Por Covadonga López
‘’Cuando emprendas tu viaje hacia Ítaca debes rogar que el viaje sea largo, lleno de peripecias, lleno de experiencias. Debes rogar que el viaje sea largo: que sean muchos los días de verano, que te vean arribar con gozo, alegremente, a puertos que tú antes ignorabas’’.
Así decía Kavafis en su conocido poema, tal y como muchos pudimos leer nada más ponernos rumbo a nuestro destino, Italia, ese ocho de abril de 2011 a las seis y media de la mañana, cuando Pablo y Mª Jesús nos repartieron cuadernillos con el itinerario e información sobre Roma, Ostia, Siena y Florencia. Y así deseábamos, todos y cada uno de nosotros, que fuera.
Poco después llegamos al aeropuerto de Ranón, y tras facturar nuestras maletas y esperar un tiempo que nos pareció interminable, subimos al avión, algunos por primera vez, entre gestos nerviosos y frases como: ‘’Vamos a estrellarnos’’, ‘’¿Y si esto se cae?’’. ‘’Qué miedo, que miedo, que miedo’’. Aun así, llegamos a Barcelona sanos y salvos, y, a las tres y media, a Roma. Y, como ya pasó en Cáceres el año pasado, el caos el primer día se volvió a imponer. En el último vuelo, varios sustos con el sistema eléctrico, que fallaba, y al recoger las maletas, una enganchada y un DNI en la cinta. Para rematar, bajo un calor insoportable, un autobús estropeado que además, como nombre del instituto, llevaba escrito ‘’Rosario de Ucuna’’. Tres personas estuvieron arreglándolo para, de una vez, llegar al hotel Archimede, a cinco minutos de Termini.
Ya allí, tras dejar las maletas en las habitaciones y examinarlas con detenimiento, fuimos a ver a nuestros amigos para saber dónde estaban. Por el camino nos asaltaron unos italianos de, según ellos, catorce años, y que a algunos les pareció que tenían mala pinta y nos iban a robar. Sin embargo, por la noche hicimos buenas migas con ellos, aunque se marcharon al día siguiente.
Esa tarde visitamos la Plaza de España, asistiendo a una hermosa puesta de sol subidos a la Scalinata de la iglesia de la Trinità dei Monti, viendo toda la ciudad y la Fontana Della Barcaccia. A continuación fuimos a la Fontana di Trevi, quizá lo más representativo de Roma después del Coliseo, y cumplimos con el ritual para volver. Moneda en la mano derecha, lanzamos por encima del hombro izquierdo. Pero antes de llegar a esta plaza, dimos una vuelta por la zona, llena de grandes tiendas, y tuvimos la suerte de ver la Columna de Trajano y el Templo de Adriano. Y tras esto, vuelta al hotel.
El segundo día fue agotador. Sobre las diez de la mañana nos encontramos con la guía que iba a contarnos todo sobre el Vaticano, la ciudad de los papas desde hace siglos. La sede de la Iglesia Católica.
Comenzamos por los Museos Vaticanos, donde admiramos, entre otras muchas cosas, ‘’La escuela de Atenas’’, de Rafael Sanzio, ‘’Laoconte y sus hijos’’ y el Augusto de Prima Porta. A continuación visitamos la basílica de San Pedro y la plaza.
Esa tarde fuimos al Campo dei Fiori, estuvimos brevemente en la Piazza Navona, el antiguo estadio romano de Domiciano que todavía se aprecia, ya que la plaza conservó su peculiar forma, y sus tres fuentes, destacando la de los Cuatro Ríos, que representa el más grande de cada continente en la época: el Ganges, el Nilo, el Danubio y el de la Plata. Después fuimos al Panteón, pero por desgracia no pudimos verlo, ya que había una misa privada. Así pues, volveríamos otro día.
A la mañana siguiente visitamos Ostia, el antiguo puerto de Roma. Una vez allí, nos reunimos de nuevo con la guía del Vaticano, que nos fue explicando su historia y el uso que
se le dio a cada edificio en época romana. Por aquel entonces, contaba con un faro y un servicio de bomberos, pero lo que más nos gustó o nos llamó la atención fue el teatro, las termas y sus mosaicos, y las letrinas públicas.
De vuelta en Roma, fuimos a la Piazza del Popolo, paseamos por Villa Borghese, algo que nos encantó a todos y además nos permitió disfrutar de sus privilegiadas vistas. Luego bajamos por la lujosa Via Veneto, con su obligada parada en el Hard Rock, y fuimos de nuevo a la Piazza Navona. Allí estuvimos un rato, y luego los profesores nos dieron a elegir entre volver al hotel en ese momento por nuestra cuenta o quedarnos allí con ellos hasta las nueve y media. A los que elegimos marcharnos en ese momento nos acompañaron para indicarnos dónde coger el autobús. Este tardó más de media hora en pasar, y cuando lo hizo fue tan lleno que sólo pudieron colarse un par de personas, por lo que un pequeño grupo decidió echar a correr tras él y así llegaron al hotel, reventados y con secuelas para el resto del viaje. Otros se decantaron por buscar otro bus, y un último grupo decidimos coger un mapa y guiarnos nosotros solos hasta el hotel. Llegamos sin ningún problema en una media hora, y además vimos un montón de monumentos que de otra forma no hubiéramos visto.
El lunes once vimos, por fin, el gran Anfiteatro Flavio, comúnmente llamado Coliseo por la colosal estatua que allí había del emperador romano Nerón. Por el camino nos paramos a visitar la iglesia de Santa María Maggiore y la de San Pietro il Víncoli, ambas preciosas. Sin embargo, lo que nunca olvidaremos será nuestra visita a una de las Siete Maravillas del Mundo, construida sobre la Domus Aurea de Nerón, y donde se sucedían batallas navales, peleas de fieras, combates de gladiadores y ejecuciones de condenados.
Más tarde intentamos entrar en los foros, pero la entrada se había cambiado de lugar y nos conformamos con admirarlo desde fuera y ver el arco de Constantino. Finalmente, volvimos a probar suerte con el Panteón, antiguo templo dedicado a todos los dioses que más tarde se transformó en iglesia dedicada a la Virgen y a todos los santos y mártires. Vimos la tumba del ran Rafael Sanzio y nos colocamos bajo la inmensa cúpula de hormigón, abierta al exterior y representativa del templo. Después comenzó nuestra tarde libre, que cada uno administró a su manera, perdiéndose en la ciudad eterna.
‘’Ciao, Roma. Volveremos’’, fue lo que todos pensamos cuando el martes doce salimos dirección a Florencia. Por el camino nos paramos en Siena, y nos asombramos cuando ante nosotros pudimos contemplar la imponente Catedral, entre gótica y románica, decorada en mármol verde y blanco. Después de dar una vuelta por dentro los que quisimos entrar, y pasear por la ciudad, llegamos a la plaza del Campo, con forma de abanico. Allí, tras comer, los españoles dominamos Siena durante algunos minutos. La cosa empezó con aplausos, sin saber en qué iba a acabar todo, y después de varios intentos, siguió con una gran ola, canciones y la Macarena, y se transformó en un tren de alborotadores españoles, para diversión del resto de personas, entre gritos tales como ‘’Yo soy español…’’, ‘’A por ellos, oe…’’, ‘’Campeones, campeones…’’, etc. Cada vez éramos más y la cosa degeneró cuando a un grupo se le ocurrió sacar una inocente foto. Entonces salieron españoles hasta debajo de las piedras y, como no, por arte de magia, allí apareció Pablo, siempre a punto para una ‘’¡Foto de grupo, chicos, vamos!’’. Al final, no se sabe cómo, acabamos haciendo la gamba por los suelos, tras lo que nos dispersamos.
Llegada a Florencia. Una hermosa ciudad, atravesada por el río Arno, se vislumbra cada vez más cerca. Subimos al hotel y la sensación es aún mejor. No sé cómo hizo esa ciudad para que, cuando salimos a dar un paseo, fuera todavía mejor. Quedamos todos en la Piazza Della Signoria tras haber visto desde fuera la iglesia de Santa Croce, para volver poco después al hotel.
La siguiente mañana la dedicamos a visitar el palacio Pitti, y luego recorrimos los Jardines Boboli, que nos encantaron. Por la tarde subimos a la Plaza de Michelangelo, desde donde pudimos ver toda Florencia, y después disfrutamos del tiempo libre.
Al día siguiente estuvimos en el Ponte Vecchio, que cruza el Arno. Fue construido en 1345, tan famoso que fue uno de los pocos que los alemanes no bombardearon en la Segunda Guerra Mundial. Durante todo su recorrido, empezando en la Galería de los Uffizi, presenta el Corredor, construido para que uno de los Medici pudiera ir al palacio Pitti sin que nadie le viera, y evitar ser asesinado.
Tras esto, visitamos la Galería de los Uffizi, para lo que tuvimos que aguantar una cola de dos horas y hacer turnos para ir a comer. Por el cansancio acumulado de todos los días, muchos dormimos apoyados en la pared o contra otros. Finalmente vimos il Duomo, entramos en la iglesia de Santa Maria dei Fiori, con su representativa cúpula, a la que no subimos debido al mal tiempo y la enorme cola, y fuimos todos durante nuestro tiempo libre a ver el mercadillo para hacer nuestras últimas compras. Además, como quedaba cerca, algunos visitamos la Galería Della Academia, donde se encuentra el original del David de Miguel Ángel, y esculturas suyas inacabadas que parece que están liberándose del mármol y cobrando vida.
‘’Ten siempre a Ítaca en la memoria. Llegar allí es tu meta, mas no apresures el viaje’’.
Viernes quince de abril. Tras disfrutar de nuestro viaje, viviendo cada momento, sin desperdiciar ninguno, tuvimos que volver a nuestra propia Ítaca. Gijón, la ciudad que nos vio crecer o al menos nos acogió. Nuestro hogar, al que siempre recordamos, ondeando la bandera asturiana por tierras extrañas, pero al que no deseábamos, aún, volver. Pero esa misma tarde lo hicimos, alegrándonos de ver tantas caras conocidas recibiéndonos en la calle. Y con una sonrisa pintada en la cara por, todavía, el recuerdo de Italia.
‘’Ítaca te regaló un hermoso viaje. Sin ella el camino no hubieras emprendido, mas ninguna otra cosa puede darte. Aunque pobre la encuentres, no te engañará Ítaca. Rico en saber y vida, como has vuelto, comprendes ya qué significan las Ítacas’’.