Por Dora Martínez
Primer premio 2010, prosa, segundo ciclo de ESO
(Iak, 1 mayo 2003)
Estaba tirada en el suelo. Podía oler la sangre pero no sabía si era mía. Oía los gritos de agonía de mucha gente, pero con el matiz de creer estar dentro de una botella. Sentía un intenso dolor en todo el cuerpo. Lentamente intenté levantar la cabeza, pero parecía que pesara una tonelada. Quise gritar, pero no me salía la voz. De repente noté cómo alguien me inclinaba hacia delante y entonces abrí los ojos y lo vi todo.
Estaba en un enorme edificio al que le faltaba media fachada. La gente gritaba desconsoladamente. Miré hacia la izquierda y preferí no haberlo hecho, enfrente de mí, tirado en el suelo, se hallaba un hombre al que le faltaba media cara y un brazo. Hice una mueca de dolor y de repente noté que no sentía nada de cadera hacia abajo, bajé la vista lentamente y noté que me mareaba: en el lugar donde tendría que estar mi pierna izquierda no había nada, me la habían arrancado. Empecé a transpirar. La persona que me había inclinado me apartó la cara para que no pudiera ver aquel destrozo y me la dirigió hacia la suya. Entonces le reconocí y sentí cómo se paraba el tiempo.
Por aquella cara, por poder verle una vez más, estaba ahí, en una guerra que no era la mía, en medio de una catástrofe por culpa de la cual los humanos estábamos perdiendo el poco respeto hacia el mundo que nos quedaba. Entonces me pregunté si había merecido la pena todo lo hecho hasta ese día solo por verle una vez más y, como respondiéndome, él juntó sus labios hacia los míos y recordé la primera vez que lo vi y todo lo que aquello acarreó…
Entré en la sala y la clase de ética ya había empezado, por lo que me senté en el primer sitio que encontré. El profesor estaba repasando lo que habíamos dado el día anterior, así que no me había perdido nada importante. Saqué las hojas para apuntes, un par de bolígrafos y entonces me di cuenta de que se me había olvidado el trabajo sobre Aristóteles.
-¡Maldición, otra vez no! – susurré, y me llevé las manos a la cara.
-¿Se te ha olvidado algo, no es cierto? – dijo el chico que estaba sentado al lado.
Le miré y me di cuenta de que nunca lo había visto o al menos no de tan cerca. Tenía pinta de tener unos 20 años, el pelo largo y moreno y unos ojos azules penetrantes. Me quedé callada mirándole durante unos segundos y luego me di cuenta de que no había contestado.
-Esto… si, se me ha olvidado el trabajo que mandó ayer. Con lo bien que estaba… era crucial para que aprobara la asignatura. Es que siempre se me tiene que olvidar algo.
-Tranquila no eres la única. Me llamo Ian ¿y tú?
-Norma, mi nombre es Norma.
-¿Sabes qué? Toma mi trabajo, entrégalo tú. Yo ya tengo aprobada esta asignatura.
-¡No! – Exclamé – ¿Cómo voy a hacer eso? Es tuyo. No, no, en serio, no pienso cogerlo. Seguro que te ha costado mucho hacerlo y además…
-Señorita –dijo el profesor – ¿qué es tan importante como para ignorar la Ética a Nicómaco?
-Verá Señor Cor de Roure – empecé- es que se…
-Se me ha olvidado el trabajo sobre Aristóteles – me cortó Ian – ¿podría entregárselo mañana?
-Bueno, me parece extraño en usted pero le voy a permitir el retraso, sin que sirva de precedente ¿eh?
-Por supuesto Señor Cor de Roure, muchas gracias – dijo -, y se sentó con una sonrisa torcida en los labios.
-¿Por qué has hecho eso?, no sé cómo podría agradecértelo…
-Me vale con que esta tarde la dejes libre para ir a tomar un café con alguien al que acabas de conocer.
No podría asegurar a ciencia cierta cuantas horas nos pasamos hablando sobre nosotros y nuestras propuestas de futuro. Ian me contó que era adoptado y que sus padres eran de Irak. Estaba estudiando periodismo, como yo, para poder viajar, conocer mundo y ganar suficiente dinero para que sus padres pudieran salir de su país. Yo no paré en todo el tiempo de agradecerle lo que había hecho por mí aquella mañana
-Tranquila, a mí me lo perdona, soy su ojito derecho – dijo, y me guiñó un ojo.
-No, en serio – insistí yo – imagínate por un momento que te suspende, me hubiera sentido fatal.
- ¡Jajaja…! – se rió – no creo que lo hiciera, además, quien no apuesta no gana. Recuerdo una vez que…
Por unos momentos dejé de escuchar y me empecé a fijar en los rasgos de su cara ¿Cómo era posible que nunca lo hubiera visto? Tenía unos ojos de un color azul tan intenso que dolía el corazón de sólo verlos y la línea de su cara dibujaba una forma tan perfecta que parecía tallada en mármol. Empecé a sentir que me latía el corazón con fuerza. ¿Qué me estaba pasando? ¡Si lo acababa de conocer! Debí de estar mucho tiempo callada porque se terminó dando cuenta de que no le estaba escuchando.
-Uy, perdón, es que estaba pensando en otra cos…
No me dejó decir más, me selló los labios con un fuerte beso. El primer beso de una relación suicida y él lo sabía, pero no quiso decirme nada.
Los cuatro años que nos quedaban de carrera los pasamos juntos. Alquilamos un apartamento a las afueras de Barcelona, cerca de la Universidad. Yo estaba opositando para una cadena de televisión muy importante y Ian había empezado a trabajar para un periódico popular en Barcelona. Todo era maravilloso. Planeábamos un viaje a Nueva York para celebrar la graduación, cuando Ian recibió una carta de su madre. En ella decía que se había quedado embarazada y que su padre había viajado a la capital de su país, Bagdad, para trabajar en una fábrica porque en el pueblo en el que vivían no conseguía el dinero suficiente para mantener a un hijo más, con él eran cinco hermanos.
-Verás Norma – empezó – mi madre en esta carta me está pidiendo ayuda, no lo dice pero sé que la necesita, mis hermanos son muy pequeños y apenas tienen fuerzas para trabajar. Además desde que di con mis padres biológicos no los he ido a conocer en persona y… bueno, no quiero que pienses que no quiero estar contigo, pero no creo que pudieras venir, porque apenas hay espacio para nosotros.
-Pero, ¿cómo te vas a ir? ¿Ahora? ¿Cuando las cosas empiezan a encarrilarse? No lo puedes estar diciendo en serio, no…
No hizo falta ninguna palabra más. Rompí a llorar. Sabía que no podía pedirle que se quedara, pero no podía dejarle marchar. Podía ver perfectamente en sus ojos que mis lágrimas le estaban partiendo el corazón, pero era la única cosa que podía hacer en esos momentos. La impotencia que sentía era demasiado grande como para disimularla con un simple “lo superaremos”.
Los siguientes días antes de la partida fueron demoledores, aprovechábamos el día segundo a segundo,
haciendo honor a la famosa frase que una vez un poeta dijo y que ahora era nuestro pan de cada día: Carpe diem quam minimum credula postero.
El día de la despedida fue deprimente, no como yo me lo había imaginado: dos besos y un hasta pronto.
-Por favor – me rogaba – deja de llorar, ¿quieres que la última mirada que me lleve de ti sea con esos ojos rojos? Sabes que volveré, no te puedo decir cuándo, pero te juro que me volverás a ver. Te quiero ¿de acuerdo? Te amo. Miles de kilómetros no podrán cambiarlo jamás.
Cuantas más veces me decía cuánto me amaba, más doloroso se volvía. No pude decir palabra, me besó con una ternura infinita, dejándolo claro una vez más. Le dije tan fuerte como mis cuerdas vocales debilitadas me dejaron hablar “te quiero” y se fue a la puerta de embarque.
Le vi montarse en el avión y supe que con él se estaban marchando mis ganas de vivir.
Yo conseguí trabajo en la cadena para la que opositaba como reportera en las noticias y todos los días hablaba con Ian por teléfono. Me contaba que había conseguido trabajo en la fábrica de su padre y parecía que todo les iba bien. Pero eso solo duró unos meses porque en adelante ni él tendría dinero, ni yo tiempo para llamar. Así fuimos aumentando el periodo de llamada hasta que se nos terminamos olvidando el uno del otro, aunque yo nunca lo hice del todo.
Tres años después, en Navidades del 2003, Ian me ve volvió a llamar. Decía que tenía ganas de verme y que parecía que su familia volvía a levantar cabeza, que en unos meses podría volver a Barcelona.
Pero el mundo volvió a darnos la espalda. Dos meses después, el 20 de marzo de 2003, empezaron las invasiones en Irak. Empezamos a llamarnos de nuevo diariamente y me contaba que cerca de su pueblo había explotado una bomba y tenía mucho miedo.
Un día, trabajando en los estudios de nuestra cadena, el director de las noticias nos dijo que se buscaba a un reportero para retrasmitir la vida en Irak durante una semana. Yo, por supuesto, hice todo lo posible por conseguir el puesto y el director no dudó en dármelo.
Mis padres se opusieron, pero yo tenía que hacer todo lo posible por sacar a Ian de allí. No le llamé porque sabía que él también hubiera opinado lo mismo.
Viajé con un compañero llamado Miguel como cámara. Me contó que estaba nervioso, que tenía mucho miedo. También me contó que iba a ser padre dentro de pocos meses y tenía miedo de perderse el parto. Aquellas palabras me hicieron plantearme el peligro al que estaba sometiendo mi vida.
El mismo día que llegamos nos dirigimos a retrasmitir un reportaje en directo.
-Atenta Norma – me avisó Miguel – entramos en 5, 4, 3, 2, 1…
-En directo desde la capital de Irak, Bagdad. Nos encontramos en un antiguo colegio en el que se está improvisando un hospital para las personas que han perdido sus viviendas con la última bomba – decía, estaba muy nerviosa porque era el trabajo más serio que había hecho hasta el momento – Aquí están sometidas a una baja calidad de vida decenas de familias y… -de repente me quedé en blanco.
Él estaba ahí. La persona por la que me estaba jugando la vida estaba al otro lado de la sala y me había visto, nos habíamos visto. Miguel me estaba haciendo señas con las manos, pero era incapaz de articular palabra. Mi mente estaba flotando en medio de todos aquellos heridos y se estaba encontrando con él. Tiré el micro y, sin importarme las miles de personas que nos estaban viendo, eché a correr hacia Ian. Estaba llegando, casi podía tocarle, cuando un gran estruendo nos tiró por los aires y perdí el conocimiento.
Volví a la realidad sabiendo que no había marcha atrás para poder cambiar los últimos momentos vividos y dirigí mi mirada hacia lo único importante en aquel momento.
-Dios mío, mi amor – me susurraba Ian – ¿qué haces aquí? ¿Por qué has venido? No tenías que haberte jugado la vida de esta manera, no es justo. Esta guerra no te pertenece, no tendrías que estar pasando por esto.
Parecía que estaba bien. Solamente tenía una pequeña herida en la cara que le desfiguraba un poco la mejilla derecha, pero ni así dejaba de parecer un ángel recién caído del cielo.
-Madre mía – articulé como pude y noté cómo unas lágrimas se derramaban por mi polvorienta cara – cómo deseaba verte de nuevo, cómo te echaba de menos. Oh, Ian, nunca he dejado de quererte. Por favor, vámonos de aquí, vuelve conmigo a España, rehagamos nuestra vida juntos.
Noté como una risa de humor negro se asomaba en su sangrienta cara y entonces miré hacia un detalle que se me había escapado: un gran agujero atravesaba su vientre.
No pude resistirlo y rompí a llorar. Él me abrazo tan fuerte como pudo y me volvió a besar, pero se puso a toser y a escupir sangre. Nos miramos y supimos que se nos escapaba la vida, pero sin embargo no podía imaginarme otra muerte mejor que aquella tirada en sus brazos.
-¿Y qué hacías tu aquí? ¿Es que acaso cayó la bomba en tu pueblo? – susurré.
-No – dijo con voz rota – vine a ver a un amigo de padre, a darle un recado. Dios, ¿ahora qué van a hacer sin mí? ¿Cómo puedo dejarles solos de esta forma? – dijo. Y por primera vez vi a Ian llorar. Dolía muchísimo ver cómo unos ojos tan preciosos se desbordaban y con cada lágrima me destrozaba un poco más el corazón.
-No tienes la culpa, no te martirices – le intenté consolar. Le abracé con cuidado y empezó a toser de nuevo.
Una alarma se despertó en mi mente: ¿dónde estaba Miguel? Me incliné como pude y eché un vistazo hacia todos los lados y no lo vi. Al menos a su hermosa cara porque cuando me volví a girar hacia la izquierda, reconocí al hombre al que le faltaba media cara. Más lágrimas recorrieron mi rostro. Dios, pobre hijo, nunca conocería a su padre. ¿Y su mujer? ¿Cómo lo superaría?
Noté que mi mente se iba desvaneciendo, estaba perdiendo mucha sangre. Volví a mirar a Ian y nos quedamos allí, recostados contra la pared, sabiendo que se acercaban los últimos momentos y no pude resistirme a pensar en todas las cosas que me iba a perder. Hacía ya tiempo que había planeado un futuro juntos. Nos imaginaba envejeciendo y disfrutando de la vida juntos, ¿por qué no podía ser? ¿Cuál había sido nuestro error sin solución?
Entonces unos nuevos pensamientos atravesaron mi mente. Quizá me había obsesionado con él. Tal vez si no hubiera conseguido aquel trabajo, yo seguiría con mi vida en España y probablemente encontraría otra persona con la que compartir mi vida. Pero eso sólo era igual y como una vez me dijo Ian: quien no apuesta no gana. Mi decisión había sido esta y con ella debía acarrear, y sin embargo no me arrepentía.
Pocos minutos pasaron cuando noté que mi mirada se nublaba y cuando volvía a mirar a Ian pude distinguir a duras penas que tenía los ojos cerrados y no respiraba. Sentí que mi mente se iba parando, que se estaba apagando la vela de mi vida. Intenté luchar por zafarme del abrazo de la muerte pero no pude, así que me resigné y le regalé a la persona que más quería en ese mundo el último soplo de mi corazón.