Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

Artículos de Junio, 2011

OLIMPIADAS MATEMÁTICAS ASTURIANAS

Publicado por serafingf el 13 Junio 2011

portada29reducidaPor Aida Menéndez Parrón

 

 

 

El pasado 21 de mayo se celebró en el IES Emilio Alarcos la final de las Olimpiadas Matemáticas Asturianas. A ellas acudimos dos alumnas del centro: Marta González y yo, Aida Menéndez. Las olimpiadas comenzaron a las 10 de la mañana y allí nos reunimos 40 estudiantes de 2º ciclo de ESO, provenientes de diferentes lugares de Asturias, para realizar diferentes actividades relacionadas con las matemáticas.

La primera prueba consistía en una serie de ejercicios que teníamos que resolver de manera individual durante unos 50 minutos. Al acabar, nos dividieron en grupos de cuatro personas y se son regaló un bocadillo y un refresco. Tras disponer de unos minutos de tiempo libre nos dispusimos a hacer la segunda prueba. Ésta simulaba una carrera de relevos, en la que cada grupo, formando parejas, debía resolver el mayor número posible de ejercicios.

La prueba final, denominada “de velocidad”, era una especie de gymkana con diez pruebas práticas diferentes.

Animamos a todos los alumnos a presentarse a esta competición, ya que es una forma divertida de conocer gente de nuestra edad y aprender cosas interesantes sobre las matemáticas. Además te regalan una camiseta tan solo por participar.

 

 

 

 

 

 

 

 

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La guerra de Libia

Publicado por pablohm el 6 Junio 2011

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Por Silvia Martínez Fernández 3D 

La guera de Libia se ha convertido (junto a la central nuclear de Fukushima) en uno de los temas de actualidad más tratados y debatidos en los medios de comunicación. Este enfrentamiento estalló el pasado mes de Febrero entre Muamar el Gadafi y varios oponentes, que reivindicaban reformas económicas y políticas en el gobierno de Gadafi. Su manera de hacerse oír era mediante manifestaciones entre las que destaca la “Revuelta del 17 de Febrero”, principal causante de la guerra. El día15 de este mismo mes la policía detuvo a Fethi Tarbel, defensor de los presos de conciencia, acusado de haber difundido un rumor acerca de un incendio en la cárcel de Abu Salim. En la revuelta se reclamaba la libertad de los presos, aunque el resultado estuvo muy lejos de eso, ya que concluyó con tres muertos y 38 heridos. A partir de esta manifestación, se fueron organizando otras de mayor calibre, terminando en pocos días con la vida de cuarenta personas, dos de ellas en la horca. Las protestas siguieron aumentando y haciéndose más intensas, y se extendieron por la zona oriental del país (contraria al gobierno de Gadafi), donde parte del ejército se unió a los rebeldes. Gracias al apoyo militar, los oponentes consiguieron controlar las ciudades circundantes a Trípoli. La presión de los adversarios hizo reaccionar al ejército de Gadafi que aumentó los ataques contra estas ciudades para volver a recuperarlas. En el otro bando, los rebeldes (apoyados por soldados y políticos desertores) se organizaron y crearon el 27 de Febrero el “Consejo Nacional de Transición”, con sede en Bengasi, que cuenta con 31 miembros y hasta página web.

 

Muchos de los habitantes de este país decidieron abandonar sus viviendas y bienes para escapar del conflicto, refugiándose en los países más cercanos. Esto originó como consecuencia una crisis humanitaria. La crisis en Libia también repercutió internacionalmente en la economía, con una importante subida en el precio del petróleo, y una bajada en el euro. En el campo de la política, la gran mayoría de los gobiernos occidentales rechazaron las ideas de Gadafi y la Liga de Estados árabes defendió el establecimiento de una zona de exclusión aérea contra su gobierno. Por otra parte, el Consejo de Seguridad de la ONU informó al ejército libio de que los medios y armas que estaban usando podían ser catalogados como crímenes de lesa humanidad, al mismo tiempo que lo sancionaba. A mediados de marzo, este consejo aprobó el establecimiento de una zona de exclusión aérea y autorizó a los Estados miembros de la ONU el uso de “todas las medidas necesarias” para preservar la seguridad de los habitantes libios, salvo el uso de fuerzas de ocupación en cualquier lugar del territorio.

 

 

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AMOR CORTÉS

Publicado por serafingf el 2 Junio 2011

Por María Aguado Méndez

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Primer premio 2011, poesía, 2º ciclo de ESO

AMOR CORTÉS

En un valle del siglo dieciséis,
había un castillo oculto, del que nunca adivinaréis.
Vivía una joven princesa,
hija de Rey y del amor presa.

Cuenta la historia o más bien la leyenda,
que camino a Palacio, un juglar tomó aquella senda.
Llegando al final, una fortaleza halló,
precavido ante todo, por lo que se calló.

En el balcón asomada se veía a la muchacha,
con anillo desposada, pero deseosa de un hacha.
Ya que con esto tendría libertad,
ella con él no quería nada, ni siquiera su amistad.

El peor hombre del valle era su marido,
era alto, guapo y fornido.
Pero todo él formaba,
un gran egocentrismo que en su corazón guardaba.

El juglar al ver esto, decide actuar,
se adentra en el castillo, con su don de enseñar.
El Rey a la entrada le deja pasar,
y él agradecido quiere deleitar.

Al llegar a su cuarto ella lloraba,
no dudó en preguntarle qué le pasaba.
Ella al ver a alguien interesado,
le contó sus maltratos sin dejar nada de lado.

No podía creer qué oían sus orejas,
todo, absolutamente todo eran quejas.
Decidió ayudarla en todo lo que pudiese,
una canción le dedicó y vino para que bebiese.

No sabe si fue el alcohol, la canción o el dolor,
que la pobre, cayó de amor.
A él le quería como prometido,
tenía de todo, y no como su marido.

Él le sugiere un trato,
ir cada día, y que le cuente un rato.
Ella acepta encantada,
el juglar le manda un beso, con el que se queda sonrojada.

Al caer la mañana el juglar aparecía,
y así ocurrió día tras día.
Dice la leyenda que los dos se querían,
tanto, que hasta ya besos caían.

Querría decirle ella al juglar, que no se fuese de su lado,
que estuviese con ella, llevarle siempre atado.

“Querría que el sonido de su laúd,
me acompañase a mi ataúd.
Sabe él que podría dedicarle mil y un versos con triadas,
pero prefiero expresarme a base de una caricia y amorosas miradas.”

La leyenda persiste hasta ahora,
y actualmente lo transmite esta escritora.
Los amores y los sentimientos de la chica se ven reflejados,
en estos cuarenta y ocho versos que he plasmado.

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LA MUERTE EN FRAC

Publicado por serafingf el 2 Junio 2011

Por Dora Martínez Llorente

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Primer premio 2011, prosa, 2º ciclo de ESO

 

 

 

LA MUERTE EN FRAC

Pasea despacio, ligero, como en una nube. Una extraña sonrisa de satisfacción en el rostro. Una mirada perdida. Varias lágrimas en los ojos y el pelo despeinado. Los zapatos manchados de barro, los pantalones rotos y la pajarita desabrochada. Los nudillos destrozados a la par que su labio inferior. La camisa con manchas de sangre y la más grande de ellas en su costado derecho. La gente le mira con el miedo pintado en los ojos y nadie camina hacia él sino que le esquivan.

Se acerca a la balaustrada y contempla el intenso océano que se extiende ante él. Por un momento sueña que vuela hacia otro lugar, fuera de aquello, fuera de ellos. Sueña que vuelve a nacer en otra familia, otro país. Las olas chocan bajo sus pies y al inclinar la cabeza para mirarlas chorrea varias gotas de sangre a las fauces de ellas. Sangre sucia. Sangre manchada con el nombre de otra persona. Por un momento recuerda el nombre de todos y cada uno de ellos. En silencio pide perdón y luego vuelve a sonreír plácidamente. Alza la vista al cielo y suspira profundamente. Los pulmones le arden y siente que su latido es acelerado. Mira de nuevo al horizonte. Se desabrocha la esclava de su mano izquierda con sumo cuidado y la ata en la barandilla de aquel precipicio. Le da un último beso a aquel nombre y pasa por encima de la balaustrada hasta el borde del precipicio. Se queda allí, de pies, tambaleándose. Sintiendo que su conciencia le falla. Una mujer lo ve desde lejos y se acerca hasta él preocupada. Le quedan apenas un par de metros y de pronto el misterioso hombre cae al vacío como si no hubiera vida alguna en su cuerpo. La mujer corre hacia el lugar donde instantes antes estaba, con el corazón en un puño y mira hacia el rompeolas. Ya no se ve nada. Ya no hay nada. El mar se lo ha tragado impávido. La mujer sigue mirando mientras teclea el 091 en su teléfono móvil. Varios metros abajo un cuerpo se hunde al igual que su mente se fuga y en un último esfuerzo vuelve a proyectar en el fondo de su mente un profundo “lo siento”.

Treinta años antes, en un hospital de algún lugar de Italia un niño ve por primera vez la luz del sol. Un señor extraño lo coge en brazos y luego otra persona que le parece más familiar.
-Pobre mujer -murmura otro -, se veía venir que esto pasaría. Estaba muy débil y el parto ha sido complicado.

-Lo importante es que el niño esté bien -dice el hombre que le tiene en brazos con voz fría y gira la cabeza hacia el bebé -. Y a ti más te vale no defraudarme. Tengo planes y espero que me hagas sentirme orgulloso, Bruno.

-¿Le vas a llamar Bruno? ¿Por qué?

-Porque Bruno quiere decir oscuridad, y creo que el nombre le va a venir como anillo al dedo.

El padre de Bruno, llamado Lucciano, era el jefe de una de las mayores mafias en Italia. Le cuidó como ningún otro padre podría hacer, nunca le faltó de nada, excepto una madre. Bruno creció inocente en el seno de esa familia pero cuando cumplió 7 años su padre le pidió un extraño favor. Debía llevar una fiambrera, que no debía abrir, a un amigo de su padre. Cuando llegara debía decir “aquí están los gramos de harina que pidió a mi padre” y a cambio el señor le daría un fajo de billetes. Este favor se repetía continuadas veces todas las semanas y cada vez a distintas personas.

Un día su Lucciano le dijo que necesitaba que llevara una mochila entera a otro amigo que vivía en otra ciudad. Para ello debía coger un tren. Cuando los revisores le preguntaron por ella él dijo que llevaba harina y que su padre le había exigido no abrirla bajo ningún concepto para no perder ni un gramo. Los revisores, divertidos, se echaron a reír y le dejaron pasar. Poco a poco los favores aumentaban y Bruno crecía. Cuando hubo cumplido 14 años sabía perfectamente lo que hacía y a lo que se enfrentaba y a cambio le pedía a su padre un salario. Así se convirtió en un chico calculador y manipulador que apenas se relacionaba con los demás. Tarde tras tarde su padre le entrenaba en clases de esgrima, karate y algún día que otro lo llevaba a cazar y le enseñaba a apuntar.

En su 18 cumpleaños su padre, en vez de regalarle un móvil, un ordenador o una moto, le entregó un paquete con la firma de una tintorería fuera. Bruno extrañado lo abrió. En su interior encontró un frac con unos pulidos zapatos de charol. Sin casi mediar palabra su padre le obligó a probárselo. Cuando Bruno se vio delante del espejo se sintió una persona importante, superior. Se colocó la pajarita y se echó el pelo hacia atrás con gomina.

-¿Sabes qué, hijo? -dijo su padre -, me siento orgulloso de ti. Te sienta casi tan bien como me sentaba a mí a tu edad. Mi padre también me regaló uno así. Hoy es tu día, cumples 18 años. Te conviertes en alguien importante y no podrías hacer otra cosa más que seguir la tradición.

Bruno asintió, casi sin saber a qué se refería, y escucho palabra por palabra la nueva misión que su padre le estaba encomendando y que cambiaría el destino de su vida.

Abrió la puerta y las campanillas resonaron en el techo. Miró de derecha a izquierda. No había nadie, como su padre le había prometido. Le sudaban las manos y su pulso se aceleraba. Al otro lado de la tienda de ultramarinos se asomó un hombre sonriente. Por un momento vaciló pero finalmente se acercó al mostrador.

-Buenos días -dijo con la voz más fría que nunca antes había puesto -estoy buscando al señor Giovanni.

-Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

Bruno le miró largamente. Por un momento sintió compasión pero inmediatamente volvió a darse cuenta de por qué había ido allí. De la familia a la que pertenecía, de lo que esperaban de él y sobre todo de lo que su padre esperaba.

-Perdone -interrumpió sus pensamientos el tendero -¿quería alg…

No terminó la frase. Una bala disparada con un silenciador le atravesó el pecho. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Un sordo sonido salió de su boca y cayó así, con la sorpresa pintada en la cara, sobre el mostrador.

Momentos después Bruno salió a la calle y miró hacia los lados. No había nadie. Dejó que el viento le acariciara el rostro y caminó calle arriba preguntándose cuánto tardarían en echar de menos a ese viejo tendero y si serían capaces de encontrar su cuerpo. Se sentía poderoso. La gente le miraba. Él se paseaba por una de las calles más barriobajeras de Roma con un impecable traje de frac, como si de un pianista de película se tratase.

El contraste era exagerado. Miraba a los demás con aire de superioridad, por encima del hombro. Sentía que ya nada ni nadie podía pararle y por un momento le dio las gracias a su padre en silencio por convertirle en lo que era.

Así pasaron 10 años. En la familia se le conocía como “La Nueva Muerte”, tan frío y letal como la propia. Asesinato tras asesinato. Sin compasión ni penitencias. Siempre todo calculado, ningún error. Hasta aquel día. Caminaba por el andén del metro. Seguía a su víctima como un depredador espera para atacar a su presa. Era el momento, ya lo tenía. Se disponía a sacar la pistola cuando alguien se cruzó en su camino. Un golpe, una caida, muchos papeles en el aire y una presa que se escapaba.

-¡Ay madre, lo siento! No miraba por donde iba… ¡Cuánto lo siento! Déjame que te ayude -decía una voz que se le antojó irritante.

-iJoder! ¿No puedes tener un poco más de cuidado?-maldecía mientras miraba el camino por el que se había escapado. Nunca se irritaba por nada y sin embargo aquella persona lo había conseguido -No sabes en qué lio te has metid… -de pronto calló. Aquella chica era realmente hermosa. Nunca antes había visto unos ojos tan expresivos, con tanto que contar. Y su mirada tan natural, sin nada que esconder… en dos palabras: tan pura.

-¿Hola? ¿Sigues ahí? -dijo divertida la chica -Lo siento muchísimo. ¿Te has hecho daño? Espero que no… ¡Mira cómo han quedado mis apuntes! Tardaré días en volver a colocarlos. Es que ¿sabes? Estoy muy nerviosa, acabo de salir de un examen en la universidad y claro, iba en otro mundo. Y eso que creo que me ha salido bien aunque el profesor me dijo que…

-¡Eh eh! -La cortó Bruno -¡Te perdono la vida tranquila! -dijo, sabiendo hasta qué punto esa frase era verdad -Mira no te preocupes, de todas formas no tenía prisa. ¿Por qué no vamos a tomar algo y me cuentas todo esto que me estas soltando ahora? -dijo sorprendiéndose a sí mismo.

-Ay, pues me apetece bastante la verdad, estoy muy agobiada porque…

-¡Eh! Solo hay una condición. Cierra la boca hasta que lleguemos al bar -dijo sonriendo por primera vez en mucho tiempo. -Me llamo Bruno ¿y tú?

-Me llamo Amelia, encantada -dijo. Bruno le extendió la mano pero ella divertida la apartó y le dio dos besos.

Era una locura, él lo sabía, pero prefirió no pensar en alto. Llevaban horas hablando y parecía no cansarse de escuchar sus historias, por muy idiotas que le parecieran. Ella le contó que era de España. Que le apasionaba el italiano y por ello había ido a Roma a estudiar medicina. Eran sus ganas de vivir las que le abducían. Sus propuestas soñadoras. La mirada tan clara y transparente. No lo pensó dos veces y por primera vez se lanzó a lo desconocido. Nunca antes había sentido nada igual por nadie. Ella lo aceptó sin dudarlo. Le atraía ese halo de misterio que le rodeaba, la forma en que la miraba la inquietaba de la misma forma que la atraía. Parecía tener algo que esconder pero en esos momentos no le importó.

El padre de Bruno notó que algo ocurría con su hijo. Intentó hablar con él del tema y siempre había una excusa que parecía razonable pero que nunca acababa de convencer a Lucciano. Bruno nunca le fallaba en lo que le proponía y últimamente lo hacía demasiado a menudo.

Empezaron esa relación suicida. Ellos dos, que no tenían nada que ver y sin embargo parecían estar destinados a conocerse. Un día ella preguntó por su trabajo y él dijo ser cobrador del frac. Otro le encontró manchas de sangre y el dijo que se había cortado. Así mentira tras mentira hasta que le encontró una pistola. Él quedó mudo sin saber lo que decir y por primera vez sintió vergüenza.

-Bruno -empezó -algo raro está pasando. Supongo que si no me lo cuentas es porque no quieres ponerme en peligro. Confío ciegamente en ti. Llevamos casi dos años juntos y creo que es suficiente para saber cómo eres, aunque no sé quién eres realmente. No me importa lo que escondas. Creo que sea lo que sea no es algo que tú hayas elegido, no eres así. Mira, ¿sabes lo que creo? Creo que tú en realidad tienes dos personalidades y una de ellas sólo la conozco yo y es una auténtica pena que sea así. Vamos a hacer una cosa -dijo mientras se desabrochaba una esclava -Esta es la esclava que me regalaron cuando me gradué. Lleva mi nombre inscrito. Quiero que te la pongas cuando estés conmigo, cuando saques esa parte de ti que tanto amo ¿de acuerdo? -y se la abrochó en la muñeca izquierda.

-De acuerdo -dijo él. Y la besó con una ternura infinita. Una ternura que meses atrás creía imposible en él. Por eso la quería tanto, ella le aceptaba pasase lo que pasase porque veía el fondo de su alma y sacaba la persona que podría haber llegado a ser de haber nacido en otra familia.

Ese mismo día fue a hablar con su padre. Entró en su despacho y se sentó delante de él.

-Padre -comenzó -quiero dejar de ser lo que soy. Quiero empezar una vida nueva. Ya no aguanto más.

Tras un largo silencio, que le pareció eterno, Lucciano abrió la boca.

-Me suponía que algo así pasaría. Llevo semanas siguiéndote. Sé lo que esa chica está haciendo contigo y no permitiré que eche a perder así lo que llevo criando 30 años. Se acabó, Bruno, llevo demasiado tiempo dejando que juegues de esa forma.

De pronto Bruno entendió a lo que se refería. Salió de su casa en busca de Amelia. La convenció, después de repetirle varias veces que confiara en él, para irse a España con su familia. Ambos partieron la misma noche. Esas semanas fueron las más felices de sus vidas, aunque Bruno nunca llegó a relajarse del todo. Examinaba constantemente cada cosa que hacían y cada lugar al que iban, siempre en tensión. Esperando algo inminente.

Una noche, cuando alquilaron una casa al lado del mar para celebrar sus dos años juntos, Bruno tuvo un extraño presentimiento. Después de revisar la casa varias veces se fueron al salón. Allí, sentados frente al fuego, comprendió que no podrían escapar eternamente así que decidió que Amelia tenía derecho a saber lo que estaba pasando. Al terminar de contarlo todo Amelia le dio un fuerte abrazo y le susurró al oído: “No te preocupes, lo único que quiero es pasar el resto de mi vida junto a ti yeso es algo que pasará. Estábamos destinados desde que nacimos. Nada ni nadie podrá separarnos.” Por enésima vez Bruno le dijo lo muchísimo que la quería y se fundieron en un beso.

Y fue en ese momento cuando irrumpieron en la casa y todo ocurrió muy deprisa. Lucciano entró en el salón con un gran portazo y los apuntó. Bruno, rápido como el pensamiento, sacó su arma y apuntó a su padre y ambas pistolas dispararon a la vez. Ambas balas se cruzaron, ambas con un destino ya definido, mortales, dos diminutas piezas de plomo que acabarían con la vida de dos personas sin alteración alguna, y ambas balas alcanzaron sus respectivos destinos. Bruno lanzó un grito al cielo mientras los secuaces de su padre entraban en el salón a tiempo de ver a su jefe caer al suelo con los ojos en blanco y a una mujer caer en brazos de Bruno que comenzó a llorar.

-No por favor, tú no tienes por qué acabar así. Este es mi destino no el tuyo. Tú no te mereces morir, no aquí, no ahora. Por favor -sollozaba -, por favor Amelia mírame. Amelia, lo siento. Lo siento muchísimo. Amelia… Eres mi vida no me dejes por favor… te quiero…

Cuando comprendió que no recibiría respuesta alguna levantó la vista y los vio de pies en el umbral de la puerta. Con un grito de furia que le salió del fondo del corazón se lanzó contra ellos, hacia una pelea mortal, hacia quienes le habían criado, quienes le habían convertido en lo que era. Acabó con ellos, aunque le superaran en número, demostrando que seguía siendo el mayor asesino que nunca nadie había conseguido fabricar antes, no sin recibir un balazo y varios golpes. Cogió a Amelia y la dejó en el dormitorio, manchando las sabanas blancas con su sangre. La miró por última vez y salió de la casa sin mirar si quiera a su familia, con un destrozado traje de frac, como si de un pianista fracasado se tratase.

 

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LO QUE DURE UN PARA SIEMPRE

Publicado por serafingf el 1 Junio 2011

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Laura González García

Primer premio 2011, prosa, primer ciclo de ESO

 

 

 

Verano. La playa. El sonido de las olas que disimuladas rompen en la orilla. La arena, cálida, fina, ligera, empujada por la suave brisa que relaja el ambiente. El sol, resplandeciente y dañino para mis ojos que, vergonzosos, se esconden tras unas Ray-Ban negras. Los mechones despeinados caen divertidos por mi cara y, con ellos, una lágrima que se derrama por mi mejilla ligeramente sonrojada, hasta desembocar en el mentón, desde donde se precipita al vacío. Y en ese momento los recuerdos se abalanzan sobre mí. Recuerdos. Recuerdos de él. De los momentos pasados a su lado, junto a sus amigos o solos; de sus besos; de sus caricias; de sus abrazos. Él. Pero en ese instante algo hace despertar de mi pasado. Sus risas. Tres risas alegres, felices, extrovertidas. Ellas. Corriendo, se acercan a mí mientras intento disimular, secándome lo que queda de aquella gota que, como tantas, se habían desprendido a causa de aquel rostro que durante mucho tiempo me había hecho feliz. Sonrío. Se acercan y se tumban en sus toallas, quietas para que el sol haga desaparecer las miles de minúsculas gotitas de agua salada de su piel, ya morena.

Las miro. ¿Cómo pueden ser tan espectaculares? ¿Tan…así? Son las personas que he elegido como amigas para el resto de mis días. Para ahora, pequeña mariposa que poco a poco aprende a volar, y para el futuro, del que no se sabe nada. Solo que ellas estarán a mi lado, que formarán parte de mí, que entrarán cuando todo el mundo haya salido. Como fieles amigas. Lo sé. Sé que ellas reirán cuando yo llore para sacarme una sonrisa en mis peores momentos, sé que harán lo que les sea posible para no hacerme daño, sé que me querrán como solo ellas saben, sé que respirarán por mí cuando me falte el aire. Y sí, una puede ser rubia, otra morena; una de pelo liso, otra rizado; una con ojos azules, otra con ojos almendrados. Pero a pesar de esta mezcla que nos separa, hay un estrecho vínculo, una compatibilidad que nadie deja escapar: la amistad. Porque es la que acude sin que se la llame. Es ella la que tiene remedios para cualquier herida, rasguño, espina que pueda causarte dolor. Es la que hace que los días sean más atrevidos. Mágicos. Es el mejor sentimiento. El que apenas hace estragos y fracasos. El que, además del amor, te hace sentir viva y única. Diferente. Feliz. Entonces, ¿qué más puedo pedir? Nada.

Aparto mis pensamientos y, junto a ellas, decido tomar un helado mientras observo el cielo azul cyan que me atecha. Preso del verano. Sin nubes blancas que se puedan percibir. Solo su color. Centro mi atención en sus palabras. Charlan. Como hacen siempre. De anécdotas, de chicos, de hobbies, de música… Pero su único objetivo es mantener una conversación en la que participemos todas. Hasta yo lo hago, la más ausente de todas por los últimos acontecimientos ocurridos. Ellas lo saben, saben que no estoy bien, y por eso no me presionan. Me dan tiempo, justo el que necesito para recuperarme. Pero no por eso mi vida carece de sentido. Es más, quizá ahora sea el momento de pararse a pensar, y reflexionar qué hice mal para no volver a cometer el mismo error. Me percato de que me están observando. Sus miradas se clavan en mi cara, como agujas. Entorno los ojos y sonrío. Es mi única respuesta. Y me doy cuenta de que no puedo seguir así. No puedo afectarlas a ellas también. Así que me dispongo a jugar con ellas a voleibol, nuestro deporte favorito.

Jugamos durante largo rato, riendo anecdóticamente, gritando, siendo aquel partido amistoso. Como lo que somos. Al terminar nos abrazamos. Todas juntas. Como un equipo. Y me gustaría no despegarme de aquellos brazos nunca. Los que me sujetan para no caerme al vacío.

Entonces me doy cuenta de que, solo cuando estoy con ellas, solo con su presencia, dejo de pensar en él.

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JAPÓN

Publicado por serafingf el 1 Junio 2011

Tamara García Cuiñasportada29reducida

Primer premio 2011, poesía, bachillerato

JAPÓN

Busca entre escombros, entre restos, entre sombras.
Busca a sus padres, a sus hijos, a su esposa.
Busca un amor, una vida que se fue,
en un instante y lo más grande se llevó.

¿Qué pecado cometió, cuál fue su gran error,
por qué no estuvo ahí, por qué no les salvó?

Cuando el invierno llegaba a su fin,
cuando los copos de nieve dejaban paso a las flores del árbol,
Un tremendo escalofrío consiguió hacer sufrir
La tierra en la que dio sus primeros pasos.

Y el dios del mar enfurecido alzó sus enormes brazos,
Lanzado contra la costa,
Angustia, dolor y barro.

Se desgarra su voz, se desgarra su alma,
Ya no importa, ya…no hay nada.

Vencido,
Se arrodilla apoyando sus manos en el suelo,
Y entre lágrimas susurra…

“Os echaré de menos”.

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