ADIOS A LA MINA DE LA CAMOCHA
Publicado por serafingf el 7 Mayo 2008
Por Diego Suárez Patallo
Eran las 10:05 de la mañana, había acabado la segunda hora lectiva en el IES Rosario de Acuña y los alumnos de CTS de 2º de bachiller estaban esperando a la entrada del instituto para salir andando hacia la mina de la Camocha. La ruta propuesta por el departamento de filosofía era agradable y tranquila, aunque la marcha no lo fue tanto.
Hubo que esperar un poco por Borja Llanos que llegó algo tarde, pero con razones totalmente justificadas ¡¡!! El primer kilómetro de viaje fue protagonizado por el majestuoso gorro de Serafín que a la par que le protegía del sol y aportaba frescura a su cabeza estaba totalmente en armonía con su vestuario. Con el transcurso de los kilómetros el agradable paseo se empezó a convertir en una lucha por la supervivencia; el calor estaba acabando con nosotros y los ciclistas sólo pensaban en atropellarnos, incluso nos insultaron, no porque fuéramos haciendo algo inadecuado sino porque eran malas personas, desde mi punto de vista. Nos dimos un respiro parando a comer algo y continuamos con el duro recorrido.
Después de un rato llegamos a la mina, donde un extrabajador (bueno, sigue trabajando, pero en tareas de desmantelamiento) de la mina estaba dispuesto a enseñarnos su funcionamiento. Lo primero que hicimos fue entrar en el edificio donde estaban los vestuarios, taquillas e instrumentos para los trabajadores de la mina; nuestra mirada no pudo esquivar la cantidad de posters y fotos que decoraban el majestuoso “espá” en el que se habían convertido aquellos
vestuarios. Luego fuimos al edificio donde estaba el generador y la zona donde estaba el ascensor (la jaula, dicen ellos) que bajaba a la mina; tuvimos que tener cuidado ya que era una zona bastante peligrosa a la que nos fue imposible bajar. Por último visitamos el edificio donde se seleccionaba y limpiaba el carbón (el lavadero); en este edificio había varias plantas, en todas había las mismas máquinas, sólo diferenciadas por el tipo de rendija que tenían, que servían para seleccionar según el tamaño de los trozos de carbón. El trabajador que nos lo mostró, a pesar de que no era su función, se molestó mucho en explicar todo y responder a nuestras preguntas; además su tono desenfadado lo hizo muy ameno. Después todos cogimos el bus (algún privilegiado, en coche particular) y nos marchamos a casa.
En definitiva fue una excursión agradable, cansada, pero agradable.
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