El oficio de arriero en el Alto Aller

4 06 2012

Muchos fueron los pobladores de la zona alta de Aller que recorrían varias veces al año los caminos que unían sus pueblos con los vecinos leoneses para intercambiar alimentos, bebidas y productos variados. En una época de escasez y penuria había que aprovechar todos los recursos y agudizar el ingenio para poder conseguir los productos indispensables para poder sobrevivir.

(Redactores del periódico junto a Corsino Castañón.)

Corsino Castañón nació en 1925 toda su vida ha residido en el pueblo de Llanos, en el concejo de Aller y a sus ochenta y seis años aun mantiene una memoria prodigiosa. Sentado bajo su hórreo nos recuerda el difícil arte de los arrieros, aquellos esforzados hombres, sobre todo, y mujeres que iban de los pueblos altos alleranos a los vecinos de la provincia de León para comprar -las menos de las veces, ya que el dinero escaseaba- y o trocar, intercambiar, en la mayoría de las ocasiones comestibles, bebidas y diferentes productos como madreñas, estiles, garabatos y piedras para afilar la guadaña.

Hasta el año 1927 no se abrió la carretera que comunicaba la zona alta del concejo de Aller con la provincia de León a través del puerto de San Isidro; de ahí que los constantes intercambios entre los pueblos vecinos de las dos provincias se realizaba bien a pie, la mayoría de los pobladores, o bien mediante transporte animal: a caballo, o con un carro tirado por una pareja de bueyes, los más pudientes.

La mayoría de estos arrieros no vivían de este trabajo, sino que era un complemento de la economía familiar; la mayoría eran agricultores, ganaderos, los cuales, cuando el volumen de trabajos en el campo era menor y les dejaba mayor tiempo libre aprovechaban para acudir a estos pueblos para realizar el trueque y obtener los productos que escaseaban en Asturias. Solo unos pocos vivían de esta actividad y viajaban con mayora asiduidad y como medio de transporte utilizaban  un carro tirado por una pareja de bueyes para traer mayor variedad y cantidad de alimentos que luego vendían en los pueblos altos del concejo allerano. Los productos que llevaban los asturianos eran fundamentalmente castañas, cerezas, avellanas y utensilios y aperos de labranza elaborados con madera: garabatos, madreñas, piedras para afilar la guadaña y de León traían lentejas, garbanzos, harina, pan, trigo, vino, la cebera, nombre que los asturianos daban a estos alimentos que se traían de León.

Había dos rutas principales, una que a través del puerto de San Isidro iba hasta los pueblos de Lillo y el Cofiñal, otra que a través de Vegará conducía a los pueblos de Redipuertas, Cerulleda, Valdelugueros, La Vecilla… El viaje se iniciaba bien pronto al amanecer para aprovechar la luz del día y evitar el peligro que suponía que la noche te sorprendiera en mitad del camino y tanto como si se realizaba a pie como a caballo o en carro, no podía faltar para el viaje el zurrón con la vianda: un poco de pan tocino y chorizo ya que como nos dice Corsino no había para más. Los arrieros solían hacer una o dos noches en estos pueblos, alojándose con un poco de suerte dentro de las casas, en la cocina habitualmente, y si no en la tená o en la cuadra  y de nuevo al amanecer emprendían el viaje de regreso. Esta actividad se desarrollaba a lo largo de todo el año, exceptuando cuando caían grandes nevadas que impedían el tránsito por los caminos durante varios días. La dureza se incrementaba los días de frío y lluvia, muchas fueron las moyauras y el frío que padecieron estos arrieros y que con los años, como asevera Corsino pasan factura al cuerpo. En algunos pueblos los vecinos se coordinaban para poder realizar una mayor cantidad de viajes de tal manera que mientras uno hacía el viaje hasta León otro lo esperaba, a la vuelta, en la raya para traer los productos hasta el pueblo y aquel regresaba a los pueblos leoneses a por más mercancías. Esta solidaridad también se comprobaba a través de la llamada costumbre conocida como cuartiar que consistía en enganchar otra pareja al carro para ayudar bien a subir o bien a bajar despacio las cuestas muy empinadas. También los vecinos de los pueblos leoneses acudían a Asturias, sobre todo, a comprar ganado, la fecha señalada era la de El Mercaón que se continúa celebrando el 26 de noviembre en Cabañaquinta, capital del concejo de Aller. Muchos eran los ganaderos leoneses que acudían a esta feria atraídos por la fama  del ganado de los altos alleranos.

La situación de los arrieros se agravó durante la guerra civil y los primeros años de la posguerra debido a la escasez y las cartillas de racionamiento. Los guardias vigilaban la actividad de estos arrieros y les requisaban los productos además de ponerles una multa económica. Esto les obligó a extremar los cuidados, pero también fomento la solidaridad, la colaboración, la ayuda y la amistad entre los pobladores de las dos provincias para sortear los controles de las guardias: así daban refugio en sus casas a los arrieros, les contaban donde habían visto a los guardias…

Pero no sólo se trasladaban a estos pueblos vecinos de León para intercambiar productos sino que también pasaban la raya para trabajar durante la vendimia a cambio de alojamiento, manutención y algo de dinero que venía muy bien para las maltrechas economías familiares. Más no solo a León, sino que algunos se iban hasta tierras de Extremadura a segar. Corsino escuchó a su abuelo y a su padre que fueron muchos los alleranos que a principios de Junio se iban hasta tierras extremeñas para trabajar durante dos semanas en la siega y volver a casa para finales de Junio, en torno a la fiesta de San Pedro, fecha en la que solía desarrollarse, si el tiempo acompañaba, la siega en Asturias.

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