Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

Primer premio, prosa, segundo ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 23 Mayo 2008

portada26miniSara María Llerandi Méndez (3ºC)

“Sin título”

 

-Te quiero.
-No me importa.
-A mí sí.
-Me da igual.
-Tú también me quieres, ¿verdad?
-No.
-Sí.
-Jamás.
-¿Segura?
-Por supuesto.
La abrazó con fuerza. No quería dejarla escapar. Desearía prolongar ese momento para siempre. Se sentía tan completo junto a ella… Miró el reloj de la mesita. Las manecillas desgastadas le indicaron que eran las ocho de la mañana. Sólo quedaban cuatro horas para el final, pensó con amargura. A las doce, todo acabaría, como en la cenicienta. Pero aquello no era un cuento de hadas, él no era un príncipe, y ella no era ni sería jamás su princesa. No había ningún final feliz para ellos.
-¿En qué piensas?
-En ti.
-En serio, dímelo.
En nosotros.
Ella suspiró. Habían tenido esa conversación un millón de veces. Ella se lo había advertido la primera vez que se vieron, pero para disgusto de ella, él no le había querido escuchar. Movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrada.
-Sabes que no puedo.
-¿Por qué?
-Porque no.
-¿Por qué no?
-Porque es mi trabajo, mi vida, me guste o no. Somos de mundos distintos, entiéndelo. No podemos estar juntos. Sería un error.
-Si podemos.
-Cabezota. Sabes que no. Y lo peor es que no quieres darte cuenta de ello.
-¿Qué tiene de malo soñar?
-Nada, no tiene absolutamente nada de malo. Al contrario. Pero tú no pareces darte cuenta de eso, de que los sueños son sólo sueños.
-Los sueños pueden hacerse realidad.
-No en nuestro caso.
Se levantó y se sirvió una copa de aquel champán que habían pedido para la ocasión. Se sentó en una desgastada butaca que había en un rincón y observó a su acompañante. Su dorada melena caía sobre su espalda. Una suave sábana cubría su figura. Su dulce mirada se había vuelto seria. Sus labios estaban fruncidos.

-¿Quieres champán?
-No
-¿Vino? ¿whisky? ¿…Vodka?
-No. Si acepto me emborracharás, y entonces puede que me vaya contigo. Y no quiero que ocurra eso.
-Si quieres.
-No.
-Mírame a los ojos y dímelo.
-No puedo…
Sólo fue un susurro, casi inaudible, pero bastó para que él dejara su bebida y fuera junto a ella. La besó muy suavemente. Un ligero roce, que bastaba para derrumbar las últimas barreras que ella ponía. Nunca nadie la había tratado con tanta dulzura. Una hora después, se despertó. Miró a su lado y ella no estaba. Se asustó. ¿Había sido capaz de irse sin decirle nada? Era imposible. Levantó la vista y la vio, sonriente, espléndida, frente a la puerta del baño.
-Ven.
-No.
-¿Siempre tienes que llevarme la contraria? ¿Hasta en eso?
-Si.
-Ven.
Ella se rio suavemente y se acercó a él. Se echó a su lado en la cama, suspirando.
-¿Sabes? Sé que no podemos estar juntos, que no debemos. Pero entiéndeme. Eres lo único que merece la pena en mi vida. Sin ti, todo sería oscuridad…No puedo permitirme el lujo de perderte. Nunca nadie me ha hecho tan feliz como tú…
La sonrisa se había borrado de su cara. La tristeza le había ganado la partida.
-Lo siento. Ha sido culpa mía. Cometí un error. No fui suficientemente clara. Ya no podemos hacer nada…
-Pero…
-Nada. Lo siento. Adiós.
Y se fue, dando un portazo.
Y se quedó solo.
Y nunca más la volvió a ver.
Y comprendió que su amor, al ser imposible, sería eterno.

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