó en decisión y con un gesto imperativo totalmente desacorde con lo enjuto de su cuerpo, apartó a los criados y clavó en el cuello de la anciana la aguja. Tras unos interminables segundos, los espasmos de Valentina se desvanecieron y el dolor pasó a ser una agradable sensación de “semirrealidad”, como la que se siente en lo profundo de un sueño. Tras esto, las rodillas de Erick fallaron y se desplomó en el suelo de la estancia desmayado. Los criados le colocaron con cariño junto a su esposa. Le tenían afecto, era un buen hombre, comprensivo y amable, además, con él la paga era tan puntual como el más preciso de los relojes.

Se despertó dos horas después, con un fuerte dolor en el pecho. A su lado pudo ver a su esposa, durmiendo plácidamente. Se levantó con algún esfuerzo y se sentó junto a ella. Valentina no tardó en recobrar la consciencia.
-Me muero, Erick, no hay solución- dijo mientras abría los ojos.
-Se que tu enfermedad es rara, aún no la he podido diagnosticar totalmente, pero bastará con que investigue un poco más para…-
-No. Sabes tan bien como yo que no hay remedio. Los ataques son cada día más fuertes y la dosis tranquilizante casi no me hace efecto. No intentes darme falsas esperanzas-

Erick recordó como al poco tiempo de casarse Valentina le confesó que deseaba estudiar. Lejos de disgustarle (como habría sido lógico en un caballero de mediados del siglo XIX), el señor Samuelsson se tomó de muy buen talante la noticia, pues estimaba en grado sumo la sabiduría. Su decisión provocó gran conmoción en todos los Clubes de sociedad, salones de ocio, y demás agrupaciones de esta clase, en las cuales, sus miembros consideraron que lo libérrimo de la idiosincrasia del doctor Samuelsson era insultante, o cuanto menos, inadecuada para un individuo de su categoría social. Y si continuaban dirigiéndole la palabra, si no con total amabilidad, si con una mínima cortesía, era por el mero hecho de que Samuelsson era el mejor científico del país y uno de los mejores de Europa, y en una pugna con la muerte no habría en todos los clubes o salones caballero que no quisiere tenerle de su lado.
Pero ahora se arrepentía de que su querida esposa hubiese estudiado medicina, y de que hubiese llegado a ser tan buena como él (si no mejor), pues si careciese de dichos conocimientos, sería más fácil tranquilizarla.

-Es mi momento, ¿qué le vamos ha hacer? He disfrutado de una larga y feliz vida con el mejor hombre del mundo, ¿Qué más puedo pedir? Repetía Valentina una y otra vez, más para tratar de tranquilizar a su marido que para autoconvencerse.

Días enteros dedicó Samuelsson a la investigación de aquella extraña enfermedad, pero no obtenía resultado alguno. Anuló todas sus conferencias, todas sus consultas, todas sus reuniones. Su prestigio descendía tan rápido como su capital, pero esto no le importaba, pues el dinero que hoy perdiese podría ganarlo mañana, y en lo que respecta a la imagen que los demás tenían de él, lo cierto es que nunca le había importado demasiado. Pero en cambio, si ahora perdía a Valentina nunca más la podría recuperar.
Muy a su pesar, cada nueva prueba realizada era tan infructuosa como la anterior. No existía cura posible para aquel mal.
Desesperado, veía como uno tras otro, los experimentos que tras horas de trabajo había ideado se desvanecían como las hileras de humo se desvanecen en el cielo tras un incendio. Todas aquellas reglas que durante el transcurso de su vida había elaborado (pues para Samuelsson la medicina no era más que un conjunto de reglas) se volvían ahora contra él, traicionándole e impidiendo que pudiese alcanzar su objetivo.
No fue hasta una fría y oscura tarde de Jueves cuando comprendió que la única manera de salvar a su amor era infringiendo aquellas reglas.

Con la excitación propia de quien está a punto de hacer algo ilícito, Samuelsson bajó al húmedo y descuidado sótano de su casa. Por desgracia, la oscuridad era tan profunda que apenas atinaba a ver las formas de aquella reducida estancia. Tras unos pocos pasos, tropezó con una estructura metálica. El agudo repicar de su acero iluminó el interior de Erick, ¡La había encontrado!

Pocas horas después el sótano ya estaba totalmente iluminado. Ante Erick se levantaba una gigantesca mole de acero y bronce compuesta por una innumerable cantidad de ruedas, rodamientos, muelles y cojinetes, como si de un enorme mecanismo de reloj se tratase, sostenido sobre cuatro inmensas patas. La parte inferior del aparato estaba compuesta de una serie de tubos y conductos que daban en dos recipientes, uno de gran tamaño en el que se podía introducir sin dificultad a una persona y otro de tamaño bastante más reducido.
Tras echarle una amplia ojeada a la máquina, se dirigió hacia una gran palanca que la humedad y el tiempo habían pintado de oxido. Intentó girarla de manera impetuosa, pero le fue imposible, por lo que decidió girarla más lentamente (respirando hondo, apretando con fuerza lo que quedaba del metal y dando cortos pero efectivos golpes) Tras unos minutos repitiendo este ejercicio, pudo ver como unas grandes placas de metal se movían entre siniestros chirridos. Finalmente, el gigantesco mecanismo de reloj comenzó a funcionar como activado por resorte mágico. Erick sonrió para sus adentros.

2

Emmanuel Poulsen, que en toda su vida no había hecho mayor ejercicio que el de tomar notas de aquellos polvorientos libros de los que solía estar rodeado y, a lo sumo, dar pequeñas carreras entre una interminable sarta de quejidos cuando la situación lo requería, era la única persona cercana a Samuelsson que le continuaba teniendo un sincero afecto, pero no porque en su cabeza bullesen ideas más liberales que en las de los demás habitantes de Bélgica, sino porque sinceramente, a Emmanuel aquello no le importaba. Admiraba a Samuelsson porque era el mejor, y buscaba emularle en todos los aspectos (no en vano, era uno de sus mejores discípulos). Tras sentarse unos momentos en el suelo con la intención se recuperarse de la fatiga que invadía implacable su obeso cuerpo y secarse con un pañuelo de seda los goterones de sudor que poblaban su frente, cogió las enormes y pesadas cajas y reanudó su marcha. No lograba entender por qué Samuelsson le había encargado que recogiera aquello, pero Emmanuel estaba dispuesto a obedecer ciegamente a su ídolo.
En la carta, Samuelsson le decía que estaba dispuesto a compartir con él una experiencia increíble siempre y cuando aceptase recoger de la gran sede del Banco Belga el contenido de la caja 111. El Doctor Samuelsson ya había informado debidamente al gerente del banco de esta circunstancia y todo estaba preparado para que se perdiese el menor tiempo posible en inútiles trámites e informes en los que únicamente se repara para asegurar su existencia. Tras unos minutos, logró llegar a la casa del doctor samuelsson. Apenas golpeó la puerta con sus nudillos cuando uno de los criados la abrió raudamente y le hizo pasar. Tras quitarse el abrigo, bajó al sótano de la casa acompañado, al igual que en el camino que le había llevado hasta ese lugar, por las pesadas cajas. Samuelsson le recibió con escatimada efusividad y con la misma avidez con la que un animal se dirige a por su comida. Tras esto, sacó de dichas cajas unas grandes placas de metal macizo que colocó en lugares estratégicos del mecanismo de reloj mediante oxidados soportes (no fue hasta ese momento cuando Emmanuel se percató de la existencia de dicho artefacto). Tras unos instantes que le fueron necesarios a Emmanuel para tomar conciencia del tamaño total de aquella estructura, decidió preguntarle su función a Samuelsson. La respuesta no fue otra que esta curiosa historia:
Hace ahora cuarenta años, comencé una investigación sobre el efecto de los campos electromagnéticos en los seres vivos, para lo cual hice un experimento que consistía en encerrar plantas y pequeños animales en jaulas totalmente rodeadas de potentes imanes. Por desgracia, al poco tiempo de empezar estas investigaciones un incendio asoló el pequeño estudio en el que las llevaba a cabo, de manera que todo el material quedó inservible. En aquella época mis medios económicos no eran tan desahogados como los que disfruto hoy en día, pues aunque mi nombre empezaba a ser conocido en las más altas esferas, no era ni con mucho el sinónimo de respetabilidad y admiración que es hoy en día entre las clases más altas de la sociedad,* por lo que me era imposible reconstruir el experimento. Quiso la fortuna que un gran amigo mió ya fallecido tuviese cierta relación con un chatarrero que aseguraba poseer unos grandes imanes que estaba dispuesto a vender a muy buen precio. Su argumento era que dichas piezas estaban malditas, pues todos sus anteriores poseedores habían desaparecido misteriosamente. Sin pensármelo dos veces, decidí adquirir aquellas placas de metal imantado (las mismas con las que usted ha ido cargando desde el banco). Aquel mismo día, las coloqué adecuadamente formando una cúpula alrededor de una flor, (creo que era una rosa) y las dejé toda la noche en dicha posición.
A la mañana siguiente comprobé que no había ningún cambio en el experimento, y a los pocos días me encontré una flor muerta y putrefacta. Achaqué esta muerte a la ausencia de luz solar y lo único reseñable que descubrí fue un extraño líquido que impregnaba las placas imantadas. Desilusionado, me deshice de la flor y con un viejo pañuelo limpié el nuevo líquido (cuya aparición expliqué con varias teorías, todas ellas intrascendentes). La sorpresa llega ahora. A la mañana siguiente me percaté de que de mi pañuelo habían brotado una serie de hojas y pequeñas ramas con algún petalillo. Tras el lógico sobresalto, comencé a investigar con mayor ímpetu. De las consiguientes investigaciones extraje que: a) Este fenómeno sólo se daba con dichos imanes, tal vez esto se debiese a una impureza en lo más profundo de su composición químico-extructural o a que el mineral extraído para su elaboración provenía de una montaña bendecida por algún santo**. b) La muerte del sujeto estaba total e indiscutiblemente ligada a la extracción de la “esencia” (nunca he estado totalmente satisfecho con este nombre, pero creo que es el más apropiado para hablar de esta sustancia), tal vez la extracción de dicha esencia de estas criaturas provocase la desaparición de la vida, no lo se. c) La duración de la metamorfosis no era permanente ya que la esencia añadida se desvanecía con el tiempo, probablemente si se consiguiese una muestra de extraordinaria calidad se conseguiría una metamorfosis permanente. d) Para conseguir una muestra de gran calidad, era necesario alinear de tal forma los imanes que la fuerza magnética fuese de uno a otro de igual manera que viaja la luz de un espejo a otro en esas estructuras en las que los cristales reflectantes se encuentran colocados en tal ángulo que todos presentan una imagen semejante. Conseguir el ángulo perfecto es una de las funciones de esta máquina.

Por desgracia, diversas circunstancias*** provocaron que me fuera imposible continuar con las investigaciones hasta el día de hoy, en el que las retomo por causa de fuerza mayor.
-¿Y por qué me ha avisado a mi?- Preguntó impresionado Emmanuel.
-Porque usted es el único caballero en este condenado país que me guarda algún respeto, además del científico más capaz al que nunca he formado.-

No fue necesario mucho tiempo para que ambos científicos comenzasen las investigaciones. Primero realizaron los experimentos con plantas, introduciendo las macetas en el mayor de los recipientes y dejando que tuviese lugar (con resultados satisfactorios) la extracción de la “esencia”. Pero no tardaron en dar el paso siguiente. Sin estar totalmente seguro de hacer lo correcto, Erick introdujo en el primero de los recipientes un gato abandonado que había recogido días atrás. Aunque los primeros resultados no fueron positivos, a los pocos días el gato perdió la vida espontáneamente y su esencia no tardó en filtrarse por los conductos situados al otro lado del mecanismo. La pésima calidad de aquella sustancia fue decepcionante para los dos investigadores, pero Samuelsson no tardó en percatarse de que esto se debía a que el ángulo de los imanes era el apropiado para una planta, pero no para un gato. Tras noches enteras realizando los adecuados cálculos matemáticos, por fin encontró la posición correcta para que cada una de las placas reflectase en la siguiente a la perfección la esencia del sujeto. Tras colocar con precisión milimétrica cada una de las ruedas del mecanismo, repitió el experimento con otro gato y el resultado fue excelente, pues al ser aplicado este ungüento a una pequeña tabla de madera no sólo comenzó a brotar pelo negro azabache de ésta, sino que su morfología comenzó a cambiar dando una imagen similar a la de un felino, y lo que era más importante, cuando se pasaron los efectos de la esencia, la tabla continuó conservando indefinidamente el aspecto de un gato y unos pocos mechones de pelo. De esta experiencia se extrajo que : a) Cuanto más complejo era el sujeto, de más calidad era la muestra, b) Una muestra de gran calidad podía alterar permanentemente el cuerpo en el que era aplicada.
Las sucesivas pruebas que ambos científicos hicieron confirmaron estas hipótesis. Por desgracia el tiempo se acababa y a ojos de Erick la investigación no avanzaba suficientemente rápido. Los ataques de Valentina eran cada vez más fuertes y los medicamentos apenas le hacían ya efecto. Una de aquellas crisis detuvo el corazón de la anciana durante más de veinte segundos. Dentro de poco, Valentina se iría para siempre y su esencia se perdería para toda la eternidad. Tenía que hacer algo ya o la máquina no podría salvar a su amada esposa. Cierto era que sus investigaciones estaban contribuyendo en grado sumo en el avance de la ciencia, pero Valentina se moría y la ciencia no la estaba salvando. Esa misma noche, Samuelsson se decidió a cruzar la última de las puertas.

3

El doctor Samuelsson intentó agarrar con la mayor fuerza posible el pesado candelabro de bronce que alumbraba el dormitorio con su mano derecha, pero se encontró con que su extremidad había perdido toda clase de sensibilidad. Tras atribuir esta dolencia a la tensión que vivía en aquellos días, decidió dejar a un lado la diestra para abarcar el pesado objeto con la siniestra, pues encontrábase ésta en mucho mejor estado. Ya desde hacía días había hablado Samuelsson con Emmanuel sobre su intención de comenzar a experimentar con humanos, a lo cual su compañero se negaba en rotundo. Cada vez que Erick sacaba a la luz sus intenciones, la aguda voz de Poulsen le clavaba en los tímpanos la misma respuesta:- ¡Por Dios señor Samuelsson, somos científicos, no asesinos, y si usted se empeña en continuar con este plan absurdo, yo se lo impediré! No había elección, aquella era la única salida.
El seco golpe del frió metal en la nuca fue menos ruidoso de lo que Samuelsson se habría podido imaginar. Por supuesto, el golpe no acabó con su vida, pues muerto, Emmanuel no le era a Samuelsson de ninguna utilidad (además, la escasa fuerza de su anciano brazo no se lo habría permitido) pero si le había arrebatado la consciencia. Tras esto, utilizó las pocas energías que habitaban su débil cuerpo para introducir a su excompañero en el primero de los recipientes. Debido a lo enorme de la corpulencia de Poulsen, esta tarea le resultó especialmente trabajosa a Samuelsson.
Una vez llevado a cabo el trabajo, y tras dedicar unos instantes a recuperar el aliento, Erick comenzó a recalibrar los imanes según los planos geométricos que había diseñado días atrás. Después de realizar los ajustes necesarios para adecuar la posición de las ruedas al peso y estatura del nuevo sujeto para captar una esencia de insuperable calidad, comenzó a deleitarse ante la esperanza de que su plan pudiese funcionar. Por primera vez en mucho tiempo en su mente hubo algo más que tristeza y dolor, hubo esperanza. Después de cerrar con varios cerrojos la mohosa puerta del sótano se encaminó hacia los dormitorios con aparente serenidad. Meses atrás, el haber provocado la muerte de una persona le habría llenado de horror, pero ahora sentía únicamente indiferencia hacia el crimen que acababa de cometer. Era como si la parte de la conciencia destinada a crear los fantasmas del remordimiento, como si las neuronas que, en lo más profundo y recóndito de su mente, diferenciaban entre lo correcto y lo incorrecto hubiesen desaparecido junto con la sensibilidad de su brazo derecho. Cuando entró en la estancia, se encontró con el pequeño y estilizado cuerpo de Bernadette sentado a los pies de la cama de roble llorando desconsoladamente en el hombro de uno de los criados que se encargaba primordialmente de cuidar de Valentina. En ese momento, los ojos de las tres personas de aquella habitación mantuvieron un silencioso dialogo más comunicativo de lo que hubiese sido cualquier concatenación de palabras.

Dos días después se celebró el funeral. Ante la sorpresa de los asistentes, quienes consideraban aquella reunión como simplemente uno más de aquellos actos de sociedad en los que los caballeros buscaban la creación de nuevos negocios y las damas presumir de sus esplendorosas joyas, el señor Samuelsson no apareció. Esto se debía a que esa misma noche había perdido la sensibilidad en las piernas y no podía caminar. Pero los criados de la casa se sorprendieron terriblemente cuando Erick no se lamentó de no poder acudir al entierro. Lo cierto es que su indiferencia no estaba fundada en la búsqueda de un estoicismo fingido con la única intención de mostrar una inexistente fuerza, sino que realmente no le importaba demasiado la muerte. Cierto es que hubiese preferido que Valentina siguiese viviendo, pero su fallecimiento no era causa suficiente como para dejar de lado la importante investigación que estaba llevando a cabo, y más ahora, que el éxito se encontraba “ad portas”.

Al mismo tiempo, la policía había tenido notificación de la desaparición de Poulsen y ya habían comenzado las pesquisas.
Un mes después de ambas muertes, y ayudado por una silla de ruedas, Erick regresó al sótano. Continuaba teniendo esa insensibilidad, pero ahora estaba acompañada por unos extraños sudores que no cesaban nunca. El hedor a podredumbre en aquel sótano era insoportable. En el gran recipiente de la máquina se encontraba un oscurecido esqueleto. A Samuelsson no le costó trabajo arrojarlo en la carbonera. Tras esto, comprobó que una gran cantidad de esencia se había depositado en el segundo recipiente. Al verter esta sustancia en una tabla de madera, una espectacular metamorfosis tuvo lugar ante la fría mirada del investigador. Paulatinamente, la tabla fue adquiriendo una forma extraña. Además, el olor que ahora desprendía era muy similar al de Emmanuel, rancio y sudoso, y lo que era más importante, a los ojos de Samuelsson ocurrió algo sorprendente. Ni con todas las palabras del diccionario habría podido explicar aquella sensación, pero podía sentir que aquella tabla de madera tenia algo más que una morfología y un olor característico. Tenía algo más de lo que tenían las demás muestras. Tenía vida.
Durante horas, Samuelsson había estado absorto en esa experiencia, pero al cernirse sobre el cielo la noche, pasó por su mente una terrible idea. Ya conocía la causa de su enfermedad. No era ningún virus, ni ninguna infección. Al estar tanto tiempo en contacto con los imanes y sin protección alguna, la extracción de su propia esencia había comenzado. Desesperado, buscó alguna manera de salvarse, pero al poco tiempo comprendió que había comenzado un camino en el que no existía posibilidad de dar un paso atrás. Su corazón se agitaba con tanta fuerza que su acartonado pecho apenas podía mantener su consistencia. Tras hacer acopio de toda la resignación y estoicismo que guardaba en su interior, aceptó que estaba condenado a vivir una vida eterna, a ser inmortal. Con las escasas fuerzas que le quedaban en su brazo izquierdo escribió una nota en la que contaba todo lo sucedido con la esperanza de que alguien pudiese encontrarla algún día. Tras esto, se acomodó en el mayor de los recipientes y se embarcó en un sueño del que no estaba destinado a despertar.
Días más tarde, un testigo confirmó que la última vez que había visto a Poulsen, éste acababa de entrar en la casa de Samuelsson para trabajar durante horas (como cada día) en el sótano. Los investigadores entraron por la fuerza en la casa ante el desconcierto del servicio, (quienes pensaban que el señor estaba de viaje). Al llegar al sótano, uno de los agentes leyó la carta en voz alta ante la estupefacción de los allí presentes, que no pudieron contener su asombro, asombro que se vio multiplicado por el hallazgo de un recipiente que contenía un extraño líquido. Tras unos minutos, se decidió unánimemente prenderle fuego a todo el laboratorio. Se elaboró una cuidadosa mentira para explicar las desapariciones de Emmanuel y Erick.
No se redactó informe alguno sobre lo sucedido en aquel oscuro lugar, la verdad quedó para siempre encerrada en la memoria de los agentes de policía Marcus Demeter, Thiermo Bah y Eduard Ernest Page.

 

* Líneas antes se dice que Samuelsson no era un ejemplo de respetabilidad por parte de las clases altas. Es evidente el uso del sarcasmo por parte del doctor.
**Samuelsson únicamente considera veraz la primera explicación, la segunda no es más que un nuevo sarcasmo que da a entender la escasa afinidad del doctor por la iglesia.
***Probablemente, temor a descubrir algo cuyas consecuencias pudiesen ser fatales.

 

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Primer premio, poesía, bachillerato, 2008

Publicado por serafingf el 23 Mayo 2008

portada24miniDavinia Flórez Meana (1ºBachiller D)

El desengaño

Si la vida solo fuese eso…
un matiz viviente de colores,
por los cuales la belleza,
eternamente se vislumbrase
sin más atardecer
que el de uno mismo,
sin más espera…
que el adelanto de un pájaro.

Si la vida sólo fuese eso…
el cáliz en tus labios
evocando tu esencia,
que enfermiza brota
de las entrañas de la tierra,
donde socava un labriego
incansable de frutos
en la estación gélida…

Estéril de frío…
suelto mis gotas de agua,
sin saber lo que hacer
para obtener de ti
un beso, un abrazo roto
que implique una sincera
culpa de tu traición,
que agote mi alma, mi espera,
sin que el asomo de una pluma
entorpezca tu paso,
que temeroso se aleja
para no olestar al viento,
acompañante dormido
pero latente.
…Y que la atmósfera
envuelva tu alma como un arrullo
que teje la noche, insomne,
provocando el delirio inalcanzable
de tu cabeza,
que prendida en un mar chispeante
se corona reina del todo…
Y lo absoluto.
Que ella vele por ti en mi ausencia,
cuando yo embarque
a la isla “Horizonte”
donde podré tocar con mis dedos
su arena blanca…

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Primer premio, prosa, segundo ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 23 Mayo 2008

portada26miniSara María Llerandi Méndez (3ºC)

“Sin título”

 

-Te quiero.
-No me importa.
-A mí sí.
-Me da igual.
-Tú también me quieres, ¿verdad?
-No.
-Sí.
-Jamás.
-¿Segura?
-Por supuesto.
La abrazó con fuerza. No quería dejarla escapar. Desearía prolongar ese momento para siempre. Se sentía tan completo junto a ella… Miró el reloj de la mesita. Las manecillas desgastadas le indicaron que eran las ocho de la mañana. Sólo quedaban cuatro horas para el final, pensó con amargura. A las doce, todo acabaría, como en la cenicienta. Pero aquello no era un cuento de hadas, él no era un príncipe, y ella no era ni sería jamás su princesa. No había ningún final feliz para ellos.
-¿En qué piensas?
-En ti.
-En serio, dímelo.
En nosotros.
Ella suspiró. Habían tenido esa conversación un millón de veces. Ella se lo había advertido la primera vez que se vieron, pero para disgusto de ella, él no le había querido escuchar. Movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrada.
-Sabes que no puedo.
-¿Por qué?
-Porque no.
-¿Por qué no?
-Porque es mi trabajo, mi vida, me guste o no. Somos de mundos distintos, entiéndelo. No podemos estar juntos. Sería un error.
-Si podemos.
-Cabezota. Sabes que no. Y lo peor es que no quieres darte cuenta de ello.
-¿Qué tiene de malo soñar?
-Nada, no tiene absolutamente nada de malo. Al contrario. Pero tú no pareces darte cuenta de eso, de que los sueños son sólo sueños.
-Los sueños pueden hacerse realidad.
-No en nuestro caso.
Se levantó y se sirvió una copa de aquel champán que habían pedido para la ocasión. Se sentó en una desgastada butaca que había en un rincón y observó a su acompañante. Su dorada melena caía sobre su espalda. Una suave sábana cubría su figura. Su dulce mirada se había vuelto seria. Sus labios estaban fruncidos.

-¿Quieres champán?
-No
-¿Vino? ¿whisky? ¿…Vodka?
-No. Si acepto me emborracharás, y entonces puede que me vaya contigo. Y no quiero que ocurra eso.
-Si quieres.
-No.
-Mírame a los ojos y dímelo.
-No puedo…
Sólo fue un susurro, casi inaudible, pero bastó para que él dejara su bebida y fuera junto a ella. La besó muy suavemente. Un ligero roce, que bastaba para derrumbar las últimas barreras que ella ponía. Nunca nadie la había tratado con tanta dulzura. Una hora después, se despertó. Miró a su lado y ella no estaba. Se asustó. ¿Había sido capaz de irse sin decirle nada? Era imposible. Levantó la vista y la vio, sonriente, espléndida, frente a la puerta del baño.
-Ven.
-No.
-¿Siempre tienes que llevarme la contraria? ¿Hasta en eso?
-Si.
-Ven.
Ella se rio suavemente y se acercó a él. Se echó a su lado en la cama, suspirando.
-¿Sabes? Sé que no podemos estar juntos, que no debemos. Pero entiéndeme. Eres lo único que merece la pena en mi vida. Sin ti, todo sería oscuridad…No puedo permitirme el lujo de perderte. Nunca nadie me ha hecho tan feliz como tú…
La sonrisa se había borrado de su cara. La tristeza le había ganado la partida.
-Lo siento. Ha sido culpa mía. Cometí un error. No fui suficientemente clara. Ya no podemos hacer nada…
-Pero…
-Nada. Lo siento. Adiós.
Y se fue, dando un portazo.
Y se quedó solo.
Y nunca más la volvió a ver.
Y comprendió que su amor, al ser imposible, sería eterno.

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Primer premio, prosa, primer ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 22 Mayo 2008

portada26miniSonia Santa Cruz (2ºC)


La Luna ha desaparecido…

 

Sonó el despertador. Como siempre, a la misma hora. Y como todos los días estaba increíblemente cansada. Otra noche sin dormir lo debido, una noche más. Encendí el televisor. También como siempre. Me gustaba despertar oyendo al mundo. Y eso que con las noticias tan terribles era imposible empezar un nuevo día con ilusiones, habiendo escuchado desde primera hora las cosas que ocurrían. Pero yo era así. Y esto era simplemente una costumbre.

Me duché. Casi no me apetecía. Era imprescindible que el próximo verano lo pasara estudiando, pero este era uno de los muchos planes que todavía estaban sin cumplir; deberes, estudiar, tareas…volverme responsable. Es que eran demasiados planes para las siete de la mañana. Y a estas horas el único plan que se puede tener es el de no volver a llegar tarde de nuevo. Me sentí perezosa. No quería ir a clase, ni ver de nuevo las caras de siempre, ni hablar con la misma gente, ni ser creativa, ni ser responsable…Me apetecía vaguear y quedarme todo el día en la cama. Quizá para comprobar simplemente que el mundo seguía y que yo en esta ocasión era la única persona que se había parado. Por lo menos, durante unos instantes. Volví a la cama de nuevo. Siempre hacía lo mismo. Me quedaba ensimismada mirándome al espejo y pintándome un poco para cubrir los efectos de una noche en la que no había dormido demasiado.

Pero en este día, algo era distinto. Me fijé en las noticias y en esta ocasión no hablaban ni de Irak, ni de terrorismo, ni de violencia doméstica. Antes de echarme la base del maquillaje, intenté comprender lo que estaba escuchando en la televisión. Las imágenes mostraban el cielo y se turnaban noticias de los distintos corresponsales que trabajaban en las principales capitales del mundo. Todas las cámaras apuntaban al cielo. De pronto, el teléfono sonó. Era mi madre, que ya estaba en su trabajo.
-¿Has oído las noticias? Hija, creo que hoy no deberías ir al instituto.
-¿Qué pasa? – Le respondí- Mamá, no me asustes.
-Hija, están hablando desde primera hora. Resulta que no se sabe cómo ni por qué, pero esta noche ha desaparecido la luna.
-¿Qué?- exclamé- eso es imposible. A ver, mamá, ¿cómo va a desaparecer la luna? Será una broma.
-No creo. Bueno, ya veremos lo que dicen, pero de momento las informaciones que tienen desde los distintos observatorios es que la luna ha desaparecido. No se sabe cómo. No hay satélites, ni misiles. Nada de nada. Es como si nunca hubiera existido.

Me asomé a la ventana después de colgar y miré al cielo. No observé nada extraño. Todo era igual que siempre. Volví hacia la cama para seguir mirando las noticias. La información de mi madre era cierta. El mundo estaba en alerta. ¿Quién nos podría asegurar que so hoy había desparecido la luna no podríamos ser nosotros los siguientes? Me sentí desconcertada. No sabía si ir al instituto o aprovechar y quedarme en la cama, no tenía ni idea. Pero me decidí a llamar a una compañera y acudir a clase como siempre. Realmente, ese día nadie atendía a los profesores. Estábamos nerviosos, alterados…Nos faltaba una referencia clara para saber actuar.

El día transcurrió sin más novedades y llegó la noche. Me asomé a la ventana a ver el cielo, y de pronto…la vi. Estaba allí, como casi siempre. La noche era clara y se veían además algunas estrellas. La vista era preciosa. Respiré profundamente y pensé e cómo era posible que las personas creyeran que había desaparecido la luna. Yo podía notar en ese instante su luz, su calma, su belleza…Estaba segura de que me miraba y que incluso me sonreía como ella solía hacer, como yo lo hacía con ella. Me sorprendí entonces pidiéndole un deseo:
-Luna, no desaparezcas nunca. No dejes que me encuentre sola y no tenga a quien pedirle un deseo. Estate ahí. Mírame eternamente como tú sólo sabes hacerlo. Guarda mis secretos.

Fui de nuevo a la habitación. Estaba a oscuras. Como siempre, la cama deshecha, la luz de la lámpara de la mesilla de noche y ropa sin recoger. Me tiré en la cama. Estaba contenta. La luna no se había ido, seguía ahí, contemplando mi vida. Cuando miré el televisor, me sorprendió que siguieran con la misma noticia. Parecía que la luna no había aparecido. ¿Cómo era posible que se viera desde mi ventana? Volví a asomarme y estaba allí. La historia me parecía una locura. ¿Mis ojos eran distintos? ¿Era una broma de os periodistas? ¿El mundo se había vuelto loco? ¿O quizá la luna tenía más vida que la que nosotros creíamos? Mientras me encontraba absorta en estos pensamientos, me di cuenta de una cosa. No sólo había sido un día especial porque la luna había desparecido. Hoy no se hablaba de guerras, de armas, de gobiernos, ni de economía. Sólo se hablaba de la luna, o de su ausencia. Era bonito, ¿no?

¿Era un juego o una ilusión? Lo importante era que todo el mundo por un día se encontraba mirando al cielo. Entorné los ojos y me descubrí en una sonrisa entreabierta. Tomé aire, respiré profundamente y la observé de nuevo.

Esta noche, cuando vayas a acostarte, asómate y mírala. Obsérvala, cierra tus ojos y respira profundamente. Que esa imagen permanezca siempre en tu corazón, sólo por si algún día no puedes verla. Quizá descubras entonces que lo más importante de todo es su recuerdo. Así siempre permanecerá en tu cielo.

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Primer premio, poesía, primer ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 22 Mayo 2008

portada24miniMaría Álvarez García (2ºC)

Rendición
La princesita
con su corona de plata
y sus labios de porcelana.
Liviana y dulce
con una sonrisa cálida
radiante de juventud.
Poco a poco
el cielo se nubla.
La niña en su trono
construido con mentiras.
La luz de sus ojos
se apaga.
Una mirada fría y oscura.
Rendición.
La triste mujer
llora por su vida.
Nada tiene sentido,
su corazón cree morir.
Su rostro se desvanece
con las últimas sombras de la noche.

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ADIOS A LA MINA DE LA CAMOCHA

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2008

portada24miniPor Diego Suárez Patallo

 

 

 

Eran las 10:05 de la mañana, había acabado la segunda hora lectiva en el IES Rosario de Acuña y los alumnos de CTS de 2º de bachiller estaban esperando a la entrada del instituto para salir andando hacia la mina de la Camocha. La ruta propuesta por el departamento de filosofía era agradable y tranquila, aunque la marcha no lo fue tanto.

Hubo que esperar un poco por Borja Llanos que llegó algo tarde, pero con razones totalmente justificadas ¡¡!! El primer kilómetro de viaje fue protagonizado por el majestuoso gorro de Serafín que a la par que le protegía del sol y aportaba frescura a su cabeza estaba totalmente en armonía con su vestuario. Con el transcurso de los kilómetros el agradable paseo se empezó a convertir en una lucha por la supervivencia; el calor estaba acabando con nosotros y los ciclistas sólo pensaban en atropellarnos, incluso nos insultaron, no porque fuéramos haciendo algo inadecuado sino porque eran malas personas, desde mi punto de vista. Nos dimos un respiro parando a comer algo y continuamos con el duro recorrido.

Después de un rato llegamos a la mina, donde un extrabajador (bueno, sigue trabajando, pero en tareas de desmantelamiento) de la mina estaba dispuesto a enseñarnos su funcionamiento. Lo primero que hicimos fue entrar en el edificio donde estaban los vestuarios, taquillas e instrumentos para los trabajadores de la mina; nuestra mirada no pudo esquivar la cantidad de posters y fotos que decoraban el majestuoso “espá” en el que se habían convertido aquellos vestuarios. Luego fuimos al edificio donde estaba el generador y la zona donde estaba el ascensor (la jaula, dicen ellos) que bajaba a la mina; tuvimos que tener cuidado ya que era una zona bastante peligrosa a la que nos fue imposible bajar. Por último visitamos el edificio donde se seleccionaba y limpiaba el carbón (el lavadero); en este edificio había varias plantas, en todas había las mismas máquinas, sólo diferenciadas por el tipo de rendija que tenían, que servían para seleccionar según el tamaño de los trozos de carbón. El trabajador que nos lo mostró, a pesar de que no era su función, se molestó mucho en explicar todo y responder a nuestras preguntas; además su tono desenfadado lo hizo muy ameno. Después todos cogimos el bus (algún privilegiado, en coche particular) y nos marchamos a casa.

En definitiva fue una excursión agradable, cansada, pero agradable.

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GENERACIÓN LLAVERO

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2008

portada24miniPor Marcos García, Pablo Pastur, Lorena Vidal y David Salazar

 

 

 

 

Siglo XXI, a día de hoy la opinión que tienen los adultos sobre los jóvenes no es del todo errónea, solo que existen excepciones.

Los adultos, basándose en lo que observan, tienen la opinión de que los jóvenes dedican su tiempo libre de los fines de semana a beber y emborracharse con sus amigos. Este dato no es del todo correcto, pero, en cierto modo, no es del todo falso. Muchos de los jóvenes pasan los fines de semana en locales, más conocidos como “garitos”, en los que se les ofrece alcohol y, aunque parezca increíble, en algunos se les facilita el consumo de otras drogas. Este es un hecho, que no tiene que ver con la generación nueva de jóvenes, sino que siempre estuvo presente, sólo que ahora es más destacado.

Al parecer salen los viernes y sábados por los barrios de la ciudad en los que existe un porcentaje alto de locales por calle. Estos barrios están presentes en todas las ciudades. Son barrios situados cerca de playas (si hay playa) o en el casco antiguo de la ciudad. Los tipos de locales varían según sus características. La persona escoge el local, no porque le guste más o menos, que también está presente, sino por el interés que tienen por entrar en un sitio u otro. La diferencia de un local a otro provoca conflictos cuando en un local está mejor visto que entre un tipo de persona determinada. Esto puede deberse a los porteros escogen qué tipo de persona entra en su local, o bien porque por motivos que solo esa gente conoce, un tipo de personas comienza a frecuentar el local hasta que consiguen “adueñarse” de él.

En cuanto a las bebidas alcohólicas utilizadas destacan las que más efecto producen en el cuerpo, no siempre es así, pero por lo general es un hecho muy presente. A la gente le gusta ver cuánto aguante tienen sobre los demás, por eso se suelen reír del que no tiene aguante y a la tercera copa están borrachos. De este modo la gente se ve presionada, más aún, por sus amigos. Cuando llega el momento de beber la gente escoge qué bebida, cuando y cómo, pero curiosamente, en esto no suele haber apenas variariaciones entre los distintos tipos de gente. Es algo innecesario que lo único que produce es una idea equivocada de lo que realmente es divertirse.

El comportamiento de los jóvenes está ligado al carácter de cada uno, al estado de ánimo, al exceso de alcohol que lleve en el cuerpo y a la situación. Por lo general las peleas provocadas un sábado o un viernes son producidas por errores que, en ese momento y viendo como esta cada persona, puede arreglarse sin llegar a la violencia o acabar en comisaría. Por regla general los conflictos, peleas, etc., se producen entre hombres, los cuales lo único que pretenden hacer es demostrar su “maravillosa” hombría. Pero por otra parte, no todo es negativo, la realidad es que muchos jóvenes beben, se divierten con sus amigos, aunque para ello hagan el “tonto” y llegan a casa teniendo recuerdos cómicos de momentos que, por algún motivo, hicieron gracia.

Es también un dato destacable que los jóvenes que son menores, cuando salen los sábados, se sienten superiores en edad, porque llevan consigo la responsabilidad de tener que llegar a casa y esto hace que su ego crezca notablemente, lo que también provoca conflictos con sus padres y amigos. Los sábados son días en los que, aunque tengan que cuidar de sí mismos y de su estado de salud, los jóvenes pierden el control dejándose llevar por el ambiente juvenil y festivo. Esto es algo que la gente que critica la forma de divertirse un sábado, no tiene en cuenta.

Es verdad que muchos jóvenes solo se divierten si beben, pero la gran mayoría no beben por necesidad, sino por gusto, por probar sabores, es algo así como el degustador de alimentos o el catador de vinos, una afición. Esta afición, no es negativa por completo, pero hay un dato muy importante, cuando la afición se convierte en obligación o mucho peor, en algo rutinario que no puedes evitar hacer, aunque no quieras, es cuando vienen los problemas, jóvenes que con 17 años ya tiene destrozado el hígado, o que a los 24 años asiste a reuniones de alcohólicos anónimos. Esto se debería de evitar. Es algo insano e innecesario para la vida diaria y la felicidad plena.

El título puesto se debe a que la gente empieza a salir por ahí cuando reciben el llavero con las llaves de su casa.

 

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FOTOS DE ESO, CURSO O7-08

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2008

portada26miniPEREGRINO

¿Volver? Vuelva el que tenga,
Tras largos años, tras un largo viaje,
Cansancio del camino y la codicia
De su tierra, su casa, sus amigos,
Del amor que al regreso fiel le espere.

Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,
Sino seguir libre adelante,
Disponible por siempre, mozo o viejo,
Sin hijo que te busque, como a Ulises,
Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.
Sigue, sigue adelante y no regreses,
Fiel hasta el fin del camino y tu vida,
Tus pies sobre la tierra antes no hollada
Tus ojos frente a lo antes nunca visto

Luis Cernuda: La desolación de la quimera.

 

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FOTOS DE BACHILLERATO, CURSO 07-08

Publicado por serafingf el 5 Mayo 2008

portada26mini

 

¡Leed mucho! Por ejemplo, de Rafael Sánchez Ferlosio, no es más difícil de entender que un problema de química o matemáticas, y puede ayudaros a ver mejor el “mundo” en el que vivimos. Una muestra:

“(Imagen invertida). Me escandalizo cada vez que oigo hablar de respeto a la intimidad y de derecho a la vida privada. ¡Encima! Por lo visto, se ve como un pecado de la vida pública la indiscreción que fisga y saca a la vergüenza de la calle hasta los últimos reductos de lo particular. El privatismo dominante ha lesionado la mirada misma, que ya sólo es capaz de adoptar el punto de vista del particular, compadeciéndose de la gran diva acechada y perseguida por el tenaz teleobjetivo de la prensa del corazón hasta en sus más recoletas cotidianidades. Pero, vistas las cosas socialmente, ¿quién es realmente el invadido y quién el invasor? Basta pasar por un quiosco de periódicos para advertir el impudor y la osadía con que la vida privada ha tomado por asalto los medios de comunicación e invadido y ocupado con sus obscenas huestes el interés del público. Y para mayor escarnio, todos comprenden que la ley persiga la divulgación de intimidades contra la voluntad de los particulares afectados, pero levantarían el grito al cielo si se atreviera a restringir la divulgación de asuntos semejantes, no por respeto a la privacidad individual, sino por el decoro de la vida pública y en beneficio de sus intereses. La lente de una mentalidad privatizada ha invertido la imagen misma del fenómeno, pues la verdad social es que la vida pública es el agredido, y la privada, el agresor”.

R. Sánchez Ferlosio: Vendrán más años malos y nos harán más ciegos.

Después de saborear esto, y mientras os disponéis a digerirlo, podéis echar un vistazo a vuestras fotos. Os deseamos lo mejor.

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ETNOLOGÍA DE LOS ANTIGUOS ASTURES

Publicado por serafingf el 2 Mayo 2008

portada26miniPor Paupan (ex alumno, estudiante de filología clásica)

Aprovechando el patriotismo que se respira en nuestra provincia, esa fuerza que corre por nuestras venas, ese grave y noble sentimiento que llena nuestros pechos con solemnidad, ese incuestionable fantasma que nos hace uno, me propongo arrojar un poco de luz sobre un tema que a todos gusta, pero en el que pocos son duchos. Con esto me refiero al costumbrismo y demás señas de identidad de nuestros antepasados, lo que ya es interesante en sí mismo, tanto más si subrayamos la necesidad de conocer la propia historia. El acceso directo a estos datos, y no a través de estudios posteriores, ya es difícil sin contar con el problema de la fiabilidad. Por ello, nos vemos en la obligación de consultar textos históricos y enciclopédicos romanos y griegos, como los de Plinio el Viejo, Floro, y, fundamentalmente, los de Estrabón, a pesar de que la información que aportan para con nuestros fines es bastante limitada. Sus escritos nos sitúan en los siglos I a.C. y I d.C. Recurriremos en contadas ocasiones, y sólo para matizar ciertos enunciados, a la arqueología.

En este breve recorrido por el día a día de los indomables astures, trataremos aspectos muy variados de su carácter, entre los que destaca su invencible amor a la libertad: es de ver la valentía de la que hicieron gala nuestros ancestros al enfrentarse a una derrota segura (su lucha contra la todopoderosa y vetusta Roma), hasta el punto de entregar sus vidas. Preferían la muerte al vasallaje. A esta implacable resolución es a la que deben el temor que les profesó, merecidamente, el gran emperador Augusto. Considero pues que lo mínimo que podemos hacer, en pago al feroz arrojo con el que defendieron nuestro pueblo y linaje, es tributarles un reconocimiento absoluto desde lo más recóndito de nuestros corazones.

Como última observación antes de entrar en materia, cabe poner sobre aviso al lector de la ocasional ambigüedad de las fuentes. Puesto que el historiador no es propenso a hacer distinciones, muchas de las particularidades de la idiosincrasia de los astures que van a ser referidas a continuación son extensivas a, por ejemplo, la de los galaicos y la de los cántabros, tribus vecinas c2n las que mantenían contacto. Incluso es posible que sean propias de otras comunidades íberas, sin que podamos saber con certeza quién las transmitió a quién. Esto se debe a que los autores de tan añejas crónicas las componían a partir de testimonios de soldados, que les ponían al corriente de todo aquello que llamase su atención durante sus expediciones.

Y ya, sin más preámbulos, procedamos con la anunciada exposición de la antigua etnología asturiana.

Siguiendo a Estrabón, es probable que nuestros protagonistas viviesen en chozas, en los bosques, hasta 19 a.C., y que comenzasen a civilizarse a partir de entonces, con la conquista de sus tierras y su consiguiente romanización. No obstante, sabemos por las reliquias arqueológicas que ya existían castros en territorio astur antes de dicha fecha. Los castros son poblados fortificados de no gran superficie, con varias viviendas para sendas familias. Normalmente, se sitúan en elevaciones no muy prominentes, y están rodeados por un muro de piedra. Por lo general, las casas son pequeñas, de planta circular, construidas de pizarra y coronadas por un techo cónico, de paja, que se sostiene con un poste de madera fijado en el centro de las viviendas; las calles suelen ser estrechísimas, pavimentadas, y no forman ángulos rectos. Los castros obtuvieron su nombre, como no podía ser menos, de los romanos, en concreto de los legionarios, que designaban con un vocablo similar sus campamentos militares; no cabe duda de a qué les recordaban estas aldeas.

Los hombres vestían de negro, y usaban sayos de lana, mientras que las mujeres llevaban vestidos sencillos o bordados con motivos florales. Llevaban todos el pelo largo, y los varones se lo ceñían a la frente con una banda para combatir. Escandalizaban particularmente a los romanos algunos adornos de las mujeres: algunas se afeitaban la parte delantera de la cabeza, para que brillase; otras llevaban unos collares de hierro con una especie de garfios que se extendían, por encima de ellas, desde su nuca hasta su frente, y de los que a veces colgaban velos que sumían sus rostros en sombras; otras se coronaban con una especie de columnilla, de más o menos un pie de altura, en torno a la que entrelazaban sus cabellos para cubrirlos con un velo negro.

Su alimentación era bastante pobre: hacían pan a partir de la harina que extraían de las bellotas, un pan que podía conservarse largo tiempo. La mayor parte de la carne que comían era de cabrito, y, para los usos del aceite, se valían de manteca. Esto demuestra que se ocupaban más de la ganadería que de la agricultura, lo que tenía su origen en un dato resaltado por Estrabón: en Iberia abundan el olivo, la vid, la higuera, y muchas especies vegetales similares, pero no así en el litoral norteño de la península, debido a su característico frío.

Su bebida más común es el agua, y, rara vez, beben también vino, aunque lo consumen por completo al poco de obtenerlo, en banquetes familiares. En este apartado localizamos un fuerte punto de controversia: Estrabón utiliza, para designar la tercera bebida de los astures, un término griego, zythos, que generalmente se acepta como cerveza. En este caso, la escasez o incluso inexistencia de cereales que presidía nuestra región niega la posibilidad de que se bebiese cerveza, y, más aún, las únicas bebidas que aparecen registradas en la documentación medieval asturiana, escrita en latín, son el vino, que ni mucho menos abundaba, y la sidra, que sí proliferaba. Además, es factible que los soldados romanos que hacían llegar tales noticias a Estrabón identificasen esta bebida con la cerveza: la explicación radica en que nunca habían visto ni oído hablar de la sidra, pero sí de la cerveza, y, al ver un líquido espumoso y de tono amarillo, que embriagaba a quienes lo ingerían, no podían pensar en otra cosa. Estos argumentos, sumados a otros, como el estudio del léxico pertinente, conforman la investigación que corrió a cargo del profesor Perfecto Rodríguez Fernández, a través de la que podemos concluir que los astures bebían sidra ya en época romana.

Comían pasándose los alimentos de mano en mano. Para ello, se sentaban en bancos construidos alrededor de las paredes, se entiende que de las casas, y el lugar que ocupaban en ellos no era casual: se disponían según su edad y dignidad. Cuando bebían, hombres y mujeres cogidos de la mano bailaban en corro al son de la música, saltando y agachándose alternativamente. Parecen claras las reminiscencias, si pensamos en nuestra danza prima. Estrabón nos dice que utilizaban la trompeta y la flauta, pero nosotros, con un conocimiento de la materia mucho más amplio, podemos pensar en los primeros prototipos de gaitas y demás instrumentos musicales tradicionales.

Para dormir, se echaban directamente en el suelo, envueltos en sus sayos.

Utilizaban pequeñas embarcaciones de cuero, mientras que sus vasos y cualquier otro tipo de recipiente eran de madera. Antes de la romanización, no usaban monedas, y hacían los pagos en especias o en láminas de plata recortadas.

Era motivo de terrible mofa para los romanos el hecho de que los astures y los cántabros se bañaban y se lavaban los dientes con orines, que almacenaban durante mucho tiempo en cisternas. Aunque hoy nos resulte grotesca, esta costumbre tenía su justificación: la orina está compuesta, entre otras cosas, por amoníaco y cloruro sódico, es decir, sal, lo que la haría efectiva, en cierto modo, a este uso. Catulo atestigua esta costumbre en sus poemas: uno de sus rivales en la conquista de mujeres, Egnacio, natural de nuestra tierra o sus alrededores, sonreía constantemente mostrando una dentadura extraordinariamente blanca, que contrastaba con la negra barba que la circunscribía. Catulo, en varias de sus composiciones, achaca a Egnacio la práctica de tan degradante costumbre, recordando su perseverante sonrisa.

La primera vez que nuestros antiguos contactaron con los legionarios romanos, que habían establecido cerca un campamento, al verlos deambular dando vueltas en sus turnos de guardia, los tomaron por locos y los llevaron de vuelta a sus tiendas. Para ellos, no existía más posibilidad que las de estar sentados tranquilamente o combatir, por lo que eran incapaces de interpretar aquellos paseos sin destino.

A los enfermos los exponían en los caminos, como hacían los egipcios, para que fueran aconsejados por los viajeros que hubiesen padecido la misma enfermedad.

En un solo caballo, montaban normalmente dos jinetes; sin embargo, si había que luchar, uno de ellos lo hacía a pie.

También tenían cierta maestría para cazar ratas, pues eran frecuentes las plagas. Éstas estropeaban las cosechas de trigo de los romanos allí asentados, que se vieron forzados a solicitar la ayuda de los nativos, pagándoles una cantidad por cada rata muerta que presentasen.

Para ejecutar a los condenados a muerte, los despeñaban, pero el procedimiento era distinto con los parricidas: éstos sufrían una lapidación fuera de sus poblados.

Practicaban también algunos deportes, como el pugilato (una especie de boxeo), las carreras, las luchas tanto inermes como armadas y a caballo, e incluso el combate en formación.

Respecto a su religión, adoraban a la Luna, pues en las noches de plenilunio hacían sacrificios a un dios innominado a la puerta de sus casas, y las familias permanecían bailando hasta altas horas. Además, rendían culto también a un dios de la guerra, al que consagraban los sacrificios de machos cabríos, caballos y prisioneros de guerra. La única que nos habla de su tratamiento de los difuntos es la arqueología, a través de túmulos sepulcrales.

Uno de los detalles más curiosos de nuestra etnología de antaño es la elevada posición de la mujer en la jerarquía social (en relación con la mayoría de sociedades del mundo antiguo): era el hombre el que tenía que dotar a la mujer, y eran ellas las que se ocupaban de casar a sus hermanos. Además, ellas trabajaban la tierra, y si era necesario daban a luz en plena labor, lavaban al niño en un arroyo y lo envolvían en pañales, para reincorporarse después al trabajo. Es claro índice de una sociedad matriarcal el ritual de la covada que seguían los astures y los cántabros: la mujer, tras tener al bebé, lo acostaba, para que su padre, libremente, lo reconociese y se acostase con él a cuidarlo, aceptando el matrimonio, mientras ella trabajaba para ellos durante unos días.

En sus guerras, fueron un pueblo ejemplar. Dión Casio nos cuenta el modo con el que a menudo suplían sus carencias y desventajas: se ocultaban en los picos, y, para la lucha, ocupaban los lugares más favorables y emboscaban al enemigo, valiéndose sobre todo de armas arrojadizas (lo que podrá observarse, más tarde, en la célebre Batalla de Covadonga).

Para que Roma lograse conquistar el norte de Iberia, acudió el mismísimo emperador Augusto. Llegado a la zona, restableció la moral de sus tropas, que se enfrentaban a gentes indómitas, y, con la llegada de refuerzos, sofocó la potente resistencia.

Gracias a Floro sabemos que los astures también guerreaban frente a frente, y se organizaban, como en la ocasión que él recoge, durante la mencionada campaña de Augusto, en la que éste ostentaba el mando de las legiones: formaron varias columnas y cada una asaltó un campamento romano simultáneamente, tras descender de las montañas en una carga brutal. La derrota de los astures se debió a la traición de algunos de sus propios hombres.

Se sucedieron encarnizadas batallas y, finalmente, completada la conquista de Asturias y Cantabria, Augusto volvió a Roma y dejó en calidad de legado a Lucio Emilio. Hubo reiteradas sublevaciones en nuestra región y su vecina cántabra, pero el invasor las castigó con crueldad. Sirva como ejemplo la primera de todas, que se basó en el engaño del que fueron víctimas los legionarios: los lugareños les pidieron que aceptasen, como regalo, una gran cantidad de cereales, y, cuando los soldados eran conducidos al lugar indicado, sufrieron un ataque sorpresa en el que perdieron la vida. Fue Lucio Emilio quien venció esta vez a astures y cántabros, y después ejecutó o cortó la mano a muchos guerreros. Otra revuelta digna de mención tuvo lugar cuando los astures fueron obligados a excavar sus minas, muy ricas en oro, como afirma Plinio el Viejo; al descubrir tales tesoros, se negaron a trabajarlos para otros, y se rebelaron, pero de nuevo fueron vencidos.

Las armas que utilizaban no están debidamente registradas, pero, corroborando lo que nos dice Silio Itálico con los testimonios arqueológicos, nos encontramos, fundamentalmente, con protecciones de pieles, hachas de doble hoja, puñales y armas arrojadizas.

Lo más interesante sin duda alguna es la bravura que enajenaba sus mentes hasta la insensibilidad. Anteponían la libertad incluso a la propia vida, y a propósito de esto se cuentan las historias más impactantes. Muchas madres mataron a sus hijos antes de que cayesen cautivos; un niño, siguiendo órdenes de su padre, se hizo con un arma blanca y mató a toda su familia, padres y hermanos, que, como prisioneros, estaban atados. Hubo también una mujer que mató a sus compañeras de cautiverio, y, otro prisionero, al ser reclamado por sus guardianes, que se hallaban ebrios, aprovechó para lanzarse a la hoguera. También se dice que muchos de ellos, crucificados, entonaban himnos de victoria antes de morir.

Tras la conquista definitiva (la guerra había durado desde 26 a.C. hasta 19 a.C.), Augusto no confiaba en poder mantenerlos sometidos, y comenzó a enrolarlos en la legión. Nos han llegado noticias de más de uno, pues hubo entre ellos quien hizo verdaderos progresos en el servicio militar.

Sin ir más lejos, Pintaius era un joven astur que ingresó en las filas del ejército romano a los 20 años, y murió luchando contra los germanos a los 27. En ese intervalo de tiempo alcanzó el grado de portaestandarte, vistiendo sobre sus hombros y su cabeza la correspondiente piel de oso.

Por su parte, Nammio Materno llegó a ser prefecto de la Cohorte I de Astures y Galaicos; habitó en Volubilis, ciudad norteafricana, actualmente en Marruecos, donde gozó de cierto prestigio. Su mujer, Emilia Sextina, había sido flaminica (cargo sacerdotal), y se había ganado el favor de la población con su gran honradez. Esto, añadido a los méritos militares de Nammio Materno, fue la causa del decreto expedido por la administración de la ciudad a la muerte de Emilia: se acordó públicamente que se diese a la noble mujer un sepulcro digno y que se le erigiese una estatua funeraria. Nammio, orgulloso de tal honor, rechazó el presupuesto ofrecido por el Estado y llevó a cabo la obra con su propio dinero. He aquí un ejemplo arcaico de esa generosidad, esa grandiosidad asturiana, compartida por gran parte de los íberos, que contemplamos a menudo, pues ¿quién no ha participado o, al menos, asistido a esas frecuentes discusiones acerca de quién paga la ronda?

Tras esta retrospección, espero que el lector se pueda formar una imagen bastante sólida de quiénes eran nuestros antepasados. Hemos visto algunas de las costumbres (asearse con orines, dormir en el suelo, la alta posición social de la mujer y los adornos de ésta, etc.) por las que los romanos tachaban a los astures y los cántabros de salvajes e incivilizados, y se sabe también que atribuían su conducta a su aislamiento, resultado de sus pésimas vías de comunicación. Decidir si tenían razón o no es tarea de cada uno, aunque, desde luego, comparados con la antigua Roma, su forma de vida era más que rudimentaria. Lo que está claro es la principal ventaja de un modus vivendi tan arcaico como el que aquí se ofrece: por aquel entonces, la comunidad asturiana estaba a salvo de la las intrigas y maquinaciones de la insidiosa vida política que tanto marcó, haciendo daño unas veces y reparándolo otras, a la Ciudad Eterna. Además, fue probablemente su carácter menos racional el que llevó a los astures a combatir a Roma, sin atisbo de miedo, hasta el final.

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