Horizontes Lejanos

Revista Escolar del IES Rosario de Acuña

Artículos de 'Creación literaria'

AMOR CORTÉS

Publicado por serafingf el 2 Junio 2011

Por María Aguado Méndez

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Primer premio 2011, poesía, 2º ciclo de ESO

AMOR CORTÉS

En un valle del siglo dieciséis,
había un castillo oculto, del que nunca adivinaréis.
Vivía una joven princesa,
hija de Rey y del amor presa.

Cuenta la historia o más bien la leyenda,
que camino a Palacio, un juglar tomó aquella senda.
Llegando al final, una fortaleza halló,
precavido ante todo, por lo que se calló.

En el balcón asomada se veía a la muchacha,
con anillo desposada, pero deseosa de un hacha.
Ya que con esto tendría libertad,
ella con él no quería nada, ni siquiera su amistad.

El peor hombre del valle era su marido,
era alto, guapo y fornido.
Pero todo él formaba,
un gran egocentrismo que en su corazón guardaba.

El juglar al ver esto, decide actuar,
se adentra en el castillo, con su don de enseñar.
El Rey a la entrada le deja pasar,
y él agradecido quiere deleitar.

Al llegar a su cuarto ella lloraba,
no dudó en preguntarle qué le pasaba.
Ella al ver a alguien interesado,
le contó sus maltratos sin dejar nada de lado.

No podía creer qué oían sus orejas,
todo, absolutamente todo eran quejas.
Decidió ayudarla en todo lo que pudiese,
una canción le dedicó y vino para que bebiese.

No sabe si fue el alcohol, la canción o el dolor,
que la pobre, cayó de amor.
A él le quería como prometido,
tenía de todo, y no como su marido.

Él le sugiere un trato,
ir cada día, y que le cuente un rato.
Ella acepta encantada,
el juglar le manda un beso, con el que se queda sonrojada.

Al caer la mañana el juglar aparecía,
y así ocurrió día tras día.
Dice la leyenda que los dos se querían,
tanto, que hasta ya besos caían.

Querría decirle ella al juglar, que no se fuese de su lado,
que estuviese con ella, llevarle siempre atado.

“Querría que el sonido de su laúd,
me acompañase a mi ataúd.
Sabe él que podría dedicarle mil y un versos con triadas,
pero prefiero expresarme a base de una caricia y amorosas miradas.”

La leyenda persiste hasta ahora,
y actualmente lo transmite esta escritora.
Los amores y los sentimientos de la chica se ven reflejados,
en estos cuarenta y ocho versos que he plasmado.

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LA MUERTE EN FRAC

Publicado por serafingf el 2 Junio 2011

Por Dora Martínez Llorente

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Primer premio 2011, prosa, 2º ciclo de ESO

 

 

 

LA MUERTE EN FRAC

Pasea despacio, ligero, como en una nube. Una extraña sonrisa de satisfacción en el rostro. Una mirada perdida. Varias lágrimas en los ojos y el pelo despeinado. Los zapatos manchados de barro, los pantalones rotos y la pajarita desabrochada. Los nudillos destrozados a la par que su labio inferior. La camisa con manchas de sangre y la más grande de ellas en su costado derecho. La gente le mira con el miedo pintado en los ojos y nadie camina hacia él sino que le esquivan.

Se acerca a la balaustrada y contempla el intenso océano que se extiende ante él. Por un momento sueña que vuela hacia otro lugar, fuera de aquello, fuera de ellos. Sueña que vuelve a nacer en otra familia, otro país. Las olas chocan bajo sus pies y al inclinar la cabeza para mirarlas chorrea varias gotas de sangre a las fauces de ellas. Sangre sucia. Sangre manchada con el nombre de otra persona. Por un momento recuerda el nombre de todos y cada uno de ellos. En silencio pide perdón y luego vuelve a sonreír plácidamente. Alza la vista al cielo y suspira profundamente. Los pulmones le arden y siente que su latido es acelerado. Mira de nuevo al horizonte. Se desabrocha la esclava de su mano izquierda con sumo cuidado y la ata en la barandilla de aquel precipicio. Le da un último beso a aquel nombre y pasa por encima de la balaustrada hasta el borde del precipicio. Se queda allí, de pies, tambaleándose. Sintiendo que su conciencia le falla. Una mujer lo ve desde lejos y se acerca hasta él preocupada. Le quedan apenas un par de metros y de pronto el misterioso hombre cae al vacío como si no hubiera vida alguna en su cuerpo. La mujer corre hacia el lugar donde instantes antes estaba, con el corazón en un puño y mira hacia el rompeolas. Ya no se ve nada. Ya no hay nada. El mar se lo ha tragado impávido. La mujer sigue mirando mientras teclea el 091 en su teléfono móvil. Varios metros abajo un cuerpo se hunde al igual que su mente se fuga y en un último esfuerzo vuelve a proyectar en el fondo de su mente un profundo “lo siento”.

Treinta años antes, en un hospital de algún lugar de Italia un niño ve por primera vez la luz del sol. Un señor extraño lo coge en brazos y luego otra persona que le parece más familiar.
-Pobre mujer -murmura otro -, se veía venir que esto pasaría. Estaba muy débil y el parto ha sido complicado.

-Lo importante es que el niño esté bien -dice el hombre que le tiene en brazos con voz fría y gira la cabeza hacia el bebé -. Y a ti más te vale no defraudarme. Tengo planes y espero que me hagas sentirme orgulloso, Bruno.

-¿Le vas a llamar Bruno? ¿Por qué?

-Porque Bruno quiere decir oscuridad, y creo que el nombre le va a venir como anillo al dedo.

El padre de Bruno, llamado Lucciano, era el jefe de una de las mayores mafias en Italia. Le cuidó como ningún otro padre podría hacer, nunca le faltó de nada, excepto una madre. Bruno creció inocente en el seno de esa familia pero cuando cumplió 7 años su padre le pidió un extraño favor. Debía llevar una fiambrera, que no debía abrir, a un amigo de su padre. Cuando llegara debía decir “aquí están los gramos de harina que pidió a mi padre” y a cambio el señor le daría un fajo de billetes. Este favor se repetía continuadas veces todas las semanas y cada vez a distintas personas.

Un día su Lucciano le dijo que necesitaba que llevara una mochila entera a otro amigo que vivía en otra ciudad. Para ello debía coger un tren. Cuando los revisores le preguntaron por ella él dijo que llevaba harina y que su padre le había exigido no abrirla bajo ningún concepto para no perder ni un gramo. Los revisores, divertidos, se echaron a reír y le dejaron pasar. Poco a poco los favores aumentaban y Bruno crecía. Cuando hubo cumplido 14 años sabía perfectamente lo que hacía y a lo que se enfrentaba y a cambio le pedía a su padre un salario. Así se convirtió en un chico calculador y manipulador que apenas se relacionaba con los demás. Tarde tras tarde su padre le entrenaba en clases de esgrima, karate y algún día que otro lo llevaba a cazar y le enseñaba a apuntar.

En su 18 cumpleaños su padre, en vez de regalarle un móvil, un ordenador o una moto, le entregó un paquete con la firma de una tintorería fuera. Bruno extrañado lo abrió. En su interior encontró un frac con unos pulidos zapatos de charol. Sin casi mediar palabra su padre le obligó a probárselo. Cuando Bruno se vio delante del espejo se sintió una persona importante, superior. Se colocó la pajarita y se echó el pelo hacia atrás con gomina.

-¿Sabes qué, hijo? -dijo su padre -, me siento orgulloso de ti. Te sienta casi tan bien como me sentaba a mí a tu edad. Mi padre también me regaló uno así. Hoy es tu día, cumples 18 años. Te conviertes en alguien importante y no podrías hacer otra cosa más que seguir la tradición.

Bruno asintió, casi sin saber a qué se refería, y escucho palabra por palabra la nueva misión que su padre le estaba encomendando y que cambiaría el destino de su vida.

Abrió la puerta y las campanillas resonaron en el techo. Miró de derecha a izquierda. No había nadie, como su padre le había prometido. Le sudaban las manos y su pulso se aceleraba. Al otro lado de la tienda de ultramarinos se asomó un hombre sonriente. Por un momento vaciló pero finalmente se acercó al mostrador.

-Buenos días -dijo con la voz más fría que nunca antes había puesto -estoy buscando al señor Giovanni.

-Sí, soy yo. ¿En qué puedo ayudarle?

Bruno le miró largamente. Por un momento sintió compasión pero inmediatamente volvió a darse cuenta de por qué había ido allí. De la familia a la que pertenecía, de lo que esperaban de él y sobre todo de lo que su padre esperaba.

-Perdone -interrumpió sus pensamientos el tendero -¿quería alg…

No terminó la frase. Una bala disparada con un silenciador le atravesó el pecho. Sus ojos se abrieron desmesuradamente. Un sordo sonido salió de su boca y cayó así, con la sorpresa pintada en la cara, sobre el mostrador.

Momentos después Bruno salió a la calle y miró hacia los lados. No había nadie. Dejó que el viento le acariciara el rostro y caminó calle arriba preguntándose cuánto tardarían en echar de menos a ese viejo tendero y si serían capaces de encontrar su cuerpo. Se sentía poderoso. La gente le miraba. Él se paseaba por una de las calles más barriobajeras de Roma con un impecable traje de frac, como si de un pianista de película se tratase.

El contraste era exagerado. Miraba a los demás con aire de superioridad, por encima del hombro. Sentía que ya nada ni nadie podía pararle y por un momento le dio las gracias a su padre en silencio por convertirle en lo que era.

Así pasaron 10 años. En la familia se le conocía como “La Nueva Muerte”, tan frío y letal como la propia. Asesinato tras asesinato. Sin compasión ni penitencias. Siempre todo calculado, ningún error. Hasta aquel día. Caminaba por el andén del metro. Seguía a su víctima como un depredador espera para atacar a su presa. Era el momento, ya lo tenía. Se disponía a sacar la pistola cuando alguien se cruzó en su camino. Un golpe, una caida, muchos papeles en el aire y una presa que se escapaba.

-¡Ay madre, lo siento! No miraba por donde iba… ¡Cuánto lo siento! Déjame que te ayude -decía una voz que se le antojó irritante.

-iJoder! ¿No puedes tener un poco más de cuidado?-maldecía mientras miraba el camino por el que se había escapado. Nunca se irritaba por nada y sin embargo aquella persona lo había conseguido -No sabes en qué lio te has metid… -de pronto calló. Aquella chica era realmente hermosa. Nunca antes había visto unos ojos tan expresivos, con tanto que contar. Y su mirada tan natural, sin nada que esconder… en dos palabras: tan pura.

-¿Hola? ¿Sigues ahí? -dijo divertida la chica -Lo siento muchísimo. ¿Te has hecho daño? Espero que no… ¡Mira cómo han quedado mis apuntes! Tardaré días en volver a colocarlos. Es que ¿sabes? Estoy muy nerviosa, acabo de salir de un examen en la universidad y claro, iba en otro mundo. Y eso que creo que me ha salido bien aunque el profesor me dijo que…

-¡Eh eh! -La cortó Bruno -¡Te perdono la vida tranquila! -dijo, sabiendo hasta qué punto esa frase era verdad -Mira no te preocupes, de todas formas no tenía prisa. ¿Por qué no vamos a tomar algo y me cuentas todo esto que me estas soltando ahora? -dijo sorprendiéndose a sí mismo.

-Ay, pues me apetece bastante la verdad, estoy muy agobiada porque…

-¡Eh! Solo hay una condición. Cierra la boca hasta que lleguemos al bar -dijo sonriendo por primera vez en mucho tiempo. -Me llamo Bruno ¿y tú?

-Me llamo Amelia, encantada -dijo. Bruno le extendió la mano pero ella divertida la apartó y le dio dos besos.

Era una locura, él lo sabía, pero prefirió no pensar en alto. Llevaban horas hablando y parecía no cansarse de escuchar sus historias, por muy idiotas que le parecieran. Ella le contó que era de España. Que le apasionaba el italiano y por ello había ido a Roma a estudiar medicina. Eran sus ganas de vivir las que le abducían. Sus propuestas soñadoras. La mirada tan clara y transparente. No lo pensó dos veces y por primera vez se lanzó a lo desconocido. Nunca antes había sentido nada igual por nadie. Ella lo aceptó sin dudarlo. Le atraía ese halo de misterio que le rodeaba, la forma en que la miraba la inquietaba de la misma forma que la atraía. Parecía tener algo que esconder pero en esos momentos no le importó.

El padre de Bruno notó que algo ocurría con su hijo. Intentó hablar con él del tema y siempre había una excusa que parecía razonable pero que nunca acababa de convencer a Lucciano. Bruno nunca le fallaba en lo que le proponía y últimamente lo hacía demasiado a menudo.

Empezaron esa relación suicida. Ellos dos, que no tenían nada que ver y sin embargo parecían estar destinados a conocerse. Un día ella preguntó por su trabajo y él dijo ser cobrador del frac. Otro le encontró manchas de sangre y el dijo que se había cortado. Así mentira tras mentira hasta que le encontró una pistola. Él quedó mudo sin saber lo que decir y por primera vez sintió vergüenza.

-Bruno -empezó -algo raro está pasando. Supongo que si no me lo cuentas es porque no quieres ponerme en peligro. Confío ciegamente en ti. Llevamos casi dos años juntos y creo que es suficiente para saber cómo eres, aunque no sé quién eres realmente. No me importa lo que escondas. Creo que sea lo que sea no es algo que tú hayas elegido, no eres así. Mira, ¿sabes lo que creo? Creo que tú en realidad tienes dos personalidades y una de ellas sólo la conozco yo y es una auténtica pena que sea así. Vamos a hacer una cosa -dijo mientras se desabrochaba una esclava -Esta es la esclava que me regalaron cuando me gradué. Lleva mi nombre inscrito. Quiero que te la pongas cuando estés conmigo, cuando saques esa parte de ti que tanto amo ¿de acuerdo? -y se la abrochó en la muñeca izquierda.

-De acuerdo -dijo él. Y la besó con una ternura infinita. Una ternura que meses atrás creía imposible en él. Por eso la quería tanto, ella le aceptaba pasase lo que pasase porque veía el fondo de su alma y sacaba la persona que podría haber llegado a ser de haber nacido en otra familia.

Ese mismo día fue a hablar con su padre. Entró en su despacho y se sentó delante de él.

-Padre -comenzó -quiero dejar de ser lo que soy. Quiero empezar una vida nueva. Ya no aguanto más.

Tras un largo silencio, que le pareció eterno, Lucciano abrió la boca.

-Me suponía que algo así pasaría. Llevo semanas siguiéndote. Sé lo que esa chica está haciendo contigo y no permitiré que eche a perder así lo que llevo criando 30 años. Se acabó, Bruno, llevo demasiado tiempo dejando que juegues de esa forma.

De pronto Bruno entendió a lo que se refería. Salió de su casa en busca de Amelia. La convenció, después de repetirle varias veces que confiara en él, para irse a España con su familia. Ambos partieron la misma noche. Esas semanas fueron las más felices de sus vidas, aunque Bruno nunca llegó a relajarse del todo. Examinaba constantemente cada cosa que hacían y cada lugar al que iban, siempre en tensión. Esperando algo inminente.

Una noche, cuando alquilaron una casa al lado del mar para celebrar sus dos años juntos, Bruno tuvo un extraño presentimiento. Después de revisar la casa varias veces se fueron al salón. Allí, sentados frente al fuego, comprendió que no podrían escapar eternamente así que decidió que Amelia tenía derecho a saber lo que estaba pasando. Al terminar de contarlo todo Amelia le dio un fuerte abrazo y le susurró al oído: “No te preocupes, lo único que quiero es pasar el resto de mi vida junto a ti yeso es algo que pasará. Estábamos destinados desde que nacimos. Nada ni nadie podrá separarnos.” Por enésima vez Bruno le dijo lo muchísimo que la quería y se fundieron en un beso.

Y fue en ese momento cuando irrumpieron en la casa y todo ocurrió muy deprisa. Lucciano entró en el salón con un gran portazo y los apuntó. Bruno, rápido como el pensamiento, sacó su arma y apuntó a su padre y ambas pistolas dispararon a la vez. Ambas balas se cruzaron, ambas con un destino ya definido, mortales, dos diminutas piezas de plomo que acabarían con la vida de dos personas sin alteración alguna, y ambas balas alcanzaron sus respectivos destinos. Bruno lanzó un grito al cielo mientras los secuaces de su padre entraban en el salón a tiempo de ver a su jefe caer al suelo con los ojos en blanco y a una mujer caer en brazos de Bruno que comenzó a llorar.

-No por favor, tú no tienes por qué acabar así. Este es mi destino no el tuyo. Tú no te mereces morir, no aquí, no ahora. Por favor -sollozaba -, por favor Amelia mírame. Amelia, lo siento. Lo siento muchísimo. Amelia… Eres mi vida no me dejes por favor… te quiero…

Cuando comprendió que no recibiría respuesta alguna levantó la vista y los vio de pies en el umbral de la puerta. Con un grito de furia que le salió del fondo del corazón se lanzó contra ellos, hacia una pelea mortal, hacia quienes le habían criado, quienes le habían convertido en lo que era. Acabó con ellos, aunque le superaran en número, demostrando que seguía siendo el mayor asesino que nunca nadie había conseguido fabricar antes, no sin recibir un balazo y varios golpes. Cogió a Amelia y la dejó en el dormitorio, manchando las sabanas blancas con su sangre. La miró por última vez y salió de la casa sin mirar si quiera a su familia, con un destrozado traje de frac, como si de un pianista fracasado se tratase.

 

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LO QUE DURE UN PARA SIEMPRE

Publicado por serafingf el 1 Junio 2011

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Laura González García

Primer premio 2011, prosa, primer ciclo de ESO

 

 

 

Verano. La playa. El sonido de las olas que disimuladas rompen en la orilla. La arena, cálida, fina, ligera, empujada por la suave brisa que relaja el ambiente. El sol, resplandeciente y dañino para mis ojos que, vergonzosos, se esconden tras unas Ray-Ban negras. Los mechones despeinados caen divertidos por mi cara y, con ellos, una lágrima que se derrama por mi mejilla ligeramente sonrojada, hasta desembocar en el mentón, desde donde se precipita al vacío. Y en ese momento los recuerdos se abalanzan sobre mí. Recuerdos. Recuerdos de él. De los momentos pasados a su lado, junto a sus amigos o solos; de sus besos; de sus caricias; de sus abrazos. Él. Pero en ese instante algo hace despertar de mi pasado. Sus risas. Tres risas alegres, felices, extrovertidas. Ellas. Corriendo, se acercan a mí mientras intento disimular, secándome lo que queda de aquella gota que, como tantas, se habían desprendido a causa de aquel rostro que durante mucho tiempo me había hecho feliz. Sonrío. Se acercan y se tumban en sus toallas, quietas para que el sol haga desaparecer las miles de minúsculas gotitas de agua salada de su piel, ya morena.

Las miro. ¿Cómo pueden ser tan espectaculares? ¿Tan…así? Son las personas que he elegido como amigas para el resto de mis días. Para ahora, pequeña mariposa que poco a poco aprende a volar, y para el futuro, del que no se sabe nada. Solo que ellas estarán a mi lado, que formarán parte de mí, que entrarán cuando todo el mundo haya salido. Como fieles amigas. Lo sé. Sé que ellas reirán cuando yo llore para sacarme una sonrisa en mis peores momentos, sé que harán lo que les sea posible para no hacerme daño, sé que me querrán como solo ellas saben, sé que respirarán por mí cuando me falte el aire. Y sí, una puede ser rubia, otra morena; una de pelo liso, otra rizado; una con ojos azules, otra con ojos almendrados. Pero a pesar de esta mezcla que nos separa, hay un estrecho vínculo, una compatibilidad que nadie deja escapar: la amistad. Porque es la que acude sin que se la llame. Es ella la que tiene remedios para cualquier herida, rasguño, espina que pueda causarte dolor. Es la que hace que los días sean más atrevidos. Mágicos. Es el mejor sentimiento. El que apenas hace estragos y fracasos. El que, además del amor, te hace sentir viva y única. Diferente. Feliz. Entonces, ¿qué más puedo pedir? Nada.

Aparto mis pensamientos y, junto a ellas, decido tomar un helado mientras observo el cielo azul cyan que me atecha. Preso del verano. Sin nubes blancas que se puedan percibir. Solo su color. Centro mi atención en sus palabras. Charlan. Como hacen siempre. De anécdotas, de chicos, de hobbies, de música… Pero su único objetivo es mantener una conversación en la que participemos todas. Hasta yo lo hago, la más ausente de todas por los últimos acontecimientos ocurridos. Ellas lo saben, saben que no estoy bien, y por eso no me presionan. Me dan tiempo, justo el que necesito para recuperarme. Pero no por eso mi vida carece de sentido. Es más, quizá ahora sea el momento de pararse a pensar, y reflexionar qué hice mal para no volver a cometer el mismo error. Me percato de que me están observando. Sus miradas se clavan en mi cara, como agujas. Entorno los ojos y sonrío. Es mi única respuesta. Y me doy cuenta de que no puedo seguir así. No puedo afectarlas a ellas también. Así que me dispongo a jugar con ellas a voleibol, nuestro deporte favorito.

Jugamos durante largo rato, riendo anecdóticamente, gritando, siendo aquel partido amistoso. Como lo que somos. Al terminar nos abrazamos. Todas juntas. Como un equipo. Y me gustaría no despegarme de aquellos brazos nunca. Los que me sujetan para no caerme al vacío.

Entonces me doy cuenta de que, solo cuando estoy con ellas, solo con su presencia, dejo de pensar en él.

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JAPÓN

Publicado por serafingf el 1 Junio 2011

Tamara García Cuiñasportada29reducida

Primer premio 2011, poesía, bachillerato

JAPÓN

Busca entre escombros, entre restos, entre sombras.
Busca a sus padres, a sus hijos, a su esposa.
Busca un amor, una vida que se fue,
en un instante y lo más grande se llevó.

¿Qué pecado cometió, cuál fue su gran error,
por qué no estuvo ahí, por qué no les salvó?

Cuando el invierno llegaba a su fin,
cuando los copos de nieve dejaban paso a las flores del árbol,
Un tremendo escalofrío consiguió hacer sufrir
La tierra en la que dio sus primeros pasos.

Y el dios del mar enfurecido alzó sus enormes brazos,
Lanzado contra la costa,
Angustia, dolor y barro.

Se desgarra su voz, se desgarra su alma,
Ya no importa, ya…no hay nada.

Vencido,
Se arrodilla apoyando sus manos en el suelo,
Y entre lágrimas susurra…

“Os echaré de menos”.

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AMISTAD

Publicado por serafingf el 30 Mayo 2011

portada29reducida

Deyanera Gemma Bermejo


Primer premio 2011, poesía, primer ciclo de ESO

ODA A LA AMISTAD

Tantas veces velaste
por aquella persona querida
tantas veces lloraste
por el sufrir de aquella amiga
que guardó confianza en ti
y nunca le tendrás envidia.

Se posó en las ramas de tu flor
preparada para cualquier herida
para poder consolarte
para ello está tu mejor amiga.

Y aquella qué bella es
tan sincera como siempre
te ayuda a desahogarte
y de ella sentirte parte.

Es como la fusión de dos personas
en una amistad duradera
que siempre tendrás ahí
con la que puedes convivir.

A pesar de la distancia
no existirá la separación
y la bella melodía
que a las dos nos unió
por siempre permanecerá activa
en el fondo de mi corazón.
Y no es cualquier cosa más
es un gran sentimiento
que no tiene comparación
y acabó con mi sufrimiento.

Porque tú inspiras mis días
y cada parte de mi camino
queda un largo destino
yo siempre estaré contigo.

Sabes que te apoyo en todo
y que te guardo en el corazón
sabes que soy tu mejor amiga
y que te quiero un montón.

Porque somos inseparables
y tú me comprendes
mi vida te dedico
será así siempre.

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ASTURIES

Publicado por serafingf el 30 Mayo 2011

portada29reducidaPor Silvia Martínez Fernández

Primer premio 2011, poesía en asturiano

ASTURIES 

Dende´l mio puntu de vista
Asturies ye un paraísu natural
con una comida esquisita 
y con playes frente´l mar.
Atrae a munchos turistes
que vienen a visitar
estatues lloques llorando
por ver los sos fíos marchar.
Pero amás ye famosa
por munches coses más.
La so mitoloxía
ye mui peculiar
con xanes fermoses
qu´ a los sos fíos
nun quieren cuidar.
El trasgu, el ñuberu, y el cuélebre
nun debes olvidar.
Ye mui rica la nuestra naturaleza
con  ríos, montañes
y parques que visitar.
Urogallos y asturcones
sueltos en llibertá.
Tenemos fabes gustoses
que toos deseen catar.
¿Qué me dices la sidrina?
Ye allegre y cantarina
y a les fabes debe acompañar.
Tolo que se fae en Xixón
ye una desaxeración:
La Cerona,la Escalerona, la Pecerona
y como non, el Molinón.
Con toa esta propaganda
de la mio Comunidá
espero que nun salgas d´España
sin Asturies visitar.

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QUERIDO MUNDO

Publicado por serafingf el 25 Mayo 2011

Por Sonia Mª Santa-Cruzportada29reducida Hermo

Primer premio 2011, prosa, Bachillerato

QUERIDO MUNDO

Querido mundo, hoy me he despertado con dieciséis años.
En este último año todo ha cambiado mucho, no sé si has sido tú o la que he cambiado he sido yo, pero te ves tan diferente a como eras…
De pequeña recuerdo que te miraba con dulzura, con ganas de descubrirte, de aprender aunque fuera cayéndome…creía que existían las hadas, los príncipes, la magia, que se podía hablar con los animales y que todas las personas eran buenas por naturaleza. Y era feliz corriendo por mi casa, haciendo coronas de flores con las margaritas del parque, machacando flores para hacer colonias que nunca olían bien y por supuesto enfadándome cuando las margaritas decían “no, no te quiere”.
Recuerdo que cuidaba a mi perro y a mis gatitos, que en días cómo hoy invitaba a todos mis amigos y a mi familia a una fiesta preciosa y que siempre desordenábamos la casa. Recuerdo cómo me reía y, si me esfuerzo, puedo sentir todavía aquel tumulto de risas…
Los años pasaron, poco a poco, lentos o demasiado rápidos, entre risas, llantos, cosas nuevas y viejas y lecciones que tuve que aprender haciéndome mucho daño. Algunas de las cosas que tú me has enseñado, poniéndome todos esos baches, caminos cruzados, divididos y encontrados por el medio, han sido que, por ejemplo, lo especial nunca es llegar a la meta sino disfrutar del camino hasta ella. Otras cosas que he aprendido es a saber perder, a valorar lo que se tiene, a dejar ir las cosas cuando es el momento y a levantarme cuando tropiezo.
Sí, he aprendido mucho, me he quedado muchas cosas bonitas de todos estos años y me doy cuenta de que he crecido, de que me he hecho mayor, y no sabes cómo me asusta.
Y hoy estoy aquí, mundo, ni siquiera a mitad del camino, sin saber en que punto estoy, sin ni siquiera tener seguro qué quiero hacer con mi vida o qué va a pasar mañana, sin saber cuánto tiempo me queda, qué cosas tendré que aprender, qué cosas nuevas vendrán y cuales se van a ir. Y es difícil saber todo esto, saber que el tiempo pasa aunque yo no quiera y que poco a poco tengo que aprender a tomar decisiones, a elegir entre varias opciones y a valorar que es lo mejor para mí.
Estoy aquí mundo, sobre ti, tocando tu tierra mojada cuando llueve, sintiendo las rocas bajo mis pies cuando camino descalza, bañándome en tu agua y sintiendo los rayos de tu amigo el Sol.
Estoy viva, muy viva y dispuesta a afrontar lo que venga, pero a veces me vuelvo pequeña y no tengo ganas de continuar. Todo ha cambiado tanto que no puedo evitar sentirme sola muchas veces… ¡Me falta tanta gente Mundo! Echo de menos jugar al escondite y al “pilla-pilla” con mis amigos, subirme en el carro de la compra en el supermercado, meterme en la bañera con mis mejores juguetes… Echo de menos eso y jugar a ser mayor con mis amigas, vistiéndonos con tacones que siempre nos quedaban mil tallas más grandes. Hecho de menos torturar a mi padre para que me persiga haciéndome cosquillas y, que cuando me vaya a la cama, me bese en la mejilla y me arrope para darme las buenas noches.
Hoy todo es diferente Mundo, las cosas han cambiado tanto que no puedo si no echar la vista atrás. Pero he continuado adelante, he seguido.
¿Por qué teniendo tan poco me siento tan feliz? Tengo todo lo que necesito, les tengo a ellos, a los esenciales. Y eso es suficiente…suficiente para siempre.
Ahora Mundo, sólo toca seguir avanzando, aprendiendo cosas, olvidando los errores, perdonando y queriendo, queriendo con todo el corazón. Me hago mayor y cada vez soy más consciente de que algunas cosas vienen y otras se van, pero las principales están ahí siempre, enseñándome a sonreír. Me quedo con todos los recuerdos, cosas malas incluidas, y por supuesto con todos esos momentos bonitos que, aunque ahora ya estén un poco lejos y todo sea diferente, hacen que nazca la más tierna y dulce sonrisa en mi rostro.
Y ahora mundo, meteré mis pies en la cama, sin calcetines, como alguien me dice siempre que haga por el verano, y soñaré cosas bonitas. Y espero que esa persona hoy también sueñe cosas bonitas.
¡Qué mayor me estoy haciendo!

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Sin noticias de Gurb III

Publicado por pablohm el 3 Junio 2010

Esta película necesita Flash Player 7

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Sin noticias de Gurb II

Publicado por pablohm el 28 Mayo 2010

Esta película necesita Flash Player 7

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MI REINO POR UN BESO

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2010

portada28reducida.JPGPor Sara María Llerandi  

Primer premio 2010, prosa, bachillerato.

 

 

La mañana había comenzado de una manera maravillosa. Su padre se había presentado en su cuarto al alba, con un gran arcón repleto de trajes de su madre. Cuando Claire los vio, varias lágrimas comenzaron a surcar sus mejillas. Las mismas sedas, los mismos hilos de oro, los mismos estampados que tanto había insistido en traer de China, ahora le pertenecían. Su madre… aún esperaba verla sentada bajo el viejo álamo, en el patio, como solía hacer siempre. Le costaba demasiado aceptar que jamás la volvería a ver. Mientras acariciaba las suavísimas telas de un faldón procedente de Persia, juró venganza contra el Príncipe de la Luz, aquel malnacido que le había arrebatado lo que más quería en su vida…
Justo al otro lado del reino, el día comenzaba de manera similar para otra persona. Y sin embargo, todo era tan distinto…
Para Jaël, la mañana había sido igualmente agradable. Se levantó, sintiendo en sus huesos el peso de las mil batallas ganadas que, aun así, le habían dejado un recuerdo imborrable. Bajó al salón principal en el cual, tras miles de halagos y agasajos impersonales y mecanizados, recibió la visita del primer Comandante de su tropa.
-Señor, con su permiso.
-Adelante.
-Le traigo buenas noticias –comenzó el joven- Hemos conseguido sitiar la Torre Esmeralda.
-Felicidades, Sir –dijo Jaël, contemplando la sonrisa de suficiencia de su interlocutor- Aunque… Realmente, seamos honestos. ¿Por qué ha de interesarme?
El rictus que barrió su antigua felicidad provocó una carcajada en el príncipe que se preocupó en disimular.
-Di-disculpe Alteza… e-en breves lograremos su… rendición. –Balbuceó- No tienen forma de…
-Vuelva cuando pueda relatarme la victoria, Sir.
Tras decir esto, fulminó con la mirada al Comandante que se alejó, tropezando con la alfombra.
-Incompetentes… -murmuró.
Desde que su padre había muerto presentando batalla, como había jurado que perecería, la corte había cambiado demasiado.
-Y para peor, me temo –dijo para sí mismo.
Los valerosos caballeros que luchaban mil y una batallas sin decaer, ahora eran ancianos que tenían como máximo disfrute contar sus historias, ya enrevesadas y trastocadas por el tiempo, a cualquier persona que se ofreciera para escuchar. Las bellísimas damas que cautivaron a príncipes y reyes ahora eran señoras que, ante la escasez de hombres debido a las numerosas guerras, habían optado por el celibato. El resplandor, el brillo del que gozaban sus palacios y terrenos había quedado recubierto por una capa de polvo demasiado espesa.
Sin embargo, no se iba a dar por vencido. Recuperaría, costara lo que costara, la fama y el orgullo de su familia. Pasaría por encima de quien fuera. Y sabía cuál era su primer y más importante objetivo.
-Querida Joven de la Noche… -susurró, mientras acariciaba su daga –pronto serás mía, y te juro que te haré padecer mil veces más dolor del que tu ejercito le procuró a mi padre… Nada podrá detenerme… ¡Nada! –gritó, mientras lanzaba su arma contra un antiquísimo tapiz que adornaba la pared.
Asombrosamente, la daga se clavó en el pecho de una muchacha de largos cabellos negros y tez pálida.
-Incluso el Azar está de mi parte esta vez. El Bien prevalece ante el Mal. Siempre. Y así será. –comentó, mientras dejaba atrás la estancia.
Varios años después…
Un escalofrío recorrió todo su ser cuando la vio, desafiante, como años ha, a pocos metros de él. Tenía que ser una pesadilla, ¿o un sueño? De cualquiera manera, no podía ser real…
-¿Por qué estás aquí? –preguntó Jaël, en voz baja.
-Por ti. Tú eres la razón por la que estoy aquí. En realidad, tú eres la razón por la que respiro, por la que vivo. Por favor, escúchame… -Claire alargó una mano hacia el rostro del joven.
-No me toques. –Dijo, mientras le apartaba la mano y se alejaba un paso –Sigo sin entender qué haces aquí. Ya lo has visto, ya lo has oído. Los campesinos cuentan aterrados mis enfrentamientos, los juglares relatan maravillados mis conquistas. –Suspiró- Mira a tu alrededor. ¡Mírame! ¿Por qué crees que he cambiado de opinión?
-Ha pasado mucho tiempo…
-Once años y cuatro meses, concretamente. –Jaël se cruzó de brazos.
-Aún te acuerdas…
-¿Cómo crees que puedo olvidarme de aquel día? Aquel día comenzó mi calvario… Día tras día sufro las consecuencias de dejarte viva, Claire.
Suspiró, cansado. En ese momento, decenas de arrugas surcaban su cara, aparentando una edad mucho mayor que la que poseía.
-Vete, Claire. Vete lejos, huye. No puedo protegerte más. Aquella vez lo hice, y me costó mi reino, mis hombres, y casi la vida. He sufrido mucho para estar donde estoy ahora… No permitiré que lo eches a perder de nuevo. Eres hermosa y poderosa. Búscate un hombre que te quiera.
-Mi corazón pertenece a un solo hombre, y se encuentra en esta sala. –significativamente, le dirigió una mirada, perdiéndose en sus ojos azul cielo…
-Vete. –insistió.
-No. No hasta que me hayas escuchado.
-Estás agotando mi paciencia, y ya deberías saber que eso es peligroso.
Claire se quedó en silencio unos segundos, meditando. Dio media vuelta, en dirección a la puerta, pero se detuvo.
-Nunca quise hacerte daño, Jaël. Jamás pensé que…
-¿Que qué? ¿Qué creías que pasaría? ¿Qué íbamos a librarnos del juicio de todo el mundo? ¿O creías que el castigo iba a recaer sobre ti? No, evidentemente no. Sin embargo, éramos demasiado jóvenes, ambos somos culpables. Pero ahora he madurado, la experiencia me ha hecho diferente. –cerró los ojos, para volver a abrirlos tras unos segundos.- Ya te he dado una oportunidad, no te daré una segunda. Vete.
Ella se puso a su lado, silenciosa. Alzó la vista y la deposito sobre sus ojos, nuevamente. Desde la primera vez que le había visto, en el campo de batalla, su mirada la había cautivado, perturbado. Se sentía como si pudiera leer sus más íntimos pensamientos. Al menos, así se sentía ella, cuando tenía el privilegio de que él la mirara. ¿Cómo podía alguien tener esos hermosos ojos y ser tan malvado a la vez?
Absorta en esos pensamientos, se fue acercando cada vez más a Jaël, hasta que sus labios rozaron levemente los del príncipe, que abrió los ojos de forma desmesurada y, apartándola con demasiada fuerza, la derribó al suelo.
-¿Cómo…cómo te atreves?
Claire guardó silencio, mientras lágrimas silenciosas rodaban por sus mejillas. Pensó por un momento en su gente, en su familia, en sus amigos. ¿Qué pensarían de ella? Doblegada ante el Príncipe de la Luz… Había deshonrado a su clase, había decepcionado a todos. Todo su mundo se había derrumbado desde el momento en el que le conoció.
Jaël relajó el semblante, suspirando. Un profundo pesar se vislumbró a través de sus ojos cuando los volvió a abrir.
-¿Tus últimas palabras?
Claire levantó la mirada.
-Te quiero. Desde el primer momento en el que te vi, supe que no podría cumplir mi venganza, pero tampoco me importaba. Sólo me importabas tú. Nublaste mi mente, mis pensamientos, mi mundo entero. Te quiero, incontrolablemente, instintivamente. No puedo imaginarme mi existencia sin ti. Y aunque sé que jamás podremos estar juntos, que somos de mundos completamente diferentes, que deberíamos acabar el uno con el otro, no quiero vivir sin ti. Y si esta es la única manera, que sea.
Jaël, impasible, se acercó a ella. La abrazó, y la besó, uniendo dos mundos, dos seres, dos vidas. Se separaron tras unos instantes, y él la rodeó con sus brazos. Un leve grito de sorpresa escapó de los labios del príncipe cuando sintió su propia daga clavándose en su espalda. ¿Cómo había conseguido…? Suspiró. Daba igual. Ya todo daba igual.
-Amor mío, no me guardes rencor. Todo lo que he dicho es cierto, lo juro…
Depositó otro suave beso en los labios de él, mientras lo depositaba en el suelo.
-… No obstante, no podemos cambiar lo que somos, tú mismo lo dijiste hace once años. Y yo soy malvada por naturaleza, no debiste olvidarlo.
-Jamás me perdonaré tal descuido. De todas formas, la muerte solo es el comienzo, tú misma lo dijiste. No quedará así…
Y esas fueron sus últimas palabras.
Tras ellas, Claire le dedicó una mirada de enorme tristeza, pero se repuso enseguida. Echó un vistazo a su alrededor, y vio el trono desde el cual los Príncipes de la Luz gobernaban su reino. Subió las escaleras, disfrutando del momento, y se sentó en él.
-Un poco incómodo pero por este territorio, creo que podré soportarlo. –dijo para sí misma, mientras una carcajada nacía en su garganta. 
 

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UN PROFUNDO SUEÑO

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2010

portada28reducida.JPGPor Carolina Hevia

Primer premio 2010, poesía, bachillerato 

Un deseo imposible,
un amor fugaz.
El viento que se lleva
todos mis sentimientos.
Todo el aire flotando por
el cielo azul
y hundido en el más profundo
de los mares.
Perdida, sin sueño,
sin rumbo.
Dolida, sin alma,
sin karma.
Hundida sin aire, sin luz,
sin sol que ilumine mis ojos.
Muerta, sola, perdida, dolida,
hundida sin ti.
Besando esos labios secos.
Tocando tus manos frías.
Mirando tus ojos
y los míos.
Amando tus recuerdos
y los míos.
Destrozada sin ti.
Sepultada por mis lamentos.
Enterrada junto a ti.
Bajo tierra te espero
Y tú a mí.
Descanso junto a ti, sin dolor,
con amor.

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“CUERPO INSERVIBLE”

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2010

portada28reducida.JPGSonia María Santa-Cruz Hermo

Primer premio 2010, poesía,  segundo ciclo de ESO

Vendo una triste sonrisa
que no se puede borrar.
Vendo dos manos vacías
que no te pueden tocar.
Vendo unos ojos cerrados
que nadie quiere comprar.
Te regalo mis recuerdos
imposibles de olvidar,
mis secretos escondidos
y mi sueño de volar.
Yo te entrego estos dos pies
que caminaron contigo
y me quedaré sentada
esperando a mi destino.
Me sentiré satisfecha
si aceptas mi corazón,
que aunque esté triste y cansado
sigue latiendo por vos.

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HISTORIA DE UNA GUERRA

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2010

portada28reducida.JPGPor Dora Martínez

Primer premio 2010, prosa, segundo ciclo de ESO

 

 (Iak, 1 mayo 2003)
Estaba tirada en el suelo. Podía oler la sangre pero no sabía si era mía. Oía los gritos de agonía de mucha gente, pero con el matiz de creer estar dentro de una botella. Sentía un intenso dolor en todo el cuerpo. Lentamente intenté levantar la cabeza, pero parecía que pesara una tonelada. Quise gritar, pero no me salía la voz. De repente noté cómo alguien me inclinaba hacia delante y entonces abrí los ojos y lo vi todo.

Estaba en un enorme edificio al que le faltaba media fachada. La gente gritaba desconsoladamente. Miré hacia la izquierda y preferí no haberlo hecho, enfrente de mí, tirado en el suelo, se hallaba un hombre al que le faltaba media cara y un brazo. Hice una mueca de dolor y de repente noté que no sentía nada de cadera hacia abajo, bajé la vista lentamente y noté que me mareaba: en el lugar donde tendría que estar mi pierna izquierda no había nada, me la habían arrancado. Empecé a transpirar. La persona que me había inclinado me apartó la cara para que no pudiera ver aquel destrozo y me la dirigió hacia la suya. Entonces le reconocí y sentí cómo se paraba el tiempo.

Por aquella cara, por poder verle una vez más, estaba ahí, en una guerra que no era la mía, en medio de una catástrofe por culpa de la cual los humanos estábamos perdiendo el poco respeto hacia el mundo que nos quedaba. Entonces me pregunté si había merecido la pena todo lo hecho hasta ese día solo por verle una vez más y, como respondiéndome, él juntó sus labios hacia los míos y recordé la primera vez que lo vi y todo lo que aquello acarreó…

Entré en la sala y la clase de ética ya había empezado, por lo que me senté en el primer sitio que encontré. El profesor estaba repasando lo que habíamos dado el día anterior, así que no me había perdido nada importante. Saqué las hojas para apuntes, un par de bolígrafos y entonces me di cuenta de que se me había olvidado el trabajo sobre Aristóteles.

-¡Maldición, otra vez no! – susurré, y me llevé las manos a la cara.

-¿Se te ha olvidado algo, no es cierto? – dijo el chico que estaba sentado al lado.

Le miré y me di cuenta de que nunca lo había visto o al menos no de tan cerca. Tenía pinta de tener unos 20 años, el pelo largo y moreno y unos ojos azules penetrantes. Me quedé callada mirándole durante unos segundos y luego  me di cuenta de que no había contestado.

-Esto… si, se me ha olvidado el trabajo que mandó ayer. Con lo bien que estaba… era crucial para que aprobara la asignatura. Es que siempre se me tiene que olvidar algo.

-Tranquila no eres la única. Me llamo Ian ¿y tú?

-Norma, mi nombre es Norma.

-¿Sabes qué? Toma mi trabajo, entrégalo tú. Yo ya tengo aprobada esta asignatura.

-¡No! – Exclamé – ¿Cómo voy a hacer eso? Es tuyo. No, no, en serio, no pienso cogerlo. Seguro que te ha costado mucho hacerlo y además…

-Señorita –dijo el profesor –  ¿qué es tan importante como para ignorar la Ética a Nicómaco?

-Verá Señor Cor de Roure – empecé- es que se…

-Se me ha olvidado el trabajo sobre Aristóteles – me cortó Ian – ¿podría entregárselo mañana?

-Bueno, me parece extraño en usted pero le voy a permitir el retraso, sin que sirva de precedente ¿eh?

-Por supuesto Señor Cor de Roure, muchas gracias – dijo -, y se sentó con una sonrisa torcida en los labios.

-¿Por qué has hecho eso?, no sé cómo podría agradecértelo…

-Me vale con que esta tarde la dejes libre para ir a tomar un café con alguien al que acabas de conocer.

No podría asegurar a ciencia cierta cuantas horas nos pasamos hablando sobre nosotros y nuestras propuestas de futuro. Ian me contó que era adoptado y que sus padres eran de Irak. Estaba estudiando periodismo, como yo, para poder viajar, conocer mundo y ganar suficiente dinero para que sus padres pudieran salir de su país. Yo no paré en todo el tiempo de agradecerle lo que había hecho por mí aquella mañana

-Tranquila, a mí me lo perdona, soy su ojito derecho – dijo, y me guiñó un ojo.

-No, en serio – insistí yo – imagínate por un momento que te suspende, me hubiera sentido fatal.
 
- ¡Jajaja…! – se rió – no creo que lo hiciera, además, quien no apuesta no gana. Recuerdo una vez que…

Por unos momentos dejé de escuchar y me empecé a fijar en los rasgos de su cara ¿Cómo era posible que nunca lo hubiera visto? Tenía unos ojos de un color azul tan intenso que dolía el corazón de sólo verlos y la línea de su cara dibujaba una forma tan perfecta que parecía tallada en mármol. Empecé a sentir que me latía el corazón con fuerza. ¿Qué me estaba pasando? ¡Si lo acababa de conocer! Debí de estar mucho tiempo callada porque se terminó dando cuenta de que no le estaba escuchando.

-Uy, perdón, es que estaba pensando en otra cos…

No me dejó decir más, me selló los labios con un fuerte beso. El primer beso de una relación suicida y él lo sabía, pero no quiso decirme nada.

Los cuatro años que nos quedaban de carrera los pasamos juntos. Alquilamos un apartamento a las afueras de Barcelona, cerca de la Universidad. Yo estaba opositando para una cadena de televisión muy importante y Ian había empezado a trabajar para un periódico popular en Barcelona. Todo era maravilloso. Planeábamos un viaje a Nueva York para celebrar la graduación, cuando Ian recibió una carta de su madre. En ella decía que se había quedado embarazada y que su padre había viajado a la capital de su país, Bagdad, para trabajar en una fábrica porque en el pueblo en el que vivían no conseguía el dinero suficiente para mantener a un hijo más, con él eran cinco hermanos.

-Verás Norma – empezó – mi madre en esta carta me está pidiendo ayuda, no lo dice pero sé que la necesita, mis hermanos son muy pequeños y apenas tienen fuerzas para trabajar.  Además desde que di con mis padres biológicos no los he ido a conocer en persona y… bueno, no quiero que pienses que no quiero estar contigo, pero no creo que pudieras venir, porque apenas hay espacio para nosotros.

-Pero, ¿cómo te vas a ir? ¿Ahora? ¿Cuando las cosas empiezan a encarrilarse? No lo puedes estar diciendo en serio, no…
 
No hizo falta ninguna palabra más. Rompí a llorar. Sabía que no podía pedirle que se quedara, pero no podía dejarle marchar. Podía ver perfectamente en sus ojos que mis lágrimas le estaban partiendo el corazón, pero era la única cosa que podía hacer en esos momentos. La impotencia que sentía era demasiado grande como para disimularla con un simple “lo superaremos”.

Los siguientes días antes de la partida fueron demoledores, aprovechábamos el día segundo a segundo, haciendo honor a la famosa frase que una vez un poeta dijo y que ahora era nuestro pan de cada día: Carpe diem quam minimum credula postero.

El día de la despedida fue deprimente, no como yo me lo había imaginado: dos besos y un hasta pronto.

-Por favor – me rogaba – deja de llorar, ¿quieres que la última mirada que me lleve de ti sea con esos ojos rojos? Sabes que volveré, no te puedo decir cuándo, pero te juro que me volverás a ver. Te quiero ¿de acuerdo? Te amo. Miles de kilómetros no podrán cambiarlo jamás.

Cuantas más veces me decía cuánto me amaba, más doloroso se volvía. No pude decir palabra, me besó con una ternura infinita, dejándolo claro una vez más. Le dije tan fuerte como mis cuerdas vocales debilitadas me dejaron hablar “te quiero” y se fue a la puerta de embarque.

Le vi montarse en el avión y supe que con él se estaban marchando mis ganas de vivir.

Yo conseguí trabajo en la cadena para la que opositaba como reportera en las noticias y todos los días hablaba con Ian por teléfono. Me contaba que había conseguido trabajo en la fábrica de su padre y parecía que todo les iba bien. Pero eso solo duró unos meses porque en adelante ni él tendría dinero, ni yo tiempo para llamar. Así fuimos aumentando el periodo de llamada hasta que se nos terminamos olvidando el uno del otro, aunque yo nunca lo hice del todo.

Tres años después, en Navidades del 2003, Ian me ve volvió a llamar. Decía que tenía ganas de verme y que parecía que su familia volvía a levantar cabeza, que en unos meses podría volver a Barcelona.

Pero el mundo volvió a darnos la espalda. Dos meses después, el 20 de marzo de 2003, empezaron las invasiones en Irak. Empezamos a llamarnos de nuevo diariamente y me contaba que cerca de su pueblo había explotado una bomba y tenía mucho miedo.

Un día, trabajando en los estudios de nuestra cadena, el director de las noticias nos dijo que se buscaba a un reportero para retrasmitir la vida en Irak durante una semana. Yo, por supuesto, hice todo lo posible por conseguir el puesto y el director no dudó en dármelo.

Mis padres se opusieron, pero yo tenía que hacer todo lo posible por sacar a Ian de allí. No le llamé porque sabía que él también hubiera opinado  lo mismo.
 
Viajé con un compañero llamado Miguel como cámara. Me contó que estaba nervioso, que tenía mucho miedo. También me contó que iba a ser padre dentro de pocos meses y tenía miedo de perderse el parto. Aquellas palabras me hicieron plantearme el peligro al que estaba sometiendo mi vida.

El mismo día que llegamos nos dirigimos a retrasmitir un reportaje en directo.

-Atenta Norma – me avisó Miguel – entramos en 5, 4, 3, 2, 1…

-En directo desde la capital de Irak, Bagdad.  Nos encontramos  en un antiguo colegio en el que se está improvisando un hospital para las personas que han perdido sus viviendas con la última bomba – decía, estaba muy nerviosa porque era el trabajo más serio que había hecho hasta el momento – Aquí están sometidas a una baja calidad de vida decenas de familias y… -de repente me quedé en blanco.

Él estaba ahí. La persona por la que me estaba jugando la vida estaba al otro lado de la sala y me había visto, nos habíamos visto. Miguel me estaba haciendo señas con las manos, pero era incapaz de articular palabra. Mi mente estaba flotando en medio de todos aquellos heridos y se estaba encontrando con él. Tiré el micro y, sin importarme las miles de personas que nos estaban viendo, eché a correr hacia Ian. Estaba llegando, casi podía tocarle, cuando un gran estruendo nos tiró por los aires y perdí el conocimiento.

Volví a la realidad sabiendo que no había marcha atrás para poder cambiar los últimos momentos vividos y dirigí mi mirada hacia lo único importante en aquel momento.

-Dios mío, mi amor – me susurraba Ian – ¿qué haces aquí? ¿Por qué has venido? No tenías que haberte jugado la vida de esta manera, no es justo. Esta guerra no te pertenece, no tendrías que estar pasando por esto.

Parecía que estaba bien. Solamente tenía una pequeña herida en la cara que le desfiguraba un poco la mejilla derecha, pero ni así dejaba de parecer un ángel recién caído del cielo.

-Madre mía – articulé como pude y noté cómo unas lágrimas se derramaban por mi polvorienta cara – cómo deseaba verte de nuevo, cómo te echaba de menos. Oh, Ian, nunca he dejado de quererte. Por favor, vámonos de aquí, vuelve conmigo a España, rehagamos nuestra vida juntos.

Noté como una risa de humor negro se asomaba en su sangrienta cara y entonces miré hacia un detalle que se me había escapado: un gran agujero atravesaba su vientre.

 No pude resistirlo y rompí a llorar. Él me abrazo tan fuerte como pudo y me volvió a besar, pero se puso a toser y a escupir sangre. Nos miramos y supimos que se nos escapaba la vida, pero sin embargo no podía imaginarme otra muerte mejor que aquella tirada en sus brazos.

-¿Y qué hacías tu aquí? ¿Es que acaso cayó la bomba en tu pueblo? – susurré.

-No – dijo con voz rota – vine a ver a un amigo de padre, a darle un recado. Dios, ¿ahora qué van a hacer sin mí? ¿Cómo puedo dejarles solos de esta forma? – dijo. Y por primera vez vi a Ian llorar. Dolía muchísimo ver cómo unos ojos tan preciosos se desbordaban y con cada lágrima me destrozaba un poco más el corazón.

-No tienes la culpa, no te martirices – le intenté consolar. Le abracé con cuidado y empezó a toser de nuevo.

Una alarma se despertó en mi mente: ¿dónde estaba Miguel? Me  incliné como pude y eché un vistazo hacia todos los lados y no lo vi. Al menos a su hermosa cara porque cuando me volví a girar hacia la izquierda, reconocí al hombre al que le faltaba media cara. Más lágrimas recorrieron mi rostro. Dios, pobre hijo, nunca conocería a su padre. ¿Y su mujer? ¿Cómo lo superaría?

Noté que mi mente se iba desvaneciendo, estaba perdiendo mucha sangre. Volví a mirar a Ian y nos quedamos allí, recostados contra la pared, sabiendo que se acercaban los últimos momentos y no pude resistirme a pensar en todas las cosas que me iba a perder. Hacía ya tiempo que había planeado un futuro juntos. Nos imaginaba envejeciendo y disfrutando de la vida juntos, ¿por qué no podía ser? ¿Cuál había sido nuestro error sin solución?

Entonces unos nuevos pensamientos atravesaron mi mente. Quizá me había obsesionado con él. Tal vez si no hubiera conseguido aquel trabajo, yo seguiría con mi vida en España y probablemente encontraría otra persona  con la que compartir mi vida. Pero eso sólo era igual y como una vez me dijo Ian: quien no apuesta no gana. Mi decisión había sido esta y con ella debía acarrear, y sin embargo no me arrepentía.

Pocos minutos pasaron cuando noté que mi mirada se nublaba y cuando volvía a mirar a Ian pude distinguir a duras penas que tenía los ojos cerrados y no respiraba. Sentí que mi mente se iba parando, que se estaba apagando la vela de mi vida. Intenté luchar por zafarme del abrazo de la muerte pero no pude, así que me resigné y le regalé a la persona que más quería en ese mundo el último soplo de mi corazón.

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LA PLAYINA

Publicado por serafingf el 6 Mayo 2010

portada28reducida.JPGPor Jennifer Priede

Primer premio 2010, prosa en asturiano

 

 

Un día perguapu pa dir a la playina y bañanos nel agua frescuco y cristalino mientres miramos cómo les foles intenten echanos un bocáu ruxiendo como feroces lleones marinos. Préstame muncho escuchar el soníu d’elles, encrespándose por culpa’l vientu y esos neños que chisquen nel agua y paecen pexes intentando nun ser pescaos.
Voi güeyar 1’horizonte; esa luna de fierru que nunca se dobla y permanez firme ente 1’agua y la tierra y nunca desapaez. Los castiellos d’arena que faen los neños enllenos de satisfacción porque nun se-yos caen y llueu encantaos d’aplastalos. Otru qu’intenta cazar andariques ente’l pedreru tentando la suerte pa nun caer. Persones que pasen tola mañana ellí tumbaes y cuando se llevanten paecen gambes churruscaes y muncho más. ¿A quién nun-y gusta la playa con toles coses que se ven? Si hasta n’iviernu ye divertío dir.
La xente lleva los perrucos a correr pela fría y tenebrosa oriella’l mar y ellos intenten metese nel agua pa coyer los crustáceos marinos que paecen asustaos intentando escondese na arena faciendo furaquinos. Les persones que van a caminar pa facer exerciciu y otros qu’atemoricen l’atónita mirada de los meticones metiéndose a nalar na fría y trupa agua… Anque visto dende otru puntu la playa yá nun nos pue paecer tan agradable:
Remolinos acuáticos que t’absorben como si quixeran xugar contigo peligrosamente, pozos que los neños dexen a mediu tapar y nos que pues rompete un pierna y neños qu’al xugar al balón péguente un balonazu…

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CONCURSU N´ ASTURIANU, 2009

Publicado por serafingf el 22 Mayo 2009

portada27.jpgJennifer Priede Blanco 1u. ESO B

 

 

 

 

TOO MOS PASA NUN XARDÍN

 

1. Nel xardín de la so güela

13. Volvió a buscar

2. ente la yerba y flores roses

14. Y al llau del ríu

3. una neña mui guapina

15. una ratina fue alcontrar

4. buscaba dos mariposes.

16. que taba comiendo un figu.

5. Nun fueron asina les coses,

17. La ratina llevaba munchos figos

6. embaxo d’un árbol fue mirar

18. na so cestina collorada

7. y salió una abeya enfadá

19. mirábala con rabia

8. direuta a picar.

20. por si-yos los quitaba.

9. La probe nenina marchó asustá

21. Darréu mordióla.

10. nun sabía qué facer,

22. la nenina escapó

11. Y taba tan atristayá

23. Con un bon sustu

12. que púnxose a llorar.

24. y enxamás volvió.

 

L’ESTROPICIU DE TINTÍN

Esto yera un bon día que finó nunu malu.

Yera la boda de la mio collacia y tábamos vistiéndonos cuando nos dinos cuenta de qu’esi día adelantaben una hora’l reló. Tábamos toos faciendo esparabanes porque llegábamos tarde.

Salimos a les carreres pero’l nuestru coche yá marchara y fuimos corriendo. Cuando llegamos a la ilesia la misa yá acabara y la novia echómos una bronca porque pensó que llegábamos solo pa la comilona.

La ilesia taba al llau la playa y ficimos dalgunes fotos na mar, mientres Tintín, el mio perrín, taba bañándose y xugando cola so pelotina.

Cásique yá nun quedaben fotos por facer cuando vino una fola y moyó-y tol traxe a la novia.

¡Agora sí que pue dicise que somos los del culu moyáu! Porque ella taba toa moyá.

Cuando llegamos al restaurante yá yera pela nueche. Tintín taba muertu fame y gustáben-y muncho les tartes de chicolate.

De la que nos punxeron la comida Tintín casi se tira a por ello, comió mui poco, taba reservándose pa la tarta.

Llegó la tarta. Probe’l camareru que-y tocó llevala. El perru llanzóse y tirólo too.

Otra vez manchóse’l traxe la novia pero agora fue de chicolate.

Tola xente marchó, los camareros y los novios gritáben-y al perru y yo taba enllena vergoña.

Marchamos d’ellí a les carreres.

Cómo vuelva facer otra vez dalguna cosa d’estes regálolu.

 

¿QUERÉIS LLEVALU CON VOSOTROS?

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Primer premio, prosa, bachillerato, 2009

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2009

portada27.jpgRoberto Hevia Roquer (2ºC bachillerato)

 

MARÍA PERFECTA

 

En mitad del áspero calor que azota sin piedad las horas centrales del estío castellano avanzaba por su férreo cauce un rápido tren de línea que, haciendo gala de una puntualidad propia de las antípodas de Gran Bretaña, llegaba a una pequeña estación situada con exactitud sobre el polo magnético de ninguna parte. Del otro lado de las puertas que se abrían automáticamente sólo salió una persona, el joven Pepe Rey. Era éste un muchacho con el típico aspecto que caracteriza a los jóvenes que ahora moldean las universidades, con esa mirada y ese comportamiento que refleja a la perfección una idiosincrasia progresista en la que el carácter es domado por una lógica tan inteligente como pueril. Cuando, en mitad de una estruendosa nube de polvo, el tren se alejó, Pepe sacó del bolsillo de su pantalón su teléfono móvil para solamente comprobar la ausencia absoluta de cobertura en aquel  paraje. Tras unos minutos de espera se percató de que en el horizonte se perfilaba la inequívoca silueta de un coche que avanzaba entre las piedras de un camino que pretendía imitar una carretera. Este vehículo se detuvo justamente tras aquella edificación que el báculo del tiempo se había encargado de deteriorar a conciencia, mientras Pepe se aventuraba a dejar su refugio en la sombra para introducirse en su interior. Ya dentro, su mirada se cruzó con la de Rosario, una joven de igual aspecto que Pepe. A los dos les habría gustado charlar amenamente, pero el asfixiante calor que impedía respirar les obligó a dejar aquel lugar lo más rápidamente posible, dejando solamente espacio para un corto saludo acompañado por un beso.

Ya pasadas las soporíferas horas de la tarde de aquel sábado, en las que el calor únicamente invita a reposar con una siesta los alimentos digeridos con anterioridad, el pueblo de Orbajosa comenzaba a desperezarse. Se escuchaba su despertar, anunciado con el ruido de motores de coches que se reunían en la plaza central. Era ésta una de las típicas plazas que se desperdigan por tantos puntos de la geografía española, en cuyo centro se había colocado años atrás una estatua en conmemoración de cierto escritor que otrora se había inspirado en ese pueblo para una novela o algo así y que uno de los habitantes del lugar había tenido la feliz idea de tirar con la intención de aprovechar el podio para la colocación de una antena parabólica que permitiese recibir la señal de televisión en las casas con absoluta nitidez, y presidida por los restos de lo que antaño fuese una iglesia y que ahora apenas servía para dar en las mañanas de los domingos cobijo a los pocos fíeles que todavía se reunían para escuchar misa. Pero la mayor parte de los habitantes de Orbajosa dedicaban esas mañanas al reposo de los excesos de la noche anterior, ritual que con la máxima escrupulosidad se respetaba cada sábado al oscurecerse el cielo, y consistía éste en la reunión de los mozos y las mozas del lugar en la ya mencionada plaza. Formábanse entonces dos grupos, uno compuesto de una marabunta de coches tuneados y terriblemente estruendosos que rugían al capricho de sus dueños, muchachos uniformados con sudaderas en los días invernales que daban paso a camisetas de no muy grandes tallas al aproximarse el calor veraniego. A la par de este grupo surgía otro, en el cual las mozas del lugar, que bien de invierno o de verano se permitían lucir al descubierto sus carnes, que más que partes del cuerpo, daban la impresión a quien lo viere de tratarse de género a la venta. Mantenían ellos conversaciones sobre temas que en verdad no eran insustanciales, pues para que una conversación sea insustancial ha de al menos existir, y en cambio ellos se limitaban a pronunciar una larga retahíla de frases inacabadas que hacían vaga referencia a su trabajo en la cooperativa agraria “OrbaAjos”, empresa que empleaba a un amplio sector de la juventud de Orbajosa. Era el “jefe” de este grupillo un muchacho cuyo nombre importa poco, pero que bien por sus modales, bien por ciertos vicios o negocios poco lustrosos, había recibido el sobrenombre de Caballuco. Nuestro amigo Caballuco alardeaba de unos modales propios de cualquier miembro de la sociedad Bovina del lugar. A lo largo de los años habían prendido en él las enseñanzas de los hombres de Orbajosa, para los que era criticable y muestra de un peligroso afeminamiento el masticar con la boca cerrada, hablar correctamente, mostrar algún resquicio de sensibilidad, emplear la cabeza para algo que no fuese el llevar gorra y otras muchas cosas más propias de aquellos imbéciles desgraciados de las ciudades que de los jóvenes de Orbajosa, que consideraban que por mantenerse al margen de estas corrientes imperantes eran libres y mejores que los otros. Por el otro grupo, el femenino, cabía destacar a la joven Inocencia (casualmente hermana de Caballuco), que años atrás se había proclamado la jefa del grupo y había establecido importantes reglas de convivencia (ninguna joven podía estar más guapa o mejor arreglada que ella, ninguna podía estar convenientemente arreglada con ningún mozo si ella se encontraba sola, Inocencia tenía preferencia a la hora de encontrar pareja, etc.) que si bien no estaban escritas sí eran férreamente respetadas. Hablaban estas muchachas conversaciones que no por tener una mejor estructura comunicativa mostraban un más interesante contenido. La mayor parte del tiempo se dedicaban a recrear las conversaciones que habían tenido con sus novios, rememorar los momentos más impactantes de las emisiones televisivas del día anterior, o, las más veces, criticar a aquellas que se encontraban ausentes. La fauna de aquella plaza se completaba con pequeños grupos de niños que jugaban a fútbol en improvisadas porterías y grupos de ancianas que desempolvaban viejos recuerdos de tiempos mejores, mientras la cantina comenzaba a recibir la afluencia de los hombres del lugar. Cuando comenzaba a oscurecer, los dos grupos arriba mencionados se reunían y los muchachos, acompañados por sus respectivas, iban en sus coches a un polígono industrial situado en las cercanías de la gran ciudad que se levantaba algunos kilómetros más allá. Allí, como cada semana, los jóvenes echaban las horas tomando alcohol (en el mejor de los casos) y manteniendo actitudes y comportamientos que si tanto por obvios como por poco decorosos no será conveniente mencionar. Pero en aquella tarde de sábado, un tema concreto había atraído como un imán las plomizas conversaciones de los mozos y las mozas de Orbajosa. Al parecer, la joven Rosario, una muchacha que años atrás se había ido del pueblo para estudiar en la universidad y que se había instalado definitivamente en Madrid había vuelto para pasar unas semanas de verano con su madre. María Perfecta, y lo que era peor, con ella venía un novio que había conocido mientras estudiaba. Esto había prendido las iras de todos los habitantes del lugar. Ellos no paraban de repetir los prejuicios que tenían contra todo aquel nacido más allá de su pueblo “-Seguro que es…un…un Joder, qué asco que me dan esa gente-” “-Solo pensar en ese imbécil y es que… que… que… me se calienta la sangre-” mientras que ellas elucubraban sobre lo que había podido pasarle a la pobre Rosario “Ya desde pequeña esa cabra tiraba al monte, se la veía venir” “Yo no sé qué ven en los de fuera, ella es de Orbajosa y ha de buscar a un chico de Orbajosa, es lo normal, y seguro que luego dice que está muy bien la muy… Querrá darnos envidia” “-Pero al tiempo, que en menos de dos días esa viene aquí con el rabo entre las piernas, te lo digo yo ¡Pues en mi casa que no entre!” Cabe destacar que entre todos los allí presentes el más enfurecido era Caballuco, pues para pocos era secreto que aquel provocador aire de mujer cosmopolita y moderna que desde siempre había tenido Rosario, y que en los últimos años había eclosionado convirtiéndola en una mujer diferente de las demás mozas de Orbajosa, nunca le había dejado indiferente, pero esta era la primera vez que ni su fuerza bruta, ni el que su padre fuese el dueño de la mitad de las tierras de Orbajosa, le podían dar aquello que quería. La aparición en el horizonte del coche de Rosario calló de inmediato todas las voces de los jóvenes. Dando muestra de la enorme práctica que con los años habían ido forjando en el arte de la hipocresía, recibieron a la pareja con ciertas muestras de afecto, si bien no era necesario un gran observador para apreciar que muchos sonreían apretando los dientes. Cuando del coche se hubo detenido en medio de la plaza y sus dos ocupantes descendieron, se formó un gran círculo alrededor de los dos recién llegados, quienes se habían convertido en el centro de atención de todos los allí presentes. Pero el colmo para los mozos de Orbajosa fue que al declinar la tarde los dos recién llegados se negasen a acompañarles en su ritual semanal. Si alguna vez existió alguna posibilidad de que se pudiese dar un conato de paz entre Pepe y el pueblo de Orbajosa, desapareció en aquel momento.

María Perfecta, madre de Rosario, era el vivo reflejo de lo que serían la mayoría de las muchachas de Orbajosa en veinte años y de lo que su abuela había sido cincuenta años atrás. Cierto es que algunas cosas habían cambiado, pero en esencia todo se mantenía. El lugar que había dejado la antigua educación, lo ocupaban ahora los programas de corazón y la telebasura, lo que antes eran las mañanas de los domingos eran ahora las noches de los sábados, pero todo seguía diseñado de tal manera que se evitaba la molesta tarea de pensar. Pero volvamos con María Perfecta, que estaba ahora maldiciendo el momento en el que dejó a su hija irse a Madrid. La viuda estaba encantada de que Rosario pudiese estudiar, pero no podía soportar los cuchicheos que hacían a sus espaldas sus vecinas, quienes se esmeraban en que María Perfecta no fuese ajena a sus comentarios. Huelga decir que estos cuchicheos se dispararon en el momento en el que Rosario y Pepe entraron en la casa de ésta. En el interior del lugar, María perfecta no cejó en su empeño por menospreciar a Pepe. Siempre que la conversación se lo permitía, soltaba algún comentario de esos especialmente dañinos que caracterizan a quienes tienen práctica en el herir sobre las cualidades de los jóvenes de Orbajosa, en especial aquello que era alabar las virtudes de Caballuco, pues cualquier madre de Orbajosa desearía que su hija se casase con quien tiene en herencia casi la mitad de los campos. Ni a Pepe ni a Rosario se les escaparon estos comentarios, pero no quisieron reparar en ellos. Esto enfureció terriblemente a María Perfecta, que no estaba acostumbrada a que nadie hiciese caso omiso de sus ataques. Durante todo ese tiempo, sin embargo, Pepe no pudo evitar que las manifiestas hostilidades que durante todo el día había viniendo sufriendo le afectasen en el ánimo, eliminando en él cualquier conato de ganas de permanecer en aquel lugar más de lo necesario. Esta sensación aumentó cuando, llegada la noche, María Perfecta le indicó a Pepe que; para su mayor comodidad, evitase el tener que compartir con Rosario la minúscula cama en la que dormía cuando era pequeña, y pasase aquella noche durmiendo en el incómodo sofá de la sala principal. Así pasó la noche, sin demasiados sobresaltos, mientras María Perfecta se mordía ansiosa las uñas en la cama y Caballuco intentaba ahogar la rabia en el alcohol.

A la mañana siguiente toda Orbajosa era caldo de cultivo de habladurías y comentarios. Puntuales como un reloj, todas las vecinas se reunieron en la plaza para chismorrear sobre la nueva noticia. Habría sido imposible contar todo el número de mentiras y embustes que en aquel día se vertieron sobre Pepe Rey. Pero mientras las invenciones volaban de aquí para allá, Inocencia trataba de calmar a su hermano.
-No lo soporto, es que, no lo… Mierda, mierda. A ese tengo que cogerlo un día y… Darle un susto, sólo eso, para que se vaya caliente.
-Deja de decir idioteces, ¿En qué estás pensando?
-Nada, solamente… Darle un buen susto, lo que merece
- ¿Por qué no tratas de usar por una vez la cabeza?
- 0ye, a mí no me hables así, que soy tu hermano
-Tranquilízate, ya me encargaré yo de que María Perfecta la meta en cintura y de que ese ponga pies en polvorosa.

Así las cosas, Inocencia acudió aquella misma mañana, aprovechando que Rosario y Pepe estaban fuera, a la casa de María Perfecta. En pocos momentos pasaron de ser pocos a ser muchos, y toda Orbajosa luego, quienes estaban pendientes de esta conversación. En el fondo, el odio mutuo que en todos los habitantes del lugar había surgido con el paso de los años causaba que nadie desease que aquel conflicto se solucionase favorablemente para la vieja señora, pero era más fuerte el odio al recién llegado. En el interior de la casa, Inocencia empleaba todas las artimañas para envenenar los oídos de María Perfecta sobre Pepe Rey, involucrándole en todo tipo de comportamientos deleznables, negocios turbios y otros muchos improperios. Si María Perfecta se creía estas patrañas o simplemente las quería creer, nunca nadie lo sabrá, pero lo cierto es que de aquella casa salió Inocencia con una mueca de satisfacción en su rostro que daba poco espacio a las conjeturas. Esa misma tarde, cuando Rosario y Pepe llegaron a la casa de la madre, ésta se mostraba arisca, es decir, más arisca de lo común. Rehuía con ágiles reflejos cualquier tipo de conversación y cortaba cualquier conato de diálogo por medio de algún seco monosílabo. Todo tenía que ir según lo planeado. En mitad de aquella calurosísima y somnolienta tarde de domingo, mano anónima introdujo en la casa una nota dirigida a Pepe. Por lo ilegible se sus caracteres y lo peculiar de su ortografía era evidente que la había escrito uno de los muchachos de Orbajosa. En ella se “invitaba” a Pepe Rey a marcharse dejando en el pueblo a Rosario. María Perfecta no apreció en el joven ningún gesto, simplemente se deshizo del papel sin darle aparentemente mayor importancia. La vieja se retorcía las manos, le habían dado a ese bastardo su oportunidad y la había arrugado y tirado a la basura. No cabía otra opción. Era inevitable. Aquella misma tarde, salió de casa con alguna tonta excusa para dirigirse a la casa de Inocencia y Caballuco. Explicó la situación y, con una admirable resolución, los tres se dispusieron a hacer aquello que habían acordado. Esperaron a la noche. Caballuco apuñalaba las horas comiendo, bebiendo y preparando su escopeta de caza mientras que las dos mujeres guardaban silencio, maquinando sobre aquello que iban a hacer. Finalmente se fue el sol, y los tres salieron de la casa. No era secreto alguno para muchos de los habitantes de Orbajosa lo que iba a ocurrir, pero no tenían la menor intención de impedirlo. Silenciosamente entraron en la casa. Caminaron a lo largo del oscuro y angosto pasillo. La madera chillaba con cada paso. Parecía tratar de alertar a alguien. Los tres se acercaron a la puerta. Caballuco extendió la mano para accionar la manilla. La puerta de la estancia en la que Pepe dormía se abrió. Los tres se acercaron al sofá, Caballuco apuntó con la mano más férrea que la ocasión le permitía hacia la oscuridad. María Perfecta encendió las luces. Entonces se encontraron aquellos tres personajes con lo único que jamás se habrían esperado encontrar. En el lugar en el que debía estar durmiendo Pepe Rey solamente había un libro, “Doña Perfecta” era su título, de un tal “Benito Pérez Galdós”. AI parecer, Pepe y Rosario estaban ya a kilómetros de Orbajosa, rumbo a Madrid. Fue en aquel preciso instante cuando Caballuco, María Perfecta e Inocencia descubrieron el grandísimo valor que tiene la literatura.

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Primer premio, prosa, 3º y 4º de ESO, 2009

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2009

portada27.jpgSara María Llerandi Méndez (4º B)

“¿QUÉ SE DEBE HACER…?”

 

“¿Qué se debe hacer…?” Una pregunta estúpida. La típica pregunta por la que empiezan los exámenes de matemáticas. La primera pregunta de mi examen. Sin embargo, en vez de concentrarme, mi mirada se dirige a la ventana, desde la que puedo contemplar los verdes alrededores de mi instituto. Un espléndido color azul coloreaba el cielo. El azul más brillante y más hermoso que había visto nunca.

Agradecí enormemente el silencio que por entonces reinaba en la clase. Además de que raramente podía gozar de él en mi instituto, me ayudaba a pensar en aquella maldita pregunta, que me abrumaba desde hacía casi un año.

“¿Qué se debe hacer…?” Miré mi reloj, apesadumbrada. En unos minutos sonaría el timbre, anunciando el final de la clase, y yo aún no había leído más allá de la primera pregunta. Le eché un último vistazo y se lo entregué a la profesora, intentando huir de su alarmada mirada. Llevaba un trimestre, y un curso, desastroso. Mi tutor me había hecho notar sus preocupaciones por mis notas más de una vez, pero, ¿qué podía hacer yo? Con más remordimientos de los que me hubiese gustado en mi conciencia, salí de clase.

“¿Qué se debe hacer…? Ni siquiera bajo las cálidas caricias que el sol vertía sobre mi piel era capaz de alejar ese pensamiento de mi mente. Como cada día, me acerqué a la salida, con paso lento, buscando con la mirada sus ojos cobrizos. Como cada día, él salió tarde, acompañado de sus amigos. En cuanto lo vi., mi corazón dio un vuelco, como cada vez que le veía.

“¿Qué se debe hacer…?” Sí, ahora algo me distraía. Ya no solo había espacio en mi mente para la pregunta. También lo tenía para él. Mi mejor amigo, el mejor amigo que jamás había existido… No obstante, su amistad no era suficiente…

Se acercó a mí, sonriente. Ahora, la pregunta y él se relacionaban en mis pensamientos.

“¿Qué se debe hacer…?” Sonreí a su vez, mientras se acercaba a mí. Poco a poco la pregunta se iba desvaneciendo, cediendo todo su espacio al chico.

“¿Qué se debe hacer…si sólo escuchas su nombre a lo largo del cielo azul?”

Mi cielo azul. Mi maravilloso, espléndido, adorado cielo azul. Ese mismo cielo azul que me grita, me susurra, me dice… Me dice su nombre. Ese mismo cielo azul que lanza sus brisas contra mi cuerpo, empujándome más cerca de él.

Mi amado cielo azul…

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Primer premio, prosa, 1º y 2º de ESO, 2009

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2009

portada27.jpgIván Llanos Lamuño (1º C ESO)

 

EL LORO

 

Esta es la historia de un loro muy contradictorio. Desde hacía años vivía enjaulado y coartado de toda libertad. Su propietario era un anciano al que el animal hacía compañía pues el pobre estaba muy solo después del fallecimiento de su esposa.
Normalmente vivía con su hijo, pero una vez terminados los estudios se fue al extranjero por unos meses. Tenía un loro que le regaló su difunta esposa, era de los únicos recuerdos que le quedaron de ella aparte de una reliquia milenaria y sus cartas de cuando eran novios. Cierto día, el anciano invitó a un amigo a su casa a deleitar una sabrosa comida.
Los dos hombres pasaron al salón donde, cerca de la ventana y en su jaula, estaba el loro, acurrucado al lado de la comida, muy atento a aquel extraño personaje que se acercaba al salón.
Se acercaba cada vez más, y observó por su aspecto y estado de ánimo, que el animal no era feliz en aquel entorno, a pesar de los mimos y regalos de su amable dueño. Mientras se encontraban los dos hombres comiendo, el loro comenzó a gritar insistente y desgarradoramente:
- ¡Libertad, libertad, libertad!
No cesó de pedir libertad durante todo el tiempo en que el invitado estuvo en casa. El animal no dejó de reclamar libertad. Hasta tal punto era desgarradora su solicitud, que el invitado se sintió muy triste y ni siquiera pudo terminar de saborear su comida pues esos gritos cerraban el estómago, y cuanto más agudo era el chirrido, más dolor sentía en el alma. Estaba saliendo por la puerta y el loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!”
Pasaron dos días. El invitado no podía dejar de pensar con compasión en el loro. Tanto le preocupaba el estado del animalillo que decidió que era necesario ponerlo en libertad.
- ¿Quién no hubiera sentido piedad por el animalillo?- pensó.
Esperó a que, como cada sábado, el ancianito salieses a comprar. En cuanto salió del edificio, el amigo entró y abrió la puerta con una ganzúa.
Inmediatamente se acercó a la jaula y abrió la puertecita de la misma. Entonces el loro, aterrado, se agarró a los barrotes de la jaula y se aferró con su pico y uñas a los barrotes de la jaula negándose a abandonarla.
El loro seguía gritando: “¡Libertad, libertad!”
Al ver aquello, él cerró la puertecita de la jaula y se fue con una gran duda. No podía entender cómo, si el loro no paraba de intentar escapar, en cambio cuando le liberó, no quería salir. Quiso entender que sólo había entendido esa palabra, pero algo en su interior le hacía dudar de ello por lo que sólo le quedaba una opción, preguntárselo al dueño. Se fue a casa y al día siguiente acudió a la casa del hombre y una vez allí le comentó:
- ¿Qué le pasa a tu loro que siempre que vengo no cesa de pedir la libertad?
- No eres la primera persona que me cuestiona esto y, en vez de contarte una larga historia, lo resumiré en un refrán que me dijo mi abuelo en su lecho de muerte: Como este loro son muchos los seres humanos que dicen querer madurar y hallar la libertad interior, pero que se han acostumbrado a su jaula interna y no quieren abandonarla.
Con estas profundas palabras se retiró meditando sobre lo que había pasado en estos últimos minutos.

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Primer premio, poesía, 3º y 4º de ESO, 2009

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2009

portada27.jpgCarolina Hevia Getino (4º B)

DOLOR, OLVIDO Y AMOR

No sé si mirar atrás y
dejar todo como está
o dar la vuelta atrás y borrar
todo lo malo que me ha pasado.
Imaginar que nada
ni nadie me hace daño.
Pensar que una sonrisa en mi cara
no está fingida, dejar de llorar
como una tonta, dejarme llevar
por mi gente. Hacer una vida y
volar hacia otro mundo en el que
la felicidad es lo único
que está permitido y saber
que el dolor y la tristeza están
prohibidos, prohibido llorar, prohibido morir
de dolor, solo ser feliz y
vivir con amor.
Necesito levantarme
un día y pensar
por un momento que
no voy a llorar, que
no lo voy a pasar mal.
Necesito que alguien me arrope
y me dé fuerzas cuando yo
ya no puedo ni caminar.
No puedo vivir
con esa angustia
que me come por dentro.
Pensar en cada cuchicheo
en cada palabra
que una persona
pueda soltar contra mí.
Pero no mirar y
pisar con fuerza
mi camino,
es adentrarme en un mundo
en el que las malas
personas no existen.
Fuerza es la palabra
que se necesitra
voluntad es su acompañante.
Porque nada vale ya
si caes en un vacío
en el que nadie
te va a recordar
que nadie
te va a extrañar
y que te van a olvidar.

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Primer premio, poesía, 1º y 2º de ESO, 2009

Publicado por serafingf el 7 Mayo 2009

portada27.jpgJoana Navarro Acuña (2º A ESO)

EL ATARDECER

Observo cómo poco a poco
el día se marchita,
cómo lentamente
Desgarras mi corazón.
Es esta vida que no me pertenece, pues te la doy toda.
Cada segundo es para ti.
Tú tienes todo de mí.

Dos viejas golondrinas se acurrucan juntas,
hasta qué punto te amo,
que me dan envidia dos pájaros.
Juntas, año tras año.
Cómo te anhelo yo…
Pequeñas, frágiles,
como nosotros dos.
Una acaricia tiernamente a la otra,
y la cubre con un ala.
Entonces, una lágrima se me escapa,
cuánto tiempo llevaba la maldita,
esperando para rodar por mi mejilla.
Cuánto te quiero, qué débil soy…

Poco a poco la noche se cierne sobre el mundo,
y sobre mi inquieto corazón.
Esta noche la almohada será testigo de mis sollozos.
Qué insoportable es esta espera
que me mata de tu amor,
si sólo necesito de ti,
tú que me quitas el apetito.
¿Qué es la vida si no estás tú?

Pero a pesar de todo sonrío,
sólo porque sé que a ti
no te gusta verme triste
aunque después no me veas llorar…
Cómo deseo estar contigo,
aunque sólo por un día fuera.
Aunque sólo en una noche no te fueras.
Sólo eso…

Y sólo puedo llorar,
preguntándome por qué,
lo que esta vida une,
el destino lo separa.
Porque estamos tan solos,
porque tan lejos,
y tan dolorosamente vivos…
Porque sentimos más allá de lo soportable,
y morimos por este amor.
Recuerda siempre a las viejas golondrinas,
construye tus alas con este corazón
que hoy te entrego
fruto de mi pasión.

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Premio poesía en asturiano, 2008

Publicado por serafingf el 26 Mayo 2008

portada26miniIyán Puertas Pico (1º D)

El país de mio

El país de mio
ye un país enllenu d’esperanza.
El país de mio
ye un país con una llingua,
enllena d’humildá,
una llingua pa espresar los sentimientos
que tengo dientro del coral.

El país de mio
ye un país onde un pueo falar
la llingua mía y de los mios pas.
Nel país de mio
esta nueche suañé
ente ñubes y estrelles
que, dalgún día, llegará la oficialidá.

Homes, muyeres y neños
falaremos nel idioma
de los nuesos ancestros.
El país de mio
ye un país u entá pídese:

“L’ASTURIANU, LLINGUA OFICIAL”

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Primer premio, prosa, bachillerato, 2008

Publicado por serafingf el 26 Mayo 2008

portada24miniRoberto Hevia Roquer

 

La creación del doctor Samuelsson

 

 

1

A pesar de la relativa oscuridad de la sala en la que se encontraba, la anciana mente de Erick Samuelsson podía ver con claridad el recuerdo de aquel soleado día de primavera en el que conoció a Valentina. La primera vez que estuvieron solos, en un precioso campo de rosas, común en los jardines de Wingene, un pequeño pueblo situado al sur de Brujas. En aquel bermejo mar ambos pasaron cortas horas, sin que las espinas o la suciedad les importunasen. Podía sentir la caricia del sol en su rostro (sensación bastante infrecuente en Bélgica), la sensación de aceleramiento que sentía en su corazón al juntar los labios de Valentina con los suyos, el estado en el que se encontraba su mente, casi sicodélico, la armonía de su alma…

-¡Señor, venga enseguida, la señora ha sufrido otro ataque!- La voz de la joven Bernadette, la nueva criada de la casa, retumbó como un trueno en los tímpanos de Erick, sacándole de sus cavilaciones. Con toda la agilidad que le permitía su vetusto y nunca muy fuerte cuerpo subió las chirriantes escaleras de madera que llevaban al dormitorio principal de la casa. Sobre la gran cama de roble una pequeña y anciana mujer se retorcía de dolores mientras no cesaba de gritar. Erick no pudo contener un escalofrío que le recorrió de pies a cabeza. A pesar de que ya contaba dos años que su esposa tenía aquella extraña enfermedad, no lograba acostumbrarse a permanecer impasible ante el sufrimiento de Valentina, la persona a la que más quería en este mundo. Ya se encontraban en aquel lugar dos de sus criados, intentando aliviar su dolor. Erick se sacó de uno de los bolsillos de su polvorienta chaqueta una jeringuilla que contenía un extraño líquido verde. En un momento, todo su dolor se transformó en decisión y con un gesto imperativo totalmente desacorde con lo enjuto de su cuerpo, apartó a los criados y clavó en el cuello de la anciana la aguja. Tras unos interminables segundos, los espasmos de Valentina se desvanecieron y el dolor pasó a ser una agradable sensación de “semirrealidad”, como la que se siente en lo profundo de un sueño. Tras esto, las rodillas de Erick fallaron y se desplomó en el suelo de la estancia desmayado. Los criados le colocaron con cariño junto a su esposa. Le tenían afecto, era un buen hombre, comprensivo y amable, además, con él la paga era tan puntual como el más preciso de los relojes.

Se despertó dos horas después, con un fuerte dolor en el pecho. A su lado pudo ver a su esposa, durmiendo plácidamente. Se levantó con algún esfuerzo y se sentó junto a ella. Valentina no tardó en recobrar la consciencia.
-Me muero, Erick, no hay solución- dijo mientras abría los ojos.
-Se que tu enfermedad es rara, aún no la he podido diagnosticar totalmente, pero bastará con que investigue un poco más para…-
-No. Sabes tan bien como yo que no hay remedio. Los ataques son cada día más fuertes y la dosis tranquilizante casi no me hace efecto. No intentes darme falsas esperanzas-

Erick recordó como al poco tiempo de casarse Valentina le confesó que deseaba estudiar. Lejos de disgustarle (como habría sido lógico en un caballero de mediados del siglo XIX), el señor Samuelsson se tomó de muy buen talante la noticia, pues estimaba en grado sumo la sabiduría. Su decisión provocó gran conmoción en todos los Clubes de sociedad, salones de ocio, y demás agrupaciones de esta clase, en las cuales, sus miembros consideraron que lo libérrimo de la idiosincrasia del doctor Samuelsson era insultante, o cuanto menos, inadecuada para un individuo de su categoría social. Y si continuaban dirigiéndole la palabra, si no con total amabilidad, si con una mínima cortesía, era por el mero hecho de que Samuelsson era el mejor científico del país y uno de los mejores de Europa, y en una pugna con la muerte no habría en todos los clubes o salones caballero que no quisiere tenerle de su lado.
Pero ahora se arrepentía de que su querida esposa hubiese estudiado medicina, y de que hubiese llegado a ser tan buena como él (si no mejor), pues si careciese de dichos conocimientos, sería más fácil tranquilizarla.

-Es mi momento, ¿qué le vamos ha hacer? He disfrutado de una larga y feliz vida con el mejor hombre del mundo, ¿Qué más puedo pedir? Repetía Valentina una y otra vez, más para tratar de tranquilizar a su marido que para autoconvencerse.

Días enteros dedicó Samuelsson a la investigación de aquella extraña enfermedad, pero no obtenía resultado alguno. Anuló todas sus conferencias, todas sus consultas, todas sus reuniones. Su prestigio descendía tan rápido como su capital, pero esto no le importaba, pues el dinero que hoy perdiese podría ganarlo mañana, y en lo que respecta a la imagen que los demás tenían de él, lo cierto es que nunca le había importado demasiado. Pero en cambio, si ahora perdía a Valentina nunca más la podría recuperar.
Muy a su pesar, cada nueva prueba realizada era tan infructuosa como la anterior. No existía cura posible para aquel mal.
Desesperado, veía como uno tras otro, los experimentos que tras horas de trabajo había ideado se desvanecían como las hileras de humo se desvanecen en el cielo tras un incendio. Todas aquellas reglas que durante el transcurso de su vida había elaborado (pues para Samuelsson la medicina no era más que un conjunto de reglas) se volvían ahora contra él, traicionándole e impidiendo que pudiese alcanzar su objetivo.
No fue hasta una fría y oscura tarde de Jueves cuando comprendió que la única manera de salvar a su amor era infringiendo aquellas reglas.

Con la excitación propia de quien está a punto de hacer algo ilícito, Samuelsson bajó al húmedo y descuidado sótano de su casa. Por desgracia, la oscuridad era tan profunda que apenas atinaba a ver las formas de aquella reducida estancia. Tras unos pocos pasos, tropezó con una estructura metálica. El agudo repicar de su acero iluminó el interior de Erick, ¡La había encontrado!

Pocas horas después el sótano ya estaba totalmente iluminado. Ante Erick se levantaba una gigantesca mole de acero y bronce compuesta por una innumerable cantidad de ruedas, rodamientos, muelles y cojinetes, como si de un enorme mecanismo de reloj se tratase, sostenido sobre cuatro inmensas patas. La parte inferior del aparato estaba compuesta de una serie de tubos y conductos que daban en dos recipientes, uno de gran tamaño en el que se podía introducir sin dificultad a una persona y otro de tamaño bastante más reducido.
Tras echarle una amplia ojeada a la máquina, se dirigió hacia una gran palanca que la humedad y el tiempo habían pintado de oxido. Intentó girarla de manera impetuosa, pero le fue imposible, por lo que decidió girarla más lentamente (respirando hondo, apretando con fuerza lo que quedaba del metal y dando cortos pero efectivos golpes) Tras unos minutos repitiendo este ejercicio, pudo ver como unas grandes placas de metal se movían entre siniestros chirridos. Finalmente, el gigantesco mecanismo de reloj comenzó a funcionar como activado por resorte mágico. Erick sonrió para sus adentros.

2

Emmanuel Poulsen, que en toda su vida no había hecho mayor ejercicio que el de tomar notas de aquellos polvorientos libros de los que solía estar rodeado y, a lo sumo, dar pequeñas carreras entre una interminable sarta de quejidos cuando la situación lo requería, era la única persona cercana a Samuelsson que le continuaba teniendo un sincero afecto, pero no porque en su cabeza bullesen ideas más liberales que en las de los demás habitantes de Bélgica, sino porque sinceramente, a Emmanuel aquello no le importaba. Admiraba a Samuelsson porque era el mejor, y buscaba emularle en todos los aspectos (no en vano, era uno de sus mejores discípulos). Tras sentarse unos momentos en el suelo con la intención se recuperarse de la fatiga que invadía implacable su obeso cuerpo y secarse con un pañuelo de seda los goterones de sudor que poblaban su frente, cogió las enormes y pesadas cajas y reanudó su marcha. No lograba entender por qué Samuelsson le había encargado que recogiera aquello, pero Emmanuel estaba dispuesto a obedecer ciegamente a su ídolo.
En la carta, Samuelsson le decía que estaba dispuesto a compartir con él una experiencia increíble siempre y cuando aceptase recoger de la gran sede del Banco Belga el contenido de la caja 111. El Doctor Samuelsson ya había informado debidamente al gerente del banco de esta circunstancia y todo estaba preparado para que se perdiese el menor tiempo posible en inútiles trámites e informes en los que únicamente se repara para asegurar su existencia. Tras unos minutos, logró llegar a la casa del doctor samuelsson. Apenas golpeó la puerta con sus nudillos cuando uno de los criados la abrió raudamente y le hizo pasar. Tras quitarse el abrigo, bajó al sótano de la casa acompañado, al igual que en el camino que le había llevado hasta ese lugar, por las pesadas cajas. Samuelsson le recibió con escatimada efusividad y con la misma avidez con la que un animal se dirige a por su comida. Tras esto, sacó de dichas cajas unas grandes placas de metal macizo que colocó en lugares estratégicos del mecanismo de reloj mediante oxidados soportes (no fue hasta ese momento cuando Emmanuel se percató de la existencia de dicho artefacto). Tras unos instantes que le fueron necesarios a Emmanuel para tomar conciencia del tamaño total de aquella estructura, decidió preguntarle su función a Samuelsson. La respuesta no fue otra que esta curiosa historia:
Hace ahora cuarenta años, comencé una investigación sobre el efecto de los campos electromagnéticos en los seres vivos, para lo cual hice un experimento que consistía en encerrar plantas y pequeños animales en jaulas totalmente rodeadas de potentes imanes. Por desgracia, al poco tiempo de empezar estas investigaciones un incendio asoló el pequeño estudio en el que las llevaba a cabo, de manera que todo el material quedó inservible. En aquella época mis medios económicos no eran tan desahogados como los que disfruto hoy en día, pues aunque mi nombre empezaba a ser conocido en las más altas esferas, no era ni con mucho el sinónimo de respetabilidad y admiración que es hoy en día entre las clases más altas de la sociedad,* por lo que me era imposible reconstruir el experimento. Quiso la fortuna que un gran amigo mió ya fallecido tuviese cierta relación con un chatarrero que aseguraba poseer unos grandes imanes que estaba dispuesto a vender a muy buen precio. Su argumento era que dichas piezas estaban malditas, pues todos sus anteriores poseedores habían desaparecido misteriosamente. Sin pensármelo dos veces, decidí adquirir aquellas placas de metal imantado (las mismas con las que usted ha ido cargando desde el banco). Aquel mismo día, las coloqué adecuadamente formando una cúpula alrededor de una flor, (creo que era una rosa) y las dejé toda la noche en dicha posición.
A la mañana siguiente comprobé que no había ningún cambio en el experimento, y a los pocos días me encontré una flor muerta y putrefacta. Achaqué esta muerte a la ausencia de luz solar y lo único reseñable que descubrí fue un extraño líquido que impregnaba las placas imantadas. Desilusionado, me deshice de la flor y con un viejo pañuelo limpié el nuevo líquido (cuya aparición expliqué con varias teorías, todas ellas intrascendentes). La sorpresa llega ahora. A la mañana siguiente me percaté de que de mi pañuelo habían brotado una serie de hojas y pequeñas ramas con algún petalillo. Tras el lógico sobresalto, comencé a investigar con mayor ímpetu. De las consiguientes investigaciones extraje que: a) Este fenómeno sólo se daba con dichos imanes, tal vez esto se debiese a una impureza en lo más profundo de su composición químico-extructural o a que el mineral extraído para su elaboración provenía de una montaña bendecida por algún santo**. b) La muerte del sujeto estaba total e indiscutiblemente ligada a la extracción de la “esencia” (nunca he estado totalmente satisfecho con este nombre, pero creo que es el más apropiado para hablar de esta sustancia), tal vez la extracción de dicha esencia de estas criaturas provocase la desaparición de la vida, no lo se. c) La duración de la metamorfosis no era permanente ya que la esencia añadida se desvanecía con el tiempo, probablemente si se consiguiese una muestra de extraordinaria calidad se conseguiría una metamorfosis permanente. d) Para conseguir una muestra de gran calidad, era necesario alinear de tal forma los imanes que la fuerza magnética fuese de uno a otro de igual manera que viaja la luz de un espejo a otro en esas estructuras en las que los cristales reflectantes se encuentran colocados en tal ángulo que todos presentan una imagen semejante. Conseguir el ángulo perfecto es una de las funciones de esta máquina.

Por desgracia, diversas circunstancias*** provocaron que me fuera imposible continuar con las investigaciones hasta el día de hoy, en el que las retomo por causa de fuerza mayor.
-¿Y por qué me ha avisado a mi?- Preguntó impresionado Emmanuel.
-Porque usted es el único caballero en este condenado país que me guarda algún respeto, además del científico más capaz al que nunca he formado.-

No fue necesario mucho tiempo para que ambos científicos comenzasen las investigaciones. Primero realizaron los experimentos con plantas, introduciendo las macetas en el mayor de los recipientes y dejando que tuviese lugar (con resultados satisfactorios) la extracción de la “esencia”. Pero no tardaron en dar el paso siguiente. Sin estar totalmente seguro de hacer lo correcto, Erick introdujo en el primero de los recipientes un gato abandonado que había recogido días atrás. Aunque los primeros resultados no fueron positivos, a los pocos días el gato perdió la vida espontáneamente y su esencia no tardó en filtrarse por los conductos situados al otro lado del mecanismo. La pésima calidad de aquella sustancia fue decepcionante para los dos investigadores, pero Samuelsson no tardó en percatarse de que esto se debía a que el ángulo de los imanes era el apropiado para una planta, pero no para un gato. Tras noches enteras realizando los adecuados cálculos matemáticos, por fin encontró la posición correcta para que cada una de las placas reflectase en la siguiente a la perfección la esencia del sujeto. Tras colocar con precisión milimétrica cada una de las ruedas del mecanismo, repitió el experimento con otro gato y el resultado fue excelente, pues al ser aplicado este ungüento a una pequeña tabla de madera no sólo comenzó a brotar pelo negro azabache de ésta, sino que su morfología comenzó a cambiar dando una imagen similar a la de un felino, y lo que era más importante, cuando se pasaron los efectos de la esencia, la tabla continuó conservando indefinidamente el aspecto de un gato y unos pocos mechones de pelo. De esta experiencia se extrajo que : a) Cuanto más complejo era el sujeto, de más calidad era la muestra, b) Una muestra de gran calidad podía alterar permanentemente el cuerpo en el que era aplicada.
Las sucesivas pruebas que ambos científicos hicieron confirmaron estas hipótesis. Por desgracia el tiempo se acababa y a ojos de Erick la investigación no avanzaba suficientemente rápido. Los ataques de Valentina eran cada vez más fuertes y los medicamentos apenas le hacían ya efecto. Una de aquellas crisis detuvo el corazón de la anciana durante más de veinte segundos. Dentro de poco, Valentina se iría para siempre y su esencia se perdería para toda la eternidad. Tenía que hacer algo ya o la máquina no podría salvar a su amada esposa. Cierto era que sus investigaciones estaban contribuyendo en grado sumo en el avance de la ciencia, pero Valentina se moría y la ciencia no la estaba salvando. Esa misma noche, Samuelsson se decidió a cruzar la última de las puertas.

3

El doctor Samuelsson intentó agarrar con la mayor fuerza posible el pesado candelabro de bronce que alumbraba el dormitorio con su mano derecha, pero se encontró con que su extremidad había perdido toda clase de sensibilidad. Tras atribuir esta dolencia a la tensión que vivía en aquellos días, decidió dejar a un lado la diestra para abarcar el pesado objeto con la siniestra, pues encontrábase ésta en mucho mejor estado. Ya desde hacía días había hablado Samuelsson con Emmanuel sobre su intención de comenzar a experimentar con humanos, a lo cual su compañero se negaba en rotundo. Cada vez que Erick sacaba a la luz sus intenciones, la aguda voz de Poulsen le clavaba en los tímpanos la misma respuesta:- ¡Por Dios señor Samuelsson, somos científicos, no asesinos, y si usted se empeña en continuar con este plan absurdo, yo se lo impediré! No había elección, aquella era la única salida.
El seco golpe del frió metal en la nuca fue menos ruidoso de lo que Samuelsson se habría podido imaginar. Por supuesto, el golpe no acabó con su vida, pues muerto, Emmanuel no le era a Samuelsson de ninguna utilidad (además, la escasa fuerza de su anciano brazo no se lo habría permitido) pero si le había arrebatado la consciencia. Tras esto, utilizó las pocas energías que habitaban su débil cuerpo para introducir a su excompañero en el primero de los recipientes. Debido a lo enorme de la corpulencia de Poulsen, esta tarea le resultó especialmente trabajosa a Samuelsson.
Una vez llevado a cabo el trabajo, y tras dedicar unos instantes a recuperar el aliento, Erick comenzó a recalibrar los imanes según los planos geométricos que había diseñado días atrás. Después de realizar los ajustes necesarios para adecuar la posición de las ruedas al peso y estatura del nuevo sujeto para captar una esencia de insuperable calidad, comenzó a deleitarse ante la esperanza de que su plan pudiese funcionar. Por primera vez en mucho tiempo en su mente hubo algo más que tristeza y dolor, hubo esperanza. Después de cerrar con varios cerrojos la mohosa puerta del sótano se encaminó hacia los dormitorios con aparente serenidad. Meses atrás, el haber provocado la muerte de una persona le habría llenado de horror, pero ahora sentía únicamente indiferencia hacia el crimen que acababa de cometer. Era como si la parte de la conciencia destinada a crear los fantasmas del remordimiento, como si las neuronas que, en lo más profundo y recóndito de su mente, diferenciaban entre lo correcto y lo incorrecto hubiesen desaparecido junto con la sensibilidad de su brazo derecho. Cuando entró en la estancia, se encontró con el pequeño y estilizado cuerpo de Bernadette sentado a los pies de la cama de roble llorando desconsoladamente en el hombro de uno de los criados que se encargaba primordialmente de cuidar de Valentina. En ese momento, los ojos de las tres personas de aquella habitación mantuvieron un silencioso dialogo más comunicativo de lo que hubiese sido cualquier concatenación de palabras.

Dos días después se celebró el funeral. Ante la sorpresa de los asistentes, quienes consideraban aquella reunión como simplemente uno más de aquellos actos de sociedad en los que los caballeros buscaban la creación de nuevos negocios y las damas presumir de sus esplendorosas joyas, el señor Samuelsson no apareció. Esto se debía a que esa misma noche había perdido la sensibilidad en las piernas y no podía caminar. Pero los criados de la casa se sorprendieron terriblemente cuando Erick no se lamentó de no poder acudir al entierro. Lo cierto es que su indiferencia no estaba fundada en la búsqueda de un estoicismo fingido con la única intención de mostrar una inexistente fuerza, sino que realmente no le importaba demasiado la muerte. Cierto es que hubiese preferido que Valentina siguiese viviendo, pero su fallecimiento no era causa suficiente como para dejar de lado la importante investigación que estaba llevando a cabo, y más ahora, que el éxito se encontraba “ad portas”.

Al mismo tiempo, la policía había tenido notificación de la desaparición de Poulsen y ya habían comenzado las pesquisas.
Un mes después de ambas muertes, y ayudado por una silla de ruedas, Erick regresó al sótano. Continuaba teniendo esa insensibilidad, pero ahora estaba acompañada por unos extraños sudores que no cesaban nunca. El hedor a podredumbre en aquel sótano era insoportable. En el gran recipiente de la máquina se encontraba un oscurecido esqueleto. A Samuelsson no le costó trabajo arrojarlo en la carbonera. Tras esto, comprobó que una gran cantidad de esencia se había depositado en el segundo recipiente. Al verter esta sustancia en una tabla de madera, una espectacular metamorfosis tuvo lugar ante la fría mirada del investigador. Paulatinamente, la tabla fue adquiriendo una forma extraña. Además, el olor que ahora desprendía era muy similar al de Emmanuel, rancio y sudoso, y lo que era más importante, a los ojos de Samuelsson ocurrió algo sorprendente. Ni con todas las palabras del diccionario habría podido explicar aquella sensación, pero podía sentir que aquella tabla de madera tenia algo más que una morfología y un olor característico. Tenía algo más de lo que tenían las demás muestras. Tenía vida.
Durante horas, Samuelsson había estado absorto en esa experiencia, pero al cernirse sobre el cielo la noche, pasó por su mente una terrible idea. Ya conocía la causa de su enfermedad. No era ningún virus, ni ninguna infección. Al estar tanto tiempo en contacto con los imanes y sin protección alguna, la extracción de su propia esencia había comenzado. Desesperado, buscó alguna manera de salvarse, pero al poco tiempo comprendió que había comenzado un camino en el que no existía posibilidad de dar un paso atrás. Su corazón se agitaba con tanta fuerza que su acartonado pecho apenas podía mantener su consistencia. Tras hacer acopio de toda la resignación y estoicismo que guardaba en su interior, aceptó que estaba condenado a vivir una vida eterna, a ser inmortal. Con las escasas fuerzas que le quedaban en su brazo izquierdo escribió una nota en la que contaba todo lo sucedido con la esperanza de que alguien pudiese encontrarla algún día. Tras esto, se acomodó en el mayor de los recipientes y se embarcó en un sueño del que no estaba destinado a despertar.
Días más tarde, un testigo confirmó que la última vez que había visto a Poulsen, éste acababa de entrar en la casa de Samuelsson para trabajar durante horas (como cada día) en el sótano. Los investigadores entraron por la fuerza en la casa ante el desconcierto del servicio, (quienes pensaban que el señor estaba de viaje). Al llegar al sótano, uno de los agentes leyó la carta en voz alta ante la estupefacción de los allí presentes, que no pudieron contener su asombro, asombro que se vio multiplicado por el hallazgo de un recipiente que contenía un extraño líquido. Tras unos minutos, se decidió unánimemente prenderle fuego a todo el laboratorio. Se elaboró una cuidadosa mentira para explicar las desapariciones de Emmanuel y Erick.
No se redactó informe alguno sobre lo sucedido en aquel oscuro lugar, la verdad quedó para siempre encerrada en la memoria de los agentes de policía Marcus Demeter, Thiermo Bah y Eduard Ernest Page.

 

* Líneas antes se dice que Samuelsson no era un ejemplo de respetabilidad por parte de las clases altas. Es evidente el uso del sarcasmo por parte del doctor.
**Samuelsson únicamente considera veraz la primera explicación, la segunda no es más que un nuevo sarcasmo que da a entender la escasa afinidad del doctor por la iglesia.
***Probablemente, temor a descubrir algo cuyas consecuencias pudiesen ser fatales.

 

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Primer premio, poesía, bachillerato, 2008

Publicado por serafingf el 23 Mayo 2008

portada24miniDavinia Flórez Meana (1ºBachiller D)

El desengaño

Si la vida solo fuese eso…
un matiz viviente de colores,
por los cuales la belleza,
eternamente se vislumbrase
sin más atardecer
que el de uno mismo,
sin más espera…
que el adelanto de un pájaro.

Si la vida sólo fuese eso…
el cáliz en tus labios
evocando tu esencia,
que enfermiza brota
de las entrañas de la tierra,
donde socava un labriego
incansable de frutos
en la estación gélida…

Estéril de frío…
suelto mis gotas de agua,
sin saber lo que hacer
para obtener de ti
un beso, un abrazo roto
que implique una sincera
culpa de tu traición,
que agote mi alma, mi espera,
sin que el asomo de una pluma
entorpezca tu paso,
que temeroso se aleja
para no olestar al viento,
acompañante dormido
pero latente.
…Y que la atmósfera
envuelva tu alma como un arrullo
que teje la noche, insomne,
provocando el delirio inalcanzable
de tu cabeza,
que prendida en un mar chispeante
se corona reina del todo…
Y lo absoluto.
Que ella vele por ti en mi ausencia,
cuando yo embarque
a la isla “Horizonte”
donde podré tocar con mis dedos
su arena blanca…

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Primer premio, prosa, segundo ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 23 Mayo 2008

portada26miniSara María Llerandi Méndez (3ºC)

“Sin título”

 

-Te quiero.
-No me importa.
-A mí sí.
-Me da igual.
-Tú también me quieres, ¿verdad?
-No.
-Sí.
-Jamás.
-¿Segura?
-Por supuesto.
La abrazó con fuerza. No quería dejarla escapar. Desearía prolongar ese momento para siempre. Se sentía tan completo junto a ella… Miró el reloj de la mesita. Las manecillas desgastadas le indicaron que eran las ocho de la mañana. Sólo quedaban cuatro horas para el final, pensó con amargura. A las doce, todo acabaría, como en la cenicienta. Pero aquello no era un cuento de hadas, él no era un príncipe, y ella no era ni sería jamás su princesa. No había ningún final feliz para ellos.
-¿En qué piensas?
-En ti.
-En serio, dímelo.
En nosotros.
Ella suspiró. Habían tenido esa conversación un millón de veces. Ella se lo había advertido la primera vez que se vieron, pero para disgusto de ella, él no le había querido escuchar. Movió la cabeza de un lado a otro, apesadumbrada.
-Sabes que no puedo.
-¿Por qué?
-Porque no.
-¿Por qué no?
-Porque es mi trabajo, mi vida, me guste o no. Somos de mundos distintos, entiéndelo. No podemos estar juntos. Sería un error.
-Si podemos.
-Cabezota. Sabes que no. Y lo peor es que no quieres darte cuenta de ello.
-¿Qué tiene de malo soñar?
-Nada, no tiene absolutamente nada de malo. Al contrario. Pero tú no pareces darte cuenta de eso, de que los sueños son sólo sueños.
-Los sueños pueden hacerse realidad.
-No en nuestro caso.
Se levantó y se sirvió una copa de aquel champán que habían pedido para la ocasión. Se sentó en una desgastada butaca que había en un rincón y observó a su acompañante. Su dorada melena caía sobre su espalda. Una suave sábana cubría su figura. Su dulce mirada se había vuelto seria. Sus labios estaban fruncidos.

-¿Quieres champán?
-No
-¿Vino? ¿whisky? ¿…Vodka?
-No. Si acepto me emborracharás, y entonces puede que me vaya contigo. Y no quiero que ocurra eso.
-Si quieres.
-No.
-Mírame a los ojos y dímelo.
-No puedo…
Sólo fue un susurro, casi inaudible, pero bastó para que él dejara su bebida y fuera junto a ella. La besó muy suavemente. Un ligero roce, que bastaba para derrumbar las últimas barreras que ella ponía. Nunca nadie la había tratado con tanta dulzura. Una hora después, se despertó. Miró a su lado y ella no estaba. Se asustó. ¿Había sido capaz de irse sin decirle nada? Era imposible. Levantó la vista y la vio, sonriente, espléndida, frente a la puerta del baño.
-Ven.
-No.
-¿Siempre tienes que llevarme la contraria? ¿Hasta en eso?
-Si.
-Ven.
Ella se rio suavemente y se acercó a él. Se echó a su lado en la cama, suspirando.
-¿Sabes? Sé que no podemos estar juntos, que no debemos. Pero entiéndeme. Eres lo único que merece la pena en mi vida. Sin ti, todo sería oscuridad…No puedo permitirme el lujo de perderte. Nunca nadie me ha hecho tan feliz como tú…
La sonrisa se había borrado de su cara. La tristeza le había ganado la partida.
-Lo siento. Ha sido culpa mía. Cometí un error. No fui suficientemente clara. Ya no podemos hacer nada…
-Pero…
-Nada. Lo siento. Adiós.
Y se fue, dando un portazo.
Y se quedó solo.
Y nunca más la volvió a ver.
Y comprendió que su amor, al ser imposible, sería eterno.

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Primer premio, prosa, primer ciclo de ESO, 2008

Publicado por serafingf el 22 Mayo 2008

portada26miniSonia Santa Cruz (2ºC)


La Luna ha desaparecido…

 

Sonó el despertador. Como siempre, a la misma hora. Y como todos los días estaba increíblemente cansada. Otra noche sin dormir lo debido, una noche más. Encendí el televisor. También como siempre. Me gustaba despertar oyendo al mundo. Y eso que con las noticias tan terribles era imposible empezar un nuevo día con ilusiones, habiendo escuchado desde primera hora las cosas que ocurrían. Pero yo era así. Y esto era simplemente una costumbre.

Me duché. Casi no me apetecía. Era imprescindible que el próximo verano lo pasara estudiando, pero este era uno de los muchos planes que todavía estaban sin cumplir; deberes, estudiar, tareas…volverme responsable. Es que eran demasiados planes para las siete de la mañana. Y a estas horas el único plan que se puede tener es el de no volver a llegar tarde de nuevo. Me sentí perezosa. No quería ir a clase, ni ver de nuevo las caras de siempre, ni hablar con la misma gente, ni ser creativa, ni ser responsable…Me apetecía vaguear y quedarme todo el día en la cama. Quizá para comprobar simplemente que el mundo seguía y que yo en esta ocasión era la única persona que se había parado. Por lo menos, durante unos instantes. Volví a la cama de nuevo. Siempre hacía lo mismo. Me quedaba ensimismada mirándome al espejo y pintándome un poco para cubrir los efectos de una noche en la que no había dormido demasiado.

Pero en este día, algo era distinto. Me fijé en las noticias y en esta ocasión no hablaban ni de Irak, ni de terrorismo, ni de violencia doméstica. Antes de echarme la base del maquillaje, intenté comprender lo que estaba escuchando en la televisión. Las imágenes mostraban el cielo y se turnaban noticias de los distintos corresponsales que trabajaban en las principales capitales del mundo. Todas las cámaras apuntaban al cielo. De pronto, el teléfono sonó. Era mi madre, que ya estaba en su trabajo.
-¿Has oído las noticias? Hija, creo que hoy no deberías ir al instituto.
-¿Qué pasa? – Le respondí- Mamá, no me asustes.
-Hija, están hablando desde primera hora. Resulta que no se sabe cómo ni por qué, pero esta noche ha desaparecido la luna.
-¿Qué?- exclamé- eso es imposible. A ver, mamá, ¿cómo va a desaparecer la luna? Será una broma.
-No creo. Bueno, ya veremos lo que dicen, pero de momento las informaciones que tienen desde los distintos observatorios es que la luna ha desaparecido. No se sabe cómo. No hay satélites, ni misiles. Nada de nada. Es como si nunca hubiera existido.

Me asomé a la ventana después de colgar y miré al cielo. No observé nada extraño. Todo era igual que siempre. Volví hacia la cama para seguir mirando las noticias. La información de mi madre era cierta. El mundo estaba en alerta. ¿Quién nos podría asegurar que so hoy había desparecido la luna no podríamos ser nosotros los siguientes? Me sentí desconcertada. No sabía si ir al instituto o aprovechar y quedarme en la cama, no tenía ni idea. Pero me decidí a llamar a una compañera y acudir a clase como siempre. Realmente, ese día nadie atendía a los profesores. Estábamos nerviosos, alterados…Nos faltaba una referencia clara para saber actuar.

El día transcurrió sin más novedades y llegó la noche. Me asomé a la ventana a ver el cielo, y de pronto…la vi. Estaba allí, como casi siempre. La noche era clara y se veían además algunas estrellas. La vista era preciosa. Respiré profundamente y pensé e cómo era posible que las personas creyeran que había desaparecido la luna. Yo podía notar en ese instante su luz, su calma, su belleza…Estaba segura de que me miraba y que incluso me sonreía como ella solía hacer, como yo lo hacía con ella. Me sorprendí entonces pidiéndole un deseo:
-Luna, no desaparezcas nunca. No dejes que me encuentre sola y no tenga a quien pedirle un deseo. Estate ahí. Mírame eternamente como tú sólo sabes hacerlo. Guarda mis secretos.

Fui de nuevo a la habitación. Estaba a oscuras. Como siempre, la cama deshecha, la luz de la lámpara de la mesilla de noche y ropa sin recoger. Me tiré en la cama. Estaba contenta. La luna no se había ido, seguía ahí, contemplando mi vida. Cuando miré el televisor, me sorprendió que siguieran con la misma noticia. Parecía que la luna no había aparecido. ¿Cómo era posible que se viera desde mi ventana? Volví a asomarme y estaba allí. La historia me parecía una locura. ¿Mis ojos eran distintos? ¿Era una broma de os periodistas? ¿El mundo se había vuelto loco? ¿O quizá la luna tenía más vida que la que nosotros creíamos? Mientras me encontraba absorta en estos pensamientos, me di cuenta de una cosa. No sólo había sido un día especial porque la luna había desparecido. Hoy no se hablaba de guerras, de armas, de gobiernos, ni de economía. Sólo se hablaba de la luna, o de su ausencia. Era bonito, ¿no?

¿Era un juego o una ilusión? Lo importante era que todo el mundo por un día se encontraba mirando al cielo. Entorné los ojos y me descubrí en una sonrisa entreabierta. Tomé aire, respiré profundamente y la observé de nuevo.

Esta noche, cuando vayas a acostarte, asómate y mírala. Obsérvala, cierra tus ojos y respira profundamente. Que esa imagen permanezca siempre en tu corazón, sólo por si algún día no puedes verla. Quizá descubras entonces que lo más importante de todo es su recuerdo. Así siempre permanecerá en tu cielo.

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