Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

LA MUERTE EN FRAC

Publicado por serafingf el 2 Junio 2011

Por Dora Martínez Llorente

portada29reducida

Primer premio 2011, prosa, 2º ciclo de ESO

 

 

 

LA MUERTE EN FRAC

Pasea despacio, ligero, como en una nube. Una extraña sonrisa de satisfacción en el rostro. Una mirada perdida. Varias lágrimas en los ojos y el pelo despeinado. Los zapatos manchados de barro, los pantalones rotos y la pajarita desabrochada. Los nudillos destrozados a la par que su labio inferior. La camisa con manchas de sangre y la más grande de ellas en su costado derecho. La gente le mira con el miedo pintado en los ojos y nadie camina hacia él sino que le esquivan.

Se acerca a la balaustrada y contempla el intenso océano que se extiende ante él. Por un momento sueña que vuela hacia otro lugar, fuera de aquello, fuera de ellos. Sueña que vuelve a nacer en otra familia, otro país. Las olas chocan bajo sus pies y al inclinar la cabeza para mirarlas chorrea varias gotas de sangre a las fauces de ellas. Sangre sucia. Sangre manchada con el nombre de otra persona. Por un momento recuerda el nombre de todos y cada uno de ellos. En silencio pide perdón y luego vuelve a sonreír plácidamente. Alza la vista al cielo y suspira profundamente. Los pulmones le arden y siente que su latido es acelerado. Mira de nuevo al horizonte. Se desabrocha la esclava de su mano izquierda con sumo cuidado y la ata en la barandilla de aquel precipicio. Le da un último beso a aquel nombre y pasa por encima de la balaustrada hasta el borde del precipicio. Se queda allí, de pies, tambaleándose. Sintiendo que su conciencia le falla. Una mujer lo ve desde lejos y se acerca hasta él preocupada. Le quedan apenas un par de metros y de pronto el misterioso hombre cae al vacío como si no hubiera vida alguna en su cuerpo. La mujer corre hacia el lugar donde instantes antes estaba, con el corazón en un puño y mira hacia el rompeolas. Ya no se ve nada. Ya no hay nada. El mar se lo ha tragado impávido. La mujer sigue mirando mientras teclea el 091 en su teléfono móvil. Varios metros abajo un cuerpo se hunde al igual que su mente se fuga y en un último esfuerzo vuelve a proyectar en el fondo de su mente un profundo “lo siento”.

Treinta años antes, en un hospital de algún lugar de Italia un niño ve por primera vez la luz del sol. Un señor extraño lo coge en brazos y luego otra persona que le parece más familiar.
-Pobre mujer -murmura otro -, se veía venir que esto pasaría. Estaba muy débil y el parto ha sido complicado.

-Lo importante es que el niño esté bien -dice el hombre que le tiene en brazos con voz fría y gira la cabeza hacia el bebé -. Y a ti más te vale no defraudarme. Tengo planes y espero que me hagas sentirme orgulloso, Bruno.

-¿Le vas a llamar Bruno? ¿Por qué?

-Porque Bruno quiere decir oscuridad, y creo que el nombre le va a venir como anillo al dedo.

El padre de Bruno, llamado Lucciano, era el jefe de una de las mayores mafias en Italia. Le cuidó como ningún otro padre podría hacer, nunca le faltó de nada, excepto una madre. Bruno creció inocente en el seno de esa familia pero cuando cumplió 7 años su padre le pidió un extraño favor. Debía llevar una fiambrera, que no debía abrir, a un amigo de su padre. Cuando llegara debía decir “aquí están los gramos de harina que pidió a mi padre” y a cambio el señor le daría un fajo de billetes. Este favor se repetía continuadas veces todas las semanas y cada vez a distintas personas.

Un día su Lucciano le dijo que necesitaba que llevara una mochila entera a otro amigo que vivía en otra ciudad. Para ello debía coger un tren. Cuando los revisores le preguntaron por ella él dijo que llevaba harina y que su padre le había exigido no abrirla bajo ningún concepto para no perder ni un gramo. Los revisores, divertidos, se echaron a reír y le dejaron pasar. Poco a poco los favores aumentaban y Bruno crecía. Cuando hubo cumplido 14 años sabía perfectamente lo que hacía y a lo que se enfrentaba y a cambio le pedía a su padre un salario. Así se convirtió en un chico calculador y manipulador que apenas se relacionaba con los demás. Tarde tras tarde su padre le entrenaba en clases de esgrima, karate y algún día que otro lo llevaba a cazar y le enseñaba a apuntar.

En su 18 cumpleaños su padre, en vez de regalarle un móvil, un ordenador o una moto, le entregó un paquete con la firma de una tintorería fuera. Bruno extrañado lo abrió. En su interior encontró un frac con unos pulidos zapatos de charol. Sin casi mediar palabra su padre le obligó a probárselo. Cuando Bruno se vio delante del espejo se sintió una persona importante, superior. Se colocó la pajarita y se echó el pelo hacia atrás con gomina.

-¿Sabes qué, hijo? -dijo su padre -, me siento orgulloso de ti. Te sienta casi tan bien como me sentaba a mí a tu edad. Mi padre también me regaló uno así. Hoy es tu día, cumples 18 años. Te conviertes en alguien importante y no podrías hacer otra cosa más que seguir la tradición.

Bruno asintió, casi sin saber a qué se refería, y escucho palabra por palabra la nueva misión que su padre le estaba encomendando y que cambiaría el destino de su vida.

Abrió la puerta y las campanillas resonaron en el techo. Miró de derecha a izquierda. No había nadie, como su padre le había prometido. Le sudaban las manos y su pulso se aceleraba. Al otro lado de la tienda de ultramarinos se asomó un hombre sonriente. Por un momento vaciló pero finalmente se acercó al mostrador.

-Buenos días -dijo con la voz más fría que nunca antes había puesto -estoy buscando al señor Giovanni.

-Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

Bruno le miró largamente. Por un momento sintió compasión pero inmediatamente volvió a darse cuenta de por qué había ido allí. De la familia a la que pertenecía, de lo que esperaban de él y sobre todo de lo que su padre esperaba.

-Perdone -interrumpió sus pensamientos el tendero -¿quería alg…

No terminó la frase. Una bala disparada con un silenciador le atravesó el pecho. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Un sordo sonido salió de su boca y cayó así, con la sorpresa pintada en la cara, sobre el mostrador.

Momentos después Bruno salió a la calle y miró hacia los lados. No había nadie. Dejó que el viento le acariciara el rostro y caminó calle arriba preguntándose cuánto tardarían en echar de menos a ese viejo tendero y si serían capaces de encontrar su cuerpo. Se sentía poderoso. La gente le miraba. Él se paseaba por una de las calles más barriobajeras de Roma con un impecable traje de frac, como si de un pianista de película se tratase.

El contraste era exagerado. Miraba a los demás con aire de superioridad, por encima del hombro. Sentía que ya nada ni nadie podía pararle y por un momento le dio las gracias a su padre en silencio por convertirle en lo que era.

Así pasaron 10 años. En la familia se le conocía como “La Nueva Muerte”, tan frío y letal como la propia. Asesinato tras asesinato. Sin compasión ni penitencias. Siempre todo calculado, ningún error. Hasta aquel día. Caminaba por el andén del metro. Seguía a su víctima como un depredador espera para atacar a su presa. Era el momento, ya lo tenía. Se disponía a sacar la pistola cuando alguien se cruzó en su camino. Un golpe, una caida, muchos papeles en el aire y una presa que se escapaba.

-¡Ay madre, lo siento! No miraba por donde iba… ¡Cuánto lo siento! Déjame que te ayude -decía una voz que se le antojó irritante.

-iJoder! ¿No puedes tener un poco más de cuidado?-maldecía mientras miraba el camino por el que se había escapado. Nunca se irritaba por nada y sin embargo aquella persona lo había conseguido -No sabes en qué lio te has metid… -de pronto calló. Aquella chica era realmente hermosa. Nunca antes había visto unos ojos tan expresivos, con tanto que contar. Y su mirada tan natural, sin nada que esconder… en dos palabras: tan pura.

-¿Hola? ¿Sigues ahí? -dijo divertida la chica -Lo siento muchísimo. ¿Te has hecho daño? Espero que no… ¡Mira cómo han quedado mis apuntes! Tardaré días en volver a colocarlos. Es que ¿sabes? Estoy muy nerviosa, acabo de salir de un examen en la universidad y claro, iba en otro mundo. Y eso que creo que me ha salido bien aunque el profesor me dijo que…

-¡Eh eh! -La cortó Bruno -¡Te perdono la vida tranquila! -dijo, sabiendo hasta qué punto esa frase era verdad -Mira no te preocupes, de todas formas no tenía prisa. ¿Por qué no vamos a tomar algo y me cuentas todo esto que me estas soltando ahora? -dijo sorprendiéndose a sí mismo.

-Ay, pues me apetece bastante la verdad, estoy muy agobiada porque…

-¡Eh! Solo hay una condición. Cierra la boca hasta que lleguemos al bar -dijo sonriendo por primera vez en mucho tiempo. -Me llamo Bruno ¿y tú?

-Me llamo Amelia, encantada -dijo. Bruno le extendió la mano pero ella divertida la apartó y le dio dos besos.

Era una locura, él lo sabía, pero prefirió no pensar en alto. Llevaban horas hablando y parecía no cansarse de escuchar sus historias, por muy idiotas que le parecieran. Ella le contó que era de España. Que le apasionaba el italiano y por ello había ido a Roma a estudiar medicina. Eran sus ganas de vivir las que le abducían. Sus propuestas soñadoras. La mirada tan clara y transparente. No lo pensó dos veces y por primera vez se lanzó a lo desconocido. Nunca antes había sentido nada igual por nadie. Ella lo aceptó sin dudarlo. Le atraía ese halo de misterio que le rodeaba, la forma en que la miraba la inquietaba de la misma forma que la atraía. Parecía tener algo que esconder pero en esos momentos no le importó.

El padre de Bruno notó que algo ocurría con su hijo. Intentó hablar con él del tema y siempre había una excusa que parecía razonable pero que nunca acababa de convencer a Lucciano. Bruno nunca le fallaba en lo que le proponía y últimamente lo hacía demasiado a menudo.

Empezaron esa relación suicida. Ellos dos, que no tenían nada que ver y sin embargo parecían estar destinados a conocerse. Un día ella preguntó por su trabajo y él dijo ser cobrador del frac. Otro le encontró manchas de sangre y el dijo que se había cortado. Así mentira tras mentira hasta que le encontró una pistola. Él quedó mudo sin saber lo que decir y por primera vez sintió vergüenza.

-Bruno -empezó -algo raro está pasando. Supongo que si no me lo cuentas es porque no quieres ponerme en peligro. Confío ciegamente en ti. Llevamos casi dos años juntos y creo que es suficiente para saber cómo eres, aunque no sé quién eres realmente. No me importa lo que escondas. Creo que sea lo que sea no es algo que tú hayas elegido, no eres así. Mira, ¿sabes lo que creo? Creo que tú en realidad tienes dos personalidades y una de ellas sólo la conozco yo y es una auténtica pena que sea así. Vamos a hacer una cosa -dijo mientras se desabrochaba una esclava -Esta es la esclava que me regalaron cuando me gradué. Lleva mi nombre inscrito. Quiero que te la pongas cuando estés conmigo, cuando saques esa parte de ti que tanto amo ¿de acuerdo? -y se la abrochó en la muñeca izquierda.

-De acuerdo -dijo él. Y la besó con una ternura infinita. Una ternura que meses atrás creía imposible en él. Por eso la quería tanto, ella le aceptaba pasase lo que pasase porque veía el fondo de su alma y sacaba la persona que podría haber llegado a ser de haber nacido en otra familia.

Ese mismo día fue a hablar con su padre. Entró en su despacho y se sentó delante de él.

-Padre -comenzó -quiero dejar de ser lo que soy. Quiero empezar una vida nueva. Ya no aguanto más.

Tras un largo silencio, que le pareció eterno, Lucciano abrió la boca.

-Me suponía que algo así pasaría. Llevo semanas siguiéndote. Sé lo que esa chica está haciendo contigo y no permitiré que eche a perder así lo que llevo criando 30 años. Se acabó, Bruno, llevo demasiado tiempo dejando que juegues de esa forma.

De pronto Bruno entendió a lo que se refería. Salió de su casa en busca de Amelia. La convenció, después de repetirle varias veces que confiara en él, para irse a España con su familia. Ambos partieron la misma noche. Esas semanas fueron las más felices de sus vidas, aunque Bruno nunca llegó a relajarse del todo. Examinaba constantemente cada cosa que hacían y cada lugar al que iban, siempre en tensión. Esperando algo inminente.

Una noche, cuando alquilaron una casa al lado del mar para celebrar sus dos años juntos, Bruno tuvo un extraño presentimiento. Después de revisar la casa varias veces se fueron al salón. Allí, sentados frente al fuego, comprendió que no podrían escapar eternamente así que decidió que Amelia tenía derecho a saber lo que estaba pasando. Al terminar de contarlo todo Amelia le dio un fuerte abrazo y le susurró al oído: “No te preocupes, lo único que quiero es pasar el resto de mi vida junto a ti yeso es algo que pasará. Estábamos destinados desde que nacimos. Nada ni nadie podrá separarnos.” Por enésima vez Bruno le dijo lo muchísimo que la quería y se fundieron en un beso.

Y fue en ese momento cuando irrumpieron en la casa y todo ocurrió muy deprisa. Lucciano entró en el salón con un gran portazo y los apuntó. Bruno, rápido como el pensamiento, sacó su arma y apuntó a su padre y ambas pistolas dispararon a la vez. Ambas balas se cruzaron, ambas con un destino ya definido, mortales, dos diminutas piezas de plomo que acabarían con la vida de dos personas sin alteración alguna, y ambas balas alcanzaron sus respectivos destinos. Bruno lanzó un grito al cielo mientras los secuaces de su padre entraban en el salón a tiempo de ver a su jefe caer al suelo con los ojos en blanco y a una mujer caer en brazos de Bruno que comenzó a llorar.

-No por favor, tú no tienes por qué acabar así. Este es mi destino no el tuyo. Tú no te mereces morir, no aquí, no ahora. Por favor -sollozaba -, por favor Amelia mírame. Amelia, lo siento. Lo siento muchísimo. Amelia… Eres mi vida no me dejes por favor… te quiero…

Cuando comprendió que no recibiría respuesta alguna levantó la vista y los vio de pies en el umbral de la puerta. Con un grito de furia que le salió del fondo del corazón se lanzó contra ellos, hacia una pelea mortal, hacia quienes le habían criado, quienes le habían convertido en lo que era. Acabó con ellos, aunque le superaran en número, demostrando que seguía siendo el mayor asesino que nunca nadie había conseguido fabricar antes, no sin recibir un balazo y varios golpes. Cogió a Amelia y la dejó en el dormitorio, manchando las sabanas blancas con su sangre. La miró por última vez y salió de la casa sin mirar si quiera a su familia, con un destrozado traje de frac, como si de un pianista fracasado se tratase.

 

Estadísticas Este artículo ha sido visitado  1193  veces

Enviar un comentario


*
Para demostrar que eres un usuario (no un script de spam), introduce la palabra de seguridad mostrada en la imagen.
Anti-Spam Image